3 de octubre de 2008

yo voraz lector

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YO, VORAZ Y EMPEDERNIDO LECTOR

Ya en anteriores ocasiones, en esta especie de memorias amables o relato volcado al papel de muchas de mis pasadas vivencias, me he explayado al comentar de una u otra forma mi gran afición de siempre, "desde mi más tierna infancia", a la lectura, primero de cuentos infantiles, de tebeos, de lecturas de la escuela primaria, de relatos y novelas juveniles luego y a veces no tan juveniles, de "aventuras", de "vaqueros", de "amor", de "intriga", etc., hasta pasar a un cierto control ya en plena juventud en que por pura intuición procuré auto disciplinarme algo en tanta y tanta desordenada lectura intentando seleccionar, si no el volumen o cantidad, al menos la calidad, buscando acaso, más que el tema determinado en sí, a autores sí que determinados.
Durante mis años de más malo que buen estudiante escolar leí mucho, sí, pero sin orden ni concierto, sin selección previa alguna. Primero, en los últimos años de nuestra accidental residencia en la aldea de Chaín y luego en las estancias familiares en Curtis y Ribeira, es decir, ya en plena adolescencia, por nuestros padres de alguna forma, sin por ello alterar los obligatorios períodos anuales de los estudios escolares se nos consintió que disfrutásemos de los clásicos cuentos infantiles de Perrault y Andersen y de tebeos de aventuras o humorísticos de la época cuales el "TBO", "Flechas y Pelayos", "Chicos" y al final "El guerrero del antifaz" y "Pulgarcito" nacionales y los que iban llegando a nuestras manos de "Tarzán", "Juan Centella", "Jorge y Fernando", "Merlín el mago", "El hombre enmascarado", "Carlos el intrépido", "Flash Gordon" "El Príncipe Valiente", el "TBO", etc. que coleccionábamos para intercambiarlos con los chicos de nuestras pandillas. Y, entre otras novelitas, "Las aventuras de Tom Sawyer" y unas cuantas de aquellas juveniles que le dejaban a nuestra hermana mayor Elena, de la escritora Elena Fortún, de la serie de Celia, Cuchifritin y sus primos, etc.
Los libros escolares no eran entonces muy variados y en muchas ocasiones consistieron tan solo en algunos viejos tratados de Historia Sagrada, sencillas enciclopedias que abarcaban lo más elemental de Geografía e Historia, Geometría y Aritmética, que pasados algunos años se suplieron por las más novedosas por actualizadas de Bruño, Editorial Vives y de Dalmau Carles, alguna gruesa autodidáctica que llegó a servir para estudiar los primeros cursos de bachillerato, cuando lo del denominado Plan de estudios de Ibáñez Martín, etc. Y de Lecturas cuales "Espigas", el "Corazón" de Edmundo de Amicis, "El Padre Nuestro de Fenelón" y algunos otros, pocos, cuyos títulos ahora se me escapan de la evocación.
Luego, en los dos años pasados como alumno interno en una Escuela de Aviación en León los libros de texto pasaron a ser, casi todos de editoriales como Vives o Bruño, en volúmenes independientes que versaban de Física y Química, Algebra, Tablas de Logaritmos, Geometría Plana y del Espacio, Dibujo lineal y de máquinas, Física y Química, Religión y Moral, Historia y Geografía. Gramática y Lengua Española, etc., etc.; y ya en el segundo curso incrementados con los manuales específicos de Tecnología Mecánica, Teoría del Vuelo, Aeronáutica Aplicada, Aeromodelismo y algúno que otro más.
