3 de octubre de 2008

yo voraz lector

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YO, VORAZ Y EMPEDERNIDO LECTOR

Ya en anteriores ocasiones, en esta especie de memorias amables o relato volcado al papel de muchas de mis pasadas vivencias, me he explayado al comentar de una u otra forma mi gran afición de siempre, "desde mi más tierna infancia", a la lectura, primero de cuentos infantiles, de tebeos, de lecturas de la escuela primaria, de relatos y novelas juveniles luego y a veces no tan juveniles, de "aventuras", de "vaqueros", de "amor", de "intriga", etc., hasta pasar a un cierto control ya en plena juventud en que por pura intuición procuré auto disciplinarme algo en tanta y tanta desordenada lectura intentando seleccionar, si no el volumen o cantidad, al menos la calidad, buscando acaso, más que el tema determinado en sí, a autores sí que determinados.
Durante mis años de más malo que buen estudiante escolar leí mucho, sí, pero sin orden ni concierto, sin selección previa alguna. Primero, en los últimos años de nuestra accidental residencia en la aldea de Chaín y luego en las estancias familiares en Curtis y Ribeira, es decir, ya en plena adolescencia, por nuestros padres de alguna forma, sin por ello alterar los obligatorios períodos anuales de los estudios escolares se nos consintió que disfrutásemos de los clásicos cuentos infantiles de Perrault y Andersen y de tebeos de aventuras o humorísticos de la época cuales el "TBO", "Flechas y Pelayos", "Chicos" y al final "El guerrero del antifaz" y "Pulgarcito" nacionales y los que iban llegando a nuestras manos de "Tarzán", "Juan Centella", "Jorge y Fernando", "Merlín el mago", "El hombre enmascarado", "Carlos el intrépido", "Flash Gordon" "El Príncipe Valiente", el "TBO", etc. que coleccionábamos para intercambiarlos con los chicos de nuestras pandillas. Y, entre otras novelitas, "Las aventuras de Tom Sawyer" y unas cuantas de aquellas juveniles que le dejaban a nuestra hermana mayor Elena, de la escritora Elena Fortún, de la serie de Celia, Cuchifritin y sus primos, etc.
Los libros escolares no eran entonces muy variados y en muchas ocasiones consistieron tan solo en algunos viejos tratados de Historia Sagrada, sencillas enciclopedias que abarcaban lo más elemental de Geografía e Historia, Geometría y Aritmética, que pasados algunos años se suplieron por las más novedosas por actualizadas de Bruño, Editorial Vives y de Dalmau Carles, alguna gruesa autodidáctica que llegó a servir para estudiar los primeros cursos de bachillerato, cuando lo del denominado Plan de estudios de Ibáñez Martín, etc. Y de Lecturas cuales "Espigas", el "Corazón" de Edmundo de Amicis, "El Padre Nuestro de Fenelón" y algunos otros, pocos, cuyos títulos ahora se me escapan de la evocación.
Luego, en los dos años pasados como alumno interno en una Escuela de Aviación en León los libros de texto pasaron a ser, casi todos de editoriales como Vives o Bruño, en volúmenes independientes que versaban de Física y Química, Algebra, Tablas de Logaritmos, Geometría Plana y del Espacio, Dibujo lineal y de máquinas, Física y Química, Religión y Moral, Historia y Geografía. Gramática y Lengua Española, etc., etc.; y ya en el segundo curso incrementados con los manuales específicos de Tecnología Mecánica, Teoría del Vuelo, Aeronáutica Aplicada, Aeromodelismo y algúno que otro más.
Libros de texto que yo incrementé con alguna obrita de Perceptiva Literaria dadas mis ya nacientes o balbucientes aficiones a escribir Y como curiosidad añadiré que fue una suerte para mí la adquisición por aquellas fechas, o acaso donación o aún acaso préstamo “no reversible” de un maltratado ejemplar, que todavía conservo, encuadernado en cartoné con el lomo en cuero y en el estampado con letras doradas tan solo un escueto Historia de España, al que le faltan las primeras páginas, comenzando en la 7 con el subtítulo de “Compendio de Historia de España”, unos “preliminares de historia universal” y 73 capítulos o “lecciones”y tres apéndices, terminando en la página 544, faltándole el resto. A mi aún hoy me parece que tuvo que ser posesión de algún destacado erudito y culto lector y lo mas importante de su lectura son las “notas” a pié de página que demuestran un profundo conocimiento del autor en la materia. Naturalmente, tan interesante obra hubo de pasar por las manos de los voraces lectores que fuimos siempre los hermanos Platero y Alberto, con sus amplios estudios de docente tan solo dejó consignado que debió de ser editado en 1906 desconociendo nosotros quien pudo ser su autor. Pero huellas escritas, y aún en algún caso dibujadas si que hemos dejado mi gemelo y yo, escribiendo por sus bordes, de todo lo que se nos ocurriese
En cuanto a lecturas vedadas, cuando no completamente prohibidas pero que de una u otra forma conseguí leer, recuerdo que después de haber leído siendo niño y sin enterarme de su contenido en la mayoría de los casos unos novelones como "Dorotea Vernon", "Calla María", "José", “Allá, Junto al Mar", Miguelón", "La aldea maldita" y acaso gran parte de los novelones por entregas "El castillo del Aguila negra", "El cura de aldea" y "Genoveva de Bravante", de los que ahora recuerde, ya residiendo en Curtis llegué a leer "El Conde de Montecristo" y "Los tres Mosqueteros", "Los viajes de Gulliver", "Robinsón Crusoe", "La isla del tesoro", Viaje al centro de la tierra", "De la tierra a la luna","La india misteriosa", "El tigre de la Malasia"... De autores que se iban haciendo populares entre nosotros cuales Alejandro Dumas, Julio Verne, Jhonatan Swit, R.L. Stevenson, Emilio Salgari,...
