15 de enero de 2011

Body en perro labrador

Y ahora, sabiéndonos a estas horas solos en el piso, la casa en silencio, bien arrellanada yo sobre un cojín en el cálido y acogedor rincón del sofá familiar, con las cortinas del salón corridas de forma que creen un ambiente apacible y tú, encaramado como siempre sobre esa consola, mirándome fijo con esos tus enigmáticos ojos felinos, te haré el relato de las peripecias de un perro grande, mi amigo el “chicharrero”, como aquí les dicen a los de la isla de enfrente. Escucha, Micifuz:

“BOBY”, EL PERRO LABRADOR

(fragmento de la novela MILADY LA PIZPIRETA, todavía en borrador.

por Carlos Platero Fernández

En una de las pocas veces que he bajado aquí en la ciudad con Sandra hasta la orilla del mar, fue por la bonita playa que dá de cara al gigantesco Puerto de La Luz. Y una vez en la fina arena, ella me soltó de la obligatoria correa o arnés de cuero para que yo corriese a mis anchas, saltase y retozase a gusto, que allí tenía libre espacio para ello.

Cosa que hice despues de lanzar al aire salitroso de la mañana reiterados ladridos de contento.

Pero, apenas pasados unos minutos, yo ya sola, olisqueaba unos arbustos en uno de los extremos del paraje, cuando, de repente, una como tenebrosa sombra me cubrió por un instante, asustándome mucho y regñando los dientes como es mi costumbre.Y cuando, temerosa levanté la vista ví que quien la producía era un enorme perro albicastaño que me miraba con curiosidad, meneando brioso la cola en gesto de amistad, queriendo a continuación, tumbarme supongo, cosa que yo logré esquivar . Aquel enorme congénero llevaba el preceptivo collar, pero como yo, estaba libre pues dos mujeres, una algo mayor y la otra una niña o adolescente, después de advertirle alguna orden por encima del hombro, se alejaban paseando lentamente hacia las cercanías del Muelle Deportivo, acaso para admirar una vez más a las embarcaciones engalanadas con mil y una banderas y banderolas que parecía como si se mecieran en sus pantalanes, en el acotado recinto marino.

Aquel perro tan grandote, era realmente inofensivo, bien pronto me dijo que era de la raza conocida como labrador, nativo de la isla de enfrente, de los que se les llamaba”chichas” por que a los humanos de allí, aún siendo canarios como toda la gente del archipiélago se les conoce popularmente como los “chicharreros”, se dice que por que les gusta mucho esa especie de pescado.

Después de corretear algo, de jugar el uno con la otra, con amagos de ataques, olisqueos mutuos y alguna caricia, como el sol picaba ya lo suyo, “Boby”, como me dijo que se llamaba y yo nos acogimos a la sombra generosa de unos arbustos y matos que crecían al límite de la playa, junto a las instalaciones del Real Club Nautico, teniendo enfrente la amplia panorámica de la bahía, con los muelles de atraque y fabriles al fondo, enormes grúas que semejaban los esqueletos de fantásticas girafas, algún que otro trasatlántico amarrado a ellos y diversas embarcaciones surcando las azules y grasientas aguas de la dársena, que allí parecían aquella mañana llanas como en un plato, al decir de los humanos.

Boby era un perro de la raza Labrador, oriunda de Terranova en donde fue desde hace siglos muy popular entre los pescadores de esa zona del Atlántico; y digo lo que él mismo al respecto me confió muy ufano.

Aunque él, y lo pregonaba con orgullo, era isleño, “chicharrero” nacido en “la isla de enfrente, la del Teide gigante”, en donde había vivido toda su vida que ya era actualmente de unos nueve años o más, equivalentes a unos sesenta y tres según el cómputo de los humanos. Y desde luego, en el gran rato que aquella mañana pasamos juntos y por la conversación que tuvimos bien pude comprobar que era un adulto, serio y noble, algo filósofo y sabio.

Recuerdo ahora que una de las primeras máximas o sentencias que me endilgó y de las que a lo que bien pronto advertí le encantaba intercalar en cualquier conato de conversación, fue la de que nosotros, los mascotas de los humanos hemos resultado ser una de las mejores opciones para los hombres, bueno y mujeres y niños y, sobre todo personas ancianas, saber sobrellevar la soledad, el aislamiento de sus congéneres puesto que estimulamos como un claro sentimiento de compañía, les escuchamos en sus cuitas, les aportamos confianza y seguridad y hasta, a veces, ¡mira por donde! somos fuente o motivación de su salud puesto que si la residencia mutua es en las abigarradas ciudades, para ellos atendernos en nuestras necesidades fisiológicas les obligamos muchas veces a relaizar cotidianos paseos siempre saludables, por calles, por parques y jardines y se saludan o hablan unos con otros con las amistades que se encuentren y que en muchas ocasiones han surgido en dichos paseos.

Y nosotros a su vez, sintiéndonos libres de las obligatotrias correas aunque sujetos y atentos a sus llamadas, correteamos, olisqueamos, nos limpiamos las patas frotándolas contra el cesped, saltamos y ocasionalmente, si es preciso ladramos meneamos la cola y jugamos con los de nuestra raza que nos podamos encontrar...Y también gruñimos y enseñamos los dientes si presentimos con nuestra especial percepción de oído y olfato algun posible peligro y aún nos estremecemos de miedo ante lo desconocido o cuando, a mí al menos, me aterrorizan los estampidos de los cohetes y de los petardos y tracas con que temerariamente juegan a veces los niños.

A mí por lo menos me molestan mucho, tanto el olor de la pólvora quemada como ese olor caraccterístico que, unos más que otros exhalan los humanos por una de las glándulas de su cuerpo, la llamada timo, creo, la adrenalina que sueltan, se dice, porque cogen repentino miedo ante nuestra presencia perruna y por desgracia esa sustancia es pero que muy irritable para nuestro perfeccionado olfato. Y de vosotros, los gatos, aún es más, porque algunas personas son alérgicas a esos pelillos como electrizados que vais soltando en abundancia por donde quiera que paseis o esteis y que provocan reiterados e incontenibles estornudos. Aunque, si bien se mira, no sé de que se quejan, porque, en realidad, bien saben que al estornudar alivian de forma considerable sus respectivas vías respiratorias...

Pues de estas y parecidas consideraciones intercambiamos opiniones Boby y yo, al tiempo que íbamos jadeando más pausada y ritmicamente tumbados a la sombra de aquellos lentiscos, pinos marítimos o lo que fuese que crecían en uno de los extremos de la playa. Tuvimos suerte y no se arrimaron a nosotros otros perros con sus correspondientes collares y aún algunos con el chip de identidad adosado a su cuerpo.

Y aún pudo Boby el “chicha” hacerme en síntesis relato de su vida, quedando yo para lo mismo de la mía bien azarosa y aventurera, en posible futura ocasión.

Boby vivía con quienes llamaba cariñosamente “Miama” a la mayor y “Miamita”a la jovencita, en una bonita casa-chalet por la barriada de Ciudad Jardín y solía ir con ellas callejeando hasta las cercanáias del Parque en donde se encontraba el piso de “La señora”, madre de la una y abuela de la otra, que siempre tenía para él alguna golosina despues de que se dejase acariciar por aquellas arrugadas y sarmentosas manos que años atrás, le decían, a veces, cuando enviudó y vivió sola en esta isla supieron presionar, golpear y acariciar las teclas marfileñas, blancas y negras de una vieja pianola. Tambien tenía en la solana o en el balcón y a veces en alguna otra habitaciónes como la cocina o la sala en una jaula pintada de verde una cotorra o loro tambien de color verde, que comenzaba a chillar y decir palabras raras cuando entraba el pastor alemán en la casa y que hacía reir a las mujeres y a él ladrar con su tono más bronco.

Cierto que a aquel perro grande que era Boby pareció al principio no hacerle mucha gracia el contar cosas de su vida pasada en la isla de enfrente, porque según luego me aclaró tuvo una infancia y primera juventud bastante accidentada como perro vagabundo que fue casi desde sus principios, formando parte de una famélica cuadrilla perruna que tenía su asiento por debajo del Puente Galceran en el historiado Barranco de Santos, que dividió por muchos años a la ciudad santacrucera al igual que sucedió con el Barranco Guiniguada en esta palmense.

Nació en un hogar confortable por la zona del Hospital en la barriada de El Cabo, zona comercial administrativa de mucho futuro. Sus padres, de lo que presumía mucho fueron de la selecta raza del perro labrador oriundos de Terranova, pero a los pocos meses, siendo el un cachorro y por causas que no supo especificar bien, aquel hogar de buena gente se deshizo de la noche a la mañana y se vió de repente en la calle, sin más cobijo que en el mundo agreste del tramo del Barranco sin urbanizar. Y así anduvo en tanto que crecía recorriendo los tramos comprendidos entre los Puentes de Zurita, pasando por el Galcerán y el del General Serrano hasta el de hierro de El Cabo, ya cerca de la marea, sin nunca atreverse a introducirse en el gran colector que desembocaba, subterráneo, fuera de la bahía En aquella su etapa de vagabundeo fue el cachorro de raza preclara creciendo hasta convertirse en un espléndido ejemplar que llamaba la atención de cuantos lo veían, a pesar de que él huía de los seres humanos como de la peste porque ya había sido castigado con algun que otro garrotazo o certera pedrada de la chiquillería del contorno en que se desarrollaba su vida de vagabundo en compañía a veces de otros canes tan sucios, llenos de mataduras y siempre famélicos como él mismo y que, por lo general, solían merodear por los alrededores del Mercado Municipal de Nuestra Señora de Africa en demanda de algún hueso de res y otros restos sanguinolentos e inmundicias que se pudiesen encontrar por las puertas de la parte trasera del señero edificio, cuando no recorría, siempre a la búsqueda de algún bocado, las aceras y las entradas ajardinadas de las casas terreras que todavía se resistían a desaparecer bajo la pica del progreso, por la antigua Recova y por los cercanos Plaza de Toros o .el campo de fútbol Heliodoro López

Boby, que por aquel entonces todavía no tenía nombre conocido, aunque entre los de la cuadrilla le apodaban ya “el Labrador”, aprendió pronto a atacar a los demás y asi mismo a defenderse con eficacia a dentelladas; y más de un perro de aquellos acabó aullando y pidiendo cuartel bajo sus recias patas y potente torax con algúno que otro buen mordisco en cuello y orejas y arañazos en el hocico. Por algún tiempo, su gesto más característico era mantener las largas orejas en posición de alerta, el rabo tieso y las fauces abiertas y babeantes, con la lengua fuera, enseñando los poderosos colmillos y un prolongado y amenazador ronquido en la garganta. Cuando alguna persona, sobre todo algún niño, pretendía acercásele con intención de acariciarlo, el enseñaba los dientes y gruñía tan amenazador que hacía desistir de todo intento.

Así pasó algun tiempo en aquella vida verdaderamente perruna de vagabundeo y de hambre nunca saciada del todo, flaco y enjuto de cuerpo, lleno de pulgas y garrapatas, moscas zumbando tenaces a su alrededor, con mataduras y heridas mal curadas como dolorida muestra de peleas más o menos sangrientas con otros perros, algunas veces por celos en sus periódicos arrumacos amorosos; harto de recibir golpes con heridas que tenía que lamerse escondido en lo más intrincado del barranco. Y, claro, al fin acabó como muchos de sus compañeros le prevenían: En las redes de los funcionarios municipales o perreros del ayuntamiento capitalino, dedicados a la caza y captura de todo bicho viviente que vagabundease por la calle, sobre todo, los perros y los gatos.

Bien cierto que en aquella ocasión lo cogieron completamente despistado en tanto que degluía los restos de un conejo, trincado en una de las puertas de acceso al Mercado, junto a uno de los puestos de la carne y el pescado.

Por más que se revolvió enfurecido, indignado tanto por que lo sorprendiesen como por privarle de tan esquisito bocado, intentando avalanzarse sobre quienes, alborotadores, sujetaban la red que lo apresaba, nada consiguió y gruñendo colérico, no tuvo más remedio que dejarse conducir a rastras hasta el vehículo enrejado llamado “la perrera” y con otros muchos animales, furiosos como él o temerosdos y aterrados, fue llevado por la zona empinada de La Cuesta hasta el punto, entre Santa Cruz y La Laguna en donde se alzaba la que luego supo que se conocía como La Perrera Benis Pelusa y en donde, al decir de los torturados animales prisioneros, a veces se hacía espedita limpieza, ejecutando o icinerando a los más viejos, enfermos o rabiosos.

