Los nombres de las primeras calles y plazas de la barriada de Escaleritas, aplicados muy poco después de su inauguración oficial en el mes de mayo de 1948, fueron los de "Agustín de Zurbarán", "Alonso Jáimez de Sotomayor", "Diego de Miguel", "Diego Zurita", "Doctor Fleming", "Doctor Gómez Escudero", "Doctor Gómez Ulla", "Doctor Wölfel", "Fernando de Prado", "Francisco de Espinosa", "Francisco de Torquemada", "Francisco de Maldonado", "García de Santodomingo", "García del Castillo", "José María de Zuaznavar", "Juan de Bethencourt", "Juan de Escobedo", "Juan de Malafuente", "Juan de Mayorga", "Juan de Siberio", "Martín de Escalante", "Obispo Tavira", "Obispo Urquinaona", "Ortíz de Zárate", "Pedro de Burgos", "Ruíz de Melgarejo" y "Sedeño" y las plazas de "La Argentina" y de El Mercado, más tarde denominada ésta como de "Plácido Alvarez Buylla".
Sin duda, sugerido gran parte de aquel nomenclátor a estrenar, por gentes entonces influyentes en la cultura ciudadana y, desde luego, como bien lo sugiere la lista precedente, conocedoras del pasado isleño pues de las veintinueve rotulaciones, doce corresponden concretamente a los nombres de quienes formaron el primer Ayuntamiento Cabildo de la isla a raíz de su conquista por las armas de Castilla. Y otros nombres como, por ejemplo el del obispo Urquinaona ya habían sido propuestos a la corporación municipal años antes por el Cronista Carlos Navarro Ruíz, que sugirió en su Vigésima Primera Propuesta, alrededor del año 1940 que, "Una vía de Las Palmas debe también denominarse así".
En cuanto a la calle de García de Santodomingo, al ensancharse la primitiva barriada por su parte occidental pocos años más tarde, bordeando uno de los laterales del entonces recién creado Parque Hermanos Millares y formando parte en su comienzo o arranque de la ya trazada Avenida de Escaleritas, pasó a denominarse del Obispo Romo. Cierto que, por algún motivo, cuya finalidad si la hubo, a mí se me oculta, aparecen en un baturrillo, mezcla incoherente, los nombres de los personajes, todos históricos, insisto, aunque de diferentes épocas, condiciones y datos o rasgos profesionales distintos. Conquistadores con pobladores, gobernadores, gobernadores generales y regidores con corregidores y jueces de residencia, cronistas y obispos y de forma un tanto insólita, en cuanto a posibles afinidades profesionales, varios doctores de diversas materias.
Pese a que algunos cronistas y primeros historiadores de Canarias dejaron dicho que ya en el año de 1478 había sido nombrado por los Reyes Católicos Alcalde Mayor de Gran Canaria el pesquisidor Esteban Pérez de Cabitos llegado por la indicada fecha con el capitán Juan
Rejón, lo documentalmente confirmado dice, según también dejó constan-
cia el historiador Abreu Galindo que recopiló y escribió su importante
obra entre los años de 1590 a 1602 poco más o menos, que al ser ganada la isla para Castilla fue Pedro de Vera el que organizó su primer Ayuntamiento, nombrando a Francisco de Mayorga como Alcalde Mayor y, además, "... nombró doce personas nobles para regidores, conforme a la provisión de Sus Altezas, que fueron Pedro García de Santodomingo, Fernando del Prado, Diego de Surita, Francisco de Torquemada,Francisco de Espinosa, Martín de Escalante, Alonso Jáimez de Sotomayor Alférez Mayor de la Conquista,Pedro de Burgos, Juan de Civerio, Juan Malfante, Juan de Mayorga y Diego Miguel, que todos fueron conquistadores".
De los restantes nombres correspondientes a personajes históricos, mezclados cargos o profesiones y épocas en que les tocó vivir sabido es que Juan de Bethencourt fue el primer conquistador de parte del archipiélago, García del Castillo conquistador, Francisco Maldonado, Agustín de Zurbarán y Ruíz de Melgarejo altos funcionarios de la Corona, Ortíz de Zárate y Juan de Escobedo regidores, Sedeño, el confuso Gómez Escudero y José María de Zuaznavar cronistas en distintos tiempos, Tavira y Urquinaona obispos y, sin un nexo común en sus profesiones y países de origen, los doctores Wölfel, Gómez Ulla y Fleming y el gobernador Alvarez-Buylla y la nación hispanoamericana.
En la sesión ordinaria de la Comisión Permanente municipal del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria correspondiente al 25 de junio del año de 1948, se confirmaba la propuesta hecha con anterioridad para rotular las nuevas calles y plazas de la barriada modélica, haciéndose algunas consideraciones con respecto a los nombres previstos, según quedó luego reflejado en alguna página de la prensa local, donde se decía que, "... Por último, el alcalde señor Hernández González, declaró que ya que se encontraba en estudio el plan de rotulación de calles en la nueva barriada de Las Escaleritas, proponía que la plaza de la misma sea rotulada "Plaza de la Argentina", diciendo que en verdad es justicia hacerlo así para, al menos de esta forma, perpetuar nuestro agradecimiento y nuestra admiración al gran país del Plata, que siempre ha sabido colocarse al lado de la Madre Patria y especialmente en los momentos más difíciles, en que ha patentizado sobradamente los profundos e inquebrantables lazos que la unen a España. Justo es, pues, _dijo_ que esta nueva barriada, limpia, soleada y hermosa, ostente destacado el nombre de la nación hermana.
"También propuso que una de las calles principales lleve el nombre de don Plácido Alvarez-Buylla, cuyas gestiones, cuando se hallaba al frente del Gobierno Civil de Las Palmas, fueron fundamentales para la
realización del grupo de viviendas de Las Escaleritas".
La somera biografía de quienes aportaron sus nombres para rotular a las primeras calles de la nueva y modélica barriada de Escaleritas queda resumida en las notas que siguen:
AGUSTÍN DE ZURBARAN, gobernador de Gran Canaria, lo fue en un primer período desde 1535 a 1536 y en uno segundo, desde 1540 hasta 1543, resultando uno de los mejores corregidores que tuvo Gran Canaria por mucho tiempo y, entre otras de sus más importantes obras urbanísticas de entonces, destaca la iniciación de las casas del Cabildo Ayuntamiento. ALONSO JAIMEZ DE SOTOMAYOR, "caballero aragonés", personaje muy destacado en la conquista de Gran Canaria, se le ha supuesto con mucho fundamento como autor de una de las cinco crónicas conocidas de dicha conquista y falleció en la ciudad de Santiago de Gáldar de los Caballeros hacia el año de 1512. DIEGO DE MIGUEL obtuvo repartimiento de tierras en La Orotava pues
además de conquistador de Gran Canaria, estuvo presente en la de Tenerife. DIEGO ZURITA o de Sorita, natural de Sevilla, falleció en Gran Canaria entre los años de 1508 y 1516. El DOCTOR FLEMING, escocés, médico y bacteriólogo fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1945. El DOCTOR GOMEZ ESCUDERO, pudo haber sido el brumoso autor de una de las cinco primeras crónicas de la Conquista de Gran Canaria y al que se le ha confundido también con un Pedro Hernández o un Gómez, escudero o de apellido o de profesión, al que se le adjudicaron alguna vez asimismo los cargos de alcaide, licenciado y hasta capellán de las tropas castellanas acampadas a las orillas del riachuelo Guiniguada y llegadas con Juan Rejón en el último cuarto del siglo XV. DOCTOR GOMEZ ULLA, de nombre Mariano, médico cirujano nacido en Galicia en 1877 y fallecido en Madrid en 1945; como doctor en cirugía llegó a ser una de las figuras más sobresalientes de la España de su época. DOCTOR WOLFEL, Dominik Josef (1888 - 1963) importante investigador y filólogo austriaco que, una vez iniciado en el conocimiento y estudio de los restos del vocabulario aborigen canario investigando en diferentes archivos estableció novedosas e interesantes teorías acerca del mundo aborigen isleño, publicando numerosos estudios sobre el tema. De FERNANDO DE PRADO, se sabe que era natural de La Gomera y conquistador de Gran Canaria, por lo que fue premiado con un repartimiento "de una caballería de tierra" muy cerca del Real de Las Tres Palmas. FRANCISCO DE ESPINOSA, natural de Sevilla fue conquistador de Gran Canaria como soldado de a caballo, "en cuya empresa sirvió cuatro años y tres meses y ganó 12.750 mrs." A FRANCISCO DE TORQUEMADA se le supuso conquistador de Gran Canaria, desconociéndose cualquier dato sobre su existencia. FRANCISCO MALDONADO, "caballero natural de Salamanca", fue Juez de Residencia o Inquisidor de La Corona y desde el año de 1492 hasta finales de 1494 o principios del siguiente ejerció el cargo de Gobernador.
De Pedro GARCIA DE SANTODOMINGO se sabe que todavía vivía en Las Palmas por el año de 1507. GARCIA DEL CASTILLO. Hubo hasta cuatro personajes de tal apellido y en la misma o parecida época histórica en las islas Canarias. Un Bartolomé García del Castillo fue cronista de La Gomera; Gonzalo García del Castillo, el héroe mitificado por el poeta Antonio de Viana y Hernán o Fernando García del Castillo, caballero del hábito de Santiago, capitán de la caballería del Adelantado Fernández de Lugo, pero, a pesar de figurar o como cronistas o como conquistadores, no parece que fuesen los que se tuvieron en cuenta a la hora de la rotulación de las calles de Escaleritas y sí al que fue conquistador, fundador y poblador de la ciudad de Telde y regidor perpetuo de la Gran Canaria Cristóbal García del Castillo o de Moguer. JOSE MARIA DE ZUASNAVAR y Francia, vascongado, además de fiscal único de la Audiencia de Canarias desde el año de 1792 hasta el de 1803, escribió un muy interesante "Compendio de la Historia de Canarias" que se publicó en 1816 y se reimprimió en Santa Cruz de Tenerife en 1863 y a la que siguieron sucesivas ediciones. JUAN DE BETHENCOURT (1359 - 1422) fue el conquistador por excelencia de las islas Canarias, por más que tan solo lograse poner bajo su dominio a las cuatro denominadas menores Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro. Con este caballero normando se les dio como descubiertas a las hasta entonces ignotas Islas Purpurarias, Eternas y Felices y de la Fortuna. De JUAN DE ESCOBEDO se sabe que por el año de 1529 era regidor de Gran Canaria. JUAN DE MALAFUENTE o Juan de Malfante tan solo fue citado por el historiador Abreu Galindo de cuando Pedro de Vera lo nombró con otros, como regidor "para el buen gobierno de la isla". JUAN DE MAYORGA, confundido a veces con un tal Francisco del mismo apellido, había sido vecino de Lanzarote en 1475 y conquistador y regidor en Gran Canaria, donde falleció alrededor del año de 1507. JUAN DE CIBERIO o de Civerio y Lezcano, guipuzcoano y conquistador de Gran Canaria fue uno de los primeros en recibir repartimientos de aguas y tierras en la isla, al pie del mismo Real de Las Tres Palmas en donde labró casa y formó huerta; propiedades que pronto hubo de permutar por otras en el Valle de Tenoya con el fin de que en las que dejaba se trazase la Plaza Mayor y se levantasen los cimientos de la futura catedral de Santa Ana. LA ARGENTINA rotuló la primera Plaza de Escaleritas, como homenaje a dicha nación hispanoamericana que supo socorrer a España cuando más lo precisó en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. De MARTIN DE ESCALANTE solo se sabe que fue conquistador de la Gran Canaria. El OBISPO TAVIRA y Almazán, natural de Jaén, una de las figuras más destacadas de la Ilustración española y ocupó la sede canariense desde el año de 1791 hasta el de 1796, llegando a se un gran conocedor y luego valedor de las islas Canarias. El OBISPO URQUINAONA y Bidot, natural de Cataluña, lo fue de Canarias desde el año de 1868 hasta el de 1878 y destacó, tanto por sus bondades pastorales como por su carácter enérgico, intransigente en cuestiones dogmáticas. Juan ORTIZ DE ZARATE fue el primer Juez de Residencia o Reformador de los repartimientos habidos en Gran Canaria a raíz de su conquista y efectuados por Pedro de Vera con mucho de favoritismo. PEDRO DE BURGOS fue conquistador de Gran Canaria y vecino de Telde, por donde obtuvo tierras de secano. PLACIDO ALVAREZ-BUYLLA y Díaz Villamil fue Gobernador Civil de Las Palmas desde el otoño del año de 1939 hasta finales del de 1944. El licenciado Francisco RUIZ DE MELGAREJO fue un Juez de Residencia, Visitador de los Jueces de Apelación de Gran Canaria y luego, desde 1529 a 1532, su Gobernador General. Y, por último, Antonio SEDEÑO, Serdeño o Cerdeño fue el autor de una de las cinco primitivas crónicas de la Conquista de Gran Canaria, "que murió en la de Tenerife después de acabada la primera".
22 de septiembre de 2010
Sobre la cerámica original canaria
ALGO DE C E R A M I C A O R I G I N A L C A N A R I A
En las islas Canarias, la escasez y pobreza de los materiales a emplear, tanto en épocas prehispánicas como después de haber sido incorporadas al mundo occidental, así como la simplicidad y rusticidad de la vida campesina, crearon en el pasado una artesanía simple y elemental, aunque tan funcional como la que más y que ha servido para que el canario de ámbito rural y dentro de su propio hábitat lo disfrutara con sencilla aceptación. Esta sencillez, tanto en los materiales como en su confección, ofrecen un atractivo y encanto singulares, hoy así reconocido por nosotros, la gente de las ciudades isleñas y por el turista, tanto peninsular como extranjero, que hacemos acopio y demanda de esta artesanía tradicional, convertida por las circunstancias ya indicadas en "artesanía popular canaria", en la que destaca la de la cerámica, por lo bello de su impronta, aunque simple, de sus formas y por lo que tiene de entronque con la realizada por los aborígenes isleños y la actual, que aún continua, en muchos casos, confeccionándose siguiendo iguales o muy parecidas técnicas.
Sabido es que la técnica de la cerámica, del barro cocido fue común a casi todos los pueblos de la antigüedad, porque en el período de transición que hubo entre el neolítico y la Edad de los metales, al convertirse paulatinamente los hombres de cazadores y pastores nómadas en agricultores, surgió aquélla como un elemento necesario de la vida cotidiana comunal.
Se confeccionó con barro y arcilla no sólo el utillaje doméstico sino también el considerado como un elemento más de ritos religiosos ornamentos diversos y representaciones idolátricas para el culto.
La cerámica de los aborígenes canarios era de gran riqueza de formas, decorada y aún pintada en algunas zonas localizadas como las de Gran Canaria, considerándose también como exclusivas de esta isla las llamadas pintaderas, objetos de barro, piedra o madera con motivos ornamentales vaciados o en relieve y que, según se presume fueron utilizadas por los canarios para tatuarse y también como sellos signo de propiedad. La de la isla de La Palma parece sugerir una clara interdependencia con la de la costa cercana y frontera del Sahara porque en ambos casos es de manufactura tosca y muy simple, de superficies lisas por lo general o decoradas con incisiones, acanaladuras y relieves, tal como se vieron en las de otros pueblos aborígenes de Africa del Norte. Y en la isla de Gran Canaria, tal como ya se ha dicho, la cerámica era mucho más variada y perfeccionada, con decoraciones geométricas y bruñido especial, muy parecida a la de los vasos decorados al almagre que se han localizado en algunos puntos del Mediterráneo. En la isla de Tenerife se han encontrado unos vasos, supuestamente empleados para el ordeño de las cabras y ovejas, que ofrecían marcado paralelismo con unos que se localizaron en la isla de Chipre. La cerámica más tosca, lisa, de fondo ovoide, que pudo proceder de los primeros grupos humanos llegados acaso a través de Africa, se encuentra preferentemente en Tenerife, La Gomera y El Hierro. Otro tipo de cerámica incisa, además de en La Palma, apareció en Lanzarote y Fuerteventura, como burda aportación de pequeños grupos migratorios de los más recientes, que también debieron de proceder de las costas saharianas.
La cerámica actual de las islas Canarias se suele trabajar de parecida forma a la que emplearon los aborígenes, de quienes es indudablemente herencia laboral o artesanal directa. Los ceramistas o alfareros, entre los que abunda la mujer, al paso de los siglos siguen usando, por lo general, nada más que las manos y una pequeña cuchilla o paleta para modelar lo mejor posible la obra. Apenas se usa el torno. Y amasan los alfareros el barro, dan forma a la pieza, la secan al sol y la cuecen al horno, procediendo cuando se tercia a decorarla con algún tipo de tinte o pintura especiales aunque muy simples, si el artesano lo considera necesario para una mayor vistosidad del acabado.
El barro se suele trabajar, sentado el manipulador, sea hombre o mujer, en el suelo, teniendo delante de sí como mesa muy baja una laja o piedra plana y, sino, una tabla, que de cuando en cuando se espolvorea con arena del barranco, no de playa. El barro, que previamente ha sido bien amasado, es manejado con fácil agilidad y se convierte pronto en una especie de torta, del tamaño conveniente requerido , que luego se va trabajando, haciéndose el fondo de lo proyectado y estirando una y otra vez los lados, usándose algún sencillo cuchillo, la imprescindible paletita que puede ser también de una fonolita o canto rodado el que hace tal menester y usando asimismo a veces un pequeño taco de madera con el que se aprieta o apisona, añadiendo más bollos o puñados de barro cuando es preciso, torneando a mano.
Las piezas logradas se secan primero al aire y al sol y luego se cuecen en el horno o, en algunos casos, en hogueras preparadas especialmente, al aire libre.
Y así, de las alfarerías canarias, van saliendo una gran variedad de modelos de cerámica de barro, unos de ellos pintados con almagre y otros barnizados o simplemente, nada más que pulidos o bruñidos, entro los que destacan múltiples tipos de vasijas, braseros, tostadores, tallas, cazuelas, etc. Y, en términos generales hoy en día son objetos más que domésticos, como motivos decorativos, de adorno. Motivos aborígenes, figuras humanas, de animales, propias a veces para los belenes o nacimientos de la Navidad. Y macetas, tinajas, jarras, jarrones, bandejas, escudillas, tazas y tazones...
Actualmente se cuenta en las islas con destacados centros alfareros en los que se practica y enseña la técnica de la cerámica a las más nuevas generaciones. Tales son, entre otros los de La Atalaya, la Hoya de Pineda, El Cercado, Chipude, Lugarejos, Mazo, La Guancha, etc., etc.-
En las islas Canarias, la escasez y pobreza de los materiales a emplear, tanto en épocas prehispánicas como después de haber sido incorporadas al mundo occidental, así como la simplicidad y rusticidad de la vida campesina, crearon en el pasado una artesanía simple y elemental, aunque tan funcional como la que más y que ha servido para que el canario de ámbito rural y dentro de su propio hábitat lo disfrutara con sencilla aceptación. Esta sencillez, tanto en los materiales como en su confección, ofrecen un atractivo y encanto singulares, hoy así reconocido por nosotros, la gente de las ciudades isleñas y por el turista, tanto peninsular como extranjero, que hacemos acopio y demanda de esta artesanía tradicional, convertida por las circunstancias ya indicadas en "artesanía popular canaria", en la que destaca la de la cerámica, por lo bello de su impronta, aunque simple, de sus formas y por lo que tiene de entronque con la realizada por los aborígenes isleños y la actual, que aún continua, en muchos casos, confeccionándose siguiendo iguales o muy parecidas técnicas.
Sabido es que la técnica de la cerámica, del barro cocido fue común a casi todos los pueblos de la antigüedad, porque en el período de transición que hubo entre el neolítico y la Edad de los metales, al convertirse paulatinamente los hombres de cazadores y pastores nómadas en agricultores, surgió aquélla como un elemento necesario de la vida cotidiana comunal.
Se confeccionó con barro y arcilla no sólo el utillaje doméstico sino también el considerado como un elemento más de ritos religiosos ornamentos diversos y representaciones idolátricas para el culto.
La cerámica de los aborígenes canarios era de gran riqueza de formas, decorada y aún pintada en algunas zonas localizadas como las de Gran Canaria, considerándose también como exclusivas de esta isla las llamadas pintaderas, objetos de barro, piedra o madera con motivos ornamentales vaciados o en relieve y que, según se presume fueron utilizadas por los canarios para tatuarse y también como sellos signo de propiedad. La de la isla de La Palma parece sugerir una clara interdependencia con la de la costa cercana y frontera del Sahara porque en ambos casos es de manufactura tosca y muy simple, de superficies lisas por lo general o decoradas con incisiones, acanaladuras y relieves, tal como se vieron en las de otros pueblos aborígenes de Africa del Norte. Y en la isla de Gran Canaria, tal como ya se ha dicho, la cerámica era mucho más variada y perfeccionada, con decoraciones geométricas y bruñido especial, muy parecida a la de los vasos decorados al almagre que se han localizado en algunos puntos del Mediterráneo. En la isla de Tenerife se han encontrado unos vasos, supuestamente empleados para el ordeño de las cabras y ovejas, que ofrecían marcado paralelismo con unos que se localizaron en la isla de Chipre. La cerámica más tosca, lisa, de fondo ovoide, que pudo proceder de los primeros grupos humanos llegados acaso a través de Africa, se encuentra preferentemente en Tenerife, La Gomera y El Hierro. Otro tipo de cerámica incisa, además de en La Palma, apareció en Lanzarote y Fuerteventura, como burda aportación de pequeños grupos migratorios de los más recientes, que también debieron de proceder de las costas saharianas.
La cerámica actual de las islas Canarias se suele trabajar de parecida forma a la que emplearon los aborígenes, de quienes es indudablemente herencia laboral o artesanal directa. Los ceramistas o alfareros, entre los que abunda la mujer, al paso de los siglos siguen usando, por lo general, nada más que las manos y una pequeña cuchilla o paleta para modelar lo mejor posible la obra. Apenas se usa el torno. Y amasan los alfareros el barro, dan forma a la pieza, la secan al sol y la cuecen al horno, procediendo cuando se tercia a decorarla con algún tipo de tinte o pintura especiales aunque muy simples, si el artesano lo considera necesario para una mayor vistosidad del acabado.
El barro se suele trabajar, sentado el manipulador, sea hombre o mujer, en el suelo, teniendo delante de sí como mesa muy baja una laja o piedra plana y, sino, una tabla, que de cuando en cuando se espolvorea con arena del barranco, no de playa. El barro, que previamente ha sido bien amasado, es manejado con fácil agilidad y se convierte pronto en una especie de torta, del tamaño conveniente requerido , que luego se va trabajando, haciéndose el fondo de lo proyectado y estirando una y otra vez los lados, usándose algún sencillo cuchillo, la imprescindible paletita que puede ser también de una fonolita o canto rodado el que hace tal menester y usando asimismo a veces un pequeño taco de madera con el que se aprieta o apisona, añadiendo más bollos o puñados de barro cuando es preciso, torneando a mano.
Las piezas logradas se secan primero al aire y al sol y luego se cuecen en el horno o, en algunos casos, en hogueras preparadas especialmente, al aire libre.
Y así, de las alfarerías canarias, van saliendo una gran variedad de modelos de cerámica de barro, unos de ellos pintados con almagre y otros barnizados o simplemente, nada más que pulidos o bruñidos, entro los que destacan múltiples tipos de vasijas, braseros, tostadores, tallas, cazuelas, etc. Y, en términos generales hoy en día son objetos más que domésticos, como motivos decorativos, de adorno. Motivos aborígenes, figuras humanas, de animales, propias a veces para los belenes o nacimientos de la Navidad. Y macetas, tinajas, jarras, jarrones, bandejas, escudillas, tazas y tazones...
Actualmente se cuenta en las islas con destacados centros alfareros en los que se practica y enseña la técnica de la cerámica a las más nuevas generaciones. Tales son, entre otros los de La Atalaya, la Hoya de Pineda, El Cercado, Chipude, Lugarejos, Mazo, La Guancha, etc., etc.-
29 de agosto de 2010
"Gran Canaria",una novela inglesa
por Carlos Platero Fernández.
"Gran Canaria", de A. J. Cronin es una típica novela inglesa, de ambiente y personajes anglosajones, aunque el título pueda inducir un tanto a error al principio, pues parece como si sonase más a una obra geográfico descriptiva, como así a veces estuvo catalogada en alguna Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria, quizás por el título, (naturalmente, en inglés "Canary Island"), que en realidad es como el punto de partida de una íntima añoranza que la protagonista principal femenina evoca en determinado momento del relato.
Y es una interesante novela, si nos atenemos a este género literario, pues su trama posee gran fuerza dramática, el estudio psicológico de sus personajes más destacados está trazado con destreza y maestría y el tema en sí es ameno y desarrollado con fluidez, en lo que se nota el buen oficio y quehacer de su autor, doctor en medicina y cirugía y que como tantos otros excelentes médicos acabó siendo uno de los novelistas más leídos de su tiempo, al menos en la primera mitad del siglo XX.
Archibald Joseph Cronin, médico y escritor inglés, nació en Cardross, Dumbartonshire, al Oeste de Escocia, el 19 de julio de 1896.Como posible premonición, a los trece años de edad ganó una medalla de oro en una competición nacional que premiaba el mejor ensayo histórico del año.
Apenas iniciados sus estudios de medicina, al estallar en 1914 la Primera Guerra Europea, incorporado al Ejército pasó a prestar servicios de Sanidad en la Armada Británica como subteniente cirujano.
