8 de noviembre de 2008

Evocando a Canarias en Benasque

por Carlos Platero Fernández.

¿UN ANCIANO POLITICO ACTUAL EN EL ANETO?
Ciertamente, una noticia enteramente falsa o tergiversada puede ser aceptada como verdadera y, de hecho lo es casi siempre por un público lector o audio-visual ignorante del tema o predispuesto a creerla. Este es el riesgo que se corre cuando el informador obra con ignorancia supina o con malicia más o menos disimulada "arrimando el ascua a su sardina"; es decir, en propio beneficie, sobre todo si de la cosa política se trata en esta nuestra España, en estos actuales tiempos de democratización más o menos total, pura y beneficiosa para las mayorías al menos, que estamos viviendo.
Un ejemplo claro de esto que estoy apuntando es la noticia facilitada por casi todos los medios de comunicación social españoles, que dice que en estas pasadas fechas el Honorable Pujol, Presidente de la Generalidad de Cataluña, anunció la inminencia de las elecciones generales de dicha Comunidad.
Hasta ahí, a mí al menos el hecho no me interesó ni poco ni mucho, que hace ya tiempo procuro "pasar" de todo tema político. Y si alguna vez "entro al trapo" en alguna conversación entre familiares o amigos lo hago con muy poco entusiasmo y ninguna fe en el sistema.
Pero sí despertó mi curiosidad el hecho de que esa nota de carácter político, esperada ya parece ser desde tiempo atrás, tanto por la mayoría de los catalanes como por diversos políticos de distintos signos y una parte del pueblo español en general, fuese emitida y divulgada precisamente desde las cercanías de Benasque, localidad oscense del Alto Aragón. Y más me llamó la atención el que se dijese que fue dada a conocer desde el mismísimo pico Aneto, el punto geodésico culminante de los Montes Malditos pirenaicos y el de mayor altitud de la Península Ibérica, el segundo de España, después del Pico Teide de Tenerife, en las islas Canarias.
Así dada, la noticia debe de ser falsa, una mentira encubierta pero políticamente interesante. Porque al Honorable, con sus setenta y pico de años a cuestas, no sobrado de salud y agilidad corporal y con taras físicas visibles, propias de la edad desde luego, es presumible que le resultaría materialmente imposible el realizar una ascensión hoy día a lo más alto del Pico de 3.404 m.; la más factible, de ser verdad, desde el Refugio de La Renclusa o el campamento de Llosás, en las que se requiere, aún en pleno verano un buen conocimiento y experiencia de montañismo y son indispensables la cuerda, los crampones y el piolet y un mínimo de cinco horas de ascensión y escalada, donde no hay instalaciones eléctricas con tele-sillas, como si existen por cierto al otro lado del Macizo, en la vertiente de Cerlés, moderna Estación Invernal de esquí.
Dicen las guías que de ello se ocupan, que el pico Aneto es de ancha cima y vertientes escarpadas, de rocas graníticas y que desde lo alto se puede divisar, si no hay nubes, un amplio panorama de dilatados horizontes, pues con la erizada cresta de las Tempestades al este y la del Medio al oeste, hace muy interesante cualquier excursión hasta allí para poder admirar los circos lacustres de desolado aspecto, las masas de rocas, de distintos glaciales y nieves sueltas, con grandes panorámicas por ambos lados del Macizo.
Pues yo sigo sin creer que no estuvo en esta ocasión el destacado político catalán en el Aneto sinó, ni tan siquiera en sus agrestes faldas de la parte noroccidental; que es preciso efectuar, para lograrlo, unas largas marchas a pie con el complemento de arduas ascensiones al ir subiendo de nivel incesantemente. Y todo ello, no precisamente en terreno leridano, catalán, sinó oscense, aragonés por el amplio, encajonado y bello Valle de Benasque que se puede recorrer en coche tan solo hasta el denominado Plan del Hospital, (plan en Aragón es "altura" o "nivel") donde hay desde hace años una zona de acampada y en las cercanías, a la derecha, según se va ascendiendo, las ruinas de dicho Hospital en la ladera de la allí boscosa montaña. Un poco más arriba se acaba la carretera asfaltada aunque hay una pista de tierra, antiguo camino de herradura que bordeando al macizo de la Maladeta sigue hasta el Plan D`Estan donde termina, con un recorrido desde Benasque de unos escasos 18 kilómetros. Desde el siguiente Plan de Besuta o Besurta hay una senda ascendente entre escarpaduras que pronto se bifurca y una parte, la de la izquierda sigue hasta el sugestivo y agreste paraje del Plan de Aiguallut; y el de la derecha con una o varias horas de caminata conduce al Refugio de La Renclusa (a 2.140 m.) que es propiedad del Centro Excursionista de Cataluña, en el Macizo de La Maladeta de 3.308 m. de altitud.
Nada; que no me creo que el Honorable Pujol estuviese hace unos días, en pleno mes de agosto, en lo alto del Aneto, de 3.404 m. de altura, como dice la nota de prensa.

EN BENASQUE
Y es que resulta que yo, como ya indico en los datos precedentes, conozco perfectamente esos hipotéticos recorridos y he hecho parte de ellos hace algún tiempo. Porque, va ahora para más de 14 años estuve allí y efectué gran parte del itinerario señalado por los medios de comunicación social. Y bien que me cansé con la excursión, aunque fue llevada a buen término.
Tenía yo entonces 53 años y pesaba mis respetables 80 kilos que para una oronda talla de 1`60 son muchos pero que entonces no fueron óbice la una y los otros para que con Margarita y acompañados de un oficioso y eficaz guía local efectuara aquella ascensión de montañismo, exactamente el día 16 de junio de 1985.
Estábamos mi esposa y yo disfrutando de unas cortas pero intensas vacaciones veraniegas y en tal ocasión habíamos elegido el hacer parte de ellas en el Pirineo Aragonés.
Ocurría que unos cuatro o cinco años antes mi buen amigo y joven compañero de tareas laborales el maestro industrial delineante y hábil heraldista, el conquense Luis Guerra Cruz, con su esposa la canaria Rosy y sus pequeñas hijas pues aún no les viniera al mundo Luis el benjamín, habían pasado unos días de vacaciones en el pueblo pirenaico de Benasque y tan bien supo pintarme luego aquellos parajes, insistiendo en lo bien que se descansaba y dormía arrullados por las aguas susurrantes del río Esera que discurrían exactamente bajo las ventanas de su habitación en el Hotel Aneto, entre otras lindezas paisajísticas, que no dudamos Margarita y yo en elegirlo a la hora de plantearnos futuras vacaciones. Y el momento fue llegado; y previa reserva telefónica de habitación en determinadas fechas allá nos fuimos en el mes de junio de 1985. En realidad, en aquella ocasión hicimos un itinerario muy interesante que luego yo me cuidé de detallar sobre el papel y de dejar constancia con fotos, postales, recortes de folletos y revistas, etc., pues hicimos uso de diversos medios de transporte desde el vehículo propio, avión, taxis, metro, autobuses urbanos, ferrocarriles, autocares, tranvías y funiculares además de lo mucho recorrido a pie y que sumaron exactamente 7.489 kms. en 20 días, con estancias o detenciones, desde Las Palmas de Gran Canaria, Gando, Prat de Llobregat, Barcelona. De Barcelona y en tren y luego en diversos autobuses por Monzón, Fraga, Barbastro y Benasque. Estando en Benasque recorrimos y visitamos Ancil o Anciles, Cerler, Ampliu, Puente de Nieve, Besaurri, El Ribagorzana, túnel de Viella, Valle de Aran, Baqueira Beret, Les, Santuario de la Virgen de Guayente, alrededores de Benasque, Baños de Benasque, Plan D`Estan, Glacial de La Maledeta, Fuentes del Garona, Laderas noroccidentales del Aneto, el Hospital de Benasque, etc. Y Barbastro, Huesca, Jaca, Canfranc, Candanchú, Antún, Sabiñánigo y, por Tardienta en tren de nuevo a Barcelona. También fuimos en autocar, ida y vuelta en el día a Andorra y en una excursión múltiple, de varios días fuimos a Gerona y estuvimos en Figueras, Rosas, Ampuria, Cadaqués, Palafrugell, Palamós, S`agaró, Playa de Aro y San Feliu de Guixols. Desde Barcelona, en tren a Tarragona y en distintos autobuses nos llegamos a Salou y Cambrill y sus playas, a Reus y por Tarragona regresamos a Barcelona otra vez en tren. De Barcelona al Prat de Llobregat y en avión y vuelo directo a Gando y de Gando a casa en el coche nuestro que nos aguardaba cubierto de polvo, como no podía ser menos.
Pues bien; en Benasque, alojados en el "Hotel Benasque" porque el frontero "Aneto" del que Luis Guerra me diera en su día razón estaba entonces cerrado por reformas, pasamos Margarita y yo unos días estupendos.
Para entendernos y diciéndolo de forma enciclopédica, Benasque es un municipio de España, provincia de Huesca, partido judicial de Boltaña y subárea comarcal de Pont de Suert, con unos 233 km2. y por la época en que nosotros lo visitamos contaba con unos mil y pico de habitantes semi concentrados. Localizado en el centro de un valle, el caserío de Benasque se concentra al pie del macizo de La Maladeta. Es centro turístico termal y montañero disponiendo de más de 300 plazas hoteleras. Y desde el año de 1970 había sido el Valle considerado oficialmente como Paraje Pintoresco.
Su iglesia parroquial, dedicada a Santa María, aunque el patrón de la villa es San Marcial de Limoges, también peregrino jacobeo, parcialmente reconstruida en la actualidad, es de traza románica, posiblemente del siglo XIII, de una nave con bóveda de cañón y remodelaciones del siglo XVIII en la cabecera. La arquitectura local civil de este pueblo pirenaico del Alto Aragón se clasifica como típica montañesa contándose con algunas casas fortificadas cuales la renacentista propiedad de los condes de Ribagorza de la Calle Mayor que da a la plaza principal y las solariegas de los Inllada y Faure con la tipo fortaleza de atractivo aire medieval de los Just.
Benasque, según los filólogos es un topónimo patronímico árabe, con referencia a una variación del nombre de pila "Ascanio" u "Oscar", que deriva del griego o asiático, de etimología y origen inciertos. "Ascanio", del latín "Ascanius", procedente del griego.No se trata, sin embargo de un nombre de origen griego, repito, sinó microasiático y, según los más sesudos filólogos, se opone aún a toda tentativa de interpretación, teniendo en cuenta que hay nombres con el elemento formativo "asca-" en Frigia, Pisidia y Lidia. Ascanio, personaje de la "Eneida", es el hijo de Eneas y con su sobrenombre de Iulius, Julio, fue legendario fundador de la "gens Iulia" de Roma. Por otra parte, es interesante el indicar que Asacanio también es apellido de origen navarro, que ya en el siglo XVI pasó a Canarias y luego a América.
Según los estudiosos este valle de Benasque debió de ser ya habitado por los hombres de las cavernas. Luego fueron las tribus celtíberas de los ilerguetes o "ilergetai" que habitaron desde los Pirineos hasta el río Ebro y desde él Segre hasta el Cinca, los que de alguna forma poblaron la comarca y erigieron una ciudadela que llamaron Vescelia, sobre cuyas ruinas surgió con el tiempo la actual villa de Benasque ocupada inicialmente por los romanos que con el paso de los siglos latinizaron el país, hicieron vías y puentes de comunicación y explotaron algunas minas de plata y hierro y fueron quienes erigieron los primitivos Baños de Benasque, abrieron el Portillo de la Villa y otros pasos fronterizos por donde estuvieron acaso entrada para los godos, los francos y aún, en cierta medida los invasores árabes; aunque éstos, en sus impetuosos avances de sur a norte de la Península Ibérica quedaron detenidos antes de llegar a la cuenca del río Esera.
En tiempos de La Reconquista, por algún tiempo la comarca fue feudo del imperio de Carlomagno, perteneciente al condado de Tortosa, aunque, ya por lo siglos X y XI lo fueron del Condado aragonés de Ribagorza y, más adelante, el territorio anexionado al poderoso reino de Navarra hasta que, a partir del de Ramiro I (1010 - 1063) pasó definitivamente a ser territorio aragonés. Benasque, desde los primeros tiempos jacobeos fue una ruta más pirenáica de peregrinos a Santiago de Galicia. Por su privilegiada y al mismo tiempo aislada situación geográfica, ya desde aquellos tiempos feudales la comarca disfrutó de fueros y privilegios y franquicias diversos, gozado de gran libertad administrativa y económica dentro de los fueros de Aragón, aunque, a partir del siglo XIX hubo de acoplarse a las normas centralizadoras del estado español.
Una vez nosotros en la localidad y para poder reconocer la comarca lo mejor posible y siguiendo las indicaciones de la atenta joven señora administradora del indicado alojamiento, optamos por requerir los servicios de un taxi de la localidad, creo que uno de los muy escasos si no el único entonces en el pueblo que resultó ser un bastante destartalado Seat 1400 un tanto traqueteante; pero su conductor, un aragonés jovial y atento nos resultó un guía excepcional, con el que trabamos pronto cordial amistad al poco rato de conocerlo.
El nombre de aquel benasqués creo que era Ramiro o algo parecido pero si sé que se apellidaba Barrabes o Barrabés, aparentaba tener entre treinta y cuarenta años, con dentadura superior postiza que cuando se entusiasmaba con algo se le movía de manera ostensible; nativo de la comarca, "maño" hasta la médula, por lo que parecía que no le hacían mucha gracia sus vecinos y paisanos leridanos, muy español y orgulloso de serlo cuando se presentaba la ocasión de demostrarlo de alguna forma. El fue el que nos impuso algo acerca del folclore local, de las antiguas danzas, del típico y llamativo "ball" o baile de verdadera raíz ancestral solo de hombres, de las danzas alrededor de las hogueras en las fiestas de San Juan y San Pedro y de la costumbre de regar con el mejor vino de la cosecha anterior los ardientes leños del lar en las Navidades; de la lengua vernácula del país, perpetuada sobre todo en topónimos por toda la comarca, etc.