Pasado el inicial cabreo, Boby, que aún no se llamaba así, hubo de reconocer luego que aquel suceso fue realmente su salvación, porque, apenas pasados unos días en el dicho albergue y en los que una vez más hubo de imponer su jerarquía a la jauria prisionera, aparecieron por allí una mujer joven y una linda niña que buscaban un buen perro que les sirviese de guardían y de mascota a la vez, eligiendo sin pensarlo mucho al torturado pastor aleman y amablemente desoyeron las advertencias de los funcionarios sobre su muy posible agresividad, diciendo la mujer que con cariño, ella lo educaría.

Fue bautizado, y él nunca supo realmente por qué, con el nombre de “Boby” que la niña, Miamita le puso desde el principio. Y, como quiera que se le trataba muy bien, se domesticó sin gran esfuerzo, fue cogiendo confianza y se dejaba asear a gusto de manos de Miama y estaba siempre muy limpio y aseado y bien alimentado, pues, como era listo de naturaleza, pronto aprendió a obedecer las órdenes que se le daban, a hacer sus necesidades en donde se le indacaba y, mejor aún en algún rincon de los parques a donde se le llevaba, obligando, eso si, a que ellas recogiesen la caca con un papel o un plástico, si la deponía en lugar indiscreto. Perdió su salvaje libertad, si pero no le importaba llevar collar o arnés de cuero, al que se sujetaba la correa para cuando salían de casa; y aún alguna vez hubo de llevar, fastidiado, eso sí, el molesto bozal

A Boby, libre ya de pulgas, garrapatas y otros molestos parásitos, le gustaba sobremanera que lo bañasen y acicalasen y una de las labores que más le regocijaban, aunque gruñera, era cuando con un cepillo de dientes en el que estaba escrito “Boby” y pasta dentífica le limpiaban la dentadura que luego relucía y era su mayor orgullo entre sus ocasionales amigos. Hubo de aprender a hacer sus necesidades fisiológicas en determinados sitios, tanto en casa en un rincón de la solana como en la calle, que él se arrimaba a todo rincón a hacer como los demas, marca de que había pasado por allí y, sobre todo en los Parques y Plazas de la ciudad, que presumía de conocerlos todos, tanto de su época de vagabundeo como en la de diligente mascota y guardián y me los recitó todos de golpe, de los que recuerdo los hermosos parques de García Sanabria, Marítimo, Recreativo, de don Quijote, de La Granja y el de Viera y Clavijo y más de treinta plazas, pequeñas y grandes,importantes y recoletas que abundan en el callejero santacrucero. Aunque tuvo alguna casi necesaria aventura amorosa perruna, estaba bastante contento al respecto

Pues a base de reprimendas cariñosas de Miama y Miamita, que así acabó llamando a la pareja que le demostró afecto, algún que otro golpe en el hocico con un periódico doblado, olisqueo forzoso de orines y escrementos, etc., que fueron suficientes para ser aprendidos por el inteligente can y que a mi me recordaron a la vez el proceso, los procesos de mis aprendizajes al respecto, primero en York y Yorksire, luego en Londres, después, en forzada autoenseñanza cuando mi estancia en Gui-Gui y en los pinares de Tamadaba, de Pajonales, de Lima y Acusa y al fin, ya en Las Palmas de Gran Canaria, por la Avenida de Escaleritas, las sabias enseñanzas del Señor militar retirado y de su hija Sandra, mi actual y queridísima dueña.

A cambio, por su obediencia pronto dispuso de su propia caseta de madera pintada de alegres colores y colocada en la solana, junto a la cocina, con su cojín para descansar, platos especiales para el agua y la comida propia para perros con que se le regalaba, etc.. Habitáculo al que le encantaba retirarse a descansar si era la hora impuesta por Miama y, despues de rebullir dando algunas vueltas sobre simismo para buscar la postura más propicia, dormir en el silencio del acogedor domicilio, silencio que, si de alguna forma era interrumpido le despertaba y si presentía algo extraño ladraba con fuerza hasta que se le hacía callar, en su papel de fiel guardian de la casa. Y Miamita, la niña de la casa, a la que Boby en verdad idolatraba, como si presintiese que el encontrarse él allí era precisamente por ella, si lo dejaban juqueteaba todo el día con ella aguantándole lo mismo las caricias que las “perrerías” que le quisiese hacer. Pensaba que la quería tanto, bueno y a Miama también, que por ellas daría gustoso la vida si preciso fuese; por lo que había que ver lo atento que a su seguridad iba cuando sujeto por la consabida correa las acompañaba en sus paseos por la calle y, sobre todo, al hermoso y frondoso Parque García Sanabria, a la Plaza Wailer o a Las Ramblas donde ocasionalmente se encontraban con algunas amistades que, por lo general, siempre tenían un saludo, una afectuosa caricia para él, que se dejaba querer, lo mismo que cuando iban de visita a casa.

Boby disfrutaba mucho cuando los tres salían a algún punto determinado de la ciudad o de sus alrededores, en ocasiones a almorzar con gentes amigas, algunas de la otra isla pero estudiantes o trabajadoras en la isla del Teide y otras veces a merendar, tomar algún café “capuchino”, saborear algunos dulces y pasteles en locales esparcidos muy turisticamente por toda la isla. En realidad, con ellas estuvo recorriendo la casi totalidad de Tenerife, desde más allá del pueblecito de Taganana y su playa de piedras o aún más al norte, por el mismísimo faro marítimo de Punta Anaga o llegándose a la misma Punta Teno por el sur, y de oeste a este por Los Silos o Icod, Santiago del Teide y la Playa de las Americas, El Médano y La Candelaria y, desde luego por La Laguna, Tacoronte , La Orotava y Puerto de La Cruz, él siempre gozoso recibiendo el aire originado por la marcha, con la ventanilla de su lado, en la parte trasera bajada, sentado en el asiento corrido pero alzado de las patas delanteras, ladrando de cuando en cuando solo por puro gozo.

A donde no le gustaba que lo llevasen y era reacio a encaminar hacia allí sus pasos era en la capital a los alrededores más inmediatos del Barranco de Santos, donde se desarrollara su calamitosa infancia.

Y Boby era realmente feliz, tratando de relegar al olvido su mísero pasado transcurrido en el Barranco de Santos y se sentía seguro, querido, bien tratado, hasta por aquel señor bigotudo que le decían veterinario, que de cuando en cuando lo examinaba, le ponía alguna dolorosa pero necesaria inyección, le instaló un chip bajo el cuero de junto a las orejas y le recortaba las uñas, cosa que hasta entonces él había hecho siempre a si mismo frotando las pezuñas sobre alguna acera o los guijarros sueltos arrastrados por las aguas cuando corrían libremente hacia el mar de la vieja farola.

........................................

Hasta aquí fue lo que me contó de su variopinta vida Boby, el “chicha”, porque, en aquella veraniega mañana, pasado un buen rato regresó Sandra de sus gestiones en el Real Club Náutico, coincidiendo con Miama y Miamita que también daban por terminado el plácido y prolongado paseo mañanero y nosotros hubimos de separarnos; confiando, eso sí en que pudiésemos encontrarnos de nuevo pues se dio la estupenda coincidencia de que Sandra y la llamada Miama eran profesoras, la una de geografía e historia y la otra de música y habían sido compañeras de Instituto años atrás. Porque, no si lo he dicho ya, aquella Miama era natural de esta isla aunque vivió muchos años en la de enfrente

Al observar lo bien que parecíamos llevarnos Boby y yo, quedaron de verse en aquella misma playa en próxima ocasión.

Lo que efectivamente,sucedió, no se yo si con previo acuerdo telefónico.Y volvi con Sandra a Las Alcaravaneras en donde estaban ya Miama y Miamita con Boby. Y los dos juntos y correteamos y jugamos hasta que recurrimos de nuevo a la sombra de los lentiscos en donde él me contó las últimas peripecias de su vida, demostrándome que era todo un filósofo perruno y un narrador excelente...

Pero, ¡escucha! Oigo el llavín introduciéndose en la cerradura de la puerta de entrada, por lo que sé que regresan Sandra y su padre, así es que me despido de ti por hoy para acudir a agasajarlos y atenderlos como siempre.

Aclarándote como colofón y con un tanto de rubor por mi parte que, en realidad, lo que Boby me había estado contando en la playa fue con un relato más sencillo, escueto y directo al tema si se quiere, pero, como ya habrás observado, yo que soy de por sí una perrita curiosa y novelera, suelo extenderme en detalles, a veces, lo confieso, supuestos o ideados e inventados pues mi imaginación es mucha. Te diré, en fin mi querido Micifuz que si hubiese nacido con el dón del habla y de escribir de los humanos yo sería irremisiblemente escritoria, no lo dudes...¡Voy, voy, voy, mi dueña! ... mis amos.

.................................................

Bueno, bueno, querido y silencioso Micifuz: Aquí estamos de nuevo solos, frente a frente, al igual que hace escasos días cuando te conté algo de la interesante vida de mi amigo Boby, el perro labrador chicharrero.

Y es que Sandra, nuestra dueña se fue, como acostumbra, a impartir sus clases de geografía e historia, a un colegio religioso, creo. Y su anciano padre, por lo que les oí esta mañana, ha ido a pasear y luego a hacer de ratón de biblioteca como él mismo se dice, a la Pública o a la Insular o, en todo caso a las hemerotecas locales, cosa que a mí, por mis ancestros, en cuanto a lo ratonil me hace mucha gracia, pero que en realidad se refiere a que es un buen y concienzudo documentalista, al decir de sus amistades y que indica un determinado tipo de historiadores e investigadores natos. Aunque es ya mayor de edad y, a mi modo de ver le falla algo la memoria, por lo que lleva siempre en el bolsillo lápices o bolígrafos y un bloc de notas o unas cuartillas en blanco dobladas para apuntar todo lo que pueda interesarle, continúa investigando en documentos y escribiendo unas buenas horas todos los días.

Al padre de Sandra, parece ser que, ya viudo desde hace tiempo, se le vé que es hombre muy inteligente, de carácter más bien seco y adusto para con los demás, con reminiscencias indudables de cuando ejerció un alto cargo, me parece que de coronel del ejército; pero amable y educado y hasta cariñoso a su manera cuando se trate de su hija Sandra. Tiene también un hijo, militar como él, casado y con dos niños gemelos, que yo no conozco porque viven en la Península, cuyas fotos son esas que estan detrás de ti, en la consola y que se hablan con cierta regularidad los unos con los otros a través del teléfono y se escriben cartas de vez en cuando. Ha colaborado con diversos artículos en la prensa y en alguna revista y en los estantes de su despacho-escritorio y biblioteca casera figuran algún que otro libros de los que es autor.

Pues bien, a mí y por ruegos de su hija, parece que a acabado por aceptarme y aún me hace alguna que otra carantoña cuando anda como distraido, pensando en sus escritos, si bien, al principio de entrar yo en sus vidas no aceptaba de buen grado mi presencia en el piso de la Avenida de Escaleritas, así como así... ¡Es que si vieras tú el aspecto que yo tenía cuando pasé a ser propiedad de su hija Sandra!

Pero, bueno; otra vez me estoy enrollando, bien lo sé, aunque tú no me digas nada al respecto.

Tal como ya te he relatado, Boby lograra al fin de su agitada existencia errabunda, vivir contento, feliz y sabiéndose querido con sus Miama y Miamita en Santa Cruz, en la isla de enfrente.

Y así fue pasando el tiempo en aquella espcie de suerte feliz, queriendo y sabiendose querido.

Miamita, a la que adoraba, cuando estaban acomodados en el salón solía leer algún cuento en voz alta, para ella y para él, que escuchaba atento, procurando no babear, ronroneando, alzando las orejas, meneando la cola o con el hocico a ras de alfombra y tapado al desgaire por una de sus patas delanteras. Otras en la propia alcoba de la jovencita en la que imperaba el color rosa, con pósteres y fotografías diversas en las paredes y esparcidos juguetes de peluche y libros de texto de sus estudios primarios sobre la mesita, la silla o el cojin y aún por el suelo.