Tras aquel obligado paréntesis de su vida, en 1919 se graduó como médico y, en 1924, con Matrícula de Honor obtuvo el doctorado en Medicina, Cirugía y Psiquiatría por la Universidad de Glasgow. Pero antes, en 1921, A.J. Cronin se había casado con Agnes Mary Gibson, al igual que él doctora en medicina y cirugía; ejerciendo la pareja por algún tiempo la profesión en las zonas rurales del Sur de Gales. Poco más tarde, al doctorarse, pasó él, primeramente a ocupar algunos importantes cargos de Sanidad como médico inspector de minas de Gran Bretaña y luego como médico superintendente del Hospital General de Glasgow. Y algún tiempo después, su afán de aventuras le llevó a ejercer en la India. De vuelta a Inglaterra trabajó algún tiempo en el hospital del ministerio de Pensiones de Bellahonston y luego, otra vez, en el Hospital Lightburn de Glasgow, destinado al tratamiento de enfermedades infecciosas. Más tarde, al final de la década de los años veinte, el joven matrimonio se instaló en el West End londinense; y el ejercicio de la carrera, robustecido por una cierta fama bien ganada entre sus conciudadanos pronto les granjeó un bienestar social halagüeño. Y fue en aquella época cuando, siendo en realidad su verdadera afición el ejercicio de la literatura, comenzó A. J. Cronin la aventura de ser novelista.
Porque, sucedió que, con tan agitada vida profesional, el ya afamado doctor acabó perdiendo la salud, y aunque en breve la recuperó, hubo de abandonar por algún tiempo sus quehaceres de médico y pasó la convalecencia prescrita en su tierra nativa, siempre añorada, en las West Highlands de Escocia, en un gran grado de serenidad de espíritu y gozando de una paz casi absoluta. Lo que le dio pie para que en aquel interin de obligado reposo y alejamiento de su absorbente práctica de la medicina y la psiquiatría, se animase a escribir un libro, que, como casi toda novela primeriza, habría de contener, además de el claro reflejo de sus experiencias profesionales, trozos de su propia biografía.
Lo de primerizo, se refiere esencialmente a la novela allí compuesta, porque, ya con anterioridad, A. J. Cronin iniciara sus primeros brillantes pasos como escritor y psiquiátrico con su tesis doctoral titulada "Historia del aneurisma".
La novela de A. J. Cronin titulada "El castillo del odio", que, según alguna crítica literaria de la época ofrecía grandes similitudes, reminiscencias o regusto a obras de Charles Dickens, publicada prontamente en 1931 obtuvo un éxito fulminante y con posterioridad fue traducida a hasta cinco idiomas, vendiéndose con el tiempo más de tres millones de ejemplares de la misma. Lo que, como es de suponer, determinó la futura trayectoria literaria de su autor, que se fue apartando paulatinamente de su profesión médica para terminar dedicándose por completo a la apasionante de escritor.
A aquella su primera novela le siguieron, "Tres amores" en 1932 y "Gran Canaria" compuesta por entonces, publicada por vez primera en 1933 y traducida ya al español por Joaquín Urnieta en 1946.
Luego, como en una cascada continua fueron sucediéndose con regularidad otras obras salidas de su estilizada y fértil pluma. En 1937 volvió a alcanzar otro gran éxito con "La Ciudadela", novela que alcanzó muy pronto gran difusión siendo traducida asimismo a distintos idiomas. En 1940 probó fortuna en el teatro con la comedia "Júpiter Laughs" y, dos años más tarde publicó "Las llaves del reino", en la que trató del tema del catolicismo combativo en los países orientales, sobre todo en China y que sería llevada al cine con enorme éxito comercial; lo mismo que ocurrió cuando apareció en las librerías su "Los verdes años", obra que incidía sobre la juventud, con clara intención pedagógica e idealista. Y a las que siguieron, entre otras, "La dama de los claveles", "Kaleidoscopio", "El jardinero español", "Aventuras de un maletín negro" y "El árbol de Judas", publicada en 1961.
Con importantes distinciones y galardones en su haber, en posesión del grado de Doctor en Sanidad por la Universidad de Londres, miembro del Royal College of Physiciens, nombrado doctor honorario de las universidades de Bawdon y de Lafayette, figura mundialmente consagrada de la literatura moderna inglesa, A. J. Cronin falleció nonagenario en Suiza, el 6 de enero de 1981.
En una nota biográfica suya, leí cierta vez que, a un periodista que le interrogó acerca del por qué de haber abandonado el ejercicio de la medicina por el de la literatura, él contestó algo así como que la pasión de su vida fue siempre el escribir y que, cuando uno está obsesionado por algo es inútil el querer o intentar apartarlo de ello; que las estúpidas prevenciones sociales obligan a los padres a desviar a sus hijos de camino natural que éstos elijan. De ahí que él pasase por la Universidad y saliese de ella con el título de doctor. Lo que parece que desdice de una primera impresión que pudiera suponérsele, por el inicio de su obra, una vocación tardía del escritor.
Entre otros muchos países, viajó por España en alguna ocasión y estuvo también en las islas Canarias.
Pues bien; del conocimiento temprano de A. J. Cronin del archipiélago canario, salieron buena parte de las páginas de aquella su posiblemente tercera novela que tituló precisamente "Gran Canaria", aunque el escenario principal de la acción desarrollada en el archipiélago canario no es precisamente en esta isla, a la que dedica tan solo unos cuantos párrafos, entre ellos una nemorosa exclamación de Mary, la protagonista femenina, que pudo sugerir luego el título, sino en Tenerife. Isla que, valgan verdades, no salió muy bien parada en cuanto a la fidelidad paisajística de sus descripciones, como bien se puede advertir en la profusión de datos equivocados, fantasiosos y erróneas o inexactas noticias geográfico-históricas, etc. Todo lo cual hizo escribir en su día al crítico literario Sebastián Padrón Acosta después de enjuiciar como interesante la trama del tema, desarrollo y desenlace de la acción novelesca así como los acertados retratos de los principales protagonistas, el irónico comentario postrero de que "con datos tan exactos muy bien pudiera escribir el Sr. Cronin una magnífica Guía de Tenerife". Y se entretiene en enumerar los más destacados fallos del novelista británico, cuales la definición pintoresca del gofio, la localización de una fantástica aldea llamada Hermosa, a la que riega caudaloso riachuelo, al sur de La Laguna, la cita del conquistador Alonso Cortés de Luego que dice que fue herido en la Plaza de Las Matanzas, el escudo de los Lugo, un cisne en vuelo, la Catedral que está en Santa Cruz, el Puerto de La Luz en La Orotava y allí un hipotético Hotel San Jorge, que se necesita un día para llegar por mar desde Las Palmas a Orotava y otro para arribar a Santa Cruz y, en fin, que el Teide se ve mejor desde Santa Cruz que desde Las Palmas.
Por su parte, el erudito Miguel Santiago Rodríguez allá por el año 1955, al incluir la citada novela en una reseña bibliográfica dejó dicho que ya el título era arbitrario, porque, en realidad, no se refería a la isla que citaba: que era tan solo la meta de algunos personajes de la novela. Y algunos años más tarde, volviendo sobre el mismo tema tildó a esta obra de A. J. Cronin como que pretendía ser una novela histórica o descriptiva pero que resultaba completamente fantástica y nada arreglada con la realidad.
Lo que, ciertamente, se contradice con otro juicio emitido por entonces, que afirmaba que los caracteres secundarios de la novela completaban un cuadro lleno de interés, al cual se sumaba el atractivo particular de tan gran autor de enormes dotes de observador y narrador. Que las descripciones de ambientes y escenas que dejan en el espíritu del lector una huella profunda y duradera, tenían siempre la precisión, la vida y la poesía que dieran al novelista su destacada fama.
La trama de la novela "Gran Canaria" en la que los personajes, además de los protagonistas, son múltiples, en apretada síntesis es la siguiente:
El protagonista, un afamado hombre de ciencia, doctor Harvey Leith tras largas investigaciones inventó o, mejor dicho, descubrió unos sueros, de los que se esperaba mucho para poder combatir cierto tipo de enfermedades infecciosas. Pero, todavía en período de experimentación, al ser inyectados a tres pacientes, no produjeron la deseada eficacia por encontrarse los individuos inoculados en la fase terminal de aquella enfermedad, ya en estado comatoso, por lo que, desgraciadamente fallecieron al poco tiempo, siendo inútil todo cuanto se hizo para evitarlo. Lo que a su vez produjo en el ánimo del doctor, además de un sentimiento de culpabilidad, un profundo sentido de íntima humillación, porque, a la postre fue despedido del laboratorio en que realizaba los estudios y experimentos. Fracaso que iba a amargarle de por vida y que lo impulsó a abandonarlo todo, emprendiendo una especie de huía de si mismo en el vapor "Aureola", crucero que desde Inglaterra llegaba a las Islas Canarias.
En el transcurso del viaje marítimo el frustrado doctor conoce a Mary Fielding, joven dama de elevado rango social, cuya delicadeza de espíritu la impulsa a revelarse contra el ambiente de lujo y frivolidad en que su aburrida vida se desenvuelve. Durante la travesía, después de una mutua simpatía, surge el amor entre Harvey y Mary, un amor que ambos saben imposible por ser varias las causas que lo vetan. Hay un brote de fiebres palúdicas en un supuesto lugar de Tenerife, que contagian a Mary y es Harvey quien con amorosa entrega la atiende hasta vencer a aquella maléfica fiebre amarilla. Más amores, simples, románticos y espirituales unos y tormentosos, apasionados e ilícitos otros, brotan entre algunos de los restantes personajes, dígase secundarios que se mueven al compás de la trama de ficción de la novela. Alguno de ellos como la vieja marquesa descendiente del conquistador ¡Alonso Cortés de Luego! resultan estereotipados y por lo general, todos los españoles, muy tópicos.
Con el mar y las islas Canarias bastante pintorescamente descritas como telón de fondo, la acción se desarrolla entre crisis y más crisis hasta llegar al desenlace, que se presiente predestinado, puesto que los amores de los protagonistas parecen estas señalados de antemano por el destino que se proclama así como mucho más fuerte que la voluntad humana.
Una vez de regreso a Inglaterra los principales protagonistas, en tal ocasión en hidroavión, el doctor Harvey fallece al fin a causa de un fallo del corazón, cuando ya se creía regenerado en su desesperación íntima y amargura, por el amor, que comprueba imposible para él. Y Mary retorna a su marido, a su mundo social, a su aburrida vida vacía de contenido, con la muerte en el alma.
"GRAN CANARIA", una novela inglesa. (y II)
En lo tocante a la Gran Canaria de los años treinta del pasado siglo, los párrafos descriptivos en la novela, que, insisto una vez más, creo que no es ni mucho menos la mejor de este afamado escritor inglés, pero que aquí interesa dejar reflejados, son éstos:
.......................
(capitulo IX) "El sábado llegaron a Las Palmas; una mañana de recalada, sin viento. Entraron con la salida del sol en un puerto que dormía, pasaron junto a barcos silenciosos en los que brillaban todavía las luces de situación. Finalmente, el "Aureola", con su casco cubierto de salitre, atracó al muelle.
"Tres horas después, con el estrépito de montacargas y cigüeñales, Harvey se despertó. Por primera vez en muchas noches, había dormido bien y, con sus miembros distendidos, permaneció tumbado, observando como el sol irradiaba la blancura de la pared de la cabina. Se sentía ágil de cuerpo y su espíritu no quería creer que fuera cierto un alivio tan considerable. También era extraña la solidez de su litera, tan carente de la flotante irrealidad de los últimos días. Y al oír un campaneo lejano, comprendió que el barco estaba en puerto. Con una curiosa excitación, se levantó, se puso una bata y salió a cubierta.
"La frescura de la mañana cayó sobre él como rocío. El cielo estaba azul, el aire parecía radiactivo. El sol, elevándose sobre los montes, llenaba el mar de resplandores. Ante él, se extendía la bahía, bordeada por una cinta de espuma y, más allá, la ciudad trepaba con notas multicolores hacia las amarillas alturas. Había una profusión cálida: los rojos, los verdes y los blancos se combinaban en una belleza tropical llena de vida. Y encima de todo, transcendiendo de la ciudad y la bahía, triunfando sobre las cumbres que le rodeaban, se elevaba un pico distante, en cierto modo evasivo y misterioso como un espejismo, con su cono cubierto de nieve sobresaliendo sobre el algodón de las nubes, como algo suspendido entre la tierra y el cielo.
"Maravillado, Harvey quedó contemplando el Pico, inmóvil. Bella como algo celestial, la visión se apoderaba de su ser y le provocaba una aguda y sutil angustia. ¿Que le impresionaba de tal modo? ¿Era el significado de la visión o la simple belleza del cuadro? Atónito, contenía el aliento; no podía soportar el cuadro y, al mismo tiempo, no podía apartar la vista.
"Con un esfuerzo, dejó de mirar, fue al lado de tierra y observó el muelle amarillo y polvoriento, que ahora se estaba llenando de una especie de vida lánguida. Sobre las soleadas piedras, unos veinte peones descalzos y con pantalones de percal descargaban sacos de harina con pintoresca indiferencia. No tenían prisa. Charlaban, fumaban, escupían, quedaban inmóviles y ponían accidentalmente las manos en los sacos, como si el terminar fuera lo último que desearan. Uno de ellos, con una camisa ocre muy ajada, cantaba con voz aguda una tonada de irritante dulzura. Harvey escuchó contra su voluntad.
"El amor es dulce
Y el que lo desprecia un loco."
"Aunque sabía poco español, el significado de la palabras le resultó claro.
"Con impaciencia, como si buscara un antídoto para aquel dulzor, dirigió la vista a un punto algo lejano del muelle, donde había varios carros de altas ruedas tirados por unas mulas esqueléticas y melancólicas. Estaban a la espera de la carga. Una de las mulas tosió como un ser humano y agitó su corona de moscas, antes de tumbarse casi de pura debilidad. Pero el conductor, instalado en el pescante, no se alarmó en lo más mínimo; con las manos cruzadas sobre el vientre y una flor colocada tras la oreja, roncaba plácidamente.
"Bruscamente Harvey dio media vuelta; no podía soportar el espectáculo de aquellos miserables animales. En un instante, se contemplaba la belleza de la costa y la sublimidad del misterioso Pico; un instante después, surgía el sórdido cuadro de aquella vida ínfima.
.......................
"Continuó paseando por cubierta, con el calor del sol en sus hombros, sintiendo tras él, casi furtivamente, la presencia de aquel sublime pico. Tuvo que detenerse un momento para volver a mirarlo. Y mientras permanecía así, oyó a su lado la voz de Renton:
"_ Una noble vista, Doctor Leith. Es el Pico de Teide, en tenerife. Y puede creérmelo, está a setenta y tres millas al oeste. Domina estas islas. Lo verá más de cerca en Santa Cruz.
"Juntos, ambos contemplaron la montaña. En esto, Harvey dijo lentamente:
"- Así es, una noble vista. - Después, rápidamente, ridiculizando su propia impresión, agregó -:¡Una visión de paraíso!
"_ Un paraíso que tiene de cuando en cuando sus inconvenientes - replicó Renton. Hizo una pausa y miró a Harvey -. Hay un asuntillo bastante feo en las alturas detrás de Santa Cruz. Recibí ayer el cablegrama. ¡Están con la fiebre amarilla!
"Hubo un silencio repentino.
"_ La fiebre amarilla... - repitió Harvey.
"_ Sí. Hay un brote en Hermosa (sic), una aldea en las proximidades de Laguna (sic). Por fortuna, está confinado.
....................
"¡Fiebre amarilla! ¿Había algo siniestro en el esplendor de aquella bahía, algo duro en aquellos vivos colores? No era nada, absolutamente nada. Algún enfermo a sesenta millas de distancia, nada más.¡Que intuición más exagerada para la calamidad!. En todo caso, nada le importaba. Nada podía importarle nada ahora.
.....................
"_Robert y yo tenemos una invitación - dijo Susan con firmeza -. Tenemos amigos norteamericanos en Arucas. Son gente muy cariñosa. Tienen una villa muy agradable. es agradable hasta de nombre. Se llama Bella Vista. ¿Quiere venir?
"Harvey movió lentamente la cabeza.
"_ No. No iré.
"Los ojos de Susan no podían abandonar el rostro de Harvey.
"- Sería una gran cosa que usted viniera - insistió la joven en voz baja -. El paisaje es muy bonito. Son gentes cristianas y muy amables. Será usted allí el bienvenido. Se sentirá usted en su casa.
......................
"Harvey no les vio partir. Estaba en su cabina, comiendo con remilgos la fruta que Trout le había traído para desayuno. Naranjas de Teide (sic), de cáscara delgada y deliciosas, y guanábanas (sic) traídas aquella mañana del mercado. Todo riquísimo.
........................
"Después, volviéndose bruscamente, dijo:
"- Nos vamos a la playa. Usted y yo vamos a pasar la mañana en la playa.
"Harvey miró risueñamente al viejo boxeador.
"_ ¿De veras, Jimmy? ¿Está usted seguro?
"_ Completamente seguro.- Recalcó su certidumbre golpeando con el puño la palma de su otra mano. Vamos a la bahía de Las Canteras. Acabo de hablar con el capitán. Nos bañaremos y tomaremos algo en el restaurante que hay allí. Hay una arena finísima donde usted estará en la gloria.
"La idea de sentirse en la gloria en una arena finísima hizo sonreír levemente a Harvey. Pero, de un modo extraño, dijo:
"_ ¡Muy bien! Iremos a la playa, Jimmy.
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"Salieron de la cabina a la líquida luz del sol, bajaron por la plancha y caminaron por el polvoriento muelle. Con los pulgares en los sobacos y un palillo en los labios, Corcoran asumió derechos de propietario sobre el puerto, se lamentó de la indolencia de los obreros, filosofó acerca de las mujeres, adquirió un manojo de violetas para su ojal a una vieja inválida, dio un puñado de rapé a un mendigo infestado de moscas y, finalmente, se vio ante una "tartana" destartalada tirada por un caballo.
"_ ¡Ajá! - exclamó -. Aquí está el billete para la sopa, compañero. El caballo se tiene de pie y este trasto tiene ruedas.- Se volvió hacia el cochero-. ¿Cuánto para ir a Las Canteras, amigo?
"El cochero hizo con los hombros un gesto indicativo de una labor ímproba y extendió cuatro dedos de uñas amarillas.
"- Cuatro chelines ingleses, señor.
"- ¡Cuatro tomates ingleses! Es demasiado. Le daré dos pesetas y un puñado de rapé.
"- No, no, señor. Mi "tartana" es muy bonita. Muy rápida.
......................
"- Bien, le daré entonces un par de chelines - dijo dubitativamente -. Dos chelines ingleses, amigo.
"El rostro del cochero fue todo él una sonrisa. Con aires de gran señor, abrió la desvencijada portezuela, subió al pescante y mostró complacido su conquista al mundo. ¡Dos chelines ingleses! Era exactamente el quíntuplo de sus derechos legítimos. "- Este es el modo de tratar a estos muchachos - dijo Jimmy, hablando por el colmillo -. Es el instinto del negocio. Si no está usted atento, le vacían el bolsillo.- Y se acomodó en su asiento, mientras la tartana daba tumbos por la calle llena de surcos.
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(capítulo X) "Mary Fielding había ido a la playa de Las Canteras. También ella había oído hablar a Renton de la belleza de aquella playa poco conocida. Y ahora, en su traje verde de baño, estaba tendida sobre la soleada arena, dejando que aquel suave calor invadiera su cuerpo. Todavía brillaban en sus blancas piernas unas gotas de agua de mar. Su cuerpo, moldeado firmemente por las olas, estaba lleno de una vida vibrante. Las curvas de sus menudos senos eran bonitas como las de una flor, graciosas como las del vuelo de una golondrina. Sus ojos estaban cerrados, como para proteger el exquisito abandono de su estado de ánimo; sin embargo, podía verlo todo, todo aquel delicioso paisaje. Las amables ondulaciones de la amarilla arena, un mar más azul que el cielo, la espumosa blancura de la rompiente que salta atronadora sobre los arrecifes y el pico distante, reluciente, translúcido y omnipotente como un dios. ¡Oh, que contenta estaba de haber venido.
"Aquí podía respirar y, apretándose desnuda contra la tierra, ser ella misma. En su interior, brotaba, más blanco que la espuma y más brillante que el pico montañoso, un recuerdo".
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"_ Llaman a esta isla la Gran Canaria -murmuró Mary-. ¡Gran Canaria! Hay color y movimiento en el nombre. Cuando pienso en este viaje, lo pronuncio en mi interior. ¡Gran Canaria! Es un nombre que emociona.
"Las palabras, adquiriendo otro significado, llegaron tenuemente hasta Harvey, a través de la cegadora blancura de aquella luz secreta. Y Harvey preguntó:
"_¿Deja usted mañana el barco?
"_ Si, vamos a quedarnos en Orotava."
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"_Orotava es un pueblo muy tranquilo -continuó Mary-. Pequeño y al natural. Es lo que más me gusta. El señor Carr nos ha reservado habitaciones en el hotel... El San Jorge. Es el agente de mi marido en estas islas."
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"_¿Quiere usted almorzar hoy con nosotros? ¡Oh, diga que sí, por favor...! En ese sitio que llaman la "cabina". Es delicioso. Viene el señor Carr. Y quiero que venga usted también.
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"Diez minutos después entraron juntos al pequeño restaurante.
"Mary había empleado la palabra delicioso para describirlo y, en cierto sentido, era la palabra adecuada. Era pequeño y muy limpio, con piso de madera blanca fregoteada, con mesas cubiertas por manteles a cuadros azules y con un frente que daba al mar, al cielo y al lejano pico obsesionante. Al fondo, había un bar curvo, coronado por una hilera de botellas. Extrañamente, Harvey no se sintió atraído por aquel olvido que tanto había echado de menos. Tras el bar, un mozo en mangas de camisa estaba sentado, muy abstraído, sobre un alto taburete; estaba retorciéndose un bigotillo que parecía una ceja colocada fuera de su sitio. En un ángulo, de modo completamente incongruente, habían instalado un piano automático de color amarillo."
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"El capitán, adepto por lo general de las conversaciones animadas, había hablado poco. Su mirada se fijaba frecuentemente en Mary, a la que, de pronto, preguntó:
"_¿Va a pasar todo el tiempo en Orotava...? ¿En el hotel?
"Ante la afirmativa, vaciló, con una indecisión desusada en él. Después, dijo:
"_ Es un sitio muy bonito. Limpio y agradable. Un pueblo muy sano. Y el viento siempre sopla del mar.
"Y esto fue todo.
"Ahora, Harvey estaba de pie en la cubierta superior, satisfecho de la tranquilidad de la noche después de soportar el calor del salón. La efervescencia de la puesta del sol se había disuelto y hundido en el mar. Y, como un suspiro de consumación, todo era ahora sereno y claro: una noche blanca, con la fluida belleza de una pálida luz de luna. Todavía baja, surcada por el cordaje del barco, la luna, no plenamente formada aún, tenía un encanto levemente imperfecto, como el de la doncella a las puertas de la madurez. También eran tímidas las estrellas que se mostraban en el alto y translúcido firmamento. Por el lado de babor, desvaneciéndose, pero todavía más brillantes que las estrellas, las luces de Las Palmas tachonaban el claro borde del cielo con puntos luminosos."
por la transcripción, Carlos Platero Fernández.
"Gran Canaria", de A. J. Cronin es una típica novela inglesa, de ambiente y personajes anglosajones, aunque el título pueda inducir un tanto a error al principio, pues parece como si sonase más a una obra geográfico descriptiva, como así a veces estuvo catalogada en alguna Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria, quizás por el título, (naturalmente, en inglés "Canary Island"), que en realidad es como el punto de partida de una íntima añoranza que la protagonista principal femenina evoca en determinado momento del relato.
Y es una interesante novela, si nos atenemos a este género literario, pues su trama posee gran fuerza dramática, el estudio psicológico de sus personajes más destacados está trazado con destreza y maestría y el tema en sí es ameno y desarrollado con fluidez, en lo que se nota el buen oficio y quehacer de su autor, doctor en medicina y cirugía y que como tantos otros excelentes médicos acabó siendo uno de los novelistas más leídos de su tiempo, al menos en la primera mitad del siglo XX.
Archibald Joseph Cronin, médico y escritor inglés, nació en Cardross, Dumbartonshire, al Oeste de Escocia, el 19 de julio de 1896.Como posible premonición, a los trece años de edad ganó una medalla de oro en una competición nacional que premiaba el mejor ensayo histórico del año.
Apenas iniciados sus estudios de medicina, al estallar en 1914 la Primera Guerra Europea, incorporado al Ejército pasó a prestar servicios de Sanidad en la Armada Británica como subteniente cirujano.
Tras aquel obligado paréntesis de su vida, en 1919 se graduó como médico y, en 1924, con Matrícula de Honor obtuvo el doctorado en Medicina, Cirugía y Psiquiatría por la Universidad de Glasgow. Pero antes, en 1921, A.J. Cronin se había casado con Agnes Mary Gibson, al igual que él doctora en medicina y cirugía; ejerciendo la pareja por algún tiempo la profesión en las zonas rurales del Sur de Gales. Poco más tarde, al doctorarse, pasó él, primeramente a ocupar algunos importantes cargos de Sanidad como médico inspector de minas de Gran Bretaña y luego como médico superintendente del Hospital General de Glasgow. Y algún tiempo después, su afán de aventuras le llevó a ejercer en la India. De vuelta a Inglaterra trabajó algún tiempo en el hospital del ministerio de Pensiones de Bellahonston y luego, otra vez, en el Hospital Lightburn de Glasgow, destinado al tratamiento de enfermedades infecciosas. Más tarde, al final de la década de los años veinte, el joven matrimonio se instaló en el West End londinense; y el ejercicio de la carrera, robustecido por una cierta fama bien ganada entre sus conciudadanos pronto les granjeó un bienestar social halagüeño. Y fue en aquella época cuando, siendo en realidad su verdadera afición el ejercicio de la literatura, comenzó A. J. Cronin la aventura de ser novelista.