CERLER, EL VALLE DE ARAN, ANCILES...
No recuerdo cifras pero sí se que nos resultaron muy económicas las tarifas que ajustamos por sus servicios con aquel providencial taxista-guía. Y tuvo muchos detalles y atenciones con nosotros en tanto nos acompañó con su taxi y haciendo de excepcional cicerone en las distintas rutas o excursiones efectuadas. Me quedó muy grabado en el recuerdo el detalle aquel de cuando, yendo camino de Cerler y teniendo allá abajo la vista panorámica excepcional de la villa benasquesa circundada en gran parte como por una semi circunferencia de frondosos chopos y hayas y en el otro extremo por la línea rotunda del río Esera, al saber que nosotros procedíamos de Canarias, el buen hombre se entusiasmó hasta el extremo de en un momento determinado llegar a emocionarse al hacer un canto especial a la composición musical favorita suya, que resultó ser el popular pasodoble "Islas Canarias", que le gustaba sobremanera oír desde sus años mozos, desde su época del cuartel, en los bailes y en las fiestas de los pueblos comarcanos y cuyos briosos compases conocía de memoria y tarareaba con frecuencia. Y en aquella ocasión rodando el coche por el camino ascendente a Cerler, ante nuestro disimulado temor de que pudiese despistarse en la maniobra de conducir, en un momento determinado frenó y con el rostro resplandeciente se volvió hacia nosotros que viajábamos en el asiento corrido posterior y ante nuestra sorpresa interpretó un espontáneo remedo de un solo de trompeta, el puño adecuadamente cerrado aplicado a los labios emitiendo con bastante afinamiento unas notas, un trozo del susodicho popular pasodoble canario. Y, emocionado, aquel buen hombre aún nos dijo que se le ponía realmente la carne de gallina al oír la interpretación de la pieza musical del catalán maestro Tarridas, ya fuera en la radio, por la televisión o en cualquier plaza o salón de baile de pueblo por aquellas tierras del Alto Aragón. Todo un "fan" de las Islas Canarias que, por cierto, lamentaba no conocer personalmente todavía.
Además de aquella primera excursión en coche a Cerler, nos llevó el taxista a la cercana aldea de Anciles, a la que luego habríamos Margarita y yo de volver en placentero paseo entre hayas, pinos, helechos y profusos matorrales bajos, caminata en la que en su transcurso nos tropezamos con una culebra de casi dos metros de largo que alguien acabara de matar a pedradas instantes antes. En Anciles y alrededor de su pequeña iglesia de típica traza pirenáica montañesa pude yo observar en aquellas viviendas todas de piedra y cubiertas de pizarra, admirar a placer y aún copiar en algunos bastante mal trazados bocetos que más adelante habrían de servirme para mi libro "Los Apellidos en Canarias", unos cuantos escudos heráldicos cuáles los correspondientes a Barrau y Surpian, de los que figuraban en piedras cimeras sobre el dintel de entrada a algunas viviendas y otras estancias que hacían actual servicio de cuadras para el ganado vacuno y ovino que por allí parecía abundar y que eran iguales o muy parecidos a los que figuraban en algunas fachadas de las viejas casas de recios muros que daban a la plaza principal, junto al ayuntamiento y la iglesia parroquial de Benasque.
Pues aquel atento taxista, insisto en que por unas tarifas ciertamente económicas, nos llevó a una agradable excursión de un día completo a tierras leridanas, a través del largo túnel de Viella en cuyo interior se filtraban constantes frías aguas que en algunos sitios anegaban la calzada y que al final, en una desviación también conducía a un hotel y un parador de Turismo, al atrayente Valle de Arán. Primeramente fuimos desde la localidad central comarcal de Viella por pueblecitos típicos como Uña o Tredós hasta la lujosa Estación Invernal, cerrada a la sazón, naturalmente, de Baqueira Beret y luego, de regreso, bordeando la vertiente oriental de los Montes Malditos, siguiendo el cada vez más caudaloso cauce del río Garona pasando por Les y llegando hasta, creo que Bausén, ya en la zona fronteriza con Francia, donde dimos la vuelta para detenernos y bajo la sombra de centenarios árboles comer unos fiambres, embutidos y pan y queso regados con vino con que nos obsequió el bueno de Barrabés, el mejor guía, taxista y compañero de excursión que por los Pirineos aragoneses nos hubiésemos topado.
Y fue allí, en aquel paraje boscoso junto a la carretera y teniendo el río Garona deslizándose delante de nosotros y al amparo de una ladera montuosa donde se abrían algunos manantiales de cristalinas y refrescantes aguas, que surgió la idea de efectuar la próxima excursión desde Benasque hasta las mismísimas fuentes de la izquierda del río Garona, que según Barrabés tenían su origen a menos de un kilómetro de las del río Esera.
¿Nos atreveríamos nosotros, pareja de sedentarios cincuentones a efectuar una marcha a pie con alguna posible ascensión pronunciada dentro del programa hasta alcanzar las faldas del mítico pico Aneto?, me pregunté yo, dudando si aceptar la oferta o no. Desde luego se nos garantizaba ya que era seguro que nos iba a impresionar el majestuoso paisaje comprendido entre aquellos Montes Malditos al pie de la cima de los Pirineos.
A Margarita pareció agradarle la idea, así es que aceptamos, siempre y cuando él nos acompañase desde donde dijo que deberíamos de abandonar el coche para proseguir caminando, lo que ya se daba por sentado, claro. Y ya en el camino de regreso, pasando por Los Paules y otros pueblecitos agricultores y ganaderos de alta montaña en los que sus habitantes se afanaban en las tareas del campo propias de la temporada veraniega, cruzándonos con rebaños de ganado, iba yo algo expectante pensando en como íbamos a responder en aquella otra marcha, aquella larga caminata que sería de varias horas entre ida y vuelta, muy diferente a las que en mis años mozos solía yo emprender, tanto en mi tierra gallega como por las volcánicas montañas canarias, parte de las que ya dejé reflejadas en aquel librito "Mis exploraciones canarias", publicado en 1970, edición agotada años ha pero que aún es hoy el día en que se me solicitan ejemplares de cuando en cuando desde alguna librería.

LA VIRGEN DE GUAYENTE
Antes de acometer la que se prometía interesante excursión a los mismos pies del pico Aneto en el macizo pirenaico de los Montes Malditos ocurrió el inesperado acontecimiento de "descubrir" a Nuestra Señora la Virgen de Guayente, sagrada imagen de la que no me recato ahora en decir que quedé fascinado, platónicamente enamorado, desde el mismo momento en que por primera vez la pude contemplar.
Sucedió que, al regreso de aquella estupenda y plácida gira por las hermosas tierras aranesas, en plena tarde veraniega, nuestro taxista nos obsequió con lo que yo dije luego que fue como el poner la ginda al pastel.
Una vez cruzado de este a oeste el río Esera, a la altura del pueblo y municipio de Sahun nos preguntó si sabíamos nosotros algo sobre una Virgen por aquellos contornos muy venerada, conocida como de Guayente; y al ser necesariamente negativa nuestra respuesta, en tanto que continuaba conduciendo con su habitual regularidad y destreza por más que tuviese la costumbre de volver de cuando en cuando la cabeza y la mirada hacia nosotros para comprobar posiblemente satisfecho nuestra atención a su relato, nos fue informando a su manera de que, en tiempos muy antiguos, unos caballeros que una noche veraniega pasaban por aquellos contornos oyeron asombrados unos cánticos y músicas como celestiales que, después de indagar presurosos comprobaron que salían de entre unas masas rocosas que había en lo alto, algo alejadas del camino, al otro lado del río, al que vadearon y tras lo cual pudieron observar un resplandor que brotaba como de entre las piedras y, suspensos, admirados del prodigio, en una oquedad de las mismas que daba acceso a una pequeña gruta encontraron una imagen de la Virgen, al lado de una fuentecilla de rumorosas, cristalinas y en aquellos momentos musicales aguas. Aquellas gentes, ante la milagrosa aparición a la que allí mismo veneraron por un rato de rodillas, terminaron llevando el sagrado hallazgo al próximo pueblecito de Sahun para que se le rindiese culto; pero, misteriosa y asombrosamente la imagen desapareció y al buscarla con afán se la encontró otra vez en la pequeña gruta de la fuentecita de musicales aguas. Y como quiera que dos veces más ocurriera lo mismo, los lugareños levantaron allí mismo una ermita y un santuario. El santuario, hoy muy transformado, se dedica a fines cívico sociales y la ermita que por cierto, se dice que fue erigida en cuestión de días por unos seres que debieron de ser ángeles y que desaparecieron luego sin dejar otra huella, todavía subsiste, bastante ruinosa pero a la que continúan acudiendo los habitantes de los contornos con gran devoción, sobre todo en el día de su fiesta que se celebra un muy animada y concurrida romería.
Diré aquí como inciso que, algún tiempo después de aquellas jornadas veraniego-pirenáicas, leyendo yo la obra del autor local Santiago Broto Aparicio pude saber que, según la leyenda, acaeció el suceso de la aparición a finales del siglo XIII, como así lo dejó reflejado en un rancio manuscrito el caballero Pedro Azcón y Abarca que firmó exactamente en el año de 1292 y que se conserva; y en el que, además se dice que el hecho lo protagonizó un antepasado suyo, Hernando de Azcón que tuvo su casa solariega en el cercano pueblecito de Liri y que fue el que mandó erigir a sus expensas la ermita que todavía subsiste.
Verdaderamente interesados, Margarita y yo seguimos al taxista que, antes de llegar al pueblecito de Eriste dejó al Seat junto a una arcaica fuente de labradas y musgosas piedras y una especie de ornacina vacía asimismo cubierta de musgo. Y tras unos minutos de ascensión pedestre entre frondosos árboles, hayas y castaños me parecieron, llegamos a un mirador de piedra de amplia panorámica del valle; junto a un edificio que parecía antiguo pero muy reformado, que se formaba en derredor de un amplio patio de piso empedrado y enarenado en parte y en uno de cuyos laterales se alzaba una vieja ermita que, aparentemente al menos, en su exterior no parecía merecer mayor atención. Su única puerta de acceso, de carcomidas maderas y desvencijados goznes, estaba malamente cerrada con tan solo unos trozos de ferrujiento alambre retorcido, que al soltarlo nos permitió la entrada. Por lo que al principio pudimos percibir, el interior de la ermita era tan sin interés como su exterior...
Pero, de repente, nuestras miradas captaron con sorpresa y creciente admiración la imagen de la titular y patrona del lugar. ¡Teníamos ante nosotros una magnífica y característica talla románica!
Era una talla de madera, policromada, de cuarenta a cincuenta centímetros de altura que representaba a una bella virgen juvenil, sedente y coronada que tenía en la mano derecha una especie de cetro, sosteniendo en la rodilla izquierda al Niño Jesús su hijo, también coronado y vestido con una túnica consular, que nos bendecía con la mano derecha levantada y sujetaba con la izquierda sobre su rodilla un libro en cuya contraportada aparecía insculpida una cruz gótica. Su policromía, bien extendida es indudablemente moderna y reciente, de colores un tanto chillones y adocenados. Aquel bello y para nosotros sorprendente conjunto escultórico de indudable traza románica estaba colocado sobre una especie de rinconera o repisa sin más adornos, sujeciones o ataduras. Me atreví a rozar con mis pecadores dedos al Niño y a la Madre, acariciarles el rostro, las manos, los pliegues de sus vestiduras...Y es que sentí interior emoción al hacerlo, igual que cuando rocé las manos y el rostro azabachinos de aquella Virgen negra que se venera en el santuario de lo más alto de la Peña de Francia en Salamanca. Vírgenes románicas, vírgenes Negras, Diosas-madres celtas de mi tierra gallega...
Yo, desde aquel excepcional instante me quedé completamente enamorado, platónica y metafóricamente hablando de tan hermosa escultura religiosa, que muy bien puede ser de los siglos XII o XIII o, al menos, una muy fiel copia. Talla y motivo, por lo demás bastante abundante y con muy distintas advocaciones, no solamente por el norte de Aragón y de Cataluña sinó aún presente, como acabo de recordar, en numerosas ermitas y parroquias rurales castellanas, figurando asimismo en museos diocesanos y provinciales de Bellas Artes y, desde luego en tiendas de anticuarios y aún en diferentes domicilios particulares y que se han ido adquiriendo en subastas públicas diversas. Lamentablemente, por más que alguna vez lo haya intentado, no me ha sido dable el disponer de alguna posible reproducción suya, aunque conservo como oro en paño una fidedigna postal a todo color. Hasta hace poco al menos, pues últimamente las modas de los nombres propios masculinos y femeninos en España van por otras direcciones, el nombre de Guayente fue muy común y corriente en todo el Alto Aragón.
En fin, que la imagen sugestiva y atrayente de la Virgen de Guayente me ha cautivado posiblemente tanto como en su día lo hizo la estatuilla de fundición de calamina pero de estudiado aspecto broncíneo, la diosa de la Astronomía Urania, que en cierto viaje adquirí en Francia y desde hace muchos años preside la sala-recibidor de mi casa canaria, desde lo alto de un mueble-librería.

