3 de julio de 2010

Algunos paseos ciudadanos

Por Carlos Platero Fernández



PASEO DE CAYETANO DE LUGO

En principio finca agrícola, luego jardín, más tarde paseo y hoy convertido en calle, localizado en el Distrito III de Arenales, por la zona a la que se le dió en su día el nombre genérico de la Barriada de Lugo, que como sustituto del barranquillo conocido como de Viera, arrancaba desde las laderas o montañetas conocidas como Cuatro Cañones que cerraban el paraje por el Este y se prolongaba hasta morir en la costa conformando a la reducida y recolecta Playa de Lugo que se remataba por el sur con un muro y era el final de la calleja paralela a la marina, conocida al principio como “la del molino de viento”, luego ya calle Quince de Noviembre, en la etapa franquista Dieciocho de Julio y actualmente con su inicial l5 de Noviembre .

El citado Paseo se remataba también en su extremo norte y al borde de la recóndita playa por donde luego se levantó el viejo Campo España de las luchadas, canódromo, campo de futbol y hasta, en cierto tiempo, elemental plaza de toros, por más que algunos nativos u oriundos del contorno, un tanto tozudos en el recuerdo, me hayan negado estos datos cuando yo anduve indagando y tomando notas y más notas para un nuevo Nomenclátor ciudadano, terminado hace ya algún tiempo pero todavía inédito.

Y a aquel paseo se le denominó “De Lugo”, no por la provincia gallega homónima sino por ostentar precisamente dicho apellido el propietario de los terrenos que cruzaba cuando se urbanizó el sector y que venía a rematar los ancestrales Arenales ya convertidos en gran parte por el sur en la floreciente Ciudad Jardín de finales del siglo XIX y principios del XX.

Su epónimo Cayetano de Lugo y Eduardo nació en Las Palmas el 10 de noviembre de 1817 y fue uno de los personajes de su época que mayor vida dieron al ambiente burgués en que entonces se vivía y fue uno de los más efectivos colaboradores de Antonio López Botas y su partido en la política local, defensor de lo principios auténticos de Canarias en cuanto a su elevación progresiva en el aumento de su cultura; avances que fueron notorios pero que de alguna forma quedaron truncados o sufrieron grave retroceso con el advenimiento del cólera morbo de 1851.

Fue Cayetano de Lugo uno de los pocos burgueses supervivientes de cuando lo del año del cólera y que con tesón y buen gusto supo, al ir reponiéndose la ciudad de la tragedia pasada, crear en sus fincas una especie de jardines zoológicos y botánicos, donde fue clásico en el remate de los Carnavales de entonces el llevar allí a enterrar la inefable sardina del miércoles de ceniza. Cuentan las crónicas de la época que era digno de ver al anfitrión, anciano solterón, de luenga barba blanca y tocado con un llamativo fez rojo en la cabeza, paseando imperturbable pero íntimamente regocijado entre el público que con la fiesta carnavalera visitaba, recorría y admiraba sus jardines cuidadosamente atendidos. Notable su amistad con el alcalde y político Antonio López Botas y su apoyo y amistad con los generales aquí desterrados Dulce y Caballero de Rodas que intrigaron luego para el derrocamiento de la reina Isabel II.

Aquel entrañable prócer local poseía las mejores tartanas o carricoches ligeros y los más briosos tiros de caballos; que solía poner a disposición de cuanto personaje llegase a la isla.

Cayetano de Lugo y Eduardo falleció en el año 1897 y con él al poco tiempo desapareció el rincón paradisíaco de la "Finca de Lugo" cuyos terrenos, parcelados pronto fueron ocupándose con las nuevas calles y casas de la ciudad de Las Palmas en constante expansión.



PASEO DE CHIL

A finales del siglo XIX había fracasado el proyecto de bastantes años atrás de una Gran Vía que, partiendo de la margen izquierda del barranco Guiniguada a la altura de la calle de San Justo uniese el casco urbano histórico de la ciudad con los terrenos que poco a poco se iban urbanizando, al compás del auge que tomaba el Puerto de La Luz, con las inhóspitas o desérticas tierras de Las Isletas; que, por otra parte, pese a su aridez también iban siendo pobladas en alguna determinada zona.

El desarrollo de aquella proyectada vía urbana se quedó truncado antes de que su inicial trazado se llegase por las Huertas de Triana hasta el Paseo de los Castillos.

Pero, aunque planteado al principio como una especie de camino vecinal que recorriese las faldas de las montañetas que cerraban por el poniente las vegas de Santa Catalina y los seculares Arenales, arrancando desde la pequeña explanada sobre el barranquillo y enfrente de la mole pétrea y almenada del castillo de Mata entonces al servicio del Ejército y se llegase, a poder ser hasta la misma bahía del Confital o sus proximidades, siguiendo el trazado de una senda ya existente que conducía en lo antiguo a las Salinas Perdidas por el páramo de Guanarteme.

Por el verano de 1862, tomando mayor impulso la idea, fue el principal promotor de ella el popular doctor Gregorio Chil y Naranjo, por lo que ya desde entonces se ha venido conociendo como "el Paseo del doctor Chil". Confeccionó los planos pertinentes el ayudante de Obras Públicas Cirilo Moreno.

Como quiera que los trabajos, por lo costosos, se iban demorando en demasía, pese a que, para allegar los fondos precisos se estuviera haciendo una suscripción pública, el mismo doctor Chil, en el mes de junio de 1878 solicitó del Ayuntamiento que se hiciese él cargo directo de las obras y de su culminación, lo que, efectivamente, con gran parte de su recorrido así sucedió.

Este Paseo de Chil se vino a terminar ya adentrado el siglo XX, allá por la década de los años cuarenta, tal como se había proyectado, pero rematándolo en la rotonda de la plaza de la Victoria en su enlace con la avenida de Mesa y López..



PASEO DE LA CORNISA

Localizado en el Distrito VII de Escaleritas, en su extremo este, bordeando a un lado las instalaciones deportivas del López Socas y al otro la barriada más antigua que se desarrolla alrededor de la iglesia parroquial de Santa Isabel y se prolonga como extraordinaria baconada sobre la ciudad, con una amplia panorámica de las Isletas, las zonas de Santa Catalina, de Las Alcaravaneras y la Ciudad Jardín, con el Puerto de La Luz y el mar de la bahía de fondo.



PASEO DE LAS CANTERAS

Este importante paseo a la vera de la sin par playa de Las Canteras, comenzó a conformarse como tal para disfrute de los ciudadanos, en la década de los años 40 del pasado siglo XX.

Pero su historia se inició cien años antes, aunque de una u otra forma se ha venido fraguando desde el mismo momento de la conquista de la isla por las tropas castellanas al mando de Juan Rejón que, según algunos historiadores indican, desembarcaron justo por donde se le dice El Arrecife, frente al Confital.

En 1840 ya aparecía en los planos y mapas del istmo de Las Isletas signado como "de Guanarteme". Y también de Guanartome, mal transcrito, en un mapa de 1874, localizado, poco más o menos, por donde hoy está la calle de Tenerife; y se nombraba como la Barra del Arrecife y El Arrecife lo que es hoy la Playa de Las Canteras, la Punta del Confital y, casi a su lado el Cabo Cabrón.

En el plano de Riudavets de 1879 es cuando con el nombre de "las canteras amarillas", se cita por primera vez este topónimo refiriéndose a la playa como tal.

En un plano topográfico correspondiente al "Ensanche del Puerto de La Luz", del arquitecto Fernando Navarro, del año 1911, cuando ya era imparable el proceso de expansión de la ciudad hasta entonces secularmente constreñida entre decrépitas murallas de defensa, laderas montañosas riscadas y el mar, ya se citaba de forma textual a la "playa de Las Canteras",

Conviene el indicar como hecho histórico importante, que a raíz de la conquista de la isla y su colonización con nuevos y numerosos asentamientos humanos, se comenzó a extraer gran cantidad de piedra arenisca en la zona costera del suroeste de Las Isletas, junto al puerto conocido como del Arrecife y la prolongada barra natural allí formada, para la construcción de algunas de las edificaciones más señoriales que se levantaron dentro y alrededor del campamento o real creado por Juan Rejón a las márgenes del barranco y riachuelo Guiniguada. Y, sobre todo para emplear los bloques extraídos como sillares en los basamentos, pilares y columnatas de la comenzada Catedral, así como en las fachadas, portadas, dinteles, etc., de las más nobles y antiguas mansiones de Vegueta, la Vegueta de Hernán de Porras. Aquellos trozos de roca singulares, de composición sedimentaria blanquecina, en tanto se conservaban húmedas resultaban de fácil labra debido a su especial estructura arenisca, que luego, una vez secas se endurecían y eran más fáciles de esculpir por los canteros. Historiadores y cronistas hay que insisten en que hubo allí una cantera, la que al final impuso el topónimo, famosa por suministrar el material para las pilas canarias destinadas a la destilación de las aguas para el consumo refrescante y doméstico.

El puerto natural abrigado y recogido del Arrecife, al sur del trozo de costa que se denominó Playa del Confital por lo abundante de unas piedrecitas especiales, calcáreas, que semejan finos y azucarados, garapiñados confites, estaba resguardado de los embates del mar por la prolongada barra que, andando el tiempo y gracias a una entrada abierta en su extremo este, convirtió el sitio en el más apto para el carenado y reparación de embarcaciones, refugio de pescadores y, por todas sus cercanías, paraje apropiado, elegido por quienes en los pasados siglos desearon celebrar alguna excursión marítima costera y comerse "un caldo de pescado con papas arrugadas", según así lo indicaron escritores locales varios.

Pues bien; la cantería blancuzca empleada ya desde los primeros tiempos para las viviendas de los conquistadores y hacendados residentes en el real, luego villa y después ciudad de Las Palmas la suministró en gran medida la entonces alta y prolongada barra que se formaba sobre una lengua de material lávico procedente de las erupciones volcánicas que conformaban a Las Isletas y que convirtiera el paraje en una especie de gran estanque, de casi siempre quietas, bonancibles y transparentes aguas. La dilatada playa allí formada se denominó ya a finales del siglo XIX y principios del XX como de Las Canteras, por haber sido el lugar explotado al efecto, como se ha indicado.

Al haberse ido rebajando aquella natural barrera de contención hasta quedar reducida y sepultada en gran parte por las mareas, parece ser que ocurrió que las arenas arrastradas por los vientos intermitentes o fijos equinocciales circularon de manera masiva y en direcciones alteradas que, con los años y los siglos, al impulso de los alisios fueron acumulándose al pie de los cerros de poniente, erosionando sus escarpadas laderas y extendiéndose sobre los llanos de Guanarteme y Santa Catalina; invadiendo en avances constantes aquella parte del litoral grancanario.

En la actualidad, al haberse edificado también todo el istmo, aunque la arena sigue llegando procedente de las bajas marinas del norte de la isla y pasa libre sobre la Barra de Las Canteras, al no tener salida al igual que antes, a impulsos de los vientos colma de tal manera la playa que ha sido preciso retirarla una y otra vez por medios mecánicos, en un dragado periódico cada vez más constante y preciso.



PASEO DE MADRID

Calle-paseo en el Distrito III de Arenales, en la Barriada de la Ciudad Jardín.

Madrid es la capital de España y de la provincia del mismo nombre constituida en Comunidad Autónoma en 1983; más de 3.900.000 de habitantes. La ciudad se encuentra en el centro del país, al pie de la sierra de Guadarrama y a orillas del río Manzanares. Arzobispado. Universidad. Centro de comunicaciones del país. Importantes museos cuales el Prado, Arqueológico Nacional, Lázaro Galdiano, Academia de San Fernando, de América, del Ejército, Naval, de Arte Contemporáneo, etc., y muy hermosos palacios cuales los de Oriente, Congreso, Biblioteca Nacional y Teatro Real, convento de las Descalzas Reales, iglesia de San Francisco el Grande, etc.

Ha alcanzado un notable desarrollo industrial y el área metropolitana de Madrid abarca el municipio de la capital y otros muchos de sus alrededores. La provincia es una comunidad autónoma separada de Castilla-León y de Castilla-La Mancha.

Llamada Magerit por los árabes, fue tomada por Alfonso VI en 1084 y adquirió el rango de capital en 1561. teatro de violentas luchas en 1808 y en 1936. Lugar de nacimiento de Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, Calderón de la Barca, etc.



PASEO DE SAN JOSE.

En el Distrito I de Vegueta.

Según comentó el cronista oficioso Domingo J, Navarro, aún a finales del siglo XVIII el barrio de San José con malas casas y peor camino, no pasaba más allá de su preciosa ermita.

No obstante, en el incipiente barrio de extramuros de la ciudad vivían gentes de humilde condición social pero muy cordiales y a él acudían de vez en cuando las gentes de la ciudad para pasear y disfrutar de las delicias campestres sin tener que alejarse en demasía del casco urbano pues a ello invitaba la floreciente y ubérrima Vega de San José que en amplia hoya se llegaba hasta los confines de más allá de la ermita de San Cristóbal.



PASEO DE SAN ANTONIO

Este paseo o "Subida de San Antonio" esta localizado en el Distrito VI de Schamann, por lo que se conoce precisamente como Barriada de San Antonio.

San Antonio de Padua (1195 - 1231) fue un padre franciscano, doctor de la Iglesia, famoso predicador y taumaturgo, nacido en Coimbra, Portugal, llamado de Padua, ciudad italiana, por el lugar de su muerte y de su venerado sepulcro.

Su efeméride es el 13 de junio.





PASEO DEL PINTOR SANTIAGO SANTANA

Localizado en el Distrito VI de Schamann, por la Barriada homónima.