Cuentos que, a pesar de no entenderlos él bien, a veces fue conociendo de tanto oirlos; por lo que Boby supo de Blanca Nieves y los siete enanitos, de la Bella Durmiente del Bosque, de Caperucita Roja, de la Casita de Chocolate, de La Cenicienta, de Pulgarcito y sus siete hermanos, del Gato con Botas, del Enano Bailarín, del Soldadito de plomo, de la Sirenita y del Patito Feo y más delante de las aventuras de Pinocho, del Mago de Oz, de Alicia en el País de las Maravillas, de Peter Pan, etc etc., que luego habrían de ser sustituidos por los relatos de Celia, sus hermanos, sus primos y sus amigos, que habían sido ya leidos por Miama cuando a su vez fue niña, tebeos o comic de colores y aún alguno que otro graciosos cuentos propios canarios

Boby nunca más volvió a los parajes y rincones del Barranco de Santos ni siquiera a los alrededores de El Cabo donde vivieran sus antecesores y había sido su cuna. Y se le erizaba el cuero cabelludo y sentía auténtico terror cuando por algún acaso caminaba con Miama y Miamita por los alrededores del Puente Garcelan, del MercadoMunicipal de Nuestra Señora de Africa o por donde estuviera la Recova, donde las casas terreras antiguas habían ido desapareciendo y con ellas un púbico alborotador y eterogéneo, muy aficionado a las peleas, tanto entre humanos como entre perros en las que alguna vez, a fuerza de cadenas, palos y privaciones de todo tipo él mismo tuvo que luchar defendiendo su propia vida, pues en cierta ocasión gentes golfantes y vagabundas como él y los de su pandilla habían intentado convertirlo en verdadero perro de presa y de pelea a base de palos y cadenas, cuando lo atraparan en una trampa unos golfantes, borrachos y pendencieros de los que supo al fin librarse a dentelladas y mordiscos con gestos amenazadores, ladrando, aullando, roncando agresivo de tal forma que llegaron a asustarse aquellos hombres innobles y salvajes.

Y al cabo de algunos años de aquel su actual apacible modo de vivir, queriendo y sintiéndose querido, despues de observar las cabilaciones de Miama, sus conferencias telefónicas y algún que otro comentario a Miamita, advirtió que ambas estaban preparandose para alguno de sus anuales viajes fuera de la isla y temió que fuesen a dejarle como otras veces al cuidado de Juanito, el viejo jardinero del ayuntamiento, ya jubilado, que por algún dinero se hacía cargo de él y lo atendía en sus necesidades alimenticias pero lo mantenía siempre encerrado en un patio de altas paredes que para él era como una cárcel.

Pero, no; en aquella ocasión se trataba de un viaje marítimo, de traslado de hogar en toda regla, a lo que presentía ya con destino definitivo en la otra isla, la de enfrente, por donde salía diariamente el sol.

Y así, después de un agitado trasiego de despedidas de las muchas amistades que tenían, de llamadas telefónicas y de hacer las maletas y embalar otros bultos, despues de él haber dormido toda la noche con un profundo sopor se vino a despertar sujeto al asiento posterior del coche familiar que aparecía completamente abarrotado de cajas con ropas, libros, revistas y otros muy variados objetos, además de las maletas que imaginaba en el portabultos, sin Miama y Miamita a la vista, con otros muchos vehículos diversos aparcados a su alrededor, en penumbra, en lo que parecía un enorme garaje, que se movía en rítmico y continuo valanceo lo que de momento lo asustó, aunque volvió al poco a amodorrarse.

Al regresar la señora y la jovecinta, sentadas ya una al volante y la otra en el asiento del copiloto y salir con el coche, unos tras otros y en fila al exterior, respiró más tranquilo, sobre todo al ya correr libremente el vehículo que salió presto de los muelles marítimos y después de raudo viaje a traves de paisajes de amplia panorámica con el mar al costado y el firmamento azul puro sobe ellos entraron en la gran ciudad de los altos edificios que parecían torres, arribando al poco a una linda barriada en la que abundaban las casas chalet con jardines de frondosos árboles y algunas con piscinas, que pronto entendió el labrador que una de aquellas casas iba a ser su nuevo domicilio en la Gran Canaria.

Precisamente en Las Palmas de Gran Canaria vivía La Señora, madre de la una y abuela de la otra recién llegadas, a la vera del historiado Parque de Santa Catalina, con el fabril Puerto de La Luz y los transitados muelles de atraque al fondo y barcos de carga o de pasaje, de contenedores o trasatlánticos que entraban o salían de la bahía constantemente.

La Señora, Miama y Miamita, cuando no había clases y en los días festivos se veían con frecuencia y pronto Boby aprendió a respetar y querer a la más anciana de las mujeres de la saga y con ella mas de una vez lo dejaron mañanas o tardes en las que, él a sus pies y ella acomodada en una mecedora, en apacibles horas en tanto que obillaba hilos de distintos colores y con la ayuda de unas finas agujas bien manejadas confeccionaba lindos tapetes, calcetines no se sabía para quien, y hasta, una vez le hizo al enorme perro, una especie de horroroso chaleco de lana que se empeñó en que se lo pusiese y que él odiaba, por lo que sigiloso y pidiendo por ello en su interior perdón a la calcetera, logró medio desacer con sus agudos caninos, la Señora, que, por lo visto era muy “canariona”, o “grancanariona” como así se les decía a los nativos de Gran Canaria, le estuvo contando la historia o leyenda de un perro que vivió por el Barranco de Guiniguada, llamado Faycán y era descendiente directo, a pesar de las muchas, muchísimas generaciones de aquellos que al principio de los tiempos dieran el nombre a la isla, del “can” latino, que quería decir precisamente de “canaria”, tierra de canes y que un hombre conquistador procedente de Francia, por la valentía de sus salvajes habitantes llamó “Gran Canaria”, nombre que le quedó ya para siempre.

La anciana le contó que realmente eran siete las islas que con otros seis islotes constituían en medio del Océano Atlántico que bañaba sus costas el archipiélago Canario, como lo conocían los humanos. Siempre hubo en todo relato, legendario o real, alguna mención a los canes que en estas islas hubo. Los perros de presa, también llamados “bardinos” de Fuerteventura, los “cancha” pequeños y feroces perros, buen bocado en la gastronomía de Echeide que era al principio Tenerife, y que por cierto , tal como en una ocasión le informó un famoso historiador isleño fueron similares a unos que en la América prehispánica y según las crónicas tuvieron los aztecas como alimento favorito, de pequeño tamaño, cebados y a los que al parecer les cortaban la lengua para que no ladraran y que recordaban a los “gareaguas” tinerfeños que eran perros especialmente alimentados y a los “haguayan” pequeños perros beneahoritas de La Palma y aún los “tibicenas” perros negros y lanudos que, se decía, se aparecían a los aborígenes canarios. También, que alguien o algo, hacía ya mucho tiempo y en esta Gran Canaria cogió a ocho de los más famosos perros de la isla y por algún encantamiento los convirtió en ocho estatuas de bronce para colocarlos en la Plaza Mayor, mismo enfrente de la majestuosa catedral de Santa Ana, allá por el barrio de Vegueta que estuvo separado de siempre del deTriana por el Barranco de Guiniguada que dividia en el pasado a la ciudad vieja de la moderna. Y que un escritor local muy inteligente y singular y grande bohemio en su día escribió para la posteridad la historia de los ocho perros y perras, contando sus peripecias y andanzas perrunas de aquellos Faycán, Cicerón, Pluto, Rebenque, Caifás, Catalejo, Neron y uno que por ser de la isla de enfrente como él le llamaron precisamente Chicharro; y las dos hembras queridas de todos ellos Marquesa y Linda. Por lo visto, el libro-novela de aquel escritor grancanario llamado Victor Doreste fue muy celebrado en su tiempo y reiteradamente reeditado

En fin; todo aquello que mi nuevo amigo Boby me contó bajo la sombra de unos arbustos, al lado de las isntalaciones del Real Club Náutico en la Playa de Las Alcaravaneras me gustó mucho y siempre lo he recordado cuando él y yo, muy de cuando en cuando nos hemos vuelto a ver.

Para concluir con el relato de la vida del perro labrador Boby, que llegué a conocer, debo de añadir que aún no hace mucho tiempo, Sandra, en uno de esos paseos que a ella ya mí tanto nos agradan por el señorial barrio de Vegueta, alrededores de la Catedral y Plaza de Santa Ana, en tan histórica Plaza Mayor me condujo a la vera de unas estatuas de varios perros en posturas sedentes y como de espíritu ausente, a las que, despues de la inicial sorpresa acudí zalamera a saludar. Pero bien pronto me dí cuenta de que aquellos grandes animales de airosas y estáticas aposturas no exhalaban olor alguno de sus glándulas odoríferas... ¡Porque eran tan solo unas figuras, las famosas efigies broncíneas de bellos ejemplares de perros, de los perros que me contara Boby!. Los reconocí olisqueándolos uno a uno y bien pude comprobar que tal como allí mismo me indicó Sandra, no solo eran como moldes o vaciados de esculturas de hierro fundido, de hierro colado y no de bronce, como la mayoría de la gente cree y me indicó mi ama, haciéndome advertir como la oreja de uno de ellos estaba a medio asserrar o cortar por algún anónimo admirador o recolector de material férrico para vender y que la creyó de broncíneo material.

Habían sido los ocho canes traídos de Europa por encargo de un alcalde progresista a finales del siglo XIX y allí colocados enfrente de la majestuosa catedral, teniendo a un costado los palacios episcopal y regental y allá atrás, al final de la plaza, el señero edificio del Ayuntamiento, justamente cuatro o cinco años antes de que se instalase en el emblemático contorno la luz eléctrica que sustituiría a los añejos y ahumados faroles de petróleo o “belmontina” como también se les llamó.

Y Sandra, divertida, ya luego en casa, tomando uno de los muchos libros escritos de su padre, me leyó aquello de:

“LOS PERROS DE LA PLAZA DE SANTA ANA”

En el barrio de Vegueta,

corazón de la ciudad,

la plaza de Santa Ana,

¡que acogedora está!

con sus palacios

y nobles casas

y la hermosa catedral.

Palmeras, macetones y flores;

Farolas y bancos de colores...

Palomas, niños y mayores.

Y los ocho perros

en fundidos hierros

pintados de verde,

cuyo origen se pierde

en la tradición popular.

Perros con fama,

perros de caza;

perros en la plaza

de Santa Ana.



Dicen los abuelos

que en los siglos pasados

se compraron e instalaron

y para siempre se quedaron



Y ya lo certificó un día

La vieja “Perejila” poetisa

con su mucha picardía

y haciéndolo de esta guisa:



“Vaya, vaya!... ¡Vaya, vaya!

El mundo se va a acabar.

¿Dónde se han visto ocho perros

Cuidando la Catedral?”



También Roque Morera,

vate bohemio y popular

con voz sincera

asi los llegó a cantar:



“Aunque me cueste el destierro,

diré con mi frente ufana

que la Plaza de Santa Ana

hoy es plaza de los perros”



Y aún, aquel mauro viejo,

que dijo con mucho gracejo

y un tanto de guasa

al llegar a su casa:



“Hoy vengo “asorimbrado”

de lo que “vide”en la “siudán”:

Ocho perros sentados

enfrente de la “catedrán.”

.....................................................................

Pero, bueno; hoy ya es un poco tarde, están al llegar Sandra y su padre que fueron a un acto artístico cultural por lo que les entendí; así que tú quedate aquí tranquilo, amigo Micifuz, en tanto que yo me preparo para recibirlos con la alegría y zalamerías de costumbre para luego pasar a la cocina, comer algo, tomar unos tragos de agua y luego, ya en la solana, tenderme sobre mi mullido cojín, dar varias vueltas sobre mi misma y en la última quedarme perfectamente dormida, libre de posibles sustos o preocupaciones, a pierna suelta, como suelen decir los humanos; pero, con un sexto sentido alerta, por si algo o alguien pueda de alguna forma amenazar a mis seres queridos,... y advertirlos.

Y te prometo que en otro momento propicio continuaré contándote de mi perruna e interesante y aventurera vida. ¿Vale?.

San Borondón y la ballena

(una Leyenda Canaria)



Un San Avito, a principios del siglo 11 de nuestra Era, hallándose en peregrinación por varias ciudades de la Bética, llegó a orillas del Atlántico y sabiendo que una nave se disponía a levar anclas con rumbo a las costas mauritanas e islas cercanas, determinó embarcar y predicar la fe de C Cristo en tan lejanas playas. Firme en su propósito, llegó a Canaria, eligiéndola como teatro de su predicación. Según la leyenda, hizo muchas conversiones y adquirió tan poderoso influjo en el país que se atrajo el odio de los principales magnates de la misma, temerosos de tal influencia, amotinaron al pueblo y consiguieron darle cruel muerte en medio de los tormentos del martirio, que sufrió “el 13 de las nonas de enero del año 106 de Jesucristo”, se escribió. Sus cronistas dijeron que había desembarcado por un lugar que se identifica actualmente como Arguineguin y que oficiara la primera misa en una cueva en donde posteriormente se veneró una imagen de Santa Agueda, cueva todavía existente en la actualidad.