ASCENSION AL PLAN D`ESTAN
Margarita y yo nos levantamos temprano en el día señalado para la excursión al Aneto; bueno, a sus faldas, claro está. Y casi al acabar de desayunar en el mismo hotel ya estaba el señor Barrabés ante la entrada del establecimiento, siempre sonriente, jovial y dicharachero que, no solamente nos iba a trasladar en el taxi hasta donde hubiese carretera sinó que, como nos prometió, nos acompañaría en la expedición pedestre explicándonos siempre con sano orgullo y entusiasmo de nativo amante de su terruño y, como en el día anterior, cuando estuviésemos allá en lo más alto nos iba a obsequiar con un tentempié de pan, chorizo y vino en abundancia y que allí íbamos a engullir y tomar complacidos, tal como luego quedó constancia de ello para la posteridad con algunas de las fotos que hicimos y que se conservan.
Salimos pues de Benasque temprano, en un día veraniego que presagiaba calor aunque de momento un compacto conglomerado de densas nubes que barruntaban tormenta coronaba las crestas de las montañas que nos rodeaban; luego, la tal presagiada tormenta no se dejó caer por todo el día. Pero sí, ciertamente durante la siguiente noche en que hubo unos momentos en que realmente las paredes de nuestra habitación en el hotel parecían vibrar a causa del casi continuo estampido de rotundos truenos, más estruendosos si cabe al desatarse el fenómeno atmosférico mismo sobre el encajonado Valle de Benasque cuyas montañas circundantes, según pude observar fascinado a través de los cristales de una de las ventanas de la habitación, se iluminaban con los sucesivos fogonazos lívidos de los rayos que eran de inmediato seguidos por el crepitar de las chispas eléctricas y el retumbar de los truenos y todo ello en medio de una intensa lluvia que por algunos momentos se degeneró en sorpresiva y repiqueteante granizada, ¡pero que granizada!, que pronto originó a su vez chorros y más chorros rugientes de agua, convertidos en repentinos riachuelos que a no tardar hincharon el cauce del río Esera y encharcaron patios, calles, calzadas y caminos de todo el pueblo. Todo ello en una noche veraniega, en pleno mes de junio.
No obstante, como antes indiqué, el día de la excursión a los Planes de las alturas y planicies de distintos y sucesivos niveles, no asomó el sol, debido a lo encapotado de las nubes, lo que nos beneficiaba aunque así ocultara el puro azul del cielo, pero tampoco llovió; aunque si que hubo, ahora recuerdo, allá arriba, como un amago de lluvia fina.
Llamaron mi atención unas ruinas en un montículo a la derecha, nada más salir del caserío de Benasque por la carretera comarcal que va a remontar la parte alta del valle del río Esera y junto a la que desde allí conduce a Cerler en continua ascensión y es periódicamente recorrida en alguna de las etapas de la Vuelta Ciclista a España, que yo aprovecho a través de la televisión pra recrearme una vez más en tan atractivos parajes. Aquellas ruinas eran un histórico monumento ya olvidado de casi todo el vecindario actual, que pertenecieron a una fortificación o castillo que allí hubo como defensa del acceso al valle río arriba o de el caserío, río abajo y que fue desmantelado a mediados del siglo XIX, existiendo algunas leyendas locales sobre él.
Siguiendo de forma casi continua el cauce cada vez más estrecho pero ya caudaloso del Esera que allí describe una amplia curva que es la que separa la cadena del macizo de los Montes Malditos y aún cruzándolo en dos o tres ocasiones, en el que bien se percibían o adivinaban las saltarinas truchas y los ágiles pero pausados barbos, ya en el puente de Cuera o de Cubero como nos dijo el taxista, después de dejar atrás el Plan de Senarta, el Plan de Baños de Benasque y en el Valle de Literola (topónimos que yo iba apuntando de forma apresurada en mi "bloc de campo") en demanda de un ramal de la carretera sin asfaltar ni entonces terminada y que se proyectaba llegar a través de un gran túnel por debajo de el paso fronterizo pirenaico conocido como El Portillón de Benasque hasta la localidad francesa de Luchón, cruzamos una vez más el río y pasamos por el Hospital de Benasque que, a sus 1.759 metros de altitud es un antiguo refugio y posada de viajeros pero que cuando lo contemplamos entre frondas arbóreas, estaba en ruinas. Y dejando a uno y otro lado de la ruta algunos para nosotros semi escondidos "ibones", pequeños lagos de transparentes aguas, llegamos por fin al Plan D`Estan o de Estanys, planicie en la que se terminaba la carretra comarcal, después de haber rebasado bien el lugar indicado para aparcamiento de vehículos, dejando aparcado allí el viejo 1400.
El terreno, en pequeños repechos que se iban escalonando, era pedregoso, la exuberante vegetación de redodendros, brezos y arandanos, entre rojizos conchales según puntual indicación del guía, propia de aquellas alturas y el agua que discurría entre rocas, saltando era fría, estaba como helada pero muy agradable al beber algún sorbo de ella. Naturalmente, animosos y todavía frescos continuamos de inmediato la ascensión, a pie. En aquellos terrenos rocosos y pedregosos, erosionados de manera continua y tenaz por las aguas provenientes de ventisqueros y glaciales y convertidos entonces en algunas partes en ocasionales arenales, cuando no con verdes praderas y siempre ascendiendo más y más, hubo momentos en que yo empujé como pude a Margarita que iba delante para poder así ascender unos metros más y el maño Barrabés me empujó a mí. Como en previsión llevábamos el calzado más apropiado que pudimos conseguir y nos abrigábamos con los anoraks que vestíamos, ni sufrieron mucho nuestros pies y toleramos muy bien el frescor que imperaba en aquellas alturas y ventisqueros. El paisaje era grandioso y sobrecogedor, caminando nosotros siempre en ascensión, pasando casi sin darnos cuenta de unos a otros niveles o planes, de unas a otras cotas, cuesta arriba por las barranqueras y luego siguiendo tortuosos pero nítidos caminos de herradura por los sucesivos llanos enclavados entre las altas montañas que a veces parecían descender desde la misma bóveda de grisáceas y persistentes nubes que se movían y renovaban al compás de los altos vientos y precipitarse sobre nosotros y otras como si momentáneamente se alejasen, abriesen camino en herbosas esplanadas y llanuras, pequeños prados, pinadas, mnantiales y arroyos para un mejor disfrute de la aventura en que estábamos metidos. Los Puertos de La Picada, Tuca y Coll de Bargas, según referencia toponímica del guía, por un lado y el en todo momento impresionante macizo del Pico de la Renclusa por otro, dejando a nuestra izquierda los pequeños lagos de Villamorta y ya caminando más en llano por el sendero que nos conducía, tras dejar a un lado las ruinas de una cabaña o refugio, al Forau de Aiguallut o del Toro, nuestro ya cercano destino, bordeando una vertiente y tomando luego, por la parte opuesta del paraje la senda menos transitada por el llamado Turo o Toro de la Pleta Renchura, versión de Barrabés, que nos condujo por un collado que bajaba en declive al impresionante llano en medio de las altas montañas circundantes y quedando a un lado otras ruinas, posiblemente de otra antaño cabaña o refugio de montañeros.
No tuvimos la suerte de alcanzar a ver alguna cabra pirenaica, la famosa "ibice" de los crucigramas, o quizás algún jabalí en aquel monte medio ni tan siguiera a los ágiles y por naturaleza huidizos rebecos que los nativos llaman "sarrios", ni conejos, liebres, ardillas o marmotas de los que por allí suele haber; ni, mucho menos, algún oso o lobo que dicen los lugareños que se han visto en ocasiones, tanto en lo más crudo del invierno como en época del cálido verano. Tampoco echamos la vista encima a alguna de las aves de presa y carroñeras que anidan en lo alto de los riscos, la perdiz nival propia de la alta montaña ni el urogallo que estaría lanzando acaso su característico canto amoroso en lo más profundo de los bosques de pino negro, pino silvestre o pino abeto. Pero si creo recordar que si pudimos observar el pausado o raudo vuelo de algunas palomas torcaces o zuritas, tórtolas y pequeños arrendajos.
Y después de unas buenas tres horas de marcha ininterrumpida por aquellas impresionantes alturas que se alternaban con algunas llanadas en las que ya la vegetación era más escasa llegamos al famoso e impresionante Forau que es un enorme pozo o sima por la que en una profundidad de más de cuarenta metros se introducen y desploman en estruendosa y rugiente cascada las aguas de la llamada Cuenca de los Barrancos, procedentes de los glaciales del Pico Aneto y del Pico de la Escaleta. Más allá, al final de lo que es la amplia explanada del Plan de Aiguallut se podía apreciar una cascada en forma de cola de caballo y sobre el torrente, en la distancia también lo que por lo visto era una afamada cueva en la que se conservaba la nieve todo el año. El taxista-guía, que parecía conocer perfectamente todo aquello, nos indicó que en lo alto del Aneto que estaba a nuestra derecha impresionante y omnipotente, por los años cincuenta del presente siglo se colocó una gran cruz de aluminio que es bien visible en días de cielo raso, sin nubes y sin brumas o nieblas y que pocos años después unos montañeros aragoneses agregaron a su vera una efigie de la Virgen del Pilar. Y observamos que para ilustrarnos lo mejor posible con nombres y datos, se ayudaba de un pequeño mapa o guía cartográfica de La Maladeta y el Aneto. El nos hizo prestar especial atención a aquel fenómeno geológico de que a una muy escasa distancia estuviesen las respectivas fuentes, el nacimiento de ríos como el Garona que después del Valle de Aran pasaba a ser francés y tras un largo recorrido desaguaba en pleno Océano Atlántico en tanto que el Esera lo hacía por tierras españolas como feudatario del Cinca y éste del Ebro que vertía sus caudalosas aguas en el lado opuesto al otro, por el Mar Mediterráneo.
Por lo visto había otra sima parecida, próxima a La Renclusa que se tragaba las aguas producidas por el deshielo de los glaciales de La Maladeta, de los Montes Malditos. Al preguntarle a Barrabés por que se les llamba así a aquellos macizos montañosos nos contó que, según tenía entendido y contaban los viejos del lugar aquel nombre quería decir "la montaña más alta" y que por muchos siglos, cientos y cientos de años fue una montaña inaccesible, misteriosa y ... maldita; porque, según viejas pero no olvidadas leyendas locales, en donde hoy hay solo hielo y peladas rocas, en lo antiguo fue un delicioso paraje de extensos prados de lozana hierba y regados por arroyuelos de frescas aguas en donde abundaban los pastos para los rebaños de caballos, vacas, cabras y ovejas cuidadas por grupos de pastores. Hasta que, en cierta ocasión pasó por allí un supuesto mendigo cansado, desfallecido de hambre y que al contemplar seres humanos pidió ayuda por caridad, ayuda que no le prestaron los nativos y entonces, el forastero, que unos dicen era el mismo Jesucristo cuando anduvo por el mundo y otros un mago poderoso, maldijo a personas, animales y montes y ríos quedando unos convertidos en piedra y otros en heleros, transformándose el paraje en inhóspito, agreste y desnudo de vegetación.
Después de escuchar aquellas y otras leyendas y tras admirar una y otra vez el paraje, sobre todo el Forau o gigantesco agujero en la tierra que tragaba las aguas circundantes, descansar un rato de la caminata anterior y reponer fuerzas con el tentempié previsto por el taxista con repetidos tientos míos y de él a la bota del vino que se iba enflaqueciendo reiniciamos la marcha, ahora para en el regreso desandar el camino que, como casi siempre ocurre en estos casos, a mí me pareció más corto que el de la ida. Y realmente cansados pero contentos de la excursión realizada, que si me lo hubiesen dicho días atrás me parecería imposible de que un cincuentón grueso y pesado como yo la llevase a cabo, siendo ya el atardecer nos acogimos Margarita y yo al merecido descanso del hotel, en donde, por cierto, comimos algunas especialidades gastronómicas del país, entre las que destacan, aunque nosotros no las pudiesemos catar en aquella ocasión, las truchas, la cecina, el cordero y las migas de pan con mantequilla y jamón, se nos dijo. Para rematar esta información de la cocina benasquesa, indicar que allí como postres no se puede dejar de citar a las mantecadas y el jarabe de frambuesas así como el muy típico hecho con uvas y almendras, el "respubullón" le llamó uno de nuestros amables informantes, una señora que atendía o regentaba un pequeño comercio dedicado a cosas turísticas, a la entrada del caserío.
Y así fue en definitiva como ocurrió hace unos catorce años y pico, nuestra increíble ascensión a las mismas faldas del alto Aneto en el Pirineo aragonés.

