27 de marzo de 2009
S A B E R A P E A R S E
Yo, entonces ya sesentón y con bastantes kilos de peso de más, en principio opté por usar la bicicleta siempre que me fuera posible.
Así pues, cierto día, teniendo que desplazarme a otras alejadas dependencias, cogí uno de aquellos socorridos velocípedos, comprobé que la altura del sillín y la distancia a los pedales era la adecuada a mi rechoncha humanidad y ¡hala!, a pedalear alegremente, evocando acaso aquellos años juveniles en que mi pericia y destreza con la "bici" fueran bastante aceptables.
Pero, ¡ay!, hube de bajar de las nubes del recuerdo añorante del pasado pues en una de las muchas bifurcaciones de la pista o calle asfaltada que seguía, no vi a un automóvil de color café con leche que lentamente doblaba una esquina y antes de desaparecer fue la causa de que yo frenase mi transporte de dos ruedas con tal brusquedad que, inevitablemente dí con mi cuerpo en tierra, con la dichosa bicicleta entre las piernas, naturalmente.
En tal ocasión, más que alguna de las así maltratadas partes blandas de mi cuerpo, me dolió mi amor propio. Y, levantándome como mejor pude, sacudiéndome el polvo y la arena, miré en derredor mío para saber si alguien había sido testigo de mi tonta caída. Pero como no percibiera a nadie, arrimé la malhadada máquina a una pared, con idea de recogerla a la vuelta y, renqueando un poco, aun dolorido del porrazo, continué a pie hacia mi destino inmediato, decidido a no volver jamás a subirme a uno de aquellos trastos, sintiéndome al mismo tiempo aliviado de que nadie me hubiera visto en tan ridícula situación. Y, por lo tanto, en el resto de la jornada procuré olvidar el ingrato episodio.
Pero, justo a la mañana siguiente, un buen amigo, militar él y propietario precisamente de un coche de color café con leche, cuando estaba yo departiendo con un grupo de compañeros en nuestra cantina, se me acercó y con su ligero tartamudeo, que a veces para nuestro regocijo exagera como en aquella ocasión, me puso una mano en el hombro y dijo, "mirando al tendido" y con tono entre sentencioso y paternal:
_¡O..., oye, macho! Cua,... cua,... cuando quieras aprender a,...a bajarte de la bi,... bici, ¡me lla... llamas a mí o,...a quién sepa! .
Carlos Platero Fernández
¡EL "NIÑO"!
Habíamos llegado a Atenas en una calurosa jornada veraniega, el día anterior. Y, ciñéndonos lo más posible a las consabidas ofertas de excursiones opcionales que la Agencia contratada nos propuso, después de la inicial "visita a la ciudad", en la que pudimos admirar entre otros puntos el Estadio panaténeo y los exteriores del ex-palacio real custodiado por unos soldados uniformados a la antigua usanza, la Academia y la Biblioteca Nacional, las ruinas del Arco de Adriano, Templo del dios Zeus, Teatro de Dionisio, Odeón de Herodes Ático, etc., con la culminación de un amplio recorrido por el Museo Nacional de Arqueología y la sin par Acrópolis en el Partenón, sabiendo que nos esperaban unas apretadas jornadas en visita al Oráculo y Templo de Apolo en las faldas sagradas del Monte Parnaso, gira completa, tras el cruce del golfo de Lepanto por la arcaica península del Peloponeso, Olimpia, Trípoli, Micenas, Nauplia y Corinto incluidos y luego un corto pero intenso crucero por el Mar Egeo con arribadas a Efesos, Casa de la Virgen y Kusadasi en Turquía y visitas a las islas de Rodas, Creta y el Minotauro, Mikonos y Santorini, etc., decidimos asistir a una típica "noche griega" en Kasapi, región famosa por sus viñedos, en las afueras de Atenas.
La guía que nos tocó y conducía al contingente de turistas de habla hispana, en el trayecto y al tiempo que como es norma en estos casos nos iba ilustrando un tanto de costumbres griegas, hizo un especial hincapié en que atendiéramos a unos niños que al llegar a nuestro circunstancial destino nos iban a obsequiar con algún licor típico del país, pues las propinas que nosotros les diésemos servirían para continuar fomentando, manteniendo vivas las costumbres griegas de cara al turismo que tanto agradecían, como eran las de agasajar de alguna manera a todo cuanto les visitara.
Después de recorrer unos buenos veinticinco kilómetros primero por avenidas, luego por autopista y más tarde por una carretera local, terminado haciéndolo por una estrecha pista entre fincas agrícolas llegamos a una casa de campo al estilo del país, en cuyos jardines se nos ofreció una copiosa cena regada abundantemente con vinos blancos y tintos, al tiempo que pudimos admirar un amplio repertorio de danzas folclóricas griegas, con oportunidad de participar en ellas, cosa que mucha gente joven del grupo de turistas hizo, pero no precisamente nosotros, los menos jóvenes.
Por cierto que fue Margarita la que me comentó a media voz que uno de los músicos que tañía un instrumento de cuerda típico, con entusiasmo pero cara triste, era tal cual nuestro popular reportero deportivo José María García; lo que oído por algunas parejas españolas jóvenes y bullangueras que nos acompañaban en la alargada mesa lo asumieron; y los aplausos y bravos al "Butanito" fueron estruendosos en todo el transcurso de aquella cena-espectáculo.
Pues bien; cuando entrábamos en la finca restaurante y después de negarnos de forma amable Margarita y yo y algún que otro matrimonio mayor a hacernos fotos al lado de una gruesa, rubicunda y sonriente campesina y un gigantesco mozo ataviados ambos con los trajes típicos, dejamos unos billetes de dracmas en la bandeja que se nos pasaba y como se nos había indicado que sucedería.
Luego yo, intrigado, le pregunté a la guía nuestra y que en todo momento nos acompañaba y atendía, que donde estaban lo niños, el niño que ella había dicho.
Y ella, sonriente, me aclaró:
_ ¿El niño?... El niño es este joven. Se llama Dimitrius Stratus (o algo parecido me sonó a mí) y es el que dirige a todo el Grupo Folklórico que esta noche va a actuar para ustedes.
Y llamó al interfecto, para presentárnoslo. Y el "niño" que estaba sentado en un rústico banco allí cerca, sonriente y deferente se levantó,... ¡se fue levantando!, porque, lo juro, el niño aquel medía más de dos metros de altura, tenía brazos y piernas como gruesas ramas de un árbol, vestía el traje típico de Grecia, con su rojo fez y colgante borla, camisa blanca y chaleco azul oscuro rebiteado de rojo profusamente bordados, faldellín también blanco como almidonado, con pantys o medias blancos y calzaba esos curiosos zapatos rojos con un enorme pom-pom en la punta, que serían, digo yo, lo menos de la talla cincuenta.
Carlos Platero Fernández
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Una mañana con Juan Felipe
La relación pormenorizada
(Como al autor le acomoda el hacerlo, en exposición espaciosa y detallada, en la que se incluya todo cuanto con el tema se relacione y acuda a la mente, por más que a causa del tamaño y de la "frondosidad literaria" en más de una ocasión se divague con el peligro de "desbarrar" un tanto pero buscando con ello la complacencia íntima de la propia expansión y, desde luego, un posible entretenimiento, tanto para quien escribe como para quien le lea.)
Diga yo aquí como introducción o exordio que Juan Felipe Ruiz es un buen y veterano amigo, que en cierto modo ha sido en nuestro pasado común por bastantes años compañero de tareas laborales compartidas en la Base Aérea de Gando. Y escribo en cierto modo porque él fue, después del paso por una Escuela de Especialistas del Ejército del Aire, de profesión militar, perteneciente al cuerpo de Especialistas, mecánico de radio me parece, con destino creo que ya fijo en el 802 Escuadrón de Salvamento, de donde, en su debido momento se retiró del "servicio activo" pasando a la estatuida Reserva Activa con el grado de capitán, estando ahora ya jubilado. Y yo, después de haberme formado profesionalmente en la Escuela de Aprendices de Aviación de León, perteneciente luego al personal civil dependiente de los Establecimientos Militares, con la especialidad primero de montador de aviones y luego de Verificador con destino único y fijo también en la Base Aérea de Gando, jubilado al cabo de los años con la categoría de jefe técnico operativo.
Él militar, destinado en el SAR y yo civil en el Escuadrón de Mantenimiento Unificado perteneciente al Ala Mixta 46, que por nuestras respectivas profesiones y en el transcurrir de los años allí nos hubimos de encontrar en reiteradas ocasiones.
Me parece recordar ahora que él mismo fue quien, hace ya bastante tiempo y andando yo escribiendo un amplio reportaje periodístico sobre Gando y su Lazareto sucio me puso en la pista y en contacto con aquel ya anciano Sr. Cruz, Pepe "el Cantinero" que yo conociera en la cantina que hubo en el Lazareto, en donde también recuerdo haber posiblemente visto por allí a unas niñas, una de las cuales es hoy en día la esposa de este mi amigo.
Aunque nuestra mutua y cordial amistad proviene más de los comienzos de esta nuestra etapa vivencial en la que nos desenvolvemos, como personas ya "otoñales" que somos y de lo que abiertamente presumimos.
Otros motivos, no por sencillos menos interesantes son los que propician el que nos veamos con relativa frecuencia cuando nos lo permiten mayormente los sencillos "mandados domésticos" (los de "la bolsa" como jocosamente les denominamos), lógicas atenciones a esposa y suegra y los distintos eventos sociales imprevistos, algún viaje vacacional además de la dedicación precisa a la propia salud en unos casos y en otros los propios de un esposo, padre y abuelo con familia a la que atender (compras domésticas, salidas de colegios de nietos, contactos con la prole propia, necesarias vacaciones, etc.)
Y uno de esos motivos es, desde luego es el que ambos residimos con nuestras respectivas familias en la misma barriada, considerada desde hace tiempo modélica por sencilla y acogedora, comprendida en el sector urbano denominado de La Ciudad Alta, Escaleritas; como diría el actual cronista palmense y veterano amigo Luis García de Vegueta, "a unos cuantos tiros de boliche" de distancia entre la una y la otra vivienda.
De hecho, en estos últimos tiempos, cuando se nos ocurre, unas veces a él, otras a mí, solemos llamarnos por teléfono por cualquier fútil motivo, sobre todo motivados por nuestra recíproca y perenne inquietud del "saber cultural". Juan me solicita alguna información escrita, algún posible material gráfico o determinado apunte, algún libro de mi bastante bien surtida biblioteca que pueda versar sobre éste o aquel determinado tema o específica materia. Y yo le pido asimismo información acerca de como sacarle más y mejor rendimiento a mi PC, si me puede facilitar cierto disquete o recabarme determinados datos del servicio para mí todavía mágico de "Internet" que yo no me he atrevido a instalar, etc., etc.
Y por estas o parecidas causas, teniendo todo el tiempo del mundo por delante, que para eso estamos ya jubilados de largos años de tareas laborales nos llamamos por teléfono y nos citamos, generalmente o enfrente del portal de su vivienda o ante la entrada principal de acceso al bullicioso Mercado Municipal de Altavista, junto a una cabina telefónica o un bar-cafetería de la zona en donde, no con frecuencia pero si de vez en cuando podamos entrar a tomar un café solo, cortado o, en algún caso como "carajillo". Y en dos o tres minutos suelo ponerme allí yo en tales casos, rapidez que sorprendía al principio a Juan Felipe Ruiz, pero que no es de extrañar conociendo que el trayecto a recorrer es tan solo como un corto lateral de la plaza Obispo Frías y, además, "cuesta abajo".
Por cierto que, esta misma mañana, después de hace unos días haberme llamado el amigo Juan Felipe para comunicarme el regreso de sus vacaciones disfrutadas con gran parte de la familia en su nativa isla de Fuerteventura y quedar de vernos, esta vez en el portal de su vivienda, portando yo la consabida bolsa de plástico con algunos objetos que atañían a la dicha cita y dispuesto a oprimir el botón correspondiente al piso 6ª, letra D en el portero automático, salía él del portal, también con su bolsa prevista.
Puestos a caminar despacio y en mutua charla, como ya el sol de la mañana septembrina de finales del verano calentaba lo suyo aprovechamos la sombra facilitada por algunos de los altos edificios de viviendas colindantes.
Antes de nada, yo hice entrega a Juan Felipe de un puñado de folios en los que estaban escritos varios cuentos y relatos "de mi última cosecha" que él no conocía y los que, como es lógico dada nuestra mutua amistad dediqué con una pequeña anotación al frente de mi puño y letra.
¡Pues primera reconvención amigable del receptor del mamotreto! Yo había dedicado los dichos escarceos literarios míos a un Juan Felipe "Lima", apellido proveniente de mote o apodo, cuando su segundo apellido no personal o patronímico, de sobras lo sé, es el castizo Ruiz. Ocurrió que me traicionó la memoria puesto que aquellos apellidos corresponden a otra persona, buen amigo mío también y asimismo también majorero, pero que por lo demás nada tiene que ver con éste. Pedí disculpas, se me dieron entre risas, quedó él de enmendar aquel entuerto borrándolo con cuidado, ¡y ya está!
Luego, ambos allí, a pie firme en la acera pero, repito, a la gratificante sombra, una vez solventado el error, dimos comienzo a otro tema, especie de disquisición, exposición más o menos rigurosa de algo, que, como casi siempre, nosotros a una acabamos convirtiendo indefectiblemente en una disgresión, que es la desviación en el hilo de un tema o relato, en este caso acerca del antiguo torreón de defensa de El Cotillo, en Fuerteventura y que con, por ejemplo, los todavía existentes de Caleta de Fustes en la misma isla, el de Gando y el ruinoso de San Pedro Mártir en Gran Canaria formaron parte del conjunto de fortificaciones que se construyeron como sistema de defensa en el archipiélago canario allá a mediados del siglo XVIII.