Libros de texto que yo incrementé con alguna obrita de Perceptiva Literaria dadas mis ya nacientes o balbucientes aficiones a escribir Y como curiosidad añadiré que fue una suerte para mí la adquisición por aquellas fechas, o acaso donación o aún acaso préstamo “no reversible” de un maltratado ejemplar, que todavía conservo, encuadernado en cartoné con el lomo en cuero y en el estampado con letras doradas tan solo un escueto Historia de España, al que le faltan las primeras páginas, comenzando en la 7 con el subtítulo de “Compendio de Historia de España”, unos “preliminares de historia universal” y 73 capítulos o “lecciones”y tres apéndices, terminando en la página 544, faltándole el resto. A mi aún hoy me parece que tuvo que ser posesión de algún destacado erudito y culto lector y lo mas importante de su lectura son las “notas” a pié de página que demuestran un profundo conocimiento del autor en la materia. Naturalmente, tan interesante obra hubo de pasar por las manos de los voraces lectores que fuimos siempre los hermanos Platero y Alberto, con sus amplios estudios de docente tan solo dejó consignado que debió de ser editado en 1906 desconociendo nosotros quien pudo ser su autor. Pero huellas escritas, y aún en algún caso dibujadas si que hemos dejado mi gemelo y yo, escribiendo por sus bordes, de todo lo que se nos ocurriese
En cuanto a lecturas vedadas, cuando no completamente prohibidas pero que de una u otra forma conseguí leer, recuerdo que después de haber leído siendo niño y sin enterarme de su contenido en la mayoría de los casos unos novelones como "Dorotea Vernon", "Calla María", "José", “Allá, Junto al Mar", Miguelón", "La aldea maldita" y acaso gran parte de los novelones por entregas "El castillo del Aguila negra", "El cura de aldea" y "Genoveva de Bravante", de los que ahora recuerde, ya residiendo en Curtis llegué a leer "El Conde de Montecristo" y "Los tres Mosqueteros", "Los viajes de Gulliver", "Robinsón Crusoe", "La isla del tesoro", Viaje al centro de la tierra", "De la tierra a la luna","La india misteriosa", "El tigre de la Malasia"... De autores que se iban haciendo populares entre nosotros cuales Alejandro Dumas, Julio Verne, Jhonatan Swit, R.L. Stevenson, Emilio Salgari,...
En incremento constante, aquellas ediciones de bolsillo de las colecciones Pueyo, Rosa o Rocío, de temas amorosos que lográbamos sustraer, "prestadas", a nuestra hermana y las de la Colección Rodeo, "de vaqueros", de "El Coyote", "Tres hombres Buenos", "Pete Rice", cuyos autores eran Fidel Prado, Federico Mediante o José Mallorquí entre otros. Y del “FBI", policíacas o de intriga, algunas de aventuras "de capa y espada" como aquellas “Flor de Mayo” y “Galaor el hermoso”, de Phonson du Terrault, etc.
Por cierto que, con respecto a aquellas novelitas de bolsillo, de precarias ediciones, que hicieron rápidamente muy populares, muy leídas del pueblo no culto literariamente hablando, en las que a veces a nosotros sus curiosos lectores nos parecía llamar más la atención sus coloristas portadas que pronto se deslucían de tanto manoseo sobre ellas al pasar incesantes de mano en mano, que sus anónimos autores que nos llegaron a veces a intrigar pues la mayoría usaba de los más variados seudónimos que hasta algún tiempo más tarde no supimos del enigma que aquello significaba. Y, sí, aún en la actualidad quienes recordamos a aquellos hombres y mujeres que con sus textos tanto foguearon nuestra imaginación y enternecieron nuestros adolescentes y juveniles corazones, yo, al menos he llegado a tener conocimiento más detallado sin por ello reducir mi admiración de aquellas sencillas editoriales como Molino, Calleja, Bruguera, Cliper, Toray, Rollan, etc. Y colecciones cuales Rodeo, Rosa, Juventud, Pueyo o Puello, Jazmin, Dallas y Dallas Salvaje, FBI, Tentación, Gran Oeste, Pistoleros del Oeste, series completas como El Coyote, Servicio Secreto, Brigada Secreta, etc. etc., en las que figuraron nombres, apellidos y seudónimos como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Fidel Prado, María Luisa Beortegui, Trini de Figueroa, María Luisa Linares, Concha Linares Becerra, José Mallorquí Figueroa, Rafael Pérez y Perez, Agustin Millares, Federico Mediante, Sergio Duval, Carlos de Santander, May y Pilar Carrillo, Alf Manz, Silver Cane, Tony Spring, Lia Yagos, Edward Goodman, Eddie Thormy, Carter Murford, Anthony Mask, Arnaldo Visconti, Meter Derby... Que luego fueron dando paso a otros autores extranjeros del género cuales, Zane Grey en las novelas de vaqueros, Aghata Christi en las de misterio, Julio Verne, Emilio Salgari y Rafael Sabatini en las de aventuras, etc. Y aventureros y héroes como Doc Savaje, Tres hombres buenos, Pete Rice, La Sombra , Bill Barnes, etc.