Porque, sucedió que, con tan agitada vida profesional, el ya afamado doctor acabó perdiendo la salud, y aunque en breve la recuperó, hubo de abandonar por algún tiempo sus quehaceres de médico y pasó la convalecencia prescrita en su tierra nativa, siempre añorada, en las West Highlands de Escocia, en un gran grado de serenidad de espíritu y gozando de una paz casi absoluta. Lo que le dio pie para que en aquel interin de obligado reposo y alejamiento de su absorbente práctica de la medicina y la psiquiatría, se animase a escribir un libro, que, como casi toda novela primeriza, habría de contener, además de el claro reflejo de sus experiencias profesionales, trozos de su propia biografía.
Lo de primerizo, se refiere esencialmente a la novela allí compuesta, porque, ya con anterioridad, A. J. Cronin iniciara sus primeros brillantes pasos como escritor y psiquiátrico con su tesis doctoral titulada "Historia del aneurisma".
La novela de A. J. Cronin titulada "El castillo del odio", que, según alguna crítica literaria de la época ofrecía grandes similitudes, reminiscencias o regusto a obras de Charles Dickens, publicada prontamente en 1931 obtuvo un éxito fulminante y con posterioridad fue traducida a hasta cinco idiomas, vendiéndose con el tiempo más de tres millones de ejemplares de la misma. Lo que, como es de suponer, determinó la futura trayectoria literaria de su autor, que se fue apartando paulatinamente de su profesión médica para terminar dedicándose por completo a la apasionante de escritor.
A aquella su primera novela le siguieron, "Tres amores" en 1932 y "Gran Canaria" compuesta por entonces, publicada por vez primera en 1933 y traducida ya al español por Joaquín Urnieta en 1946.
Luego, como en una cascada continua fueron sucediéndose con regularidad otras obras salidas de su estilizada y fértil pluma. En 1937 volvió a alcanzar otro gran éxito con "La Ciudadela", novela que alcanzó muy pronto gran difusión siendo traducida asimismo a distintos idiomas. En 1940 probó fortuna en el teatro con la comedia "Júpiter Laughs" y, dos años más tarde publicó "Las llaves del reino", en la que trató del tema del catolicismo combativo en los países orientales, sobre todo en China y que sería llevada al cine con enorme éxito comercial; lo mismo que ocurrió cuando apareció en las librerías su "Los verdes años", obra que incidía sobre la juventud, con clara intención pedagógica e idealista. Y a las que siguieron, entre otras, "La dama de los claveles", "Kaleidoscopio", "El jardinero español", "Aventuras de un maletín negro" y "El árbol de Judas", publicada en 1961.
Con importantes distinciones y galardones en su haber, en posesión del grado de Doctor en Sanidad por la Universidad de Londres, miembro del Royal College of Physiciens, nombrado doctor honorario de las universidades de Bawdon y de Lafayette, figura mundialmente consagrada de la literatura moderna inglesa, A. J. Cronin falleció nonagenario en Suiza, el 6 de enero de 1981.
En una nota biográfica suya, leí cierta vez que, a un periodista que le interrogó acerca del por qué de haber abandonado el ejercicio de la medicina por el de la literatura, él contestó algo así como que la pasión de su vida fue siempre el escribir y que, cuando uno está obsesionado por algo es inútil el querer o intentar apartarlo de ello; que las estúpidas prevenciones sociales obligan a los padres a desviar a sus hijos de camino natural que éstos elijan. De ahí que él pasase por la Universidad y saliese de ella con el título de doctor. Lo que parece que desdice de una primera impresión que pudiera suponérsele, por el inicio de su obra, una vocación tardía del escritor.
Entre otros muchos países, viajó por España en alguna ocasión y estuvo también en las islas Canarias.
Pues bien; del conocimiento temprano de A. J. Cronin del archipiélago canario, salieron buena parte de las páginas de aquella su posiblemente tercera novela que tituló precisamente "Gran Canaria", aunque el escenario principal de la acción desarrollada en el archipiélago canario no es precisamente en esta isla, a la que dedica tan solo unos cuantos párrafos, entre ellos una nemorosa exclamación de Mary, la protagonista femenina, que pudo sugerir luego el título, sino en Tenerife. Isla que, valgan verdades, no salió muy bien parada en cuanto a la fidelidad paisajística de sus descripciones, como bien se puede advertir en la profusión de datos equivocados, fantasiosos y erróneas o inexactas noticias geográfico-históricas, etc. Todo lo cual hizo escribir en su día al crítico literario Sebastián Padrón Acosta después de enjuiciar como interesante la trama del tema, desarrollo y desenlace de la acción novelesca así como los acertados retratos de los principales protagonistas, el irónico comentario postrero de que "con datos tan exactos muy bien pudiera escribir el Sr. Cronin una magnífica Guía de Tenerife". Y se entretiene en enumerar los más destacados fallos del novelista británico, cuales la definición pintoresca del gofio, la localización de una fantástica aldea llamada Hermosa, a la que riega caudaloso riachuelo, al sur de La Laguna, la cita del conquistador Alonso Cortés de Luego que dice que fue herido en la Plaza de Las Matanzas, el escudo de los Lugo, un cisne en vuelo, la Catedral que está en Santa Cruz, el Puerto de La Luz en La Orotava y allí un hipotético Hotel San Jorge, que se necesita un día para llegar por mar desde Las Palmas a Orotava y otro para arribar a Santa Cruz y, en fin, que el Teide se ve mejor desde Santa Cruz que desde Las Palmas.
Por su parte, el erudito Miguel Santiago Rodríguez allá por el año 1955, al incluir la citada novela en una reseña bibliográfica dejó dicho que ya el título era arbitrario, porque, en realidad, no se refería a la isla que citaba: que era tan solo la meta de algunos personajes de la novela. Y algunos años más tarde, volviendo sobre el mismo tema tildó a esta obra de A. J. Cronin como que pretendía ser una novela histórica o descriptiva pero que resultaba completamente fantástica y nada arreglada con la realidad.
Lo que, ciertamente, se contradice con otro juicio emitido por entonces, que afirmaba que los caracteres secundarios de la novela completaban un cuadro lleno de interés, al cual se sumaba el atractivo particular de tan gran autor de enormes dotes de observador y narrador. Que las descripciones de ambientes y escenas que dejan en el espíritu del lector una huella profunda y duradera, tenían siempre la precisión, la vida y la poesía que dieran al novelista su destacada fama.
La trama de la novela "Gran Canaria" en la que los personajes, además de los protagonistas, son múltiples, en apretada síntesis es la siguiente:
El protagonista, un afamado hombre de ciencia, doctor Harvey Leith tras largas investigaciones inventó o, mejor dicho, descubrió unos sueros, de los que se esperaba mucho para poder combatir cierto tipo de enfermedades infecciosas. Pero, todavía en período de experimentación, al ser inyectados a tres pacientes, no produjeron la deseada eficacia por encontrarse los individuos inoculados en la fase terminal de aquella enfermedad, ya en estado comatoso, por lo que, desgraciadamente fallecieron al poco tiempo, siendo inútil todo cuanto se hizo para evitarlo. Lo que a su vez produjo en el ánimo del doctor, además de un sentimiento de culpabilidad, un profundo sentido de íntima humillación, porque, a la postre fue despedido del laboratorio en que realizaba los estudios y experimentos. Fracaso que iba a amargarle de por vida y que lo impulsó a abandonarlo todo, emprendiendo una especie de huía de si mismo en el vapor "Aureola", crucero que desde Inglaterra llegaba a las Islas Canarias.
En el transcurso del viaje marítimo el frustrado doctor conoce a Mary Fielding, joven dama de elevado rango social, cuya delicadeza de espíritu la impulsa a revelarse contra el ambiente de lujo y frivolidad en que su aburrida vida se desenvuelve. Durante la travesía, después de una mutua simpatía, surge el amor entre Harvey y Mary, un amor que ambos saben imposible por ser varias las causas que lo vetan. Hay un brote de fiebres palúdicas en un supuesto lugar de Tenerife, que contagian a Mary y es Harvey quien con amorosa entrega la atiende hasta vencer a aquella maléfica fiebre amarilla. Más amores, simples, románticos y espirituales unos y tormentosos, apasionados e ilícitos otros, brotan entre algunos de los restantes personajes, dígase secundarios que se mueven al compás de la trama de ficción de la novela. Alguno de ellos como la vieja marquesa descendiente del conquistador ¡Alonso Cortés de Luego! resultan estereotipados y por lo general, todos los españoles, muy tópicos.
Con el mar y las islas Canarias bastante pintorescamente descritas como telón de fondo, la acción se desarrolla entre crisis y más crisis hasta llegar al desenlace, que se presiente predestinado, puesto que los amores de los protagonistas parecen estas señalados de antemano por el destino que se proclama así como mucho más fuerte que la voluntad humana.
Una vez de regreso a Inglaterra los principales protagonistas, en tal ocasión en hidroavión, el doctor Harvey fallece al fin a causa de un fallo del corazón, cuando ya se creía regenerado en su desesperación íntima y amargura, por el amor, que comprueba imposible para él. Y Mary retorna a su marido, a su mundo social, a su aburrida vida vacía de contenido, con la muerte en el alma.
"GRAN CANARIA", una novela inglesa. (y II)
En lo tocante a la Gran Canaria de los años treinta del pasado siglo, los párrafos descriptivos en la novela, que, insisto una vez más, creo que no es ni mucho menos la mejor de este afamado escritor inglés, pero que aquí interesa dejar reflejados, son éstos:
.......................
(capitulo IX) "El sábado llegaron a Las Palmas; una mañana de recalada, sin viento. Entraron con la salida del sol en un puerto que dormía, pasaron junto a barcos silenciosos en los que brillaban todavía las luces de situación. Finalmente, el "Aureola", con su casco cubierto de salitre, atracó al muelle.
"Tres horas después, con el estrépito de montacargas y cigüeñales, Harvey se despertó. Por primera vez en muchas noches, había dormido bien y, con sus miembros distendidos, permaneció tumbado, observando como el sol irradiaba la blancura de la pared de la cabina. Se sentía ágil de cuerpo y su espíritu no quería creer que fuera cierto un alivio tan considerable. También era extraña la solidez de su litera, tan carente de la flotante irrealidad de los últimos días. Y al oír un campaneo lejano, comprendió que el barco estaba en puerto. Con una curiosa excitación, se levantó, se puso una bata y salió a cubierta.
"La frescura de la mañana cayó sobre él como rocío. El cielo estaba azul, el aire parecía radiactivo. El sol, elevándose sobre los montes, llenaba el mar de resplandores. Ante él, se extendía la bahía, bordeada por una cinta de espuma y, más allá, la ciudad trepaba con notas multicolores hacia las amarillas alturas. Había una profusión cálida: los rojos, los verdes y los blancos se combinaban en una belleza tropical llena de vida. Y encima de todo, transcendiendo de la ciudad y la bahía, triunfando sobre las cumbres que le rodeaban, se elevaba un pico distante, en cierto modo evasivo y misterioso como un espejismo, con su cono cubierto de nieve sobresaliendo sobre el algodón de las nubes, como algo suspendido entre la tierra y el cielo.
"Maravillado, Harvey quedó contemplando el Pico, inmóvil. Bella como algo celestial, la visión se apoderaba de su ser y le provocaba una aguda y sutil angustia. ¿Que le impresionaba de tal modo? ¿Era el significado de la visión o la simple belleza del cuadro? Atónito, contenía el aliento; no podía soportar el cuadro y, al mismo tiempo, no podía apartar la vista.
"Con un esfuerzo, dejó de mirar, fue al lado de tierra y observó el muelle amarillo y polvoriento, que ahora se estaba llenando de una especie de vida lánguida. Sobre las soleadas piedras, unos veinte peones descalzos y con pantalones de percal descargaban sacos de harina con pintoresca indiferencia. No tenían prisa. Charlaban, fumaban, escupían, quedaban inmóviles y ponían accidentalmente las manos en los sacos, como si el terminar fuera lo último que desearan. Uno de ellos, con una camisa ocre muy ajada, cantaba con voz aguda una tonada de irritante dulzura. Harvey escuchó contra su voluntad.
"El amor es dulce
Y el que lo desprecia un loco."
"Aunque sabía poco español, el significado de la palabras le resultó claro.
"Con impaciencia, como si buscara un antídoto para aquel dulzor, dirigió la vista a un punto algo lejano del muelle, donde había varios carros de altas ruedas tirados por unas mulas esqueléticas y melancólicas. Estaban a la espera de la carga. Una de las mulas tosió como un ser humano y agitó su corona de moscas, antes de tumbarse casi de pura debilidad. Pero el conductor, instalado en el pescante, no se alarmó en lo más mínimo; con las manos cruzadas sobre el vientre y una flor colocada tras la oreja, roncaba plácidamente.
"Bruscamente Harvey dio media vuelta; no podía soportar el espectáculo de aquellos miserables animales. En un instante, se contemplaba la belleza de la costa y la sublimidad del misterioso Pico; un instante después, surgía el sórdido cuadro de aquella vida ínfima.
.......................
"Continuó paseando por cubierta, con el calor del sol en sus hombros, sintiendo tras él, casi furtivamente, la presencia de aquel sublime pico. Tuvo que detenerse un momento para volver a mirarlo. Y mientras permanecía así, oyó a su lado la voz de Renton:
"_ Una noble vista, Doctor Leith. Es el Pico de Teide, en tenerife. Y puede creérmelo, está a setenta y tres millas al oeste. Domina estas islas. Lo verá más de cerca en Santa Cruz.
"Juntos, ambos contemplaron la montaña. En esto, Harvey dijo lentamente:
"- Así es, una noble vista. - Después, rápidamente, ridiculizando su propia impresión, agregó -:¡Una visión de paraíso!
"_ Un paraíso que tiene de cuando en cuando sus inconvenientes - replicó Renton. Hizo una pausa y miró a Harvey -. Hay un asuntillo bastante feo en las alturas detrás de Santa Cruz. Recibí ayer el cablegrama. ¡Están con la fiebre amarilla!
"Hubo un silencio repentino.
"_ La fiebre amarilla... - repitió Harvey.
"_ Sí. Hay un brote en Hermosa (sic), una aldea en las proximidades de Laguna (sic). Por fortuna, está confinado.
....................
"¡Fiebre amarilla! ¿Había algo siniestro en el esplendor de aquella bahía, algo duro en aquellos vivos colores? No era nada, absolutamente nada. Algún enfermo a sesenta millas de distancia, nada más.¡Que intuición más exagerada para la calamidad!. En todo caso, nada le importaba. Nada podía importarle nada ahora.
.....................
"_Robert y yo tenemos una invitación - dijo Susan con firmeza -. Tenemos amigos norteamericanos en Arucas. Son gente muy cariñosa. Tienen una villa muy agradable. es agradable hasta de nombre. Se llama Bella Vista. ¿Quiere venir?
"Harvey movió lentamente la cabeza.
"_ No. No iré.
"Los ojos de Susan no podían abandonar el rostro de Harvey.
"- Sería una gran cosa que usted viniera - insistió la joven en voz baja -. El paisaje es muy bonito. Son gentes cristianas y muy amables. Será usted allí el bienvenido. Se sentirá usted en su casa.
......................
"Harvey no les vio partir. Estaba en su cabina, comiendo con remilgos la fruta que Trout le había traído para desayuno. Naranjas de Teide (sic), de cáscara delgada y deliciosas, y guanábanas (sic) traídas aquella mañana del mercado. Todo riquísimo.
........................
"Después, volviéndose bruscamente, dijo:
"- Nos vamos a la playa. Usted y yo vamos a pasar la mañana en la playa.
"Harvey miró risueñamente al viejo boxeador.
"_ ¿De veras, Jimmy? ¿Está usted seguro?
"_ Completamente seguro.- Recalcó su certidumbre golpeando con el puño la palma de su otra mano. Vamos a la bahía de Las Canteras. Acabo de hablar con el capitán. Nos bañaremos y tomaremos algo en el restaurante que hay allí. Hay una arena finísima donde usted estará en la gloria.
"La idea de sentirse en la gloria en una arena finísima hizo sonreír levemente a Harvey. Pero, de un modo extraño, dijo:
"_ ¡Muy bien! Iremos a la playa, Jimmy.
.........................
"Salieron de la cabina a la líquida luz del sol, bajaron por la plancha y caminaron por el polvoriento muelle. Con los pulgares en los sobacos y un palillo en los labios, Corcoran asumió derechos de propietario sobre el puerto, se lamentó de la indolencia de los obreros, filosofó acerca de las mujeres, adquirió un manojo de violetas para su ojal a una vieja inválida, dio un puñado de rapé a un mendigo infestado de moscas y, finalmente, se vio ante una "tartana" destartalada tirada por un caballo.
"_ ¡Ajá! - exclamó -. Aquí está el billete para la sopa, compañero. El caballo se tiene de pie y este trasto tiene ruedas.- Se volvió hacia el cochero-. ¿Cuánto para ir a Las Canteras, amigo?
"El cochero hizo con los hombros un gesto indicativo de una labor ímproba y extendió cuatro dedos de uñas amarillas.
"- Cuatro chelines ingleses, señor.
"- ¡Cuatro tomates ingleses! Es demasiado. Le daré dos pesetas y un puñado de rapé.
"- No, no, señor. Mi "tartana" es muy bonita. Muy rápida.
......................
"- Bien, le daré entonces un par de chelines - dijo dubitativamente -. Dos chelines ingleses, amigo.
"El rostro del cochero fue todo él una sonrisa. Con aires de gran señor, abrió la desvencijada portezuela, subió al pescante y mostró complacido su conquista al mundo. ¡Dos chelines ingleses! Era exactamente el quíntuplo de sus derechos legítimos. "- Este es el modo de tratar a estos muchachos - dijo Jimmy, hablando por el colmillo -. Es el instinto del negocio. Si no está usted atento, le vacían el bolsillo.- Y se acomodó en su asiento, mientras la tartana daba tumbos por la calle llena de surcos.
..........................
(capítulo X) "Mary Fielding había ido a la playa de Las Canteras. También ella había oído hablar a Renton de la belleza de aquella playa poco conocida. Y ahora, en su traje verde de baño, estaba tendida sobre la soleada arena, dejando que aquel suave calor invadiera su cuerpo. Todavía brillaban en sus blancas piernas unas gotas de agua de mar. Su cuerpo, moldeado firmemente por las olas, estaba lleno de una vida vibrante. Las curvas de sus menudos senos eran bonitas como las de una flor, graciosas como las del vuelo de una golondrina. Sus ojos estaban cerrados, como para proteger el exquisito abandono de su estado de ánimo; sin embargo, podía verlo todo, todo aquel delicioso paisaje. Las amables ondulaciones de la amarilla arena, un mar más azul que el cielo, la espumosa blancura de la rompiente que salta atronadora sobre los arrecifes y el pico distante, reluciente, translúcido y omnipotente como un dios. ¡Oh, que contenta estaba de haber venido.
"Aquí podía respirar y, apretándose desnuda contra la tierra, ser ella misma. En su interior, brotaba, más blanco que la espuma y más brillante que el pico montañoso, un recuerdo".
........................
"_ Llaman a esta isla la Gran Canaria -murmuró Mary-. ¡Gran Canaria! Hay color y movimiento en el nombre. Cuando pienso en este viaje, lo pronuncio en mi interior. ¡Gran Canaria! Es un nombre que emociona.
"Las palabras, adquiriendo otro significado, llegaron tenuemente hasta Harvey, a través de la cegadora blancura de aquella luz secreta. Y Harvey preguntó:
"_¿Deja usted mañana el barco?
"_ Si, vamos a quedarnos en Orotava."
............................
"_Orotava es un pueblo muy tranquilo -continuó Mary-. Pequeño y al natural. Es lo que más me gusta. El señor Carr nos ha reservado habitaciones en el hotel... El San Jorge. Es el agente de mi marido en estas islas."
.........................
"_¿Quiere usted almorzar hoy con nosotros? ¡Oh, diga que sí, por favor...! En ese sitio que llaman la "cabina". Es delicioso. Viene el señor Carr. Y quiero que venga usted también.
...........................
"Diez minutos después entraron juntos al pequeño restaurante.
"Mary había empleado la palabra delicioso para describirlo y, en cierto sentido, era la palabra adecuada. Era pequeño y muy limpio, con piso de madera blanca fregoteada, con mesas cubiertas por manteles a cuadros azules y con un frente que daba al mar, al cielo y al lejano pico obsesionante. Al fondo, había un bar curvo, coronado por una hilera de botellas. Extrañamente, Harvey no se sintió atraído por aquel olvido que tanto había echado de menos. Tras el bar, un mozo en mangas de camisa estaba sentado, muy abstraído, sobre un alto taburete; estaba retorciéndose un bigotillo que parecía una ceja colocada fuera de su sitio. En un ángulo, de modo completamente incongruente, habían instalado un piano automático de color amarillo."
....................
"El capitán, adepto por lo general de las conversaciones animadas, había hablado poco. Su mirada se fijaba frecuentemente en Mary, a la que, de pronto, preguntó:
"_¿Va a pasar todo el tiempo en Orotava...? ¿En el hotel?
"Ante la afirmativa, vaciló, con una indecisión desusada en él. Después, dijo:
"_ Es un sitio muy bonito. Limpio y agradable. Un pueblo muy sano. Y el viento siempre sopla del mar.
"Y esto fue todo.
"Ahora, Harvey estaba de pie en la cubierta superior, satisfecho de la tranquilidad de la noche después de soportar el calor del salón. La efervescencia de la puesta del sol se había disuelto y hundido en el mar. Y, como un suspiro de consumación, todo era ahora sereno y claro: una noche blanca, con la fluida belleza de una pálida luz de luna. Todavía baja, surcada por el cordaje del barco, la luna, no plenamente formada aún, tenía un encanto levemente imperfecto, como el de la doncella a las puertas de la madurez. También eran tímidas las estrellas que se mostraban en el alto y translúcido firmamento. Por el lado de babor, desvaneciéndose, pero todavía más brillantes que las estrellas, las luces de Las Palmas tachonaban el claro borde del cielo con puntos luminosos."
por la transcripción, Carlos Platero Fernández.
3 de julio de 2010
Algunos paseos ciudadanos
Por Carlos Platero Fernández
PASEO DE CAYETANO DE LUGO
En principio finca agrícola, luego jardín, más tarde paseo y hoy convertido en calle, localizado en el Distrito III de Arenales, por la zona a la que se le dió en su día el nombre genérico de la Barriada de Lugo, que como sustituto del barranquillo conocido como de Viera, arrancaba desde las laderas o montañetas conocidas como Cuatro Cañones que cerraban el paraje por el Este y se prolongaba hasta morir en la costa conformando a la reducida y recolecta Playa de Lugo que se remataba por el sur con un muro y era el final de la calleja paralela a la marina, conocida al principio como “la del molino de viento”, luego ya calle Quince de Noviembre, en la etapa franquista Dieciocho de Julio y actualmente con su inicial l5 de Noviembre .
El citado Paseo se remataba también en su extremo norte y al borde de la recóndita playa por donde luego se levantó el viejo Campo España de las luchadas, canódromo, campo de futbol y hasta, en cierto tiempo, elemental plaza de toros, por más que algunos nativos u oriundos del contorno, un tanto tozudos en el recuerdo, me hayan negado estos datos cuando yo anduve indagando y tomando notas y más notas para un nuevo Nomenclátor ciudadano, terminado hace ya algún tiempo pero todavía inédito.
Y a aquel paseo se le denominó “De Lugo”, no por la provincia gallega homónima sino por ostentar precisamente dicho apellido el propietario de los terrenos que cruzaba cuando se urbanizó el sector y que venía a rematar los ancestrales Arenales ya convertidos en gran parte por el sur en la floreciente Ciudad Jardín de finales del siglo XIX y principios del XX.
Su epónimo Cayetano de Lugo y Eduardo nació en Las Palmas el 10 de noviembre de 1817 y fue uno de los personajes de su época que mayor vida dieron al ambiente burgués en que entonces se vivía y fue uno de los más efectivos colaboradores de Antonio López Botas y su partido en la política local, defensor de lo principios auténticos de Canarias en cuanto a su elevación progresiva en el aumento de su cultura; avances que fueron notorios pero que de alguna forma quedaron truncados o sufrieron grave retroceso con el advenimiento del cólera morbo de 1851.
Fue Cayetano de Lugo uno de los pocos burgueses supervivientes de cuando lo del año del cólera y que con tesón y buen gusto supo, al ir reponiéndose la ciudad de la tragedia pasada, crear en sus fincas una especie de jardines zoológicos y botánicos, donde fue clásico en el remate de los Carnavales de entonces el llevar allí a enterrar la inefable sardina del miércoles de ceniza. Cuentan las crónicas de la época que era digno de ver al anfitrión, anciano solterón, de luenga barba blanca y tocado con un llamativo fez rojo en la cabeza, paseando imperturbable pero íntimamente regocijado entre el público que con la fiesta carnavalera visitaba, recorría y admiraba sus jardines cuidadosamente atendidos. Notable su amistad con el alcalde y político Antonio López Botas y su apoyo y amistad con los generales aquí desterrados Dulce y Caballero de Rodas que intrigaron luego para el derrocamiento de la reina Isabel II.