Yo, tan solo por llevarle la contraria a Juan Felipe he venido discutiendo con él que el también conocido como Castillo de el Tostón tenía un puente levadizo y era de planta oblonga o cuadrada, no igual pues en su configuración externa al resto de los que acabo de indicar; Juan Felipe, muy metido él en su papel de informante y enaltecedor de las cosas de su tierra nativa, aprovechando su estancia veraniega en la isla majorera muy pronto me remitió un cuidado folleto turístico referente al pueblecito costero de El Cotillo en el término municipal de La Oliva, en el que aparece en nítida reproducción colorista el susodicho "castillo" o torreón, "de planta redonda", "puerta levadiza" y no puente, etc.
Y yo, erre que erre, con mi "puente levadizo" en el que, por haber estado Margarita y yo en más de unas mini vacaciones pasadas por tierras majoreras, a comer en el mesón afamado de Mariquita Hierro, aportando "como prueba" una fotografía de hace años en la que ¡estoy precisamente a la entrada de la tal construcción defensiva o de fortificación!; foto en la que se observa que, ciertamente, es Juan el que tiene razón.
Naturalmente, riéndonos de mi pretendida tozudez "de gallego" también reconocí allí mi evidente postura festiva negativa. El me regaló una preciosa estampa con la imagen de la Virgen de La Peña, que le agradecí sobremanera puesto que algo tengo pergeñado sobre esta advocación majorera se acabó el tema.
Luego, en distendida charla Juan Felipe me habló de sus recientes plácidas vacaciones familiares y, de pasada, como no podía de ser menos citó a su familia, a su esposa y a sus seis hijos, unos casados y otros célibes y de sus varios nietos y nietas, etc., etc. Yo de los últimos desplazamientos diversos de Margarita y yo con el coche por la isla, de las esporádicas visitas de mis hijos, de la longeva edad de mi suegra,...
Al fin como el que no quiere la cosa, reanudamos la marcha iniciando, como en anteriores ocasiones un corto y pausado paseo por las cercanías, buscando esta vez, dado lo caluroso de la mañana de finales de verano las apetecidas sombras, bien de los edificios colindantes, bien en las zonas más umbrías de la ajardinada plazoleta conocida como de Los Juegos Olímpicos de México, referidos a 1968.
Allí nos detuvimos una vez más, justo al lado de esa bonita estatua o conjunto férrico, obra del escultor Santiago Vargas sobre dibujo del gran artista Cirilo Suárez y que tiene como motivo a dos fornidos luchadores en el momento de efectuar "la levantada", movimiento característico de la ancestral Lucha Canaria.
Estábamos inmersos en un pasear distendido, diríase que sin rumbo fijo en cuanto a la caminata; aunque en principio, creo que yo sugiriera que podíamos acaso acercarnos hasta el cercano Parque Hermanos Millares, no solo en demanda de sombras acogedoras y del posible ozono desprendido de palmeras, fícus y demás arboleda sino también del continuo rumor refrescante de las saltarinas aguas en los surtidores de su fuente central, además del reposar en alguno de sus bancos de hierro y madera.
Pues bien, nosotros hacia allá que nos encaminábamos en un bla, bla, bla ameno e incesante, buscado por los dos, pero paseo que, como digo, de momento una vez más interrumpimos.
El amigo Juan Felipe, como militar perteneciente al Ejército del Aire que ha sido, siente verdadera devoción por todo lo que a la milicia y a Gando donde pasó casi por entero su etapa más completa de profesional, concierna. Y entre sus recuerdos dispone, y acrecienta cuanto puede, de unas interesantes colecciones de material gráfico, fotografías y diapositivas a dicha especialidad concernientes.
Sabiendo él de mi bastante surtida biblioteca y ya conocedor de mis numerosos escritos, publicaciones en prensa y material vario guardado que en su día me ha servido para escribir libros como "GANDO" y "LEÓN, GANDO, LA AVIACIÓN Y YO", gran parte de cuyos contenidos ya ha sido editado en distintas publicaciones, en esta ocasión me pidió que le facilitase todas las fotografías que me fuese posible acerca de Gando y de la Aviación en Canarias en general, aparte de las que ya le haya conseguido con anterioridad.
Yo le prometí prestarle el libro "LA TORRE DE GANDO", que me dijo no conocer, para que él pudiese escanear las numerosas fotografías que en el aparecen, la mayoría inéditas en otras publicaciones, alguna facilitada por mí, a quien me las cediera a su vez un personaje de la aviación civil de antaño en Canarias, hoy ya fallecido, alemán que perteneció a la Lufthansa, Leo Curt.; material aportado en gran número para la edición del indicado librito que yo "casualmente" confeccioné en su día, hice su portada y maqueté, llevé a la imprenta, corregí pruebas, etc. bajo la dirección de sus editores el Mando del Estado Mayor de la ZAC y el teniente coronel Jefe de Mantenimiento de la Base Aérea de Gando y luego coronel Jefe del Sector Aéreo de Lanzarote, Juan Federico Casteleiro Licetti.
En el retazo de conversación subsiguiente, siempre detenidos o caminando muy despacio, "a la sombrita", evocando ambos escenas, tipos y paisajes de cuando anduvimos años y años en Gando y el Estado mayor de Aviación ligados de una u otra forma a la Aviación, yo, amigo como bien se sabe de estas charlas, a veces monólogos de evocaciones pretéritas le expliqué a Juan Felipe el episodio de cuando, movido por las circunstancias hube de ser "negro" o gregario, que se dice del que sirve más o menos voluntario o forzosamente las ideas ajenas y de lo que no me avergüenzo ni me arrepiento, con respecto a la total recopilación, confección y edición de los dos mil ejemplares de que constó la indicada obrita, por cuenta del Estado Mayor de la Zona Aérea de Canarias cuyo mando ostentaba entonces el general Arias Alonso, titulada LA TORRE DE GANDO. Y aún retrocedí, a la evocación del episodio, a un anterior contacto o conocimiento mío con el que creo que fue el verdadero motor o iniciador de la idea, el general de Aviación Querol de Müller que en determinada ocasión me llamara a mi destino en la Base Aérea para que pasase cuando pudiese a visitarle a su, para mí en aquellas calendas sacrosanto despacho de Estado Mayor en Las Palmas de Gran Canaria. Allí, aquel todopoderoso "jefazo", que me resultó ser un simpático hombre ya mayor, aficionado a escribir y a lo que supe historiador de cierto renombre. Me trató con gran deferencia diciendo que sabedor de mis escritos aparecidos por el entonces en la prensa local referentes a temas del Gando histórico, no solo quiso felicitarme personal y cordialmente sino que, en compañía de su atento ayudante que resultó ser un comandante piloto llamado Juan Federico Casteleiro y paisano mío, de El Ferrol como luego había de indicárseme, aquella mañana se me mostraron hasta un total de veinte gruesos volúmenes o grandes carpetas archivadoras con la rotulación genérica de ANALES DE LA Z.A.C. y A.O., donde pude comprobar admirado que se conservaba perfectamente clasificada toda la documentación habida acerca de la creación y evolución, de la historia de la Aviación en Canarias, entre la que, como se me mostró figuraban debidamente ordenados los recortes de mis artículos periodísticos que serían los específicos titulados "Las Torres de Gando" publicados por el año de 1972 y algunos otros referentes a la historia de Canarias que se me venían publicando en aquellas o parecidas fechas. También se me pidió que si me fuese factible les facilitase copias del material que yo poseyese al respecto; lo que ciertamente hice con algunas fotografías inéditas del Gando de los años 50 y diversas notas que conservaba.
De aquellas fechas y de aquella amena entrevista, nació el conocimiento con mi paisano Casteleiro Licetti, que como me habría de confesar, recién llegado de permanecer destinado cierto tiempo por el entonces territorio español de África Occidental Española estaba especializándose en la investigación de aquellas extrañas o enigmáticas enormes siluetas de "moscas" o mariposas trazadas en el pedregoso terreno cuyas extraordinarias fotografías aéreas me mostró; que luego fue teniente coronel Jefe del Escuadrón de Mantenimiento Unificado de la Base Aérea de Gando en el que yo estaba encuadrado. Amistad y respeto mutuo que ha perdurado al paso de los años.
Y, de paso, también el encargo de llevar a cabo el proyecto aquel de publicar un libro con motivo de haber por fin los militares reconstruido el viejo y ya ruinoso torreón o "castillo" de Gando y convertido en atractivo Museo Aeronáutico de la Zona. Yo, como simple gregario mecanografié en limpio los distintos artículos, creé los pies de foto, confeccioné la portada, maqueté el libro que muy artesanal y bastante deficiente fue impreso en una impresora local. ¡Menos abonar el trabajo, que fue pagado diligente y directamente por el Estado Mayor, yo lo hice todo! Y el posible agradecimiento por el dichoso trabajo, debido por lo visto a algunas sugerencias estrictamente castrenses no se reflejó en letra impresa, nada más que la indicación de confección y maqueteado, aunque sí de forma manuscrita y del puño y letra de Casteleiro Licetti en el ejemplar que se me regaló, ¡Faltaría más!.
Además, y a indicación e instancias del susodicho mi jefe, yo que en el ínterin había estado publicando en el periódico "La Provincia" el artículo "El lazareto sucio de Gando" con determinada intención y en tres entregas o amplios reportajes "El hangar número uno de Gando" a los que iban a seguir en el tiempo y en el mismo diario "Prehistoria de la Aeronáutica en Canarias" y "Gardnier y los primeros vuelos de aviones en Canarias" efectué una amplia entrevista al promotor del reiteradamente citado libro, Sr. Casteleiro Licetti que con el título de "La nueva Torre de Gando, Museo Aeronáutico" se publicó con aquel motivo a principios del año 1982; artículo que también apareció poco después con material gráfico y texto ampliado en la revista semanal de carácter nacional "Antena Dominical".
Pues bien; de todo lo que antecede intenté informar al amigo Juan Felipe al saber allí una vez más de su interés, sobre todo en lo que a material gráfico se refiriese acerca de la Aviación y de Gando y que yo, como otras veces, pudiese conseguirle.
Pero no me dio tiempo a informar a mi acompañante con el detalle que pretendía pues, una vez más hubo interrupción momentánea del tema que era el motivo de nuestra conversación actual y que a veces, valgan verdades, yo, sin pretenderlo acababa por convertir en monólogo.
Hubo interrupción. Juan Felipe, cortó con un ademán mi monólogo. Y el motivo fue el que, presumiblemente, íbamos a ser testigos de una singular escena que, plástica y "con sonido y efectos especiales", cuyo acto comenzó a desarrollarse ante nosotros como si fuese de una película callejera del cine italiano de los años sesenta del pasado siglo.
Cerca de nosotros y enfrente, junto a unos coches aparcados, un vehículo de auto-escuela dispuesto a iniciar la respectiva clase y una moto de pequeña cilindrada, pintada de negro, medio inclinada o asimismo aparcada sobre un espacio de la calle asfaltada y allí señalada con blancas franjas de un "paso de cebra", dos individuos acababan de iniciar lo que parecía iba tomando giros de agria discusión, en la que el uno, a juzgar por sus gestos y palabras pretendía entregarle al otro un llavero o algo parecido, cosa que el otro rechazaba, a grandes y descompuestas voces. El que hacía el ademán de entrega era el más joven de los dos, un mozo vestido a la moda actual, muy informal, como los de los anuncios de "Seven-Up" y por lo tanto perfectamente "uniformado" como la juventud actual con una sudadera, un ancho pantalón hasta las rodillas y calzado deportivo "de marca". Su contrincante el de las destempladas voces, un tipo vulgar, grueso, panzudo, rubio o pelirrojo, de epidermis rojiza como el caparazón de algunos crustáceos, más que moreno, quemado por el mucho sol tomado al aire libre semidesnudo, calzando también zapatillas deportivas, llevando mal puestos unos flojos y amplios pantalones color azul marino tipo "bermudas" y que a lo que se juzgaba por los que lo contemplábamos de espaldas parecían querer resbalarle de las caderas que se confundían con el grueso torso, al estilo del popular Cantinflas.
Cuando en alguna de sus gesticulaciones el energúmeno aquel se dio vuelta, todos los que ya estábamos más o menos atentos al lance pudimos ver que llevaba colgando al cuello un descomunal collar con una gran placa colgante que ser, sería de brillante oropel amarillo, acaso de "oro alemán", o similor pero que a mí me pareció por un momento de auténtico oro macizo.
Fue una vez más Juan Felipe el que me hizo la observación de que me fijase en los extensos tatuajes de aquel hombre furioso e insultón, que desde los hombros y parte de la espalda le cubrían la parte superior de ambos robustos brazos. Con tono jocoso hizo indicación de que parecía mismamente aquel ser un verdadero carcelario de película americana.
Hubo allí algún que otro recio empujón, propinado por el bravucón y tolerado por el otro, de físico mucho menos apabullante aunque razonando con voz contenida, aunque si osar intentar contraatacar de forma física, a la vista estaba. El uno alargaba el llavero dando alguna explicación que el otro no aceptaba, negándose a recogerlo y alzando una y otra vez la amenazante voz. A aquel hombrón de epidermis requemada por algún solajero, en su exteriorizado enojo parecía importarle un bledo la curiosidad que estaba despertando entre la gente que atraída por aquel conato de pelea en plena vía pública se iba reuniendo en derredor. Y aún tenía tiempo para, sin apenas volverse ni abandonar su actitud furibunda y agresiva, amenazar gruñendo alguna frase entre dientes a alguna espectadora a la fuerza como la que, presumiblemente profesora sentada al lado del conductor en el interior del coche-escuela allí estacionado y sin poder salir por impedírselo la moto pintada de negro, que en determinado momento pareció recriminarlo por su evidente actitud agresiva con el vapuleado joven.