Hasta la decadencia de este tipo de lecturas de la novela de aventuras en España al sobrevenir el ansiado aumento del nivel de vida de la población, lo que indudablemente trajo aparejada otra manera de ocupar el ocio, sobre todo de nosotros la juventud que ibamos emergiendo ya en el desarrollote país, con más escolarización , con el advenimiento popular de la radio y el transitor a pilas y luego la implantación de la televisión casera y el modernismo de la prensa diaria y de las revistas populares y de las denominadas “del corazón” nuestros hábitos de lectura sufrieron grandes transformaciones.
No obstante y como dato curioso a añadir a estas consideraciones de lector voraz, aúnque la mayoría de nosotros ya no disfrutemos con títulos y autores como los relacionados, lo cierto es que todavía se siguen reimprimiendo en constantes ediciones a autores como los Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado, Carlos de Santander, José Mallorquí y su “Coyote”, etc. Algunos, tal vez muchos de los autores de los aquí citados, sabemos que hicieron uso de seudónimos, siendo buenos escritores, no porque se avergonzasen de participar en tan considerado por los intelectuales como subgén ero de la literatura, sinó más bien por simple cautela forzados por diversas circunstancias de sus existencias. Leí yo hace ya algún tiempo y al respecto que, por ejemplo, Marcial Lafuente Estefanía había sido oficial de artillería del ejército republicano durante nuestra última sangrienta guerra civil habiéndose librado de una condena a muerte, por lo que, al principio de su por lo demás extensísima producción necesaria para sobrevivir hizo uso de seudónimos como Tony Spring y Dan Luce para sus novelas de Vaqueros
Cabe el añadir como consideración general que la novela popular española de nuestra p no llegó a alcanzar gran divulgación puesto que todavía gran parte de la población, tanto rural como ciudadana era analfabeta aunque si es cierto que se leyó mucho en su día, entre las décadas cuarenta y cincuenta del pasado siglo y que hay todavía gentes que como yo, nos sorprendemos viendo en el lugar más insospechado a un señor, un joven, una moza leyendo ensimismados, introducidos plenamente en el placer de la lectura de alguna de aquellas novelas de bolsillo tan manoseadas y vulgares








Y, ya a lo último de la adolescencia y principios de la juventud y alejados de la férula familiar,... las primeras noveluchas de ediciones de cuando la fenecida República, totalmente prohibidas para nosotros y por ello muy solicitadas bajo cuerda, e tipo erótico, cuando no pornográficas puras, cuya lectura procaz apenas entendíamos y que habíamos de confesar como falta grave a aquel bondadoso "páter", teniente coronel castrense don Domitilo, que siempre perdonaba nuestros deslices.
Debo de confesar aquí que en cuanto a conocimiento o posible búsqueda de escritores distinguidos de las literaturas castellana y aún universal traducida, y no digamos de la gallega que desconocía por completo, la verdad es que en aquellos tiempos de mi primera juventud nunca profundicé como sin duda debiera en el conocimiento de los autores clásicos griegos, latinos y medievales ni entre los castellanos de nuestro Siglo de oro de las Letras.