Viene luego la leyenda del monje San Brandán, llamado también Branda, Brandón, Brandenes y Borondón, que vivía al mediar el siglo VI en la abadía de Cluainfor o Cluainfert, en Irlanda. Durante una visita que le hiciera San Barinto, pudo escuchar de labios de éste el relato de un fantástico y maravilloso viaje:

-Oirás ahora, hermano, las maravillas que Dios, Nuestro Señor, me ha revelado en ese tenebroso océano, cuando, acompañado del hermano Mornoe me dirigía en una embarcación ligera hacia Occidente, en demanda de la isla de Promisión de los Bienaventurados. A poco de principiar el viaje nos vimos envueltos en densas nieblas, hasta que, pasadas unas horas brotó una luz vivísima que nos permitió descubrir una tierra espaciosa y abundante en pastos y frutas. Quince días estuvimos recorriéndola s i n encontrar sus límites y observando que no había plantas sin flores ni árboles sin fruto, siendo de un precio inestimable las piedras sembradas por el suelo. Llegamos por fin a un río que separaba la isla en dos partes, a cuya orilla nos detuvimos, no siéndonos permitido vadearlo porque Dios nos 1o había prohibido. Recorrimos de nuevo la parte de donde habíamos salido, sin sospechar siquiera que, . . . !Habíamos estado a las mismas puertas del Paraíso! . . .

Al escuchar tan estupenda relación, poseído el monje San Brandán de ferviente curiosidad, resolvió emprender por sí mismo un viaje a aquellos deliciosos lugares. Y después de muchas y extraordinarias aventuras, tuvo la suerte de encontrar la isla maravillosa, que recorrió también en toda su extensión, siendo detenido a orillas del río, lo mismo que San Barinto; y se le apareció allí un ángel que Dios le enviaba con tal objeto.

Durante aquel largo viaje, San Brandán y 1os diecisiete monjes que lo acompañaban, entre quienes se contaba el célebre San Malo o San Maclovio , descubrieron varias islas, que la crónica vá señalando de esta forma:

La primera era una isla escarpada, surcada por varios riachuelos, en la que fueron cariñosamente recibidos, renovando allí sus provisiones.

Pasaron luego a otra, abundante en peces y cabras, entre las que había algunas tan grandes como novillos. Desde ella avistaron un islote llano y sin playas donde intentaron celebrar la Pascua de Resurrección, pero el islote principió a moverse y tuvieron que huir precipitadamente, revelando a todos el santo que el tal islote era una gran ballena. Desde la isla de las Cabras descubrieron otra más hermosa, cubierta de bosques y flores, donde los pájaros cantaban deliciosas melodías; Llamábanla el Paraíso de los pájaros y en ella celebraron la Pascua de Pentecostés. Vieron luego

otra isla poblada do cenobitas. en la que descansaron los viajeros hasta la fiesta de Navidad. Este trayecto de isla a isla fue recorrido por ellos en seis años, hasta que al comenzar el séptimo, Dios les permitió ver otras islas, de las cuales una estaba llena de bosques; otra producía frutas de color rojizo y se hallaba habitada por hombres de grandes fuerzas; otra estaba perfumada con hierbas olorosas y preciosos racimos y fertilizada con fuentes cristalinas; y otra, que llamaron Pedregosa, donde los cíclopes tenían sus fraguas se veía iluminada por fuegos intensos. Más al Norte se les apareció una montaña alta y nebulosa a la que dieron el nombre de Infierno; y por último arribaron a una más pequeña donde vivía un ermitaño que les dio su bendición.

Este relato nos demuestra bien claramente que al forjar la fábula se tuvo presente el recuerdo de las Afortunadas, pues creemos que van envueltas en los nombres de: Isla de las Cabras, Fuerteventura; paraíso de los pájaros, Gran Canaria; y la del Infierno, Tenerife, cuyo pico Teide en ignición ya habían notado otros anteriores viajeros. Y la mayor, descrita como la que estaba separada por un río, bien podía ser la fantástica que hoy se conoce sin existir, con el nombre de San Borondon.

(de la obra inédita MAS TRADICIONES CANARIAS por Carlos Platero Fdez.)

22 de diciembre de 2010

EL ANCIANO, EL NIÑO Y EL MOVIL

Un cuento de Carlos Platero

Primera parte

_ ¡Riiin, riiin, riiin!

Suena reiterativo el timbre de la puerta de acceso del zaguán, en el piso, excepcionalmente bajo, en esta zona de la barriada en la que los bajos o primeros suelen estar ocupados por locales comerciales u oficinas.

El anciano, que se mueve con lentitud, con un principio de prevención, antes de descorrer la manilla de la cerradura echa una ojeada a través de la mirilla insertada en la puerta de recios paneles de madera.

Desde hace ya algún tiempo vive solo, se arregla para ello como puede pues no quiere depender de nadie, a pesar de que, hallándose en situación de viudo desde hace bastante tiempo, ya cuenta más de ochenta años de edad. Pero todavía puede atender sin grandes problemas a sus necesidades personales más perentorias y no ha aceptado la oferta reiterada de que lo visite y atienda alguna persona componente de la Asistencia Social Municipal local porque todavía se siente capaz de vivir independiente sin pasar por grandes problemas.

No obstante, el anciano solitario paga religiosamente a una mujer ya mayor que, al menos una o dos veces a la semana le hace limpieza de la vivienda, se ocupa del lavado y planchado de su ropa y asimismo le atiende en alguna que otra emergencia que se le ofrezca. El, como funcionario del Estado ya jubilado se considera satisfecho y hasta en cierto modo afortunado con la modesta pero segura pensión que percibe, que le da para cubrir gastos, para vivir sin grandes alharacas pero también sin estrecheces.

Si hay algo que en verdad lo define, aunque él no quiera reconocerlo es que siempre ha sido hombre de genio pronto, lo que con el paso de los años ha pretendido domeñar, aunque no lo ha logrado nunca del todo y de cuando en cuando “se le enciende la sangre en las venas”, como él se dice a si mismo.

Por ejemplo, en este día de la Festividad de Reyes, como en fechas parecidas anteriores ha salido con su hijo y su nuera a comer en alguno de los restaurantes de las afueras de la ciudad, invitado por ellos como viene siendo, si no habitual si de cuando en cuando y en fechas festivas.

¡Que calzonazos es Adrián, el hijo y como lo domina y hasta humilla Marta, su esposa!

Lamentablemente para el anciano que en los últimos tiempos sobre todo ha añorado la existencia de algún nieto, heredero de su carne y de su sangre, la pareja no ha logrado tener hijos, lo que, según piensa el anciano aún ha agriado más si cabe el mal carácter de que ella suele hacer gala cuando quiere.

Y ha convertido en más mansurrón y acomodaticio a Adrián que en la actualidad, alrededor de los cincuenta años de edad parece pasar ya de todo en esta vida. Antes, cuando todavía vivía la madre, el solo y a veces los dos solían acudir de cuando en cuando a visitar a los ancianos y viajaban algo, pero ahora, ni visitas ni viajes y tan solo, de pascuas a ramos lo hacen, aunque si siguen invitando a padre y suegro el seis de enero. Adrián, empleado de banca, en los ratos de ocio, más que a visiteos se dedica a la colombofilia, la cría y cuidado de unas cuantas palomas mensajeras que mantiene en un rústico palomar en el ático de su vivienda; y Marta, criticona de todo y contra todo, lo mismo acude con asiduidad al cine de la vecindad y parece disfrutar con su soledad, que se queda en su casa, sin apenas rozarse con los conocidos o vecinos, pasando horas y horas ante la televisión viendo alguna rancia película o escuchando la radio hasta que se queda dormida pues, desde luego, apenas si tiene trato con alguna persona amiga o familiares cercanos que la aguanten impertérritos.

Y dado el carácter fuerte y arisco de nuera y suegro, bastantes han sido las trifulcas verbales entre ellos, en cuanto ha surgido la más mínima chispa de discordia, siempre ante la pasividad del hijo y marido, aunque últimamente han sido menos.

La doctora del Centro Médico de la Salud que atiende al anciano le ha recomendado reiterativa que procure evitar todo acto de violencia reprimida, de enfurecimiento contenido y aún de simple enojo con los demás si no quiere sufrir alguna mala consecuencia puesto que tiene el corazón algo debilitado. Que sin quererlo le puede sobrevenir una angina de pecho, un ataque cardíaco o una isquemia, por lo que debe de huir de hacer mucho ejercicio, de pasar frío, de tensiones emocionales o de comidas copiosas.

Es por lo que el anciano evita también él el contactar con el matrimonio pese a que a veces sienta un tanto entristecido la soledad de viudez en que vive. Por tal motivo aunque a regañadientes accede a salir con ellos a comer; “aunque sea una sola vez al año”, se dice al claudicar. Como ha ocurrido en la presente ocasión en la que el anciano evoca un tanto enternecido aquellos tiempos cada vez más lejanos pero presentes en el recuerdo en los que la madre, ahora ya difunta y él invariablemente, después de la Noche de Reyes agregaban a los posibles regalos de los Magos entre los tres, un almuerzo o en la ciudad o en las cercanías. Padres e hijo alrededor de una mesa bien surtida de variadas viandas, con lo que, a su manera se sentían felices y contentos en aquellos momentos.

Pero Adrián, siendo ya algo mayor, al fin se casó con una compañera de tareas laborales,... un poco a disgusto de sus padres que nunca congeniaron con la novia, la prometida y al fin nuera que se les adentró en sus vidas y que pronto se descubrió como una mujer adusta, de fuerte y agrio carácter, de mal genio constante que se acrecentó cuando la pareja supo que no podrían tener hijos: que motivaba más y más enfrentamientos y discusiones, lo que inevitablemente alejó a los dos ancianos, pues nunca hubo posibles avenencias entre nuera y suegros.

Aunque ocurrió que como única concesión a la costumbre paterno filial establecida desde años atrás, el Día de Reyes, un matrimonio unas veces y el otro otras se invitaban a comer y pasar el mediodía juntos, en un almuerzo comunal que pretendía ser referencia de mutuo buen querer. Y sucedió que la esposa, madre y suegra en una pieza, falleció en plena madurez y el matrimonio joven por una u otra causa se fue distanciando del viudo, por lo cual tan solo de cuando en cuando el hijo lo llamaba por teléfono para saber como se encontraba de salud. Marta no lo llamó nunca y de tal modo tan solo el vínculo del rito establecido de la comida conjunta en el Día de Reyes los unía al mantenerse a través de los años.

Pues todo lo expuesto es el motivo de que el matrimonio y el anciano se hayan encontrado esta tarde en el interior del automóvil conducido por Marta al tiempo que, como casi siempre discute con su marido acomodado a su lado en el asiento delantero derecho.

Detrás, un tanto encogido sobre si mismo, apoyando las sarmentosas manos en la empuñadura del bastón que ya es su habitual sostén como necesaria ayuda de cualquier tipo de movimiento corporal, el anciano, callado, parece dormitar como aletargado pero sintiendo en su interior como una ligera molestia, localizada en el plexo del tórax y siguiendo como sin querer la discusión, una más desatada entre Adrián y Marta, que masculla:

_ ¡No me digas más!... Siempre serás un derrochón y un Simplicio... No tenías que haberle dado esa propina al camarero.

_ Pero, mujer, -trataba de defenderse él – Que no fue para tanto, tres euros más o menos...

- ¿Que no fue para tanto...? Ni siquiera tuvo la delicadeza de ahuyentar aquella mosca pesada que nos estuvo rondando, que no me dejaba en paz.

_ Bueno; la dichosa mosca se alejó zumbando en cuanto yo levanté la servilleta, ¿no? Y el camarero, uno solo para los clientes que allí estábamos, yo creo que hacía lo que podía...

_ ¡Si!... Metiendo el dedo en la tacita del consomé, que yo bien que lo ví.

_ Pues yo no ví nada. – y medio volviendo el rostro hacia su padre, -Papá, ¿Qué dices tú del camarero?

Pero antes de que el aludido respondiera, volvió a la carga la enojada Marta

_ Hacía lo que podía... Tampoco supo traer otra servilleta para tu padre cuando le estaba cayendo la baba...

Aquí, el anciano se consideró activo para intervenir a su vez, e hizo como que se despertaba del sopor.

_ ¡Oye, Marta!... Que yo no me babeé, contra... Me salió algo de saliva de entre los labios, nada más.. ¡Pues no me falta más que me llamen baboso!