Santiago Santana nació en 1909 y estudió dibujo y pintura en la Escuela Luján Pérez hasta 1932 en que, pensionado por los Ayuntamientos de Moya y Arucas y el Cabildo Insular, se instaló en París donde estudió la pintura de los impresionistas, cubistas, fauvistas, etc. Al año siguiente se trasladó a Barcelona para iniciarse en el estudio de las cerámicas y en escultura y pudo llevar a efecto su primera exposición individual que estuvo integrada por óleos y dibujos con motivos de la flora autóctona canaria. En 1934 expuso en el Ateneo de Madrid, incluyendo ya algunos de sus característicos desnudos. Durante la guerra civil española expuso su obra en el Hogar del Combatiente de Aranjuez, participando en distintas actividades culturales en beneficio del ejército republicano. En 1940 se instaló definitivamente en Las Palmas de Gran Canaria; expuso obra suya en 1948 y en una antológica, ya en 1973. Fallecería años después, exactamente el 16 de abril de 1996



PASEO TOMAS MORALES

En el Distrito III de Arenales, por la Urbanización de Fincas Unidas.

Calle trazada a mediados del siglo XX que iba a ser como prolongación natural de la entonces de San Francisco, hoy General Bravo y la dedicada al eximio escritor Benito Pérez Galdós. Durante varios años estuvo cortada por un muro de ladrillos y tierra a la altura de lo que hoy es el Instituto Pérez Galdós, hasta que se fue urbanizando el sector ocupado por extensas plataneras y otras tierras agrícolas durante los últimos siglos.

Tomás Morales Castellano (1885 - 1921), poeta y médico, nació en Moya y falleció en Las Palmas. Estudió en el Colegio de San Agustín e hizo la carrera de Medicina en las Universidades de Cádiz y de Madrid, donde durante su estancia se relacionó ampliamente con los cenáculos poéticos más relevantes del entonces.

Ya de nuevo en Gran Canaria se estableció en Agaete en ejercicio de su profesión y en donde se desposó. Obtuvo el primer premio en los Juegos Florales de Las Palmas en 1910 por lo que fue justa y entusiásticamente homenajeado. Falleció a los 36 años de edad.

Del poeta Tomás Morales dijo hace algún tiempo, entre otros autores, el crítico literario Jorge Rodríguez Padrón que, formado en el modernismo y continuador de la línea de Rubén Darío, adaptó el lujo expresivo y musical a los motivos del mar y de su isla natal y fue el fundador de la poesía moderna en Canarias. Su personalidad, admirada por todos los escritores de su tiempo aglutinó en torno suyo a los poetas del modernismo de las islas. Publicó "Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar" y "Las Rosas de Hércules" y la obra teatral "La cena de Bethania", siendo, al decir de la crítica, su poema más ambicioso y mejor logrado la "Oda al Atlántico"

28 de junio de 2010

A modo de prólogo

por Carlos Platero Fernández



No hace mucho se me ha pedido una especie de prólogo para un puñado o haz de cuentos sainetescos, si es que aquí cabe tal definición, boladas (con b ) o chistetes, embriones de un teatro popular canario

Poemario y noticia que yo accedí gustoso a pergeñar, al hilo de algunas ideas que se me ocurrieron al respecto.

En principio el indicar que es bien conocido ya que el cuento, de por sí narración breve, si escrita, generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos característicos su corta extensión, en cuanto a cuento popular pertenece por entero al saber tradicional del pueblo, en donde nace y se desarrolla. Es decir; depende de eso que se ha dado en llamar en estos últimos tiempos , quizás algo abusiva y reiterativamente por un mimetismo seudo literario no siempre correctamente aplicado, el folclore del pueblo y que la mayoría de las veces se intercala o mezcla con los usos y costumbres, las fiestas, bailes, canciones y decires tradicionales que han venido desde siempre de generación en generación.

Aunque, es de significar también que en tratándose del cuento popular que nace en una tradición y se transmite por lo común oralmente, y por ende , salvo muy determinadas excepciones se le suele tener en principio por anónimo en cuanto a determinar autor, creado por el pueblo y por el conservado y transmitido, a veces transformado, actualizado de alguna manera con el paso de tiempo pero manteniendo siempre un fondo común, conservando intrínseco todo su valor, colorido y poder de acaparar la atención del público, de los lectores u oyentes a quienes vaya dirigido. Y en todo caso, lo que a veces puede o debe de haber de variante al narrar o reconstituir del mismo es de imponer a lo que relata un estilo, una especie de sello propio característico o personal.

Quienes del tema se ocupan suelen opinar que el ”cuento” canario es en una de sus variantes aquel”chiste”, “chascarrillo” que puede ser un relato más o menos corto o largo que deja entender un doble sentido o contiene una alusión burlesca o algún disparate o momento vivencial que provoca risa. También, que suele ser similar al”chascarrillo” castellano, de “chasco” voz onomatopéyica, que es en definitiva la anécdota ligera y picante, cuento o cuentecillo agudo, acaso de sentido equívoco y siempre tendente a ser gracioso. Puede ser todo esto y es, naturalmente, mucho más, en cuanto a cuento en sí.

Pero estimo que antes de proseguir debo de tratar de hacer aquí aunque sea una ligera disquisición acerca del cuento, sea particular y específicamente canario o no para así aclarar algo más este concepto, como se puede observar, en sí tan genérico.

El vocablo “cuento”, procedente del latín “computus” que significa precisamente “cuenta” es, entre otras acepciones la acción y el efecto de contar, de narrar o relatar, que es el referir de palabra, por escrito, con imágenes u otros signos o símbolos un suceso, una estampa, una vivencia o un recuerdo, sea verdadero o imaginado. Es decir: narración breve, escrita generalmente en prosa siendo uno de sus rasgos más característicos el de su corta extensión. Entre los dos conceptos genéricos en que se suele encasillar al cuento, es el que interesa ahora y aquí el que comprende más que al popular, gracioso y satírico, al literario que ya pertenece más bien al propio teatro, al de la comedia antes que al dramático; al de teatro costumbrista, en este caso al específicamente genuino canario, convertido en “entremés”, aquella obra escénica jocosa, de un solo acto que antaño solía representarse entre dos jornadas de la comedia a interpretar, como entretenimiento o diversión

El entremés, ya se ha dicho, se nutre principalmente de dos fuentes: la de la sociedad a la que satiriza jocosamente y la de la literatura oral y escrita con la que suele presentar analogías y diferencias; y se alimenta del cuento gracioso, narración o anécdota cómica, de tipo folclórico en muchos casos

. Es decir, que sin dejar de ser el ancestral cuento, en el caso que aquí interesa se deberá de considerar ya como “sainete”, pieza teatral dramática chistosa o graciosa, en un solo acto y por lo general de carácter popular. Considerándose que la diferencia entre el sainete y el entremés es mínimo, radicando en el lugar de inserción en la comedia, a partir del siglo XVIII se le dio carácter costumbrista y una particular relevancia se convierte ya en breve pieza teatral narrativa, de carácter jocoso cuando no burlesco, a veces con marcado acento sentimental, cuyo origen en nuestro lenguaje castellano dialectal se encuentra en los clásicos entremeses. Y que, parece ser es el estilo en que se deberán de encuadrarse y comentarse ciertos escritos sainetescos porque creo yo que de cuentos en su concepción y origen revertieron por si mismos en indudables sainetes, en escenas breves o historietas, generalmente cómicas para ser intercaladas, o no, en la acción teatral pertinente y a las que alguna vez se las ha estado denominado inapropiadamente “apuntes” con el anglicismo de ”sketch” y aún, “gag”,sin serlo.

Investigadores varios y `psicólogos que han estudiado de alguna forma a la personalidad peculiar y singular del ente canario coinciden en que, frente a las dificultades que puedan surgir sobre él como pueblo insular, hay el gran recurso de recurrir al humor, jovialidad y agudeza que caracterizan al pueblo canario; fino humor a veces hasta sarcástico e irónico que encubre, acaso cierta intrínseca melancolía pero saludable y terapéutico. De lo que se ha dado en considerar y denominar como de un verdadero sabor costumbrista isleño. Sabor que en la actualidad y en la mayoría de los casos está ya lamentablemente, si no del todo olvidado, si arrinconado en el recuerdo, en la memoria de la gente de mayor edad y más bien desconocido de las jóvenes generaciones. Y no es ello precisamente por falta de material literario y didáctico escrito al respecto, que, haberlo, haylo.

Porque, necesario es el reconocerlo, existen hoy en día buenos tratados, específicos y de fácil acceso al público en bibliotecas públicas y algunas privadas acerca del singular léxico canario: Diccionario diferencial del español en Canarias y El Tesoro Lexicográfico de lo mismo, Diccionarios de Canarismos , por citar algunos ejemplos y, desde hace algunos años, velando sobre todo ello la Academia Canaria de La Lengua, centro dedicado a fomentar y estimular el estudio científico de las modalidades lingüísticas de Canarias. Aunque, un tanto pesimista al respecto, tengo para mí que estos singulares tratados y enjundiosos estudios son mayoritariamente desconocidos de la gente joven y estudiantil y, acaso también de la menos joven que apenas lee, como no sean los periódicos de noticias actuales, los deportivos y las revistas del corazón, en estos tiempos de la informática, del transistor, del móvil y de la omnipotente televisión.

Y suelen ser los que hay, excelentes libros y tratados, sesudos reportajes y artículos periodísticos o revisteriles que nos recuerdan entre otras cosas del pasado a aquella particular forma de hablar, a aquel léxico insular costumbrista que en las pasadas centurias aún se hablaba en corralas, portones y barrios de los más típicos de las ciudades isleñas y en los pueblos, villas y pagos o caseríos, que supervivió hasta no hace muchos años, cuando por mor de la industria turística que nos sobrevino se fue abandonando la ancestral agricultura y la pesca artesanal, los poblados de la costa y los caseríos del interior como moradas habituales para súper poblar las ciudades y los focos turísticos de nuestras playas convirtiéndolos en macro urbes absorbentes, en los que ya parece que el alma y ser de nuestros mayores agoniza y se apaga. Perdiéndose así nuestra peculiar forma de hablar, típica y popular, sobre todo de aquellas gentes del agro y del mar canarios, del “mago”, el “mauro”, el “roncote” o “chacalote” que en principio aún heredaron sus descendientes, ya ciudadanos, habitantes de las barriadas que en torno a las poblaciones históricas o al borde de las playas hasta entonces vírgenes se estuvieron conformado, al principio en lenta y luego vertiginosa metamorfosis.

Aquel léxico insular costumbrista que en todas las islas hasta no hace muchos años caracterizó al habla más típica y popular heredada. Formas literario-orales que en los inmediatos tiempos pasados han sido las

“caídas”, que eran las frases y los dichos más comunes y corrientes del pueblo llano y sencillo, expresadas con singular gracia por tal o cual personaje, como dejaron escrito, entre otros autores isleños cuales Santiago Tejera, los hermanos Millares Cubas con su “teatrillo”, el político y periodista “Ángel Guerra”, Benito Pérez Armas y Leoncio Rodríguez por citar a algunos de aquellos más señeros hasta llegar al inigualable Víctor Doreste, uno de los primeros en ensayar lo que se ha terminado en considerar como el sainete canario que con gran parte de su enjundiosa obra cual “Una limonada para el señor”, “La del manojo de tollos”, “En el risco está mi amor”, “Ven acá, vino tintillo”, etc., procuró mantener vivas muchas de las “canariadas” que ya a mediados del pasado siglo XX tendían a perderse con la continua evolución del habla canaria a impulsos de constantes innovaciones foráneas. Y como casi al mismo tiempo bien hubo de recordar el periodista y escritor Francisco Guerra Navarro, “Pancho Guerra” para todos cuantos lo hemos leído y releído en sus resalados “Siete entremeses de Pepe Monagas”, en sus “Memorias y cuentos famosos de Pepe Monagas” y cuya tipología ya dejó bien apuntado en su interesante “Contribución al léxico popular de Gran Canaria”, cuando todavía, como reminiscencia asimismo de los muchos americanismos aportados por los indianos, por ejemplo, se trataba a todo el mundo con el respetuoso “usted” que, por modas, claro está que llegadas de las tierras de la metrópoli peninsular se fue trastocando rápidamente por el no siempre bien educado y si fresco y aún a veces descarado y desconcertante tuteo que hoy impera.

Bien es cierto que, volviendo al tema del genuino y singular léxico de acento canario, algunos otros autores isleños cuales María Dolores de la Fe, Donina Romero, Arturo Navarro Grau, Cirilo Leal, Francisco Osorio, Ángel Camacho Cabrera, Orlando Hernández, Víctor Ramírez, Juan José Romero Hernández entre otros, con sus respectivas y aplaudidas obras literarias y teatrales, cuentos, tragedias, sainetes, relatos, películas y otras variantes de ambiente y cariz costumbrista, por nombrar aquí a algunos de los autores isleños más leídos y escuchados tanto en el teatro y en el cine como en la radio y la televisión canario que hayan compuesto su obra comprendida en este género literario isleño, así como a los letristas y rapsodas de conjuntos musicales folklóricos, son por ello dignos de alabanza y reconocimiento.