Pasados los turbulentos años de los estudios profesionales y primeros de mi juventud en épocas de adquirir nuevas y oportunas enseñanzas vivenciales, ya con familia propia creada, además de a los considerados y denominados de siempre más que como verdaderos clásicos, como populares o del momento que con mi gran afición iba descubriendo, debido a mis diriáse que sempiternas e intimas ansias de escribir de todo cuanto me rodease, sintiese , gozase o disfrutase, procuré el ir seleccionando algo tan desordenada lectura con una autocrítica cada vez más seria y consecuente con mis gustos, cultura, etc. Lecturas a las que, como es bien de suponer, a medida que pasaban los años y mis obligaciones familiares y laborales iban en aumento constante, no podía dedicar todo el tiempo deseable.
No obstante, al margen de préstamos e intercambio con familiares y amigos y de mis casi asiduas visitas a la entonces todavía biblioteca pública en activo en la ciudad de mi residencia habitual, con algún que otro esfuerzo económico fui adquiriendo varios libros que fueron los que conformaron mi inicial biblioteca personal o particular que, es para asombrarse un tanto, con el devenir del tiempo se compone de unos tres mil y pico de volúmenes, más de cuatro mil títulos, puesto que algunos tomos contienen varios a la vez.
Recuerdo ahora sí, que quizás una de las primeras compras que hice al respecto fue la de un Diccionario Manual Sopena, enciclopédico e ilustrado, en un solo tomo muy manejable, edición de 1958 que con la adquisición posterior de una Enciclopedia Vergara, también en un solo tomo y publicada en Barcelona en 1961, aparte de ayudarme a escribir aclarándome las muchas dudas que siempre tuve a la hora de escribir, me hubieron de servir de mucho para resolver con éxito los estupendos y educativos crucigramas silábicos del semanario La Gaceta Literaria, mi única “suscripción” semanal del entonces y con los que concursé repetidas veces y aún me parece que con ello llegué a ganar algún modesto premio; puesto que lo de resolver crucigramas, que ya comencé a practicar en Curtis y Ribeira es un ejercicio cultural mental que vengo realizando con asiduidad hasta la actualidad.
Por aquellos tiempos de pertinaz lector que vengo evocando, finales de la década de los cincuenta y principios de la sesenta del pasado siglo, me había suscrito ya a la publicación mensual del “Selecciones del Reader´s Digest, de donde me parece que arrancó mi predilección por la literatura norteamericana de todos los tiempos. Revista mensual editada en Hispanoamérica y luego ya en España y cuya suscripción mantuve durante varios años, coleccionando sus entretenidos ejemplares de fácil manejo y variada y amena lectura durante bastante tiempo colocados por orden de aparición en un estante de madera que yo mismo confeccioné, el primero de que dispuse en mi hogar y de los que hube de desprenderme al cabo de los años por carecer materialmente de espacio para seguir conservándolos y aún consultándolos al acudir a ellos, a enfrascarme en su lectura.
Otro motivo para ir iniciando una modesta biblioteca fue que en la misma época, poco más o menos, mi esposa Margarita y sus dos entrañables compañeras de siempre y condiscípulas de colegio Sole Schamann, que con el tiempo llegó a ser comadre nuestra al amadrinar a nuestro hijo Carlos y Elsa Soto, todavía inseparable de “la trinca” como yo les digo, previa consulta conmigo como enterado del tema, decidieron la adquisición en conjunto y para pagar en cómodos plazos, la adquisición de un lote de hasta vente volúmenes de los que la editora Plaza y Janés anda promocionando y que, según aún ahora puedo constatar por una amarillenta nota manuscrita fueron los titulados “Monte Bravo”, “El desconocido”, “Segunda Agonía”, “Bailarina”, “Edad Prohibida”, “Una casa con goteras”, “Tamara”, “Hospital de sangre”, “El atentado”, “El lazo de la carne”, “Un millón de muertos”, “Lo que el viento se llevó”, “Las praderas del cielo”, “La primera catástrofe”, “En un jardín oscuro”, “Los cipreses creen en Dios”, “El anticuario de Sao Paulo”, “Aguas amargas” y “La risa del diablo”, que divididos equitativamente entre las tres compradoras nos fuimos intercambiando y es de suponer que disfrutando de su lectura y alguno de los reseñados todavía creo que se conservan en las respectivas bibliotecas caseras.