Aquel entrañable prócer local poseía las mejores tartanas o carricoches ligeros y los más briosos tiros de caballos; que solía poner a disposición de cuanto personaje llegase a la isla.
Cayetano de Lugo y Eduardo falleció en el año 1897 y con él al poco tiempo desapareció el rincón paradisíaco de la "Finca de Lugo" cuyos terrenos, parcelados pronto fueron ocupándose con las nuevas calles y casas de la ciudad de Las Palmas en constante expansión.
PASEO DE CHIL
A finales del siglo XIX había fracasado el proyecto de bastantes años atrás de una Gran Vía que, partiendo de la margen izquierda del barranco Guiniguada a la altura de la calle de San Justo uniese el casco urbano histórico de la ciudad con los terrenos que poco a poco se iban urbanizando, al compás del auge que tomaba el Puerto de La Luz, con las inhóspitas o desérticas tierras de Las Isletas; que, por otra parte, pese a su aridez también iban siendo pobladas en alguna determinada zona.
El desarrollo de aquella proyectada vía urbana se quedó truncado antes de que su inicial trazado se llegase por las Huertas de Triana hasta el Paseo de los Castillos.
Pero, aunque planteado al principio como una especie de camino vecinal que recorriese las faldas de las montañetas que cerraban por el poniente las vegas de Santa Catalina y los seculares Arenales, arrancando desde la pequeña explanada sobre el barranquillo y enfrente de la mole pétrea y almenada del castillo de Mata entonces al servicio del Ejército y se llegase, a poder ser hasta la misma bahía del Confital o sus proximidades, siguiendo el trazado de una senda ya existente que conducía en lo antiguo a las Salinas Perdidas por el páramo de Guanarteme.
Por el verano de 1862, tomando mayor impulso la idea, fue el principal promotor de ella el popular doctor Gregorio Chil y Naranjo, por lo que ya desde entonces se ha venido conociendo como "el Paseo del doctor Chil". Confeccionó los planos pertinentes el ayudante de Obras Públicas Cirilo Moreno.
Como quiera que los trabajos, por lo costosos, se iban demorando en demasía, pese a que, para allegar los fondos precisos se estuviera haciendo una suscripción pública, el mismo doctor Chil, en el mes de junio de 1878 solicitó del Ayuntamiento que se hiciese él cargo directo de las obras y de su culminación, lo que, efectivamente, con gran parte de su recorrido así sucedió.
Este Paseo de Chil se vino a terminar ya adentrado el siglo XX, allá por la década de los años cuarenta, tal como se había proyectado, pero rematándolo en la rotonda de la plaza de la Victoria en su enlace con la avenida de Mesa y López..
PASEO DE LA CORNISA
Localizado en el Distrito VII de Escaleritas, en su extremo este, bordeando a un lado las instalaciones deportivas del López Socas y al otro la barriada más antigua que se desarrolla alrededor de la iglesia parroquial de Santa Isabel y se prolonga como extraordinaria baconada sobre la ciudad, con una amplia panorámica de las Isletas, las zonas de Santa Catalina, de Las Alcaravaneras y la Ciudad Jardín, con el Puerto de La Luz y el mar de la bahía de fondo.
PASEO DE LAS CANTERAS
Este importante paseo a la vera de la sin par playa de Las Canteras, comenzó a conformarse como tal para disfrute de los ciudadanos, en la década de los años 40 del pasado siglo XX.
Pero su historia se inició cien años antes, aunque de una u otra forma se ha venido fraguando desde el mismo momento de la conquista de la isla por las tropas castellanas al mando de Juan Rejón que, según algunos historiadores indican, desembarcaron justo por donde se le dice El Arrecife, frente al Confital.
En 1840 ya aparecía en los planos y mapas del istmo de Las Isletas signado como "de Guanarteme". Y también de Guanartome, mal transcrito, en un mapa de 1874, localizado, poco más o menos, por donde hoy está la calle de Tenerife; y se nombraba como la Barra del Arrecife y El Arrecife lo que es hoy la Playa de Las Canteras, la Punta del Confital y, casi a su lado el Cabo Cabrón.
En el plano de Riudavets de 1879 es cuando con el nombre de "las canteras amarillas", se cita por primera vez este topónimo refiriéndose a la playa como tal.
En un plano topográfico correspondiente al "Ensanche del Puerto de La Luz", del arquitecto Fernando Navarro, del año 1911, cuando ya era imparable el proceso de expansión de la ciudad hasta entonces secularmente constreñida entre decrépitas murallas de defensa, laderas montañosas riscadas y el mar, ya se citaba de forma textual a la "playa de Las Canteras",
Conviene el indicar como hecho histórico importante, que a raíz de la conquista de la isla y su colonización con nuevos y numerosos asentamientos humanos, se comenzó a extraer gran cantidad de piedra arenisca en la zona costera del suroeste de Las Isletas, junto al puerto conocido como del Arrecife y la prolongada barra natural allí formada, para la construcción de algunas de las edificaciones más señoriales que se levantaron dentro y alrededor del campamento o real creado por Juan Rejón a las márgenes del barranco y riachuelo Guiniguada. Y, sobre todo para emplear los bloques extraídos como sillares en los basamentos, pilares y columnatas de la comenzada Catedral, así como en las fachadas, portadas, dinteles, etc., de las más nobles y antiguas mansiones de Vegueta, la Vegueta de Hernán de Porras. Aquellos trozos de roca singulares, de composición sedimentaria blanquecina, en tanto se conservaban húmedas resultaban de fácil labra debido a su especial estructura arenisca, que luego, una vez secas se endurecían y eran más fáciles de esculpir por los canteros. Historiadores y cronistas hay que insisten en que hubo allí una cantera, la que al final impuso el topónimo, famosa por suministrar el material para las pilas canarias destinadas a la destilación de las aguas para el consumo refrescante y doméstico.
El puerto natural abrigado y recogido del Arrecife, al sur del trozo de costa que se denominó Playa del Confital por lo abundante de unas piedrecitas especiales, calcáreas, que semejan finos y azucarados, garapiñados confites, estaba resguardado de los embates del mar por la prolongada barra que, andando el tiempo y gracias a una entrada abierta en su extremo este, convirtió el sitio en el más apto para el carenado y reparación de embarcaciones, refugio de pescadores y, por todas sus cercanías, paraje apropiado, elegido por quienes en los pasados siglos desearon celebrar alguna excursión marítima costera y comerse "un caldo de pescado con papas arrugadas", según así lo indicaron escritores locales varios.
Pues bien; la cantería blancuzca empleada ya desde los primeros tiempos para las viviendas de los conquistadores y hacendados residentes en el real, luego villa y después ciudad de Las Palmas la suministró en gran medida la entonces alta y prolongada barra que se formaba sobre una lengua de material lávico procedente de las erupciones volcánicas que conformaban a Las Isletas y que convirtiera el paraje en una especie de gran estanque, de casi siempre quietas, bonancibles y transparentes aguas. La dilatada playa allí formada se denominó ya a finales del siglo XIX y principios del XX como de Las Canteras, por haber sido el lugar explotado al efecto, como se ha indicado.
Al haberse ido rebajando aquella natural barrera de contención hasta quedar reducida y sepultada en gran parte por las mareas, parece ser que ocurrió que las arenas arrastradas por los vientos intermitentes o fijos equinocciales circularon de manera masiva y en direcciones alteradas que, con los años y los siglos, al impulso de los alisios fueron acumulándose al pie de los cerros de poniente, erosionando sus escarpadas laderas y extendiéndose sobre los llanos de Guanarteme y Santa Catalina; invadiendo en avances constantes aquella parte del litoral grancanario.
En la actualidad, al haberse edificado también todo el istmo, aunque la arena sigue llegando procedente de las bajas marinas del norte de la isla y pasa libre sobre la Barra de Las Canteras, al no tener salida al igual que antes, a impulsos de los vientos colma de tal manera la playa que ha sido preciso retirarla una y otra vez por medios mecánicos, en un dragado periódico cada vez más constante y preciso.
PASEO DE MADRID
Calle-paseo en el Distrito III de Arenales, en la Barriada de la Ciudad Jardín.
Madrid es la capital de España y de la provincia del mismo nombre constituida en Comunidad Autónoma en 1983; más de 3.900.000 de habitantes. La ciudad se encuentra en el centro del país, al pie de la sierra de Guadarrama y a orillas del río Manzanares. Arzobispado. Universidad. Centro de comunicaciones del país. Importantes museos cuales el Prado, Arqueológico Nacional, Lázaro Galdiano, Academia de San Fernando, de América, del Ejército, Naval, de Arte Contemporáneo, etc., y muy hermosos palacios cuales los de Oriente, Congreso, Biblioteca Nacional y Teatro Real, convento de las Descalzas Reales, iglesia de San Francisco el Grande, etc.
Ha alcanzado un notable desarrollo industrial y el área metropolitana de Madrid abarca el municipio de la capital y otros muchos de sus alrededores. La provincia es una comunidad autónoma separada de Castilla-León y de Castilla-La Mancha.
Llamada Magerit por los árabes, fue tomada por Alfonso VI en 1084 y adquirió el rango de capital en 1561. teatro de violentas luchas en 1808 y en 1936. Lugar de nacimiento de Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, Calderón de la Barca, etc.
PASEO DE SAN JOSE.
En el Distrito I de Vegueta.
Según comentó el cronista oficioso Domingo J, Navarro, aún a finales del siglo XVIII el barrio de San José con malas casas y peor camino, no pasaba más allá de su preciosa ermita.
No obstante, en el incipiente barrio de extramuros de la ciudad vivían gentes de humilde condición social pero muy cordiales y a él acudían de vez en cuando las gentes de la ciudad para pasear y disfrutar de las delicias campestres sin tener que alejarse en demasía del casco urbano pues a ello invitaba la floreciente y ubérrima Vega de San José que en amplia hoya se llegaba hasta los confines de más allá de la ermita de San Cristóbal.
PASEO DE SAN ANTONIO
Este paseo o "Subida de San Antonio" esta localizado en el Distrito VI de Schamann, por lo que se conoce precisamente como Barriada de San Antonio.
San Antonio de Padua (1195 - 1231) fue un padre franciscano, doctor de la Iglesia, famoso predicador y taumaturgo, nacido en Coimbra, Portugal, llamado de Padua, ciudad italiana, por el lugar de su muerte y de su venerado sepulcro.
Su efeméride es el 13 de junio.
PASEO DEL PINTOR SANTIAGO SANTANA
Localizado en el Distrito VI de Schamann, por la Barriada homónima.
Santiago Santana nació en 1909 y estudió dibujo y pintura en la Escuela Luján Pérez hasta 1932 en que, pensionado por los Ayuntamientos de Moya y Arucas y el Cabildo Insular, se instaló en París donde estudió la pintura de los impresionistas, cubistas, fauvistas, etc. Al año siguiente se trasladó a Barcelona para iniciarse en el estudio de las cerámicas y en escultura y pudo llevar a efecto su primera exposición individual que estuvo integrada por óleos y dibujos con motivos de la flora autóctona canaria. En 1934 expuso en el Ateneo de Madrid, incluyendo ya algunos de sus característicos desnudos. Durante la guerra civil española expuso su obra en el Hogar del Combatiente de Aranjuez, participando en distintas actividades culturales en beneficio del ejército republicano. En 1940 se instaló definitivamente en Las Palmas de Gran Canaria; expuso obra suya en 1948 y en una antológica, ya en 1973. Fallecería años después, exactamente el 16 de abril de 1996
PASEO TOMAS MORALES
En el Distrito III de Arenales, por la Urbanización de Fincas Unidas.
Calle trazada a mediados del siglo XX que iba a ser como prolongación natural de la entonces de San Francisco, hoy General Bravo y la dedicada al eximio escritor Benito Pérez Galdós. Durante varios años estuvo cortada por un muro de ladrillos y tierra a la altura de lo que hoy es el Instituto Pérez Galdós, hasta que se fue urbanizando el sector ocupado por extensas plataneras y otras tierras agrícolas durante los últimos siglos.
Tomás Morales Castellano (1885 - 1921), poeta y médico, nació en Moya y falleció en Las Palmas. Estudió en el Colegio de San Agustín e hizo la carrera de Medicina en las Universidades de Cádiz y de Madrid, donde durante su estancia se relacionó ampliamente con los cenáculos poéticos más relevantes del entonces.
Ya de nuevo en Gran Canaria se estableció en Agaete en ejercicio de su profesión y en donde se desposó. Obtuvo el primer premio en los Juegos Florales de Las Palmas en 1910 por lo que fue justa y entusiásticamente homenajeado. Falleció a los 36 años de edad.
Del poeta Tomás Morales dijo hace algún tiempo, entre otros autores, el crítico literario Jorge Rodríguez Padrón que, formado en el modernismo y continuador de la línea de Rubén Darío, adaptó el lujo expresivo y musical a los motivos del mar y de su isla natal y fue el fundador de la poesía moderna en Canarias. Su personalidad, admirada por todos los escritores de su tiempo aglutinó en torno suyo a los poetas del modernismo de las islas. Publicó "Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar" y "Las Rosas de Hércules" y la obra teatral "La cena de Bethania", siendo, al decir de la crítica, su poema más ambicioso y mejor logrado la "Oda al Atlántico"
PASEO DE CAYETANO DE LUGO
En principio finca agrícola, luego jardín, más tarde paseo y hoy convertido en calle, localizado en el Distrito III de Arenales, por la zona a la que se le dió en su día el nombre genérico de la Barriada de Lugo, que como sustituto del barranquillo conocido como de Viera, arrancaba desde las laderas o montañetas conocidas como Cuatro Cañones que cerraban el paraje por el Este y se prolongaba hasta morir en la costa conformando a la reducida y recolecta Playa de Lugo que se remataba por el sur con un muro y era el final de la calleja paralela a la marina, conocida al principio como “la del molino de viento”, luego ya calle Quince de Noviembre, en la etapa franquista Dieciocho de Julio y actualmente con su inicial l5 de Noviembre .
El citado Paseo se remataba también en su extremo norte y al borde de la recóndita playa por donde luego se levantó el viejo Campo España de las luchadas, canódromo, campo de futbol y hasta, en cierto tiempo, elemental plaza de toros, por más que algunos nativos u oriundos del contorno, un tanto tozudos en el recuerdo, me hayan negado estos datos cuando yo anduve indagando y tomando notas y más notas para un nuevo Nomenclátor ciudadano, terminado hace ya algún tiempo pero todavía inédito.
Y a aquel paseo se le denominó “De Lugo”, no por la provincia gallega homónima sino por ostentar precisamente dicho apellido el propietario de los terrenos que cruzaba cuando se urbanizó el sector y que venía a rematar los ancestrales Arenales ya convertidos en gran parte por el sur en la floreciente Ciudad Jardín de finales del siglo XIX y principios del XX.
Su epónimo Cayetano de Lugo y Eduardo nació en Las Palmas el 10 de noviembre de 1817 y fue uno de los personajes de su época que mayor vida dieron al ambiente burgués en que entonces se vivía y fue uno de los más efectivos colaboradores de Antonio López Botas y su partido en la política local, defensor de lo principios auténticos de Canarias en cuanto a su elevación progresiva en el aumento de su cultura; avances que fueron notorios pero que de alguna forma quedaron truncados o sufrieron grave retroceso con el advenimiento del cólera morbo de 1851.
Fue Cayetano de Lugo uno de los pocos burgueses supervivientes de cuando lo del año del cólera y que con tesón y buen gusto supo, al ir reponiéndose la ciudad de la tragedia pasada, crear en sus fincas una especie de jardines zoológicos y botánicos, donde fue clásico en el remate de los Carnavales de entonces el llevar allí a enterrar la inefable sardina del miércoles de ceniza. Cuentan las crónicas de la época que era digno de ver al anfitrión, anciano solterón, de luenga barba blanca y tocado con un llamativo fez rojo en la cabeza, paseando imperturbable pero íntimamente regocijado entre el público que con la fiesta carnavalera visitaba, recorría y admiraba sus jardines cuidadosamente atendidos. Notable su amistad con el alcalde y político Antonio López Botas y su apoyo y amistad con los generales aquí desterrados Dulce y Caballero de Rodas que intrigaron luego para el derrocamiento de la reina Isabel II.
Aquel entrañable prócer local poseía las mejores tartanas o carricoches ligeros y los más briosos tiros de caballos; que solía poner a disposición de cuanto personaje llegase a la isla.
Cayetano de Lugo y Eduardo falleció en el año 1897 y con él al poco tiempo desapareció el rincón paradisíaco de la "Finca de Lugo" cuyos terrenos, parcelados pronto fueron ocupándose con las nuevas calles y casas de la ciudad de Las Palmas en constante expansión.
PASEO DE CHIL
A finales del siglo XIX había fracasado el proyecto de bastantes años atrás de una Gran Vía que, partiendo de la margen izquierda del barranco Guiniguada a la altura de la calle de San Justo uniese el casco urbano histórico de la ciudad con los terrenos que poco a poco se iban urbanizando, al compás del auge que tomaba el Puerto de La Luz, con las inhóspitas o desérticas tierras de Las Isletas; que, por otra parte, pese a su aridez también iban siendo pobladas en alguna determinada zona.
El desarrollo de aquella proyectada vía urbana se quedó truncado antes de que su inicial trazado se llegase por las Huertas de Triana hasta el Paseo de los Castillos.
Pero, aunque planteado al principio como una especie de camino vecinal que recorriese las faldas de las montañetas que cerraban por el poniente las vegas de Santa Catalina y los seculares Arenales, arrancando desde la pequeña explanada sobre el barranquillo y enfrente de la mole pétrea y almenada del castillo de Mata entonces al servicio del Ejército y se llegase, a poder ser hasta la misma bahía del Confital o sus proximidades, siguiendo el trazado de una senda ya existente que conducía en lo antiguo a las Salinas Perdidas por el páramo de Guanarteme.
Por el verano de 1862, tomando mayor impulso la idea, fue el principal promotor de ella el popular doctor Gregorio Chil y Naranjo, por lo que ya desde entonces se ha venido conociendo como "el Paseo del doctor Chil". Confeccionó los planos pertinentes el ayudante de Obras Públicas Cirilo Moreno.
Como quiera que los trabajos, por lo costosos, se iban demorando en demasía, pese a que, para allegar los fondos precisos se estuviera haciendo una suscripción pública, el mismo doctor Chil, en el mes de junio de 1878 solicitó del Ayuntamiento que se hiciese él cargo directo de las obras y de su culminación, lo que, efectivamente, con gran parte de su recorrido así sucedió.
Este Paseo de Chil se vino a terminar ya adentrado el siglo XX, allá por la década de los años cuarenta, tal como se había proyectado, pero rematándolo en la rotonda de la plaza de la Victoria en su enlace con la avenida de Mesa y López..
PASEO DE LA CORNISA
Localizado en el Distrito VII de Escaleritas, en su extremo este, bordeando a un lado las instalaciones deportivas del López Socas y al otro la barriada más antigua que se desarrolla alrededor de la iglesia parroquial de Santa Isabel y se prolonga como extraordinaria baconada sobre la ciudad, con una amplia panorámica de las Isletas, las zonas de Santa Catalina, de Las Alcaravaneras y la Ciudad Jardín, con el Puerto de La Luz y el mar de la bahía de fondo.
PASEO DE LAS CANTERAS
Este importante paseo a la vera de la sin par playa de Las Canteras, comenzó a conformarse como tal para disfrute de los ciudadanos, en la década de los años 40 del pasado siglo XX.
Pero su historia se inició cien años antes, aunque de una u otra forma se ha venido fraguando desde el mismo momento de la conquista de la isla por las tropas castellanas al mando de Juan Rejón que, según algunos historiadores indican, desembarcaron justo por donde se le dice El Arrecife, frente al Confital.
En 1840 ya aparecía en los planos y mapas del istmo de Las Isletas signado como "de Guanarteme". Y también de Guanartome, mal transcrito, en un mapa de 1874, localizado, poco más o menos, por donde hoy está la calle de Tenerife; y se nombraba como la Barra del Arrecife y El Arrecife lo que es hoy la Playa de Las Canteras, la Punta del Confital y, casi a su lado el Cabo Cabrón.
En el plano de Riudavets de 1879 es cuando con el nombre de "las canteras amarillas", se cita por primera vez este topónimo refiriéndose a la playa como tal.
En un plano topográfico correspondiente al "Ensanche del Puerto de La Luz", del arquitecto Fernando Navarro, del año 1911, cuando ya era imparable el proceso de expansión de la ciudad hasta entonces secularmente constreñida entre decrépitas murallas de defensa, laderas montañosas riscadas y el mar, ya se citaba de forma textual a la "playa de Las Canteras",
Conviene el indicar como hecho histórico importante, que a raíz de la conquista de la isla y su colonización con nuevos y numerosos asentamientos humanos, se comenzó a extraer gran cantidad de piedra arenisca en la zona costera del suroeste de Las Isletas, junto al puerto conocido como del Arrecife y la prolongada barra natural allí formada, para la construcción de algunas de las edificaciones más señoriales que se levantaron dentro y alrededor del campamento o real creado por Juan Rejón a las márgenes del barranco y riachuelo Guiniguada. Y, sobre todo para emplear los bloques extraídos como sillares en los basamentos, pilares y columnatas de la comenzada Catedral, así como en las fachadas, portadas, dinteles, etc., de las más nobles y antiguas mansiones de Vegueta, la Vegueta de Hernán de Porras. Aquellos trozos de roca singulares, de composición sedimentaria blanquecina, en tanto se conservaban húmedas resultaban de fácil labra debido a su especial estructura arenisca, que luego, una vez secas se endurecían y eran más fáciles de esculpir por los canteros. Historiadores y cronistas hay que insisten en que hubo allí una cantera, la que al final impuso el topónimo, famosa por suministrar el material para las pilas canarias destinadas a la destilación de las aguas para el consumo refrescante y doméstico.
El puerto natural abrigado y recogido del Arrecife, al sur del trozo de costa que se denominó Playa del Confital por lo abundante de unas piedrecitas especiales, calcáreas, que semejan finos y azucarados, garapiñados confites, estaba resguardado de los embates del mar por la prolongada barra que, andando el tiempo y gracias a una entrada abierta en su extremo este, convirtió el sitio en el más apto para el carenado y reparación de embarcaciones, refugio de pescadores y, por todas sus cercanías, paraje apropiado, elegido por quienes en los pasados siglos desearon celebrar alguna excursión marítima costera y comerse "un caldo de pescado con papas arrugadas", según así lo indicaron escritores locales varios.
Pues bien; la cantería blancuzca empleada ya desde los primeros tiempos para las viviendas de los conquistadores y hacendados residentes en el real, luego villa y después ciudad de Las Palmas la suministró en gran medida la entonces alta y prolongada barra que se formaba sobre una lengua de material lávico procedente de las erupciones volcánicas que conformaban a Las Isletas y que convirtiera el paraje en una especie de gran estanque, de casi siempre quietas, bonancibles y transparentes aguas. La dilatada playa allí formada se denominó ya a finales del siglo XIX y principios del XX como de Las Canteras, por haber sido el lugar explotado al efecto, como se ha indicado.
Al haberse ido rebajando aquella natural barrera de contención hasta quedar reducida y sepultada en gran parte por las mareas, parece ser que ocurrió que las arenas arrastradas por los vientos intermitentes o fijos equinocciales circularon de manera masiva y en direcciones alteradas que, con los años y los siglos, al impulso de los alisios fueron acumulándose al pie de los cerros de poniente, erosionando sus escarpadas laderas y extendiéndose sobre los llanos de Guanarteme y Santa Catalina; invadiendo en avances constantes aquella parte del litoral grancanario.
En la actualidad, al haberse edificado también todo el istmo, aunque la arena sigue llegando procedente de las bajas marinas del norte de la isla y pasa libre sobre la Barra de Las Canteras, al no tener salida al igual que antes, a impulsos de los vientos colma de tal manera la playa que ha sido preciso retirarla una y otra vez por medios mecánicos, en un dragado periódico cada vez más constante y preciso.
PASEO DE MADRID
Calle-paseo en el Distrito III de Arenales, en la Barriada de la Ciudad Jardín.
Madrid es la capital de España y de la provincia del mismo nombre constituida en Comunidad Autónoma en 1983; más de 3.900.000 de habitantes. La ciudad se encuentra en el centro del país, al pie de la sierra de Guadarrama y a orillas del río Manzanares. Arzobispado. Universidad. Centro de comunicaciones del país. Importantes museos cuales el Prado, Arqueológico Nacional, Lázaro Galdiano, Academia de San Fernando, de América, del Ejército, Naval, de Arte Contemporáneo, etc., y muy hermosos palacios cuales los de Oriente, Congreso, Biblioteca Nacional y Teatro Real, convento de las Descalzas Reales, iglesia de San Francisco el Grande, etc.
Ha alcanzado un notable desarrollo industrial y el área metropolitana de Madrid abarca el municipio de la capital y otros muchos de sus alrededores. La provincia es una comunidad autónoma separada de Castilla-León y de Castilla-La Mancha.
Llamada Magerit por los árabes, fue tomada por Alfonso VI en 1084 y adquirió el rango de capital en 1561. teatro de violentas luchas en 1808 y en 1936. Lugar de nacimiento de Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, Calderón de la Barca, etc.
PASEO DE SAN JOSE.
En el Distrito I de Vegueta.
Según comentó el cronista oficioso Domingo J, Navarro, aún a finales del siglo XVIII el barrio de San José con malas casas y peor camino, no pasaba más allá de su preciosa ermita.