Sin omitir o dejar de mencionar aquí también a actores y humoristas de antaño y actuales que a viva voz nos hayan deleitado y nos deleiten con esas geniales “caídas” cuales las “magas “ tinerfeñas seña Pepa y seña María la de las “boladas” y los “magos” Cho Venancio y Cho Juan el de Las Mercedes, Pancho y Carnasión, en muchos casos según guiones de diversos radiofonistas y otros humoristas del pasado. Y las del grancanario Pepe Castellano que recreó al singular Pepe Monagas, Gregorio Martín Díaz, José V. Afonso Perdomo, del inmediato ayer, entre los que hay que incluir necesariamente y en singular al humorista al mismo tiempo que genial dibujante de las últimas décadas del pasado siglo Eduardo Millares Sall que siempre se firmó como su principal creado personaje “Chó Juaa” y que ha sido uno de los artífices de que el genuino y singular humor canario quede recogido y reflejado en los papeles para que no se pierda y de alguna forma se conserve para la posteridad. Director de “El Conduto”, aquel suplemento semanal, al parecer única publicación de marcado cariz satírico que fue tolerada en las islas durante la etapa política franquista. Fue Eduardo Millares polifacético autor que ya desde muy joven, a partir de 1944, estuvo efectuando sus aportaciones artísticas en la prensa y en algunas revistas canarias con una serie de humor que denominó precisamente como “El conduto” (para el lector que desconozca este término isleño, dígase que dicho vocablo, en Canarias se refiere a la comida mejor y más sabrosa como queso, pescado frito, aceitunas en adobo, trozos de cebolla cruda, etc, con lo que se acompañaba y aún se acompaña la otra comida básica como el potaje, las papas etc., según clara definición del Diccionario Diferencial del español en Canarias).

Y añadir aquí, a los humoristas, autores, actores, dibujantes y guionistas más actuales cuales Manolo Vieira, Mario Yáñez Domínguez, Marrero el de Arucas, Juan Luis Calero, los Piedra Pómez, Instinto Cómico convertidos luego En Clave de Ja, etc., y los humoristas gráficos que parece ser que ya arrancan desde un jovencito Benito Pérez Galdós, Diego Crosa, Padrón Noble, J. Morgan, los hermanos López Aguiar, Carlos, Montecruz, etc., entre otros más que siguen saineteando el género, recreando diversos personajes peculiares canarios de una u otra forma, así como los comprendidos ya en un grupo virtual, excéntricos y acaso un tanto casposos, productos todos de los nuevos tiempos que estamos viviendo

En definitiva, autores, actores y letristas que en muchos casos ya han creado escuela, que desde hace años han venido colaborando en prensa, libros, radio, teatro y televisión con numerosos cuentos, comedias costumbristas, sainetes, historietas, chistes gráficos y aún, si acaso “boladas” (con b), chicotes y chistetes que, como se debe de saber son dichos o pequeños relatos, muchas veces surgidos como prontos irónicos o disimuladamente burlones, en definitiva, cuentos de risa en el decir canario; relatos escritos, dibujados, escenificados o a viva voz concebidos con la intención de que tengan gracia, que hagan reír o al menos sonreír con jocosidad.

Por último indicar aquí que, según parece, la obra sainetesca para la que en su día se me pidió colaboración por medio de esta especie de prólogo, por alguna razón que a mí se me escapa no llegó a publicarse, por lo que yo me he tomado la libertad de incluir el presente texto en este blog que, según amables opiniones y pareceres de diversos lectores es bien acogido y visitado.

Las Palmas de Gran Canaria, junio de 2010

21 de junio de 2010

El sepulturero timorato

Un cuento de Carlos Platero



Desaparecía lentamente la tarde cuando los últimos deudos y amigos del finado abandonaban el cementerio, por el sendero de las yedras, rumbo a la Placetilla de Los Reyes.

El firmamento encapotado por grisáceas, compactas masas de nubes contribuía a oscurecer más el ambiente. Y el tétrico recinto, lugar de descanso para los cuerpos sin vida hasta el llegados y allí depositados aparecía ya envuelto en una melancólica penumbra.

Un viento recio, procedente de las entonces como difuminadas Isletas sacudía las bamboleantes pencas de las cercanas plataneras en rachas constantes; y producía sonidos misteriosos, lúgubres al deslizarse entre los nichos, sobre las tumbas y azotar inmisericorde a enhiestas cruces, lápidas y monumentos alegóricos de los marmóreos mausoleos.

Las estatuas que se esparcían acá y acullá en el recinto del camposanto parecían cobrar vida propia a medida que la oscuridad iba en crecimiento. Tan solo algunos oscilantes faroles o lamparillas de mortecinas y parpadeantes luces amarillentas sobre el inevitable aceite iluminaban de trecho en trecho el pie de una tumba, la lápida de algún nicho o la fisonomía extraña de una estatua en posición orante.

Y la suma de todos aquellos detalles contribuían a dar aspecto más sobrecogedor al cementerio municipal.

Maestro Antonio, al sentirse solo en el recinto miró una vez más con aprensión a su alrededor. Él no era un valiente precisamente. Su carácter apocado, timorato y pusilánime le hacía temblar de miedo siempre

que entraba en el lugar en que descansaban ya para la eternidad las víctimas de la muerte. Y ello resultaba bastante paradójico en el buen hombre dado que su oficio era precisamente el de enterrador. Nunca lograba sentirse tranquilo cuando realizaba su obligatorio trabajo. Trabajo que si lo ejercía como funcionario del Ayuntamiento se debía a la perentoria necesidad de ganarse un sueldo con el que poder vivir. Y aquello de trabajar para la muerte con afán y necesidad de vida...

Cuando se quedaba solo en el cementerio, le parecía como que algunas de las losas que cubrían las tumbas se removían y de dentro de los nichos creía oír voces, lamentos, constantes cuchicheos.

Por todo lo que, para cobrar ánimos y poder realizar con cierta serenidad sus tareas de sepulturero solía llevar consigo una botellita aplanada, de bolsillo con reconfortante ron de caña del país, la cual, invariablemente vaciaba antes de abandonar el cementerio.

Pero, aquel atardecer grisáceo y frío, de manera incomprensible, descuido imperdonable había olvidado tan gran estimulante. Y ello le resultó fatal.

Muy poco después de que en aquel melancólico atardecer otoñal el último acompañante del entierro traspusiera las verjas de entrada al recinto, maestro Antonio aprestó los útiles necesarios para clavar las tablas que de forma provisional taponarían con la consabida lápida mortuoria la entrada del nicho acabado de ocupar.

La noche era llegada y el viento arreciaba en sus ráfagas húmedas y frías por lo que el medroso sepulturero se arrebujó en su amplia capa de abrigo y ayudado por la débil y oscilante luz del farol que a duras penas pudo encender, dio comienzo a la rutinaria tarea...

Los sordos golpes del martillo contra las cabezas de los clavos y las tablas, resonaban más bien lúgubres, temerosos más que en sus oídos, en el atormentado cerebro del buen hombre que ni se atrevía a

A mirar detrás de sí, por más que en una que otra ocasión le pareció allí oír como algún apagado susurro, algún ahogado lamento de acentos prolongados procedentes de las tumbas y nichos que lo rodeaban.

A pesar del frío que el fuerte viento originaba a aquella hora ya más nocturna que crepuscular, maestro Antonio sudaba y bien advertía que sus miembros temblaban más de miedo y aprensión al lugar y a la hora que al mismo fresco ambiente. Y se palpaba de cuando en cuando el bolsillo trasero del pantalón para cerciorarse una y otra vez que no estaba allí, consoladora la ansiada medicina con que combatir el miedo que, como siempre, en tal situación lo invadía.

Suspiró al cabo de haber pasado los minutos. Ya le faltaba poco para concluir la ingrata obligación laboral. Aunque, sus aprensiones y recelos parecían ir en incontenible aumento.

Se figuraba escuchar pasos de pisadas leves, sollozos, gemidos, voces plañideras que susurraban a su espalda incomprensibles y tétricas sentencias. Y sentía físicamente como el sudor frío, húmedo y pegajoso le recorría el tembloroso cuerpo.

Y faltándole ya muy pocos clavos que colocar para sujetar convenientemente la tablazón, aumento su aún confuso pero creciente terror el que, debido a una súbdita racha del fuerte viento se le apagase la luz del farol...

No tuvo ánimos para encenderlo de nuevo y, ya a tientas procuró colocar los últimos clavos.

Temblaba ya con sacudidas violentas al recoger del suelo, tanteando los útiles allí empleados.

¡Y cuando se disponía a retornar a la seguridad de las mal iluminadas calles de Vegueta se sintió de repente sujeto por la espalda!... Emitió un alarido y con frenéticos movimientos trató de soltarse extendiendo tras de si las trémulas manos para agarrar la capa.

Creyó oír una siniestra risotada, de tonos jubilosos, que se mofaba de él, tirando de sus ropajes.

Luchó el timorato sepulturero unos momentos más con supremo desespero, pero la garra que lo apresaba no parecía querer soltarlo y, ya enloquecido de terror, su garganta trémula emitió un último penetrante y angustioso alarido... Mil luces brillaron simultáneas en su cerebro y, aflojando los tensos músculos se derrumbó pesadamente.

Quienes a primeras horas de la mañana siguiente entraron en el cementerio de más allá de las plataneras encontraron a Maestro Antonio sin vida, caído en grotesca postura al pie del último nicho tapado, claveteado por él.

Su rostro de facciones desencajadas conservaba todavía una mueca de supremo terror. Y sus manos, engarfadas como garras parecían todavía tratar de tirar de la capa, sujeta a la tapa del nicho por el último clavo.



f i n

11 de junio de 2010

Un amor infausto

Vaya hoy de cuentos. El siguiente que, con otros que proyecto editar aquí de cuando en cuando, escribí ya hace bastantes años.



UN AMOR INFAUSTO


Aridaman, “cabra salvaje” desciende desde la cima de la montaña.

El joven canario, cuerpo de atleta apenas cubierto de unas pieles, viene satisfecho porque la caza ha sido fructífera.

Mucho madrugó Aridaman. Y el sol está ahora en lo alto, sobre Tamaran, bañando con sus rayos las copas de los pinos, las cresta brillantes de las grandes rocas, la superficie del mar sereno allá abajo.

Aridaman ha cazado en los lindes del pinar y en la cumbre de la frondosa montaña desde donde pudo contemplar gran parte de la isla, de la Tamaran amada. Ha sentido añoranza al divisar valles, lomas, barrancos y montañas que él no puede recorrer en la actualidad sin grandes riesgos.

Ahora es un proscrito. Ahora todo pertenece ya al pasado. A un pasado que no puede, que no debe de añorar.

Está ya cerca de su inmediato destino. Desciende ágil al cauce del corto pero profundo barranco que se abre a sus pies. Ya divisa la cueva, ya pisa la plataforma rocosa, balconada natural al abismo formado en donde el pinar termina. Ya contempla allá abajo el mar inmenso y el dilatado horizonte fundido con el cielo enfrente.

Se detiene intrigado. No hay señales de vida en la cuevas. El fuego está apagado, ninguna cabra merodea por los alrededores, no se oyen los llantos o las risas del niño ni los melancólicos cantos de Guanarima.

Penetra el joven en la vivienda semioculta por espesas masas de matorrales. Nadie a la vista.

Al pie de la fuentecilla de agua clara y fresca que mana constante a través de natural filtro en la rocas, unas pieles y una tabona, la cuchilla de lasca pétrea que suelen usar para curtirlas y adornarlas aparecen abandonadas allí, de cualquier forma.

Ligeramente inquieto, Aridaman llama:

- ¡Guanarima!... ¡Guanarima!...

Tan solo el eco de su propia voz responde.

Pensativo, se deshace de la carga de carnes todavía tibias y sanguinolentas. Deposita sus primitivas y rudimentarias armas en un rincón de la cueva y, atalayando desde la plataforma de la entrada vuelve a llamar a la mujer:

- ¡Guanarima!... ¿En donde estás?...

Y con gran alivio oye la voz de su compañera que desde algún escondrijo lo llama a su vez:

- ¡Aridaman!... ¡Aridaman!... Estoy aquí arriba, en el pinar.

Por encima de la cueva, en donde las raíces de los añosos pinos escarban en vacío divisa al fin el hombre el rostro de la mujer.

- ¿Estás bien?... – y continúa interrogante - ¿Y el niño?... ¿Por qué has subido ahí?...¿No te tengo dicho...?

- No grites tanto, Aridaman,- le interrumpe ella con voz contenida .- Ven. Y procura no hacer ruido ni ser visto.

Aridaman mira receloso en derredor.

Todo el familiar paisaje aparece igual que siempre, solitario, tranquilo, con los habituales rumores del bosque y del mar abajo tan solo.

Tomando firmemente el magado que es bastón y temible arma a la vez asciende el joven la difícil ladera hasta llegar a las musgosas rocas que se confunde ya con la fronda del pinar. Escondida entre ellas, con el niño dormido en brazos está Guanarima. Su hermoso semblante se nubla y silenciosas lágrimas brotan de sus azules ojos.

Sin decir de momento nada se sienta él a su lado y le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola cariñosamente hacia si.

Guanarima apoya la cabeza en el pecho del hombre amado y siempre con el niño apretado contra sí torna a llorar con renovada aflicción.

Aridaman, preocupado la deja desahogarse, interrogándose a su vez en su interior. ¿Qué nuevo peligro les acecha ahora?... Y un sentimiento de amargura y de impotencia a la vez vá adueñándose de su ser.

En tanto ella llora, ahora apacible, flojos los nervios rato antes excitados, él en rápida secuencia de visiones y pensamientos revive una vez más en su mente los hechos, las causas que condujeron a ambos amantes a su actual situación y forma de vida.