EL HOMBRE DE BENASQUE
Cuando dimos fin a nuestra estancia en Benasque, sabiendo que deberíamos de rematar las vacaciones en Barcelona, regresamos en autobús por Creus y Barbastro, localidad ésta en la que pasamos unas horas de fuerte calor en tanto esperábamos nuestro enlace, el autobus de línea a Huesca, capital del Alto Aragón, donde nos detuvimos dos o tres días y uno de los cuales aprovechamos para tomar un estupendo y moderno tren electrificado que por Sabiñánigo y Jaca nos condujo a Canfranc. Alquilamos allí un taxi a una señora que resultó ser la conductora del mismo y que nos llevó a conocer las pistas de la Estación Invernal de Candanchú, un cuartel de la Guardia Civil de Alta Montaña y llegarnos hasta el túnel fronterizo que entonces estaba en obras y éstas interrumpidas indefinidamente.
En Canfranc recorrimos detenidamente la que fue gran estación de Ferrocarril y entonces estaba completamente abandonada, casi en ruínas. Y que a mí, en mi fogosa y siempre despierta imaginación, me pareció ideal para rodar en ella una película de esas de intrigas, de espías, de policías y contrabandistas y que se yo. Y en Canfranc, la parte más norteña de España vimos un coche con matrícula de Gran Canaria, hablamos con un guardia civil que era de la Vega de San Mateo o algo así y, después de comer en una cafetería, a la hora del café yo ví por primera y única vez un episodio de la famosa serie de televisión americana "Falcón Cress".
Pero aun hay algo más con respecto a aquellas vacaciones, parte de las cuales fueron disfrutadas en el pueblo de Benasque.
Porque, fue tanta la admiración que sentí por ese pueblo pirenaico que no solamente me ha agradado desde entonces y sobremanera el hacer merecida propaganda o canto de sus excelencias paisajísticas, de la amabilidad de sus gentes, de lo apacible que allí puede discurrir la vida y cada vez que tengo ocasión, sinó que cuando en la televisión, la radio o la prensa se cita o aparece este pueblo, este pequeño y compacto ayuntamiento pirenaico, presto especial atención a todo cuanto sobre él se diga, se comente, se visione o se escriba. Y entre mis libros tengo alguno específico de la comarca.
Cuando hace algún tiempo anduve recogiendo material para mi libro "Los apellidos en Canarias" publicado en 1992, hice especial incapié en documentarme lo mejor posible sobre una serie de apellidos originarios de Benasque y que todavía por allí se encuentran, iniciando la confección de uno o varios artículos específicos sobre su heráldica y genealogía. Y de hecho algo escribí conjuntamente con un joven natural de Huesca que estaba haciendo el servicio militar en la Base Aérea de Gando. Nunca llegué a saber si se publicaron aquellos trabajos en algún periódico de Aragón.
Lo que si es cierto es que, además de seguir una costumbre familiar, ya de regreso en casa confeccioné un álbum especial sobre aquellas nuestras Vacaciones 85 y que se conserva; con lo que mis recuerdos en este tema son siempre a su vista más refrescados o renovados.
Y, además, en aquellas fechas, influenciado por el apacible y a la vez sugerente ambiente benasqués, por unas vagas noticias recogidas "in situ" que atañían y envolvían en distintos y confusos sucesos a un médico, a un guardia civil, unos hermanos panadero y carnicero respectivamente o a un extraño personaje bohemio local, concebí la idea de escribir algo, un libro de viajes, una novela, un relato o un cuento a titular, eso sí, "El hombre de Benasque", que muy bien podría ser como una especie de historia novelada, del género policíaco al uso, cuya idea en embrión dejé ya abocetada en su día, en la que entraban acaso contrabandos, pero no de tabaco o sedas que se estuvieron psando por el Postillón de la Villa en el pasado sinó de drogas y desde luego en las que tuviese que ver gran cantidad de dinero negro que se deseaba blanquear, al tenor siguiente:
El protagonista del suceso a novelar o relatar es amigo de un escritor de temas históricos municipales. (Yo, por ejemplo, que estoy trabajando sobre anécdotas históricas de Pajares de los Oteros ¿?)
¿Un tesoro en billetes (y acaso algunas importantes monedas antiguas) que pueden ser libras esterlinas muy bien falsificadas y también grandes cantidades de francos o quizás dólares, pero de los en circulación cuando la segunda guerra mundial, que alguien trajera de Francia al Hospital de Benasque. También puede aparecer un alijo de droga importante, que se intentó pasar de un país a otro. Cocaína, hachis, grifa, etc. Y entre los restos del cadáver que el protagonista encuentra en las dependencias de jardinería del hotel Benasque, o en algún disimulado lugar junto al río en el camino de Anciles hay una nota referente al Hospital que ahora está en ruinas y que es la que da la pista para aclarar el tenebroso o intrigante asunto.
A raíz de aquellas fechas estuve reuniendo diverso material que me pudiese servir, parte del cual está archivado en una abultada carpeta de solapas tamaño folio, signada con el número 57 correspondiente a las más de 150 que tengo almacenadas con esbozos, apuntes, notas, fotografías, dibujos o bocetos de posibles escenas, fotocopias, páginas revisteriles o periodísticas y aún diferentes libros que he ido adquiriendo y juntando para algún día, (¿cuándo?) acometer en serio el trabajo sobre el tema ideado ya.
Otra forma que en algún momento he ideado para efectuar y desarrollar el tema novelesco puede ser el siguiente:
Yo relato en primera persona que estando paseando por los jardines y prados adyacentes del hotel Benasque, aunque muy bien puedo estar alojado en el frontero Hotel Aneto, al pasar junto a una especie de tanqueta de agua o pequeña piscina algo elevada, vacía de agua a la sazón, veo salir de su parte baja o asotanada, de una especie de cobertizo en que se almacenan troncos de leña para el invierno y carretillas de mano, útiles del jardinero, mangueras de plástico o goma, etc. todo almacenado en heterogéneo desorden, a un perro de esos de raza indefinida pero de mandíbula poderosa que lleva entre los dientes sujeto algo que hace que concentre en ello mi hasta entonces divagadora y distraída mirada.
Aquel perro sucio y gruñón lleva en la boca lo que parece o un brazo de una enorme muñeca,... o de un ser humano, mano y brazo sanguinolentos. Sin creer del todo en lo que veo, espanto al animal, amenazándolo con un palo que recojo a mis pies. El perro gruñe amenazador pero no quiere dejar su presa y yo le atizo con energía un estacazo que le hace aullar, dejando el despojo y gruñendo y ladrando hasta que por fin se da por vencido y se aleja, siempre gruñendo, orejas y rabo erizados.
Lo que el perro llevaba es efectivamente un brazo desgarrado a cuya mano le faltan las puntas de los dedos, pero como si hubieran sido cercenados limpiamente con un instrumento apropiado cortante.
Si sé enlazar la posible aparición de un gran montón de billetes de dinero que puede ser falsificado o auténtico, ya fuera de circulación o de curso legal todavía, con el despojo humano que el perro ha encontrado en aquella especie de semi sótanos alrededor de la piscina, ya puede empezar el argumento de la novela a titular, por ejemplo "El hombre de Benasque"
De libros para consulta e ilustración de este tema, tengo: "El Valle de Benasque" y "El Pirineo Aragonés" ambos de Santiago Broto Aparicio que es nativo de la comarca, editados por Everest; "Pirineo Aragonés. Maladeta y Aneto", de Editorial Alpina (con un mapa); "Aragón en el pasado" de José María Lacarra; "El enigma de las Vírgenes negras" de Jacques Huynen; mapa de la provincia de Lérida; fotocopia de "El día que Canfranc cumplió 60 años" en un reportaje de Juan Antonio Pruneda, me parece que en "Muy Interesante"; "Los apellidos oriundos benasqueses y los radicados en los Valles de Benasque en el año 1985", artículo mío, inédito; "Huesca y su Pirineo", mapa-guía; fotocopia de las voces toponímicas en el Espasa-Calpe y en el Diccionario de Madoz de "Benasque", "Boltaña", "Monzón", "Fraga", "Cinca", "Belver", "Pirineos", "Huesca", "Eriste", "Esera", "Estós", Saun" o "Sahun", "Chia", "Eresue", "Ramastue" y "Run" y varias fotocopias más cuales las de "La escultura románica peninsular" y de distintas páginas de "Origen de la Sede Ribagorzana de Roda" de Ramón Abadal y, en fin, el ya citado album titulado "Vacaciones`85" de fotos, postales y material gráfico de revistas y folletos sobre Benasque.


APENDICE.- Los apellidos oriundos benasqueses con los radicados en los Valles de Benasque en el año de 1985. Los que van en mayúscula son los considerados oriundos, por más que su origen, a veces, sea de otras regiones o Comunidades, que no de la de Aragón.
ABAD (castellano), ABADIA (cast.), ALMARZA (cast.), ANGLADA (aragonés), ARA (arg.), ARCAS (arg.), Archs, ARTIGA (vasco-nvarro), Aventín, AZCON (catalán),Badillo, BALLARIN (navarro), Barbay, Bardanza, Barrabés, BARRIO, (cast.), BARROSO (gallego), BELLIDO (nav.), BERNABE (arg.), BERNAD (franco-arg.), BANCO (cast.), Blas, BRAVO (cast.), CAMPO (cast.), CAMPS (catalán), Candell, Capella, Carmona (cast.), Carvedo, CASTAN, CASTEL (catl.), CERA, Codina (cat.), Cerezo (Cast.), CORONAS (asturiano), COSCULLUELA, (arg.), CORNEL (arg.), COSTA (arg.), Culebert, Chavre, DEMUR, ESPAÑOL (arg.), Esponera, Estarregui, ESTOR (vasco), FABREGAS (cat.), FARRE, Felez, FERRAZ (arg.), FERRE, FERRER (cat.), FONDEVILA (ARG.), GABAT (vsc.), GALLART (cat.), Gargallo (arg.), GARCIA (cast.), GARIE, GRUZ, GASOS, GIL (cast.), GIMENEZ (arg.), GOMEZ (cast.), GONZALEZ (cast.), Guardia (cast.), Guaus, Guerri, GUILLEN (arg.), JUAN (valeniano), JUSTE (arg.), Lacarte, Lacau, LANAU, Laperal, LASALA (navar.), LATORRE (arg.), LIMIÑANA, LOBERA (arg.), LLANAS (arg.), LLORET (cat.),Marion, MARTINEZ (gallego), Mayato, MORA (Cat.), MUR (arg.), Navarri, NERIN, PALACIN, Pallarvelo, PALLAS (arg.), PARDOS (gall.), PASCUAL (vasco), Pere, PEREZ (cast.), Perruc, Perrucho, Picardo (francés), PLANA (cat.), Portes (cast.), Puig (cat.), Puyal, Rambla (arg.), RAMI, Riba (cast.), Río (asturiano), RIVERA (gall.), Rodríguez (cast.), Román (cast.), Rubio (cast.), SAHUN (arg.), SALA (navarro), SALUDES (cast.), Sánchez (arg.), SANMARTIN (cat.), Snromá (cat.), SAURA, SERBETO, Sierco, SOBELLA, SOLANO (navar.), Sot, SUAREZ (cast.)SUBRA, TOMAS (arg.), Torrá (cat.), Urzola, Valero (valenc.), VERA (arg.), Vigo (genovés), VILASECA (cat.) y Villegas (cast.).

Las Palmas de Gran Canaria, septiembre de 1999.

7 de noviembre de 2008

A vueltas con el cine en Canarias

(es de advertir que el presente artículo ha sido escrito hace ya unos años, aunque el tema pudiera ser de actualidad)