Por cierto que, con respecto a Las obras de José María Gironella indicadas añadiré que a la compra de “Estalló la paz” con que parecía terminar la trilogía sobre la guerra civil española del 36 que se había propuesto su autor, pero que luego continuó con “Los hombres lloran solos”, se acrecentó mi admiración por este escritor catalán “españolista” del cual presumo el haber leído casi todo lo por él escrito pues fui adquiriendo sus obras, novelas, libros de viajes, pensamientos intimistas, ensayos, etc., alguna de las que me agrada hojear o releer de cuando en cuando.
A aquellos libros adquiridos algunos “en comandita” les fueron siguiendo muchos otros títulos de diversas materias aunque siempre con preferencia a los que traten de temas históricos y si de mi Galicia nativa o de mi amada Canarias, más que mejor.
La mayoría de las veces, en librerías de viejo o libros usados, buscando naturalmente el menor costo posible he adquirido lo que para mí representan verdaderos tesoros literarios cuales una edición de Goya Ediciones de Tenerife y del año 1955 encuadernada en una buena imitación de cuero de la “Historia de la Conquista de las siete islas de Canaria, por Fr. J. de Abreu Galindo, adquirida a muy bajo precio me parece que en la trastienda o especie de desván de determinado tipo de lectura de la Librería Hispania, de la calle de Obispo Codina. O los tres tomos de la edición también de la Goya tinerfeña, de la monumental obra asimismo de la “Historia de Canarias” de José de Viera y Clavijo...
Y de muchos interesantes autores canarios más, tal como ya dejé reflejado en aquella especie de presentación o proclamación de intenciones “del autor al lector” que hice en una especie de prefacio de mi primer libro editado titulado “De la Historia de Canarias” (Las Palmas, 1969) en la que en uno de sus párrafos iniciales confesaba que:
“...Aficionado a leer, a investigar en el interesante pasado de los pueblos, a bucear entre la historia y la leyenda, entre la fábula y la realidad, ya en los primeros meses de mi estancia en las islas busqué, traté de localizar a quienes de alguna forma me ilustrasen en esta afición, me narrasen cosas, me contasen “historias”.
“Y leí todo lo que sobre canarias y de lo canario cayese en mis manos. Primero conocí en sus obras a Millares Torres, a Jiménez Sánchez, a Navarro Ruiz, a Serra Rafols, a Utrera y Cabezas... Me sumergí en las lecturas sobre tema tan atrayente. Visité asiduo la biblioteca de El Museo Canario, compré en la plaza los libros que buenamente pude. Otros, interesantísimos los adquirí “de ocasión”... ¡Aquellos pequeños y revueltos puestos de libros viejos o usados en las calles de la Herrería, Buenos Aires, Plaza del Mercado y Mercado del Puerto!...
“ Abreu Galindo, Espinosa, Torriani, José de Sosa, Viana, Núñez de la Peña, el Marín y Cubas entonces inédito, Pedro Agustín del Castillo, Viera y Clavijo, Chil y Naranjo, etc., es decir la mayoría de los clásicos que historiaron a Canarias, fueron, a retazos, informándome.