Aridaman era de noble estirpe, como nobles habían sido su padre y el padre de su padre. En ritual ceremonia, cuando su tiempo fue llegado y su cabellera orgullosamente larga descansaba en los musculosos hombros del todavía joven adolescente, se la cortaron por debajo de las orejas. Y ante el Guanarteme reinante entonces en Tamaran y con el Sabor de los Guayres reunido, recibió de manos del poderoso Faycan el magado guerrero ye ya anteriormente usaran sus mayores. Y juró que nunca había robado en tiempos de paz, ni maltratado ni mal mirado a mujer ni anciano, ni entrado en corral ajeno, ni descuartizado animal con sus manos, ni confeccionado comida o molido cebada...

Como ya entraba en la edad viril, con la ceremonia descrita pasó a ser noble entre los nobles, guerrero entre los guerreros por derecho y merecimientos pues de todos era ya conocido, querido y admirado. Las mujeres, sobre todo las doncellas lo miraban con singular afecto y él andaba de una en otra, tan inconstante y veleidoso en el amor como esforzado y valiente en la pelea.

Pero, un día... Aridaman se enamoró, amó de verdad, sin reservas ni tibiezas.

Sucedió que,...

Después de las Sementeras, al finalizar el verano, las sequías pertinaces eran las plagas más amenazantes que pendían de siempre sobre la paz y la felicidad de la paradisíaca Tamaran. Y se efectuaban ritualmente fervorosas rogativas pidiendo la lluvia bienhechora.

Reunidos en el Tagoror el Guanarteme, el Gran Faycan y la totalidad del Sabor de los Guayres del reino, con todo el pueblo silencioso y grave en derredor, tras haber derramado en lo alto de la Montaña Sagrada la leche recién ordeñada de las cabras blancas como invocación propiciatoria, las virginales harimaguadas, sacerdotisas dedicadas al Culto en el aislamiento de sus grutas cenobios acudían ante el pueblo canario con cánticos, plegarias y ritos sagrados a demandar la gracia del agua caída del cielo a su dios supremo Alcorac, el Grande, el Dueño y Hacedor de la raza canaria y de la isla.

Y como final del litúrgico acto, entonando más y más cánticos y oraciones descendían todos hasta la cercana playa y adentrándose ellas en el mar golpeaban la superficie líquida con ramas de palmeras.

En el transcurso de una de tales rituales ceremonias fue cuando cambió el destino de Aridaman, el guerrero. Una de las doncellas harimaguadas, la más gentil y joven lanzando un pequeño y como mal contenido grito de susto dio un traspiés y cayó en las aguas; quizás no tanto debido al causal tropezón como por intencionada pero disimulada idea de gozarse con el refrescante baño, a ella como mujer y vestal ante hombres prohibido.

Aridaman, cercano al incidente, presuroso y galante ayudó a la joven a levantarse. Y sintió por unos gozosos instantes palpitar el esbelto cuerpo junto al suyo... Y contempló muy próximo el hermoso y juvenil rostro, con gesto risueño y malicioso...

Y desde aquel mismo instante la amó. Con un amor silencioso, en breve abrasador en su pecho, aunque sabiéndolo insensato por imposible. Las leyes canarias eran bien explicitas en tales casos: Quien amase o intentase enamorar a una harimaguada sería ajusticiado, desriscado desde lo más alto de la Montaña del Sacrificio. Y ella, consentidora o no de tal pasión, aunque la seducción no se hubiese realizado ni la fomentase perecería lapidada por la justicia del pueblo.

Preso en las redes de aquel repentino e impetuoso sentimiento amoroso, Aridaman procuraba asistir a toda concentración o ceremonia religiosa en la que las vírgenes canarias hiciesen acto de presencia y se recreaba en la muda y ferviente contemplación de la amada imposible. Pero, no logró disimular tanto aquella fogosa pasión que lo dominaba que la que la originaba no terminase por advertirla y el amor recíproco prendió también en ella . Y aquella llamarada emocional que los poseyó amenazaba desbordarse impetuosa, incontenible y fatal.

Bien que suponía o suponía muy peligroso el juego de aquel amor, pero se dejaba enredar en el. Era hija del Gran Faycan, con sangre de guanartemes en sus venas, predestinada desde la infancia al sacerdocio. Su anciano padre ponía en ella todas sus complacencias viéndola ya convertida en Sacerdotisa Mayor, el más alto destino reservado a la mujer en el pueblo isleño.

Si; aquel amor mutuo despertado y desarrollado en los corazones de ambos jóvenes era una locura. Sin embargo, ninguno de los dos protagonista cejaban en soñar el uno con el otro y resultaba ya peligroso cuando sus miradas se cruzaban fugaces. Pronto el disimulo resultaría difícil de mantener.

Y algo sucedió incrementando la situación.

Aridaman, en su calidad de noble y guerrero fue con otros más destinado para relevar a quienes hacían perenne guardia alrededor del cenobio en que habitualmente residía su amada. La misión de aquellos centinelas era impedir que el pueblo se aproximase a las allí recluidas; que bajo ningún concepto no se las importunase en su virginal retiro.

Desde las cuevas garita escalonadas estratégicamente alrededor del cavernícola cenobio el joven enamorado pudo así contemplar a placer a la dueña de su corazón cuando ella con sus compañeras o a solas paseaba, deambulaba por los alrededores. Y así se sentía un poco más feliz, dentro de la amarga soledad que lo afligía.

A su vez, pronto descubrió Guanarima al amado imposible entre los renovados guardianes. Y la sutil amenaza de la tragedia que los rondaba se acentuó.

Una noche en la que la luna iluminaba con su lechosa y suave luz todo el paisaje de la adormecida Tamaran, Aridaman en su puesto de guardia, mirando a las estrellas, soñaba como de costumbre con Guanarima, la dueña ya imperecedera de su contristado corazón. Y tan fuertes eran sus sueños que no se sorprendió en demasía cuando una alba y como irreal aparición se le adentró por la reducida cueva.

Guanarima, burlando vigilancias, al amparo de la noche saliera impulsiva de su cubículo habitual para encontrarse con quien su corazón ardoroso ya deseaba.

Los dos amantes se miraron, se sonrieron mutuamente y felices, jadeantes, olvidados de todo lo que no fuesen ellos mismos, con las manos entrelazadas y susurros y caricias pasaron horas inolvidables.

Las nocturnas reuniones se sucedieron. Pero la situación creada que originaban aquellas secretas entrevistas, bien sabían con un atisbo de razón que ya resultaba insostenible y bien que a su pesar lo comprendían asi ambos jóvenes en su ceguera amorosa.

Una noche, en brazos de Aridaman, hablaba entre suspiros Guanarima:

- Este estado de cosas resulta ya imposible. Yo no puedo vivir ocultando más tiempo nuestro amor...

- Bien sabes, hermosa Guanarima, - respondía él compungido – que cada día que pasa se aviva más mi cariño hacia ti, si esto es posible... Pero, ¿Qué podemos hacer como hasta ahora sino ocultarnos de todos?... Las leyes de nuestros mayores son tajantes, no admiten soluciones fáciles. ¡Solo la muerte nos espera al final!...Cruel muerte, pensando en ti.

Ella se estremeció, apretándose más contra su amante.

- La muerte,... Yo no la deseo. Pero, de venir, que sea a tu lado.

Permanecieron silenciosos unos instantes, acariciándose mutuamente, al cabo de los cuales fue la harimaguada quien reanudó el diálogo.

- Vivir... –suspiró- ¡Vivir toda la vida contigo, siempre unidos por nuestro amor...!

- Mientras haya en mi cuerpo vida, -suspiraba a su oído Aridaman – mi cariño te pertenecerá... Parece como si estuviésemos viviendo en un continuo sueño,... Este amor es imposible,... Tu eres una descendiente real, eres sacerdotisa de Alcorac y estás predestinada a los más altos cargos...

- Yo no ansío el cenobio. ¡Odio esta vida de eterna reclusión!...- y cambiando de tono – Tu eres noble, mas si trasquilado y aún impuro fueses yo te amaría igual. ¡Óyeme!... ¿por qué no huimos?. Alejémonos de este pueblo que con sus costumbres y sus leyes no nos permite la felicidad!

- ¿Huir?... – la tomó él de las manos – Bien dices sí, amada mía; pero...

- Si, Aridaman. Refugiémonos en las montañas, en los riscos de las cumbres, en lo más intrincado de los

bosques o en lo más escondido de desconocidas playas, en donde nadie pueda llegar para turbar nuestro amor.

Aridaman acarició a la doncella, enternecido.

Raptar a la amada y escaparse a vivir libres en algún ignorado rincón de la isla...

- ¡Huir! ... ¡Vivir tu y yo solos y felices! , -su rostro se contrajo con un gesto de preocupación – No. Tu padre nos habría de perseguir hasta el último escondrijo.

- Pues, pienso yo que esa es la única solución a nuestro malvivir actual ... El único medio de poder vivir dichosos el resto de nuestros días

Aridaman vacilaba, cavilaba. No temía por la suerte que a él pudiese corresponderle si como fugitivos los apresasen. Dudaba ante el pensamiento de la deshonra pública de su amada, de la muerte fatal a la que la iba a comprometer de acogerse a aquel arriesgado plan. Pero, huir parecía ser la única solución, sí. Y había que decidirse. Su mutuo y fogoso amor así lo exigía.

Y, por fin, una noche de aquellas en que estaban los amantes reunidos,...

- Pues bien; está decidido, - la informó rotundo.- Querida Guanarima, te prometo que escaparemos de esta muerte que sería nuestra vida sin amor entre los de nuestro pueblo. Tu y yo fundaremos en algún lugar de la isla una nueva raza libre, feliz.

El joven guerrero se encargó de prepararlo todo. Habían de elegir el momento mas propicio, siempre durante la noche. Él conocía sendas, escalas y refugios ignorados de la mayoría de sus congéneres.

Y pocas jornadas después la doncella harimaguada y el noble guerrero guardián desaparecieron del cenobio y del poblado.

Grande fue el revuelo que se originó al conocerse la fuga de los dos amantes. El Faycan, enfurecido lanzó partidas de hombres armados en busca de su hija y su presunto raptor. Infructuosas resultaron las batidas desarrolladas. Se recorrieron las costas. Se descendió a los más profundos e intrincados y siniestros barrancos, se escalaron las agrestes montañas y se escudriñaron los extensos bosques, todo sin éxito alguno. Por lo que lo novedoso del episodio y el escándalo originado acabaron por menguar un tanto en su intensidad inicial y al cabo de algún tiempo, paulatinamente, cesó la pertinaz búsqueda, aunque no fuese el suceso olvidado completamente, sobre todo por el considerado ultrajado Faycán.

Tal es el retazo del reciente pasado que por unos instantes rememora el joven Aridaman en este recóndito paraje de Tamaran, enclavado en una de las partes más altas y escabrosas de la isla, teniendo a la harimaguada y al niño, fruto de tan accidentado amor en los brazos.

Ya más sosegada, Guanarima contempla amorosa a la criatura que ha vuelto a dormirse y sonríe maternal. Mas el recuerdo de un peligro actual, latente y amenazador nubla de nuevo su hermoso semblante. Mira asustada a su compañero.

- ¡Aridaman!... Tenemos que huir otra vez... Tenemos que alejarnos de este paraje.

- ¿Qué dices, mi adorada Guanarima?... – inquiere él, preocupado.

- ¡Hemos sido descubiertos!

- ¿Cómo?... ¿Qué es lo que ha pasado durante mi ausencia?.

Guanarima deposita con sumo mimo y cuidado al pequeño durmiente en el hueco cercano de una roca.

- Esta mañana, después de tu partida y de asear yo la cueva y repasar las últimas pieles que trajiste, mientras Tamayedra dormía, estando ordeñando la cabra oí voces que hablaban muy cerca de mí, en la ladera...

- ¿En el risco?,... – interrumpe él frunciendo el ceño en gesto estupefacto.

- Si; por el que da al mar. Dos mozos, creo que uno de ellos Bentagache el hijo de Adamiga de Agayte, con sendos troncos de tea al hombro subían como verdaderas cabras. Supuse que para tratar de cumplir alguna apuesta pretendían clavar los palos en lo más alto de esta parte del risco... Pero, al verme a mí dejaron caer los troncos, acaso sorprendidos por mi inesperada presencia y, contraviniendo las leyes me hablaron: “¿No eres tú Guanarima la harimaguada, la hija del Gran Faycan de Agáldar?”...

- Sigue, sigue... le apremió Aridaman - ¿Qué pasó después?.

- Pues que Bentagache, mas decidido que su compañero siguió acercándose y preguntando: “Y Aridaman, ¿No está aquí, contigo?... Pretendió tomarme de una mano... No sé como tuve fuerzas pero conseguí coger un palo encendido de la hoguera en que se asaba el conejo... Le quemé en la cara. El otro mozo pareció decidirse e intentó tocarme y lo rechacé también con la tea encendida, gritando...Por fin, ante los alaridos que daba Bentagache, retrocedieron por la senda que a través del risco dices tú que lleva a Aregayeda... Aún oí que al alejarse gritaban: “¡Volveremos con los de Agáldar!... ¡Esta vez no lograras escapar a la justicia del pueblo!”...- y finaliza la relación gimiendo - ¡Oh, ha sido horrible!

- Aridaman la acaricia afectuoso.

- Cálmate, cálmate... Ya pasó todo. No tengas temor.

- Y ella prosiguió, algo más serena:

- Solté las cabras, apagué el fuego, cogí el niño y me vine para estas alturas a esperar tu regreso – toma las manos de su compañero - ¡Tenemos que escapar, Aridamán!... Marchémonos de aquí antes de que vengan los guerreros.

Él procura calmarla en su aflicción con tiernas caricias, atrayéndola una y otra vez hacia sí y aunque esta interiormente alarmado, procura disimularlo y hace lo posible para que ella se tranquilice.