En incremento constante, aquellas ediciones de bolsillo de las colecciones Pueyo, Rosa o Rocío, de temas amorosos que lográbamos sustraer, "prestadas", a nuestra hermana y las de la Colección Rodeo, "de vaqueros", de "El Coyote", "Tres hombres Buenos", "Pete Rice", cuyos autores eran Fidel Prado, Federico Mediante o José Mallorquí entre otros. Y del “FBI", policíacas o de intriga, algunas de aventuras "de capa y espada" como aquellas “Flor de Mayo” y “Galaor el hermoso”, de Phonson du Terrault, etc.
Por cierto que, con respecto a aquellas novelitas de bolsillo, de precarias ediciones, que hicieron rápidamente muy populares, muy leídas del pueblo no culto literariamente hablando, en las que a veces a nosotros sus curiosos lectores nos parecía llamar más la atención sus coloristas portadas que pronto se deslucían de tanto manoseo sobre ellas al pasar incesantes de mano en mano, que sus anónimos autores que nos llegaron a veces a intrigar pues la mayoría usaba de los más variados seudónimos que hasta algún tiempo más tarde no supimos del enigma que aquello significaba. Y, sí, aún en la actualidad quienes recordamos a aquellos hombres y mujeres que con sus textos tanto foguearon nuestra imaginación y enternecieron nuestros adolescentes y juveniles corazones, yo, al menos he llegado a tener conocimiento más detallado sin por ello reducir mi admiración de aquellas sencillas editoriales como Molino, Calleja, Bruguera, Cliper, Toray, Rollan, etc. Y colecciones cuales Rodeo, Rosa, Juventud, Pueyo o Puello, Jazmin, Dallas y Dallas Salvaje, FBI, Tentación, Gran Oeste, Pistoleros del Oeste, series completas como El Coyote, Servicio Secreto, Brigada Secreta, etc. etc., en las que figuraron nombres, apellidos y seudónimos como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Fidel Prado, María Luisa Beortegui, Trini de Figueroa, María Luisa Linares, Concha Linares Becerra, José Mallorquí Figueroa, Rafael Pérez y Perez, Agustin Millares, Federico Mediante, Sergio Duval, Carlos de Santander, May y Pilar Carrillo, Alf Manz, Silver Cane, Tony Spring, Lia Yagos, Edward Goodman, Eddie Thormy, Carter Murford, Anthony Mask, Arnaldo Visconti, Meter Derby... Que luego fueron dando paso a otros autores extranjeros del género cuales, Zane Grey en las novelas de vaqueros, Aghata Christi en las de misterio, Julio Verne, Emilio Salgari y Rafael Sabatini en las de aventuras, etc. Y aventureros y héroes como Doc Savaje, Tres hombres buenos, Pete Rice, La Sombra , Bill Barnes, etc.
Hasta la decadencia de este tipo de lecturas de la novela de aventuras en España al sobrevenir el ansiado aumento del nivel de vida de la población, lo que indudablemente trajo aparejada otra manera de ocupar el ocio, sobre todo de nosotros la juventud que ibamos emergiendo ya en el desarrollote país, con más escolarización , con el advenimiento popular de la radio y el transitor a pilas y luego la implantación de la televisión casera y el modernismo de la prensa diaria y de las revistas populares y de las denominadas “del corazón” nuestros hábitos de lectura sufrieron grandes transformaciones.
No obstante y como dato curioso a añadir a estas consideraciones de lector voraz, aúnque la mayoría de nosotros ya no disfrutemos con títulos y autores como los relacionados, lo cierto es que todavía se siguen reimprimiendo en constantes ediciones a autores como los Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado, Carlos de Santander, José Mallorquí y su “Coyote”, etc. Algunos, tal vez muchos de los autores de los aquí citados, sabemos que hicieron uso de seudónimos, siendo buenos escritores, no porque se avergonzasen de participar en tan considerado por los intelectuales como subgén ero de la literatura, sinó más bien por simple cautela forzados por diversas circunstancias de sus existencias. Leí yo hace ya algún tiempo y al respecto que, por ejemplo, Marcial Lafuente Estefanía había sido oficial de artillería del ejército republicano durante nuestra última sangrienta guerra civil habiéndose librado de una condena a muerte, por lo que, al principio de su por lo demás extensísima producción necesaria para sobrevivir hizo uso de seudónimos como Tony Spring y Dan Luce para sus novelas de Vaqueros
Cabe el añadir como consideración general que la novela popular española de nuestra p no llegó a alcanzar gran divulgación puesto que todavía gran parte de la población, tanto rural como ciudadana era analfabeta aunque si es cierto que se leyó mucho en su día, entre las décadas cuarenta y cincuenta del pasado siglo y que hay todavía gentes que como yo, nos sorprendemos viendo en el lugar más insospechado a un señor, un joven, una moza leyendo ensimismados, introducidos plenamente en el placer de la lectura de alguna de aquellas novelas de bolsillo tan manoseadas y vulgares








Y, ya a lo último de la adolescencia y principios de la juventud y alejados de la férula familiar,... las primeras noveluchas de ediciones de cuando la fenecida República, totalmente prohibidas para nosotros y por ello muy solicitadas bajo cuerda, e tipo erótico, cuando no pornográficas puras, cuya lectura procaz apenas entendíamos y que habíamos de confesar como falta grave a aquel bondadoso "páter", teniente coronel castrense don Domitilo, que siempre perdonaba nuestros deslices.