No obstante, en el incipiente barrio de extramuros de la ciudad vivían gentes de humilde condición social pero muy cordiales y a él acudían de vez en cuando las gentes de la ciudad para pasear y disfrutar de las delicias campestres sin tener que alejarse en demasía del casco urbano pues a ello invitaba la floreciente y ubérrima Vega de San José que en amplia hoya se llegaba hasta los confines de más allá de la ermita de San Cristóbal.
PASEO DE SAN ANTONIO
Este paseo o "Subida de San Antonio" esta localizado en el Distrito VI de Schamann, por lo que se conoce precisamente como Barriada de San Antonio.
San Antonio de Padua (1195 - 1231) fue un padre franciscano, doctor de la Iglesia, famoso predicador y taumaturgo, nacido en Coimbra, Portugal, llamado de Padua, ciudad italiana, por el lugar de su muerte y de su venerado sepulcro.
Su efeméride es el 13 de junio.
PASEO DEL PINTOR SANTIAGO SANTANA
Localizado en el Distrito VI de Schamann, por la Barriada homónima.
Santiago Santana nació en 1909 y estudió dibujo y pintura en la Escuela Luján Pérez hasta 1932 en que, pensionado por los Ayuntamientos de Moya y Arucas y el Cabildo Insular, se instaló en París donde estudió la pintura de los impresionistas, cubistas, fauvistas, etc. Al año siguiente se trasladó a Barcelona para iniciarse en el estudio de las cerámicas y en escultura y pudo llevar a efecto su primera exposición individual que estuvo integrada por óleos y dibujos con motivos de la flora autóctona canaria. En 1934 expuso en el Ateneo de Madrid, incluyendo ya algunos de sus característicos desnudos. Durante la guerra civil española expuso su obra en el Hogar del Combatiente de Aranjuez, participando en distintas actividades culturales en beneficio del ejército republicano. En 1940 se instaló definitivamente en Las Palmas de Gran Canaria; expuso obra suya en 1948 y en una antológica, ya en 1973. Fallecería años después, exactamente el 16 de abril de 1996
PASEO TOMAS MORALES
En el Distrito III de Arenales, por la Urbanización de Fincas Unidas.
Calle trazada a mediados del siglo XX que iba a ser como prolongación natural de la entonces de San Francisco, hoy General Bravo y la dedicada al eximio escritor Benito Pérez Galdós. Durante varios años estuvo cortada por un muro de ladrillos y tierra a la altura de lo que hoy es el Instituto Pérez Galdós, hasta que se fue urbanizando el sector ocupado por extensas plataneras y otras tierras agrícolas durante los últimos siglos.
Tomás Morales Castellano (1885 - 1921), poeta y médico, nació en Moya y falleció en Las Palmas. Estudió en el Colegio de San Agustín e hizo la carrera de Medicina en las Universidades de Cádiz y de Madrid, donde durante su estancia se relacionó ampliamente con los cenáculos poéticos más relevantes del entonces.
Ya de nuevo en Gran Canaria se estableció en Agaete en ejercicio de su profesión y en donde se desposó. Obtuvo el primer premio en los Juegos Florales de Las Palmas en 1910 por lo que fue justa y entusiásticamente homenajeado. Falleció a los 36 años de edad.
Del poeta Tomás Morales dijo hace algún tiempo, entre otros autores, el crítico literario Jorge Rodríguez Padrón que, formado en el modernismo y continuador de la línea de Rubén Darío, adaptó el lujo expresivo y musical a los motivos del mar y de su isla natal y fue el fundador de la poesía moderna en Canarias. Su personalidad, admirada por todos los escritores de su tiempo aglutinó en torno suyo a los poetas del modernismo de las islas. Publicó "Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar" y "Las Rosas de Hércules" y la obra teatral "La cena de Bethania", siendo, al decir de la crítica, su poema más ambicioso y mejor logrado la "Oda al Atlántico"
28 de junio de 2010
A modo de prólogo
por Carlos Platero Fernández
No hace mucho se me ha pedido una especie de prólogo para un puñado o haz de cuentos sainetescos, si es que aquí cabe tal definición, boladas (con b ) o chistetes, embriones de un teatro popular canario
Poemario y noticia que yo accedí gustoso a pergeñar, al hilo de algunas ideas que se me ocurrieron al respecto.
En principio el indicar que es bien conocido ya que el cuento, de por sí narración breve, si escrita, generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos característicos su corta extensión, en cuanto a cuento popular pertenece por entero al saber tradicional del pueblo, en donde nace y se desarrolla. Es decir; depende de eso que se ha dado en llamar en estos últimos tiempos , quizás algo abusiva y reiterativamente por un mimetismo seudo literario no siempre correctamente aplicado, el folclore del pueblo y que la mayoría de las veces se intercala o mezcla con los usos y costumbres, las fiestas, bailes, canciones y decires tradicionales que han venido desde siempre de generación en generación.
Aunque, es de significar también que en tratándose del cuento popular que nace en una tradición y se transmite por lo común oralmente, y por ende , salvo muy determinadas excepciones se le suele tener en principio por anónimo en cuanto a determinar autor, creado por el pueblo y por el conservado y transmitido, a veces transformado, actualizado de alguna manera con el paso de tiempo pero manteniendo siempre un fondo común, conservando intrínseco todo su valor, colorido y poder de acaparar la atención del público, de los lectores u oyentes a quienes vaya dirigido. Y en todo caso, lo que a veces puede o debe de haber de variante al narrar o reconstituir del mismo es de imponer a lo que relata un estilo, una especie de sello propio característico o personal.
Quienes del tema se ocupan suelen opinar que el ”cuento” canario es en una de sus variantes aquel”chiste”, “chascarrillo” que puede ser un relato más o menos corto o largo que deja entender un doble sentido o contiene una alusión burlesca o algún disparate o momento vivencial que provoca risa. También, que suele ser similar al”chascarrillo” castellano, de “chasco” voz onomatopéyica, que es en definitiva la anécdota ligera y picante, cuento o cuentecillo agudo, acaso de sentido equívoco y siempre tendente a ser gracioso. Puede ser todo esto y es, naturalmente, mucho más, en cuanto a cuento en sí.
Pero estimo que antes de proseguir debo de tratar de hacer aquí aunque sea una ligera disquisición acerca del cuento, sea particular y específicamente canario o no para así aclarar algo más este concepto, como se puede observar, en sí tan genérico.
El vocablo “cuento”, procedente del latín “computus” que significa precisamente “cuenta” es, entre otras acepciones la acción y el efecto de contar, de narrar o relatar, que es el referir de palabra, por escrito, con imágenes u otros signos o símbolos un suceso, una estampa, una vivencia o un recuerdo, sea verdadero o imaginado. Es decir: narración breve, escrita generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos más característicos el de su corta extensión. Entre los dos conceptos genéricos en que se suele encasillar al cuento, es el que interesa ahora y aquí el que comprende más que al popular, gracioso y satírico, al literario que ya pertenece más bien al propio teatro, al de la comedia antes que al dramático; al de teatro costumbrista, en este caso al específicamente genuino canario, convertido en “entremés”, aquella obra escénica jocosa, de un solo acto que antaño solía representarse entre dos jornadas de la comedia a interpretar, como entretenimiento o diversión
El entremés, ya se ha dicho, se nutre principalmente de dos fuentes: la de la sociedad a la que satiriza jocosamente y la de la literatura oral y escrita con la que suele presentar analogías y diferencias; y se alimenta del cuento gracioso, narración o anécdota cómica, de tipo folclórico en muchos casos
. Es decir, que sin dejar de ser el ancestral cuento, en el caso que aquí interesa se deberá de considerar ya como “sainete”, pieza teatral dramática chistosa o graciosa, en un solo acto y por lo general de carácter popular. Considerándose que la diferencia entre el sainete y el entremés es mínimo, radicando en el lugar de inserción en la comedia, a partir del siglo XVIII se le dio carácter costumbrista y una particular relevancia se convierte ya en breve pieza teatral narrativa, de carácter jocoso cuando no burlesco, a veces con marcado acento sentimental, cuyo origen en nuestro lenguaje castellano dialectal se encuentra en los clásicos entremeses. Y que, parece ser es el estilo en que se deberán de encuadrarse y comentarse ciertos escritos sainetescos porque creo yo que de cuentos en su concepción y origen revertieron por si mismos en indudables sainetes, en escenas breves o historietas, generalmente cómicas para ser intercaladas, o no, en la acción teatral pertinente y a las que alguna vez se las ha estado denominado inapropiadamente “apuntes” con el anglicismo de ”sketch” y aún, “gag”,sin serlo.
Investigadores varios y `psicólogos que han estudiado de alguna forma a la personalidad peculiar y singular del ente canario coinciden en que, frente a las dificultades que puedan surgir sobre él como pueblo insular, hay el gran recurso de recurrir al humor, jovialidad y agudeza que caracterizan al pueblo canario; fino humor a veces hasta sarcástico e irónico que encubre, acaso cierta intrínseca melancolía pero saludable y terapéutico. De lo que se ha dado en considerar y denominar como de un verdadero sabor costumbrista isleño. Sabor que en la actualidad y en la mayoría de los casos está ya lamentablemente, si no del todo olvidado, si arrinconado en el recuerdo, en la memoria de la gente de mayor edad y más bien desconocido de las jóvenes generaciones. Y no es ello precisamente por falta de material literario y didáctico escrito al respecto, que, haberlo, haylo.
Porque, necesario es el reconocerlo, existen hoy en día buenos tratados, específicos y de fácil acceso al público en bibliotecas públicas y algunas privadas acerca del singular léxico canario: Diccionario diferencial del español en Canarias y El Tesoro Lexicográfico de lo mismo, Diccionarios de Canarismos , por citar algunos ejemplos y, desde hace algunos años, velando sobre todo ello la Academia Canaria de La Lengua, centro dedicado a fomentar y estimular el estudio científico de las modalidades lingüísticas de Canarias. Aunque, un tanto pesimista al respecto, tengo para mí que estos singulares tratados y enjundiosos estudios son mayoritariamente desconocidos de la gente joven y estudiantil y, acaso también de la menos joven que apenas lee, como no sean los periódicos de noticias actuales, los deportivos y las revistas del corazón, en estos tiempos de la informática, del transistor, del móvil y de la omnipotente televisión.
Y suelen ser los que hay, excelentes libros y tratados, sesudos reportajes y artículos periodísticos o revisteriles que nos recuerdan entre otras cosas del pasado a aquella particular forma de hablar, a aquel léxico insular costumbrista que en las pasadas centurias aún se hablaba en corralas, portones y barrios de los más típicos de las ciudades isleñas y en los pueblos, villas y pagos o caseríos, que supervivió hasta no hace muchos años, cuando por mor de la industria turística que nos sobrevino se fue abandonando la ancestral agricultura y la pesca artesanal, los poblados de la costa y los caseríos del interior como moradas habituales para súper poblar las ciudades y los focos turísticos de nuestras playas convirtiéndolos en macro urbes absorbentes, en los que ya parece que el alma y ser de nuestros mayores agoniza y se apaga. Perdiéndose así nuestra peculiar forma de hablar, típica y popular, sobre todo de aquellas gentes del agro y del mar canarios, del “mago”, el “mauro”, el “roncote” o “chacalote” que en principio aún heredaron sus descendientes, ya ciudadanos, habitantes de las barriadas que en torno a las poblaciones históricas o al borde de las playas hasta entonces vírgenes se estuvieron conformado, al principio en lenta y luego vertiginosa metamorfosis.
Aquel léxico insular costumbrista que en todas las islas hasta no hace muchos años caracterizó al habla más típica y popular heredada. Formas literario-orales que en los inmediatos tiempos pasados han sido las
“caídas”, que eran las frases y los dichos más comunes y corrientes del pueblo llano y sencillo, expresadas con singular gracia por tal o cual personaje, como dejaron escrito, entre otros autores isleños cuales Santiago Tejera, los hermanos Millares Cubas con su “teatrillo”, el político y periodista “Ángel Guerra”, Benito Pérez Armas y Leoncio Rodríguez por citar a algunos de aquellos más señeros hasta llegar al inigualable Víctor Doreste, uno de los primeros en ensayar lo que se ha terminado en considerar como el sainete canario que con gran parte de su enjundiosa obra cual “Una limonada para el señor”, “La del manojo de tollos”, “En el risco está mi amor”, “Ven acá, vino tintillo”, etc., procuró mantener vivas muchas de las “canariadas” que ya a mediados del pasado siglo XX tendían a perderse con la continua evolución del habla canaria a impulsos de constantes innovaciones foráneas. Y como casi al mismo tiempo bien hubo de recordar el periodista y escritor Francisco Guerra Navarro, “Pancho Guerra” para todos cuantos lo hemos leído y releído en sus resalados “Siete entremeses de Pepe Monagas”, en sus “Memorias y cuentos famosos de Pepe Monagas” y cuya tipología ya dejó bien apuntado en su interesante “Contribución al léxico popular de Gran Canaria”, cuando todavía, como reminiscencia asimismo de los muchos americanismos aportados por los indianos, por ejemplo, se trataba a todo el mundo con el respetuoso “usted” que, por modas, claro está que llegadas de las tierras de la metrópoli peninsular se fue trastocando rápidamente por el no siempre bien educado y si fresco y aún a veces descarado y desconcertante tuteo que hoy impera.
Bien es cierto que, volviendo al tema del genuino y singular léxico de acento canario, algunos otros autores isleños cuales María Dolores de la Fe, Donina Romero, Arturo Navarro Grau, Cirilo Leal, Francisco Osorio, Ángel Camacho Cabrera, Orlando Hernández, Víctor Ramírez, Juan José Romero Hernández entre otros, con sus respectivas y aplaudidas obras literarias y teatrales, cuentos, tragedias, sainetes, relatos, películas y otras variantes de ambiente y cariz costumbrista, por nombrar aquí a algunos de los autores isleños más leídos y escuchados tanto en el teatro y en el cine como en la radio y la televisión canario que hayan compuesto su obra comprendida en este género literario isleño, así como a los letristas y rapsodas de conjuntos musicales folklóricos, son por ello dignos de alabanza y reconocimiento.
Sin omitir o dejar de mencionar aquí también a actores y humoristas de antaño y actuales que a viva voz nos hayan deleitado y nos deleiten con esas geniales “caídas” cuales las “magas “ tinerfeñas seña Pepa y seña María la de las “boladas” y los “magos” Cho Venancio y Cho Juan el de Las Mercedes, Pancho y Carnasión, en muchos casos según guiones de diversos radiofonistas y otros humoristas del pasado. Y las del grancanario Pepe Castellano que recreó al singular Pepe Monagas, Gregorio Martín Díaz, José V. Afonso Perdomo, del inmediato ayer, entre los que hay que incluir necesariamente y en singular al humorista al mismo tiempo que genial dibujante de las últimas décadas del pasado siglo Eduardo Millares Sall que siempre se firmó como su principal creado personaje “Chó Juaa” y que ha sido uno de los artífices de que el genuino y singular humor canario quede recogido y reflejado en los papeles para que no se pierda y de alguna forma se conserve para la posteridad. Director de “El Conduto”, aquel suplemento semanal, al parecer única publicación de marcado cariz satírico que fue tolerada en las islas durante la etapa política franquista. Fue Eduardo Millares polifacético autor que ya desde muy joven, a partir de 1944, estuvo efectuando sus aportaciones artísticas en la prensa y en algunas revistas canarias con una serie de humor que denominó precisamente como “El conduto” (para el lector que desconozca este término isleño, dígase que dicho vocablo, en Canarias se refiere a la comida mejor y más sabrosa como queso, pescado frito, aceitunas en adobo, trozos de cebolla cruda, etc, con lo que se acompañaba y aún se acompaña la otra comida básica como el potaje, las papas etc., según clara definición del Diccionario Diferencial del español en Canarias).
Y añadir aquí, a los humoristas, autores, actores, dibujantes y guionistas más actuales cuales Manolo Vieira, Mario Yáñez Domínguez, Marrero el de Arucas, Juan Luis Calero, los Piedra Pómez, Instinto Cómico convertidos luego En Clave de Ja, etc., y los humoristas gráficos que parece ser que ya arrancan desde un jovencito Benito Pérez Galdós, Diego Crosa, Padrón Noble, J. Morgan, los hermanos López Aguiar, Carlos, Montecruz, etc., entre otros más que siguen saineteando el género, recreando diversos personajes peculiares canarios de una u otra forma, así como los comprendidos ya en un grupo virtual, excéntricos y acaso un tanto casposos, productos todos de los nuevos tiempos que estamos viviendo
En definitiva, autores, actores y letristas que en muchos casos ya han creado escuela, que desde hace años han venido colaborando en prensa, libros, radio, teatro y televisión con numerosos cuentos, comedias costumbristas, sainetes, historietas, chistes gráficos y aún, si acaso “boladas” (con b), chicotes y chistetes que, como se debe de saber son dichos o pequeños relatos, muchas veces surgidos como prontos irónicos o disimuladamente burlones, en definitiva, cuentos de risa en el decir canario; relatos escritos, dibujados, escenificados o a viva voz concebidos con la intención de que tengan gracia, que hagan reír o al menos sonreír con jocosidad.
Por último indicar aquí que, según parece, la obra sainetesca para la que en su día se me pidió colaboración por medio de esta especie de prólogo, por alguna razón que a mí se me escapa no llegó a publicarse, por lo que yo me he tomado la libertad de incluir el presente texto en este blog que, según amables opiniones y pareceres de diversos lectores es bien acogido y visitado.
Las Palmas de Gran Canaria, junio de 2010
No hace mucho se me ha pedido una especie de prólogo para un puñado o haz de cuentos sainetescos, si es que aquí cabe tal definición, boladas (con b ) o chistetes, embriones de un teatro popular canario
Poemario y noticia que yo accedí gustoso a pergeñar, al hilo de algunas ideas que se me ocurrieron al respecto.
En principio el indicar que es bien conocido ya que el cuento, de por sí narración breve, si escrita, generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos característicos su corta extensión, en cuanto a cuento popular pertenece por entero al saber tradicional del pueblo, en donde nace y se desarrolla. Es decir; depende de eso que se ha dado en llamar en estos últimos tiempos , quizás algo abusiva y reiterativamente por un mimetismo seudo literario no siempre correctamente aplicado, el folclore del pueblo y que la mayoría de las veces se intercala o mezcla con los usos y costumbres, las fiestas, bailes, canciones y decires tradicionales que han venido desde siempre de generación en generación.
Aunque, es de significar también que en tratándose del cuento popular que nace en una tradición y se transmite por lo común oralmente, y por ende , salvo muy determinadas excepciones se le suele tener en principio por anónimo en cuanto a determinar autor, creado por el pueblo y por el conservado y transmitido, a veces transformado, actualizado de alguna manera con el paso de tiempo pero manteniendo siempre un fondo común, conservando intrínseco todo su valor, colorido y poder de acaparar la atención del público, de los lectores u oyentes a quienes vaya dirigido. Y en todo caso, lo que a veces puede o debe de haber de variante al narrar o reconstituir del mismo es de imponer a lo que relata un estilo, una especie de sello propio característico o personal.
Quienes del tema se ocupan suelen opinar que el ”cuento” canario es en una de sus variantes aquel”chiste”, “chascarrillo” que puede ser un relato más o menos corto o largo que deja entender un doble sentido o contiene una alusión burlesca o algún disparate o momento vivencial que provoca risa. También, que suele ser similar al”chascarrillo” castellano, de “chasco” voz onomatopéyica, que es en definitiva la anécdota ligera y picante, cuento o cuentecillo agudo, acaso de sentido equívoco y siempre tendente a ser gracioso. Puede ser todo esto y es, naturalmente, mucho más, en cuanto a cuento en sí.
Pero estimo que antes de proseguir debo de tratar de hacer aquí aunque sea una ligera disquisición acerca del cuento, sea particular y específicamente canario o no para así aclarar algo más este concepto, como se puede observar, en sí tan genérico.
El vocablo “cuento”, procedente del latín “computus” que significa precisamente “cuenta” es, entre otras acepciones la acción y el efecto de contar, de narrar o relatar, que es el referir de palabra, por escrito, con imágenes u otros signos o símbolos un suceso, una estampa, una vivencia o un recuerdo, sea verdadero o imaginado. Es decir: narración breve, escrita generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos más característicos el de su corta extensión. Entre los dos conceptos genéricos en que se suele encasillar al cuento, es el que interesa ahora y aquí el que comprende más que al popular, gracioso y satírico, al literario que ya pertenece más bien al propio teatro, al de la comedia antes que al dramático; al de teatro costumbrista, en este caso al específicamente genuino canario, convertido en “entremés”, aquella obra escénica jocosa, de un solo acto que antaño solía representarse entre dos jornadas de la comedia a interpretar, como entretenimiento o diversión
El entremés, ya se ha dicho, se nutre principalmente de dos fuentes: la de la sociedad a la que satiriza jocosamente y la de la literatura oral y escrita con la que suele presentar analogías y diferencias; y se alimenta del cuento gracioso, narración o anécdota cómica, de tipo folclórico en muchos casos
. Es decir, que sin dejar de ser el ancestral cuento, en el caso que aquí interesa se deberá de considerar ya como “sainete”, pieza teatral dramática chistosa o graciosa, en un solo acto y por lo general de carácter popular. Considerándose que la diferencia entre el sainete y el entremés es mínimo, radicando en el lugar de inserción en la comedia, a partir del siglo XVIII se le dio carácter costumbrista y una particular relevancia se convierte ya en breve pieza teatral narrativa, de carácter jocoso cuando no burlesco, a veces con marcado acento sentimental, cuyo origen en nuestro lenguaje castellano dialectal se encuentra en los clásicos entremeses. Y que, parece ser es el estilo en que se deberán de encuadrarse y comentarse ciertos escritos sainetescos porque creo yo que de cuentos en su concepción y origen revertieron por si mismos en indudables sainetes, en escenas breves o historietas, generalmente cómicas para ser intercaladas, o no, en la acción teatral pertinente y a las que alguna vez se las ha estado denominado inapropiadamente “apuntes” con el anglicismo de ”sketch” y aún, “gag”,sin serlo.
Investigadores varios y `psicólogos que han estudiado de alguna forma a la personalidad peculiar y singular del ente canario coinciden en que, frente a las dificultades que puedan surgir sobre él como pueblo insular, hay el gran recurso de recurrir al humor, jovialidad y agudeza que caracterizan al pueblo canario; fino humor a veces hasta sarcástico e irónico que encubre, acaso cierta intrínseca melancolía pero saludable y terapéutico. De lo que se ha dado en considerar y denominar como de un verdadero sabor costumbrista isleño. Sabor que en la actualidad y en la mayoría de los casos está ya lamentablemente, si no del todo olvidado, si arrinconado en el recuerdo, en la memoria de la gente de mayor edad y más bien desconocido de las jóvenes generaciones. Y no es ello precisamente por falta de material literario y didáctico escrito al respecto, que, haberlo, haylo.
Porque, necesario es el reconocerlo, existen hoy en día buenos tratados, específicos y de fácil acceso al público en bibliotecas públicas y algunas privadas acerca del singular léxico canario: Diccionario diferencial del español en Canarias y El Tesoro Lexicográfico de lo mismo, Diccionarios de Canarismos , por citar algunos ejemplos y, desde hace algunos años, velando sobre todo ello la Academia Canaria de La Lengua, centro dedicado a fomentar y estimular el estudio científico de las modalidades lingüísticas de Canarias. Aunque, un tanto pesimista al respecto, tengo para mí que estos singulares tratados y enjundiosos estudios son mayoritariamente desconocidos de la gente joven y estudiantil y, acaso también de la menos joven que apenas lee, como no sean los periódicos de noticias actuales, los deportivos y las revistas del corazón, en estos tiempos de la informática, del transistor, del móvil y de la omnipotente televisión.
Y suelen ser los que hay, excelentes libros y tratados, sesudos reportajes y artículos periodísticos o revisteriles que nos recuerdan entre otras cosas del pasado a aquella particular forma de hablar, a aquel léxico insular costumbrista que en las pasadas centurias aún se hablaba en corralas, portones y barrios de los más típicos de las ciudades isleñas y en los pueblos, villas y pagos o caseríos, que supervivió hasta no hace muchos años, cuando por mor de la industria turística que nos sobrevino se fue abandonando la ancestral agricultura y la pesca artesanal, los poblados de la costa y los caseríos del interior como moradas habituales para súper poblar las ciudades y los focos turísticos de nuestras playas convirtiéndolos en macro urbes absorbentes, en los que ya parece que el alma y ser de nuestros mayores agoniza y se apaga. Perdiéndose así nuestra peculiar forma de hablar, típica y popular, sobre todo de aquellas gentes del agro y del mar canarios, del “mago”, el “mauro”, el “roncote” o “chacalote” que en principio aún heredaron sus descendientes, ya ciudadanos, habitantes de las barriadas que en torno a las poblaciones históricas o al borde de las playas hasta entonces vírgenes se estuvieron conformado, al principio en lenta y luego vertiginosa metamorfosis.