- No temas. No nos cogerán. Partiremos ahora mismo hacia un lugar aislado en donde no lograran encontrarnos jamás. Iremos al Faneque, en donde tengo por allí previsor y seguro refugio. Y, más adelante habremos de trasladarnos por lo más escabroso de las montañas hacia los grandes barrancos de la comarca de Atrahanaca...

- Y después de unos momentos de silencio, continuó, animoso

- El escondite de el Faneque que yo suelo visitar de cuando en cuando al ir de caza, está bien provisto de agua, leña para el fuego y otras provisiones en cantidad suficiente para permanecer allí largo tiempo.

- Con aquellas frases de consuelo y aliento la joven madre, atendiendo solicita en todo momento al niño durmiente, se serena un tanto.

- En amplio zurrón carga Aridaman lo indispensable para la precipitada fuga y así la familia inicia el éxodo rumbo al alto y aislado roque Faneque unido a tierra firme por estrecho y peligroso paso, coloso de piedra, árboles y maleza por una parte, la que le une al frondoso pinar y árido, agreste y riscado por la que se abre en impresionante acantilado al mar que baña su base allá abajo.

- La pareja, él con varios útiles sobre las espaldas y una amodaga y el magado enarbolados y ella con un hatillo conteniendo lo imprescindible de rudimentarios útiles domésticos y el niño sujeto con pieles terciado a la cadera.

- Aridaman, al mismo tiempo, avezado a recorrer bosques y montañas va a la zaga procurando borrar o disimular lo mejor posible las huellas de su presuroso paso.

- Un corte impresionante, más allá de un precipitado barranco, singulariza más todavía al paisaje y aísla por completo al imponente risco a donde la pareja en fuga se dirige.

- Aridaman, buscando los pasos más accesibles para Guanarima, la va guiando con seguridad y aplomo hacia la salvación que para ellos va a ser el alto roque. Por estrechas y disimuladas sendas, a veces al borde del impresionante precipicio, otras ascendiendo cual humanos lagartos las laderas agrestes llegan al cabo de cierto tiempo jadeantes los dos jóvenes a un determinado lugar en el que hasta la difícil senda que siguen parece terminarse. A los lados, muy abajo, barrancos insondables de tenebrosas penumbras que mueren en el mar por la costa. Detrás queda la masa verdosa del pinar y su frondosa maleza con el fondo de las siluetas quebradas de montañas de indudable origen volcánico al fondo. Enfrente solo se les ofrece la pared rocosa, desnuda la mayor parte de vegetación y al parecer completamente lisa del Faneque en sí que habrá que intentar escalar.

Guanarima, cansada de la caminata mira desolada a la que aparece como vertical ladera que tiene enfrente y piensa con angustia que es materialmente imposible el continuarla por allí. Aridaman, sonriéndole para darle ánimos hace rodar algunas piedras que dejan al descubierto espacios suficientes para apoyar en ellos manos y pies en escalada. Indica:

- Voy a subir por aquí yo primero. Tu amárrame bien a Tamayedra a la espalda. Una vez arriba, con esta soga te subiré a ti y al bulto de las pieles y las armas. La cueva que te he dicho que ya está preparada y nos espera está ahí arriba, bien disimulada y muy cerca de la cima.

- Ayudado por Guanarima logra colocar al niño bien acomodado y seguro encima del zurrón que porta a la espalda y emprende con movimientos firmes y seguros la laboriosa escalada.

- Tamayedra asustado está despierto y llora ruidoso en tanto que su madre temblorosa y anhelante contempla con intensa mirada la escalada y acaba lanzando un profundo suspiro de alivio cuando advierte al escalador que, sonriente y con el niño ya a salvo en el borde de la cueva le arroja un extremo de la sólida soga de cuero trenzado. Y al fin sube ella lentamente, apoyándose con manos y pies en la desnuda roca, cerrando los ojos para no ver el negro abismo que se abre amenazador bajo sus plantas, sintiendo al mismo tiempo el peso del resto de la soga amarrada a su cintura con las armas y los víveres.

- La cueva, aunque de reducidas dimensiones parece ofrecer seguro y momentáneo refugio a la pareja con el niño.

- Por la tarde, Tamayedra beatíficamente dormido sobre unas pieles, los dos jóvenes amantes se acomodan en la misma cima del roque y contemplan absortos el dilatado paisaje que se ofrece a su vista. Hacia el sur, riscos impresionantes, altas montañas de tintes violáceos y cárdenos y profundos barrancos de los cuales suben espesas brumas. Por el lado de donde surge diariamente el padre sol, después de los grandes cortes casi verticales en que se remata la fronda de Tamadaba asomándose en parte con atrevimiento al mar y en parte sobre las lejanas llanuras y vaguadas de Agayte y Agáldar con la montaña de Arehucas y los altos de Moya y Afurgat al fondo. El infinito norte está limitado por el mar y el cielo que se unen en la lejanía con masas de nubes blancas y algodonosas. Y allá por el oeste, emergiendo de las brumas sobre las aguas la mole imponente del Echeide, el Pico Sagrado que, según las tradiciones, en cíclicos legendarios echaba fuego y humo a lo alto cuando las tibicenas pretendían adueñarse de la tierra. Algunas nubes tornasoladas ya comienzan a situarse en derredor del mágico y gigantesco monte como suele ocurrir cuando se acerca el diario atardecer.

- Guanarima, siempre alerta es la primera en volver a la realidad presente, nuevamente alarmada.

- - ¡Mira, Aridaman!. Un grupo de hombres, cazadores o guerreros sale allí debajo de las lindes del pinar.

- Efectivamente, una docena de guerreros armados de amodagas, dardos y magados puntiagudos avanza por uno de los bordes del espeso pinar de Tamadaba, con inequívoca dirección hacia el Faneque, ante lo cual Aridaman con rápido gesto obliga a agacharse a su compañera, tendiéndose ambos en el borde de la cueva que les sirve de refugio, observando al grupo de guerreros. A una comprenden que se trata de una partida enviada por el Faycan enviada de inmediato en su busca y captura, delatada su presencia en Tamadaba por Bentagache y su compañero. Luego, arrastrándose sigilosos, ambos buscan el escondrijo de la cueva y continúan sin perder de vista a los de la partida que al poco se van alejando, después de reconocer lo mejor que pueden las cercanías.

- Aridaman y Guanarima respiran al fin con desahogo y mas tranquilizados.

- Pero, al poco tiempo, ya atardeciendo hacen de nuevo su aparición los guerreros en el borde del pinar. Y ahora avanzan ya con decisión hacia el estrecho y peligroso paso, el único posible transitable que conduce hacia el Faneque. Al frente de ellos marcha un hombre viejo, casi desnudo que camina encorvado y concentrado y en quien Aridaman, pese a la distancia reconoce a Tiniguada el pastor, el mejor rastreador de la isla. Sigue, siguen los componentes del grupo las huellas dejadas por los fugitivos y Aridaman, dentro de sí maldice en no haberse preocupado tanto allí, en el terreno volcánico de borrar todo rastro de su paso al igual que por el pinar lo ha hecho.

- Gunarima solloza quedamente apretando a su hijo contra sí y Aridaman, con las manos aferradas a la amodaga de tea endurecida al fuego, piensa por un momento en matar al que intente cruzar el dificultoso paso. Pero, de momento se contiene.

- Los guerreros de Agálda, como la noche ya se avecina y es más intenso el fresco del atardecer, encienden varias hogueras y forman campamento al otro lado del desfiladero. La estancia entre ellos del sagaz Tiniguada parece confirmar que ya saben con casi total certeza en donde se refugian las prófugos amantes. Y bien así lo comprende Aridaman ya verdaderamente alarmado, aunque todavía una luz de esperanza brille allá en su interior. Si ellos en la cueva procuran no dar señal alguna de vida quizás desistan sus perseguidores de arriesgarse al cruce del peligroso paso y a la necesaria y difícil escalada...

- Cae la noche. Una noche fresca en estas alturas.

- En el improvisado campamento los hombres de armas, cazadores y guerreros hablan entre sí y sus voces llegan con toda nitidez hasta la pareja fugitiva agazapada en su elevado escondite, manteniéndolos en constante vela y zozobra.

Tamayedra, una vez más alimentado y aseado en lo posible duerme apacible y sus padres comen algunas frutas secas acompañadas de necesarios sorbos de agua del odre.

La noche se desliza plácida, en gran parte bajo la lechosa claridad de la luna, pero Aridaman espía constante el campamento de sus enemigos que ahora duermen envueltos en sus tamarcos de lanudas pieles, cercanos a las mortecinas hogueras, en tanto que uno de ellos hace de centinela y permanece vigilante, en alerta, sin apenas apartar la vista del fragoso roque que se rodea de sombras.

Va palideciendo el firmamento tachonado de estrellas, anuncio precursor de un nuevo día. Ascienden rumores confusos desde el mar, allá abajo. Comienza a soplar ligera y frescas brisa...

Guanarima, con los nervios todavía excitados por lo accidentado de la jornada, permanece acurrucada, como aletargada, lo mismo que por fin a conseguido en agitado sueño dormitar Aridaman.

Tamayedra se rebulle entre las pieles sobre la que lo han acostado y, destapado, desnudo e indefenso despierta al sentir en sus tiernas carnes el zarpazo de la brisa matutina. Y lanza un agudo grito.

Sobresaltados en grado sumo se despiertan del todo sus padres en el acto y ella con presteza maternal pero frenética en el ademán acude a sofocar el llanto del niño, tapándolo con las pieles.

En el campamento a la vera del pinar el repentino grito también despierta a los guerreros y alerta al centinela de turno que, excitado, señala a lo alto en dirección a la cueva.

Ya no hay remedio, piensa con desespero Aridaman. Su hasta entonces oculta presencia es conocida.

El llanto infantil ha sido como toque vibrante de atención que fija de modo exacto, inequívoco el lugar en donde ellos se esconden, la situación exacta de la disimulada cueva. Ahora, él deberá de aprestarse a luchar, a no permitir como sea a sus enemigos que logren cruzar el paso, cueste lo que cueste. Aunque bien sabe en su fuero interno que toda posibilidad de escapar de sus tenaces perseguidores se ha esfumado.

Un agudo y angustioso grito, un alarido brutal lo saca de su momentáneo ensimismamiento y amargas reflexiones.

- ¡Tamayedra!... ¡Mi hijo!... ¡Nuestro hijo,...!

Guanarima, como repentinamente enloquecida, gimiendo le ofrece el cuerpo del niño,... muerto. Al tratar de sofocar el infantil llanto que los delataba, lo tapó con las pieles, lo ha asfixiado.

Amanece ya. En la cercana fronda del pinar rompen a cantar alborotadoras las aves de rama en rama. Suenan en el soto bosque gruñidos, bufidos, llamadas de los salvajes animales que lo habitan... De las hondonadas y barranqueras emerge la niebla matutina, espesa, grisácea y azulada... E firmamento se enciende con nubes de tonos cárdenos, rosados, dorados y blancos....

Los guerreros isleños enviados por el gran Faycan, ahora espabilados y alerta contemplan asombrados y boquiabiertos una escena cuya visión no se borrará de sus mentes por mucho tiempo y que habrá de ser cantada por los bardos de toda Tamarán.

En lo más alto del Faneque, con el fondo lejano y majestuoso del Echeyde que en la isla cercana sube eternamente hacia el cielo desde las brumas que lo rodean, cara al mar que susurra lamiendo blandamente rocas y lavas allá abajo, las siluetas de Guanarima y Aridaman se recortan nítidas, manteniendo entre ambos en brazos el cadáver del niño.

La harimaguada y el noble guerrero se detienen por unos segundos al borde del precipicio que se abre ante ellos.

Un doble grito resuena poderoso, claro y aterrador a la vez:

- ¡¡Atis Tirma!!.

Y los infelices amantes se arrojan al vacío abrazados al niño fruto de tan malogrado e infausto amor.



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4 de junio de 2010

AIRES Y MEMORANZAS GALICIANOS

de Carlos Platero Fernández



Mi intención es que este comentario sea a modo de contestación al que "Princesa" insertó tan gentil y amablemente al mío sobre rapsodias y rapsoda. Antes de nada, mi más sentido pésame por el fallecimiento de aquella adorable persona tan querida de su familia y de la mía y de sus amistades de siempre entre los que me encontré yo

Mis dos amores platónicos han sido siempre la Galicia eterna en que nací y Las Canarias tropicales que tan bien me acogieron y a ellas como bien se haya ya podido observar dedico siempre toda mi obra de aficionado a escribir.

Hoy, el prefacio e intención de mi novela inconclusa "La torre del odio" que se desarrolla a orillas del rio Ulla, junto al Puente de Mourazos y la adyacente ermita de Sanxurxo y que voy enviando, capítulo a capítulo a mis hermanos Elena y Alberto. Otro día, irá, si Dios quiere el preámbulo de la novela publicada hace ya muchos años "Un episodio de los tiempos celtas" desarrollado entre Chaín, La Esparela y el castro de A Roda y la Zarra Nova, así como el borrador inicial de "Flavio el romano" novela desarrollada en una sola jornada entre La Vila y Quinzán junto a una villa romana conocida como Vidualde. Todo a su tiempo puesto que tiempo, de momento y gracias a Dios tengo. Gracias por tu comentario, "Princesa".



Los prolegómenos de "La Torre del odio"

Escribía yo lo siguiente, y debió de ser después del verano del año de 1970 y ya en Canarias, de regreso de haber disfrutado nosotros los canarios unas estupendas y aunque cortas, intensas vacaciones, parte de las cuales, como no podía ser menos transcurrieron en Chaín, padres-abuelos y hermanos-tíos en la entonces acogedora casa de La Vila.