Debo de confesar aquí que en cuanto a conocimiento o posible búsqueda de escritores distinguidos de las literaturas castellana y aún universal traducida, y no digamos de la gallega que desconocía por completo, la verdad es que en aquellos tiempos de mi primera juventud nunca profundicé como sin duda debiera en el conocimiento de los autores clásicos griegos, latinos y medievales ni entre los castellanos de nuestro Siglo de oro de las Letras.
Pasados los turbulentos años de los estudios profesionales y primeros de mi juventud en épocas de adquirir nuevas y oportunas enseñanzas vivenciales, ya con familia propia creada, además de a los considerados y denominados de siempre más que como verdaderos clásicos, como populares o del momento que con mi gran afición iba descubriendo, debido a mis diriáse que sempiternas e intimas ansias de escribir de todo cuanto me rodease, sintiese , gozase o disfrutase, procuré el ir seleccionando algo tan desordenada lectura con una autocrítica cada vez más seria y consecuente con mis gustos, cultura, etc. Lecturas a las que, como es bien de suponer, a medida que pasaban los años y mis obligaciones familiares y laborales iban en aumento constante, no podía dedicar todo el tiempo deseable.
No obstante, al margen de préstamos e intercambio con familiares y amigos y de mis casi asiduas visitas a la entonces todavía biblioteca pública en activo en la ciudad de mi residencia habitual, con algún que otro esfuerzo económico fui adquiriendo varios libros que fueron los que conformaron mi inicial biblioteca personal o particular que, es para asombrarse un tanto, con el devenir del tiempo se compone de unos tres mil y pico de volúmenes, más de cuatro mil títulos, puesto que algunos tomos contienen varios a la vez.
Recuerdo ahora sí, que quizás una de las primeras compras que hice al respecto fue la de un Diccionario Manual Sopena, enciclopédico e ilustrado, en un solo tomo muy manejable, edición de 1958 que con la adquisición posterior de una Enciclopedia Vergara, también en un solo tomo y publicada en Barcelona en 1961, aparte de ayudarme a escribir aclarándome las muchas dudas que siempre tuve a la hora de escribir, me hubieron de servir de mucho para resolver con éxito los estupendos y educativos crucigramas silábicos del semanario La Gaceta Literaria, mi única “suscripción” semanal del entonces y con los que concursé repetidas veces y aún me parece que con ello llegué a ganar algún modesto premio; puesto que lo de resolver crucigramas, que ya comencé a practicar en Curtis y Ribeira es un ejercicio cultural mental que vengo realizando con asiduidad hasta la actualidad.
Por aquellos tiempos de pertinaz lector que vengo evocando, finales de la década de los cincuenta y principios de la sesenta del pasado siglo, me había suscrito ya a la publicación mensual del “Selecciones del Reader´s Digest, de donde me parece que arrancó mi predilección por la literatura norteamericana de todos los tiempos. Revista mensual editada en Hispanoamérica y luego ya en España y cuya suscripción mantuve durante varios años, coleccionando sus entretenidos ejemplares de fácil manejo y variada y amena lectura durante bastante tiempo colocados por orden de aparición en un estante de madera que yo mismo confeccioné, el primero de que dispuse en mi hogar y de los que hube de desprenderme al cabo de los años por carecer materialmente de espacio para seguir conservándolos y aún consultándolos al acudir a ellos, a enfrascarme en su lectura.
Otro motivo para ir iniciando una modesta biblioteca fue que en la misma época, poco más o menos, mi esposa Margarita y sus dos entrañables compañeras de siempre y condiscípulas de colegio Sole Schamann, que con el tiempo llegó a ser comadre nuestra al amadrinar a nuestro hijo Carlos y Elsa Soto, todavía inseparable de “la trinca” como yo les digo, previa consulta conmigo como enterado del tema, decidieron la adquisición en conjunto y para pagar en cómodos plazos, la adquisición de un lote de hasta vente volúmenes de los que la editora Plaza y Janés anda promocionando y que, según aún ahora puedo constatar por una amarillenta nota manuscrita fueron los titulados “Monte Bravo”, “El desconocido”, “Segunda Agonía”, “Bailarina”, “Edad Prohibida”, “Una casa con goteras”, “Tamara”, “Hospital de sangre”, “El atentado”, “El lazo de la carne”, “Un millón de muertos”, “Lo que el viento se llevó”, “Las praderas del cielo”, “La primera catástrofe”, “En un jardín oscuro”, “Los cipreses creen en Dios”, “El anticuario de Sao Paulo”, “Aguas amargas” y “La risa del diablo”, que divididos equitativamente entre las tres compradoras nos fuimos intercambiando y es de suponer que disfrutando de su lectura y alguno de los reseñados todavía creo que se conservan en las respectivas bibliotecas caseras.
Por cierto que, con respecto a Las obras de José María Gironella indicadas añadiré que a la compra de “Estalló la paz” con que parecía terminar la trilogía sobre la guerra civil española del 36 que se había propuesto su autor, pero que luego continuó con “Los hombres lloran solos”, se acrecentó mi admiración por este escritor catalán “españolista” del cual presumo el haber leído casi todo lo por él escrito pues fui adquiriendo sus obras, novelas, libros de viajes, pensamientos intimistas, ensayos, etc., alguna de las que me agrada hojear o releer de cuando en cuando.
A aquellos libros adquiridos algunos “en comandita” les fueron siguiendo muchos otros títulos de diversas materias aunque siempre con preferencia a los que traten de temas históricos y si de mi Galicia nativa o de mi amada Canarias, más que mejor.