Por fin, si bien en algún crítico momento "las aguas no volvieron a su natural cauce en el río", después de algunos últimos amagos de atizar el uno alguna puñada que el otro muy prudentemente no hizo acción de devolver, aquel bravucón tiró el manojo de llaves del litigio al suelo con ademán rabioso y se alejó de allí amenazante, diciendo a grandes voces, poco más o menos:
_ ¡Chacho, chacho...! ¡Te salva el que estoy en libertad condicional,...que sino te estrallaba de una trompada!
Y pasó raudo junto a nosotros echando chispas por los ojos y barbotando algún que otro gruñido.
Como suele ocurrir en estos casos, dada la aglomeración de gente, a los pocos instantes pero cuando ya todo conato de pelea había pasado apareció por allí diligente una pareja de fornidos policías locales que ya nada tuvieron que solucionar, sino rogarnos a nosotros los testigos del hecho, que nos dispersásemos.
Así que, como habían transcurrido los minutos, después de comentar entre nosotros los pormenores de la imprevista y variopinta escena callejera ciudadana, Juan Felipe y yo decididos a interrumpir el proyecto de concluir el paseo nos dispusimos a despedirnos, no sin reiterarle yo el ofrecimiento de que para la próxima ocasión a citarnos facilitarle como préstamo el material gráfico referente a la Aviación Militar contenido en el ejemplar que poseo sobre la tantas veces aquí citada Torre de Gando, además de otro referente a la Fuerteventura de sus entretelas, lo íntimo de su corazón cuales el libro de Francisco Navarro Artiles y su hija titulado ABERRUNTOS Y CABAÑUELAS EN FUERTEVENTURA y mi obra inédita LAS ISLAS CANARIAS Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES, en donde podrá saciar en parte su deseo de saber algo más de la isla Erbania, de su primer conocimiento y su conquista así como de su conquistador el normando Juan de Bethencourt y fotocopia de mis artículos, publicado hace ya la tira de años "Los majoreros en Fuerteventura y majos en Lanzarote" y "La conquista de Fuerteventura" con el más reciente reportaje de "Los Coroneles y su Casa de Fuerteventura”.
Lo que no he podido encontrar entre mi mucha correspondencia archivada es el dossier que en su día y por encargo de un funcionario del Ayuntamiento de La Oliva apellidado Nóbrega confeccioné para que se solicitase al Ministerio de Justicia el Escudo Municipal que ciñéndome a las leyes del blasón y de la Armería yo les hice, aunque luego, cuando fue aprobado, parece ser que se olvidaron de decir que yo fui su proyectista.
El amigo Felipe se comprometió a su vez a localizarme a través de Internet alguna convocatoria literaria de cuentos y relatos para el futuro más próximo y en especial una sobre Turismo y Sociedad para el cual ya tengo dispuesto un reportaje de una docena de folios mecanografiados a doble espacio versando sobre los más primitivos orígenes del turismo en Canarias.
Pero antes de despedirnos mutuamente, mi acompañante me hizo fijar la atención en el termómetro municipal por allí enclavado que estaba marcando justo 36 grados centígrados de calor al sol al mediodía.
Lo que dio pie para que aún, ambos evocáramos aquellos consejos e informaciones atmosféricos y climáticos de "El Calendario Zaragozano" , yo también de "El Gaiteiro de Lugo" y de los "tacos" de pared de el Corazón de Jesús que él Puerto Cabras de entonces y yo en tierras de Chaín en Galicia conocimos en nuestras respectivas infancias y por los que nuestros mayores solían ilustrarse en cuanto a temperaturas ambientales locales como de posibles cambios climáticos, merced también a aquellos característicos barómetros atmosféricos conformados por un fraile que se cubría o descubría con la capucha del hábito.
Entonces, si. Entonces nos despedimos mismo enfrente del Mercado Municipal de Altavista, comprometiéndonos como no podía ser menos a llamarnos telefónicamente pasados algunos días.
Y cada uno de nosotros nos encaminamos a nuestros respectivos domicilios, satisfechos del ameno paseo pero un tanto agobiados por el bochorno atmosférico y climático del cálido mediodía septembrino.
Carlos Platero Fernández
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PASEANDO CON JUAN FELIPE(la versión corta)
27 de febrero de 2009
El gasógeno
Fue en Curtis, pueblecito entonces montaraz enclavado en un cruce de caminos e importante nudo o lazo de comunicaciones terrestres en las escabrosidades de las tierras altas y montañosas de la provincia de La Coruña.
Me ocurrió el percance del gasómetro que ahora mismo, por mor de unas lecturas acabado de rememorar con vívidez, allá a finales del año 1942 o, en todo caso en diciembre de 1943.
Yo, con mi hermano gemelo Fernando, Lalo por aquellas calendas, fuimos los últimos en incorporarnos de nuevo a nuestro recompuesto clan familiar, que desde las aciagas fechas del verano del treinta y seis al estallar en toda su crudeza y virulencia la ya larvada y presentida guerra civil, al igual que otros miles y miles de familias españolas nos habíamos tenido que dispersar. Mi padre para luchar en los frentes de batalla asturianos y mamá y nosotros los cinco hermanos a refugiarnos a la recóndita localidad de Chaín, a la casa de nuestra abuela paterna, en donde íbamos a permanecer hasta el final de la contienda que, con el páter familiae ya destinado en Oleiros y recuperados los muebles y ajuares y enseres guardados en La Coruña, mamá, Elena, Tito y Toñito allí se establecieron por más de un año. Según se dispusiera, nosotros los gemelos, con la abuela, en la aldea...
Nuevo traslado de nuestro padre, en tal ocasión al ya citado pueblo feriado de montaña, Curtis. Y allí por fin debimos de incorporarnos al en cierto modo entonces trashumante hogar paterno Lalo y yo. Reunidos por fin nuevamente todos los componentes de la familia compuesta por el matrimonio y los cinco hijos; sin incluir de momento a la abuela Concepción que se resistía a abandonar la aldea y aún seguiría allí por cierto tiempo, que en realidad ya no abandonó más que una temporada pasada con nosotros en Curtis, de donde retornó definitivamente a la tierra de sus ancestros acompañada por Toñito, el benjamín que compartió siempre con Tito en especial su cariño.
Curtis, concretamente en la parte barrial que se conocía y supongo aún será hoy en día así, como El Empalme, en donde se alquiló una pequeña vivienda de un piso, que tenía un balcón en la fachada y en la parte trasera un reducido patio y una hermosa huerta, fue pues el lugar de reunión del clan familiar. Y en Curtis pudimos al fin comenzar con normalidad nuestros correspondientes cursos escolares. Elena la mayor, en la escuela de niñas, inscrita posiblemente en uno de los últimos de aquellos cursos obligatorios pues ya era una adolescente con la que solíamos pelearnos de manera frecuente los varones, sobre todo los gemelos y no tanto, a lo que yo recuerde Tito un año y pico mayor que nosotros y el "bueniño" de la casa; y tampoco se peleaba con ella Toñito, tres años menor que nosotros y, desde luego, el "mimo" de la casa: como lo siguió siendo siempre, dicho sea sin ninguna clase de inquina o carga peyorativa. Aunque también en diferentes grupos o cursos, asistíamos allí a la escuela regentada en aquellos años por el maestro nacional don Eduardo (Martínez, como me recordó aún no hace mucho Alberto) Por alguno de los más rancios álbumes familiares míos hubo, y no sé a donde puedan haber ido a parar, unas clásicas fotografías en que aparecemos los cuatro "Plateros", muy abrigados y sentados en derredor de nuestros maestros.
Pero, en realidad lo que yo pretendo rememorar aquí es el episodio aquel de cuando ví "y sentí" por primera vez un gasógeno, uno de aquellos armatostes que de alguna manera evocaban al que estuviese impuesto en la materia estrambóticas maquinas cuales los alquitrabes de los destiladores de licores y a mí me hicieron recordar a los viejos y trepidantes motores de las "malladoras".
Eran unos complicados aparatos que por aquellos años de penurias de la posguerra estuvieron usándose algún tiempo amarrados, adaptados a las partes traseras de los vetustos automóviles, muchos de ellos restos aprovechables de la aún reciente contienda bélica, tanto particulares y propiedad recién adquirida de algún ricachón de la comarca y que así como los pesados camiones Krup o los más livianos Hispano-Suiza aparecían de cuando en cuando rodando por la carretera sin asfaltar de El Empalme o por la que a la altura de la iglesia parroquial poco más menos ya adoquinada era la calle única y principal de Curtis y se terminaba frente a la vía férrea en lo que se conocía como Curtis Estación.
Y fue precisamente en El Empalme cerca de donde nosotros vivíamos, que yo, con alguno de mis hermanos, un vecino y camarada apellidado Lata y un camarada de nuestra edad que se llamaba como yo y era el sobrino o nieto de los dueños de la única tienda-taberna-café-bar y mesón que en el cruce de carreteras había y que, además, era parada obligada de los coches de línea "Pereira" de Coruña a Lalín y viceversa y los "Castromil" o de la RENFE que enlazaban Curtis Estación con Santiago. Como Curtis era, y lo sigue siendo todavía plaza feriada los días 9 y 23 de cada mes, aquel Empalme era bastante transitado, por lo que creo que había por allí una clásica pequeña maquina de abastecimiento de gasolina por bombeo pintada de rojo, una esfera graduada y unos curiosos botellones como vasos comunicantes con largas mangueras para el suministro del combustible almacenado en unos bidones metálicos a su vera, pero de cuyo material petrolífero apenas se podía suministrar por su escasez.
Aquella invernal tarde que ahora estoy rememorando, no cargaba gasolina el destartalado automóvil que estacionado junto el amplio soportal desde el que se accedía a la taberna desde luego no sería ningún Rolls-Royce o Bugatti de lujo sinó más bien y posiblemente, por la época, un Peugeot, Citroën, Hispano-Suiza, Ford, Fiat o Buick tipo berlina o limosina y que, desde luego nosotros los niños no sabríamos identificar.
Nosotros no vimos a nadie bajarse del vehículo aunque se podía deducir que acababa de llegar pues la superficie cilíndrica especie de caldera que en posición vertical llevaba el coche sujeta a su carrocería estaba todavía rojiza, con esa tonalidad como de pulpo cocido que adquieren las planchas de hierro al soportar muchos grados de calor.
Y precisamente fue aquella alta temperatura manifestada por el vapor que exudaba la que llamó más de inmediato nuestra atención y que a mí me hizo recordar a los altos y cilíndricos depósitos que tenían las mujeres que llenar y rellenar continuamente y eran las calderas de refrigeración de los motores de gasolina que había visto una y mil veces allá en la aldea por los veranos cuando se "mallaba" el centeno y el trigo. Motores muy viejos y baqueteados, petardeantes en sus irregulares explosiones mantenidos en funcionamiento por mecánicos de monos remendados y recosidos y manos sucias y grasientas que sujetaban un puñado de estopa y andaban alrededor del conjunto afincado a tierra con unas estacas; mecánicos que invariablemente nos encandilaban a los niños, que soñábamos con ser como ellos de mayores. Aquellos motores con su monorrítmico pistoneo hacían girar a unos grandes volantes que a su vez eran los que arrastraban la polea, de peligrosos coletazos cuando se rompía en funcionamiento que era bastantes veces, correa de transmisión de varios metros de longitud que a su vez hacía girar el eje de la máquina desgranadora, la "malladora" de característico zumbido identificativo de la faena agrícola y que saltando de aldea en aldea llenaba muchas jornadas del verano rural.
Pues bien, allí en El Empalme de Curtis, en aquella ocasión evocada de mi niñez, me llamó, nos llamó a los niños que allí estábamos mucho la despierta atención aquella novedad mecánico-química llamada "gasógeno".
Naturalmente que hubo de ser años después que, estando ya ingresado en la Escuela de Aviación de La Virgen del Camino en León conocí de forma teórico-práctico mucho más sobre aquel socorrido invento, me parece que español, que sin haber olvidado yo el episodio del "gasógeno" o productor de gas y era término aplicado al aparato capaz de producir la gasificación de un combustible sólido o líquido bajo la acción del aire o del oxígeno, con añadido o no de vapor de agua; aparato que en la década de los años cuarenta se llegó a instalar en España a los automóviles con el fin de, por la escasez de la gasolina, producir carburo de hidrógeno a emplear como carburante. El ingenio era en definitiva como un horno alto que se cargaba por la parta de arriba con leña (o carbón coque) y que recibía por la parte inferior una continua corriente de aire lo que producía en la quema total por debajo un anhídrico carbónico que al atravesar a su vez las capas más altas de la combustión del fuego era reducido por ella transformándose en óxido de carbono y, debido al intenso calor logrado al volatizarse algunos hidrocarburos de la hulla de las capas superiores que se mezclaban con el anhídrido carbónico no reducido y con el óxido de carbono producían lo que químicamente se le llamó "gas de aire", que se mezclaba con el aire de gasificación ya indicado; de todo lo cual se obtenía un "gas mixto" o "gas pobre" que, en definitiva era el que se empleaba en los motores de explosión, entre otras aplicaciones. Aquel aparatoso tipo de gasógeno se componía de una tolva o caldera, un quemador de aire, una caja de polvo u obturador de cenizas o depurador y un mezclador automático del gas producido y el aire que con unas mangueras se conectaban la parte posterior con el motor en sí de la parte delantera.