Sobre las batallas dialécticas, a través de parte de la prensa local grancanaria que en estas últimas fechas se han entablado teniendo como motivo principal el tema de un hipotético Cine Canario, mejor de el Cine en Canarias y más en concreto el contenido del libro recientemente editado por el Servicio Insular de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, del que entre otros más figuran como autores y coordinadores Sergio Morales Quintero y Andrés Modolell Koppel, digo yo que esa guerra no es mi guerra y por lo tanto en todo momento no ha sido mi deseo el entrar de ninguna manera en ella.
Pero, resulta que se me ha citado de forma reiterada en estas escaramuzas desatadas, primero en el texto inicial del atacante que se firma Leonardo Pérez Minik en unos determinados párrafos en los que se me cita con frases laudatorias que agradezco en lo que valen; y de cuya cita me puso sobre aviso mi buen amigo de siempre el cronista de la ciudad Luis García de Vegueta que me llamó por teléfono la mañana dominguera en que salió a la luz pública. Y luego, figuré asimismo en el texto de los replicantes, puedo decir que sacado a colación de forma correcta pero con una especie de retintín, un decir entre líneas que, naturalmente no me ha gustado y que es lo que me ha movido a escribir, en realidad no para ser publicado sino para guardar esto entre mis muchos papeles y "Evocaciones amables" que voy poco a poco reuniendo.
Y es que, no obstante lo escrito al comienzo de que "esta no es mi guerra", si entiendo que debo de aclarar, por aquello estatuido de “el derecho de réplica” que a todo el que se señale con el dedo, corresponde por ley, al haber sido mi libro "El Cine en Canarias" publicado ya en 1981 y yo como su autor aludidos de forma reiterada en críticas y réplicas. Primero en el artículo aparecido en el periódico La Provincia correspondiente al domingo, día 18 de enero de 1998, página 22 y titulado "El cine canario no tiene quien le escriba" en el cual, en uno de sus párrafos se decía que: "Sergio Morales, Andrés Modolell y todos los que se den por aludidos, podrían aprender, por ejemplo, de Carlos Platero, un historiador riguroso donde los haya y digno de elogio, quien en su ya legendario ensayo El cine en Canarias, publicado por Edirca en 1981, nunca realiza una afirmación gratuita en sus páginas. Todo lo que sostiene lo justifica con datos. Cosa que no hace el crítico encargado de analizar el período que va de los años 80 al 97", etc., etc.
Y se continúa un poco más adelante: “Es asombroso. A Carlos Platero, en su libro El cine en Canarias, le llevó 13 páginas filtrar y anotar los contenidos narrativos de La Umbría. Es decir, que todo el esfuerzo de Platero para nada, cuando podía haberlo dicho en tres palabras, o mejor en dos:"The End".
Sin embargo, en el artículo de réplica, no solamente al ya indicado sino también a otro de parecido talante aparecido en el mismo periódico el siguiente día 21 en el que los dos aludidos autores, al defenderse de la tanda de acerbas críticas a su labor y que parece ser fueron emitidas por un grupo numeroso de cineastas isleños, hay un párrafo alusivo a mi citado libro, que ya no me ha gustado tanto puesto que en él se dijo que, "Si el único manual de referencia que se cita es el conocido libro de Carlos Platero El Cine en Canarias, obra pionera, digna de mención y respeto pero rectificada por estudios posteriores, se demuestra un profundo desconocimiento de la importantísima producción de artículos y libros sobre el cine en Canarias que en los últimos años han sido publicados, prueba de la destacada labor de investigación y difusión del patrimonio cinematográfico que las dos universidades canarias están llevando a cabo".
Pues, al respecto debo de decir que, que yo sepa, no ha habido tales rectificaciones sino lógicas ampliaciones de datos últimamente puesto que no en vano han pasado más de tres lustros desde la publicación de El Cine en Canarias. Y sin embargo si ha habido más de una vez ratificaciones que, indudablemente no es lo mismo, de los escasos autores que en tratando de este tema del cine en Canarias o de cine canario me han citado, siempre, hasta la presente ocasión, en tono laudatorio, de manera encomiástica.
Y, ya entonces metido en esto de la bibliografía cinematográfica canaria, preciso es decir que, después de mi libro, que fue y es reconocido así el primero en abordar con afán de síntesis y en lo que yo denominé por entonces de forma más modesta amplio reportaje, la historia y la anécdota y aún más, la nómina real y lo más exhaustiva posible de todo lo que se estuvo produciendo cinematográficamente en las islas, no conozco ninguno que, aparentemente al menos haya retomado el extremo o cabo, la cuerda, el hilo informativo, el camino en definitiva cuyo tramo inicial yo recorrí y cuya puerta abierta al tema preconcebidamente dejé abierta al rematar aquella grata tarea de entonces, después de haber mantenido muchas amenas charlas y rebuscado en las hemerotecas y otros añejos documentos; cuando ya parecía una realidad, la eclosión, si es que vale aquí esta expresión de los numerosos y entusiastas cineastas canarios ocurrida por los años setenta y corroborada por un apreciable rol de películas de corto y largo metraje.
Y que conste que he estado leyendo por lo general casi todo, o al menos aquello que ha llegado a mis manos y que haya buscado acerca del cine en Canarias y, como consecuencia directa conservo bastantes fichas reunidas con la idea de escribir, ahora sí, un lo más posible extenso y prolijo trabajo acerca de todo lo ocurrido desde cuando yo lo dejé, hasta la fecha, porque, lamentablemente, todavía está sin emprender en profundidad.
Pues, quiero indicar también aquí, ya que estoy metido en el tema, que en casi ninguno de los no muy numerosos ni conocidos trabajos que se hayan estado publicando sobre el cine en Canarias, el cine canario, se cita mi obra de entonces, que no solamente fue la incluida en el libro, sino que estuve publicando reportajes alusivos en la prensa grancanaria y tinerfeña, en algunas revistas, en conferencias diversas, etc., etc. Por más que, en más de uno de los escritos que otros hayan divulgado, a veces he localizado párrafos completos que, de pretender yo denunciarlos entrarían de lleno en el delito del plagio. O al menos, indicios de que a casi nadie se le había ocurrido tocarlos hasta que yo lo hice. He ahí el riesgo cierto y de amargos resultados que se corre al ser el pionero como dicen los articulistas más arriba citados, aprovechándose de la intuición de uno y la información que se facilita para general conocimiento; pero olvidándosele olímpicamente, habiéndose valido otras veces no tan solo de posibles trozos completos de textos sino también de lo que antaño en literatura, en perceptiva literaria se denominaba como idea real.
Por cierto que, posiblemente por mor de la movida producida por estos ya indicados dimes y diretes periodísticos de estas últimas fechas, el pasado viernes día 23, por la tarde, vi en la pequeña pantalla de la 2 a Sergio Morales y algún otro más. que estaban informando al potencial público, hablando precisamente del libro de la controversia desatada y también de lo divino y lo humano del cine en Canarias, acerca de lo que según ellos se ha hecho y de los proyectos, como siempre, para incentivar y atender a la ya establecida filmoteca canaria, citando nombres de cineastas y autores sospechosamente adscritos a determinadas corrientes seudo intelectuales o políticas, pero evitando en todo momento el decir ni la más mínima palabra sobre mi libro y mis investigaciones acerca de los amateur canarios y que, quieran algunos o no quieran, están en la mente de dichos cineastas aficionados, puesto que, bien que en mis informaciones reiteradas de hace ya los quince o veinte años insistí, con otros entusiastas del momento en la necesidad de la creación de una filmoteca en la que se recogiesen lo por estas tierras realizado, antes de que se perdiese, como lamentablemente ya ha ocurrido con una buena parte.
Volviendo al tema del libro recién publicado que versa sobre los cien años del cine en Canarias, he observado que, sin citar la procedencia, se ha hecho uso de varias fotografías tomadas de mi libro, sobre todo algunas de las referentes a la película La hija del Mestre y cuyos originales obran en mi poder y, para más INRI, minimizando al máximo los indudables méritos de esta película pionera, quiérase o no reconocerlo, de lo que pueda considerarse como cine de Canarias, con tema canario, ¿o no?.
Lo que me ha resultado un tanto extraño, habiendo sido este libro editado con el patrocinio del Cabildo Insular de Gran Canaria y que no he podido menos de relacionar con un más o menos encubierto chauvinismo es que parece como si se tratara a través de los textos diversos que lo componen el demostrar una cierta primacía, preponderancia o mayor protagonismo más acentuado de los cineastas y del cine tinerfeño, sobre el grancanario y no digamos el correspondiente al resto de islas del archipiélago. Por ejemplo, se han escrito en él páginas y páginas acerca de el "ciudadano Rivero" y de su película El ladrón de los guantes blancos, que yo creo fui uno de los que al incluirla en mi libro la rescaté del olvido en que permanecía y que, ni siquiera, según las mismas informaciones que en algún texto del indicado libro se facilitan, ni siquiera debió de ser la primera, la pionera del cine canario. Y, desde luego, ni se menciona a un Carlos Díaz de la Peña, médico y cineasta aficionado grancanario de los años treinta, ni tampoco a quienes han estado haciendo cine de aficionado desde aquellas épocas hasta los más cercanos pasados tiempos cuales Domingo Báez Solís, Federico Carrere, Antonio Casanova, Federico Correa, Juan Cruz, Juan Díaz, Heriberto y J.A. de la Fe, Diego García, Félix Rodríguez de la Huerta, que acaba de fallecer, Antonio Gil, Grupo Ansite, Braulio Guevara, Rafael Hernández, José López, Julián Mangas, Francisco Martín, Faustino Mendoza, José Morales, Juan Naranjo, J.A. de la Nuez, Juan Ormazábal, José Peña, Manuel Perera, Carmelo Quevedo, Cristóbal Quintana, Manuel Quintana, Sergio Ramos, Francisco Rivero, Pedro Rodríguez, José Sánchez, Manuel Santana, Pedro Siemens, Rafael Hierro y Alfredo del Pino, Antonio Rosado, Juan A. Suárez, Miguel Tauroni, Andrés Tejera, Patricio Valdivieso, Manuel Valerón y otros más de Gran Canaria, Tenerife, La Palma y Lanzarote y son de los que, por mis pertinentes averiguaciones de hace años al respecto si conservo fichas, datos, parte de su filmografía y, si bien, amateur, con obra realizada igual o mejor acaso que la de algunos otros que si se citan en uno de los apartados de este polémico Un siglo de producción de cine en Canarias.
Cabe el añadir que, por lo que a mí respecta en cuanto a esa publicación patrocinada por el Cabildo grancanario, hace unos meses, el herreño Sergio Morales me localizó telefónicamente solicitándome algún material para el entonces proyecto de un libro sobre el cine en Canarias; sobre todo de lo que tuviese acerca de David J. Nieves, cosa que, como es de suponer, casi de inmediato le facilité de entre lo ya publicado en su día por mí y otro completamente inédito y aún hice a su departamento donación de una copia del cortometraje La Caja, de Antonio Rosado y Damián Santana, que yo considero como una pequeña joya en blanco y negro de la filmografía canaria y no precisamente porque esté rodado sobre la idea de un cuento mío años ha dado a la luz pública. Cosa que suelo hacer, el de facilitar material, si entiendo que es para algún trabajo serio al respecto y por lo general con la indicación de que se cite el origen, la procedencia, la fuente de la tal información, que es una norma elemental de ética literaria pero que cuando la mediocridad media se suele olvidar. En este caso si debo de indicar que si se me ha citado, con una nota de pie de página.
A veces, en realidad muchas veces, resulta bastante oneroso, después del entusiasmo inicial de cuando brota la idea creadora, el determinarse a escribir de algún tema similar al que me está ocupando. Sobre todo cuando, después de horas y horas, días y aún meses de paciente investigación y recopilación de datos se le copia una y otra vez, disimulada o abiertamente, se le plagia con descaro, que hay muchas formas de poder hacerlo y ni se cita a la fuente, no digamos ya en la socorrida bibliografía consultada sino siquiera en un reducidísimo pie de página, como consecuencia de una indudable falta de elegancia literaria.
También he observado en estos últimos tiempos y desde mi independiente y solitario puesto de oteo en derredor, que algunos comentaristas e investigadores posteriores a mi labor de historiador del cine en Canarias, con todo el derecho posiblemente pero con falta de memoria ostensible, olvidándola o ignorándola olímpicamente dan como un descubrimiento actual el historiar los comienzos. Tergiversando, o desconociendo fechas y lugares en beneficio de otras hipotéticas, en un chauvinismo descarado y perjudicial para la probidad, la veracidad histórica real.
Desde que por primera vez acometí la tarea de escribir sobre el cine en Canarias, tema en el que entré como de rebote, buscando datos que desde la Casa de Colón se me solicitaron de una perdida pero no olvidada película canaria, La Hija del Mestre, que, por cierto, fui yo el que la rescaté de la familia que la conservaba para que pudiese admirarse proyectándola por sorpresa del numeroso público asistente en el Club de Prensa Canaria el día de la presentación de mi libro citado el Cine en Canarias y después de que un buen técnico, a mi solicitud y de Edirca convirtiese la primitiva cinta muy inflamable en film actual, y después de la compra pertinente se conservarse luego en la Filmoteca Canaria como una de sus más preciadas joyas y que, creo no saber por que se ha procurado el silenciar siempre este dato, en todo caso, por supina ignorancia, supongo.
Y he estado facilitando diferentes datos que al respecto seme han solicitado, de los muchos encontrados en mis búsquedas de biblioteco-maníaco o poco menos y que conservo en algunas abarrotadas carpetas archivadoras para en algún momento futuro continuar escribiendo del interesante tema. Y el material gráfico que en su día, al solicitárseme de forma reiterada, por distintas personas o entidades, facilité, de lo que ha quedado constancia, al menos en la Filmoteca Canaria.
Pero, con sinceridad, cada día que pasa y a la vista de lo que vengo observando y de alguna forma en las antecedentes líneas he dejado indicado, se me van quitando las ganas, se me va borrando de mi ánimo la intención de continuar con esto. Porque, me interrogo a mí mismo, ¿para qué?. ¿Para que un buen día se me empuje a participar sin quererlo ni desearlo en alguna de esas batallitas un tanto pueblerinas y que dejan al fin y al cabo al descubierto las posibles huellas de envidias, resentimientos, mezquindades que es de lamentar pero aún son detectadas entre nosotros, pueblo que nos tenemos por culto y súper civilizado?.
Para qué pues, insisto, escribir pensando en los demás sobre algo que le agrada a uno y de lo que sin falsas modestias aquí, se presume de conocer un poco, amparado en la disponibilidad del mucho material recogido con entusiasmo y paciencia en estos más recientes tiempos pasados?... ¿Para que luego, a pesar de agradar a un sector de lectores lo publicado, por cortedad, timidez o por un sentimiento de singular idiosincrasia peculiar de quienes lo lean no decir alguien de forma pública y notoria y ni tan siquiera de forma y estrictamente particular o privada alguna opinión, hacer alguna crítica constructiva o laudatoria que anime a seguir y que a todo escritor agrada, dígase o no?... ¿O, por el contrario, si el trabajo expuesto adolece de algo o no agrada, lanzarse con aceradas críticas adversas a juzgarlo, negativamente, de forma despiadada o inmisericorde, procurando hundir en la humillación del rechazo y aún acaso del menosprecio declarado al infeliz autor que se ha atrevido, que ha osado acometer una tarea aparentemente superior a sus fuerzas y a sus escasos conocimientos para ello?...¿Pudieran ser esos “sapos rabudos”que de cuando en cuanto surgen para escupir veneno y luego desaparecen en recónditas madrigueras?
Porque, pienso que, si no hay aplauso, loa, crítica lo más objetiva que sea posible pero al mismo tiempo si certera laudatoria, la cosa es buena. Pero si la critica es adversa, malo. Y si el enjuiciamiento resulta negativo, será todavía peor. Y, por último, si se ignora aparente o realmente el esfuerzo hecho, será francamente todo desalentador.
Y el sentido común, la veteranía de mis años, me dicen que, lo mejor para mí es que olvide el tema, que no intente escribir más sobre esto tan interesante de el cine en Canarias, no intentar nuevamente comunicar a posibles lectores lo que aún conservo de información sobre ello. Abandonar la tarea que, a pesar de todo lo que acabo de decir sigue siendo sugeridora, continua pareciéndome muy sugestiva la idea de que se historie en forma definitiva y lo más objetiva posible la llegada y propalación del cine así como su arraigo y continuidad y no tan solo en esta o aquella isla reclamando absurdas primacías hasta en esto, como ya se ha pretendido sino en todo el archipiélago. La implantación del fenómeno cine en Canarias, que, justo acaban de cumplirse sus primeros cien años de activa presencia entre nosotros.
Carlos Platero Fernández.