Y la mujer, espoleado su natural genio, insistía en tanto seguía aferrada al volante, conduciendo:

_ Si; baboso... No lo niegue. Que bien que se babea usted...Y se orina en los pantalones, que bien que se le notaba cuando regresó del cuarto de baño...

_ Bueno, bueno... _ intentó contemporizar el pazguato de Adrián.- Deja a papá en paz. Que bastante tiene con sus achaques.

¡Eso!... Tú llevándome la contraria siempre... Eres igualito que él... Pero es que tú, encima no tienes amor propio alguno..., _ y hubo de interrumpir su perorata al tiempo que daba un giro brusco con el volante para esquivar a otro coche que venía en dirección contraria.

El marido la reprendió:

_ ¡Mira como conduces ¡.. Casi nos atropellan.

El anciano, sobresaltado, sintió de nuevo como una aprensión, un molesto malestar en la caja del pecho. También notaba como se iba enardeciendo a medida que discurría el ambiente de crispación entre los tres pasajeros. No pudo contener un taco y una exclamación.

¡Carajo, Marta!... No sé como han podido darte a ti el carnet de conducir. – y aún reflexionó, nervioso – Si queréis discutir los dos y pelearos todo lo que os apetezca, para el coche para yo bajarme aquí mismo y así librarme de tamaño peligro a que me estáis exponiendo.

La conductora frenó con brusquedad el vehículo y se volvió hacia su suegro, el rostro encendido por la ira.

_ Si no le gusta como conduzco, quédese aquí, viejo estúpido.

El anciano, también enfadado de veras iba a decir algo pero su hijo, tratando de apaciguar a los dos contendientes verbales, quiso ser contemplativo.

Anda, anda... Arranca y sigamos que ya no falta mucho para dejar a papá en su casa... Y tú, papá, contén un poco tu lengua, por favor.

La mujer continuaba despotricando entre dientes, enrojecido el semblante, al tiempo que reiniciaba la marcha del coche. Y murmuraba entre dientes:

_ Tu padre se salva de que es un viejo decrépito y achacosos porque sinó, bien que me cagaba yo en todas sus barbas, por imbécil.

Y el aludido temblando ya de ira e impotencia, de rabia apenas contenida se reclinó más para atrás en el asiento, murmurando como para sí un audible “¡Vete a la mierda!” en tanto que a la vez se tocaba el tórax dolorido.

¡A la mierda se va usted y el alma que tiene!... ¡Pues, habrase visto!. – y sin dejar de conducir se volvía hacia su marido - ¿Lo has oído, Adrián?... A mi nadie me manda a eso y menos un viejo grosero y malcriado.

Pero el anciano ya no se apercibió con claridad de que el vehículo continuaba la marcha ni veía ni oía las gesticulaciones y los exabruptos que la mujer continuaba lanzando al tiempo que profería diatribas, insultos y palabras malsonantes en catarata, sin al parecer atender a su marido que, a su vez, trataba en vano de calmarla y no se atrevía a volverse para mirar a su padre.

Y así, procurando respirar y espirar con lentitud el anciano observaba que iba cediendo aquella molestia más que dolor interno del tórax y que acabó por suponer, ya más relajado que bien podía ser algo de indigestión por todo lo que había comido en el almuerzo.

Ya en la barriada residencial, el vehículo se detuvo ante la puerta del zaguán, apeándose el anciano que tras una apenas murmurada despedida cruza a la acera y accede al portal de su vivienda y a ésta, recostándose al fin, fatigado, en uno de los sillones de la sala de la entrada, todavía molesto de la discusión habida con su nuera.

En rincón de la estancia, sobre una mesita auxiliar, la oscura y brillante pantalla vertical de un ordenador parece estar haciéndole rítmicos guiños en fugaces destellos.

“¡Vaya, hombre!, - se dice para sí el anciano – Otra vez me he dejado encendido este trasto”

Porque, a pesar de su edad y de pertenecer a la mayor de las generaciones vivientes, hace algún tiempo que en su intento de modernizarse algo y a pesar de ya disponer repartidos por el piso, televisores, diversos reproductores de música y grabadores y aparatos de radio a pilas y eléctricos cuando falleció su mujer y para convencerse a si mismo de que podía y sabría estar actualizado en la novedosa era de la informática adquirió un ordenador compuesto de teclado, pantalla y torre y después de la precisa instalación por un técnico, poco a poco acabó entrando en la para él todavía intrincada y novedosa era de la más rabiosa electrónica.

Pues bien, cuando se disponía a levantarse para apagar la instalación del aparato, fue cuando sonó insistente el timbre de la puerta desde el zaguán.

_ ¡Riiin, riiin, riiin!



­­Segunda parte

Antes de descorrer el pestillo de la cerradura, el anciano, como tenía por costumbre, echó una ojeada al zaguán a través de la estratégica mirilla de la puerta y en principio no vio a nadie, pero luego si alcanzó a ver la parte superior de la pelambrera oscura y rizada de quien estaba oprimiendo el botón del timbre y sonrió para si al tiempo que franqueaba la entrada puesto que acababa de reconocer de inmediato al niño, hijo de la pareja que vivía en uno de los terceros pisos del inmueble.

Un arrapiezo de unos nueve o diez años de semblante simpático y sonriente, de tez morena y pelo rizado, ojos vivaces de escrutador mirar a través de los cristales de unas gafas cuyas patillas estaban unidas entre si por un cordón trenzado que habría de evitar cualquier pérdida por despiste de su usuario. Aunque más bien de constitución rolliza, bien se advertía que estaba en la plena edad infantil del crecimiento.

Aquel niño era amigo del anciano pues solía hacerle esporádicas visitas y al que, pese a su ansiada soledad, parecían no molestarle y, siempre que hubiese un natural respeto no le desagradaban aquellas muestras infantiles amistosas. En la actualidad era el único menor de las viviendas que daban al zaguán lo que le facilitaba una cierta impunidad en sus infantiles confianzas, siempre y cuando se atuviese a las normas elementales de convivencia.

El niño, muy modosito al principio, como solía proceder, se sentó en otro de los sillones que componían el tresillo de la sala de entrada y muy pronto le preguntó al anciano si los Reyes Magos y Papá Noel se habían portado bien con él. Luego, con la volubilidad propia de la infancia le mostró un aparato de fonía móvil de lo más moderno del mercado, a lo que parecía; aclarando que si se lo habían dejado los Reyes, aunque ya estaba algo usado pues su madre lo había pisado sin querer y al considerarlo medio estropeado para su función de comunicaciones se lo dio al niño para que jugase con él y practicase su uso, explicándole someramente como podía sacarle provecho y aún llevarlo al colegio como ya lo estaban haciendo otros condiscípulos suyos que de alguna manera le enseñaran a manejar tan provechoso juguete.

Y el niño, siempre dispuesto y espabilado explicó allí como con aquel móvil podía contactar inmediatamente con sus padres y aún con sus profesores, con algunos de sus compañeros, “más camaradas”, etc., etc. Y aún, contactar con la mismísima policía si lo precisase o él se propusiese, apretando así uno de los botones del artilugio como él hacía, estaba haciendo, ... Si alguien malvado se portara mal con él, queriendo abusar de su candidez e inocencia. Y al mismo tiempo que tanto decía, no cesaba de apretar botones, encender y apagar el aparato para mejor demostración gráfica y práctica, lo que acabó cansando de tanta verborrea un poco a su oyente que, con una medio sonrisa le indicó que reconocía que sí, que aquel pequeño trasto que se podía mantener o guardar en un puño era algo importante, pero que tanta “erudición infantil” acabaría por marearle.

Suave amonestación que al niño por un instante no pareció agradarle pero que, modoso al parecer, de inmediato abandonó aquella especie de juego. Luego, poniéndose de nuevo en pié se dirigió decidido al rincón en donde todavía permanecía encendido el ordenador y, sin más se sentó ante el teclado de mesa, dispuesto a manipularlo. Aunque, sin volverse, previamente interrogó:

_ ¿Tu sabes encontrar aquí una calle cualquiera que quieras conocer? ... Con el Google Earth, que el otro día me dijiste que tienes instalado, podemos ver como desde el aire nuestra calle, nuestro `parque...

_ Si; ya lo sé, chico. Pero, deja el ordenador quieto... ¿Vas a saber tú más que yo, porras? – hubo de amostazarse un tanto el anciano.

_ Es que yo encuentro la calle mejor que tú. En el colegio,... Y en mi casa lo hago siempre que quiero.

_ Puede que sí, pero aquí, no...¡Deja eso, te digo!... Caramba con el mocoso. – Decididamente, el anciano aún seguía de mal humor, como si todavía le quedasen dentro de sí algunos flecos de la desagradable discusión con su hijo y nuera en el coche.

Y entonces ocurrió lo más sorprendente del insólito episodio.

Aquel niño en apariencia modoso, obediente y educado se volvió a sentar decidido en el sillón que hasta entonces había ocupado. Se caló bien las gafas sobre la nariz chata, abrió una vez más la tapa del móvil que en todo momento conservara entre los dedos de una de sus manos y, por un instante pareció que se ensimismaba, que se reconcentraba en si mismo.

Luego, de repente el niño miró con fijeza al anciano y exclamó:

_ Tu me has insultado. Y con ésto así se lo voy a decir a mi padre... Y a la policía, que me protegerá.

El anciano que una vez más después de la ligera reprimenda pareció aburrido, se sobresaltó. Y vio estupefacto que la mirada del niño a él dirigida ya no era la de un travieso pero sumiso infante sinó la dura, cínica y reconcentrada de un adulto encolerizado, de un ser maligno y cruel por lo que sintió como si un frío estilete le atravesara la espalda; como un repentino escalofrío de aprensión y miedo que le recorría todo el espinazo, desde lo más bajo de la rabadilla a lo más alto del cerebro en el cráneo, como un ramalazo de verdadero pánico cerval. No obstante, todavía intentó reaccionar, barbotando:

_ ¿Que es lo que dices tú, crío del hinojo?...

Y el niño, serio frío y con acento resolutivo aún repitió:

_ Si; tu me has insultado y maltratado. Me he puesto en comunicación con mi padre y con la policía que vá a venir a por ti.

_ Pero, pero,... ¡Habrase visto! – ya iracundo, levantándose y señalando la puerta de entrada, bramó – Anda... ¡Lárgate, lárgate ahora mismo y que yo no te vea más!

Por un momento, el niño pareció titubear y como si se deshiciese de una máscara borró de su faz el gesto maligno por el del infante de tez morena recubierta de cabello negro rizado y trató de contemporizar sonriente.

_ Es un a broma,... Yo no quería asustarte.

_ Pues lo has conseguido, majadero – reconoció todavía enojado del episodio el anciano, que continuó, serio. – Anda, vete; Piérdete para tu casa ya y déjame en paz.

Y él mismo abrió la puerta que daba al zaguán por la que el niño con su móvil apretado en una mano pasó muy modoso y comenzó a subir por la escalera que lo conducía a la vivienda de sus padres en el tercer piso .

En aquel mismo momento sonó con insistencia el timbre de la calle y el anciano, sin cerrar la puerta de su vivienda pero ya dentro de ella preguntó por el telefonillo interior:

¿Quién es?

Y ante su repentinos sobresalto y asombro le contestaron:

­_ ¡Abra!... Somos la policía.

El pobre hombre con ademanes temblorosos y sin creérselo del todo, franqueó la puerta de la calle a una pareja, hombre y mujer uniformados de azul mahón y con el distintivo bien visible de la Policía Nacional. Luego, aún oyó como le llegaba desde lo alto de la escalera comunal el sonido de la risa de tonos diabólicos del niño que jugaba con el móvil su intrínseca, congénita maldad, antes de caer pesadamente al suelo por un mortal y repentino ataque cardíaco, ante el desconcierto y asombro de quienes allí acudieran por haberse recibido a través de un satélite de comunicaciones, apremiante llamada de auxilio a la Comisaría.

Las Palmas de Gran Canaria, marzo 2010





22 de noviembre de 2010

Algunas nociones acerca del apellido en España

(fragmento del libro “LOS APELLIDOS EN CANARIAS” de Carlos Platero Fernández



Puede afirmarse que, en términos generales, el conocer el origen del apellido que ostentamos, así como, en muchos casos, el linaje o familia de que provengamos, satisface tanto curiosidades afectivo-culturales como a nuestra particular e innata vanidad.

El apellido, que viene del vocablo "apellidar" o llamar, usado sobre todo en los tiempos antiguos para ir a la guerra, es el nombre de familia con que nos solemos distinguir unas personas de otras. Al respecto, es conveniente saber que el origen lingüístico de los apellidos nada tiene que ver con el étnico de las gentes que lo lleven.