¡Uf!. Tengo que confesar que los datos descriptivos precedentes los he tomado de la única libreta de anotaciones de Tecnología Mecánica y Física y Química que conservo entre mis papeles de cuando estuve en la Escuela de León.
Pero, después de tanta divagación volvamos a mi iniciado relato.
Era aquella una tarde gris, plomiza y bastante fría, de pleno invierno. Aunque, preciso es reconocer que siempre hacía menos frío, en aquellas altitudes cuando había nevado que antes de empezar a nevar.
Había nevado de forma copiosa la tarde anterior y nevara también de forma intermitente por la noche y al amanecer. La nieve lo cubría todo con su blanco manto y en algunas partes en un grosor de más de cincuenta centímetros aunque a medida que avanzaba la mañana y merced a un sol tibio que asomó por varias veces entre el conglomerado de las nubes ya se iba derritiendo. No obstante, había sido tanto su peso sobre los tejados de las casas que de cuando en cuando aún se podían oír inquietantes crujidos y fue más de un vecino que anduvo presto a sacudir todo lo que se podía aquella masa nívea en las curvas tejas de las que ya pendían traslúcidos carámbanos de hielo. Los árboles de hoja caduca, tales como los castaños de indias que bordeaban la carretera, los castaños y los robles de los prados chorreaban continuamente agua desde sus desnudas ramas y al contrario, la nieve permanecía persistente cubriendo las copas de los árboles de hoja perenne cuales los pinos, los eucaliptos y los cipreses,los tojos del monte aledaño, las zarzas de los muros bajos, la yedra de alguna pared y las plantas y los arbustos de jardín, creando en algunos casos colgantes carámbanos de hielo al irse derritiendo.
Las aceras de los bloques o manzanas de casas, amontonándose la nieve ya sucia en algunos rincones se habían limpiado lo mejor posible de tan espeso manto y de los lodazales que se habían ido formando al paso de las personas de y de los animales domésticos. No obstante, a aquellas primeras horas de la tarde eran pocas las personas mayores que transitaban en el exterior, aunque no así la chiquillería que, libre de cargas escolares debido a la inclemencia del tiempo, correteábamos, nos peleábamos unos con otros, brincábamos y retozábamos lo más posible.
Por la calle y carretera principal de tránsito rodado a la vez, justamente las roderas dejadas por el desplazamiento de algunos pesados camiones y coches de línea con sus enormes ruedas de cubiertas a veces ingeniosamente remendadas con alambre y habilidad habían ido dejando una especie de vías paralelas bien definidas y nieve prensada, pistas que resultaron hechas como a propósito para patinar, ser usadas por la alegre y alborotadora chiquillería arropada con bufandas y prendas de abrigo, narices y mejillas coloradas, etc. Pistas de patinaje perfectas que más de uno valientemente una y otra vez recorrió aquel día cuesta abajo, es decir, de El Empalme hacia Curtis Estación,empleando para ello simples tablas como esquís, otros alguno de los patines o patinetas toscamente construidos por nosotros mismos y otros más patinando simplemente, "a pelo" con los zuecos de piso de madera o los gruesos zapatones de suela como improvisados patines...
Así fue que, en realidad no me ha hecho falta el forzar mucho la imaginación del recuerdo para suponer ahora que aquella hubo de ser una alegre y despreocupada jornada de obligado asueto colegial. Aunque para mí al menos, terminó siendo menos alegre, despreocupada y festiva,... Por mi propia culpa, naturalmente.
Quedamos en que estábamos jugando aquella tarde unos cuantos muchachos junto a la taberna de El Empalme y acabamos centrándonos en derredor de aquel viejo automóvil con su llamativo artilugio que realmente parecía como un anómalo pastiche o agregado.
Y sucedió que en tanto el "chaufieur" o conductor y posibles pasajeros de tan llamativo vehículo motorizado permanecían en el interior de la taberna-bar, etc., a nosotros que curioseábamos alrededor suyo pronto nos llamó la atención el comprobar que aquella enorme caldera metálica de combustión permanecía a gran temperatura, caliente, caliente y estaba casi al rojo vivo en aquella tarde gélida, grisácea e invernal propia de la temporada y de la comarca, de luz solar un tanto cenicienta y opaca y amenazadoras nubes, unas de color plomizo y otras blancas y conglomeradas n formas fantásticas de caprichosos castillos y que parecían avisar que aún habría más jornadas de fríos, hielos y nieves.
Y en aquellos momentos a mis camaradas de juegos y a mí no se nos ocurrió cosa mejor para seguir con juegos que empezar a escupir sobre la candente, cárdena plancha de la caldera; escupitajos que de inmediato producían graciosos chirridos cuales los de un huevo al ser abierto y caer su contenido en el aceite hirviendo de la sartén en que se vá a freír.
Siendo allí cinco o seis muchachos, todos a escupir con fruición fueron muchas las escupitinas sobre aquel gasógeno, que a continuación fueron sustituidas por puñados de nieve, que hacían reír alborozadamente lo mismo, aunque cada vez era ya menor el efecto que buscábamos con nuestros puñados y pelotazos de tan en aquellos fecha y lugar abundante "munición". LO que acabó aburriendo a mis compañeros del infantil juego que lo fueron dejando hasta que sin yo advertirlo me quedé solo, apuñando y amasando nieve y lanzándola y aún frotándola por algunas zonas en que parecía haber todavía reacción, cuando la realidad era que ya estaba completamente fría la caldera de aquel automóvil.
Y de repente sentí que era a mí el que se me helaba la sangre en las venas al oír a mis espaldas un alarido como exclamación.
_ ¡Ay, me cajo na hospitalera!... ¿Que me ficheche, rapaz do carallo?...
Seguido de una mano grande y fuerte, de dedos como garras que me sujetó con rudeza por un hombro. Y un hombretón, cubierta la cabeza con una negra boina, enfundado a medias el recio cuerpo en un tabardo forrado con piel, me zarandeó sin compasión al tiempo que me gritaba frenético y barbotante unas palabras de las que nada más pude entender en medio de mi creciente terror:
_...O meu jasógeno. ¿Como encendo eu agora o motor sin o jasógeno, me cajo no carallo?...A teu pai llo vou a dicir... Mais, denantes, ¡toma, jalopín!
Y me arreó tan gran bofetón que me tumbó al suelo unos metros más adelante, sobre el muelle colchón de la nieve allí ya ensuciada y pisoteada. Aún quiso aquel energúmeno rematar la faena propinándome lo que sin duda iba a ser un contundente puntapié pero que yo, no sé todavía ahora como, aterrado como estaba, logré esquivar y, primero a cuatro patas y luego incorporándome a trompicones, me alejé de allí a la carrera sin mirar atrás, en tanto que un panal completo de abejas me zumbaba en el oído castigado. Saltaba lo mejor que podía, como un conejo sobre la nieve, sin siquiera preocuparme de lo que había sido de mis hermanos y amigos, al mismo tiempo que seguía sonando a mis espaldas entre gritos, amenazas y maldiciones aquella palabra de "jasógeno", gasógeno, que, como bien se puede suponer, no hube de olvidar en mucho tiempo.
Sin embargo, por lo que yo recuerde del episodio, no creo que nadie contase aquella malaventura a mi padre, pero lo cierto es que su recuerdo, una vez avivado, aún permanece fresco en mi memoria. Y hoy, al leer algo al respecto me he sentido empujado a sentarme ante el teclado del PC para así añadir este evocado recuerdo a mis "vivencias" o relatos.
f i n
20 de enero de 2009
Barranco de La Ballena
El barranco de la Ballena no ha sido nunca de mucho recorrido aunque sí sumamente sinuoso. Arranca en la zona de la actual Urbanización de la Feria, en una hondonada que ya ha desaparecido con las recientes obras de la autovía de circunvalación de la ciudad, que se conoció antaño como "Los estanques de barro", por donde confluían la calle de Don Pedro Infinito de Schamann y la Avenida de Escaleritas, junto al depósito de aguas para el servicio público que aún existe en lo alto de la "Loma del Polvo". Y hago a propósito tan detallada descripción, porque ya se está olvidando su primera configuración y hay quien supone que era un enlace con Cueva Torres y Las Rehoyas Altas, cuando con una separación de menos de cien metros, formaron dos vertientes completamente opuestas. Bajaba el barranco bordeando lo que fue el Cortijo de Escaleritas, origen de la actual barriada, pasaba por un extremo del adyacente montículo de La Minilla y ya en la Barriada de Guanarteme se deslizaba casi en línea recta hasta desaguar en el extremo occidental de la Playa de Las Canteras. En 1840, al Barranco de la Ballena, en un mapa topográfico se le llamaba "Barranco de Borrás". En el plano de Francisco Coello con textos de Pascual Madoz, grabado en Madrid en 1849, aparecen, en el sector correspondiente, el Barranco de San Lorenzo, es decir, de Guanarteme, el Barranco de Borrás, luego de La Ballena y el Barranco de La Gamboesilla, luego conocido como de Las Alcaravaneras y más tarde de Las Escaleritas. Al respecto, hace años un jovial anciano de la barriada de Guanarteme me contó cosas del Barranco de La Ballena y del fielato o caseta de consumos que hubo en el pasado entre los municipios de San Lorenzo y Las Palmas por aquella zona, concretamente en la esquina de la calle de Fernando Guanarteme con la calle Gravina. También que al barranco le llamaban desde hace mucho tiempo "de la ballena", porque cuando los funcionarios de consumos detenían a quienes procediendo del municipio limítrofe eran revisados antes de entrar en el de Las Palmas por el único camino posible que era la carretera de Tamaraceite en su último tramo, la Carretera de Chile, que seguía por lo que hoy es la arteria principal de la barriada la calle de Fernando Guanarteme y entroncaba con el ya trazado Paseo de Chil, los avispados viajeros que portaban alguna cuarterola de ron de caña o de vino y otros productos del campo, gritaban: "¡Una ballena, una ballena!" por lo que los funcionarios, al igual que cualquier otra persona que estuviese por los alrededores, corrían al cercano litoral. Lo que aprovechaban aquellos modestos contra-bandistas para pasar su mercancía impunemente, sin pagar impuesto alguno. Para mí era gracioso el lance, pero poco probable. Lo cierto, según la prensa de la época fue que a finales del verano de 1855 apareció “en la playa del Arrecife” un cachalote, con varios arpones clavados en su enorme cuerpo grasiento, el primero que se veía por la zona, según los viejos del lugar.La caseta del fielato estuvo en donde ahora se alza el hotel Astoria, poco más o menos y que dista más de medio kilómetro del cauce del indicado barranco que corría hacia el mar, más hacia el oeste. Si pude, siguiendo las indicaciones de aquel amable informante, reconocer y recorrer en parte el cauce ya en su último tramo, disimulado entre calles, casas antiguas y paredones, pero no desaparecido, desde la Plaza de América en donde y no por casualidad, haciendo esquina con la calle de El Salvador hay un modesto bar que se llama precisamente "El Puente", en recuerdo del pequeño, de piedra, cal y barro y de un solo ojo que allí mismo hubo sobre el cauce. También de allí arranca una especie de corralón o antigua "ciudadela" de casas en la margen izquierda del barranco, que hasta hace poco figuraba en los planos callejeros de la ciudad con el topónimo de Barranco de la Ballena y que actualmente, por lo que yo he observado, a pesar de estar numeradas las humildes viviendas, no tienen nombre que las rotule. El Barranco de La Ballena continua hasta desembocar en la playa de Las Canteras por medio de un puentecito o especie de pequeño viaducto o túnel de cemento armado.
Carlos Platero Fernandez
14 de enero de 2009
El baúl del Fayado
Muchas personas, yo diría que casi la totalidad de aquellas que han gozado, que disfrutan del gran placer de la lectura desde la infancia, guardan en el recuerdo la evocación amable y nostálgica del cuarto de los cuentos, del acogedor y a veces misterioso desván, de aquel viejo arcón de donde en su infancia y adolescencia extrajeran y leyeran diferentes cuentos o aquellos otros libros, en muchas ocasiones vetados, incluidos en los Índices prohibitivos al uso del entorno familiar o en la Iglesia de entonces, pongo por caso en la España católica de los tiempos inmediatamente posteriores a la guerra civil de 1936.