(En una serie de reportajes, escritos y publicados allá por los años 70 y 80 del pasado siglo, en el III de la serie, titulado "Ruinas evocadoras y atrayen­tes monumentos" referente a mi siempre evocadora tierra nativaaires de Galicia)

... Como colofón a esta especie de sencillo glosario de la Galicia históri­co - monumental vuelta a encontrar, doy la descripción de un cautivador paraje que tuve la satisfacción de recorrer, localizado en el centro geográfico de la comarca de La Ulloa, por zonas rurales apenas conocidas desde el exterior. Un paisaje de monte, completo verdor variado, prados, río y piedras musgosas que parecen querer hablar de la Galicia milenaria, de la Galicia de muy movida historia, de la Galicia amada que permanece todavía bastante sepultada en el desconocimiento y el olvido.

En tierras confines de la provincia coruñesa, circundadas sus faldas por las aguas del río Ulla, álzase prolongado montículo rematado en dos pequeños oteros singulares, de los cuales el uno y debido a su configuración da idea de pretérito castro y en donde hoy hay una sencilla capilla con rústico crucero como único exterior, estando cercano un penedo, una curiosa roca labrada en dos concavidades simétricas conocidas en el contorno por as pilas donde bebían os cabalos dos mouros y que muy bien pudieran ser receptáculos para prácticas religiosas, para celebraciones rituales de litaciones a las divinidades célticas. Entre yedras y matorrales se adivinan curiosos restos de ciclópeos terraplenes. El otro extremo de tan singular montículo, separado de el que se adorna con la ermita por unos centenares de metros, con laderas que descienden en rápido declive hasta el río y unos fangosos prados regados por aguas ferruginosas provenientes de un pequeño manantial, es un importante yacimiento arqueológico con restos de tosca cerámica, en donde se localizan fácilmente numerosos trozos de teja gruesa, de cantería granítica presumiblemente labrada. Al conjunto del montículo se le conoce con el topónimo sugeridor de La Torre.

¿Vestigios de una fortificación, acaso de la Edad Media?... ¿Huellas casi inapreciables de solariega vivienda demolida, arrasada en las cruentas épocas de continuas luchas entre feudales señores rivales?... ¿Posibles restos, consecuen­cias de la frustrada revolución de Los Hermandiños del siglo XV...

Difícil, por no decir imposible será el pretender esclarecer el enigma allí planteado; el secreto encerrado o enterrado, porque todo ha quedado sepultado bajo el absoluto silencio de varios siglos oscuros y decadentes en la apasionante historia del país. Queda tan solo abierto el camino para la imaginación.



Tema el de "el prado de la torre" en el que, sin acordarme por el momento del texto anterior que andaría archivado en alguna de las carpetas que ya iba hinchando con notas varias, incidí años después, supongo que ya con más soltura estilística, si vale aquí la expresión; al menos con más práctica en esto de escribir y en lo de describir, que no es lo mismo.

Porque, lo que si es seguro es que ya entonces había surgido en mi mente la idea de escribir algo sobre la posible fortificación que supuse que pudiese haber existido en aquel recóndito paraje cuyo nombre, conocido de generación en generación por los lugareños de la zona, me resultaba en verdad sugeridor. Y del que, por aquellas fechas, puedo asegurarlo, ni Alberto con sus estudios de Geografía e Historia ni Fernando con las notas que solía tomar de todo cuanto llamara su atención, conocían nada, si bien es cierto que Alberto, catedrático de la materia, ya barruntaba algo.

Lo cierto fue que yo en uno de mis muchos escritos años después volví sobre el tema, lo que demuestra que no lo había olvidado, ni mucho menos. Y, la nota, manuscrita, rescatada hace poco de entre multitud de otras decía así:

El prado de la torre.

Así se le llamaba y así supongo que se le seguirá llamando a un determinado lugar campestre localizado a orillas del río Ulla, en los límites sureños territoriales y administrativos del concejo o ayuntamiento de Santiso situado casi en el centro geofísico de mi tierra nativa, Galicia.

Topónimo sugeridor donde los haya, para localizar alguno de los innúmeros episodios que jalonan y conforman la historia de la región, de lo que fue en el pasado el Antiguo Reino de Galicia.

El prado de la torre,... La torre, la atalaya, la fortaleza de vigilancia de la comarca, de recogimiento de la tropa nativa o foránea, más o menos voluntaria o mercenaria, cuando los tiempos románico-góticos...

Hace ya bastantes años, con mi hermano mayor Alberto, profesional él de la Historia y aficionado yo a las historias de la tierra, de nuestros mayores, de nuestro ancestro y, en definitiva de nuestro pueblo, estando por aquellos días disfrutando de unas placenteras vacaciones ambos con nuestras respectivas familias y proles en la casa paterna de Chaín, en una veraniega tarde cálidas temperaturas al sol y algo refrescantes ambientes a la sombra, en tanto que emprendíamos un agradable paseo buscando, eso sí las sombras de la fronda arbórea del entorno, nos propusimos ambos llegarnos hasta las proximidades de la pequeña aldea de Sanxurxo con la intención de reconocer un cierto "prado de la torre" del que se me había hablado, cuya toponimia nos llamaba poderosamente la atención y que, cierto era, Alberto ya localizara y reconociera de forma muy somera tiempo atrás.

Yo me colgué del hombro la vieja y traqueteada carabina "remington del 22" como la llamábamos, para tratar de tirarle, no digo ya a un muy hipotético conejo o a una escurridiza perdiz o a un "pombo", iluso de mí, sinó a alguna de aquellas oropéndolas de brillante plumaje que no hacían daño a nadie, que ni siquiera eran aprovechables como vianda, pero que con los mirlos y los estorninos resulta­ban casi siempre el único blanco fácil para los pésimos seudo cazadores como yo. Pero daba gusto llevar el arma de caza al hombro.

(Al presente comentario manuscrito en folio satinado le falta el resto del texto que sin duda debí de escribir. Tan solo pude localizar cuando indagué entre mis muchos papeles el párrafo que debió de ser el postrero y que agregaré aquí al final para complementar el todo.)

Por lo que se colige de lo escrito hasta aquí, se ahora que aquel evocado paseo de reconocimiento del dichoso prado ocurría en el verano del año 1970, como al principio indiqué. ¡Con lo que ha llovido desde entonces!. Casi cuatro lustros. Y sin embargo, al tratar de concentrarme lo mejor y más posible en la evocación, una vez más me es dado el comprobar que recuerdo el episodio perfectamente. Y al mismo tiempo observar que soy una perfecta nulidad para recordar nombres de personas o números. Soy una verdadera calamidad y confieso que ni me acuerdo de las matrículas de los coches de mis familiares más allegados, ni de los números de los DNI de mis deudos y, desde luego de ningún número de teléfono y aún el de casa, debo de llevarlo anotado en cualquier papel, nota o tarjeta. (¡Véanse sino la cantidad de notas, de "chuletas" que llevo conmigo encima, en la carterita del monedero, en la cartera, entre la documentación del coche y permiso de conducir, etc., etc.!).

Pero, en cambio, en cuanto a recordar y evocar con bastante precisión paisajes, panorámicas, detalles geográficos de cualquier lugar en que haya estado y si es que en su momento llamó mi atención, a pesar de que hayan pasado los años tengo una memoria casi fotográfica,

Y es por ello que, en la evocación de la visión retrospectiva me veo perfecta­mente a Alberto y a mí salir de la casa de la Vila de Chaín, entonces toda llena de vida, rodeada de flores y verdores diversos. Era al comienzo de una tarde algo bochornosa, de verano y hasta me parece advertir que en algún momento nublada y por lo que, aunque a "priori" me sedujese el que por fin fuésemos los dos hermanos a reconocer determinada zona interesante del contorno aldeano, seductora para nuestras comunes aficiones de los hermanos Platero de intentar conocer cada vez mejor la comarca de nuestros mayores su historia, su geografía y su toponi­mia, la verdad es que a la hora de partir, solo en pensar en la caminata que me esperaba ya me entró en el espíritu cierta vagancia, por lo demás congénita en mí. Y eso que aún no habías adquirido estos muchos kilos de grasa que me sobran pero que no consigo echar fuera de mi rechoncho cuerpo.

Pero en aquella jornada, Alberto una vez más logró convencerme. Y héteme allí con la vieja y comunal carabina al hombro pasando por Pazos procurando no hacer ruidos que alertasen a los perros ladradores que reposarían jadeantes en algún alpende o debajo del hórreo en la era. Buscamos las sombras de La Esparela, cruzamos en agro de Santalla, pasamos ante las ruinas de una casucha en Mariño, junto a la Fuente Fría, por los alrededores de la aldea de Casasnovas y nos adentramos, primero por un pinar y luego por el fragoso monte de El Serrapio, que recorrimos hasta las cercanías del río Ulla, buscando el sitio exacto en que se localizaba la Fuente Santa tan popular en el contorno, la de las consejas y las leyendas. Fuente que no dimos con ella aquella vez, por lo que fuimos bajando de entre aquellos roquedales y tojos y por alguna amplia "corredoira" descendimos hasta las proximidades del río, por allí remansado, en lo que sería en un futuro próximo, si no lo era ya, la cabecera del gran embalse de Porto de Mouros. Dejamos a nuestra izquierda el reducido caserío de la aldea de Vide y tomamos la dirección de la de Sanxurxo, pero, antes de llegar a ella, nos encontramos en el para nosotros ya famoso "prado de la torre" y los dos montículos que lo separan del río, cuya descripción mal que bien hecha encabeza el presente reportaje.



Ya de regreso de la corta pero gratificante excursión, expedición de reconoci­miento al llamativo y recóndito paraje, donde sin duda ya surgió en algún rincón de mi mente, en el campo de mi imaginación el embrión de lo que más adelante iba a intentar convertir en el tema de una posible novela con el título ya concebido casi desde aquellos momentos de "La torre del odio" y que, muy posiblemente, como suelo hacer en casos análogos fuí allí mismo imaginando y comentando con Alberto, pensando ya en desgranar la idea sobre el papel.

Y fue por cierto aquella tarde que a mí me acaeció un pequeño percance que luego sirvió para que tanto mis hijos como mis sobrinos y los mayores que lo escucharon se riesen a mi costa a más y mejor cuando Alberto lo contó a la hora de la merienda en la casa familiar de La Vila.

Al tiempo que yo por fin gasté alguno de los finos cartuchos de caza que llevaba, disparando a mansalva a todo vicho viviente, léase pájaro que se moviese entre las ramas de robles, castaños, pinos o sauces y aún algún imprudente sapo que saltase junto a los setos de prados y brañas que íbamos atravesando, pues ocurrió que al intentar atajar yo por uno de aquellos húmedos prados en declive, resbalé, trastrabillé y dí con mi oronda y rechoncha figura en tierra. Caí en tan ridícula postura que quedé perfectamente sentado, levantando los brazos con la escopeta en alto para que no se mojase y al tiempo procurar mantener el equili­brio lo más dignamente posible; que no fue posible pues me deslicé prado enfanga­do abajo como si de un divertido tobogán se tratase, recorriendo en vertiginosa carrera más de cincuenta metros sin poder valerme y con el habla cortada por el sobresalto inicial, ante la primero alarmada y asombrada y luego regocijada mirada de mi querido hermano mayor que caminando por terreno más firme y seguro, pegado a uno de aquellos setos vivos se reía a mandíbula batiente, lo que continuó haciendo al tiempo que por fin, ya frenado yo en mi imprudente carrera me ayudaba a incorporarme, con el pantalón empapado pegado al trasero y al dorso de las piernas y los calcetines también mojados y los zapatos que hube de descalzarme un momento para escurrir el agua y el barro que en ellos se introdu­jeran.

La anotación final del relato y hecha en su día añadía que al pasar de regreso a casa por las aldeas y lugares de Vide, Sarandeses, Casasnovas y Santalla, Alberto iba saludando cordial y alegremente a cuanta persona nos topáramos, demostrando con ello "conocer a aquella gente paisana de toda la vida". Y en cambio, yo que también saludaba, procuraba disimular lo mejor posible lo embarra­do que iba, y ponía verdadera cara de bobo por más que lo disimulara y cuando nos alejábamos terminaba preguntando por "lo bajines" con la consabida muletilla de ¿Y quién es?...; porque bien cierto es que, a pesar de haber pasado en mi infancia larga temporada en el curato, desde hacía muchos, muchísimos años residía como trasterrado, fuera de la región.

Luego,... Yo escribí el borrador casi completo de la novela "La torre del odio". Y en cuartillas manuscritas tuve el tema mucho tiempo.

Tanto me entusiasmé con la idea, que llegué a dibujar no solamente las figuras de Donsueiro y de Froila, la doncella sinó también de lo que yo imaginé fue aquella fortaleza, el paisaje en que se enclavaba, etc.

Cada vez que iba a Galicia, mi hermano gemelo se interesaba por la novela, quería saber si la había terminado, si estaba ya dispuesta para su posible publicación... Habló de ello a varios amigos de La Coruña que cuando me veían me preguntaban indefectiblemente por ella, etc., etc.

En el entre tanto, Alberto me facilitó datos documentales de la existencia de una torre, de "nuestra torre" en lo alto del montículo, a la vera del remanso allí formado por el río.

Y Fernando, mi gemelo también comenzó a interesarse de veras en el tema y, muy poco antes de fallecer, me envió un trabajo suyo de pormenorizada investigación que, complementando lo facilitado por nuestro hermano mayor ha sacado a la luz un importante episodio de la historia de la comarca.