Este sobrenombre ya fue usado en la antigüedad por judíos, griegos y romanos; a pesar de que en Europa no se generalizó su uso hasta principios de la Edad Media, en donde su iniciación o extensión no fue solo latina sino de otras procedencias cuales vasca, céltica, ibérica, indoeuropea, germánica y árabe. Hacia el final de la época medieval europea los sobrenombres empleados se hicieron hereditarios y el empleo del apellido terminó siendo obligatorio. Aunque, por lo general y durante mucho tiempo se siguió usando de forma completamente arbitraria y anárquica.

En la naciente Castilla comenzó a usarse del apellido en el transcurso del siglo IX, haciéndose inicialmente por las montañas y valles de Cantabria y norte de Burgos y fue agregándosele, al hasta entonces empleado nombre personal o propio, un patronímico con termina­ciones en "az", "ez", "iz", "oz" y "uz", por ejemplo Díaz, de Diago o Diego; Fernández, de Fernando; Ruiz, de Rui; Muñoz, de Muño y Ferruz, de Fierro. Además de aplicarse motes o apodos, gentilicios, metonímicos, patronímicos, nombres hagiográficos, etc. Ya los judíos, mozárabes, muladíes y mudéjares solían adoptar nombres de temas religiosos, toponímicos o de lugar y también tomados de la misma Naturaleza.

En los siglos XV, XVI y XVII, el indiscriminado y anárquico uso de los apellidos aumentó el sentimiento nobiliario de las estirpes y los linajes de grandes familias que se habían venido conformando y consoli­dando. Y con ello se generalizó en España el estado y figura del hidalgo. Luego, los procedimientos de la llamada "limpieza de sangre" promovidos por la Inquisición imperante, para poder distinguir, diferenciar a los cristianos viejos de los nuevos conversos, de pureza de raza entre los de sangres mezcladas e impuras, contribuyeron en mucho al reiterado cambio o alteración de apellidos. Cristianos viejos fueron aquellos que no contaban en sus ascendientes ni con judíos, ni moros, moriscos o renegados, ni siquiera protestantes, aunque hubiesen abjurado de sus religiones y se bautizasen católicos o hiciesen pública apostasía de sus anteriores creencias. Fue necesario el probar la limpieza de la sangre con documentos diversos para poder ingresar en Ordenes Militares o Religiosas, en tribunales de la Administración, en Colegios Universita­rios y Academias Militares de Guardias Marinas, así como, aún en muchos casos, para poder emigrar a las Américas. Y el ser cristiano viejo llegó a considerarse como una segunda nobleza, libre de pechos y otros tributos. No obstante, con el establecimiento efectivo de la disposición que ordenaba la inscripción en los libros parroquiales de bautismos, bodas y defunciones, establecida a mediados del siglo XVI, parecieron por fin adquirir los apellidos españoles fijeza para su transmisión hereditaria; a pesar de que se siguió por bastante tiempo con la libertad de elegir el que más acomodase, hasta que, ya en el siglo XIX aquella disposición se reforzó y encauzó con la implantación del Registro Civil en el año 1869. En la actualidad, si no hay algún muy especial motivo, no se pueden cambiar así como así, alterar o sustituir los apellidos que por ley a cada individuo correspondan.

No obstante, en casos excepcionales y a petición expresa paterna o materna si se puede alterar tanto en libros parroquiales como de los Juzgados el orden de imposición matronímico por patronímico.

Nuestro Código Civil y La Constitución vigentes contemplan y ordenan que el apellido en España sea objeto de tutela jurídica, lo que se amplía y refuerza en el Reglamento del susodicho Registro Civil español.

28 de octubre de 2010

La casa de los coroneles en La Oliva,Fuerteventura

por Carlos Platero Fernandez

(publicado en el periódico “Canarias7” el domingo, 24 de marzo de 1991)



Una buena parte de la agitada historia de Fuerteventura es la comprendida entre los siglos XVII, XVIII y XIX, un período de casi doscientos años de dominio total, absoluto ejercido sobre el resto de la población majorera por unas pocas familias que en sucesivas alianzas de una clara endogamia impusieron y mantuvieron por largo tiempo su poder.

Fueron unos clanes familiares de verdaderos señores o administradores de la isla, dueños de vidas y haciendas en un feudalismo anacrónico o, si se quiere, en una forma de caciquismo absolutista como el que en parecidas épocas, más o menos acentuado imperaba en el resto de España, como característica política y social más destacada en el entonces todavía imperante antiguo régimen.

Para conocer con el máximo de detalle y rigor crítico histórico este retazo tan importante en la historia de la isla, preciso se hace el recurrir, al menos, a los estudios genealógicos del decimonónico genealogista lanzaroteño Francisco Fernández de Bethencourt, “Nobiliario de Canarias”, ampliado y puesto al día por una Junta de Especialistas, tomo II, “Casas de Cabrera y Manrique de Lara”, La Laguna, 1954; a las investigaciones del historiador actual Agustín Millares Cantero en su articulo “Sobre la gran propiedad en las Canarias Orientales” ( para una tipificación de la terratenencia contemporánea) , en el tomo V de la “Historia General de Canarias”, de Agustín Millares Torres, Las Palmas, 1977; y a los escritos del erudito profesor Vicente Martínez Encinar reunidos bajo el título de “La endogamia en Fuerteventura”, Las Palmas 1980, entre otros autores, no muchos, que se han ocupado del tema. Y un resumen de lo que estos investigadores dejaron escrito y divulgado es, poco más o menos lo que aquí he resumido para componer el presente trabajo.

A partir de la conquista bethencouriana, en 1405 la isla de Fuerteventura pasó a ser posesión o señorío, primero del propio normando Juan de Bethencourt, que acabó compartiendo con su sobrino Maciot como administrador, después de algunos avatares de oscuras ventas y herencias, de Diego García de Herrera y más adelante, por medio de diversos enlaces matrimoniales, dela poderosa familia Arias Saavedra , siendo en principio la residencia habitual y casa solariega del linaje en la villa de Betancuria. Cabecera administrativa, política y militar, que luego se trasladó a La Antigua y que, además, radicó mucho tiempo en La Oliva ya bajo la impuesta tutela de la dictatorial Casa de los Coroneles hasta su traslado definitivo a la costa oriental, en la naciente y pronto pujante población denominada de siempre como Puerto de Cabras, topónimo que en el año1957 se sustituyó por el más eufónico y actual de Puerto del Rosario.

Pues bien, desde el año de 1675, que fue la fecha en que abandonó de forma definitiva la isla su Señor por derecho hereditario, el caballero Fernando Matías Arias y Saavedra, quien desde entonces y al igual que su descendencia pasó a residir en la isla de Tenerife, el señorío efectivo de Fuerteventura recayó en manos de las poderosas familias isleñas siguientes: Desde el indicado año de 1675 hasta el de 1698 lo ostentó la familia Trujillo-Ruiz y desde entonces y hasta el año de 1708 la familia Sánchez-Dumpierrez cuyos miembros, tanto de la una como de la otra, en ausencia del señor territorial que era además el juez supremo militar de la isla con el título de Capitán a Guerra, le sustituiría en función de Sargento Mayor, que era así el jefe también supremo militar, contando al mismo tiempo con poderes políticos en toda ella.

El señorío de Fuerteventura como tantos otros en aquella situación jurídico-militar del Antiguo Régimen, fue abolido de derecho por el Decreto de 6 de agosto del año 1811, firmado por los componentes de las Cortes de Cádiz y se extinguió de hecho en el año 1836 aunque, doña Elena Sebastiana Benítez de Lugo Arias de Saavedra y Urtusáustegui, esposa del marqués de La Florida siguió ostentando el título de señora jurisdiccional de Fuerteventura hasta su muerte acaecida en el año 1887.

En el año de 1708 se creó el Regimiento de Milicias de Fuerteventura y con ello el cargo de Coronel, que así se constituyó en la máxima autoridad isleña dependiente tan solo del Capitán General de Canarias vigente.

Desde entonces estuvieron ejerciendo tan dicho importante cargo, además de los miembros de la familia indicada de los Sánchez-Umpierrez, que lo hicieron hasta el año 1742; a partir de entonces y hasta el año 1833 fueron los de la familia Cabrera Bethencourt y desde tal fecha hasta 1870 la familia Manrique de Lara-Cabrera.

Es decir, que en un período de tiempo que abarca exactamente ciento noventa y cinco años, estas indicadas cuatro familias majoreras notables ostentaron el poder más absoluto, como verdaderos señores de la isla, ocupando no solo los primeros puestos militares como capitanes y gobernadores de Lanzarote, regidores, etc. y de poder político, sino también de gran influencia en lo político-religioso en la Inquisición, con alguaciles del Santo Oficio, en lo meramente administrativo y religioso puesto que algunos de los vicarios de Fuerteventura eran miembros colaterales de tan importantes familias.

Fue el primer coronel, a partir de 1708 don Pedro Sánchez Umpierrez, que estuvo casado con su sobrina nieta doña María Trujillo Umpierrez; el segundo, desde 1734 don José Sánchez Umpierrez casado con doña Josefa de Cabrera Matheo; el tercero, desde 1745 don Melchor de Cabrera Bethencourt Umpierrez, casado con doña Ana de Cabrera Bethencourt; el cuarto don Gines de Cabrera Bethencourt desde el año 1764, casado con doña Sebastiana Sánchez Dumpierrez; el quinto, a partir de 1766 don Agustín de Cabrera Bethencourt Dumpierrez casado con su prima doña Magdalena de Cabrera y Cabrera; el sexto, desde el año1829, don Francisco de Asís Lorenzo Manrique de Lara y del Castillo Olivares casado con doña Sebastiana de Cabrera Bethencourt Dumpierrez, gentil dama conocida en su tiempo como “la madre de los pobres”; y el séptimo y último, desde el año 1834, don Cristóbal María de los Dolores Manrique de Lara y Cabrera, casado con su sobrina carnal doña María de las Nieves Agustina del Castillo Manrique de Lara. El día 5 de septiembre del año 1870 falleció en su casa solariega de La Oliva el citado don Cristóbal extinguiéndose por tal motivo el Coronelato ya obsoleto de Fuerteventura.

Valga el añadir aquí como una especie de epitafio a esta estirpe poderosa majorera lo que en el pasado siglo XIX, con referencia precisamente al ultimo de los coroneles de la isla dejó dicho la musa popular en letrilla o pareado de alguna conocida canción local:

“Después del Señor y de la Virgen Pura,

usía es el Dios de Fuerteventura”

En cuanto a la denominada “Casa de los Coroneles” de Fuerteventura no mucho puede facilitarse aquí como noticia historiada puesto que apenas existe bibliografía al respecto que la detalle o, cuanto menos, la cite. Salvo la que se pueda obtener últimamente de antiguas cartelas, de los pies o notas adjuntas a su reproducción gráfica de estos últimos años, cuando su ruina es notoria. Y hoy en día, cuando este texto se está componiendo sigue siendo sin duda uno de los monumentos históricos más importantes de la isla, englobado acaso con las torres de vigilancia varias veces centenarias de El Tostón en El Cotillo y la de Caleta de Fustes, además, claro está de las venerables ruinas del convento franciscano de Betancuria y su adyacente iglesia parroquial. y alguna que otra antigua ermita.

Se dice de la señera Casa de los Coroneles que data del siglo XVIII, de construcción sólida y robusta cual si de una verdadera fortaleza roqueña se tratara, con mezclas arquitectónicas de influencias mudéjar, barroco y colonialista, además de ofrecer un cierto aire de pazo gallego solariego y fortificado dieciochesco, con su conjunto de la edificación principal flanqueado por una especie de torres almenadas y de la que se dice también que tiene, entre huecos de puertas y ventanas y balcones en cantidad de exactamente trescientos sesenta y cinco, tantos como días tiene un año.

Hoy en día ya han desaparecido los techos artesonados de influencia mudéjar de sus numerosas y espaciosas estancias, las pinturas y murales que adornaron y recubrieron algunas paredes, la totalidad del antiguo mobiliario y menaje doméstico allí reunido y concentrado al paso de los años y de los siglos; y aún mucha de la madera de pisos, puertas y ventanas, las nobles, talladas y torneadas de contraventanas y balcones y hasta las tejas rojizas de los tejados.