Entre los diversos comentarios que haya leído yo acerca del recuerdo evocador del arcón familiar, imaginado, simbólico o real de los libros en el desván, degustados en numerosas furtivas ocasiones, en lecturas de los tiempos fantasiosos infantiles o adolescentes, me agradó sobremanera el párrafo que aún no hace mucho tiempo releí, escrito hace ya bastantes años por el premio Nóbel norteamericano, mi admirado John Steinbeck, que decía: "Mi granero... De niño recuerdo haber escalado, atenazado por el sufrimiento, la brillantez de aquellos libros de lujo... Rincón seguro, maravilloso, cuando la lluvia cae a chorros y bate la techumbre. Y los libros, tocados de luz; libros; libros con estampas de criaturas desaparecidas hacía tiempo; serie de novelas de segunda mano; gran número de imágenes que inmortalizaban las manifestaciones del poder divino... El reino de los infiernos visto por Gustavo Doré, con fragmentos intercalados de poemas del Dante; Christian Andersen y sus cuentos conmovedores; los de los hermanos Grim, con sus violencias aterradoras y su crudeza; la muerte magnífica de Arthur ilustrada por Aubrey Beardoley, criatura malsana y perversa, lamentable selección para celebrar al grande, al viril Malory." Y, mucho más recientemente, algo también adecuado al presente comentario, firmado por el escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa en el prólogo de un libro del, asimismo escritor canario, Miguel Ángel de León que, por tan solo cincuenta pesetas y en muy buen estado de conservación adquirí en uno de mis recorridos "ad hoc" por el Rastrillo dominguero de El Puerto de La Luz. Decía el prologuista: "Nadie me habló nunca, sin embargo, del "Cuarto de los Cuentos", una amplia y luminosa estancia repleta de juguetes y cómodos cojines sobre los que tumbarse a contemplar las flores del jardín mientras un hada amable de azules ojos y larga túnica, desgranaba durante infinitas y maravillosas horas, todas aquellas historias que agolpándose desde los más remotos tiempos en escondidos rincones de mi mente, precisaban, no obstante, de una cálida voz ajena que las fuera dando a la luz de una forma ordenada y coherente." Blanca Nieves, Pinocho, Caperucita Roja o Dumbo y más tarde Moby Dick, Robinsón Crusoe, los Tres Mosqueteros o Sandokan, para acabar, por último, con Dickens, Zola, Tagore o Herman Hesse, porque al fin y al cabo todo son cuentos para niños o adultos y todos son historias con que alimentar de fantasía unos espíritus que lo único que anhelan es hacer aflorar de forma ordenada sueños y pesadillas que se ocultan en lo más intrincado de los corazones". Pues bien; el motivo de traer aquí estas citas, viene ahora a cuento porque pretendo evocar mi particular y reiterativo "baúl del fayado o desván". Por lo que, además, considero que sea oportuno el comentar que, debido a una serie de circunstancias de la época en que se desarrolló mi infancia, entre ellas habré de destacar aquella de que, apenas cumplidos los cuatro años de edad, con mi madre y mis cuatro hermanos hube de trasladarme de la ciudad de La Coruña en donde nací y hasta entonces residiera, a la recóndita aldea de Chaín, en el concejo de Santiso, por las cercanías del nacimiento del río Ulla, en pleno interior rural de la región gallega. Y ello por mor de la fraticida guerra civil que estalló en España a mediados del año 1936. Por aquel entonces, en la indicada aldea y su entorno más inmediato, apenas si había algún atisbo de cultura educativa. Lo que motivó que bien pronto, una vez instalados en la pequeña casa ya secular de La Camposa, junto a la Fuente Vieja, sin nosotros hablar el gallego, fuese mamá la que nos iniciase, a sus hijos, en el aprendizaje elemental de las primeras letras, enseñándonos con infinita y cariñosa paciencia, a los gemelos sobre todo, o sea a Fernando y a mí, a leer y aún a esbozar la escritura. Y lo hizo con tal tesón y empeño que, en poco tiempo, los más mayores Elena y Alberto mejoraron sus rudimentarios conocimientos y los gemelos aprendimos " a leer de corrido", lo que por no ocurrió con Toñito, el benjamín, que aún no contaba con los dos años de edad; pero si que causó el hecho gran admiración entre las gentes aldeanas, más bien ancianos, mujeres y niños puesto que los hombres "estaban en el Frente". No recuerdo ahora mismo con precisa exactitud aquel sin duda fastidioso e intenso primer período de "la eme con la a", "la eme con la e", "la pe con la a", etc., que debió de ser, repito, pesado y aburrido por lo reiterativo para nosotros, bajo la sombra de un sauce en la minúscula era en días primaverales, estivales u otoñales y al calor del fuego de la lareira de la cocina en el invierno. Lo que sí sé es que, contando los cinco y pico de años ya podíamos los neo-lectores leer frases completas en periódicos y revistas de adquisición muy ocasional y luego, los textos de los diversos cuentos ilustrados y de algún "tebeo" que mamá nos traía de la ciudad en sus esporádicas pero necesarias visitas para saber de nuestros escasos bienes allí dejados y guardados. Creo no equivocarme al señalar que "Arnaldo y César", "El gato con botas", "El rey Melenas I", "Caperucita Roja", "Pulgarcito", "Hansel y Grethel","Blanca Nieves" y "La Cenicienta" fueron los títulos de algunos de aquellos primeros cuentos. Y los de los tebeos "El Hombre Enmascarado en Londres", "Juan Centella en el fondo del Océano" y algunos de "Tarzán, el hombre mono", como ya he comentado en anteriores ocasiones. Algo más tarde, traídas por papá en alguno de sus esporádicos permisos puesto que sufría las penalidades y rigores de la guerra en Asturias, recuerdo haber leído, sin enterarme en la mayoría de los casos del tema en sí, las novelas "Dorotea Vernón" con fotogramas de la película muda de dicho título y en las que aparecía una deslumbrante y bella Mary Pickfor de la que me enamoré platónica y rendidamente durante algún tiempo. También me parece recordar que algo leí por aquellos años en unos tomos tremebundos y voluminosos tomos de títulos como "El castillo del águila negra", "El hijo de la parroquia", "El cura de aldea" y algunos más que alguien prestó a mamá para leer y leernos a nosotros y aún a los vecinos que acudían a oírla en las largas noches invernales, a la vacilante luz de un candil de gas o al resplandor de las llamas del fuego encendido sobre la lareira de la cocina. También debió de ser por entonces que acaso deletree o leí, pero de los que tan solo recuerdo los títulos, "Miguelón", "Calla, María" y "Allá, junto al mar". Pero, aún hubo otras seudo lecturas por aquel tiempo. En un rincón de la habitación principal de la pequeña casa de la abuela se ubicaba un enorme arcón, baúl o "mundo" de madera color caoba y metálicos cerradura y refuerzos, amé de tachuelas doradas, con las letras J P B destacando en su parte frontal, que fuera propiedad del ya difunto abuelo José Platero Balboa, de cuando sus dos o tres consecutivas emigraciones a Cuba, a finales del siglo pasado y principios del presente. En él se guardaban objetos diversos heterogéneos, fascinantes para nosotros los niños, pero que no se nos dejaba ni tocar. Pues de allí, mi gemelo y yo, de alguna más o menos disimulada manera logramos sustraer unas viejas revistas literario-gráficas, no estoy ahora muy seguro si tituladas "La esfera", "El Mundo" u otra cabecera, con el texto y las numerosas láminas o fotografías de huecograbado en color sepia desvaído por los años; que durante bastante tiempo logramos mantener ocultas en algún escondrijo en donde las repasábamos pero cuyo recuerdo, por no ofrecer mayor interés a nuestras por demás curiosas mentes infantiles su localización se nos fue olvidando. No obstante, pasados algunos años aún pude volver a admirar al menos una de sus láminas que más me maravillara y que representaba a una núbil mulata o negrita desnuda. Quizás fuera aquel episodio, más que los del aprendizaje y primeras lecturas, el primero de los que luego irían jalonando en mi recuerdo de la infancia y la adolescencia la figura simbólica o real del "baúl del fayado".
Una vez finalizada la guerra civil española que fue de inmediato seguida de la cruenta II Mundial cuyos ecos llegaban lejanos a nosotros los niños, ya papá reunido de nuevo con la familia en Galicia, su primer destino, que duró un par de años poco más o menos fue en Oleiros, villa coruñesa muy cercana a la ría de Sada y de Betanzos. Pero Fernando y yo hubimos de quedarnos en la aldea, acompañando a la abuela Concha. Ya estábamos los gemelos escolarizados pues acudíamos mañana y tarde, menos los días festivos, claro está, a la escuela pública de niños y niñas localizada en la adyacente localidad de Quinzán, regida entonces por la ya anciana doña Patrocinio, segunda esposa del secretario del Ayuntamiento y cacique natural del contorno don Luciano. Realmente, como luego vine a saber, ella no era maestra titulada pero, el peso político local de su marido, siendo, además, madre de dos hijos sacerdotes con parroquias a su cargo por la comarca, un hijo secretario de la administración local, dos hijas casadas con sendos médicos, una hija maestra, etc., podía de sobras ejercer y cobrar como tal; y yo no diré que lo hiciese mal del todo, dentro de las limitaciones de su escaso bagaje cultural. Y era, desde luego una muy buena persona, mantenía excelentes relaciones con la abuela y con mamá, por más que, andando el tiempo, yo asocie el recuerdo de su fisonomía con aquella doña Urraca de los "Pulgarcito" infantiles. Pasados los años, nuestra familia y la suya mantuvimos y estrechamos cordial y sincera mutua amistad, hasta su total extinción por mor de consecutivos fallecimientos. Hoy, la gran casona de don Luciano, abandonada y en gran parte decrépita ostenta en la fachada el rótulo de "se vende". Para terminar con esta especie de cariñoso inciso evocador del pasado, añadiré que cuando mis hermanos en edad escolar y yo fuimos por primera vez a aquella escuela rural gallega ya sabíamos leer y, en principio, escribir también. Nosotros pues no pasamos por el período escolar inicial obligatorio de "los palotes". Y si recuerdo, al hilo de lo que estoy rememorando algunos de los libros allí leídos, entre ellos aquel inefable "El Padrenuestro de Fenelón" que luego infructuosamente he, hemos buscado mis hermanos y yo a través de los años y en los más dispares lugares, llegando yo en mis infructuosas indagaciones persistentes tan solo a averiguar que tal obra didáctica de lectura pudo ser escrita a mediados del siglo pasado por el profesor de educación, pedagogo leonés Francisco de Palacio Gómez con el título genérico de " Cuentos de Fenelón para los niños". Pero, esto ya sería otra historia, creo. Años más tarde, residiendo yo ya habitualmente en Canarias, la vieja casa de La Camposa o de La Aldea como también la citábamos fue abandonada y deteriorándose a continuación hasta quedar en ruinas, ruinas que nos gusta a sus anteriores habitantes, ir a visitar en añorante gesto. Porque, al terminar su destino en Ribeira, papá e incorporarse como funcionario al ayuntamiento de Santiso radicando definitivamente en Chaín, se construyó en La Vila la actual vivienda que tiene, como no, el clásico fayado o desván y en él se conservan los consabidos cachivaches inservibles o retirados del uso cotidiano, viejos baúles, arcones y maletas incluidos. Continuando con las remembranzas bibliográficas iniciales, recuerdo que un buen día, debió de ser entre los años de 1942 y 1943, estando jugando Fernando y yo a "Guardias y Ladrones" o a "Piratas" o algo parecido por los alrededores de Chaín, en Penaqueixeira o El Cerradío, vimos por el camino de Quinzán la figura de un caminante que muy pronto reconocimos como la de papá, de uniforme, por lo que descendimos raudos a La Camposa, a la casa de la abuela junto a la Fuente Vieja o del Curro como también se le conocía; recibiendo alborozados y con gran excitación a nuestro progenitor, porque bien presentimos que el rumbo y ritmo de nuestra vidas iba a cambiar. Efectivamente, casi de inmediato, al día siguiente nos encontrábamos viajando en la cabina de un enorme camión Krup, rumbo a la villa de Curtis, nuevo destino paterno, en donde nos reunimos con mamá y el resto de los hermanos.
En Curtis, lugar de alta montaña, entonces importante nudo de comunicaciones por carretera y ferrocarril, con ferias comarcales muy concurridas los días 9 y 23 de cada mes, concretamente en la parte conocida como El Empalme residimos durante unos tres años y allí se debió de suceder mi paso definitivo de la infancia a la adolescencia, con todo lo que ello conllevó de continuos descubrimientos de la vida en la que nos íbamos adentrando y encauzando. También allí hubo el arcón de los libros, además de un desvencijado mueble librería en la habitación-despacho de papá, en el que se custodiaban los libros cuya lectura se supone que nos estaba entonces vedada, pero... Además de iniciarme en el manejo de diccionarios como uno bastante bueno de la Editorial Ramón Sopena y otro, solo el primer tomo, ilustrado, cuyos dibujos, mapas y láminas más de una vez calqué más o menos disimuladamente, etc., leímos los chicos obras tan sesudas para nosotros como "El Hombre y la tierra" con las revolucionarias ideas darwignianas que ni entendimos y novelones como "Los hijos del pueblo" en dos volúmenes de Eugenio Sué, "Los tres Mosqueteros", "Veinte años después", "El vizconde de Bragelowne", "El Conde de Montecristo" y "Las Dos Dianas" de Alejandro Dumas, "El Condestable Don Álvaro de Luna" de Manuel Fernández y González y alguna otra por el estilo. Y, desde luego, almacenados y revueltos en un baúl o viejo arcón de madera chapada reforzada, para nosotros dedicado, tebeos como aquellos "" Chicos",” Flechas y Pelayos" y otras revistas infantiles de la época, cuentos, posiblemente ya alguna de las novelitas de Elena Fortún como "Cuchifritín y Paquito" y "Matonkiqui", novelas del Oeste, de aventuras, etc., etc, que intercambiábamos con nuestros compañeros de escuela y camaradas de pandilla. De Curtis, en el verano de 1995, con un traslado más, nos fuimos a vivir a Ribeira.Y en Ribeira, claro está, también hubo arcón o baúl del fallado, evocado por los hermanos Platero aún hace muy poco tiempo. En esta pasado verano de 1995, en el transcurso de uno de mis periódicos desplazamientos anuales desde Canarias a Galicia para pasar unos escasos pero placenteros días en compañía de mi anciana madre y el resto de mis hermanos, alguno de ellos ya anclado en Chaín como un retorno al principio de la movida experiencia vivencial, en una de las sosegadas y amenas sobremesa de primeras horas de la tarde, Tom, el más joven de los hermanos nos confió que cuando todavía era para nosotros el Toñito de la infancia y benjamín de la familia, durante nuestra circunstancial residencia en Santa Eugenia de Ribeira había leído íntegras las aventuras del héroe inglés Dick Turpín y de sus fieles Batanero, Moscarda, etc., citó fielmente y que se describían "en unos cuadernillos que se guardaban en un baúl que había en el desván" de la casa de La Mámoa. Y el resto de los participantes en la distendida charla evocamos de inmediato aquel lóbrego, oscuro, misterioso y sugeridor fallado y aquel tentador baúl. La vivienda, alquilada por papá cuando su traslado desde Curtis a principios del verano del 45, estaba situada justo en el punto más alto de la carretera local que desde Ribeira conducía por el interior, pues había otra por la costa, a Carreira y Agüiño y también, a partir de un cruce, a Vilar, Casalnovo, las laguna y dunas de Carregal y Corrubedo, a un kilómetro escaso del centro de la riente villa marinera por excelencia siempre, a partir de entonces añorada por todos nosotros. La edificación no era muy grande, tenía un minúsculo jardín al frente, cerrado por verja y cancela de hierro soportadas por postes de cemento que se remataban en unas llamativas bolas o esferas asimismo de cemento y al que se accedía desde la calle-carretera por medio de dos o tres escalones. Uno de sus laterales estaba limitado por extensa finca de viñedos en donde algunos racimos "vendimiamos" alguna vez y en el otro y por la parte de atrás había conformado un reducido patio con una leñera y más allá una huerta que en ligero declive ascendía hasta el rumoroso pinar cercano por donde aislados montículos de tierra y diversos bloques graníticos como naturales monolitos de figuras fantásticas logradas con siglos de erosiones del agua y los vientos, indudables huellas celtas que contribuían a confirmar lo del topónimo del lugar. La vivienda, digo, de cubierta de tejas a dos aguas, puertas pintadas de verde en lo bajo, con ventanas blancas y en el piso alto balcones al frente también blancos y ventanas y puerta acristalada que daban a una galería descubierta por detrás, en realidad resultaba a pesar de sus dimensiones acogedora y suficiente, conformada por el piso bajo, que a la sazón ocupaba intermitentemente la familia de un peón caminero y que, casualmente era oriunda de la misma comarca del interior que papá. Desde la mitad del pasillo central ascendía la escalera de tramos de madera con un rellano que conducía al piso primero o superior, que era el nuestro y luego seguía hasta terminar frente a la puerta que daba acceso al fayado rematado a su vez por el vigamen del andamiaje del techo, al que se sujetaban con alambre retorcido o trenzado las tejas que no eran allí las clásicas, sino planas y acanaladas, características de la zona, rematado todo el conjunto por el sencillo tubo de la chimenea. Allí era donde cantaba, susurraba, gemía o bramaba el viento, casi siempre omnipresente por la especial disposición del edificio, por aquellas épocas aislado, solitario a aquel lado de la carretera, alzándose en lo más alto de la loma que conformaba el terreno circundante. Yo, a veces, me lo imaginaba como un feudal castillo, una medieval torre de defensa de Dios sabe de que peligros.