16 de octubre de 2008

HIJO DE LA BENEMÉRITA

por Carlos Platero Fernández

Hoy, 12 de octubre, en España festividad de la Virgen del Pilar, Día de la Fiesta Nacional, Día de La Raza, Día de la Hispanidad, etc., etc., es también por antonomasia el Día de la excelsa Patrona de la Guardia Civil, lo que a mí de siempre me ha motivado sobremanera y procuro en tal efeméride no omitir la lectura de sus reseñas en la prensa diaria, ni la audiencia a través de la radio y la visión virtual por medio de la televisión de todo cuanto acto con tal motivo se celebre, bien sea aquí, en Canarias o a nivel nacional, en Zaragoza, Madrid,...
Ello y la contemplación, una vez más de una reciente y muy oportuna fotografía tomada al actual papa Benedicto XVI tocado por unos momentos con el característico, negro brillante tricornio, distintivo del Benemérito Cuerpo de Seguridad del pueblo español, son lo que han motivado el que, amparado en mi sempiterna afición a escribir y en la costumbre de remover el pasado grato en mi memoria me ponga ante las teclas del PC una vez más.
Hace ya muchos años, allá en Galicia, mi padre, entre otras varias actividades de su forzosa y prolongada vida laboral, durante una importante etapa vivencial fue guardia civil, perteneció al benemérito cuerpo fundado a mediados del siglo XIX por un aguerrido Duque de Ahumada.
Según fui enterándome, ya de mayor por él mísmo a retazos y tanto por mi madre como luego por mis hermanos principalmente, habiendo salido él muy joven de la aldea recóndita donde nació, parece ser que primero sentó plaza como soldado voluntario en La Coruña; o sea, “al servicio del rey”, ignorando yo más datos al respecto, aunque presumo que debió de ser en el Cuerpo de Caballería del ejército, puesto que a continuación ingresó por primera vez en la Guardia Civil, “en los de a caballo”, con primer destino en Coristanco, por tierras de Carballo y luego en la ciudad de La Coruña en el cuartel de la comandancia sito por los aledaños de la plaza de Pontevedra. Empleo que abandonó transcurrido algún tiempo puesto que al casarse con la que iba a ser mi madre, que era la más joven componente de una por aquel entonces próspera familia dedicada a la industria panadera y ya conocida su firma como la del “Pan Fariña” en la ciudad herculina y descollante en el diario suministro del sabroso pan de Viena, el “redimido del azadón y el arado”, como le gustaba ironizar al interfecto, se incorporó a la empresa ubicada precisamente mismo enfrente del indicado cuartel y en la que la joven coruñesa que luego desposó ejercía de cajera y administrativa. El ex guardia civil estuvo ampliando algunos estudios de formación cultural y de mecánica al tiempo que pronto se dedicó al mantenimiento y aún a veces a la conducción de los vehículos motorizados, anticuados automóviles tipo camionetas que distribuían los productos de Fariña, que como se acaba de indicar tal era el segundo apellido de mi abuelo materno, me parece que ya por aquellas fechas al igual que la abuela Josefa, ambos difuntos y del que en lo físico, por lo que se advierte de los retratos en que aparece, mi gemelo también ya fallecido y yo fuimos calcados, al decir de la gente.
El caso fue que, una vez desaparecido el patriarca, mi abuelo materno el de los grandes mostachos, a causa de una muy discutida herencia por ser muchos los herederos y hasta, en cierto modo, por los tiempos revueltos políticos que hubo en España con el fin de la dictadura de Primo de Rivera y los primeros y ya turbulentos inicios de la segunda república, el negocio harinero de los Fernández Fariña se fue al traste quedando para mis progenitores al fin y a la postre, después de interminables y desagradables discusiones y aún pleitos judiciales por medio, entre alguna que otra bagatela un destartalado barco de vela anclado en la entrada de la ría de Noya y que se fue descuartizando poco a poco hasta desaparecer por completo.
Alguna que otra vez, en casa de mis mayores en Galicia se me ha contado que mi padre también hizo por aquel entonces que ahora rememoro también hizo algún que otro intento de aumentar los ingresos pecuniarios domésticos y ganar algo más para poder mantener dignamente a la familia creada y que se iba incrementando periódica e indefectiblemente como con la imprevista llegada a este pícaro mundo de nosotros, Fernando y yo, los gemelos. Pues bien, papá se asoció con un determinado camarero de un Café Peral, sito en la calle de San Andrés, esquina a una señera y popular plazuela Y sus padres, mis abuelos paternos se vinieron a vivir a La Coruña, montando el abuelo Platero un pequeño negocio de reparación de calzado y confección de zuecos localizado entre las calles de Juana de Vega o Cordelería y la Plaza de Pontevedra, creo. Los gemelos, según nota de ya hace años de Elena la primogénita, nacimos en el primer piso de la vivienda, signada en aquel entonces con el número 32 de orden de la calle de José Lombardero que luego se llamó de Santa Margarita, me parece y por fin de Avenida de Finisterre. En el bajo de dicha vivienda había instalada una farmacia, que todavía subsiste.
Fue el viejo Platero, que parece ser era muy ocurrente, el que, cuando la abuela Concepción le comunicó de madrugada que habíamos nacido los gemelos, lo primero que exclamó al conocer la noticia, fue aquello de : “¡Vaya por Dios. Deiteime con tan solo dous netos e érgome con catro!”. Non está mal, non para un bebedor regular”, jugando con el doble significado que entre los gallegos tiene la voz “neto”. El viejo Platero fallecería poco tiempo después, a causa de un repentino y mortal ataque cardíaco y fue enterrado en el antiguo cementerio de Orilla Mar, en tanto que nosotros del contorno de la plaza de toros, la plaza de Pontevedra y el inicio del popular Monte de Santa Margarita pasábamos a residir a la recientemente aierta calle de La Merced, en Cuatro Caminos y cerca de El Montiño, según se me haya podido indicar, puesto que, como es natural, era demasiado pequeño para recordar nada. Aunque, de los días previos al estallido de la guerra civil del 36, con cuatro años ya cumplidos, si me parece que entre brumas recuerdo algo, así como de mi confirmación en la iglesia de Santa Lucía donde se me había bautizado. No sé, no sé...
Pues, según comentarios familiares posteriores parece ser que aquel negocio de la cafetería tampoco duró mucho y al poco tiempo también fracasó y mi padre acabó optando por el retorno, el reingreso de nuevo en el Cuerpo de de la Guardia Civil, ahora en “los de a pie”, con inmediato destino por tierras navarras y muy luego, asturianas, por Oviedo primero, donde le cogió el estallido de la cruenta guerra civil del 36, siendo protagonista de los tres reiterados asedios a la capital del principado, con el resultado de una gran sordera y metralla dispersa por sus piernas, lo que le hizo acreedor de varias distinciones y militares, entre ellas la Laureada colectiva de Oviedo que luego por mucho tiempo ostentó orgulloso en la bocamanga del uniforme.
Uniforme siempre de color verde oliva pero que fue variando con el paso de los años en que lo estuvo vistiendo, pasando del de paño al de sarga con cuello cerrado; del cordón de cuello a cintura y pistola y correaje de cuero, primero de color marrón, luego amarillo y posteriormente negro acharolado... Amplia capa de paño,, primero de color negro, luego azul, gris negruzco y al fin gris verdoso..Y recuerdo bien aquellas capas porque de una azul salieron buenos abrigos para Alberto y Ton y de una negro-gris para los gemelos, que los usamos en el frío invernal de Curtis... Pero siempre tocado el guardia civil con el imprescindible y distintivo tricornio confeccionado con delgadas láminas de corcho y recubierto de tela de hule acharolada, de negro brillante y que asimismo, de siempre ha singularizado al Benemérito Cuerpo, además del uso continuo del clásico gorro cuartelero, también de color verde y festoneado de rojo, como roja era la borla colgada al frente.
Y así lo recuerdo yo durante algunos años, los iniciales de mi niñez y primera adolescencia en sus sucesivos destinos en Oleiros, Curtis y Santa Eugenia de Ribeira..
Porque, una vez retirado del servicio activo en el Cuerpo, con su cultura bien cimentada y distintos estiudios pronto pasó a ser funcionario del Ayuntamiento al que pertenecía la parroquia y aldea donde había nacido y donde el matrimonio con la abuela, uno de los gemelos y el benjamín de la familia pasó a residir, en tanto que los otros tres hermanos iniciábamos nuestras vidas con distintos derroteros.
El pater familiae, durante los subsiguientes veintitantos años de vida laboral los pasó ejerciendo de oficial del ayuntamiento, casi siempre como Secretario del Juzgado del mismo. Hasta que tanto por la inexorable avanzada edad como motivado por los drásticos cambios políticos que se barruntaron después del fallecimiento del entonces jefe del Estado el general Franco, se retiró, se jubiló del todo como el mismo confesaba, para poder gozar de algunos años de su tranquila ancianidad, disfrutar de gratas lecturas, muchas de ellas repitiéndolas, ejercer de consumado taxidermista, especialidad en la que destacó por el contorno, trabajar nada más que lo imprescindible en el mantenimiento del cuidado de los árboles, parra y porrales de la huerta adyacente a la casa levantada en la finca de la Vila y, sobre todo a pasear pausado por aquellas tierras chainescas que le eran tan caras, etc., etc.
En conclusión de esta especie de prefacio: Que tanto mis hermanos como yo, por el motivo de su permanencia en la Guardia Civil, fuese por unos azarosos, interesantes e inolvidables años vividos, aun sin que ninguno de nosotros tomase nunca la decisión de seguir sus pasos, de imitarle ingresando en la Guardia Civil, nunca hemos renunciado a esta específica condición de “hijos del benemérito Cuerpo”, que es así como nos reconocemos y llamamos comúnmente los hijos de los guardias civiles.
Lo que, ciertamente, a mí al menos, me ha sido providencial recordarlo, sobre todo en determinados episodios de mi vida como conductor de automóvil, más regular que bueno obligado por las circunstancias de la vida a ser pertinaz hombre que conduce, más que experto conductor. Me explico...
Porque, curiosamente, la condición de ser “hijo de la Benemérita” me ha valido en más de una ocasión para eludir, mejor dicho librarme de alguna que otra muy posible multa de tráfico ya desde mis comienzos de conductor, con permiso de conducción de “categoría B”
(Y, curiosamente, también categoría A que es la de autorización oficial para conducir motos, aunque la realidad es que yo jamás, ni siquiera he montado, como no sea una sola vez como “paquete” en estos vehículos motorizados, y cuando así lo hice como “pasajero”, tonto de mí, muy posiblemente por no saber adaptarme a la necesaria inclinación de peraltaje cuando el conductor y yo tomamos una curva, me caí, nos caímos, estropeando así un flamante traje “de verano” recién extrenado y arañándome la epidermis de brazos y piernas, renegando allí mismo, dolorido en cuerpo y amor propio, jurando no volver jamás a subirme a una de aquellas máquinas)
Pues bien; los comienzos de condonaciones o perdones de posibles multas de tráfico, fueron allá por los años sesenta del pasado siglo en ocasión que nos encontrábamos de vacaciones en Galicia Margarita y yo con nuestros hijos Margot de unos diez años y por lo tanto Carlitos de cinco, que estábamos a la sazón disfrutando de una grata y rauda excursión por las costas más occidentales gallegas, es decir, por la parte alta de la famosa Costa de la Muerte. Todos hacinados en el flamante Seat 600 de mi gemelo Fernando, que era el que conducía, rodando por tierras muy próximas al mítico cabo, faro y pueblecito de Finisterre, que íbamos dispuestos a reconocer, después de haber degustado una abundante comida clásica marinera o de mariscos en Noya o Muros, en un determinado momento en nuestra ruta, como quiera que un carro del país con eje chillón, cargado de hierba seca nos precedía por la destrozada carretera en su lento y me parece que ya vedado discurrir por la vía pública aquella, después de seguirlo unos instantes, Fernando se decidió a adelantarlo, pese a que alli parecía estrecharse el camino, nada señalizado, por cierto.... Y lo hizo, si, pero con tan mala fortuna que, sin él apercibirlo, por detrás llegaba una pareja de la guardia civil de tráfico, no mucho tiempo antes sustituta de la por entonces por allí apenas conocida policía armada asimismo de tráfico.
Pareja que, naturalmente nos dió allí mismo el alto, situándose uno de los números delante y el otro inmediatamente detrás. Y nosotros, los mayores, preocupados, mi gemelo renegando por lo bajo y los dos niños expectantes y curiosos.
Allí permanecimos pues, a la vera de un espeso seto de zarzamoras y codesos entremezclados, que bien que siempre he evocado casi fotográficamente el escenario del episodio.
Uno de los dos motoristas, joven robusto, uniforme de verde claro, botas altas, casco, guantes y correajes negros, con ademanes corteses aunque adustos y voz un tanto seca le pidió a Fernando su permiso de conducir y la documentación del vehículo. Y Fernando con ella en la mano se apeó y se la ofreció al joven
guardia civil al tiempo que contestaba al saludo muy efusivo y con determinada pero disimulada intención se alejó unos pasos haciendo que su interlocutor lo imitase, manteniendo a continuación una corta conversación en tanto que el uno mostraba al otro las documentaciones solicitadas, aunque nosotros, sin movernos del coche no pudimos oír lo que ellos se dijeron; pero lo cierto fue que ante nuestra sorpresa, aquel joven agente de tráfico devolvió a mi hermano la documentación, le saludó militarmente y luego se alejó para subir de nuevo a su moto y tras una ligera indicación gestual a su compañero para que lo siguiese, reanudó la marcha de su cotidiana ruta de servicio de vigilancia vial. Fernando, por su parte, con la documentación en la mano y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro, al sentarse de nuevo al volante del Seat nos tranquilizó por completo, arrancando el coche para continuar sin más accidentes de momento la ruta que nos iba a llevar a Finisterre y luego a La Coruña. ¡No fue multado, ni siquiera amonestado, por lo que pude colegir!
Y el propio Fernando, unos cuantos kilómetros alejados del lugar del percance nos explicó, ya completamente recuperado del susto, lo de que un joven vecino nuestro de la aldea era también guardia civil de tráfico, y daba la casualidad que muy amigo y asimismo compañero de cuartel en Santiago de aquel que nos detuviera. Bastó el que Fernando lo mencionara, ...por si pintaba, ¡y pintó! (como el hombre del cuento que nos relató alguna vez la abuela Concepción). Porque la infracción, allí ciertamente de menor cuantía, le fue de inmediato condonada.
En otra parecida peripecia, algún tiempo más adelante, yo, a mi vez ya tenía amistad aquí en Canarias con el hijo de un oficial, por entonces en activo todavía, teniente o capitán de la Guardia Civil que, en cierta ocasión, y conociendo mi ascendencia me confió como algunos hijos del Cuerpo pero sin permanecer a el, solían librarse de posibles multas o arrestos si con tino y discreción en el momento propicio mostraban a los agentes del orden un simple botón del verde-oliva de los uniformes de los guardias, llegándose a veces al extremo de que algunos de los referidos lo portaban ya ex profeso cosido a la camisa, justo por encima del cinto, sobre el ombligo. Y, claro, yo bien pronto me agencié uno de ellos y lo llevé por largo tiempo, o en el bolsillo superior de la chaqueta o en el de la camisa junto a la cartera en que guardaba los documentos que me acreditaban como conductor de autos de clase B.
Que yo recuerde, tan solo me atreví a hacer uso de tal estratagema una sola vez, que me salió bien pese al susto interno con que allí operé. Estando de veraneo en unos apartamentos en la bien conocida y mejor explotada por el turismo Playa del Inglés al sur de Gran Canaria, acabados por mi parte los días de vacaciones en mi lugar de trabajo en Gando, hacia tal punto de la costa este me dirigía desde el Inglés hacia allí a primeras horas de una apacible madrugada agosteña pisando a placer el acelerador del fiat 1500 que en el entonces corría que daba gloria y no era muy gastón de gasolina, no bajando la aguja del velocímetro0 de los 130 0 140 kilómetros a la hora, hasta que, allá todavía a lo lejos y casi al final de la recta del Castillo del Romeral a Juan Grande me pareció vislumbrar la luz azulada destellante que muy bien podía ser la de uno de aquellos vehículos de la Guardia Civil de Tráfico que hacían fotos y todo a los imprudentes como yo en aquella ocasión, por lo que, contrariado pero alerta, reduje drásticamente la velocidad del coche... Lo que de nada me valió puesto que, antes de entrar en El Doctoral por debajo de un viaducto de cemento, un joven número de la guardia civil de tráfico me hizo señas claras para que me arrimase al acen derecho y me detuviese. Yo, asomándome por la ventanilla, poniendo cara de circunstancias quise saber el por qué de la detención... ¡Por exceso de velocidad, claro! Quise negar la evidencia, pensando para mí si no dispondrían aquellas gentes de alguna cámara con teleobjetivo, o algo así.. Luego, temblando en mi interior de puro miedo, extraje del bolsillo la documentación que se me exigía e hice para que se viera bien el dichoso botón ligeramente abombado con las letras G y C entrelazadas, que el guardia miró y luego de unos segundos de suspense se volvió a mí otra vez con gesto interrogante. “Soy hijo del benemérito cuerpo”, me atreví a susurrar, ya arrepentido de mi audacia inicial, lo que motivó que, ahora sonriente el agente me devolviese la documentación diciendo un “Ande, ande, no sea tan inconsciente conduciendo, hombre”, y con un leve saludo o ademán de llevarse la mano derecha a la reglamentaria gorra de visera me indicó que podía proseguir la marcha.
Pasé allí tal pánico y nervios que me deshice luego del eficaz talisman, por si acaso, aunque, luego en una sola singular situación parecida hube de echarlo de menos y fue cuando, en una de nuestras temporadas en Galicia, no recuerdo ahora si todavía con el fiat 1500 o ya con el seat 124 que le siguió, que con la familia a tope viajaba desde la aldea en dirección a Pontevedra, que en la villa de La Estrada me salté, como suelo hacerlo puesto que a mi pesar soy reincidente en ello, un estop en una bocacalle que por lo visto daba a en la que estaba el cuartel de la Guardia Civil, cosa que yo no advertí hasta que algún tiempo después recibí ya en Canarias una comunicación de cierta multa, que remití a mi hermano Alberto en Pontevedra y él allí solucionó .
Por cierto que, al hilo de lo de mostrar en ciertos cruciales momentos determinados “amuletos”, insignias o signos distintivos, también aprendí en otros tiempos de regímenes políticos distintos, o sea, los del franquismo, que al viajar por la totalidad del territorio nacional, el simular, o al menos insinuar una profesión militar por ejemplo en los mostradores de aduanas me iba de perlas, a mí, que a pesar de trabajar toda mi vida laboral ¡de más de dieciséis trienios! con el Ejército del Aire siempre fui considerado como empleado civil, remedo de un cuerpo pericial de Aviación que nunca existió del todo, no me correspondía obviamente el manejar documentación militar alguna; pero, al igual que otros lo hicieron con más o menos discreción, a través de unos amigos me agencié una específica cartera-billetera y de documentos que al frente ostentaba bien visible el emblema de Aviación y el rotulo de “documentación Militar” que yo siempre que hice uso del ardid supe colocar en mostradores, mesas o repisas de ventanillas, dejando, como al desgaire que se apreciasen bien tales distintivos. Y más de una vez se me atendió con la prontitud y deferencia de entre compañeros. Naturalmente, con el cambio de régimen político en España se extinguió , para mí al menos, tal beneficio gremial y hoy en día la dichosa cartera reposa entre otros objetos obsoletos como una pequeña pistola de fogueo totalmente inservible en una de las gavetas de mi escritorio tipo “bureau”; poro eso, ya son otras historias, como decía el escritor clásico.