Aquel léxico insular costumbrista que en todas las islas hasta no hace muchos años caracterizó al habla más típica y popular heredada. Formas literario-orales que en los inmediatos tiempos pasados han sido las
“caídas”, que eran las frases y los dichos más comunes y corrientes del pueblo llano y sencillo, expresadas con singular gracia por tal o cual personaje, como dejaron escrito, entre otros autores isleños cuales Santiago Tejera, los hermanos Millares Cubas con su “teatrillo”, el político y periodista “Ángel Guerra”, Benito Pérez Armas y Leoncio Rodríguez por citar a algunos de aquellos más señeros hasta llegar al inigualable Víctor Doreste, uno de los primeros en ensayar lo que se ha terminado en considerar como el sainete canario que con gran parte de su enjundiosa obra cual “Una limonada para el señor”, “La del manojo de tollos”, “En el risco está mi amor”, “Ven acá, vino tintillo”, etc., procuró mantener vivas muchas de las “canariadas” que ya a mediados del pasado siglo XX tendían a perderse con la continua evolución del habla canaria a impulsos de constantes innovaciones foráneas. Y como casi al mismo tiempo bien hubo de recordar el periodista y escritor Francisco Guerra Navarro, “Pancho Guerra” para todos cuantos lo hemos leído y releído en sus resalados “Siete entremeses de Pepe Monagas”, en sus “Memorias y cuentos famosos de Pepe Monagas” y cuya tipología ya dejó bien apuntado en su interesante “Contribución al léxico popular de Gran Canaria”, cuando todavía, como reminiscencia asimismo de los muchos americanismos aportados por los indianos, por ejemplo, se trataba a todo el mundo con el respetuoso “usted” que, por modas, claro está que llegadas de las tierras de la metrópoli peninsular se fue trastocando rápidamente por el no siempre bien educado y si fresco y aún a veces descarado y desconcertante tuteo que hoy impera.
Bien es cierto que, volviendo al tema del genuino y singular léxico de acento canario, algunos otros autores isleños cuales María Dolores de la Fe, Donina Romero, Arturo Navarro Grau, Cirilo Leal, Francisco Osorio, Ángel Camacho Cabrera, Orlando Hernández, Víctor Ramírez, Juan José Romero Hernández entre otros, con sus respectivas y aplaudidas obras literarias y teatrales, cuentos, tragedias, sainetes, relatos, películas y otras variantes de ambiente y cariz costumbrista, por nombrar aquí a algunos de los autores isleños más leídos y escuchados tanto en el teatro y en el cine como en la radio y la televisión canario que hayan compuesto su obra comprendida en este género literario isleño, así como a los letristas y rapsodas de conjuntos musicales folklóricos, son por ello dignos de alabanza y reconocimiento.
Sin omitir o dejar de mencionar aquí también a actores y humoristas de antaño y actuales que a viva voz nos hayan deleitado y nos deleiten con esas geniales “caídas” cuales las “magas “ tinerfeñas seña Pepa y seña María la de las “boladas” y los “magos” Cho Venancio y Cho Juan el de Las Mercedes, Pancho y Carnasión, en muchos casos según guiones de diversos radiofonistas y otros humoristas del pasado. Y las del grancanario Pepe Castellano que recreó al singular Pepe Monagas, Gregorio Martín Díaz, José V. Afonso Perdomo, del inmediato ayer, entre los que hay que incluir necesariamente y en singular al humorista al mismo tiempo que genial dibujante de las últimas décadas del pasado siglo Eduardo Millares Sall que siempre se firmó como su principal creado personaje “Chó Juaa” y que ha sido uno de los artífices de que el genuino y singular humor canario quede recogido y reflejado en los papeles para que no se pierda y de alguna forma se conserve para la posteridad. Director de “El Conduto”, aquel suplemento semanal, al parecer única publicación de marcado cariz satírico que fue tolerada en las islas durante la etapa política franquista. Fue Eduardo Millares polifacético autor que ya desde muy joven, a partir de 1944, estuvo efectuando sus aportaciones artísticas en la prensa y en algunas revistas canarias con una serie de humor que denominó precisamente como “El conduto” (para el lector que desconozca este término isleño, dígase que dicho vocablo, en Canarias se refiere a la comida mejor y más sabrosa como queso, pescado frito, aceitunas en adobo, trozos de cebolla cruda, etc, con lo que se acompañaba y aún se acompaña la otra comida básica como el potaje, las papas etc., según clara definición del Diccionario Diferencial del español en Canarias).
Y añadir aquí, a los humoristas, autores, actores, dibujantes y guionistas más actuales cuales Manolo Vieira, Mario Yáñez Domínguez, Marrero el de Arucas, Juan Luis Calero, los Piedra Pómez, Instinto Cómico convertidos luego En Clave de Ja, etc., y los humoristas gráficos que parece ser que ya arrancan desde un jovencito Benito Pérez Galdós, Diego Crosa, Padrón Noble, J. Morgan, los hermanos López Aguiar, Carlos, Montecruz, etc., entre otros más que siguen saineteando el género, recreando diversos personajes peculiares canarios de una u otra forma, así como los comprendidos ya en un grupo virtual, excéntricos y acaso un tanto casposos, productos todos de los nuevos tiempos que estamos viviendo
En definitiva, autores, actores y letristas que en muchos casos ya han creado escuela, que desde hace años han venido colaborando en prensa, libros, radio, teatro y televisión con numerosos cuentos, comedias costumbristas, sainetes, historietas, chistes gráficos y aún, si acaso “boladas” (con b), chicotes y chistetes que, como se debe de saber son dichos o pequeños relatos, muchas veces surgidos como prontos irónicos o disimuladamente burlones, en definitiva, cuentos de risa en el decir canario; relatos escritos, dibujados, escenificados o a viva voz concebidos con la intención de que tengan gracia, que hagan reír o al menos sonreír con jocosidad.
Por último indicar aquí que, según parece, la obra sainetesca para la que en su día se me pidió colaboración por medio de esta especie de prólogo, por alguna razón que a mí se me escapa no llegó a publicarse, por lo que yo me he tomado la libertad de incluir el presente texto en este blog que, según amables opiniones y pareceres de diversos lectores es bien acogido y visitado.
Las Palmas de Gran Canaria, junio de 2010
21 de junio de 2010
El sepulturero timorato
Un cuento de Carlos Platero
Desaparecía lentamente la tarde cuando los últimos deudos y amigos del finado abandonaban el cementerio, por el sendero de las yedras, rumbo a la Placetilla de Los Reyes.
El firmamento encapotado por grisáceas, compactas masas de nubes contribuía a oscurecer más el ambiente. Y el tétrico recinto, lugar de descanso para los cuerpos sin vida hasta el llegados y allí depositados aparecía ya envuelto en una melancólica penumbra.
Un viento recio, procedente de las entonces como difuminadas Isletas sacudía las bamboleantes pencas de las cercanas plataneras en rachas constantes; y producía sonidos misteriosos, lúgubres al deslizarse entre los nichos, sobre las tumbas y azotar inmisericorde a enhiestas cruces, lápidas y monumentos alegóricos de los marmóreos mausoleos.
Las estatuas que se esparcían acá y acullá en el recinto del camposanto parecían cobrar vida propia a medida que la oscuridad iba en crecimiento. Tan solo algunos oscilantes faroles o lamparillas de mortecinas y parpadeantes luces amarillentas sobre el inevitable aceite iluminaban de trecho en trecho el pie de una tumba, la lápida de algún nicho o la fisonomía extraña de una estatua en posición orante.
Y la suma de todos aquellos detalles contribuían a dar aspecto más sobrecogedor al cementerio municipal.
Maestro Antonio, al sentirse solo en el recinto miró una vez más con aprensión a su alrededor. Él no era un valiente precisamente. Su carácter apocado, timorato y pusilánime le hacía temblar de miedo siempre
que entraba en el lugar en que descansaban ya para la eternidad las víctimas de la muerte. Y ello resultaba bastante paradójico en el buen hombre dado que su oficio era precisamente el de enterrador. Nunca lograba sentirse tranquilo cuando realizaba su obligatorio trabajo. Trabajo que si lo ejercía como funcionario del Ayuntamiento se debía a la perentoria necesidad de ganarse un sueldo con el que poder vivir. Y aquello de trabajar para la muerte con afán y necesidad de vida...
Cuando se quedaba solo en el cementerio, le parecía como que algunas de las losas que cubrían las tumbas se removían y de dentro de los nichos creía oír voces, lamentos, constantes cuchicheos.
Por todo lo que, para cobrar ánimos y poder realizar con cierta serenidad sus tareas de sepulturero solía llevar consigo una botellita aplanada, de bolsillo con reconfortante ron de caña del país, la cual, invariablemente vaciaba antes de abandonar el cementerio.
Pero, aquel atardecer grisáceo y frío, de manera incomprensible, descuido imperdonable había olvidado tan gran estimulante. Y ello le resultó fatal.
Muy poco después de que en aquel melancólico atardecer otoñal el último acompañante del entierro traspusiera las verjas de entrada al recinto, maestro Antonio aprestó los útiles necesarios para clavar las tablas que de forma provisional taponarían con la consabida lápida mortuoria la entrada del nicho acabado de ocupar.
La noche era llegada y el viento arreciaba en sus ráfagas húmedas y frías por lo que el medroso sepulturero se arrebujó en su amplia capa de abrigo y ayudado por la débil y oscilante luz del farol que a duras penas pudo encender, dio comienzo a la rutinaria tarea...
Los sordos golpes del martillo contra las cabezas de los clavos y las tablas, resonaban más bien lúgubres, temerosos más que en sus oídos, en el atormentado cerebro del buen hombre que ni se atrevía a
A mirar detrás de sí, por más que en una que otra ocasión le pareció allí oír como algún apagado susurro, algún ahogado lamento de acentos prolongados procedentes de las tumbas y nichos que lo rodeaban.
A pesar del frío que el fuerte viento originaba a aquella hora ya más nocturna que crepuscular, maestro Antonio sudaba y bien advertía que sus miembros temblaban más de miedo y aprensión al lugar y a la hora que al mismo fresco ambiente. Y se palpaba de cuando en cuando el bolsillo trasero del pantalón para cerciorarse una y otra vez que no estaba allí, consoladora la ansiada medicina con que combatir el miedo que, como siempre, en tal situación lo invadía.
Suspiró al cabo de haber pasado los minutos. Ya le faltaba poco para concluir la ingrata obligación laboral. Aunque, sus aprensiones y recelos parecían ir en incontenible aumento.
Se figuraba escuchar pasos de pisadas leves, sollozos, gemidos, voces plañideras que susurraban a su espalda incomprensibles y tétricas sentencias. Y sentía físicamente como el sudor frío, húmedo y pegajoso le recorría el tembloroso cuerpo.
Y faltándole ya muy pocos clavos que colocar para sujetar convenientemente la tablazón, aumento su aún confuso pero creciente terror el que, debido a una súbdita racha del fuerte viento se le apagase la luz del farol...
No tuvo ánimos para encenderlo de nuevo y, ya a tientas procuró colocar los últimos clavos.
Temblaba ya con sacudidas violentas al recoger del suelo, tanteando los útiles allí empleados.
¡Y cuando se disponía a retornar a la seguridad de las mal iluminadas calles de Vegueta se sintió de repente sujeto por la espalda!... Emitió un alarido y con frenéticos movimientos trató de soltarse extendiendo tras de si las trémulas manos para agarrar la capa.
Creyó oír una siniestra risotada, de tonos jubilosos, que se mofaba de él, tirando de sus ropajes.
Luchó el timorato sepulturero unos momentos más con supremo desespero, pero la garra que lo apresaba no parecía querer soltarlo y, ya enloquecido de terror, su garganta trémula emitió un último penetrante y angustioso alarido... Mil luces brillaron simultáneas en su cerebro y, aflojando los tensos músculos se derrumbó pesadamente.
Quienes a primeras horas de la mañana siguiente entraron en el cementerio de más allá de las plataneras encontraron a Maestro Antonio sin vida, caído en grotesca postura al pie del último nicho tapado, claveteado por él.
Su rostro de facciones desencajadas conservaba todavía una mueca de supremo terror. Y sus manos, engarfadas como garras parecían todavía tratar de tirar de la capa, sujeta a la tapa del nicho por el último clavo.
f i n
Desaparecía lentamente la tarde cuando los últimos deudos y amigos del finado abandonaban el cementerio, por el sendero de las yedras, rumbo a la Placetilla de Los Reyes.
El firmamento encapotado por grisáceas, compactas masas de nubes contribuía a oscurecer más el ambiente. Y el tétrico recinto, lugar de descanso para los cuerpos sin vida hasta el llegados y allí depositados aparecía ya envuelto en una melancólica penumbra.
Un viento recio, procedente de las entonces como difuminadas Isletas sacudía las bamboleantes pencas de las cercanas plataneras en rachas constantes; y producía sonidos misteriosos, lúgubres al deslizarse entre los nichos, sobre las tumbas y azotar inmisericorde a enhiestas cruces, lápidas y monumentos alegóricos de los marmóreos mausoleos.
Las estatuas que se esparcían acá y acullá en el recinto del camposanto parecían cobrar vida propia a medida que la oscuridad iba en crecimiento. Tan solo algunos oscilantes faroles o lamparillas de mortecinas y parpadeantes luces amarillentas sobre el inevitable aceite iluminaban de trecho en trecho el pie de una tumba, la lápida de algún nicho o la fisonomía extraña de una estatua en posición orante.
Y la suma de todos aquellos detalles contribuían a dar aspecto más sobrecogedor al cementerio municipal.
Maestro Antonio, al sentirse solo en el recinto miró una vez más con aprensión a su alrededor. Él no era un valiente precisamente. Su carácter apocado, timorato y pusilánime le hacía temblar de miedo siempre
que entraba en el lugar en que descansaban ya para la eternidad las víctimas de la muerte. Y ello resultaba bastante paradójico en el buen hombre dado que su oficio era precisamente el de enterrador. Nunca lograba sentirse tranquilo cuando realizaba su obligatorio trabajo. Trabajo que si lo ejercía como funcionario del Ayuntamiento se debía a la perentoria necesidad de ganarse un sueldo con el que poder vivir. Y aquello de trabajar para la muerte con afán y necesidad de vida...
Cuando se quedaba solo en el cementerio, le parecía como que algunas de las losas que cubrían las tumbas se removían y de dentro de los nichos creía oír voces, lamentos, constantes cuchicheos.
Por todo lo que, para cobrar ánimos y poder realizar con cierta serenidad sus tareas de sepulturero solía llevar consigo una botellita aplanada, de bolsillo con reconfortante ron de caña del país, la cual, invariablemente vaciaba antes de abandonar el cementerio.
Pero, aquel atardecer grisáceo y frío, de manera incomprensible, descuido imperdonable había olvidado tan gran estimulante. Y ello le resultó fatal.
Muy poco después de que en aquel melancólico atardecer otoñal el último acompañante del entierro traspusiera las verjas de entrada al recinto, maestro Antonio aprestó los útiles necesarios para clavar las tablas que de forma provisional taponarían con la consabida lápida mortuoria la entrada del nicho acabado de ocupar.
La noche era llegada y el viento arreciaba en sus ráfagas húmedas y frías por lo que el medroso sepulturero se arrebujó en su amplia capa de abrigo y ayudado por la débil y oscilante luz del farol que a duras penas pudo encender, dio comienzo a la rutinaria tarea...
Los sordos golpes del martillo contra las cabezas de los clavos y las tablas, resonaban más bien lúgubres, temerosos más que en sus oídos, en el atormentado cerebro del buen hombre que ni se atrevía a
A mirar detrás de sí, por más que en una que otra ocasión le pareció allí oír como algún apagado susurro, algún ahogado lamento de acentos prolongados procedentes de las tumbas y nichos que lo rodeaban.
A pesar del frío que el fuerte viento originaba a aquella hora ya más nocturna que crepuscular, maestro Antonio sudaba y bien advertía que sus miembros temblaban más de miedo y aprensión al lugar y a la hora que al mismo fresco ambiente. Y se palpaba de cuando en cuando el bolsillo trasero del pantalón para cerciorarse una y otra vez que no estaba allí, consoladora la ansiada medicina con que combatir el miedo que, como siempre, en tal situación lo invadía.
Suspiró al cabo de haber pasado los minutos. Ya le faltaba poco para concluir la ingrata obligación laboral. Aunque, sus aprensiones y recelos parecían ir en incontenible aumento.
Se figuraba escuchar pasos de pisadas leves, sollozos, gemidos, voces plañideras que susurraban a su espalda incomprensibles y tétricas sentencias. Y sentía físicamente como el sudor frío, húmedo y pegajoso le recorría el tembloroso cuerpo.
Y faltándole ya muy pocos clavos que colocar para sujetar convenientemente la tablazón, aumento su aún confuso pero creciente terror el que, debido a una súbdita racha del fuerte viento se le apagase la luz del farol...
No tuvo ánimos para encenderlo de nuevo y, ya a tientas procuró colocar los últimos clavos.
Temblaba ya con sacudidas violentas al recoger del suelo, tanteando los útiles allí empleados.
¡Y cuando se disponía a retornar a la seguridad de las mal iluminadas calles de Vegueta se sintió de repente sujeto por la espalda!... Emitió un alarido y con frenéticos movimientos trató de soltarse extendiendo tras de si las trémulas manos para agarrar la capa.
Creyó oír una siniestra risotada, de tonos jubilosos, que se mofaba de él, tirando de sus ropajes.
Luchó el timorato sepulturero unos momentos más con supremo desespero, pero la garra que lo apresaba no parecía querer soltarlo y, ya enloquecido de terror, su garganta trémula emitió un último penetrante y angustioso alarido... Mil luces brillaron simultáneas en su cerebro y, aflojando los tensos músculos se derrumbó pesadamente.
Quienes a primeras horas de la mañana siguiente entraron en el cementerio de más allá de las plataneras encontraron a Maestro Antonio sin vida, caído en grotesca postura al pie del último nicho tapado, claveteado por él.
Su rostro de facciones desencajadas conservaba todavía una mueca de supremo terror. Y sus manos, engarfadas como garras parecían todavía tratar de tirar de la capa, sujeta a la tapa del nicho por el último clavo.
f i n
11 de junio de 2010
Un amor infausto
Vaya hoy de cuentos. El siguiente que, con otros que proyecto editar aquí de cuando en cuando, escribí ya hace bastantes años.
UN AMOR INFAUSTO
Aridaman, “cabra salvaje” desciende desde la cima de la montaña.
El joven canario, cuerpo de atleta apenas cubierto de unas pieles, viene satisfecho porque la caza ha sido fructífera.
Mucho madrugó Aridaman. Y el sol está ahora en lo alto, sobre Tamaran, bañando con sus rayos las copas de los pinos, las cresta brillantes de las grandes rocas, la superficie del mar sereno allá abajo.
Aridaman ha cazado en los lindes del pinar y en la cumbre de la frondosa montaña desde donde pudo contemplar gran parte de la isla, de la Tamaran amada. Ha sentido añoranza al divisar valles, lomas, barrancos y montañas que él no puede recorrer en la actualidad sin grandes riesgos.
Ahora es un proscrito. Ahora todo pertenece ya al pasado. A un pasado que no puede, que no debe de añorar.
Está ya cerca de su inmediato destino. Desciende ágil al cauce del corto pero profundo barranco que se abre a sus pies. Ya divisa la cueva, ya pisa la plataforma rocosa, balconada natural al abismo formado en donde el pinar termina. Ya contempla allá abajo el mar inmenso y el dilatado horizonte fundido con el cielo enfrente.
Se detiene intrigado. No hay señales de vida en la cuevas. El fuego está apagado, ninguna cabra merodea por los alrededores, no se oyen los llantos o las risas del niño ni los melancólicos cantos de Guanarima.
Penetra el joven en la vivienda semioculta por espesas masas de matorrales. Nadie a la vista.
Al pie de la fuentecilla de agua clara y fresca que mana constante a través de natural filtro en la rocas, unas pieles y una tabona, la cuchilla de lasca pétrea que suelen usar para curtirlas y adornarlas aparecen abandonadas allí, de cualquier forma.
Ligeramente inquieto, Aridaman llama:
- ¡Guanarima!... ¡Guanarima!...
Tan solo el eco de su propia voz responde.
Pensativo, se deshace de la carga de carnes todavía tibias y sanguinolentas. Deposita sus primitivas y rudimentarias armas en un rincón de la cueva y, atalayando desde la plataforma de la entrada vuelve a llamar a la mujer:
- ¡Guanarima!... ¿En donde estás?...
Y con gran alivio oye la voz de su compañera que desde algún escondrijo lo llama a su vez:
- ¡Aridaman!... ¡Aridaman!... Estoy aquí arriba, en el pinar.
Por encima de la cueva, en donde las raíces de los añosos pinos escarban en vacío divisa al fin el hombre el rostro de la mujer.
- ¿Estás bien?... – y continúa interrogante - ¿Y el niño?... ¿Por qué has subido ahí?...¿No te tengo dicho...?
- No grites tanto, Aridaman,- le interrumpe ella con voz contenida .- Ven. Y procura no hacer ruido ni ser visto.
Aridaman mira receloso en derredor.
Todo el familiar paisaje aparece igual que siempre, solitario, tranquilo, con los habituales rumores del bosque y del mar abajo tan solo.
Tomando firmemente el magado que es bastón y temible arma a la vez asciende el joven la difícil ladera hasta llegar a las musgosas rocas que se confunde ya con la fronda del pinar. Escondida entre ellas, con el niño dormido en brazos está Guanarima. Su hermoso semblante se nubla y silenciosas lágrimas brotan de sus azules ojos.
Sin decir de momento nada se sienta él a su lado y le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola cariñosamente hacia si.
Guanarima apoya la cabeza en el pecho del hombre amado y siempre con el niño apretado contra sí torna a llorar con renovada aflicción.
Aridaman, preocupado la deja desahogarse, interrogándose a su vez en su interior. ¿Qué nuevo peligro les acecha ahora?... Y un sentimiento de amargura y de impotencia a la vez vá adueñándose de su ser.
En tanto ella llora, ahora apacible, flojos los nervios rato antes excitados, él en rápida secuencia de visiones y pensamientos revive una vez más en su mente los hechos, las causas que condujeron a ambos amantes a su actual situación y forma de vida.
Aridaman era de noble estirpe, como nobles habían sido su padre y el padre de su padre. En ritual ceremonia, cuando su tiempo fue llegado y su cabellera orgullosamente larga descansaba en los musculosos hombros del todavía joven adolescente, se la cortaron por debajo de las orejas. Y ante el Guanarteme reinante entonces en Tamaran y con el Sabor de los Guayres reunido, recibió de manos del poderoso Faycan el magado guerrero ye ya anteriormente usaran sus mayores. Y juró que nunca había robado en tiempos de paz, ni maltratado ni mal mirado a mujer ni anciano, ni entrado en corral ajeno, ni descuartizado animal con sus manos, ni confeccionado comida o molido cebada...
Como ya entraba en la edad viril, con la ceremonia descrita pasó a ser noble entre los nobles, guerrero entre los guerreros por derecho y merecimientos pues de todos era ya conocido, querido y admirado. Las mujeres, sobre todo las doncellas lo miraban con singular afecto y él andaba de una en otra, tan inconstante y veleidoso en el amor como esforzado y valiente en la pelea.
Pero, un día... Aridaman se enamoró, amó de verdad, sin reservas ni tibiezas.
Sucedió que,...
Después de las Sementeras, al finalizar el verano, las sequías pertinaces eran las plagas más amenazantes que pendían de siempre sobre la paz y la felicidad de la paradisíaca Tamaran. Y se efectuaban ritualmente fervorosas rogativas pidiendo la lluvia bienhechora.
Reunidos en el Tagoror el Guanarteme, el Gran Faycan y la totalidad del Sabor de los Guayres del reino, con todo el pueblo silencioso y grave en derredor, tras haber derramado en lo alto de la Montaña Sagrada la leche recién ordeñada de las cabras blancas como invocación propiciatoria, las virginales harimaguadas, sacerdotisas dedicadas al Culto en el aislamiento de sus grutas cenobios acudían ante el pueblo canario con cánticos, plegarias y ritos sagrados a demandar la gracia del agua caída del cielo a su dios supremo Alcorac, el Grande, el Dueño y Hacedor de la raza canaria y de la isla.
Y como final del litúrgico acto, entonando más y más cánticos y oraciones descendían todos hasta la cercana playa y adentrándose ellas en el mar golpeaban la superficie líquida con ramas de palmeras.
En el transcurso de una de tales rituales ceremonias fue cuando cambió el destino de Aridaman, el guerrero. Una de las doncellas harimaguadas, la más gentil y joven lanzando un pequeño y como mal contenido grito de susto dio un traspiés y cayó en las aguas; quizás no tanto debido al causal tropezón como por intencionada pero disimulada idea de gozarse con el refrescante baño, a ella como mujer y vestal ante hombres prohibido.
Aridaman, cercano al incidente, presuroso y galante ayudó a la joven a levantarse. Y sintió por unos gozosos instantes palpitar el esbelto cuerpo junto al suyo... Y contempló muy próximo el hermoso y juvenil rostro, con gesto risueño y malicioso...
Y desde aquel mismo instante la amó. Con un amor silencioso, en breve abrasador en su pecho, aunque sabiéndolo insensato por imposible. Las leyes canarias eran bien explicitas en tales casos: Quien amase o intentase enamorar a una harimaguada sería ajusticiado, desriscado desde lo más alto de la Montaña del Sacrificio. Y ella, consentidora o no de tal pasión, aunque la seducción no se hubiese realizado ni la fomentase perecería lapidada por la justicia del pueblo.
Preso en las redes de aquel repentino e impetuoso sentimiento amoroso, Aridaman procuraba asistir a toda concentración o ceremonia religiosa en la que las vírgenes canarias hiciesen acto de presencia y se recreaba en la muda y ferviente contemplación de la amada imposible. Pero, no logró disimular tanto aquella fogosa pasión que lo dominaba que la que la originaba no terminase por advertirla y el amor recíproco prendió también en ella . Y aquella llamarada emocional que los poseyó amenazaba desbordarse impetuosa, incontenible y fatal.