La mayoría de las veces, en librerías de viejo o libros usados, buscando naturalmente el menor costo posible he adquirido lo que para mí representan verdaderos tesoros literarios cuales una edición de Goya Ediciones de Tenerife y del año 1955 encuadernada en una buena imitación de cuero de la “Historia de la Conquista de las siete islas de Canaria, por Fr. J. de Abreu Galindo, adquirida a muy bajo precio me parece que en la trastienda o especie de desván de determinado tipo de lectura de la Librería Hispania, de la calle de Obispo Codina. O los tres tomos de la edición también de la Goya tinerfeña, de la monumental obra asimismo de la “Historia de Canarias” de José de Viera y Clavijo...
Y de muchos interesantes autores canarios más, tal como ya dejé reflejado en aquella especie de presentación o proclamación de intenciones “del autor al lector” que hice en una especie de prefacio de mi primer libro editado titulado “De la Historia de Canarias” (Las Palmas, 1969) en la que en uno de sus párrafos iniciales confesaba que:
“...Aficionado a leer, a investigar en el interesante pasado de los pueblos, a bucear entre la historia y la leyenda, entre la fábula y la realidad, ya en los primeros meses de mi estancia en las islas busqué, traté de localizar a quienes de alguna forma me ilustrasen en esta afición, me narrasen cosas, me contasen “historias”.
“Y leí todo lo que sobre canarias y de lo canario cayese en mis manos. Primero conocí en sus obras a Millares Torres, a Jiménez Sánchez, a Navarro Ruiz, a Serra Rafols, a Utrera y Cabezas... Me sumergí en las lecturas sobre tema tan atrayente. Visité asiduo la biblioteca de El Museo Canario, compré en la plaza los libros que buenamente pude. Otros, interesantísimos los adquirí “de ocasión”... ¡Aquellos pequeños y revueltos puestos de libros viejos o usados en las calles de la Herrería, Buenos Aires, Plaza del Mercado y Mercado del Puerto!...
“ Abreu Galindo, Espinosa, Torriani, José de Sosa, Viana, Núñez de la Peña, el Marín y Cubas entonces inédito, Pedro Agustín del Castillo, Viera y Clavijo, Chil y Naranjo, etc., es decir la mayoría de los clásicos que historiaron a Canarias, fueron, a retazos, informándome.
“Muchas horas de biblioteca, las que mis habituales ocupaciones me permitían pasé sumergido en un mundo evocador y fascinante. Leí crónicas como las de Escudero y Sedeño, la del Cura de los Palacios y la de Valera, también las anónimas Lacunense y Matritense y a verdaderos eruditos en la materia como Berthelot, Verneau y un para mí apenas traducible Woelfel. Supe de investigadores eminentes cuales Rumeu de Armas, Diego Cuscoy, María Rosa Alonso, Miguel Santiago, Álvarez Delgado, Cioranescu y muchos más que sería acaso prolijo aquí enumerar “
De otro lado , interesado yo ya en el proyecto de escribir una novela o novela corta de ambiente céltico gallego cuyo tema surgido en una de mis escapadas a la aldea de Chaín, donde transcurriera parte de mi infancia y sabedor de ello mi hermano Alberto me envió por correo un ejemplar de “La civilización céltica en Galicia” de Florentino López-Alonso Cuevillas que con su otra obra “A Edade do Ferro na Galiza”que, además de incrementar los principios de mi particular biblioteca con alguno que otro de materia parecida, o sea, de las antigüedades históricas gallegas habrían de servirme para escribir por fin “Un episodio de los tiempos celtas”libro que se publicó en Las Palmas en el año 1969, aunque, en reducida y artesanal tirada fue distribuido casi en su totalidad en Galicia en donde en su día mereció acogedora crítica y diferentes elogios
Pero, volviendo al tema central que aquí trato de desarrollar de los principios y evolución de mi actual biblioteca, material idóneo para mi voracidad de lector, con el paso del tiempo y mis búsquedas y “coleccionismo” bien que lo fui logrando.
A modo de ejemplo, transcribo a continuación un párrafo alusivo, que yo escribí en un artículo necrológico publicado en la prensa local como homenaje “in memoriam” a mi buen amigo don Pedro Castejón Cabral en su fallecimiento, y que entre otras cosas propietario de la librería de libros de segunda mano CROLI, situada en el número 14 de la calle Travieso en pleno barrio de Triana y en su tiempo muy concurrida de los aficionados a los libros y a la lectura:
“... Desde hace bastantes años, desde que lo conozco, he sostenido cordial amistad con este castellano añejo radicado ya a partir de los años 20 en Gran Canaria. Gran conocedor por tanto él de toda la isla, de su geografía, de su historia, de su folclore en suma. Trabé amistad con él por medio de su hijo Agricio cuando éste era todavía un adolescente.
Tenía don Pedro por entonces un pequeño local sobre el ya desaparecido Puente de Palo dedicado primordialmente al préstamo o alquiler, al intercambio, a la compra de libros usados de los más populares, “de kiosco” como se les decía en plan intelectual y fino y que solían ser aquellas novelas de muy baratas y rudimentarias ediciones, clasificadas genéricamente como de”amor” o de “vaqueros” que se intercambiaban o “alquilaban” baratas ,así como todo tipo de comics o tebeos, los “pulgarcitos” que Ibañez, Escobar y otros dibujantes de este peculiar género de lectura que rápidamente popularizaron. De allí pronto pasó el modesto e intrépido librero a un local más apropiado situado en el número 14 de la calle de Travieso en pleno barrio de Triana; local que bautizado con el eufónico nombre de “librería CROLI” rápidamente se hizo popular y concurrida de todos cuantos amamos a los libros y nos solazamos con su lectura y allí pasábamos buenos ratos muchas veces leyendo tan solo títulos y nombres de autores, rebuscando otros no sé que tipo de lectura y alegrándonos sobremanera cuando nos topábamos con un título o autor determinados, acaso ya leídos hacía tiempo o simplemente sabiendo de ellos tan solo por referencia.