Y, retornando al relato de mis encuentros intempestivos y amagos de multas con la Guardia Civil de Tráfico, me sucedió otra vez que, como más arriba e indicado, allá por los años sesenta del pasado siglo se decidió en clan familiar la compra o adquisición de un ya necesario medio de transporte propio, tanto como preciso instrumento para mis pluriempleos de la época, (conatos vivenciales de un profesorado de radiofonismo, representaciones comerciales, primero con el bueno de don Fernando Bergasa Bernia y luego ya independiente, después como ejecutivo de cuentas y agente publicitario) y, desde luego para ganar el tiempo imprescindible de pluriempleado que durante muchos años fui, en mi retorno diario de Gando así como, ciertamente, para poder salir de excursiones a los distintos puntos de la isla con la familia que había ido aumentando, etc., etc. se compró un pequeño y económico fiat 500 “tipo jardinera” de refrigeración por aire el motor, de dos bujías, descapotable si fuera preciso, dos puertas laterales y una trasera para carga o descarga, que dio gran resultado durante unos dos años y fue sustituido por un ya de potente motor, fiat 1500 y que, asimismo, nos prestó múltiples servicios de desplazamientos, tanto de Escaleritas a Gando y viceversa como por la ciudad entera y el resto de la isla, unas veces con muestras de representaciones comerciales y luego en agotadoras visitas a clientes de publicidad sobre todo a los cines de toda la redonda isla, para atender funciones administrativas de un hogar juvenil y el sempiterno secretariado de una escuela de arte radiofónico y otras con la familia propia, a veces también parte de la ajena, cargado hasta los topes de alborotadora chiquillería y aún viajamos con él a recorrer casi toda la península Ibérica, Andorra, Francia, Suiza, Portugal,... hasta que, después de casi diez años de uso fue relevado por un seat 124 que disfrutamos y aprovechamos con unos veinte años de activo uso, al que en su día sucedió un Mitsubishi Colt semideportivo, de dos puertas, de segunda o tercera mano que nos prestó buenos servicios hasta ser sustituido por el asimismo Mitsubishi. Lancer gris de cuatro puertas que aún continúa sin un solo fallo en nuestro poder en la actualidad y con el que, en alguna ocasión, transportado en alguno de los modernos navíos de la Fred Olsen desde el puerto de Agaete hasta el de Santa Cruz hemos recorrido de este a oeste y de norte a sur Margarita y yo la cercana y picuda isla de Tenerife teniendo siempre como referencia obligada la referencia del alto pico del Teide. Bueno; al menos allí no nos detuvieron mis presumibles pero siempre amigos componentes de la Guardia Civil de Tráfico.
Pero, bueno; volvamos a lo de mis incidencias con la Benemérita. Regresando en cierta ocasión de Gando al final de la cotidiana jornada laboral un medio día con el mencionado fiat 500, tipo jardinera o pequeña furgoneta, portando como pasajeros a mis compañeros Dora Martín y Celestino Umpierrez, ya por la zona de La Laja, casi a la entrada de la ciudad por el sur, cometí la temeridad de adelantar a uno de aquellos, de esos mastodónticos camiones de transporte que desde hace años proliferan por las autovías llenando de impaciencia a conductores algo simplistas como yo.
Hice pues la operación del adelantamiento lo más rápidamente posible, eso sí, poniendo en funcionamiento el indicador adecuado y hasta creo que dando alguna ligera pitada al conductor que en lo alto de su puesto en la cabina supongo que me ignoró olímpicamente. Y ello, sin yo percatarme allí que estaban a punto de sucederse hasta dos terribles casualidades. La una, de que, si bien, había iniciado la maniobra de adelantamiento en la forma correcta prescrita en el Manual, es decir, en donde había trazada sobre la carretera la línea blanca discontinua, hube de rematarla ya en la ligera curva siguiente, rebasando la dichosa línea blanca allí, para mi desgracia ya continua. Siendo la otra casualidad nefasta, ¡que, justo detrás de mí venía, nada más ni nada menos, que la bendita pareja de la guardia civil de tráfico!, que, como es de suponer, unos metros más adelante se detuvo, situándose en el arcén y haciendo eficaces señales para que yo a mi vez me detuviese, lo que efectué de inmediato, maldiciendo mi suerte y con el susto en el cuerpo, pero procurando casi de inmediato el aparentar serenidad al oír los murmullos de alarma y consternación de mis compañeros de Gando y circunstanciales pasajeros.
Como es en ellos preceptivo, uno de los agentes permaneció a horcajadas sobre la moto unos metros delante de nosotros y el otro, apeándose a su vez de la máquina que previamente había aparcado con cuidado en el arcen, se dirigió a mí con el clásico y respetuoso saludo de llevarse la mano a la visera del casco... y la no menos clásica frasecita de “¡Está usted multado!”. Y a continuación en tono serio y muy profesional, lo de “A ver, su documentación y la del vehículo”.
Me bajé del pequeño fiat pintado de color verde, extraje la cartera de un bolsillo y de ella la documentación que se me solicitaba, incluso la del coche, que ha sido de siempre mi costumbre de plegarla adecuadamente y acompañarla del carné de conducir, como más arriba ya he indicado.
Con todo ello en la mano, en realidad hice algo parecido a lo que años más tarde haría mi hermano gemelo ante nosotros en una carretera comarcal de Galicia.. Procuré alejarme unos pasos con ligero retroceso de mi interlocutor que me miró con el ceño fruncido, lo que yo deseaba pues no quería que ni Dora ni Celestino pudiesen oírme.
El agente, una vez examinados los documentos solicitados me los devolvió y de inmediato comenzó a escribir algo en el bloc de notas que enarbolaba, momento en que yo, inseguro de mí, me atreví a rogarle, en tono suplicante que si por aquella vez él podía disculparme mi distracción, que bien podía suponer que no había sido mi intención el saltarme a la ligera la tajante regla del código de circulación, etc., etc., Pero como quiera que el guardia civil aquel, continuaba al parecer imperturbable con sus anotaciones, me decidí a susurrar aquello de que “¿Si no había allí un poco de consideración o disculpa para quien era un hijo de la Benemérita?, lo que motivó que, de inmediato cesase el anotar el interrogatorio y con el bolígrafo en ristre aquel guardia me mirase de hito en hito, con más atención. ¿Es eso cierto, señor? Y yo, casi a borbotones, más sosegado, le respondí que si, que mi padre ejerció años y años la profesión, siempre en Galicia, con diferentes destinos por lo que yo, con el resto de mi familia hube de residir, de niño y adolescente hube de residir en diferentes casa-cuarteles o viviendas adyacentes, etc.
Y el agente aquel, tras mirar de reojo a su compañero que parecía impacientarse unos metros más adelante, me devolvió la documentación y con una ligera sonrisa que distendió e hizo más juvenil su adusto semblante de minutos antes, me confesó que el también era hijo del cuerpo, que su padre, como suboficial todavía estaba en activo por tierras de Cáceres... Pero me multó, no por infracción de las normas de tráfico, con lo que la sanción hubiese sido mucho más elevada, ¡sino porque no le mostré el original, sino una copia
de la documentación del coche! y con un saludo y un disimulado guiño de complicidad me alargó el volante que escribiera en el que se me comunicaba que debería de abonar a Trafico cien pesetas, con el descuento del 20% si lo hacía el día siguiente en las oficinas de la Jefatura, que entonces estaba en pleno Paseo de Lugo. Lo que efectué diligente, tal como se me indicaba. No obstante, ante mis compañero en la dicha peripecia, fanfarroneé algo acerca de mis naturales dotes de persuasión.
En otra ocasión, fue bajando yo de la villa de Santa Brígida con esposa e hijos en el seat 124, antes de llegar al pago de el Monte Lentiscal, otra vez la misma torpeza mía de intentar en forma legal un adelantamiento, en línea discontinua blanca pintada en el pavimento pero terminándolo ya en la continua que anulaba la maniobra. Y, ¡vaya!, como otras veces, que detrás y sin yo advertirlo venía, en esta ocasión, solitario motorista de tráfico, que de inmediato hizo ulular la reglamentaria sirena y adelantándome me indicó imperativo con el brazo derecho que me detuviese a la derecha. Lo que, consternado, con el fondo de los murmullos infantiles de “ Papá, ¿Qué pasa?” y la clásica por frecuente reconvención bien sabida de “¡Ya te lo dije!”, ellos creo que, ciertamente tan o más asustados que yo alarmado, efectué de inmediato.
El saludo militar, la notificación a viva voz de que estaba multado, la solicitud de la documentación propia y del vehículo... En fin; todo similar a en anteriores pero reiterativas ocasiones. Yo, después de estacionar debidamente el coche, salí de él con los documentos exigidos en una mano, en tanto que con la otra me destoqué de la amplia y veraniega gorra visera con que me cubría la ya bien pronunciada calva de mi cabeza.
A pesar de mi azoramiento, al entregar los carnés me pareció advertir con cierta extrañeza como un mohín de sorpresa contenida en aquel rostro moreno, con evidentes huellas de picada de viruelas y casi disfrazado con las gafas de motorista caladas como prolongación del negro casco. Que negros eran también
a lo que se advertía parte de los ropajes y las altas botas que calzaba el individuo.
Como bien es de suponer, allí traté de disculparme de lo que bien sabía había sido irregular maniobra de adelantamiento, alegando que la había iniciado correctamente pero como me pareciera que el otro vehículo aceleraba, aceleré yo también más aún para evitar la posibilidad de verme estampado por algún otro coche que llegara de frente,... En fin, ruindad de lamentaciones que no podían ser tenidas en cuenta . y que, sin embargo si parecieron causar su efecto en el guardia civil de tráfico que, sin echarles ni un vistazo me devolvió los papeles. Luego, inclinado un tanto su alta talla para reconocer de una ojeada a los ocupantes del seat, a quienes aún saludó con la de nuevo enguantada mano y a continuación, al erguirse de nuevo, quitándose por un momento las gafas de motorista y con lo que me pareció el remedo de una medio sonrisa me dijo, con claro acento canario:
_ Es de suponer que no iba usted a arriesgar voluntariamente a su familia en tan imprudente maniobra, SEÑOR PLATERO.
Yo le miré estupefacto. Aquel agente que parecía ser canario, sin ni siquiera mirar la documentación solicitada y devuelta, me citó por mi apellido y con gesto medio risueño continuaba mirándome, añadiendo luego, para mi asombro y hasta estupefacción de mi gente:
_ Y un hijo de guardia civil no debe ni puede infligir así como así el Código de la Circulación, digo yo.
Todavía sumamente sorprendido examiné dudoso, una vez más aquel rostro de tez morena, cejas muy pronunciadas y ostensibles cicatrices de pasadas viruelas o huellas patentes de otro posible pasado mal epidérmico., enmarcado en el casco y las orejeras del mismo. Como no supiese que decir fue él el que aclaró:
_Señor Platero; nos conocemos de la Base Aérea de Gando, en donde yo estuve algún tiempo como cabo primero, en la Escuadrilla de la Policía y lo visité alguna vez en los talleres de Mantenimiento...
_¡Ah, si, ya recuerdo!...-hube de murmurar yo, todavía un tanto confuso. Y aún añadí aquello tan socorrido por mí como de “que pasaba tanta gente por allí, que ya ni me acordaba de la mayoría”, lo que siempre ha sido cierto en mi caso.
_ Yo hablé con usted en Ordenes Técnicas y bien recuerdo que usted me animó a que ingresase en la Guardia Civil como le confié que era mi proyecto una vez que allí fotocopié varios documentos y usted me dijo que era hijo de la Benemérita, palabras de ánimo que hube de recordar luego muchas veces.
Saludó en ademán militar, se caló las gafas, se calzó las negras manoplas, se subió a su potente moto y se alejó con ella raudo y marcial, continuado su ruta de vigilancia vial.
. Yo me subí al SEAT 124 pintado aún de azul marino, puse en marcha el motor y reanudé el viaje de regreso a nuestro domicilio de Escaleritas en la Ciudad Alta, recordando para mi gente que sí, efectivamente yo había hablado alguna vez años atrás en Gando con aquel hombre, pero no el consejo que según él le di y que, en definitiva acababa de salvarme de ser multado por una de mis inveteradas infracciones de tráfico.
Otra vez, en tal ocasión conduciendo un buen peugeot 205 o algo así de mi vecino, el ya difunto Sergio Betancor del Pino que fue el que me rogó lo rodase un poco pues por su triste enfermedad ósea, que fue la que le habría de llevar no mucho después al sepulcro, él no lo podía hacer.
Una primaveral mañana dominical, con mi hijo Carlos todavía niño como pasajero, después de hacer varias maniobras de embragar y desembragas, dirección, aceleración y frenado, sin mover el vehículo arranqué su motor y salí a rodar por la carretera del norte, por Tamaraceite y Tenoya en dirección a Arucas. El motor de aquel coche se portaba de maravilla y yo me solazaba, al tiempo que manejaba el volante, en el paisaje que íbamos atravesando y dejando atrás. Dejamos a un lado la desviación a Teror, pasamos el pequeño tunel de Tenoya, salvamos la pronunciada curva del Pañuelo de más de ciento ochenta grados de vertiginoso giro y cuando ya enfocamos la subida de la recta de San Francisco Javier apreté el acelerador, aumentó la velocidad y yo lancé una exclamación de satisfacción que tuvo la virtud de intrigar a Carlitos que me iba a decir algo pero fue interrumpido por la sirena de un motorista que, raudo me adelantó, se me puso delante y me indicó con el brazo extendido que me acercase al arcen y me detuviese, justo antes de cuando terminaba la rectilínea cuesta llegar al cruce de carreteras de Santidad, el Mesón Canario y Montaña Cardones.
Ante el susto de mi hijo y mi interno cabreo, detuve el peugeot, apagué su motor y descendí dispuesto a mostrar mi carné de conducir y, si se me pedía, la documentación del coche guardada en la guantera.
Y lo de siempre: “Está usted multado, enséñeme la documentación suya y la del coche, etc., etc”, que yo mostré, pero luego, advirtiendo el susto mayúsculo de mi hijo se lo hice así ver al agente, suplicándole que, al menos le dijese algo para animarlo y para que él lo contase a su madre, mi mujer, que con todo aquello de
pretender ayudar a un vecino enfermo, tanto la iba a disgustar. Que, además, el niño era nieto del Benemérito cuerpo, aunque mi interlocutor, nada dijo de momento al respecto.
Pero si pareció sopesar lo que yo le decía y al fin, al tiempo que me devolvía toda la documentación se dirigió a Carlitos y muy amable y con tono persuasivo le dijo que no se preocupase, que no pasaba nada, que no había multa ni nada y que así se lo podía contar él a su madre.
Y dándole una cariñosa palmadita en el hombro me sonrió a mí guiñando un ojo al tiempo que decía:
_ Yo también tengo un mocito como éste y una compañera que se trastorna toda si él se asusta. Para otra vez, señor, no corra usted tanto, sobre todo si vá de paseo y con un familiar al lado. Puede marcharse. ¡Ah!. Y no hace falta que pregone su raigambre con la Guardia Civil.
Bueno, pues otra vez más, cuando después de desechar por traqueteado al dichoso seat 124 pintado y repintado de distintos colores en el transcurso de unos veinte años de trote y mas bueno que malo uso lo sustituimos por algún tiempo con el Mitshubishi Colt semideportivo, de dos puertas y la trasera del portamaletas, que pese a ser nosotros dos pasajeros ya de mediana edad por aquella época, más bien la una regordeta y el otro rechoncho, grueso y panzudo, fue cómodo y servicial en los dos y pico de años que lo tuvimos y que al fin cambiamos, siéndonos bien revalorizado al adquirir el nuevo y reluciente, de la misma marca, tipo turismo, de color gris claro metalizado que al tiempo de escribir el presente comentario vivencial, todavía poseemos y nos presta excelente servicio cuando ahora, muy de cuando en cuando esa es la verdad, lo cogemos.
Pues bien, sucedió con el indicado Colt, antes de cambiarlo por el Lancel de la misma marca o casa japonesa, que, un día posiblemente festivo, después de haber saboreado a placer en uno de los restaurantes especializados de La Calzada un buen plato de conejo a la cazuela, regado con vino tinto del Monte, en la euforia de la sobremesa, al subir a nuestro coche debidamente estacionado en el aparcamiento del local, comentando el yantar, ni Margarita ni yo nos pusimos los reglamentarios cintos de seguridad en tanto que yo arrancaba el vehículo...¡Lo que fue perfectamente observado por uno de los dos números de la guardia civil de tráfico que por allí pasaba en aquellos precisos momentos! Y cuando nosotros a una, al advertirlo, intentamos enmendar el fallo ya de nada pareció servir puesto que uno de ellos se acercó parsimonioso pero al parecer firme en su intención obligatoria de multarnos.
Yo, con el cinturón tan apresurada y diligentemente colocado como era debido y animado quizás por la ingestión de carne de conejo en salsa con patatas, rico pan trigo y dos buenos vasos de vino tinto, aquella vez si que me atreví a lanzarme de primeras a por una posible remisión de la pena. Y con más descaro que pudoroso ademán de súplica le espeté lo de si no iba a haber indulto para quien vistió por mucho tiempo de cuarteles y correrías las verdigrises cinchas y se tocó con el charolado tricornio del guardia civil rural .
On un fruncimiento de cejas, el agente me miró un tanto displicente:
­_ ¡Usted ha pertenecido al cuerpo? – interrogó, con una mano extendida, como sin saber que hacer.
_ Si; por cierto tiempo, en Galicia. Cuarteles de Curtis, Oleiros, Monterroso y Mellid, - le detallé, citando los primeros lugares que se me ocurrieron, aunque en mi interior ya temeroso de mi audaz trola.
Mi interlocutor continuó examinándome dubitativo unos segundos y luego comentó al fin.
_ No me creo que me engañe, compañero. Y no diré más de eso. Pero no se me olvide nunca, tanto usted conductor como el pasajero de hacer uso reglamentario del cinturón de seguridad, por su propio bien.
Y nos dejó marchar sin ningún otro impedimento.
Y el de momento postrero episodio de similares características, de esta serie de fugaces encuentros míos con números de la Benemérita y yo nos ocurrió a Margarita y a mí, todavía no hace mucho tiempo, en ocasión de que cierto día otoñal festivo o de precepto para nosotros, y, además, alrededor del 12 de octubre, regresábamos en dirección a casa, después de haber oído misa en la monumental iglesia parroquial de Santa María de Guía. Como en veces anteriores me ha ocurrido, me equivoqué al tomar la salida de la pequeña ciudad norteña de la isla y hube de recurrir a salir por la carretera antigua para tomar la autovía una vez pasado El Albercón de la Virgen, cosa que hice, si, pero sin respetar el ceda el paso que allí había, aunque si es verdad que aminoré considerablemente la marcha y aún miré para atrás por el espejo retrovisor, a mi izquierda para cerciorarme de que por allí no circulaba ningún vehículo. Y el fallo fue fatal, porque, a la derecha , un tramo más adelante, si que estaba la pareja de la guardia civil de tráfico, uno de cuyos números levantó raudo la enguantada mano haciéndome señal para que me detuviese, operación que efectué de inmediato, pero creído de que debía de haber una confusión, como le indiqué con suficiencia a Margarita cuando ella empezó a murmurar entre dientes alguna reconvención.
A continuación, lo de siempre: Saludo y apercibimiento de sanción
Y yo, como siempre, pero en esta ocasión convencido de haber obrado correctamente..
_ Perdón, pero... Como bien habrá observado usted, me cercioré de que no venía vehículo alguno en mi dirección y aún reduje considerablemente la marcha...
_ Pero tenía que detener su vehículo del todo, señor. – ya en una mano el bloc de notas y el bolígrafo aprestado para escribir, me cortó aquel agente, de semblante serio, cetrino, me pareció que con aire de ser canario.
Por lo que hube de reconocer mi error. Y, claro, intentar “salvar los palos del sombrajo” como fuese; por si pintaba, como en anteriores ocasiones similares me había sucedido.
A su pertinente solicitud, extraje del bolsillo la documentación personal y del vehículo y se la mostré, con lo que él comenzó a anotar datos en el bloc. Y yo, confiando una vez más en la buena suerte que siempre he tenido en citando lo del Benemérito Cuerpo, “me lancé a la piscina”.
_ Perdone, pero, ¿No puede haber un poco de clemencia para este pobre conductor que es hijo de la Benemérita?...
Lo de otras veces en ocasión idéntica. El hombre cesó en lo de escribir, levantó la mirada para fijarla en mí, y, siempre serio, pero con una especie de chispa de curiosidad en los ojos, permaneció unos segundos como suspenso; o mas bien, sopesando lo que yo acababa de decirle. Lo que aproveché para remachar, machacón:
-Además, al fin y al cabo si que me detuve, como esta usted comprobando.
Si, si, pero después que yo se lo indiqué. –medio se rió ya el guardia, que me devolvió las documentaciones
Como estamos muy próximos a la festividad del Pilar, en su nombre le disculpo y perdono la infracción, que espero que no vuelva a repetirse, por su propio bien.
Y se alejó en dirección a su pareja que le aguardaba un poco más adelante.
Cuando pasamos a su vera, ya en la autovía, los saludé con un ligero toque de bocina y, para mí, repetí feliz la ultima estrofa del Himno de la Guardia Civil, que dice:
Gloria a ti; / Por tu honor quiero vivir.
Viva España, Viva el Rey,
Viva el Orden y la Ley,
¡Viva honrada la Guardia Civil!