Ambos trabajos eruditos van a ser el epílogo de la novela que yo escribí después de imaginarla, desconociendo la verdadera historia. Y que en cierto modo no desmerecen la una de los otros.

1 de mayo de 2010

de trovas y trovadores

Por Carlos Platero Fernández



En la presente ocasión pretendo acceder a la solicitud de algunos/as anónimos/as lectores/as “virtuales” de estos mis distendidos “Relatos” que de una u otra forma aplauden o critican y aún censuran y que alguno de los cuales me recuerdan que a fuer de considerarme “acanariado” no por ello olvide que, ya que en todo momento presumo de mis raíces gallegas, invoque aunque sea de cuando en cuando el mundo espiritual y material de mis ancestros.

Para ellos y como viejo rapsoda aficionado que de joven he sido, van pues los dos siguientes romances, el uno trovadoresco, en gallego clásico y el otro, jocoso y que espero que así se me entienda, en una especie de “castrapo” de feria, de las de finales del siglo XIX y principios del XX que uno conoció en su niñez.

Va el primero el titulado como “Romance de Don Gaiferos”, propio para el presente Año Jacobeo. Según cuentan las historias, este romance jacobeo es o corresponde al ciclo carolingio o medieval. En ellas se dice que Guillermo X, último duque de Aquitania una basta región histórica de Francia, peregrinó a Compostela en 1137, falleciendo ante el altar del apóstol el día de Viernes Santo de dicho año. En el famoso códice denominado “Calixtino” se cita la peregrinación del duque bajo el nombre caballeresco de Gaiferos de Mormaltán., hecho del que arrancó el trovadoresco romance que, con acompañamiento de música de zanfoña se interpreta por el Camino de Santiago y en Compostela en la actualidad y que, entre otros rapsodas eminentes del pasado supo rescatar del polvo del olvido de los siglos el gran folclorista gallego Faustino Santalices, que, acompañado de música de la zanfoña que él también revitalizó, interpretó muchas veces allá a mediados del siglo XX en el transcurso de ágapes arzobispales en palacios santiagueses y que traigo aquí como sentido homenaje a la efeméride del presente Año Santo Compostelano



I onde vai aquil romeiro, meu romeiro a donde irá,
camiño de Compostela, non sei se alí chegará.
Os pés leva cheos de sangue, xa non pode máis andar,
malpocado, probe vello, non sei se alí chegará.
Ten longas e brancas barbas, ollos de doce mirar,
ollos garzos leonados, verdes como a auga do mar.
- ¿I onde ides meu Romeiro; onde queredes chegar?
- Camiño de Compostela donde teño o meu fogar.
Compostela é miña terra, deixeina sete anos hai,
relucinte en sete soles, brillante como un altar.
Cóllase a min meu velliño, vamos xuntos camiñar,
eu son trobeiro das trobas da Virxe de Bonaval.
I eu chámome don Gaiferos, Gaiferos de Mormaltán,
se agora non teño forzas, meu Santiago mas dará.
Chegaron a Compostela; foron á Catedral,
Ali, desta maneira falou Gaiferos de Mormaltán:
-Gracias meu señor Santiago, aos vosos pés me tes xa;

si queres tirarme a vida, pódesma señor tirar,
porque morrerei contento nesta santa Catedral.
E o vello das brancas barbas caíu tendido no chan,
Pechou os seus ollos verdes, verdes como a auga do mar.
O bispo que esto oíu, alí o mandou enterrar
E así morreu señores, Gaiferos de Mormaltán.
¡Iste é un dos moito miragres que Santiago Apóstol fai ¡





(que, traducido al castellano dice así:)

Adónde va aquel romero, mi romero adónde irá,

camino de Compostela, no sé si allí llegará.

Los pies cubiertos de sangre, ya no puede más andar.

Pobrecito, pobre viejo, no sé si allí llegará.

De largas y blancas barbas, ojos de dulce mirar,

ojos tristes, leonados, verdes como agua de mar.

“¿Adónde vas, peregrino, adónde quieres llegar?”

“Camino de Compostela, donde yo tengo mi hogar.”

“Compostela, esa es mi tierra, la dejé siete años ha,

reluciente en siete soles, brillante como un altar.

Ven mi romero conmigo, juntos hemos de marchar,

yo a la Virgen canto trovas, la Virgen de Bonaval.”

“Yo me llamo don Gaiferos, Gaiferos de Mormaltán,

si ahora no tengo fuerzas, mi Santiago me las dará.”

Llegaron a Compostela, fueron a la Catedral,

y de esta manera habló Gaiferos de Mormaltán:

“Gracias mi señor Santiago, a tus pies me tienes ya,

si quieres tomar mi vida, ya me la puedes quitar,

que yo moriré contento en tu santa Catedral.”

El viejo de barbas blancas cayó mirando al altar,

y cerró los sus ojos verdes, verdes como agua de mar.

El obispo que esto oyó, allí lo mandó enterrar

Y así murió, mis señores, Gaiferos de Mormaltán.

Este es uno de los milagros que Santiago sabe obrar.





El otro, romance popular es el evocador de alguna enxebre estampa rural de la Galicia profunda del más reciente pasado, de texto para mí al menos anónimo como del pueblo que es, que fue interpretado repetidamente con singular gracejo, bis cómica y sentimiento a la vez en reuniones familiares y amicales por quien me lo facilitó, mi ya difunto hermano gemelo Fernando.



O CANTAR D E CEGO



(BERRANDO) ¡Fajan corro señores e non arrempujen, que fai un calor que abafa!... ¡Ti, rapariga, está cerca de min, que hay moito sinvergüenza do arredor!...

¡A perra jorda la hestoria completa!... (CANTANDO)

Y en la vila del Rabiño,

partido de Cortejada, habetaba un matrimonio

modelo de fé cristiana.

Y él se llamaba don Goaquine

Y su esposa doña Iana.

E estiveran nel Brasile y janaran mucha plata

Y tenían los aforos guardados en una iarca.

Vivían en una finca

de la ciudad alegada, que tenia una cancilla

de moitas afejoranzas...

(BERRANDO)

¡Oi, ti, sinvergüenza,

deixa en paz á rapariga,

que non se mete contijo!

......................................

Que barbaridade;

Que pouca aducación, hombre...



¡Ponte a outra banda de aquí!

(COMO RECITANDO)

A eso de la media noche,

cuando el jallo no cantaba,

por la puerta del gardine

los criminales entraban

y al can que estaba en la porta

y que la finca juardaba

le deron tal pontapé

que le abriron las entrañas...

Xa en el piso prencepal, la criada daba jritos,

sin que nadie le acodiera...

¡Ni los mismos angelitos!...

Aquellos hombres malvados,

cojieron a la criada,

la tiraron de los pelos,

la arrastraron por los suelos,

le quitaron las amancas,

le roubaron unas pesetas

que ella tenía guardadas...

Y no contentos con eso,

Aquellas malas calañas

la llevaron al balcón...

Y la chimpan por la ventana

indo a caer su cuerpo de fociños

donde estaba la estercada

y allí entre malos olorres

la probe entrejó su ialma...

Y van y cogen a don Guaquine

y a su esposa doña Iana,

les metieron a uno y otra en la boca

un colchón y una almohada,

un mantón de ocho puntas,

un cobertor y dos mantas...

Con una cuerda de mirtos,

les apretaron las espaldas

y allí mallaron en eles

y les escopieron en las caras

...........................................

(DECLAMANDO)

¡ Madres que tenendes hijos,!...

¡ Hijos que vais a la escuela,...!

no olvideis que es necesario,

tener siempre en casa a la suejra,

que si a las veces nos riñe,

nos araña y nos peja,

¡tambien nos juarda la casa

como un buen perro de presa!

Algo de RAPSODIAS y rapsodas (por ejemplo: yo en mis tiempos mozos)

Por Carlos Platero Fernández



Ser o no ser.-

"Existir o no existir, esta es la cuestión", decía Hamlet, creyéndose solo en una de las salas del castillo medieval de sus padres, en tanto que la bella y muy luego desdichada Ofelia, su jovencita amada, leía algún apergaminado libro en el otro extremo de la estancia y escenario. Y proseguía el atormentado joven:

"¿Cual es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza...? Este es un término que debían de solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Si, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quien, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud solo con un puñal. ¿Quien podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento?. Esta previsión nos hace a todos cobardes; así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esa sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. (ADVIRITIENDO LAPRESENCIA DE SU AMADA) Pero... ¡La hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones." Y así remató su soliloquio el príncipe que se hacía pasar por loco.

Aquel "Tubi o no tubi", muy macarrónicamente pronunciado, del desgraciado personaje shakesperiano, desde los tiempos de la adolescencia estudiantil, siempre me ha hecho pensar, cavilar sobre su significado, logrando que por lo menos haya yo llegado a conocer bastante bien, al menos, la trama de la obra y aún me arriesgue alguna vez a filosofar un tanto sobre lo que el autor inglés quiso decir con ello.

Resumiendo lo más posible lo que yo conozca sobre la vida y la obra de William Shakespeare por demás interesantes ambas, a pesar de persistir una especie de bruma en torno a su existencia, hoy en día ya se sabe que nació en la localidad del interior de Inglaterra conocida como de Strat-ford-on-Avón, "la tierra de Shakespeare" como actualmente asimismo se conoce a la comarca. Y fue un día 26 de abril: y que muy joven, a los diecinueve años hubo de casarse apresuradamente con su vecina la joven Anne Hathaway ya embarazada pues a los seis meses escasos tuvo, en 1583 a su hija Susana y en 1585 a los gemelos Judith y Hamlet; familia a la que muy pronto dejó el inquieto joven, trasladándose él a Londres que fue allí donde dio comienzo trabajando como una especie de factotum de una compañía de cómicos de la legua, haciendo de actor y autor dramático y contando tan solo 28 años de edad ya estuvo viajando muy pronto por todo el país y aún saliendo a fuera de Inglaterra cuando tuvo oportunidad, en animada "troupe", trabajando con su propia compañía teatral y casi siempre de forma regular en los teatros londinenses, el "Blackfriars" y "The Globe" que era de la compañía de los servidores del Lord Chambelán.

En los últimos años, no obstante se dedicó con mayor intensidad a su faceta de autor y fue cuando salieron las más destacadas obras de su fecunda y privilegiada pluma. Está documentado que en plena fiebre o inspiración, en la primera década del siglo XVII se retiró, rico y famoso a su pueblo de origen donde convivió con sus hijas ya casadas Susana y Judith hasta que falleció, en la cúspide de su gloria, a los 52 años de edad, el día 23 de abril de 1616. Curiosamente, según se dice, los mismos día, mes y año que en la Castilla imperial fenecía nuestro Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra.

Como actor, se sabe que estuvo interpretando a casi todos los personajes de su propio repertorio; por ejemplo, en "Hamlet" le encantaba el hacer el papel de la sombra del rey asesinado que se aparece a los soldados y a su propio hijo.

En cuanto a su extensa y variada obra escrita como poeta, como tragicómico o como dramaturgo, la primera que apareció en Londres firmada con su nombre fue la que comprendía el largo poema titulado "Venus y Adonis" en el año de 1593, seguida de "La violación (o el rapto) de Lucrecia" en 1594, dedicadas ambas a su mecenas y amigo Henry Wrioothesley, conde de Southampton; tiempo por el que compuso asimismo una serie de sonetos que, no obstante, no se publicarían al menos hasta unos cinco años más tarde.

Entre los años de 1589 y 1600, W. Shakespeare, en plena y fecunda fiebre creativa, escribió un promedio de dos obras dramáticas por año, aunque, a partir de la última indicada fecha fue reduciendo paulatinamente aquella especie de frenética actividad literaria, considerándose al efecto que debió de ser el drama "Enrique VIII", compuesto entre 1612 y 1613 y al parecer escrito en colaboración, por primera y última vez, la postrera de sus obras.

La tragedia de "Hamlet" fue compuesta seguramente entre los años de 1600 a 1601, como refundición de una antigua pieza escénica.

Pero, antes de proseguir, necesario es el indicar que, según opinión de algunos concienzudos críticos e investigadores de la obra shakesperiana antes de finales de aquel siglo ya se citó a un Hamlet trágico varias veces, encontrándose con un Hamlet que fue representado en 1594; y en 1596 en cierta obra se describía al demonio vagando con negras vestiduras, grave "y tan pálido como la sombra de Hamlet que tan lastimosamente gritaba en el teatro" pidiendo venganza. Según el traductor Astrana Martín, por el año de 1603 se representaba en los teatros de Alemania un drama traducido del inglés con el título de Hamlet precisamente, sugiriendo ello que algún otro autor dramático escribió el libreto antes que nuestro autor, del que éste quizás se inspirase, plagiándolo. Otros autores suponen, no obstante, que aquel Hamlet fue obra del mismo Shakespeare que lo escribió en 1598 y luego refundió en nueva versión definitiva del drama del príncipe danés.

Hamlet fue indudablemente una de las principales tragedias del extraordinario poeta y dramaturgo inglés, pasando a formar parte de sus seis más importantes que le hicieron alcanzar renombre, celebridad e inmortalidad. Aquel personaje mítico y fabuloso o real aunque arcaico o antiguo, de estirpe principesca cuya existencia se ha hecho remontar unas veces hasta mediados del siglo I de nuestra era y otras al siglo V de los remotos tiempos cuando no al X, en plena Edad Media o feudal europea, ha hecho derramar mucha tinta y sobre él se han escrito leyendas, poemas, tragedias y una ópera, además del inmortal drama shakesperiano.