Bien que suponía o suponía muy peligroso el juego de aquel amor, pero se dejaba enredar en el. Era hija del Gran Faycan, con sangre de guanartemes en sus venas, predestinada desde la infancia al sacerdocio. Su anciano padre ponía en ella todas sus complacencias viéndola ya convertida en Sacerdotisa Mayor, el más alto destino reservado a la mujer en el pueblo isleño.
Si; aquel amor mutuo despertado y desarrollado en los corazones de ambos jóvenes era una locura. Sin embargo, ninguno de los dos protagonista cejaban en soñar el uno con el otro y resultaba ya peligroso cuando sus miradas se cruzaban fugaces. Pronto el disimulo resultaría difícil de mantener.
Y algo sucedió incrementando la situación.
Aridaman, en su calidad de noble y guerrero fue con otros más destinado para relevar a quienes hacían perenne guardia alrededor del cenobio en que habitualmente residía su amada. La misión de aquellos centinelas era impedir que el pueblo se aproximase a las allí recluidas; que bajo ningún concepto no se las importunase en su virginal retiro.
Desde las cuevas garita escalonadas estratégicamente alrededor del cavernícola cenobio el joven enamorado pudo así contemplar a placer a la dueña de su corazón cuando ella con sus compañeras o a solas paseaba, deambulaba por los alrededores. Y así se sentía un poco más feliz, dentro de la amarga soledad que lo afligía.
A su vez, pronto descubrió Guanarima al amado imposible entre los renovados guardianes. Y la sutil amenaza de la tragedia que los rondaba se acentuó.
Una noche en la que la luna iluminaba con su lechosa y suave luz todo el paisaje de la adormecida Tamaran, Aridaman en su puesto de guardia, mirando a las estrellas, soñaba como de costumbre con Guanarima, la dueña ya imperecedera de su contristado corazón. Y tan fuertes eran sus sueños que no se sorprendió en demasía cuando una alba y como irreal aparición se le adentró por la reducida cueva.
Guanarima, burlando vigilancias, al amparo de la noche saliera impulsiva de su cubículo habitual para encontrarse con quien su corazón ardoroso ya deseaba.
Los dos amantes se miraron, se sonrieron mutuamente y felices, jadeantes, olvidados de todo lo que no fuesen ellos mismos, con las manos entrelazadas y susurros y caricias pasaron horas inolvidables.
Las nocturnas reuniones se sucedieron. Pero la situación creada que originaban aquellas secretas entrevistas, bien sabían con un atisbo de razón que ya resultaba insostenible y bien que a su pesar lo comprendían asi ambos jóvenes en su ceguera amorosa.
Una noche, en brazos de Aridaman, hablaba entre suspiros Guanarima:
- Este estado de cosas resulta ya imposible. Yo no puedo vivir ocultando más tiempo nuestro amor...
- Bien sabes, hermosa Guanarima, - respondía él compungido – que cada día que pasa se aviva más mi cariño hacia ti, si esto es posible... Pero, ¿Qué podemos hacer como hasta ahora sino ocultarnos de todos?... Las leyes de nuestros mayores son tajantes, no admiten soluciones fáciles. ¡Solo la muerte nos espera al final!...Cruel muerte, pensando en ti.
Ella se estremeció, apretándose más contra su amante.
- La muerte,... Yo no la deseo. Pero, de venir, que sea a tu lado.
Permanecieron silenciosos unos instantes, acariciándose mutuamente, al cabo de los cuales fue la harimaguada quien reanudó el diálogo.
- Vivir... –suspiró- ¡Vivir toda la vida contigo, siempre unidos por nuestro amor...!
- Mientras haya en mi cuerpo vida, -suspiraba a su oído Aridaman – mi cariño te pertenecerá... Parece como si estuviésemos viviendo en un continuo sueño,... Este amor es imposible,... Tu eres una descendiente real, eres sacerdotisa de Alcorac y estás predestinada a los más altos cargos...
- Yo no ansío el cenobio. ¡Odio esta vida de eterna reclusión!...- y cambiando de tono – Tu eres noble, mas si trasquilado y aún impuro fueses yo te amaría igual. ¡Óyeme!... ¿por qué no huimos?. Alejémonos de este pueblo que con sus costumbres y sus leyes no nos permite la felicidad!
- ¿Huir?... – la tomó él de las manos – Bien dices sí, amada mía; pero...
- Si, Aridaman. Refugiémonos en las montañas, en los riscos de las cumbres, en lo más intrincado de los
bosques o en lo más escondido de desconocidas playas, en donde nadie pueda llegar para turbar nuestro amor.
Aridaman acarició a la doncella, enternecido.
Raptar a la amada y escaparse a vivir libres en algún ignorado rincón de la isla...
- ¡Huir! ... ¡Vivir tu y yo solos y felices! , -su rostro se contrajo con un gesto de preocupación – No. Tu padre nos habría de perseguir hasta el último escondrijo.
- Pues, pienso yo que esa es la única solución a nuestro malvivir actual ... El único medio de poder vivir dichosos el resto de nuestros días
Aridaman vacilaba, cavilaba. No temía por la suerte que a él pudiese corresponderle si como fugitivos los apresasen. Dudaba ante el pensamiento de la deshonra pública de su amada, de la muerte fatal a la que la iba a comprometer de acogerse a aquel arriesgado plan. Pero, huir parecía ser la única solución, sí. Y había que decidirse. Su mutuo y fogoso amor así lo exigía.
Y, por fin, una noche de aquellas en que estaban los amantes reunidos,...
- Pues bien; está decidido, - la informó rotundo.- Querida Guanarima, te prometo que escaparemos de esta muerte que sería nuestra vida sin amor entre los de nuestro pueblo. Tu y yo fundaremos en algún lugar de la isla una nueva raza libre, feliz.
El joven guerrero se encargó de prepararlo todo. Habían de elegir el momento mas propicio, siempre durante la noche. Él conocía sendas, escalas y refugios ignorados de la mayoría de sus congéneres.
Y pocas jornadas después la doncella harimaguada y el noble guerrero guardián desaparecieron del cenobio y del poblado.
Grande fue el revuelo que se originó al conocerse la fuga de los dos amantes. El Faycan, enfurecido lanzó partidas de hombres armados en busca de su hija y su presunto raptor. Infructuosas resultaron las batidas desarrolladas. Se recorrieron las costas. Se descendió a los más profundos e intrincados y siniestros barrancos, se escalaron las agrestes montañas y se escudriñaron los extensos bosques, todo sin éxito alguno. Por lo que lo novedoso del episodio y el escándalo originado acabaron por menguar un tanto en su intensidad inicial y al cabo de algún tiempo, paulatinamente, cesó la pertinaz búsqueda, aunque no fuese el suceso olvidado completamente, sobre todo por el considerado ultrajado Faycán.
Tal es el retazo del reciente pasado que por unos instantes rememora el joven Aridaman en este recóndito paraje de Tamaran, enclavado en una de las partes más altas y escabrosas de la isla, teniendo a la harimaguada y al niño, fruto de tan accidentado amor en los brazos.
Ya más sosegada, Guanarima contempla amorosa a la criatura que ha vuelto a dormirse y sonríe maternal. Mas el recuerdo de un peligro actual, latente y amenazador nubla de nuevo su hermoso semblante. Mira asustada a su compañero.
- ¡Aridaman!... Tenemos que huir otra vez... Tenemos que alejarnos de este paraje.
- ¿Qué dices, mi adorada Guanarima?... – inquiere él, preocupado.
- ¡Hemos sido descubiertos!
- ¿Cómo?... ¿Qué es lo que ha pasado durante mi ausencia?.
Guanarima deposita con sumo mimo y cuidado al pequeño durmiente en el hueco cercano de una roca.
- Esta mañana, después de tu partida y de asear yo la cueva y repasar las últimas pieles que trajiste, mientras Tamayedra dormía, estando ordeñando la cabra oí voces que hablaban muy cerca de mí, en la ladera...
- ¿En el risco?,... – interrumpe él frunciendo el ceño en gesto estupefacto.
- Si; por el que da al mar. Dos mozos, creo que uno de ellos Bentagache el hijo de Adamiga de Agayte, con sendos troncos de tea al hombro subían como verdaderas cabras. Supuse que para tratar de cumplir alguna apuesta pretendían clavar los palos en lo más alto de esta parte del risco... Pero, al verme a mí dejaron caer los troncos, acaso sorprendidos por mi inesperada presencia y, contraviniendo las leyes me hablaron: “¿No eres tú Guanarima la harimaguada, la hija del Gran Faycan de Agáldar?”...
- Sigue, sigue... le apremió Aridaman - ¿Qué pasó después?.
- Pues que Bentagache, mas decidido que su compañero siguió acercándose y preguntando: “Y Aridaman, ¿No está aquí, contigo?... Pretendió tomarme de una mano... No sé como tuve fuerzas pero conseguí coger un palo encendido de la hoguera en que se asaba el conejo... Le quemé en la cara. El otro mozo pareció decidirse e intentó tocarme y lo rechacé también con la tea encendida, gritando...Por fin, ante los alaridos que daba Bentagache, retrocedieron por la senda que a través del risco dices tú que lleva a Aregayeda... Aún oí que al alejarse gritaban: “¡Volveremos con los de Agáldar!... ¡Esta vez no lograras escapar a la justicia del pueblo!”...- y finaliza la relación gimiendo - ¡Oh, ha sido horrible!
- Aridaman la acaricia afectuoso.
- Cálmate, cálmate... Ya pasó todo. No tengas temor.
- Y ella prosiguió, algo más serena:
- Solté las cabras, apagué el fuego, cogí el niño y me vine para estas alturas a esperar tu regreso – toma las manos de su compañero - ¡Tenemos que escapar, Aridamán!... Marchémonos de aquí antes de que vengan los guerreros.
Él procura calmarla en su aflicción con tiernas caricias, atrayéndola una y otra vez hacia sí y aunque esta interiormente alarmado, procura disimularlo y hace lo posible para que ella se tranquilice.
- No temas. No nos cogerán. Partiremos ahora mismo hacia un lugar aislado en donde no lograran encontrarnos jamás. Iremos al Faneque, en donde tengo por allí previsor y seguro refugio. Y, más adelante habremos de trasladarnos por lo más escabroso de las montañas hacia los grandes barrancos de la comarca de Atrahanaca...
- Y después de unos momentos de silencio, continuó, animoso
- El escondite de el Faneque que yo suelo visitar de cuando en cuando al ir de caza, está bien provisto de agua, leña para el fuego y otras provisiones en cantidad suficiente para permanecer allí largo tiempo.
- Con aquellas frases de consuelo y aliento la joven madre, atendiendo solicita en todo momento al niño durmiente, se serena un tanto.
- En amplio zurrón carga Aridaman lo indispensable para la precipitada fuga y así la familia inicia el éxodo rumbo al alto y aislado roque Faneque unido a tierra firme por estrecho y peligroso paso, coloso de piedra, árboles y maleza por una parte, la que le une al frondoso pinar y árido, agreste y riscado por la que se abre en impresionante acantilado al mar que baña su base allá abajo.
- La pareja, él con varios útiles sobre las espaldas y una amodaga y el magado enarbolados y ella con un hatillo conteniendo lo imprescindible de rudimentarios útiles domésticos y el niño sujeto con pieles terciado a la cadera.
- Aridaman, al mismo tiempo, avezado a recorrer bosques y montañas va a la zaga procurando borrar o disimular lo mejor posible las huellas de su presuroso paso.
- Un corte impresionante, más allá de un precipitado barranco, singulariza más todavía al paisaje y aísla por completo al imponente risco a donde la pareja en fuga se dirige.
- Aridaman, buscando los pasos más accesibles para Guanarima, la va guiando con seguridad y aplomo hacia la salvación que para ellos va a ser el alto roque. Por estrechas y disimuladas sendas, a veces al borde del impresionante precipicio, otras ascendiendo cual humanos lagartos las laderas agrestes llegan al cabo de cierto tiempo jadeantes los dos jóvenes a un determinado lugar en el que hasta la difícil senda que siguen parece terminarse. A los lados, muy abajo, barrancos insondables de tenebrosas penumbras que mueren en el mar por la costa. Detrás queda la masa verdosa del pinar y su frondosa maleza con el fondo de las siluetas quebradas de montañas de indudable origen volcánico al fondo. Enfrente solo se les ofrece la pared rocosa, desnuda la mayor parte de vegetación y al parecer completamente lisa del Faneque en sí que habrá que intentar escalar.
Guanarima, cansada de la caminata mira desolada a la que aparece como vertical ladera que tiene enfrente y piensa con angustia que es materialmente imposible el continuarla por allí. Aridaman, sonriéndole para darle ánimos hace rodar algunas piedras que dejan al descubierto espacios suficientes para apoyar en ellos manos y pies en escalada. Indica:
- Voy a subir por aquí yo primero. Tu amárrame bien a Tamayedra a la espalda. Una vez arriba, con esta soga te subiré a ti y al bulto de las pieles y las armas. La cueva que te he dicho que ya está preparada y nos espera está ahí arriba, bien disimulada y muy cerca de la cima.
- Ayudado por Guanarima logra colocar al niño bien acomodado y seguro encima del zurrón que porta a la espalda y emprende con movimientos firmes y seguros la laboriosa escalada.
- Tamayedra asustado está despierto y llora ruidoso en tanto que su madre temblorosa y anhelante contempla con intensa mirada la escalada y acaba lanzando un profundo suspiro de alivio cuando advierte al escalador que, sonriente y con el niño ya a salvo en el borde de la cueva le arroja un extremo de la sólida soga de cuero trenzado. Y al fin sube ella lentamente, apoyándose con manos y pies en la desnuda roca, cerrando los ojos para no ver el negro abismo que se abre amenazador bajo sus plantas, sintiendo al mismo tiempo el peso del resto de la soga amarrada a su cintura con las armas y los víveres.
- La cueva, aunque de reducidas dimensiones parece ofrecer seguro y momentáneo refugio a la pareja con el niño.
- Por la tarde, Tamayedra beatíficamente dormido sobre unas pieles, los dos jóvenes amantes se acomodan en la misma cima del roque y contemplan absortos el dilatado paisaje que se ofrece a su vista. Hacia el sur, riscos impresionantes, altas montañas de tintes violáceos y cárdenos y profundos barrancos de los cuales suben espesas brumas. Por el lado de donde surge diariamente el padre sol, después de los grandes cortes casi verticales en que se remata la fronda de Tamadaba asomándose en parte con atrevimiento al mar y en parte sobre las lejanas llanuras y vaguadas de Agayte y Agáldar con la montaña de Arehucas y los altos de Moya y Afurgat al fondo. El infinito norte está limitado por el mar y el cielo que se unen en la lejanía con masas de nubes blancas y algodonosas. Y allá por el oeste, emergiendo de las brumas sobre las aguas la mole imponente del Echeide, el Pico Sagrado que, según las tradiciones, en cíclicos legendarios echaba fuego y humo a lo alto cuando las tibicenas pretendían adueñarse de la tierra. Algunas nubes tornasoladas ya comienzan a situarse en derredor del mágico y gigantesco monte como suele ocurrir cuando se acerca el diario atardecer.
- Guanarima, siempre alerta es la primera en volver a la realidad presente, nuevamente alarmada.
- - ¡Mira, Aridaman!. Un grupo de hombres, cazadores o guerreros sale allí debajo de las lindes del pinar.
- Efectivamente, una docena de guerreros armados de amodagas, dardos y magados puntiagudos avanza por uno de los bordes del espeso pinar de Tamadaba, con inequívoca dirección hacia el Faneque, ante lo cual Aridaman con rápido gesto obliga a agacharse a su compañera, tendiéndose ambos en el borde de la cueva que les sirve de refugio, observando al grupo de guerreros. A una comprenden que se trata de una partida enviada por el Faycan enviada de inmediato en su busca y captura, delatada su presencia en Tamadaba por Bentagache y su compañero. Luego, arrastrándose sigilosos, ambos buscan el escondrijo de la cueva y continúan sin perder de vista a los de la partida que al poco se van alejando, después de reconocer lo mejor que pueden las cercanías.
- Aridaman y Guanarima respiran al fin con desahogo y mas tranquilizados.
- Pero, al poco tiempo, ya atardeciendo hacen de nuevo su aparición los guerreros en el borde del pinar. Y ahora avanzan ya con decisión hacia el estrecho y peligroso paso, el único posible transitable que conduce hacia el Faneque. Al frente de ellos marcha un hombre viejo, casi desnudo que camina encorvado y concentrado y en quien Aridaman, pese a la distancia reconoce a Tiniguada el pastor, el mejor rastreador de la isla. Sigue, siguen los componentes del grupo las huellas dejadas por los fugitivos y Aridaman, dentro de sí maldice en no haberse preocupado tanto allí, en el terreno volcánico de borrar todo rastro de su paso al igual que por el pinar lo ha hecho.
- Gunarima solloza quedamente apretando a su hijo contra sí y Aridaman, con las manos aferradas a la amodaga de tea endurecida al fuego, piensa por un momento en matar al que intente cruzar el dificultoso paso. Pero, de momento se contiene.
- Los guerreros de Agálda, como la noche ya se avecina y es más intenso el fresco del atardecer, encienden varias hogueras y forman campamento al otro lado del desfiladero. La estancia entre ellos del sagaz Tiniguada parece confirmar que ya saben con casi total certeza en donde se refugian las prófugos amantes. Y bien así lo comprende Aridaman ya verdaderamente alarmado, aunque todavía una luz de esperanza brille allá en su interior. Si ellos en la cueva procuran no dar señal alguna de vida quizás desistan sus perseguidores de arriesgarse al cruce del peligroso paso y a la necesaria y difícil escalada...
- Cae la noche. Una noche fresca en estas alturas.
- En el improvisado campamento los hombres de armas, cazadores y guerreros hablan entre sí y sus voces llegan con toda nitidez hasta la pareja fugitiva agazapada en su elevado escondite, manteniéndolos en constante vela y zozobra.
Tamayedra, una vez más alimentado y aseado en lo posible duerme apacible y sus padres comen algunas frutas secas acompañadas de necesarios sorbos de agua del odre.
La noche se desliza plácida, en gran parte bajo la lechosa claridad de la luna, pero Aridaman espía constante el campamento de sus enemigos que ahora duermen envueltos en sus tamarcos de lanudas pieles, cercanos a las mortecinas hogueras, en tanto que uno de ellos hace de centinela y permanece vigilante, en alerta, sin apenas apartar la vista del fragoso roque que se rodea de sombras.
Va palideciendo el firmamento tachonado de estrellas, anuncio precursor de un nuevo día. Ascienden rumores confusos desde el mar, allá abajo. Comienza a soplar ligera y frescas brisa...
Guanarima, con los nervios todavía excitados por lo accidentado de la jornada, permanece acurrucada, como aletargada, lo mismo que por fin a conseguido en agitado sueño dormitar Aridaman.
Tamayedra se rebulle entre las pieles sobre la que lo han acostado y, destapado, desnudo e indefenso despierta al sentir en sus tiernas carnes el zarpazo de la brisa matutina. Y lanza un agudo grito.
Sobresaltados en grado sumo se despiertan del todo sus padres en el acto y ella con presteza maternal pero frenética en el ademán acude a sofocar el llanto del niño, tapándolo con las pieles.
En el campamento a la vera del pinar el repentino grito también despierta a los guerreros y alerta al centinela de turno que, excitado, señala a lo alto en dirección a la cueva.
Ya no hay remedio, piensa con desespero Aridaman. Su hasta entonces oculta presencia es conocida.
El llanto infantil ha sido como toque vibrante de atención que fija de modo exacto, inequívoco el lugar en donde ellos se esconden, la situación exacta de la disimulada cueva. Ahora, él deberá de aprestarse a luchar, a no permitir como sea a sus enemigos que logren cruzar el paso, cueste lo que cueste. Aunque bien sabe en su fuero interno que toda posibilidad de escapar de sus tenaces perseguidores se ha esfumado.
Un agudo y angustioso grito, un alarido brutal lo saca de su momentáneo ensimismamiento y amargas reflexiones.
- ¡Tamayedra!... ¡Mi hijo!... ¡Nuestro hijo,...!
Guanarima, como repentinamente enloquecida, gimiendo le ofrece el cuerpo del niño,... muerto. Al tratar de sofocar el infantil llanto que los delataba, lo tapó con las pieles, lo ha asfixiado.
Amanece ya. En la cercana fronda del pinar rompen a cantar alborotadoras las aves de rama en rama. Suenan en el soto bosque gruñidos, bufidos, llamadas de los salvajes animales que lo habitan... De las hondonadas y barranqueras emerge la niebla matutina, espesa, grisácea y azulada... E firmamento se enciende con nubes de tonos cárdenos, rosados, dorados y blancos....
Los guerreros isleños enviados por el gran Faycan, ahora espabilados y alerta contemplan asombrados y boquiabiertos una escena cuya visión no se borrará de sus mentes por mucho tiempo y que habrá de ser cantada por los bardos de toda Tamarán.
En lo más alto del Faneque, con el fondo lejano y majestuoso del Echeyde que en la isla cercana sube eternamente hacia el cielo desde las brumas que lo rodean, cara al mar que susurra lamiendo blandamente rocas y lavas allá abajo, las siluetas de Guanarima y Aridaman se recortan nítidas, manteniendo entre ambos en brazos el cadáver del niño.
La harimaguada y el noble guerrero se detienen por unos segundos al borde del precipicio que se abre ante ellos.
Un doble grito resuena poderoso, claro y aterrador a la vez:
- ¡¡Atis Tirma!!.
Y los infelices amantes se arrojan al vacío abrazados al niño fruto de tan malogrado e infausto amor.
f i n
UN AMOR INFAUSTO
Aridaman, “cabra salvaje” desciende desde la cima de la montaña.
El joven canario, cuerpo de atleta apenas cubierto de unas pieles, viene satisfecho porque la caza ha sido fructífera.
Mucho madrugó Aridaman. Y el sol está ahora en lo alto, sobre Tamaran, bañando con sus rayos las copas de los pinos, las cresta brillantes de las grandes rocas, la superficie del mar sereno allá abajo.
Aridaman ha cazado en los lindes del pinar y en la cumbre de la frondosa montaña desde donde pudo contemplar gran parte de la isla, de la Tamaran amada. Ha sentido añoranza al divisar valles, lomas, barrancos y montañas que él no puede recorrer en la actualidad sin grandes riesgos.
Ahora es un proscrito. Ahora todo pertenece ya al pasado. A un pasado que no puede, que no debe de añorar.
Está ya cerca de su inmediato destino. Desciende ágil al cauce del corto pero profundo barranco que se abre a sus pies. Ya divisa la cueva, ya pisa la plataforma rocosa, balconada natural al abismo formado en donde el pinar termina. Ya contempla allá abajo el mar inmenso y el dilatado horizonte fundido con el cielo enfrente.
Se detiene intrigado. No hay señales de vida en la cuevas. El fuego está apagado, ninguna cabra merodea por los alrededores, no se oyen los llantos o las risas del niño ni los melancólicos cantos de Guanarima.
Penetra el joven en la vivienda semioculta por espesas masas de matorrales. Nadie a la vista.
Al pie de la fuentecilla de agua clara y fresca que mana constante a través de natural filtro en la rocas, unas pieles y una tabona, la cuchilla de lasca pétrea que suelen usar para curtirlas y adornarlas aparecen abandonadas allí, de cualquier forma.
Ligeramente inquieto, Aridaman llama:
- ¡Guanarima!... ¡Guanarima!...
Tan solo el eco de su propia voz responde.
Pensativo, se deshace de la carga de carnes todavía tibias y sanguinolentas. Deposita sus primitivas y rudimentarias armas en un rincón de la cueva y, atalayando desde la plataforma de la entrada vuelve a llamar a la mujer:
- ¡Guanarima!... ¿En donde estás?...
Y con gran alivio oye la voz de su compañera que desde algún escondrijo lo llama a su vez:
- ¡Aridaman!... ¡Aridaman!... Estoy aquí arriba, en el pinar.
Por encima de la cueva, en donde las raíces de los añosos pinos escarban en vacío divisa al fin el hombre el rostro de la mujer.
- ¿Estás bien?... – y continúa interrogante - ¿Y el niño?... ¿Por qué has subido ahí?...¿No te tengo dicho...?
- No grites tanto, Aridaman,- le interrumpe ella con voz contenida .- Ven. Y procura no hacer ruido ni ser visto.
Aridaman mira receloso en derredor.
Todo el familiar paisaje aparece igual que siempre, solitario, tranquilo, con los habituales rumores del bosque y del mar abajo tan solo.
Tomando firmemente el magado que es bastón y temible arma a la vez asciende el joven la difícil ladera hasta llegar a las musgosas rocas que se confunde ya con la fronda del pinar. Escondida entre ellas, con el niño dormido en brazos está Guanarima. Su hermoso semblante se nubla y silenciosas lágrimas brotan de sus azules ojos.
Sin decir de momento nada se sienta él a su lado y le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola cariñosamente hacia si.
Guanarima apoya la cabeza en el pecho del hombre amado y siempre con el niño apretado contra sí torna a llorar con renovada aflicción.
Aridaman, preocupado la deja desahogarse, interrogándose a su vez en su interior. ¿Qué nuevo peligro les acecha ahora?... Y un sentimiento de amargura y de impotencia a la vez vá adueñándose de su ser.
En tanto ella llora, ahora apacible, flojos los nervios rato antes excitados, él en rápida secuencia de visiones y pensamientos revive una vez más en su mente los hechos, las causas que condujeron a ambos amantes a su actual situación y forma de vida.