En el frontis de la principal entrada de acceso a la imponente casa, aquella que, según se cuenta solo era abierta para que bajo su dintel pasase en sus salidas o entradas el coronel en activo y en el que todavía campea, apenas reconocible por el gran deterioro sufrido por la constante fricción del viento y la arena, el escudo de armas del linaje, labra heráldica que, según ya dejó dicho el preclaro genealogista y heraldista Fernández de Bethencourt, es la de los Cabrera isleños: “...De plata dos cabras pasantes de sable cargadas de tres bandas de oro puestas 1 y 1. Así se ostentan al público sobre la puerta principal de la casa solariega de los coroneles de Fuerteventura en La Oliva de aquella isla y esculpidas en mármol en el panteón y enterramiento de esta familia en la iglesia parroquial del mismo pueblo”.

Como apostilla final aquí vaya mi particular comentario de que yo estuve por primera vez en Fuerteventura allá por la década de los años 50 y que, debido a cierta oportuna casualidad visité La Oliva y me llamó marcadamente la atención la entonces aislada, solitaria Casa de los Coroneles, pintarrajeada entonces de rojo y gualda y de cuya fugaz visita conservo una ya rancia fotografía, precisamente de la puerta principal y en la que ya apenas si se aprecia, por lo corroído y desgastado de la piedra cimera la labra heráldica linajuda que allí hubo y cuyos vestigios, al examinar con lupa la fotografía, me hacen dudar un poco de que fuesen exactamente las armas allí esculpidas en el pasado, las descriptas `por el genealogista acabadas de transcribir. Pero es tan solo una duda, sin certeza de lo contrario.

Opino, no obstante, que si se quiere reconstruir adecuadamente este histórico monumento isleño deberán de ser las indicadas armas de los Cabrera las que en este frontis se vuelvan a colocar. O, en todo caso, las de los Manrique de Lara y Cabrera del Castillo y Bethencourt que pintó el séptimo y último de los coroneles de Fuerteventura.

(Cabe el añadir aquí que, actualmente, este importante monumento histórico majorero ha sido convenientemente restaurado)

CORRALEJO

Vaya hoy y aquí este amplio texto prometido más de una vez a mi buen amigo el majorero Juan Felipe Ruíz




Creen la mayoría de las personas que conocen o saben de esta localidad majorera, una de las situadas más al norte de la isla de Fuerteventura, que no es muy antigua que digamos su existencia, y suelen referirse a sus orígenes suponiéndolos poco más o menos a principios del pasado siglo XX ya que resulta muy difícil, cuando no completamente imposible el localizarla geográficamente en alguno de los escasos mapas en que de alguna forma pueda aparecer señalada. Y, ni mucho menos, documentación referida a ella en los siglos pretéritos.

Sin embargo, Corralejo, como entidad de población si es mencionado, por ejemplo en el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Pascual Madoz de 1845-1850, que, en la voz “Fuerteventura” dice que, “...Sobre el lado más meridional de la isla está la ensenada de Corralejo que sirve de abrigo a los que hacen el comercio de cabotaje”. Y se le vuelve a citar en otras voces de entrada cuales la de La Oliva, en donde se añade que una de las radas principales del término es, “... la de Corralejo, que se comunica con Lanzarote”

Según el Diccionario de Olive, por el año de 1864 ya se describía así al lugar: “Corralejo.- Caserío situado en el t.j. de La Oliva, p.j. del Arrecife, isla de Fuerteventura. Dista de la c. Del d.m. 16 km. 100 mts. Y lo componen 15 edif. de un piso habitab. 12 const.por 11 v., 45 a. Y 3 tem”.

Aunque, al parecer, entonces y por mucho tiempo los contactos de humanos con otros caseríos de la zona eran efectuados casi siempre por mar con los barquillos a vela empleados en la pesca por los lugareños hasta tanto que no se trazaron algunos caminos para transitar bordeando las costas y luego por el interior para comunicarse con los pagos de Majanachico, el faro de el Tostón en la zona de La Bocaina, el Cotillo y Lajares, todo ello a finales del siglo XIX y principios del XX.

En principio, para disertar algo aquí sobre los reales orígenes de Corralejo, decir que, en cuanto a su singular topónimo, como se vá a comprobar yo tengo mis dudas al respecto cuando de estudiarlo se trata.

Corralejo, (en singular, que en más de una ocasión se ha estado escribiendo impropiamente “Corralejos”, en plural), el vocablo, como diminutivo de “corral” y usado aparentemente en un tono in tanto despectivo, parece provenir precisamente de “corral”, de “corro” que, entre otras acepciones del castellano es el sitio cercado y descubierto, adosado o no a la casa de campo como establecimiento para recoger en él el ganado cabrío y lanar, (¿también de camellos?) y, además de corral se le puede llamar “corraliza”, “encierro”, “majada”, “ovil” y “redil” y “toril” si es para el ganado vacuno.

Ciertamente, también se le llama “corral” en pesca y marinería al cercado instalado generalmente en la costa en las desembocaduras de los ríos al mar y que se hace de piedras, cañizas, redes diversas, etc., que aísla un trozo o porción de mar con el fin de que en el queden retenidos los peces. Por otro lado, en América, una “corraleja” es una barrera, una valla.

Pero, sorpresivamente, esta palabra de “corralejo” en sí, es decir, en singular, no aparece reflejada en los diccionarios al uso.

Y es aquí donde surge mi duda. ¿Se refiere dicha voz y en este caso concreto a un corralillo que sirve para guardar el ganado por la noche o al corral o cercado marinero citado, dado que corresponde, aunque en genuino tono de familiar menosprecio, a un poblado de pescadores?...

El investigador y arqueólogo canario Sebastián Jiménez Sánchez, hace años, al describir la cerámica neolítica de las islas de Fuerteventura y Lanzarote hallada por él en prospecciones efectuadas por el año1946 citó ciertas vasijas que fueron encontradas, la una en las cuevas de “Coto del Coronel” y la otra en el pueblo y término de La Oliva, en el yacimiento de “Corral del Consejo”, sugeridor término, si se contrajese o deformase por el uso.

Pero, lo cierto es que, en realidad, a Corralejo, como localidad majorera se le ha venido citando tal cual ya desde los mismos albores de la conquista bethencuriana.

Según relató el ingeniero e historiador italiano Leonardo Torriani por el año de 1405 poco más o menos, el conquistador Juan de Bethencourt (que el autor escribe Letancort) ...”desde Lanzarote pasó a conquistar la isla de Fuerteventura, llevando consigo al obispo de San Marcial (del Rubicón) y a muchos lanzaroteños junto con su propia gente, que el año anterior había hecho venir de España

Desembarcó en Corraletas (luego Corralejo), que está frente a Rubicón, a treinta millas de distancia de la villa. Allí mandó edificar con rapidez una torre a causa de la resistencia que encontró por parte de los isleños”. Y recorrió el término costero, teniendo enfrente a la isla de Lobos.

Varios centenares de años después ya se desconocía por completo la real situación de la mencionada torre de defensa y vigilancia, como bien hicieron notar autores cuales Elías Serra Rafols en su artículo “Castillos betancurianos de Fuerteventura” publicado en 1951 y en la cartela de una vista de Santa María de Betancuria que acompaña al texto, en que se cita textualmente a “Corralejos”. No obstante, otros autores contemporáneos o posteriores señalaron que el indicado primer desembarco fue más al sureste de la isla, exactamente por lo que hoy es Gran Tarajal.

El historiador fray Juan Abreu Galindo que publicó su importante obra por el año de 1632, al describir a la isla, hace también mención expresa de Corralejo al indicar que: “...Estaba dividida esta isla de Fuerteventura en dos reinos, uno desde donde está la Villa hasta Jandía y la pared de ella; y el rey de esta parte se llamó Ayoze; y el otro desde la Villa hasta Corralejo, y éste se llamó Guize”. E indicó que, ...” el conquistador Juan Betancur pasó con sus hombres a la isla Fortuite, en el mes de junio, año de 1405, y desembarcó gente en un valle que llamaron Valtarahal por los muchos tarajales que en el hay”. Aunque tal precisión en la fecha indicada y el lugar del desembarco han sido muy discutidas por los investigadores e historiadores posteriores.

Es bien sabido de los investigadores del tema que fue por el año de 1593 cuando el sanguinario Xaban , Arraez, con sus corsarios berberiscos entró de lleno en la isla de Fuerteventura, arrasándola, quemando viviendas, caseríos, ermitas, asolando pagos costeros completos...

El cronista portugués Gaspar Fructuoso, hacia 1598 y en su obra de viajes titulada “Saudades da terra” al escribir de Fuerteventura dejó dicho que, “...tiene cuatro poblaciones pequeñas: la Villa (se refiere a Betancuria), Oliva, el Puerto y Curralejo”, añadiendo que “los moradores de la isla son criadores de ganado menudo y de camellos; y son como los españoles con quienes casan sus hijos e hijas” y que los autóctonos, ...” son grandes de buena estatura, casi morenos, bien dispuestos y derechos; y ellas blancas y bien formadas y hermosas, porque guardan bien el rostro del sol y del aire; son leales a portugueses y castellanos y enemigos de los moros de la Berbería, a donde van a hacer muchos asaltos y traen mucha presa de ellos. Entre los moradores de esta isla hay hidalgos de los Perdomos y Saavedras y de otros apellidos”.

Entre otros autores, cronistas o historiadores del pasado insular, cuando José de Viera y Clavijo, en su meritoria por muchos aspectos Historia de Canarias da noticia o idea de la población de Fuerteventura, al referirse alrededor del año de 1768 al lugar de La Oliva como dependiente de La Villa o Betancuria, cita como barrios, pagos o caseríos adyacentes o dependientes suyos a Tostón, Tindaya, Manta, Mastilla, Valdebrón, Lajares, Roque (donde suponen los historiadores que estuvo el antiguo y primitivo castillo o fortaleza de Rico Roque de los conquistadores bentencurianos), Caldereta, Peña erguida y Villaverde, algunos ya desaparecidos y, entre los puertos naturales, radas y caletas del contorno cita a Corralejo.

Varios siglos después, por el año de 1937 y en relación pormenorizada del investigador ya citado Sebastián Jiménez Sánchez, en su libro “Viaje Histórico-Anecdótico por las islas de Lanzarote y Fuerteventura”, con motivo de una visita oficial a Fuerteventura, decía el autor que, para trasladarse desde el caserío de Lajares al costero de Corralejo era preciso el hacer el viaje en camello, con duración de unas dos horas a través de terrenos recubiertos de malparís y dunas de arena pues no existía ni carretera, ni siquiera camino de herradura alguno, al tiempo que hacía el autor un canto al servicial y allí insustituible camello o dromedario majorero, y cito textualmente: “Después de un andar movido de nuestros camellos al que llaman en las islas “caminar al garete” nos encontramos frente a la playa de Corralejos. Desde se divisa en medio del estrecho de la Bocaina, la silueta negruzca del islote de Lobos y más cerca de nosotros, en la playa, el blanco caserío de pescadores de Corralejos, rodeando a su ermita de Nuestra Señora del Carmen. En este templo se dice misa muy de tarde en tarde y en él tienen lugar las bendiciones nupciales y la administración de bautismo y demás sacramentos de la Iglesia Católica en tandas y de modo especial, en la solemnidad de la Patrona de la marinería.

La población pesquera de este apartado pago, de gente sana y tez bermeja como las tierras de la isla, se eleva a unas doscientas cincuenta personas. Por su playa larga y de doradas arenas y junto a un pequeño malecón que hace de muelle cuando las mareas lo permiten, se embarcan en lanchas personas y mercancías para luego ser trasbordadas al velero que las conduce a Lanzarote o a otro puerto o desembarcadero de Fuerteventura.

Nueva emoción experimentamos al pronunciar el camellero las consabidas palabras: “¡trúchate, caamellu!”. Ya echado el animalito, nos encontramos en tierra firme.

El vecindario, sobre todo los niños, nos rodean. Pagamos a los camelleros unos buenos duros con sus propinas, que han agradecido mucho y nos fotografiamos nuevamente. Dos lanchas nos conducen a remo al velero “Bartolo”, que se hallaba a unos quinientos metros distante de tierra, no sin antes el señor Benítez tirar con su “Leica” varias fotografías en el preciso momento en que teníamos un pie en tierra y otro en la lancha.