Con el título original completo de "Hamlet, príncipe de Dinamarca", es clásica pieza teatral de la Edad Moderna en la que acontece en tiempos remotos feudales, en una indeterminada localidad danesa, el fantasma del difunto rey de Dinamarca se le aparece como una sombra a su hijo Hamlet y le invoca a que vengue su muerte, ocasionada alevosamente por su propio hermano Claudio que se ha casado con la reina Gertrudis, usurpando el trono. Hamlet, espantado, promete y proyecta justiciera venganza, lo que comunica a sus dos amigos de la infancia Horacio y Marcelo y simula haberse vuelto loco.

Ciertamente, según la crítica lo ha juzgado, el personaje del príncipe danés es como un espíritu metafísico en busca de una realidad segura y su mente conoce ya todos los recursos de una dialéctica propia de la época de quien escribe el libreto. Hamlet puede parecer un loco y él mismo tiene buena conciencia de ello y, por tanto, de ahí había de provenir la habitual actitud melancólica del personaje. Y, sin embargo, él no es un filósofo ni un mero contemplador de la vida que en su derredor discurre, por cuanto los problemas le son presentados con una necesidad práctica de acción puesto que debe de vengar como sea a su padre, al hermano del fratricida. Y, de tal suerte el "Ser o no ser" del razonamiento filosófico transciende a un plano moral político. El va a ser el vengador de su padre, de la honra familiar mancillada y obrará con grande y maquiavélica astucia. Sobre todo cuando consigue hablar a solas con su madre, a la que, arrepentida ella del daño que haya podido causar con su negligencia, el príncipe, con un sentimiento a la vez de piedad comprensiva, confiesa su estrategia y parte de sus proyectos justicieros más inmediatos. Ante su madre mata al servidor Polonio, que espiaba la escena y que es el padre de la hermosa Ofelia, virgen adolescente de la que el príncipe está enamorado. Ofelia es el personaje central femenino, ama a su vez a Hamlet y resulta ser el personaje shakesperiano en el que parecen estar encerrados todos los frutos de la inocencia, la gracia y la belleza núbil; criatura etérea y realista al mismo tiempo que constituye una clara representación del amor en sus varios aspectos, desde la devoción hasta la locura y que acaba resultando la víctima inocente de aquel sentimiento.

Intrigas, enredos, conjuras, perfidias, la locura repentina y el fallecimiento de Ofelia que enardece más la situación creada en el castillo, sepulcros con huesos y calaveras al descubierto, traiciones y duelos y, planeando siempre, la locura fingida, la locura real y la sed de venganza.

El final es de lo más tradicional y propio de este teatro clásico; el que tan bien supo en su día retratar en su parodia romántica "La venganza de Don Mendo" el comediógrafo Pedro Muñoz Seca a principios del siglo XX, en la que las traiciones, los enredos, las intrigas, los duelos y las muertes se suceden, con el consabido final en que, según expresión muy popular, muere hasta el apuntador.

Personalmente, yo he pasado en mi juventud muy agradables y plácidas horas leyendo gran parte de la bibliografía shakesperiana, en castellano naturalmente, sobre todo en aquellas versiones que procedían del buen quehacer del traductor Luis Astrana Marín, alguna de las que conservo entre mis libros. Y, claro está, recitando su monólogo del “Ser o no ser” con más entusiasmo que aciertos, esta es la verdad.

Todavía recuerdo lo que un buen amigo, profesor de literatura o filología inglesa me dijo en cierta ocasión al respecto y que, poco más o menos venía a decir que en la obra de William Shakespeare el verso endecasílabo destacó por su fuerza, su densidad, su registro melódico; la riqueza de las imágenes y del vocabulario que fueron inagotables y el estilo tan flexible se plegaba a la pluralidad de los temas y que en las buenas traducciones al español al convertirse en prosa poética no desmerecieron en nada.



Rapsoda, juvenil recitador de poemas.

Además de "Hamlet", en aquellos mis ya lejanos tiempos de lecturas a mansalva, apasionantes y a veces voraces y revestidas de cierto frenesí e impaciencia por conocer los finales de los temas, disfruté asimismo de la lectura de obras shakesperianas cuales "Romeo y Julieta", "Julio César", "Antonio y Cleopatra", "Macbeth", "Otelo", "El Rey Lear", Ricardo III", "Enrique VI" y "Los dos caballeros de Verona", "El sueño de una noche de verano", "La fierecilla domada" y algunos otros cuyos títulos ahora se me escapan. Pero, confieso que no todas me han gustado por igual y, realmente, a las que yo he prestado más entusiasmo y atención han sido a las de su ciclo del género de drama histórico dadas mis aficiones de siempre al tema y que, como ya dijo en su día un crítico, “a W. Shakespeare le permitieron recuperar el pasado nacional, exaltar la grandeza del presente de su época y aún meditar y hacer meditar sobre un futuro incierto pero que ya se anunciaba prometedor”. A algunas de estas obras citadas, además de leerlas, he tenido la satisfacción de poder verlas, más que en teatro, en algún teatrillo de provincias en todo caso, llevadas al cine y en televisión, en la pantalla grande y en la pantalla chica como vulgarmente se dice; claro está que con lo que ello supone y conlleva de alteraciones, omisiones, añadidos o cambios, a gusto de quienes las dirigen y también de quienes las interpreten.

Pero siempre, indiscutiblemente, de la producción literaria shakesperiana la que más me ha impresionado e interesado ha sido la de Hamlet, príncipe de Dinamarca.

Hubo un tiempo, en mi adolescencia y años mozos que, al igual que al indicado “Ser o no ser” memoricé otros trozos literarios en verso o en prosa cuales "Unha noite na eira do trigo" de Curros, "Adiós ríos, adiós fontes" de la divina Rosalía, "La canción del pirata" de Espronceda, "El Dos de Mayo" de Bernardo López, "El Piyayo" de Carlos de Luna, "La casada infiel" de Lorca, "La Nacencia" de Gabriel y Galán, "La desesperación" que se atribuye a Espronceda, "Antón y el eco" y "El conde Sisebuto" anónimos, los monólogos de Segismundo en "La vida es sueño" de Calderón de la Barca, "Noche de Reyes" de Carlos Arniches, el comienzo, solo el comienzo aquel de "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho, etc."; “El regalo de los Reyes Magos”, “El navegante solitario”, “El último canto de la cigarra”, “Los zapatos” de mi cosecha y algún que otro trozo clásico o popular más para presumir de rapsoda en las reuniones de amigos y familiares.

Y, naturalmente, al hilo de lo que estoy diciendo, aquella primera página tan bella que empieza con: "Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro", de Juan Ramón Jiménez y que memoricé siendo joven para poder recitarlo de corrido cuando, al preguntárseme mi apellido y yo darlo, se me solía mirar sonriendo, con el título de "Platero y yo" bailoteando en los labios; y que yo acababa por remachar afirmando:"¡Sí, pero yo, soy yo!"

He aquí el monólogo de Carlos Arniches:



N O C H E D E R E Y E S

(m o n ó l o g o)



(CON VOZ CONTENIDA QUE SE VA EXALTANDO)

¡Esta es la casa!.... ¡Aquí vivía él!... ¡Aquí viven los dos!

A ojos ciegos hubiera llegao... ¡Es que muchas noches en la oscuridad de mi calabozo, he visto este camino alumbrao por llamarás de calentura! Pá eso solo, pá llegas hasta aquí, quería yo la libertá...¿Pá que sino?...

¡Ye estoy libre!...¡Ya estamos cerca, Lucía!... Si; al remate llegó la hora, La hora que aguardé contando minuto a minuto los días que no acababan nunca.

Saldré, decía yo; y en cuanto salga, allí, sin torcerme ni desviarme, ¡allí!... ¡A matarla!... ¡Aunque sea en sus brazos.

En sus brazos... ¡Ojalá!. (PAUSA)

La rabia y el dolor me ahogan... Destrozaríame a mí mismo en estas ansias de muerte que me conmueven.

¡No, no es la venganza, no! ... ¡Es el querer!; Ese querer maldito que aún vive en mí y quiere tu vida; no porque no seas mía, sino por que no seas de otro, de ese otro que se atravesó en mi vida pá ser mi perdición.

¡Ella de otro!... Ella; mi afán, mi alegría, mi vida toda,... de otro.... ¡No! De otro, mientras estuve yo entre rejas, en presidio. ¡Ahora estoy libre!... ¡Libre!

Lo juré y voy a cumplirlo

(PAUSA)

Aquí está la navaja, compañera fiel que noche tras noche a compartido conmigo el ansia anhelada de este momento.

(PAUSA)

¡Pronto!...Esta es la ventana; entraré por ella pues de un golpe romperé los cristales,...¡Como un ladrón, como entró ella en mi alma pá robarme la paz de mi corazón,... pá quitarme la vía!...¡Pronto!

(PAUSA)

¡Eh!... ¿Qué es esto?... Los zapatitos de un niño...

¡Si,... esta noche es Noche de Reyes!... Los zapatitos de un niño... ¿De su hijo tal vez?...¡Su hijo!...

Pero,...¿Qué escucho ahora?... Su voz. La voz adorada que me hacía temblar de encanto...

Duerme a su hijo,... Un niño que tal vez sueña que por esta ventana van a venir y a entrar los Reyes a dejar colmada su alegría,... Como yo soñé en noches lejanas, al calor de otros brazos perdidos para siempre,... para siempre.

(SOLLOZANDO)

¡Si, madre mía, si!... ¡Tú hiciste esto!...¡Tu hiciste esto porque también velas por mí en esta Noche de Reyes,... llena de negrura y desamparo para mí!

(LLORANDO)

¡No, no puedo matarla!... ¡No puedo!

Por donde un niño espera la entrada de los Reyes para ver colmada su alegría, no puede entrar la muerte...

¡Ea!...¡Lejos de mí, arma infame ¡

Adiós, Lucía. Adiós para siempre...

Y tú, pobre criatura inocente, duerme ranquilo. Y mañana, cuando despiertes, ríe, ríe de gozo. Que los Reyes te dejan en tus zapatitos,...lo que vale más que nada en el mundo... Te dejan, la vida de tu madre. ¡La vida de tu madre!

F i n

EL PIYAYO
de José Carlos de Luna, inspirado poeta español (1890-1965)



¿Tú conoces al Piyayo,

un viejecillo renegro, reseco y chicuelo,

la mirada de gallo,

pendenciero

y hocico de raposo

tiñoso. . . ,

que pide limosna por " tangos "

y maldice cantando " fandangos "

gangosos. . . . .?

. . . . . . . .

¡ A chufla lo toma la gente

y a mi me da pena

y me causa un respeto imponente !



Ata a su cuerpo una guitarra,

que chilla como una corneja,

y zumba como una chicharra

y tiene arrumacos de vieja

pelleja.

Yo le he visto cantando,

babeando

de rabia y de vino,

bailando

con saltos felinos,

tocando, a zarpazos,

los acordes de un viejo " tangazo ".



Y el endeble Piyayo jadea,

y suda. . . .y renquea.

. . . . . . . .

Y a sus contorsiones de ardilla

hace son la sucia calderilla.



¡ A chufla lo toma la gente !

A mi me da pena

y me causa un respeto imponente.



Es su extraño arte

su cepo y su cruz,

su vida y su luz,

su tabaco y su aguardientillo. . . .,

y su pan y el de sus nietecillos:

" churumbeles " con greñas de alambre

y panzas de sapo,

que aúllan de hambre,

tiritando bajo los harapos;

sin madre que lave su roña,

sin padre que " afane ",

porque pena una muerte en Santoña;

sin mas sombra que la de su abuelo. . . .

. . . . . . .

¡ Poca sombra porque es tan chicuelo !



En El Altozano

tiene un cuchitril

- ¡ y a las vigas alcanza la mano ! -

y por lumbre y por luz un candil.



Vacía las alforjas

- que son sus bolsillos - .

Bostezando, los siete chiquillos

se agrupan riendo.

Y entre carantoñas les va repartiendo

pan y pescao frito,

con la parsimonia de un antiguo rito:

. . . . . . . .

- ¡ Chavales !

¡ Pan de flor de harina !. . . .

Mascarlo despasio.

Mejó no se come en palasio.

Y este pescaito ¿ no es na ?

¡ Sacao uno a uno del fondo der ma !

¡ Gloria pura e !

. . . . . . .

Así. . . .despasito.

muy remascaito.

¡ No llores, Manuela !

Tú no pués, porque no tienes muelas.

¡ Es tan chiquitita

mi niña bonita !. . . .



Así despasito,

Muy remascaíto,

migaja a migaja - que dure -,

le van dando fin

a los cinco reales que costó el festín.



Luego, entre guiñapos, durmiendo,

por matar el frío, muy apiñaditos,

la Virgen María contempla al Piyayo

riendo.



Y hay un ángel rubio que besa la frente

de cada gitano chiquito.

¡ A chufla lo toma la gente !. . . .

¡ A mi me da pena

y me causa un respeto imponente !



Y, en fin, este jocoso soneto del comediógrafo y poeta riojano Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) , titulado

A LA PEREZA

¡Que dulce es una cama regalada ¡

¡Que necio el que madruga con la aurora,

aunque las musas digan que enamora

oír cantar a un ave la alborada!

¡Oh, que lindo, en poltrona dilatada

reposar una hora y otra hora!

Comer,...holgar....¡Que vida encantadora

Sin ser nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo

ya, tendido a la larga me acomodo!

De tus graves alumnos, el ejemplo

Arrastro bostezando; y, de tal modo

Tu estúpida modorra a entrar me empieza,

Que no acabo el soneto,.. de per...

Carlos Platero Fernández, en Las Palmas de Gran Canaria,

a 15 de abril de 2010