En Croli se solía encontrar uno con todo tipo de libros, mayormente si recibíamos autorización del librero para pasar a la trastienda, no muy iluminada generalmente pero repleta de montones de libros de segunda mano por lo general y sin calificar, la mayoría interesantísimos y que llegaban allí por diversos conductos . Novelas de autores clásicos o desconocidos y noveles, tratados de muy diversas materias, diccionarios, enciclopedias, novelas rosa, de aventuras, de vaqueros, de policías, de misterio, de ciencia-ficción, ... comics o tebeos de todos los estilos, libros y autores de temas canarios que se guardaban en grupos aparte por especiales, volúmenes diversos de buenas encuadernaciones, tomos en rústica o cartoné, bolsilibro, revistas de toda índole y contenido, cuentos infantiles y ¡que sé yo!
Era todo un placer el pasar gratos ratos allí e ir revisando lomos que nos decían títulos y autores, recolocando lo mejor posible todo aquello que se amontonaba sobre los escasos muebles y los estantes en aquel maravilloso mundo de los libros, charlando al mismo tiempo con don Pedro que se solía acomodar entre puertas en una sillita baja y apoyado en uno de los extremos del mostrador expositor acristalado en donde tenía siempre algún llamativo objeto, de lo más insólito y variado, la mayoría de procedencia aborigen canaria.
Allí fue donde al poco tiempo bien pude advertir que el negocio de Croli parecía estar en realidad en el alquiler o recambio de las novelas, historietas gráficas, fotonovelas y tebeos de “kiosco” pues tenía un buen surtido de dicho material expuesto en un mueble o estante de madera que era asiduamente visitado por mujeres y jovencitos que expurgaban en el y pagaban algunas monedas por lo que se llevaban en alquiler, después de devolver otros lotes. ¡Y a fe que solía haber más movimiento comercial con aquel sencillo producto editorial!
Llegó a tanto mi cordial amistad con el anciano don Pedro que en más de una ocasión, en muchas ocasiones me regaló algunos de los libros que tenía apartados por aparentar proceder de alguna dudosa adquisición pues sin mucho escrúpulo compraba lo que más de un “chorizo” le iba a ofrecer por pocas perras y que yo, lo confieso, salvo que observase alguna inequívoca señal o marca de que no eran de procedencia lícita, me guardaba o compraba a muy bajo precio, encantado, tal ha sido de siempre esta mi declarada afición por los libros.
Otras veces, aparte de intercambiar, previo pago del importe que resultase de la operación, los “Pulgarcito”, “DDT”, “TBO”, “Mortadelo”, etc. que adquiría para mi gente menuda, mi amigo el librero me prestaba desinteresadamente cuanto libro me pudiese interesar y debido a la escasez de pecunio no podía comprarle. Para lo cual usábamos de la contraseña secreta de poner a lapiz una pequeña “p”con lo que ambos ya sabíamos, al devolvérselos leídos que ni yo los había alquilado ni el me había cobrado algo por ellos”
Y este otro que escribí hace algunos años con motivo de dedicar un buen panegírico al “Fenómeno Saramago” y su obra.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril.
Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desarrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa.
Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con esto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan. Y me envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos
Comprando, adquiriendo, intercambiando acaso en alguna ocasión, aceptando gustoso cualquier tipo de obsequio que fuese un o varios libros como resultó con mis contactos con el buen archivero del Cabildo Insular que acabó siendo el responsable de las ediciones de esta institución y que durante años me estuvo facilitando cuanto desee de sus cada vez más importantes publicaciones, acabando por publicarme el libro “Calles de las Palmas” en su colección Guagua y, mediante el contrato correspondiente un nonato “Nuevo nomenclator de Las Palmas de Gran Canaria”, etc.
Asi, libro a libro, título a título y no tan solo de temas comunes o generales sinó más bien y en particular de todo lo referente a Canarias especializándome en el tema y desde luego, aunque en menor medida de lo concerniente a mi siempre añorada Galicia, presumo de haber llegado, con el devenir del tiempo y constante afición a la lectura, a poseer, a disponer , a finales del presente año de 2004 de la cifra más arriba ya indicada de, poco más o menos cuatro mil títulos que según los imprescindibles índices o fichas ordenados por autor, título y lugar y fecha de edición se reparte, con temas o autores canarios que he venido confeccionando y actualizando en 1.285, de Galicia y autores gallegos 450 temas, títulos, etc. y los
más de 2.400 restantes, consultados los didácticos siempre para un mejor escribir, la mayoría de ellos, después de someramente revisados u hojeados ya leídos y releídos, de muy diversos autores y variada temática, aunque un cierto número de ellos los he ido relegando a través del tiempo “para cuando me jubilase laboralmente”, lo que ya ha sucedido vá ahora para varios años.

cousas que pasan

24 de septiembre de 2008

COSAS DE MI GEMELO FERNANDO Y YO
por Carlos Platero Fernández.