“Muchas horas de biblioteca, las que mis habituales ocupaciones me permitían pasé sumergido en un mundo evocador y fascinante. Leí crónicas como las de Escudero y Sedeño, la del Cura de los Palacios y la de Valera, también las anónimas Lacunense y Matritense y a verdaderos eruditos en la materia como Berthelot, Verneau y un para mí apenas traducible Woelfel. Supe de investigadores eminentes cuales Rumeu de Armas, Diego Cuscoy, María Rosa Alonso, Miguel Santiago, Álvarez Delgado, Cioranescu y muchos más que sería acaso prolijo aquí enumerar “
De otro lado , interesado yo ya en el proyecto de escribir una novela o novela corta de ambiente céltico gallego cuyo tema surgido en una de mis escapadas a la aldea de Chaín, donde transcurriera parte de mi infancia y sabedor de ello mi hermano Alberto me envió por correo un ejemplar de “La civilización céltica en Galicia” de Florentino López-Alonso Cuevillas que con su otra obra “A Edade do Ferro na Galiza”que, además de incrementar los principios de mi particular biblioteca con alguno que otro de materia parecida, o sea, de las antigüedades históricas gallegas habrían de servirme para escribir por fin “Un episodio de los tiempos celtas”libro que se publicó en Las Palmas en el año 1969, aunque, en reducida y artesanal tirada fue distribuido casi en su totalidad en Galicia en donde en su día mereció acogedora crítica y diferentes elogios
Pero, volviendo al tema central que aquí trato de desarrollar de los principios y evolución de mi actual biblioteca, material idóneo para mi voracidad de lector, con el paso del tiempo y mis búsquedas y “coleccionismo” bien que lo fui logrando.
A modo de ejemplo, transcribo a continuación un párrafo alusivo, que yo escribí en un artículo necrológico publicado en la prensa local como homenaje “in memoriam” a mi buen amigo don Pedro Castejón Cabral en su fallecimiento, y que entre otras cosas propietario de la librería de libros de segunda mano CROLI, situada en el número 14 de la calle Travieso en pleno barrio de Triana y en su tiempo muy concurrida de los aficionados a los libros y a la lectura:
“... Desde hace bastantes años, desde que lo conozco, he sostenido cordial amistad con este castellano añejo radicado ya a partir de los años 20 en Gran Canaria. Gran conocedor por tanto él de toda la isla, de su geografía, de su historia, de su folclore en suma. Trabé amistad con él por medio de su hijo Agricio cuando éste era todavía un adolescente.
Tenía don Pedro por entonces un pequeño local sobre el ya desaparecido Puente de Palo dedicado primordialmente al préstamo o alquiler, al intercambio, a la compra de libros usados de los más populares, “de kiosco” como se les decía en plan intelectual y fino y que solían ser aquellas novelas de muy baratas y rudimentarias ediciones, clasificadas genéricamente como de”amor” o de “vaqueros” que se intercambiaban o “alquilaban” baratas ,así como todo tipo de comics o tebeos, los “pulgarcitos” que Ibañez, Escobar y otros dibujantes de este peculiar género de lectura que rápidamente popularizaron. De allí pronto pasó el modesto e intrépido librero a un local más apropiado situado en el número 14 de la calle de Travieso en pleno barrio de Triana; local que bautizado con el eufónico nombre de “librería CROLI” rápidamente se hizo popular y concurrida de todos cuantos amamos a los libros y nos solazamos con su lectura y allí pasábamos buenos ratos muchas veces leyendo tan solo títulos y nombres de autores, rebuscando otros no sé que tipo de lectura y alegrándonos sobremanera cuando nos topábamos con un título o autor determinados, acaso ya leídos hacía tiempo o simplemente sabiendo de ellos tan solo por referencia.
En Croli se solía encontrar uno con todo tipo de libros, mayormente si recibíamos autorización del librero para pasar a la trastienda, no muy iluminada generalmente pero repleta de montones de libros de segunda mano por lo general y sin calificar, la mayoría interesantísimos y que llegaban allí por diversos conductos . Novelas de autores clásicos o desconocidos y noveles, tratados de muy diversas materias, diccionarios, enciclopedias, novelas rosa, de aventuras, de vaqueros, de policías, de misterio, de ciencia-ficción, ... comics o tebeos de todos los estilos, libros y autores de temas canarios que se guardaban en grupos aparte por especiales, volúmenes diversos de buenas encuadernaciones, tomos en rústica o cartoné, bolsilibro, revistas de toda índole y contenido, cuentos infantiles y ¡que sé yo!