Puedo ahora mismo evocar con toda nitidez aquella alta casa de La Mámoa porque, precisamente este mismo año, mi hermana Elena y yo efectuamos una rauda pero encantadora excursión a Corrubedo, Casalnovo, Aguiño, Carreira, La Mámoa y Ribeira e hicimos varias fotografías de su exterior que, aparentemente, sigue igual que hace ahora cincuenta años, cuando allí hubimos de residir temporalmente la familia Platero. Pues bien. Yo, al igual que Tom y probablemente el resto de mis hermanos, leí en aquel fallado de Ribeira, no solo las aventuras de Dick Turpin sino las contenidas en otros folletines, fascículos o novelas de diversos autores, de variados géneros y estilos literarios, que en un viejo y crujiente baúl, amén de en una especie de desvencijado chinero o aparador se guardaban en revuelta mezcolanza; supongo que todo ello propiedad del dueño del inmueble, que yo nunca supe quien era, ni me preocupó, esa era la verdad. Allí leí también la emocionante y lacrimógena vida de Genoveva de Brabante, las peripecias de un Nick o Dick Norton, "el héroe de la pradera", las tragedias de "El pastelero del Madrigal" y algún que otro título de trepidantes aventuras. Cuando en aquel verano del 45, el del final de la terrible II Guerra Mundial, llegamos los Platero Fernández a Ribeira, en el reconocimiento primero, alborozado y ansioso que pronto efectuamos del entorno en donde suponíamos íbamos a residir por un período más o menos largo, comprobamos uno a uno que la puerta del dichoso fayado estaba malamente cerrada con una destartalada cerradura cuya función se reforzaba con un rudimentario gancho o clavija de hierro. Una de las muchas de las advertencias paternas fue la de que, tanto el piso de abajo como el fayado eran tabú para nuestros juegos y correteos. Pero, al poco tiempo, como quiera que hubo de usarse parte de aquel desván para almacenar patatas, algunas calabazas y otros productos de los cultivados en la huerta trasera así como algunas castañas, nueces y avellanas y aún las piñas de pino secas y abiertas que se emplearían como un buen combustible inicial en la cocina de hierro, los chicos hubimos de transitar aquel cuarto oscurecido y superior de la casa, con la orden expresa, una vez más de jamás intentar tocar cualquier cosa que allí se guardase almacenada y que no fuese, claro está la leña o los productos hortícolas y alimenticios reseñados. Y, claro, nosotros, más o menos abierta o disimuladamente fuimos desobedeciendo tal conminatoria disposición paterna. A mí, al menos me entusiasmaba el hacer a solas, o en todo caso solo acompañado de mi gemelo, la incursión en el fallado, explorando una y otra vez sus lóbregos rincones en donde a veces, medrosamente creía oír o ver cosas extrañas; abriendo a placer el gran baúl y revolviendo en su contenido o revisando los compartimientos del chinero aparador y de algún otro destartalado mueble por allí arrinconado. Una vieja y crujiente mecedora de rejilla con no menos viejo y deshilachado almohadón que hacía las veces de cojín era el complemento idóneo para pasar allí apacibles prolongados ratos, a veces horas de silencio e íntimo regocijo, leyendo más bien en penumbra puesto que era oscura y a veces sombría la luz diurna que se filtraba a través de algunas de aquellas singulares tejas que, en lugar de ser de barro rojizo eran de grueso vidrio como esmerilado o granulento.
Alguna que otra vez, buscando siempre la tranquila soledad, la quietud del fayado subía hasta allí algún que otro libro, sobre todo de aquellos de papá que generalmente, por no sernos permitida o, según los mayores, recomendable su lectura, se guardaban bajo llave en el mueble que hacía de chinero aparador y armario biblioteca en el comedor, cerradura que al menos los gemelos pronto aprendimos a abrir y volver a cerrar sin dificultad.
Y allí, a veces acodado sobre la tapa del baúl del fallado, soñé y fantaseé una y mil veces, leí mucho y variado, en tranquilas horas de silencio casi absoluto pues apenas llegaban hasta mí los ruidos de la calle próxima o los apagados de los ajetreos de los moradores de la casa, tanto de mi familia como de los del piso inferior. Otras veces, mi tranquilidad se turbaba cuando el tiempo era invernal y ventoso o de constante lluvia que repicaba monótona sobre el tejado, filtrándose de cuando en cuando en forma de gruesos goterones de desagradable sensación si le caían a uno de forma desprevenida, helados, encima.
19 de diciembre de 2008
LA BATALLA DE ACENTEJO
Hace ahora veinticinco años, poco más o menos compuse el texto que sigue, que formaba un capítulo de "La Historia de Canarias en Episodios", que por aquel entonces se publicó; libro escrito por mí, impregnado de la visión romántica de la historia de un pueblo que iba conociendo, tanto a través de sus gentes como de la lectura y de caminar por sus tierras tanto cuanto pude. Impresiones que quise contar a los demás con charlas, artículos en la prensa y libros como el que acabo de mencionar.
Porque, concretamente el tema del episodio de la batalla de Acentejo entremezclado con los supuestos amoríos de la princesa Dácil y el capitán Castillo, al igual que a muchas otras personas, me atrajeron de siempre, me sedujeron y entusiasmaron.
De hecho, en el libro citado dediqué otro capítulo completo a novelar el romance de la gentil guanche con el bizarro castellano.
Yo entonces, ya conocía las obras del padre Espinosa y de Antonio de Viana que, por orden histórico cronológico fueron los que contaron a su manera el episodio de la Matanza de Acentejo, reflejado luego en las noticias históricas de Leonardo Torriani, Abreu Galindo, Núñez de la Peña, Marín y Cubas, etc. hasta llegar al gran polígrafo de las letras isleñas Viera y Clavijo, que lo adornó y embelleció a placer.
Aunque, ninguno de ellos, a mi parecer, rayó a la altura del poeta tinerfeño Antonio de Viana que, a los 24 años de edad, es decir, alrededor del año de 1602 compuso su celebérrimo poema "Antigüedades de las Islas Afortunadas de la Gran Canaria. Conquista de Tenerife y aparescimiento de la ymagen de Candelaria". Obra poética de la que, por cierto hizo un concienzudo estudio crítico hace ahora algo más de dos décadas Alejandro Cioranescu.
Y es en el "Canto octavo" de esta "opera prima" en donde se hace el relato, la descripción romántica del episodio de Acentejo y del entorno en que se desarrolla; que luego copiaron, de forma más o menos fantasiosa o realista cronistas, historiadores, escritores en general.
Por cierto que el vocablo "acentejo" o "centejo", significaba en la lengua aborigen, según los filólogos, "agua, vertiente", con referencia al barranco allí formado y topónimo que se ha venido escribiendo con las variantes, entre otras, de Acantejo, Asentejo, Centego, Centeio, Centejo, Centexo, Sentejo, Sentexo y Zentejo.
Y es también por lo que yo, recogiendo un poco de todos, escribí lo que al principio enunciaba, que sitúa el episodio en el tiempo y el espacio y decía así:
"La indómita Achinech, la patria de los guanches valientes y nobles, rebeldes a toda idea de sumisión, está en peligro.
Son los años finales del siglo XV, el de las conquistas y descubrimientos que van a cambiar el destino de pueblos ancestrales y da paso a la Edad Moderna de la llamada civilización occidental.
Los navíos portugueses y castellanos son dueños de los mares. Los mercaderes del Mediterráneo comercian en varios continentes y los ingleses y los franceses, además de sostener entre sí luchas agotadoras, cimientan sus futuros imperios.
A raíz del descubrimiento del Nuevo mundo, naves de todas las naciones importantes tocan en el archipiélago canario, avanzada en el Atlántico de la preponderante Castilla.
Y una sola isla de este archipiélago se resiste año tras año, tanto a las incursiones de piratas que en rapaces razzías se llevan ganados y esclavos, como a ejércitos bien equipados que llegan a sus costas con afán de conquista y dominio.
Tenerife, la del mítico, majestuoso Echeyde, es irreductible.
El General Alonso Fernández de Lugo, a las órdenes de los Reyes de Castilla, lo está comprobando desde que un en un día del mes de mayo del año 1494 desembarcó esperanzado, bien pertrechado de víveres y tropas en las playas de Añaza, del término de Anaga. Durante este mes de mayo, los avances castellanos en la conquista de Tenerife se limitan a la captura de algunas manadas de ganado y a robar abundante forraje. Fernández de Lugo ha conseguido la alianza del mencey de Güimar, bautizado cristiano con el nombre de Juan de Candelaria.
Por fin se decide el general a mover el ejército a sus órdenes, avanzándolo hasta las vegas de Aguere, sin ser inquietada tan numerosa hueste por los guanches. Viera y Clavijo describe así tan encantadores parajes:
"La Laguna, en aquellos tiempos, en que no se le había dado todavía desagüe y en que los aluviones y avenidas de los cerros circunvecinos no habían elevado su lecho, era un hermoso lago, cubierto por muchas partes de un espeso bosque, entre cuya variedad de árboles sobresalían las mocaneras y los madroños y a cuya frescura acudían diferentes bandas de aves africanas y del país."
Puesto al frente de las tropas invasoras, Lugo decide ir a atacar al poderoso Bencomo en sus territorios de Taoro. Piensa el castellano que en venciendo al caudillo guanche, las otras tribus serán más fácilmente dominadas.
La columna armada atraviesa las tierras del menceyato de Tacoronte. Por Los Rodeos, al divisar a algunos isleños que huyen presurosos, Fernández de Lugo teme momentáneamente algún posible ataque a sus costados pero la marcha no se interrumpe y los guanches no aparecen, confiándose así los soldados.
Los guanches están prevenidos. Sus espías han comunicado con tiempo los movimientos del invasor; pero permanecen quietos, camuflados en el boscoso terreno, esperando las oportunas órdenes de Bencomo.
Bencomo, tan buen estratega como valiente y corajudo adalid, al tener noticias del decidido avance castellano prepara adecuadamente a sus numerosas huestes.
Los guerreros de Anaga y Tegueste quedan en Los Rodeos, procurando no hacer notar su presencia.
El famoso Tinguaro, hermano de Bencomo, héroe entre los héroes guanches, aquél que según el poema hubo amores célebres con la bella Guaxara, marcha raudo por los altos montes, seguido de trescientos hombres para apostarse sobre el barranco de Acentejo, paso obligado a quienes deseen llegar al incomparable valle de Arautúpala, en el término de Taoro.
El escenario para la gran batalla que se perfila está dispuesto. Los actores colocados. Unos, en el centro de la escena, avanzando confiados, capturando tranquilamente rebaños de ganado abandonado precisamente como cebo; otros, encaramados en las rocas, en los árboles frondosos, o agrupados, numerosos, en el valle.
Y la acción, cruda, sangrienta da comienzo.