Dicen quienes nos conocieron de pequeños, que mi hermano Fernando y yo, gemelos o mellizos, que en este caso tanto dá como dá tanto, éramos tan parecidos que se podía decir de nosotros que nos semejábamos casi como dos gotas de agua, lo que ciertamente se puede apreciar de alguna forma en las fotografías que conservamos de aquellos años infantiles.
A fuer de pretender ser sincero, yo no diría tanto. Pero que siempre hubo entre nosotros dos un grande y excepcional parecido físico si, aunque yo haya sido en realidad y desde niño siempre unos milímetros más bajo y unos gramos, hoy kilos, así como unos muchos centímetros de cintura, más grueso.
Un caso curioso, al que ambos jamás hemos encontrado contestación adecuada al interrogante surgido es el de que los dos tenemos, se supone que de nacimiento, una pequeña cicatriz en forma de media luna en lo más bajo de la barbilla. También, ambos tenemos algunas otras cicatrices, sobre todo en el rostro y por la parte posterior de la cabeza, pero ya son huellas de travesuras, de accidentes varios aunque algunas veces curiosamente muy parecidos pese a la distancia.
De pequeños, no sé yo si por una especie de mimetismo emocional o por costumbre, si a uno le dolía la barriga, pongo por caso, el otro pronto decía sentir las mismas o parecidas dolencias; si a uno le caía uno de los dientes "de leche", lo mismo tenía que sucederle al otro; cuando el uno tuvo la tos ferina, el otro la contrajo de inmediato y lo mismo ocurrió con el sarampión, la escarlatina o rubéola, etc.
De hecho, nunca se podrá saber ai yo soy el bautizado con los nombres de Carlos José o con los de Fernando Cándido, porque, por lo visto, para no confundirnos siendo unos bebés, el uno portaba una medallita de plata con una cinta de color azul amarrada a la muñeca y el otro lo mismo pero con la cinta de color rosado. Al bañarnos, se nos quitaba la cinta identificadora y, ¿quién asegura que al colocarnos de nuevo dicha identificación no hubo más de una vez confusiones al hacerlo?.
Tal como más arriba se indica, según quedó constancia en alguna fotografía de la época en la que ni nosotros mísmos, ni nuestros padres o hermanos jamás hemos podido identificarnos con certeza, además de reflejar el gran parecido, se puede observar que los gemelos a los tres y cuatro años usábamos el cabello como melena de paje, de lo que nuestros padres estaban muy orgullosos, pero no así nuestra abuela paterna que por entonces con nosotros vivía y que siempre nos confundió, porque, además, se nos vestía y calzaba exactamente iguales y ella deseaba que tuviésemos algún signo visible que nos distinguiese sin temor a incurrir en error. Deseo que al fín pudo ver cumplido, al menos en una ocasión.
Sucedió que, contando nosotros de tres a cuatro años nos dejaron por unos días a los gemelos al cargo de la abuela, con la advertencia de que uno de nosotros tenía que tomar por aquellos días cierto jarabe o medicamente a horario fijo.
_ Ya sabe, mamá: El de la medicina es Lucho -o Lalo-. El de la cinta azul -o rosada- en la muñeca.
Pero, como ya dije, las cintas, con las medallitas eran fáciles de trastocarse con el diario servicio del baño. Y nuestra abuela pronto halló la solucuión definitiva para no equivocarse.
Cuando al regreso de aquel desplazamiento o corto viaje mamá nos echó la vista encima, se enfadó mucho. ¡Uno de nosotros tenía un buen y ostensible tijeretazo en la melenita de que tan ufanos se mostraban nuestros progenitores.
_ ¡Mamá, por Dios! -se enfadó nuestra madre - ¿Como pudo dejar que los niños jugasen con las tijeras?... ¡Mire, mire el triscazo que se hizo el uno al otro en la perrera del pelo!
Y la abuela Concepción reoslvió el caso, confesando calmosa y ufana, en su gallego coloquial:
_ Non foron os xemelos. ¡Fún eu, pra distinguir ó que tiña que tomala mediciña!.

¡ POR SI ACASO !
Mi hermano gemelo y yo, llamados Lalo él y Lucho yo en el estricto ámbito familiar, fuimos bastante trastes y revoltosos de pequeños y creíamos nosotros que con razón.
Teníamos una hermana, Elena, unos tres años mayor que suponíamos, y suponíamos bien, fue de siempre "el ojito derecho" de nuestro padre; cosa muy normal por cierto generalmente, no en vano soy yo también padre, en que las niñas suelen ser de inclinación afectiva un tanto "padrera" y los niños, si mimados o mimosos, "madreros", ¿o no?...
Nuestro hermano pequeño, el benjamín de la familia, toda su vida ha sido muy "madrero". Y viceversa, con respecto a nuestra madre hasta su fallecimiento, algunos años ha. Que yo ya ella en su apacible ancianidad, me divertía en hacerle reslatar para verla negar el hecho compungida, asegurando que como madre nos quería a todos sus hijos por igual, lo que evidentemente siempre ha sido así.
Y en cuanto a nuestro hermano, "ligeramente" mayor pues tan solo le separaron siempre catorce meses de más edad que nosotros, también, al juicio descarnado de los gemelos, dado que se crió delicadillo y tal, mucho tiempo bajo el cariñoso amparo de la abuela fue así, no solo su ojito derecho sinó también el izquierdo y todo su maternal y amantísimo corazón.