Venciendo el oleaje de un mar bastante rizado, llegamos al célebre “Bartolo”, ascendiendo de la lancha a aquél por una escalerilla de sogas, en medio de la impresión de cada cual. Al poco rato la costa norte de Fuerteventura y el islote de Lobos, de recuerdos históricos van quedando atrás para dar paso a una nueva silueta, cada vez más `pronunciada, de la costa meridional de Lanzarote, antigua Tite-roigatra. El mar siguió movido y hubo quien se mareó de lo lindo a pesar de sus valentías náuticas. En medio de esta travesía y como cosa de visión se agolpaba en nuestra mente la idea de zozobra de la embarcación y el recuerdo de una conversación sostenida con un buenísimo amigo de excursión sobre el discutido naufragio de un velero que llevaba en el cruce de esta misma travesía, en épocas lejanas, a un obispo de Canarias”

Entonces no se le daba importancia alguna al extenso “jable” de blancas arenas que en numerosas dunas movidas y trasladas a capricho por el viento reinante en la zona se extendían por aquellas costas de sotavento, desde el mismo Corralejo y en varios kilómetros en dirección a Puerto Cabras.

A más abundancia de datos, en un “Censo de la población de España de 1940” se dan para Corralejo 351 habitantes de derecho y 342 de hecho; que en los años inmediatamente siguientes fueron a menos debido a la sangría de la sempiterna emigración que soportaba este apartado caserío de pescadores como la casi totalidad de la desafortunada Fuerteventura, causada por unas ingratas condiciones de vida físico-económicas. Hasta que, ya en la segunda mitad del siglo XX se inició la etapa del turismo de masas, lo que por ser actual ya forma parte de la historia insular más moderna.

Porque, apenas tres décadas después, fue el asimismo escritor grancanario Claudio de La Torre que en su obra de encargo oficial “Las Canarias Orientales: Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote”, publicada por Ediciones Destino, Barcelona 1966, el que describió el lugar de la guisa siguiente: “Corralejo es, sin duda, uno de los rincones más bellos de la isla. Está a la orilla de La Bocaina, el estrecho de mares profundos que separa a Fuerteventura de Lanzarote.

Brillan al fondo los caseríos... Hay ya pequeños hoteles particulares. Gente bien avenida con esta paz, lejos del mundo.”

Ya comenzaba a llegar el turismo de calidad a las islas...

Pues, asì fue poco más o menos como yo alcancé a ver por primera vez el pueblecito pesquero de Corralejo, allá en la costa nordeste de la isla de Fuerteventura, con las siluetas, más cercana de la mítica isla de Lobos separada por el brazo de mar llamado por los lugareños El Río y en el horizonte norteño, más allá del estrecho de La Bocaina la costas en parte escarpadas, en parte llanas de la isla de Lanzarote.

Recuerdo que entonces, todas las casas del poblado eran terreras, de planta baja al igual que lo era el edificio más destacado que albergaba a la Cofradía de pescadores local y tenía adosada una reducida taberna y fonda cuando se precisaba y que daba a una minúscula plazoleta a la que llegaban los cascajos y la arena de una playa rematada por un espigón oi muelle chico y donde parecía que se iban descuajaringando los restos de un casco de algún viejo barco con la quilla de madera al aire, no sé ahora yo si como proyecto de construcción o reparación puesto que tenían fama allí los carpinteros de ribera apellidados Hierro, creo, que trabajaron o trabajaban todavía en las curvadas cuadernas del paquebote o acaso meritorios restos de uno de los dos Bartolo I o II famosos entre la marinería que por aquellos mares, goletas de dos palos, a vela y a motor que navegaron costeando o entre islas con fletes continuos transportando cal o cargas diversas de víveres y agua potable. En un cercano altozano, con apariencia más de faro-guía como a mí en principio me lo pareció, se alzaba, un típico molino de viento, todavía en activo. Bueno, en realidad era una molina, como se me aclaró, o sea, asi llamada en la comarca porque la torre con el aspa estaba separada de cualquier otra edificación.

También alcancé a ver, ya en estado ruinoso pero todavía abierta al culto la humilde ermita, no muy antigua, dedicada a la Virgen del Carmen, de gran devoción local, cubierta en parte con chapas metálicas o de Uralita, con una especie de minúsculos campanario y campana procedente según se me dijo de alguno de los barcos encallados o hundidos por los acantilados cercanos y en su interior, creo recordar que alcancé a vislumbrar un cuadro, lienzo, tabla o simple lámina coloreada o estampa con la imagen de la Virgen del Carmen alumbrada por una lamparilla de cera encendida en un recipiente de cristal con aceite.

Uno de mis primeros actos en estando allí fue el buscar, para presentarme a ellos a los hermanos Rafael y Chano a los que se me había recomendado, aunque éste último andaba entonces a la pesca por la costa en el tradicional banco canario-sahariano.

Rafael, que resultó ser una excelente persona, que había hecho el servicio militar obligatorio precisamente en Gando, en los acuartelamientos de el Lazareto por lo que guardaba una cierta íntima animosidad hacia aquellas rancias instalaciones que habían sido penal o cárcel cuando lo de la guerra civil e inevitablemente le recordaron el caso de la penitenciaría de Tefía en el interior de la isla majorera y de lo que algo de lo que se decía de ella me contó. El corralejeño como se intitulaba sonriente, no obstante lo dicho, conservaba un buen recuerdo de aquel período vivencial de militar y fue el que con su actitud y su noble forma de ser pronto me hizo comprender que tanto las gentes marineras como sus cotidianas labores de los marineros de Corralejo eran calcados, tal cual de identidad con los del pueblecito de Gando que por aquellas fechas ya estaban siendo desterrados de la zona para ampliar las instalaciones militares del obsoleto aeródromo y convertirlas en la moderna Base Aérea actual.

Aún alcanzó Rafael en aquella mi primera y corta estancia en Corralejo a presentarme a algunos de sus moradores entre las pocas familias o clanes familiares allí entonces residentes y que, según anoté en algún trozo de papel en su día se apellidaban Hierro, como los dos hermanos, pescadores excelentes y más excelentes todavía carpinteros de ribera y otros apellidos que había de recordar en el futuro cuando andaba confeccionando fichas para mi libro publicado mucho más tarde titulado “Los Apellidos en Canarias”, de León, Trujillo, Perdomo, Carballo, Figueroa, Agustín, Estévez, González, Fuentes, Fajardo, García, Leal, Calero, Morera, Vera, Umpierrez, Dumpierres, Martín, Cabrera, Berriel, Santana, etc. Algunos de ellos intrépidos patrones o tripulantes de los barquillos que tanto se estuvieron distinguiendo por aquellas calendas en sus periódicas “pegas” o competiciones reñidas con sus contrincantes de Puerto Cabras y de otros puertitos de la isla en la práctica de las regatas de la vela latina canaria.

Aquellas gentes marineras, que vivían de y para la pesca casi exclusivamente, aun no absorbidas y casi aniquiladas ni de una u otra forma adoctrinadas para atender al turismo de masas que estaba al llegar, eran la mayoría analfabetas, vestían modestamente con ropas muchas veces astrosas y anticuadas; la mayoría tenían los pies callosos y de epidermis endurecida pues andaban por lo común descalzos o, en todo caso, calzando o botas de grueso cuero o sencillas alpargatas con piso de goma o de esparto. Los niños de uno u otro sexo correteaban por el lugar semi desnudos o con sus ropitas remendadas y emporcadas, andaban a su libre albedrío si no tenían algún mandado que cumplir ni acudían a la habitación de una de las casuchas que hacía de escuela mixta, cerrada casi siempre por falta de maestro o maestra. Y triscaban por la pequeña playa del lugar o sobre el marisco rocoso y resbaladizo, pulpeando, recogiendo burgados y entreteniéndose, siempre de cara al mar, junto al mar que era todo el ámbito de sus infantiles existencias

En la primera noche pasada en una pequeña habitación por la parte trasera de una típica taberna casi adosada al carismático local de la Cofradía de pescadores me gocé el espectáculo fascinante de varias luces que parecían bailar misteriosas y como rítmicas danzas en la oscuridad nocturna y eran en realidad los fanales encendidos de los barqueros faenando con sus barquillos

Aquel rudo y a la vez exquisito cicerone amante apasionado de su tierra majorera y sobre todo y más concretamente de su rincón isleño de Corralejo y sus inmediatos contornos, me propuso el que nos desplazásemos a la sugeridora y frontera isla de Lobos de mítica memoria histórica, leyenda viva de oscuros episodios de barqueros locales, de marinos, de piratas y aún de posibles tesoros en ella y sus grutas naturales escondidos en el pasado, pero una mar mas que rizada, picada en demasía frustró la realización del sugestivo proyecto, y además, en realidad yo no contaba con el tiempo espaciado para ello.

En su lugar hicimos una corta excursión por tierra, caminando por el “malpeis de los campesinos, el “malpais” isleño, por desérticos y agrestes terrenos jalonados de pequeñas montañetas de origen volcánico y sin apenas vegetación, hasta los acantilados de la Punta de la Tiñosa y el Bajo de Piedra Vera, los puntos terrestres más septentrionales de la comarca y de la isla que daban al mar de La Bocaina, los llanos de El Purgatorio con dunas de arena cubiertas de escasa y raquítica vegetación de tipo desértico en el paisaje de tierras eminentemente volcánicas de aspecto lunar rematadas por un “jable” de arenas

ululantes por la acción del viento continuamente variantes en el paisaje. Yo iba apuntando en mi pequeño bloc de notas los topónimos que Rafael me repetía entusiasmado ante mi manifiesta curiosidad y así llegamos hasta la recóndita playita y poblado de Majanicho, en donde vivían varias familias de pescadores y algún labrador en unas acogedoras cuevas naturales y alguna que otra choza, que pronto dejamos regresando entonces por una especie de rudimentario camino de herradura en el que nos tropezamos con la estampa para mí surrealista de varios dromedarios, “camellos” de muy pausado caminar y continuo rumiar.

Aquel día creo que fue cuando tuve por primera vez conocimiento del misterioso y aún supersticioso episodio de la luz de Mafasca por las cercanías del pago central de dicho topónimo . Especie de combustión espontánea, aunque en aquella ocasión mi informante, con manifiesto repeluzno lo aplicó al pueblo de Lajares, cerca de La Oliva, diciéndole “la luz del carnero”, y que era como una llama oscilante y andariega de fuego en medio de la oscuridad, que como un fuego fatuo se aparecía de noche a labriegos o marineros, a caminantes y a conductores de algún vehículo de tracción animal o mecánica y que nadie sabía dar explicación racional al fenómeno.

Pasado el tiempo, llegué yo a conocer mejor la célebre leyenda tradicional majorera que dice que en cierta ocasión hallándose un pastor por la zona del caserío que le dio el nombre, en tiempos de intenso frío buscó por el paraje donde guardaba el ganado en un típico redil de piedra algunos ramajes secos para hacer fuego, asar su diario tasajo de cordero y calentarse, pero nada más encontró un solitario y abandonado cementerio con varias tumbas cuyas carcomidas cruces de madera arrancó y usó como combustible de calefacción. Por tal sacrílega acción es aun hoy en día que el alma en pena del pastor que murió sin confesión vaga en la tierra, siempre a ras del suelo e ilocalizable. Todos los lugareños aseguran haberla visto alguna vez, pero nadie quiere hablar de ello,

También me contó aquel simpático majorero otras leyendas, tradiciones y consejas tanto de la tierra como de la mar profunda que teníamos a nuestra izquierda en el regreso de la excursión y cuyo recuerdo y evocación posteriores habrían de servirme para componer como mínimo algún borrador que me darían pie para algún que otro cuento,.inéditos por lo general.

Siempre he guardado en mi ánimo el recuerdo de gratas vivencias de aquella para mí primera pero corta estancia en Fuerteventura, sobre todo en el Corralejo de los años cincuenta del recién pasado siglo. Y merced a ello he vuelto a la norteña localidad majorera en posteriores ocasiones, ya con parte de mi familia, residiendo en el Corralejo moderno y cosmopolita dedicado de lleno al turismo y he efectuando desde allí reiterados desplazamientos tanto a lo que es actualmente renombrado parque natural de dunas, como a la isla de Lobos, al faro de El Tostón, al pueblo pesquero de El Cotillo con visita obligada a la Torre de defensa de El Tostón, a la llanura de Lajares para fotografiar alguno de sus imponentes molinos de viento y a La Oliva en sí con amplio recorrido por la afamada Casa de Los Coroneles de lo que en su día escribí y se me publico en la prensa isleña el reportaje titulado “Los Coroneles y su Casa de Fuerteventura”.

Pero, y lo lamentaré siempre, ya nunca más pude contactar con los barqueros Rafael y su hermano y tampoco nadie, ni siquiera de los asociados o directivos de la carismática Cofradía de Pescadores local, me ha podido dar razón de ellos que, supongo, sin más familia en el pueblo debieron de emigrar a otros lugares, absorbidos por la moviente marea de la vida, sobre todo a raíz o como consecuencia directa de la pérdida siempre llorada de los tradicionales caladeros de pesca del banco canario-sahariano.