Alonso Fernández de Lugo para mientes en el profundo silencio que reina, tanto en el barranco como a la entrada del hermoso valle, al fondo del cual, el pico Teide milenario alza su imponente belleza. Y, como buen soldado, teme traiciones. Da pronta orden de tornar al campamento de La Laguna, satisfecho del botín de ganado que sus hombres arrean; y de haber explorado sin tropiezos las zonas del Oeste de la isla.
De repente, cuando los castellanos en descuidado tropel avanzan por el barranco de Acentejo, aparecen el gran Tinguaro y sus guerreros emboscados en aquel intrincado terreno rodeado de precipicios, cubierto de arboleda y erizado de peñascos fragosos, saltando aullantes, agresivos y feroces cual perros rabiosos.
Los primeros momentos son de una confusión indescriptible para las confiadas tropas invasoras. Nadie parece saber reaccionar contra aquella avalancha humana que cae de las rocas y de los árboles sobre ellos. El ganado se desparrama sin que haya quien cuide de encarrilarlo.
Después del inicial desconcierto en que son heridos o muertos numerosos castellanos, solo se piensa en la huída. Y todos a una luchan, no en defensa de los ideales que en conjunto persiguen sino para salvar individualmente sus vidas, perdido por completo con el terror del repentino ataque el sentimiento de la dignidad.
Alonso Fernández de Lugo, empinándose sobre los estribos de su caballo, la espada alzada, trata de contener la estampida humana:
- ¡Ea, amigos míos! ... ¡Aquí del valor castellano! ... ¡Ninguno desfallezca ni tema hacer cara a este corto número de infieles desarmados que nacieron para servirnos! ... Defendámonos con el favor de Dios y adquiriremos una victoria digna de nuestro nombre.
Hay reacción al fin entre algunos de los invasores de la isla tinerfeña. El capitán Diego Núñez, hombre de gran valor, pero muy presuntuoso y pagado de sí mismo, responde a voces:
- ¡Voto a Dios! ... Que sin necesidad de su auxilio, pienso salir vencedor de tan vil canalla.
Esta blasfemia, se encarga pronto de castigarla el propio Tinguaro quien, después de atravesar el cuerpo del impío capitán con un dardo de tea, lo derriba de su caballo y le hunde la cabeza con una maza, partiéndole la lengua entre los dientes, que dice fray Espinosa al comentarlo.
Sigue contando Viera y Clavijo en ocasión de tan terrible batalla:
Aunque fue más famoso el dicho que se le atribuye al valiente Pedro Maninidra, canario sumamente estimado de los españoles por sus proezas. Considerando este isleño el grave conflicto en que se hallaban nuestras tropas, empezó a estremecerse y a dar diente con diente, como sucede en el rigor de una terciana. El general Lugo, que lo observó y conocía su intrepidez, le dijo:
- ¿Que es esto, Maninidra? ... ¿Tiemblas de miedo? ... ¿Es ahora tiempo de acobardarse? ...
Y el canario le respondió:
- Este, señor, no es miedo, ni jamás he dado entrada en mi pecho a semejante pasión. Tiemblan las carnes atendiendo al peligro en que el corazón las va a poner.
La carnicería que los guanches hacen en las tropas castellanas es espantosa. Aún no repuestos de la sorpresa producida por el repentino ataque, no pueden los invasores hacer más que formar círculos aislados de defensa.
Los dardos de tea, los banodes y las piedras se abaten mortíferos en el barranco que acaba de servir de trampa y cuyo topónimo aún es hoy en día La Matanza de Acentejo.
La sangre se confunde abundante con las rocas volcánicas y la tierra rojiza pronto se empapa. Aún, ... El general Lugo, viéndose acosado de los isleños, que lo distinguían de los demás por un vestido rojo que llevaba, tuvo la advertencia de cambiarle con el de Pedro Mayor, y este buen soldado la gloria de morir en lugar de su jefe, a manos de diez guanches, no sin haber hecho sentir su muerte a cuatro de ellos que dejó malheridos en el campo, escribió Núñez de La Peña.
Ya van transcurridas más de dos horas de batalla cuando acude Bencomo, con tres mil hombres de retén, a concluir la obra de aniquilamiento total del invasor. Y así, continua implacable la mortandad entre los castellanos al ser engrosadas las filas guanches.
... El general Lugo corre arrebatado de ira tras Bencomo, que andaba con una espada en la mano; hiérele en el pecho; pero Sigoñe, capitán valiente y denodado, viendo maltratado a su príncipe, arroja a nuestro general una piedra con tanta fuerza que, aunque solo le alcanzó al soslayo parte de una mejilla, le hizo saltar algunos dientes. Todavía no había vuelto Alonso de Lugo del desmayo que le ocasionó este dolor, cuando se halló rodeado de cincuenta guanches y vio muerto a su caballo debajo de sí, sin tener a su lado otro defensor que su sobrino Pedro Benítez, llamado "El Tuerto".
Entonces fue cuando, habiendo invocado al Arcángel San Miguel, según Viana, o a la Virgen de Candelaria, que se le apareció en el aire, según el padre Gándara, se oscureció repentinamente la atmósfera con un nublado tempestuoso y se empezaron a sobrecoger los isleños de no sé que terror pánico improviso. La verdad es que los pocos cristianos que se salvaron de esta batalla no consiguieron retirarse sino por una especie de prodigio. Treinta güimareses auxiliares socorrieron al general y le sacaron del choque sobre un caballo. Lope Hernández de la Guerra, que estaba maltratado con dos heridas y muchas contusiones, fue llevado por sus tres sobrinos atravesado sobre otro. Finalmente, cuantos fugitivos escaparon de la derrota partieron por los montes de La Esperanza y salieron al campo de La Laguna, de donde bajaron a curarse de sus heridas al cuartel de Santa Cruz. Es constante que, si se hubiesen retirado por el camino de Los Rodeos, hubieran caído sin remedio en manos de los guanches de Tacoronte, que los esperaban el paso.
"Otra partida de treinta españoles que en Acentejo habían tenido modo de retirarse por el barranco abajo, aunque perseguidos de un cuerpo de quinientos isleños, se alojaron en cierta cueva que divisaron en lo alto de una colina, donde se atrincheraron y defendieron con vigor. La noche suspendió los ataques en que los guanches se empeñaban, bien que continuaron el bloqueo, esperando volver a la carga con el día, lo que hubieran ejecutado sin darles cuartel, a no haberse compadecido Bencomo de su triste suerte. La generosidad alternaba en aquellos bárbaros con la fiereza. El mencey les despachó a Sigoñe con orden de que les prometiese en su nombre la libertad y la vida, si abandonando el puesto, entregaban inmediatamente las armas. No pudieron oír los españoles sin enternecerse, tan benigna proposición, y, fiándose de la real palabra se rindieron gustosos. Cuando comparecieron en presencia de Bencomo, fueron recibidos con indecible afabilidad. Este príncipe mandó se les pusiera bien de comer y los restituyó a nuestro general, escoltados de cien guanches taorinos, al mando del capitán Sigoñe."
Un grupo de castellanos y canarios consigue llegar en su fatigosa huída a la costa occidental y tras muchas penalidades, ponerse a salvo nadando, en una roca que semeja minúsculo islote en el mar. Los acosadores guanches, por más que lo intentan, después de ahogarse unos cuantos, no logran aprisionar a los náufragos.
Y un navío, advertidos de su crítica situación los acampados en Santa Cruz, puede, costeando en la noche, tras muchas horas de hambre, frío y sed, por fin salvarlos.
Viana asegura que ... “en medio del mayor calor de la antecedente refriega se apostaron unos seis ballesteros españoles sobre cierto peñasco, desde donde incomodaban notablemente a los isleños, y que no creyeron éstos poder desalojarlos de otro modo que trastornando el risco, excavaron tanto sus fundamentos, que consiguieron derribarle”.
Y aún añadiremos un hecho que descrito también por Viera y Clavijo, nos pinta la bravura indomable de aquellos guanches que sin apenas otras armas que piedras y palos y su valor, vencieron a quienes querían dominarlos. Y también se añade así a las proporciones enormes del desastre de Acentejo:
"Gonzalo Fernández de Saavedra, que por este mismo tiempo andaba con dos carabelas portuguesas asaltando las islas para adquirir honra, era tan fantástico y valeroso que se dice "jamás quitó gorra a castellano". Así, no queriendo pasar a Tenerife bajo las órdenes de Don Alonso de Lugo, entró con su gente por otra parte de la isla, poco después de la batalla de Acentejo y atacó furiosamente a los guanches. Los antiguos aseguraban que tenía rozados con su espada tres almudes de sembradura en el sitio donde le hallaron muerto y a su lado dos isleños, que había ahogado por la garganta, después de estar caído y atravesado con gran número de dardos de tea. En torno a su cadáver se encontraron también otros diecisiete hombres, muertos por su mano y un poco más distante a Baca, su escudero, con algunos portugueses algarabios." El balance de la derrota sufrida por los castellanos en Acentejo arroja cifras de más de 500 peninsulares y unos 300 nativos de Canarias. Fue tal vez el mayor desastre sufrido por Castilla en la conquista de las islas.
Las tropas de Lugo tardaron bastante en rehacerse y hubieron de recibirse nuevas aportaciones de quienes financiaban la operación, para que ésta pudiese continuar hasta la victoria final.
El mencey Añateve de Güimar, haciendo honor al pacto y alianza establecidos, socorrió con ganado, cebada, gofio y leche a las abatidas huestes refugiadas en Santa Cruz.
El mencey de Anaga, que el año anterior prometiera mantenerse neutral, instigado por Bencomo, atacó a las fortificaciones castellanas, pero la tropa allí acogida, a pesar de los descalabros sufridos en Acentejo supo rechazar con vigor aquel postrer ataque guanche, lográndose dar muerte al mismo mencey ... Y como los guanches se vieron sin su jefe, trataron de levantar el sitio y de retirarse con gran celeridad.
Después de celebrar un consejo de capitanes en el cual se deliberó sobre la situación tan precaria por que atravesaba la aventura de la conquista, el parecer de Lugo tuvo mayoría.
Abandonar Tenerife, reintegrarse a Gran Canaria y, una vez recabados los auxilios y reposiciones necesarios, insistir con un desembarco en gran escala.
"Y el 8 de junio de 1494 entraban las naves, cargadas de tropas heridas y derrotadas, en el puerto de Las Isletas".
Lo que acabo de transcribir lo compuse, como antes indiqué, al principio de la década de los años setenta. Pero ya previamente había yo leído unos excelentes trabajos de la escritora tinerfeña María Rosa Alonso; el uno como prólogo y notas de una muy interesante "Comedia de Nuestra Señora de La Candelaria," edición de 1944 y el otro "El Poema de Viana", en los cuales la docta investigadora hacía acabada crítica de ambas obras y citaba reiteradamente a la comedia de Lope de Vega titulada "Los Guanches de Tenerife o La Conquista de Canarias".
Me interesó el tema y pronto leí los juicios que de tal obrita asimismo había hecho, entre otros, el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo en su "Antología de poetas líricos castellanos". Y, naturalmente, procuré leerla.
Dijo al respecto la citada María Rosa Alonso que la comedia que Lope de Vega imprimió en la parte décima de sus obras es del año 1618 y fue, naturalmente, inspirada en el poema del bachiller Antonio de Viana "Antigüedades de las Islas Afortunadas" que se publicara en el año de 1605 en Sevilla, en donde, posiblemente ambos vates se conocieron, siendo Lope por entonces unos diez y seis años mayor que el tinerfeño; aunque se supone que aquél no debió de leer en su totalidad, al menos entonces, el largo poema sino algunos de sus cantos, que él utilizó como, por ejemplo, el Canto octavo, que es en donde se menciona a Acentejo, a la Matanza de Acentejo. Dijo María Rosa Alonso que los personajes que intervienen en la obra de Lope están, unos, tomados de Viana, con idénticos nombres y otros, alterados al gusto de Lope: Alonso de Lugo, Lope Fernández, Trujillo, Castillo, Bencomo, Dacil (su hija), Tinguaro, conservan los nombres; pero Sigoñe, el capitán guanche de Viana, Sileno, etc., son nombres cambiados muy a propósito para su función según la época de Lope.
En el primer acto Lope sigue exactamente a Viana: Don Alonso quiere conquistar Tenerife. Dacil pinta a su padre Bencomo las bellezas de La Laguna y pide permiso para bañarse en ella. El agorero anuncia la venida de los españoles en "aquellos negros pájaros de España". Encuentro de Dacil y el capitán Castillo, aunque desprovisto de la emoción poética que le imprime Viana y Castillo parece aquí mas bien un fanfarrón de comedia y Dacil una salvaje que repite las frases como un papagayo. Castillo, añade la escritora, que debía ser el galán, el personaje heroico, serio, enamorado, quiebra la concepción de lo que el mismo Lope entendía por teatro al ser la figura del protagonista una mezcla de figura de donaire, contra lo preceptuado. En definitiva que Lope de Vega hace un contraste muy de la época, entre el salvaje y el civilizado. Y que en el segundo acto inventa un artificio que atribuye al complejo salvaje de los indígenas, que toman el alma por un objeto concreto desconocido.
Lope, en estos casos que enfrenta el salvaje con el civilizado, tenía el propósito de ahondar las diferencias, conforme al credo de su época. Tinguaro, hermano del rey isleño, quita la espada al español Trujillo, recurso que toma de Viana, aunque no con exactitud. Ganan los indígenas la batalla que corresponde en Viana a la Matanza de Acentejo. Recobra Trujillo la espada y vánse los españoles a Gran Canaria.
El propósito que sin duda animó a Lope de Vega no fue otro que el de hacer una de las tantas obras de circunstancia y aprovechar un argumento para hacer una obra más, que apenas cuida y que poco debió interesarle, a juzgar por la prisa que tiene en plantear y acabar unos actos tan flojos y precipitados. La conquista de Tenerife era un hecho español y el "monstruo" tenía que registrarlo en su haber poético, termina su juicio al respecto la escritora.