Por lo que, nosotros dos, los del medio, llegamos a imaginar alguna vez que en realidad éramos los menos queridos en el seno de nuestra familia. Y ya mayores, sabedores de que habían sido celos infantiles nuestros sin fundamento, repito que no obstante, impulsados por nuestro consustancial espíritu burlón nos gustaba picar una y otra vez con el tema a mamá, que se dolía un tanto crédula murmurando que como podíamos decir y ni siquiera pensar tal barbaridad, que se nos había querido por igual a toda la "camada" o "rolada". Naturalmente que siempre nos quiso con gran amor a todos por igual, con la misma intensidad que cualquier otra madre con respecto a sus hijos.
Pero la verdad es que los gemelos fuimos los más traviesos del clan y lo demostramos una y otra vez con las mil y una diabluras que jalonaron nuestra infancia estrechamente compartida; siempre unidos los dos hermaos contra todo y contra todos, en cualquier tipo de dificultad o enfrentamiento, defendiéndonos mutuamente, hubiera o no razón para ello.
Y las reprimendas, los coscorrones, los azotes y los cachetes o sopapos si hubo menester también hubimos de compartirlos, fuésemos o no merecedores de ellos. En más de una ocasión, ante cualquier realizada travesura nuestra, recibíamos a la par o uno u otro la reprimenda y, si fuese necesario, el cachete corrector, a veces inmerecido por uno o por otro.
_ ¡Pero si yo no he sido !... ¡Fue Lalo! - protestaba por ejemplo yo, indignado y lloroso, rascándome el escozor producido.
Y mamá o la abuela contestaban, en castellano o gallego, en tono reposado, despachando el asunto:
_ Pues, por si acaso, ¡ Para cuando seas tú !.

UNION FRATERNAL, SUEÑOS Y FANTASIAS COMPARTIDOS
Creo poder afirmar que mi gemelo y yo, sobre todo en aquellos primeros años de la infancia y la adolescencia, época en que convivimos completamente unidos física y síquicamente, hasta cuando a uno de los dos se le castigaba por alguna travesura, que las nuestras fueron siempre muchas, el otro lloraba con él más o menos ostensible.
Nos levantábamos por las mañanas, y sobre todo en tanto vivimos bajo la custodia compartida de mamá con la abuela, muy de madrugada fuese verano o invierno, rezongando lo mismo, aseándonos al mismo tiempo a ser posible, lo que significaba contínuas peleas por alcanzar primero o el jabón, o la toalla o hasta la misma palangana con el agua fría traida momentos antes del adyacente manantial que era en la aldea "a fonte de abaixo", de "a Camposa" o "a fonte vella", la más caudalosa, que jamás se secaba, ni siquierea en septiembre.
Desayunábamos juntos, reclamábamos repetir las sopas o lo que fuese al unísono y compartíamos el uno con el otro lo que se nos diese. Comíamos juntos, procurábamos merendar juntos y, desde luego, lo mismo que se le diese a uno lo quería el otro y también cenábamos a la par y si antes de acostarse había que bañarse, juntos íbamos a la tina o barreño. Jugábamos juntos, aprendimos con mamá las primeras letras juntos y leímos los primeros tebeos juntos, él uno de "Juan Centella en el Fondo del Océano" y yo el de "El hombre enmascarado en Londres", que mamá nos había traído de La Coruña. Cuando comenzamos a asistir a la escuela pública de Quinzán regida por la bondadosa doña Patrocinio, juntos íbamos allá, juntos habíamos de estar sentados, al principio en los toscos bancos alargados laterales y luego ante los los viejos pupitres recubiertos de manchas de tinta y tiza, restos de pizarrines y de lápices, etc.
Juntos nos peleábamos si a uno cualquiera de los dos se nos incitaba a ello, que eramos bastante bravuconcetes para nuestra edad, ¡Claro!..., ¡ siempre pareja, dos bocas para insultar, cuatro manos o puños para pelear y cuatro ágiles piernas para correr si menester fuese, que lo era muchas veces!...
Juntos siempre, en casa, en los juegos, en la escuela, si de desplazarnos, caminando, naturalmente, a las ferias y mercados en la cercana villa de Mellid, si iba el uno, había de ir el otro también. Y lo mismo cuando íbamos a la iglesia, cuando hicimos la Primera Comunión, cuando ya adolescentes fumamos el primer cigarrillo compartido, que en realidad fue un puro que logramos escamotear a nuestro padre de su mesa escritorio en Curtis, etc., etc.
Hasta los catorce años dormimos siempre en la misma habitación juntos, en la misma cama; si bien, cuando ibamos dejando de ser niños, tomamos la curiosa costumbre de, a veces, para evitar descuidados pero molestos contactos sobre todo si el colchón se humdía algo por el uso, dormir con el cinto en la mano que colgaba por fuera de la cama y, ¡zas! largar un zurriagazo al infractor, si considerábamos que su cuerpo había propasado lo que establecíamos como la mitad del lecho, cada una para cada cual.
Y, sin embargo, era en la cama, generalmente si nos despertábamos temprano y, no estando en la casa de la abuela, ni teniendo que ir al colegio o hacer cualquier otra encomienda o recado, cuando la imaginación de Fernando, superior a la mía en inventiva urdía aventuras extraordinarias que, con el pretesto de que lo acababa de soñar, iba desgranando en mis oídos. Ya fue costumbre, durante algún tiempo, cuando nuestra estancia en Curtis y aún alguna vez en Ribeira que yo, deseoso de escucharle, le preguntaba muy bajito y si como sucedía por lo general estábamos solos en la habitación: "¿Dices?" y el respondía también como en un suspiro "¿Escuchas?". Y en tono de voz apenas audible me contaba cosas maravillosas que "acababa de soñar" en las que no solo le sucedían a él aventuras extraordinarias sinó que yo participaba en ellas como co-protagonista. Casi siempre, él era un militar de alta graduación vestido con brillantes uniformes que describía con todo lujo de detalles y yo era "paisano", médico, maestro, artista de cine,... ¿que sé yo?