Y la última, al menos de momento aunque una de las primeras cronológicamente hablando y no la protagonizase la Guardia Civil, fue aquella en que en verdad, quien me libró de una multa hubo de ser, ¡La mismísima Virgen Nuestra Señora del Pino!Recién adquirido el inicial vehículo de la familia, un pequeño y muy utilitario Fiat 500 “tipo jardinera”, y siguiendo la sana y entonces todavía vigente costumbre isleña de presentar a la venerada Virgen del Pino y poner bajo su celestial amparo y protección familiares, comúnmente matrimonios recien casados e hijos y aún animales y cosas como flamantes vehículos y así, nos desplazamos a Teror varios familiares con nuestro hijos Margot y Carlos, el benjamín de varios meses.En la recolecta villa mariana, era por la década de los años sesenta del pasado siglo, apenas había circulación rodada, por lo que yo, advirtiendo libre de vehículos la calle adyacente, más cercana al templo basílica, por ella me introduje y aparqué con toda comodidad, pero...Ya se habían apeado mis pasajeros y yo me disponía á cerrar el vehículo, apareció por allí como casi siempre sucede, de improviso un guardia municipal grande como la torre de un castillo, de rostro cetrino, que me advirtió expeditivo:- Aquí no se puede aparcar, caballero.- ¿Cómo que no, si hay espacio de sobra?- quise hacerme yo un poco el gallito.- Porque no . dijo la autoridad, resolutiva, señalando con una mano como manopla hacia la entrada de la callejuela. Usted no respetó el disco de dirección prohibida que hay ahí y que bien grande que es como para no verlo. Está usted multado, señor.Y extrajo el bloc de las multas y lápiz o bolígrafo de uno de los bolsillos de su guerrera o sahariana del uniforme.Allí se me cayó el alma a los pies, sin acertar a decir nada de momento.Pero entonces, como una chispa surgida de no sé donde, brotó en mi mente la audaz idea que podía ser salvadora de la delicada situación presente.Me apee, cerré la puerta del vehículo con fuerza y observando con el rabillo del ojo a mi gente que se iba retirando poco a poco y... ¡Decidido, me “lancé a la piscina”, vamos!Procurando darle al tono de mi voz el imborrable aunque adormecido acento gallego y desde luego de “peninsular”, solté mi perorata, sin mirar a nadie en particular.- ¡Vaya hombre! ... De modo que vengo por primera vez a ver a la celebrada Virgen del Pino de la que todos aquí me dicen que es muy bondadosa y milagrera y , mira por donde, mismo al lado de su santuario me ponen justo una multa de tráfico por mi inadvertencia. ¡Pues sí! Bonito recuerdo voy a tener yo y contarlo a los demás de la canaria Virgen del Pino. En fín; múlteme usted, señor guardia. ¡Que le vamos a hacer!- Y, resolutivo, me dispuse abrir de nuevo la puerta del coche para recoger la precisa documentación, que supuse se me iba a solicitar.Aquel gigantón guardia municipal terorense que me estuvo escuchando en silencio, se rascó por un instante con el lápiz o bolígrafo que ya empuñaba una de sus espesas cejas, pareció fugazmente indeciso y luego me puso una de aquellas sus poderosas manos sobre el hombro, se guardó de nuevo, bloc y utensilio de escribir en el bolsillo del uniforme y con voz grave, el buen hombre sentenció:- No, señor. Si Nuestra Señora la Virgen del Pino hace muchos milagros, este puede ser uno de ellos. Cierre usted el coche, vaya con su familia a rezarle a la Virgen, que Vd. no va a ser multado. ¡Se lo digo yo, si señor! Y no lo fui.
Carlos Platero, octubre de 2008