Aridaman era de noble estirpe, como nobles habían sido su padre y el padre de su padre. En ritual ceremonia, cuando su tiempo fue llegado y su cabellera orgullosamente larga descansaba en los musculosos hombros del todavía joven adolescente, se la cortaron por debajo de las orejas. Y ante el Guanarteme reinante entonces en Tamaran y con el Sabor de los Guayres reunido, recibió de manos del poderoso Faycan el magado guerrero ye ya anteriormente usaran sus mayores. Y juró que nunca había robado en tiempos de paz, ni maltratado ni mal mirado a mujer ni anciano, ni entrado en corral ajeno, ni descuartizado animal con sus manos, ni confeccionado comida o molido cebada...
Como ya entraba en la edad viril, con la ceremonia descrita pasó a ser noble entre los nobles, guerrero entre los guerreros por derecho y merecimientos pues de todos era ya conocido, querido y admirado. Las mujeres, sobre todo las doncellas lo miraban con singular afecto y él andaba de una en otra, tan inconstante y veleidoso en el amor como esforzado y valiente en la pelea.
Pero, un día... Aridaman se enamoró, amó de verdad, sin reservas ni tibiezas.
Sucedió que,...
Después de las Sementeras, al finalizar el verano, las sequías pertinaces eran las plagas más amenazantes que pendían de siempre sobre la paz y la felicidad de la paradisíaca Tamaran. Y se efectuaban ritualmente fervorosas rogativas pidiendo la lluvia bienhechora.
Reunidos en el Tagoror el Guanarteme, el Gran Faycan y la totalidad del Sabor de los Guayres del reino, con todo el pueblo silencioso y grave en derredor, tras haber derramado en lo alto de la Montaña Sagrada la leche recién ordeñada de las cabras blancas como invocación propiciatoria, las virginales harimaguadas, sacerdotisas dedicadas al Culto en el aislamiento de sus grutas cenobios acudían ante el pueblo canario con cánticos, plegarias y ritos sagrados a demandar la gracia del agua caída del cielo a su dios supremo Alcorac, el Grande, el Dueño y Hacedor de la raza canaria y de la isla.
Y como final del litúrgico acto, entonando más y más cánticos y oraciones descendían todos hasta la cercana playa y adentrándose ellas en el mar golpeaban la superficie líquida con ramas de palmeras.
En el transcurso de una de tales rituales ceremonias fue cuando cambió el destino de Aridaman, el guerrero. Una de las doncellas harimaguadas, la más gentil y joven lanzando un pequeño y como mal contenido grito de susto dio un traspiés y cayó en las aguas; quizás no tanto debido al causal tropezón como por intencionada pero disimulada idea de gozarse con el refrescante baño, a ella como mujer y vestal ante hombres prohibido.
Aridaman, cercano al incidente, presuroso y galante ayudó a la joven a levantarse. Y sintió por unos gozosos instantes palpitar el esbelto cuerpo junto al suyo... Y contempló muy próximo el hermoso y juvenil rostro, con gesto risueño y malicioso...
Y desde aquel mismo instante la amó. Con un amor silencioso, en breve abrasador en su pecho, aunque sabiéndolo insensato por imposible. Las leyes canarias eran bien explicitas en tales casos: Quien amase o intentase enamorar a una harimaguada sería ajusticiado, desriscado desde lo más alto de la Montaña del Sacrificio. Y ella, consentidora o no de tal pasión, aunque la seducción no se hubiese realizado ni la fomentase perecería lapidada por la justicia del pueblo.
Preso en las redes de aquel repentino e impetuoso sentimiento amoroso, Aridaman procuraba asistir a toda concentración o ceremonia religiosa en la que las vírgenes canarias hiciesen acto de presencia y se recreaba en la muda y ferviente contemplación de la amada imposible. Pero, no logró disimular tanto aquella fogosa pasión que lo dominaba que la que la originaba no terminase por advertirla y el amor recíproco prendió también en ella . Y aquella llamarada emocional que los poseyó amenazaba desbordarse impetuosa, incontenible y fatal.
Bien que suponía o suponía muy peligroso el juego de aquel amor, pero se dejaba enredar en el. Era hija del Gran Faycan, con sangre de guanartemes en sus venas, predestinada desde la infancia al sacerdocio. Su anciano padre ponía en ella todas sus complacencias viéndola ya convertida en Sacerdotisa Mayor, el más alto destino reservado a la mujer en el pueblo isleño.
Si; aquel amor mutuo despertado y desarrollado en los corazones de ambos jóvenes era una locura. Sin embargo, ninguno de los dos protagonista cejaban en soñar el uno con el otro y resultaba ya peligroso cuando sus miradas se cruzaban fugaces. Pronto el disimulo resultaría difícil de mantener.
Y algo sucedió incrementando la situación.
Aridaman, en su calidad de noble y guerrero fue con otros más destinado para relevar a quienes hacían perenne guardia alrededor del cenobio en que habitualmente residía su amada. La misión de aquellos centinelas era impedir que el pueblo se aproximase a las allí recluidas; que bajo ningún concepto no se las importunase en su virginal retiro.
Desde las cuevas garita escalonadas estratégicamente alrededor del cavernícola cenobio el joven enamorado pudo así contemplar a placer a la dueña de su corazón cuando ella con sus compañeras o a solas paseaba, deambulaba por los alrededores. Y así se sentía un poco más feliz, dentro de la amarga soledad que lo afligía.
A su vez, pronto descubrió Guanarima al amado imposible entre los renovados guardianes. Y la sutil amenaza de la tragedia que los rondaba se acentuó.
Una noche en la que la luna iluminaba con su lechosa y suave luz todo el paisaje de la adormecida Tamaran, Aridaman en su puesto de guardia, mirando a las estrellas, soñaba como de costumbre con Guanarima, la dueña ya imperecedera de su contristado corazón. Y tan fuertes eran sus sueños que no se sorprendió en demasía cuando una alba y como irreal aparición se le adentró por la reducida cueva.
Guanarima, burlando vigilancias, al amparo de la noche saliera impulsiva de su cubículo habitual para encontrarse con quien su corazón ardoroso ya deseaba.
Los dos amantes se miraron, se sonrieron mutuamente y felices, jadeantes, olvidados de todo lo que no fuesen ellos mismos, con las manos entrelazadas y susurros y caricias pasaron horas inolvidables.
Las nocturnas reuniones se sucedieron. Pero la situación creada que originaban aquellas secretas entrevistas, bien sabían con un atisbo de razón que ya resultaba insostenible y bien que a su pesar lo comprendían asi ambos jóvenes en su ceguera amorosa.
Una noche, en brazos de Aridaman, hablaba entre suspiros Guanarima:
- Este estado de cosas resulta ya imposible. Yo no puedo vivir ocultando más tiempo nuestro amor...
- Bien sabes, hermosa Guanarima, - respondía él compungido – que cada día que pasa se aviva más mi cariño hacia ti, si esto es posible... Pero, ¿Qué podemos hacer como hasta ahora sino ocultarnos de todos?... Las leyes de nuestros mayores son tajantes, no admiten soluciones fáciles. ¡Solo la muerte nos espera al final!...Cruel muerte, pensando en ti.
Ella se estremeció, apretándose más contra su amante.
- La muerte,... Yo no la deseo. Pero, de venir, que sea a tu lado.
Permanecieron silenciosos unos instantes, acariciándose mutuamente, al cabo de los cuales fue la harimaguada quien reanudó el diálogo.
- Vivir... –suspiró- ¡Vivir toda la vida contigo, siempre unidos por nuestro amor...!
- Mientras haya en mi cuerpo vida, -suspiraba a su oído Aridaman – mi cariño te pertenecerá... Parece como si estuviésemos viviendo en un continuo sueño,... Este amor es imposible,... Tu eres una descendiente real, eres sacerdotisa de Alcorac y estás predestinada a los más altos cargos...
- Yo no ansío el cenobio. ¡Odio esta vida de eterna reclusión!...- y cambiando de tono – Tu eres noble, mas si trasquilado y aún impuro fueses yo te amaría igual. ¡Óyeme!... ¿por qué no huimos?. Alejémonos de este pueblo que con sus costumbres y sus leyes no nos permite la felicidad!
- ¿Huir?... – la tomó él de las manos – Bien dices sí, amada mía; pero...
- Si, Aridaman. Refugiémonos en las montañas, en los riscos de las cumbres, en lo más intrincado de los
bosques o en lo más escondido de desconocidas playas, en donde nadie pueda llegar para turbar nuestro amor.
Aridaman acarició a la doncella, enternecido.
Raptar a la amada y escaparse a vivir libres en algún ignorado rincón de la isla...
- ¡Huir! ... ¡Vivir tu y yo solos y felices! , -su rostro se contrajo con un gesto de preocupación – No. Tu padre nos habría de perseguir hasta el último escondrijo.
- Pues, pienso yo que esa es la única solución a nuestro malvivir actual ... El único medio de poder vivir dichosos el resto de nuestros días
Aridaman vacilaba, cavilaba. No temía por la suerte que a él pudiese corresponderle si como fugitivos los apresasen. Dudaba ante el pensamiento de la deshonra pública de su amada, de la muerte fatal a la que la iba a comprometer de acogerse a aquel arriesgado plan. Pero, huir parecía ser la única solución, sí. Y había que decidirse. Su mutuo y fogoso amor así lo exigía.
Y, por fin, una noche de aquellas en que estaban los amantes reunidos,...
- Pues bien; está decidido, - la informó rotundo.- Querida Guanarima, te prometo que escaparemos de esta muerte que sería nuestra vida sin amor entre los de nuestro pueblo. Tu y yo fundaremos en algún lugar de la isla una nueva raza libre, feliz.
El joven guerrero se encargó de prepararlo todo. Habían de elegir el momento mas propicio, siempre durante la noche. Él conocía sendas, escalas y refugios ignorados de la mayoría de sus congéneres.
Y pocas jornadas después la doncella harimaguada y el noble guerrero guardián desaparecieron del cenobio y del poblado.
Grande fue el revuelo que se originó al conocerse la fuga de los dos amantes. El Faycan, enfurecido lanzó partidas de hombres armados en busca de su hija y su presunto raptor. Infructuosas resultaron las batidas desarrolladas. Se recorrieron las costas. Se descendió a los más profundos e intrincados y siniestros barrancos, se escalaron las agrestes montañas y se escudriñaron los extensos bosques, todo sin éxito alguno. Por lo que lo novedoso del episodio y el escándalo originado acabaron por menguar un tanto en su intensidad inicial y al cabo de algún tiempo, paulatinamente, cesó la pertinaz búsqueda, aunque no fuese el suceso olvidado completamente, sobre todo por el considerado ultrajado Faycán.
Tal es el retazo del reciente pasado que por unos instantes rememora el joven Aridaman en este recóndito paraje de Tamaran, enclavado en una de las partes más altas y escabrosas de la isla, teniendo a la harimaguada y al niño, fruto de tan accidentado amor en los brazos.
Ya más sosegada, Guanarima contempla amorosa a la criatura que ha vuelto a dormirse y sonríe maternal. Mas el recuerdo de un peligro actual, latente y amenazador nubla de nuevo su hermoso semblante. Mira asustada a su compañero.
- ¡Aridaman!... Tenemos que huir otra vez... Tenemos que alejarnos de este paraje.
- ¿Qué dices, mi adorada Guanarima?... – inquiere él, preocupado.
- ¡Hemos sido descubiertos!
- ¿Cómo?... ¿Qué es lo que ha pasado durante mi ausencia?.
Guanarima deposita con sumo mimo y cuidado al pequeño durmiente en el hueco cercano de una roca.
- Esta mañana, después de tu partida y de asear yo la cueva y repasar las últimas pieles que trajiste, mientras Tamayedra dormía, estando ordeñando la cabra oí voces que hablaban muy cerca de mí, en la ladera...
- ¿En el risco?,... – interrumpe él frunciendo el ceño en gesto estupefacto.
- Si; por el que da al mar. Dos mozos, creo que uno de ellos Bentagache el hijo de Adamiga de Agayte, con sendos troncos de tea al hombro subían como verdaderas cabras. Supuse que para tratar de cumplir alguna apuesta pretendían clavar los palos en lo más alto de esta parte del risco... Pero, al verme a mí dejaron caer los troncos, acaso sorprendidos por mi inesperada presencia y, contraviniendo las leyes me hablaron: “¿No eres tú Guanarima la harimaguada, la hija del Gran Faycan de Agáldar?”...
- Sigue, sigue... le apremió Aridaman - ¿Qué pasó después?.
- Pues que Bentagache, mas decidido que su compañero siguió acercándose y preguntando: “Y Aridaman, ¿No está aquí, contigo?... Pretendió tomarme de una mano... No sé como tuve fuerzas pero conseguí coger un palo encendido de la hoguera en que se asaba el conejo... Le quemé en la cara. El otro mozo pareció decidirse e intentó tocarme y lo rechacé también con la tea encendida, gritando...Por fin, ante los alaridos que daba Bentagache, retrocedieron por la senda que a través del risco dices tú que lleva a Aregayeda... Aún oí que al alejarse gritaban: “¡Volveremos con los de Agáldar!... ¡Esta vez no lograras escapar a la justicia del pueblo!”...- y finaliza la relación gimiendo - ¡Oh, ha sido horrible!
- Aridaman la acaricia afectuoso.
- Cálmate, cálmate... Ya pasó todo. No tengas temor.
- Y ella prosiguió, algo más serena:
- Solté las cabras, apagué el fuego, cogí el niño y me vine para estas alturas a esperar tu regreso – toma las manos de su compañero - ¡Tenemos que escapar, Aridamán!... Marchémonos de aquí antes de que vengan los guerreros.
Él procura calmarla en su aflicción con tiernas caricias, atrayéndola una y otra vez hacia sí y aunque esta interiormente alarmado, procura disimularlo y hace lo posible para que ella se tranquilice.
- No temas. No nos cogerán. Partiremos ahora mismo hacia un lugar aislado en donde no lograran encontrarnos jamás. Iremos al Faneque, en donde tengo por allí previsor y seguro refugio. Y, más adelante habremos de trasladarnos por lo más escabroso de las montañas hacia los grandes barrancos de la comarca de Atrahanaca...
- Y después de unos momentos de silencio, continuó, animoso
- El escondite de el Faneque que yo suelo visitar de cuando en cuando al ir de caza, está bien provisto de agua, leña para el fuego y otras provisiones en cantidad suficiente para permanecer allí largo tiempo.
- Con aquellas frases de consuelo y aliento la joven madre, atendiendo solicita en todo momento al niño durmiente, se serena un tanto.
- En amplio zurrón carga Aridaman lo indispensable para la precipitada fuga y así la familia inicia el éxodo rumbo al alto y aislado roque Faneque unido a tierra firme por estrecho y peligroso paso, coloso de piedra, árboles y maleza por una parte, la que le une al frondoso pinar y árido, agreste y riscado por la que se abre en impresionante acantilado al mar que baña su base allá abajo.
- La pareja, él con varios útiles sobre las espaldas y una amodaga y el magado enarbolados y ella con un hatillo conteniendo lo imprescindible de rudimentarios útiles domésticos y el niño sujeto con pieles terciado a la cadera.
- Aridaman, al mismo tiempo, avezado a recorrer bosques y montañas va a la zaga procurando borrar o disimular lo mejor posible las huellas de su presuroso paso.
- Un corte impresionante, más allá de un precipitado barranco, singulariza más todavía al paisaje y aísla por completo al imponente risco a donde la pareja en fuga se dirige.
- Aridaman, buscando los pasos más accesibles para Guanarima, la va guiando con seguridad y aplomo hacia la salvación que para ellos va a ser el alto roque. Por estrechas y disimuladas sendas, a veces al borde del impresionante precipicio, otras ascendiendo cual humanos lagartos las laderas agrestes llegan al cabo de cierto tiempo jadeantes los dos jóvenes a un determinado lugar en el que hasta la difícil senda que siguen parece terminarse. A los lados, muy abajo, barrancos insondables de tenebrosas penumbras que mueren en el mar por la costa. Detrás queda la masa verdosa del pinar y su frondosa maleza con el fondo de las siluetas quebradas de montañas de indudable origen volcánico al fondo. Enfrente solo se les ofrece la pared rocosa, desnuda la mayor parte de vegetación y al parecer completamente lisa del Faneque en sí que habrá que intentar escalar.
Guanarima, cansada de la caminata mira desolada a la que aparece como vertical ladera que tiene enfrente y piensa con angustia que es materialmente imposible el continuarla por allí. Aridaman, sonriéndole para darle ánimos hace rodar algunas piedras que dejan al descubierto espacios suficientes para apoyar en ellos manos y pies en escalada. Indica:
- Voy a subir por aquí yo primero. Tu amárrame bien a Tamayedra a la espalda. Una vez arriba, con esta soga te subiré a ti y al bulto de las pieles y las armas. La cueva que te he dicho que ya está preparada y nos espera está ahí arriba, bien disimulada y muy cerca de la cima.
- Ayudado por Guanarima logra colocar al niño bien acomodado y seguro encima del zurrón que porta a la espalda y emprende con movimientos firmes y seguros la laboriosa escalada.
- Tamayedra asustado está despierto y llora ruidoso en tanto que su madre temblorosa y anhelante contempla con intensa mirada la escalada y acaba lanzando un profundo suspiro de alivio cuando advierte al escalador que, sonriente y con el niño ya a salvo en el borde de la cueva le arroja un extremo de la sólida soga de cuero trenzado. Y al fin sube ella lentamente, apoyándose con manos y pies en la desnuda roca, cerrando los ojos para no ver el negro abismo que se abre amenazador bajo sus plantas, sintiendo al mismo tiempo el peso del resto de la soga amarrada a su cintura con las armas y los víveres.
- La cueva, aunque de reducidas dimensiones parece ofrecer seguro y momentáneo refugio a la pareja con el niño.
- Por la tarde, Tamayedra beatíficamente dormido sobre unas pieles, los dos jóvenes amantes se acomodan en la misma cima del roque y contemplan absortos el dilatado paisaje que se ofrece a su vista. Hacia el sur, riscos impresionantes, altas montañas de tintes violáceos y cárdenos y profundos barrancos de los cuales suben espesas brumas. Por el lado de donde surge diariamente el padre sol, después de los grandes cortes casi verticales en que se remata la fronda de Tamadaba asomándose en parte con atrevimiento al mar y en parte sobre las lejanas llanuras y vaguadas de Agayte y Agáldar con la montaña de Arehucas y los altos de Moya y Afurgat al fondo. El infinito norte está limitado por el mar y el cielo que se unen en la lejanía con masas de nubes blancas y algodonosas. Y allá por el oeste, emergiendo de las brumas sobre las aguas la mole imponente del Echeide, el Pico Sagrado que, según las tradiciones, en cíclicos legendarios echaba fuego y humo a lo alto cuando las tibicenas pretendían adueñarse de la tierra. Algunas nubes tornasoladas ya comienzan a situarse en derredor del mágico y gigantesco monte como suele ocurrir cuando se acerca el diario atardecer.
- Guanarima, siempre alerta es la primera en volver a la realidad presente, nuevamente alarmada.
- - ¡Mira, Aridaman!. Un grupo de hombres, cazadores o guerreros sale allí debajo de las lindes del pinar.
- Efectivamente, una docena de guerreros armados de amodagas, dardos y magados puntiagudos avanza por uno de los bordes del espeso pinar de Tamadaba, con inequívoca dirección hacia el Faneque, ante lo cual Aridaman con rápido gesto obliga a agacharse a su compañera, tendiéndose ambos en el borde de la cueva que les sirve de refugio, observando al grupo de guerreros. A una comprenden que se trata de una partida enviada por el Faycan enviada de inmediato en su busca y captura, delatada su presencia en Tamadaba por Bentagache y su compañero. Luego, arrastrándose sigilosos, ambos buscan el escondrijo de la cueva y continúan sin perder de vista a los de la partida que al poco se van alejando, después de reconocer lo mejor que pueden las cercanías.
- Aridaman y Guanarima respiran al fin con desahogo y mas tranquilizados.
- Pero, al poco tiempo, ya atardeciendo hacen de nuevo su aparición los guerreros en el borde del pinar. Y ahora avanzan ya con decisión hacia el estrecho y peligroso paso, el único posible transitable que conduce hacia el Faneque. Al frente de ellos marcha un hombre viejo, casi desnudo que camina encorvado y concentrado y en quien Aridaman, pese a la distancia reconoce a Tiniguada el pastor, el mejor rastreador de la isla. Sigue, siguen los componentes del grupo las huellas dejadas por los fugitivos y Aridaman, dentro de sí maldice en no haberse preocupado tanto allí, en el terreno volcánico de borrar todo rastro de su paso al igual que por el pinar lo ha hecho.
- Gunarima solloza quedamente apretando a su hijo contra sí y Aridaman, con las manos aferradas a la amodaga de tea endurecida al fuego, piensa por un momento en matar al que intente cruzar el dificultoso paso. Pero, de momento se contiene.
- Los guerreros de Agálda, como la noche ya se avecina y es más intenso el fresco del atardecer, encienden varias hogueras y forman campamento al otro lado del desfiladero. La estancia entre ellos del sagaz Tiniguada parece confirmar que ya saben con casi total certeza en donde se refugian las prófugos amantes. Y bien así lo comprende Aridaman ya verdaderamente alarmado, aunque todavía una luz de esperanza brille allá en su interior. Si ellos en la cueva procuran no dar señal alguna de vida quizás desistan sus perseguidores de arriesgarse al cruce del peligroso paso y a la necesaria y difícil escalada...
- Cae la noche. Una noche fresca en estas alturas.
- En el improvisado campamento los hombres de armas, cazadores y guerreros hablan entre sí y sus voces llegan con toda nitidez hasta la pareja fugitiva agazapada en su elevado escondite, manteniéndolos en constante vela y zozobra.
Tamayedra, una vez más alimentado y aseado en lo posible duerme apacible y sus padres comen algunas frutas secas acompañadas de necesarios sorbos de agua del odre.
La noche se desliza plácida, en gran parte bajo la lechosa claridad de la luna, pero Aridaman espía constante el campamento de sus enemigos que ahora duermen envueltos en sus tamarcos de lanudas pieles, cercanos a las mortecinas hogueras, en tanto que uno de ellos hace de centinela y permanece vigilante, en alerta, sin apenas apartar la vista del fragoso roque que se rodea de sombras.
Va palideciendo el firmamento tachonado de estrellas, anuncio precursor de un nuevo día. Ascienden rumores confusos desde el mar, allá abajo. Comienza a soplar ligera y frescas brisa...
Guanarima, con los nervios todavía excitados por lo accidentado de la jornada, permanece acurrucada, como aletargada, lo mismo que por fin a conseguido en agitado sueño dormitar Aridaman.
Tamayedra se rebulle entre las pieles sobre la que lo han acostado y, destapado, desnudo e indefenso despierta al sentir en sus tiernas carnes el zarpazo de la brisa matutina. Y lanza un agudo grito.
Sobresaltados en grado sumo se despiertan del todo sus padres en el acto y ella con presteza maternal pero frenética en el ademán acude a sofocar el llanto del niño, tapándolo con las pieles.
En el campamento a la vera del pinar el repentino grito también despierta a los guerreros y alerta al centinela de turno que, excitado, señala a lo alto en dirección a la cueva.
Ya no hay remedio, piensa con desespero Aridaman. Su hasta entonces oculta presencia es conocida.
El llanto infantil ha sido como toque vibrante de atención que fija de modo exacto, inequívoco el lugar en donde ellos se esconden, la situación exacta de la disimulada cueva. Ahora, él deberá de aprestarse a luchar, a no permitir como sea a sus enemigos que logren cruzar el paso, cueste lo que cueste. Aunque bien sabe en su fuero interno que toda posibilidad de escapar de sus tenaces perseguidores se ha esfumado.
Un agudo y angustioso grito, un alarido brutal lo saca de su momentáneo ensimismamiento y amargas reflexiones.
- ¡Tamayedra!... ¡Mi hijo!... ¡Nuestro hijo,...!
Guanarima, como repentinamente enloquecida, gimiendo le ofrece el cuerpo del niño,... muerto. Al tratar de sofocar el infantil llanto que los delataba, lo tapó con las pieles, lo ha asfixiado.
Amanece ya. En la cercana fronda del pinar rompen a cantar alborotadoras las aves de rama en rama. Suenan en el soto bosque gruñidos, bufidos, llamadas de los salvajes animales que lo habitan... De las hondonadas y barranqueras emerge la niebla matutina, espesa, grisácea y azulada... E firmamento se enciende con nubes de tonos cárdenos, rosados, dorados y blancos....
Los guerreros isleños enviados por el gran Faycan, ahora espabilados y alerta contemplan asombrados y boquiabiertos una escena cuya visión no se borrará de sus mentes por mucho tiempo y que habrá de ser cantada por los bardos de toda Tamarán.
En lo más alto del Faneque, con el fondo lejano y majestuoso del Echeyde que en la isla cercana sube eternamente hacia el cielo desde las brumas que lo rodean, cara al mar que susurra lamiendo blandamente rocas y lavas allá abajo, las siluetas de Guanarima y Aridaman se recortan nítidas, manteniendo entre ambos en brazos el cadáver del niño.
La harimaguada y el noble guerrero se detienen por unos segundos al borde del precipicio que se abre ante ellos.
Un doble grito resuena poderoso, claro y aterrador a la vez:
- ¡¡Atis Tirma!!.
Y los infelices amantes se arrojan al vacío abrazados al niño fruto de tan malogrado e infausto amor.
f i n
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