Era todo un placer el pasar gratos ratos allí e ir revisando lomos que nos decían títulos y autores, recolocando lo mejor posible todo aquello que se amontonaba sobre los escasos muebles y los estantes en aquel maravilloso mundo de los libros, charlando al mismo tiempo con don Pedro que se solía acomodar entre puertas en una sillita baja y apoyado en uno de los extremos del mostrador expositor acristalado en donde tenía siempre algún llamativo objeto, de lo más insólito y variado, la mayoría de procedencia aborigen canaria.
Allí fue donde al poco tiempo bien pude advertir que el negocio de Croli parecía estar en realidad en el alquiler o recambio de las novelas, historietas gráficas, fotonovelas y tebeos de “kiosco” pues tenía un buen surtido de dicho material expuesto en un mueble o estante de madera que era asiduamente visitado por mujeres y jovencitos que expurgaban en el y pagaban algunas monedas por lo que se llevaban en alquiler, después de devolver otros lotes. ¡Y a fe que solía haber más movimiento comercial con aquel sencillo producto editorial!
Llegó a tanto mi cordial amistad con el anciano don Pedro que en más de una ocasión, en muchas ocasiones me regaló algunos de los libros que tenía apartados por aparentar proceder de alguna dudosa adquisición pues sin mucho escrúpulo compraba lo que más de un “chorizo” le iba a ofrecer por pocas perras y que yo, lo confieso, salvo que observase alguna inequívoca señal o marca de que no eran de procedencia lícita, me guardaba o compraba a muy bajo precio, encantado, tal ha sido de siempre esta mi declarada afición por los libros.
Otras veces, aparte de intercambiar, previo pago del importe que resultase de la operación, los “Pulgarcito”, “DDT”, “TBO”, “Mortadelo”, etc. que adquiría para mi gente menuda, mi amigo el librero me prestaba desinteresadamente cuanto libro me pudiese interesar y debido a la escasez de pecunio no podía comprarle. Para lo cual usábamos de la contraseña secreta de poner a lapiz una pequeña “p”con lo que ambos ya sabíamos, al devolvérselos leídos que ni yo los había alquilado ni el me había cobrado algo por ellos”
Y este otro que escribí hace algunos años con motivo de dedicar un buen panegírico al “Fenómeno Saramago” y su obra.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril.
Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desarrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa.
Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con esto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan. Y me envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos
Comprando, adquiriendo, intercambiando acaso en alguna ocasión, aceptando gustoso cualquier tipo de obsequio que fuese un o varios libros como resultó con mis contactos con el buen archivero del Cabildo Insular que acabó siendo el responsable de las ediciones de esta institución y que durante años me estuvo facilitando cuanto desee de sus cada vez más importantes publicaciones, acabando por publicarme el libro “Calles de las Palmas” en su colección Guagua y, mediante el contrato correspondiente un nonato “Nuevo nomenclator de Las Palmas de Gran Canaria”, etc.
Asi, libro a libro, título a título y no tan solo de temas comunes o generales sinó más bien y en particular de todo lo referente a Canarias especializándome en el tema y desde luego, aunque en menor medida de lo concerniente a mi siempre añorada Galicia, presumo de haber llegado, con el devenir del tiempo y constante afición a la lectura, a poseer, a disponer , a finales del presente año de 2004 de la cifra más arriba ya indicada de, poco más o menos cuatro mil títulos que según los imprescindibles índices o fichas ordenados por autor, título y lugar y fecha de edición se reparte, con temas o autores canarios que he venido confeccionando y actualizando en 1.285, de Galicia y autores gallegos 450 temas, títulos, etc. y los
más de 2.400 restantes, consultados los didácticos siempre para un mejor escribir, la mayoría de ellos, después de someramente revisados u hojeados ya leídos y releídos, de muy diversos autores y variada temática, aunque un cierto número de ellos los he ido relegando a través del tiempo “para cuando me jubilase laboralmente”, lo que ya ha sucedido vá ahora para varios años.