Pues bien; pasados unos años, supe por la prensa isleña que en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife, el 15 de diciembre de 1962 y por la compañía Lope de Vega, bajo la dirección de José Tamayo se estrenaba "Los Guanches de Tenerife", comedia en tres actos, divididos en doce cuadros, de Lope de Vega, en versión libre del escritor grancanario Claudio de La Torre, a cuya función, por mor de diversas circunstancias y la distancia, no pude asistir. Pero cuyo texto fue publicado por Ediciones Alfil en 1963, en un pequeño librito, que yo adquirí en cuanto tuve oportunidad. Que ha sido él el motivo central de todo este comentario. Y en donde el numen extraordinario del Fénix de las Letras Castellanas, en versión muy ajustada del indicado Claudio de La Torre, en el Cuadro Cuarto del Acto Segundo, relata así el episodio, origen de la actual villa de La Matanza de Acentejo y su término municipal:
CUADRO CUARTO
Don Alonso de Lugo delibera con sus capitanes.
VALCAZAR. El bárbaro señor, amedrentado
estará por sus riscos escondido
pues apenas se ve ningún soldado.
DON LOPE. El no habernos la entrada defendido
muestra que su temor, que desconfía
le hará sin vacilar pedir partido.
C. TRUJILLO Cuando por riscos ásperos venía
con Valcázar ayer, reconociendo
que gente el rey, que ejército tenía,
oímos de armas belicoso estruendo,
como de gente a la defensa puesta
que así el ataque iba previniendo.
Esto pensamos: que a salir se apresta
o, por lo menos, resistir el paso.
C. CASTILLO. Sería ese rumor de baile o fiesta,
o invocar sus ídolos acaso.
DON ALONSO. Estos no tienen ídolos, Castillo,
y son sus fiestas en el campo raso.
C. TRUJILLO. Y de que tal penséis me maravillo
que muy poco sé yo lo que es el miedo.
C. CASTILLO. ¿Quien os lo niega, capitán Trujillo?
C. TRUJILLO. Mayor prudencia aconsejaros puedo.
DON ALONSO. No haya nueva discordia, es lo que quiero.
Cada cual a sus Reyes ha servido
y que los sirva en adelante espero.
Trujillo dice bien, que haber venido
sin resistencia a parte tan estrecha,
no sin sospecha de peligro ha sido;
y Castillo también, pues no sospecha
que hay peligro mayor. No nos cansemos
en lo que al Rey no sirve ni aprovecha.
Para la santa causa que emprendemos
todo recelo llevaré conmigo.
Ya que tan dentro de la tierra vamos
que a combatir no sale el enemigo.
VALCAZAR ¡Un bárbaro del monte al llano baja!
Seguirle en su carrera no consigo.
DON LOPE. ¡Para llegar aquí, la senda ataja!
¡Dios querrá que se rindan a partido!
DON ALONSO. ¡Hola! No suene más trompeta o caja.
C. CASTILLO. El llega valeroso y atrevido.
(Aparece SILEY)
SILEY. Oidme bien, españoles,
vosotros que las Canarias
ganasteis a vuestros Reyes,
trayendo por la mar casas
cargadas de hechicerías,
de rayos, truenos y espadas;
vosotros, que a tenerife
venís con tanta arrogancia,
como si los guanches fueran
hijos de vuestras esclavas;
vosotros, que por dos veces
habéis vuelto las espaldas
y vuestros pájaros negros
tendido en el mar las alas;
Bencomo, Rey de esta isla,
y Rey sin oro y sin plata,
sin aparato y grandeza,
sin palacios y sin guardas;
hombre que, como nosotros
por estas laderas guarda
cabras monteses y ovejas
silvestres, toros y vacas,
dice que, ya que venís
a conquistar desde España
un campo lleno de piedras,
un monte cercado de agua,
luchéis como caballeros
y peleéis con las armas
a lo que nobleza obliga,
ya que blasonáis de tanta.
Porque valerse de enredos,
de invenciones y mañas,
desdice de aquel valor
que os dio tan honrada patria,
pues de algunos nos dijeron
que nuestras montañas andan,
a escondidas de los hombres,
dando a mujeres almas.
¿No os bastan las invenciones
de relámpagos y espadas
para que hechicéis los pechos
metiendo en los pechos almas?
A esto, pues, mi Rey me envía;
a deciros que os aguarda
en la falda de aquel monte
para daros la batalla;
que no ha querido impediros
de Tenerife la entrada
para poder, con holgura
desnudaros en su casa.
C. CASTILLO. ¡Así Dios te dé victoria,
déjame, por Dios, que yo haga
lo que merece, en respuesta,
ese guanche y esa infamia!
DON ALONSO. No, Castillo, no es razón.
Débese a las embajadas
el guardar su privilegio.
C. TRUJILLO. ¿Que embajada o calabaza?
Diérale yo un torniscón,
así, la mano cerrada
con que le hiciera tortilla
las narices en su cara,
y fuera a quejarse luego
de que Trujillo no guarda
al embajador las leyes.
DON ALONSO. ¡Guanche...!
SILEY ¡Español...!
DON ALONSO Oye.
SILEY Habla.
DON ALONSO. Dile a Bencomo, tu Rey,
de quien no son tus palabras,
que yo no vengo a sus islas
ni por oro, ni por plata.
Vengo a obedecer no más
lo que mis reyes me mandan,
que convertiros desean
a la ley de Cristo santa.
A Fernando y a Isabel,
que así mis Reyes se llaman,
no obliga humano interés,
obliga piedad cristiana,
puesto que no han menester
tierra, sobrándoles tanta
en Castilla y Aragón,
y sin contar la de Italia.
A obedecerle venimos,
sin enredos ni marañas.
Estas armas que traemos,
en todo el mundo son armas;
que dar almas a mujeres
son amorosas palabras
que los bárbaros no entienden.
SILEY ¡Basta, español, eso basta!
Eso le diré a mi Rey,
que donde digo os aguarda.
(Vase SILEY)
C. CASTILLO. ¿Que aguardáis?
DON ALONSO. ¡Ea, señores,
ya la ocasión es llegada!
Hoy es día de mostrar
el valor que os acompaña.
C. TRUJILLO. ¡Acomete, que son pocos!
C. CASTILLO. ¡Y son tan pocos, que faltan
para Castillo otros tantos!
DON ALONSO. ¡San Miguel, y cierra España!
(Salen todos. Oscuro.)
CUADRO QUINTO
(Danza guerrera del combate entre guanches y españoles. Los españoles acaban retirándose acosados por los isleños. Cesa la música. Quedan como fondo de la escena con intermitencias, algún cañonazo lejano y las descargas de los arcabuces. Entran DON ALONSO DE LUGO Y LOPE FERNÁNDEZ.)
DON LOPE. ¡Retírate, señor!
DON ALONSO ¿Y está bien hecho
que yo no muera aquí, lugar famoso,
viendo todo mi ejército deshecho?
DON LOPE. Sería, señor, un caso lastimoso.
Si de este monte por lo más estrecho
el rey Bencomo puso, belicoso,
más de siete mil hombres en celada,
¿que harían el brío y la española espada?
Mil soldados no más, aunque gallardos,
a esos miles de guanches se opusieron.
Con tantas flechas y tostados dardos,
ni con fuegos ni aceros los vencieron.
DON ALONSO. Lope, en la resistencia fueron tardos
por nuestro mal.
DON LOPE. ¡Y que animosos cortan
con las mismas espadas que trajimos
las vidas que tan caras les vendimos!
(Entra VALCAZAR)
VALCAZAR ¡Oh, valeroso general! ¿Que haremos,
si apenas de mil hombres hay cincuenta?
Mira que al no salvarte nos perdemos,
pues que tu muerte su victoria aumenta.
Permite que en las naves embarquemos.
Vuelva siquiera un hombre que dé cuenta
de esta desdicha a nuestra madre España.
DON ALONSO. ¡Y no sería morir más justa hazaña?
DON LOPE ¿Que ganas en morir, si con la vida
puedes aún recobrar lo que has pedido?
(Entra el CAPITÁN TRUJILLO)
C. TRUJILLO. Cobré mi espada, aunque con tanta herida,
que vengo poco menos que vencido.
DON ALONSO. ¡Trujillo!
C. TRUJILLO. ¡Don Alonso!
DON ALONSO La perdida
batalla, no el honor, que no lo ha sido,
pues que de mil soldados no hay cincuenta,
nos obliga a morir.
C. TRUJILLO. ¡Fuera eso afrenta!
Yo soy de parecer que a la ribera
del mar retires esta poca gente
que se libró de la batalla fiera,
escondida en la cueva de esa roca.
DON LOPE. Y yo, que aunque esta vez fue la tercera,
puesto que nueva sangre nos provoca
vengamos otra vez a Tenerife
DON ALONSO. ¿Con que? ¿Sin un soldado ni un esquife?
DON LOPE. Volved a Gran Canaria, que mi hacienda,
mis ingenios de azúcar y otras cosas,
haré que en plaza pública se venda.
Y armaremos dos naves valerosas,
y valerosa gente que así emprenda
En Tenerife hazañas generosas.
DON ALFONSO. ¿Valdrá la hacienda...?
DON LOPE. Nueve mil ducados,
que bastan para naves y soldados.
DON ALONSO. Solo el volver a Tenerife anhelo.
¡Amigos, reunamos nuestra gente,
que no hay que obrar precipitado y ciego!
C. TRUJILLO. ¡Vamos al mar!
VALCAZAR. ¡Hacia la mar!
DON ALONSO. ¡Detente!
DON LOPE. ¿Que quieres?
DON ALONSO. ¿Y Castillo?
DON LOPE. No hay sosiego
con su temeridad. Indiferente
a los dardos y flechas, muerte halló.
DON ALONSO. ¡Dios recoja la vida que le dio!
(Salen. Se oye la música de "El canario". Entran BENCOMO, MANIL, SILEY, TINGUARO y otros guerreros.)
BENCOMO. ¡Gracias al divino Sol
por la victoria ganada!
SILEY. ¿Y a esto le llaman espada?
BENCOMO. Es su nombre en español;
que de la espada sospecho
nombre el de España tomaron.
SILEY. ¿Luego ellos la inventaron?
TINGUARO. Mas no les fue de provecho.
MANIL. A esto llaman un sombrero,
y a esto ropilla o jubón.
TINGUARO. Y esto aquí, los rayos son
Probar a soltarlos quiero.
MANIL ¡Ten cuidado! ¡Quita allá!
TINGUARO. No salen.
BENCOMO. Pruébalo, a ver.
TINGUARO. No acierto.
MANIL. (Mostrando una bota de vino)
¿Y que puede ser
esto que aquí dentro está?
Un español lo traía,
y huyendo por una roca
se lo ponía en la boca
y no sé que le decía.
Quiero esconderlo y después
veré lo que dentro tiene.
TINGUARO. ¡Que triste la infanta viene!
(Entra Dacil. Cesa la música)
BENCOMO. ¿Día de tristeza es
el de tan alta victoria?
DACIL. No estoy yo triste, señor.
BENCOMO. Merezco yo, gran favor,
que te alegres de mi gloria.
Mira tantos enemigos
por esas laderas muertos,
y de sus galas cubiertos
nuestros guerreros y amigos.
Las almas que os habían dado,
a morir con ellos fueron;
la riqueza que trajeron,
en esta tierra han dejado.
Lo hemos, pues, de celebrar.
¡Ea, mis gentes! ¿Que hacemos?
SILEY ¡Ni una prenda les dejemos!
TINGUARO ¡Desnudos han de quedar!
(Salen todos menos DACIL y MANIL.)
DACIL. ¡Ay, Manil, y cuantas veces
te dije que me buscases
aquel español que adoro!
MANIL Lo busqué, y el Sol lo sabe.
Pero había tantos muertos
que me fue imposible hallarle.
DACIL. ¿Luego es muerto?
MANIL. No lo dudes.
DACIL. Entonces he de matarme.
MANIL. Sería gran necedad.
DACIL. Dicen que las almas parten
al punto, cuando se mueren
los cuerpos, a un reino grande.
Si se ha muerto mi español,
luego, con que yo me mate,
iré al reino donde está.
La comedia de Lope de Vega prosigue, ahora centrada más en el romance entre Dacil y Castillo para terminar con la aparición y milagros de la Virgen de Candelaria; pero todo ello, no por menos interesante ya se aparta del propósito presente.
Aquella batalla de la Matanza de Acentejo hizo famosa a la comarca. Topónimos como la Baja y la Punta de Juan Blas, la Baja de los Cristianos, Punta de El Sol, Bubaque, etc. todavía recuerdan el hecho.
Cuando la isla fue conquistada dos años más tarde, el Adelantado Fernández de Lugo premió a varios de sus hombres de armas con datas de tierras y aguas en Acentejo, siendo de los primeros conquistadores y colonos pobladores del término gentes como Diego y Martín de Agreda, Diego de Cieza, Fernando de Talavera, Pedro Baez, Pedro Esteviánez, Alonso y Bartolomé Benítez, Juan el Borgoñés, Pedro Camacho, "natural de la Gran Canaria", etc. etc. Se fueron alzando ermitas como la dedicada a San Antonio, se dice que muy cerca del lugar principal de la famosa batalla entre guanches y castellanos, la de San Diego, la conocida popularmente como de la Cruz del Camino, dedicada a San José y la del Salvador, convertida en parroquia, incendiada y vuelta a reconstruir en la década de los años treinta del presente siglo.... Pero, claro, eso serían otras historias.
Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1996.