Como no en vano ya teníamos doce, y trece, y catorce años y había siempre alguna niña de nuestro entorno y edad que nos gustaba, que era novia nuestra en sueños tan solo, naturalmente, los incipientes romances de lo más cursi, ingenuo y conmovedor figuraban a veces en aquellas sesiones de ensueño en las que el uno relataba y el otro escuchaba, metiendo cuando podía alguna cuña de sugerencia o innovación en los fantásticos relatos.
¡ Que momentos felices aquellos merced a nuestras fantasiosas mentes! Luego, ya hombres, los dos los hemos rememorado con nostalgia más de una vez.

MI GEMELO Y YO
Recordaré toda mi vida, cuando, contando ya los gemelos de siete a ocho años, todavía residiendo en la aldea de Chaín, ya se nos confiaban algunos pequeños recados tales como el de acudir durante cierto tiempo, todas las tardes a buscar la leche de cabra "para el delicado Titiño", naturalmente, que nos suministraba aquella vieja pastora que conocíamos como "Ramona la de las cabras" y que residía en la cercana aldea de Casasnovas.
Los dos gemelos, muy ufanos por la confianza depositada en nosotros, entre juegos continuos y cabriolas, carreras y sofocos llevando unas veces el uno y otras el otro la botella de vidrio de a litro para recoger la leche, hacíamos el recorrido de unos dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en un santiamén recorriendo la "corredoira" de La Camposa, bordeando los prados de el Naval, por la corredoira de Pazos y el Cabo y subíamos la cuesta de La Esparela que luego descendíamos raudos por su otro extremo para, cruzando algún agro y dejando a un lado la pequeña iglesita parroquial de Rairiz llegar a la caseta y cuadra de la dicha Ramona, asistir en alguna ocasión, emocionados y felices al mismo hecho del ordeño, recoger la espumosa y aún cálida leche y regresar por la misma ruta a la casa de la abuela en la Camposa, junto a la "fonte de baixo".
Pues bien, una mañana de principios de verano, y puntualizo ésto porque era la época de las cerezas en sazón, partimos mi gemelo y yo dispuestos a cumplimentar tan importante encargo. Pero, claro, jugando, peleándonos entre nosotros mismos, escondiéndonos el uno del otro de cuando en cuando, tirándonos puñados de tierra, etc.
En aquella ocasión yo me ofreciera a Fernando para enseñarle un nuevo camino para llegar a Casasnovas más pronto; un atajo, vamos, que me había enseñado algún lugareño en fechas inmediatamente anteriores.
Y hubo un momento en que, mi gemelo a mis indicaciones caminando algunos pasos delante en demanda de la nueva ruta a seguir, llegados a lo alto de aquel frondoso bosque que era el de La Esparela, el que, por cierto, muchos años después iba a inspirarme para escribir la novela corta titulada UN EPISODIO DE LOS TIEMPOS CELTAS que tantas satisfacciones me ha proporcionado, yo que portaba la botella vacía para transportar la leche, que era de aquellas de vidrio verdoso y singular forma cuadrada con que se suministraba el jarabe o vino tonificante "Sansón", eché a correr Esparela abajo, por el terreno en pronunciado declibe, gritando alborozado que "¡Te engañé, te engañé!... ¡Que no es por ahí, que es por aquí!".
Pero, ¡ay de mí!, de improviso, o yo no la ví o ella, una retorcida y rugosa raiz de cualquiera de aquellos frondosos árboles, se interpuso en mi carrera, lo cierto es que tropecé, dí con mi cuerpo en el suelo, la botella al caer se rompió en añicos y uno de ellos se me incrustó en plena frente, haciéndome un regular corte del que inmediatamente comenzó a fluir la sangre.
La ira de mi gemelo al saberse allí engañado fue de inmediato suplida por una aterrada y llorosa solicitud y aún intentó contener la hemorragia con algunas hierbas, con hojas caidas de los castaños y con su propio pañuelo.
Y yo barreando como cerdo en día de matanza, asustado además, igual que mi gemelo, de las posibles consecuencias de la rotura en mil pedazos de la útil botella, regresamos a casa sin cumplir el encargo y por ello acaso más llorosos y gritones todavía.
Pero mi gemelo no fue acusica, nada dijo de mi engaño para con él y aún cuando mis otros hermanos, que estaban cogiendo cerezas en un cerezo próximo a nuestra minúscula era y acaso un tanto celosos de que por unos momentos fuse uno de los gemelos el centro de la atención y el afecto de mamá y abuela que después del primer momento de susto se afanaron en restañarme la herida y con mimo y algún pequeño agasajo intentaron callar mis desaforados lloros, pretendieron señalarnos como que eramos unos juguetones irresponsables y que por jugar habíamos roto la valiosa y bien útil botella, Fernando, digo, se defendió y me defendió con denuedo, como siempre, que para eso éramoslo que se dice "uña y carne".


CONFUSIONES DE IDENTIDADES
Confusión de identidad y posible telepatía a larga distancia entre los gemelos nos ha ocurrido en alguna ocasión.
Tal ha sido el parecido físico y anímico entre mi hermano gemelo y yo, casi siempre vestidos idénticos, sobre todo en nuestra época de niños y de adolescentes residiendo sucesivamente en La Coruña, luego en Chaín, Curtis y Ribeira que fácilmente se nos confundía.
De hecho, fue notable nuestra aportación, vestidos de circunstanciales monaguillos en algún acto religioso en Curtis en que pudimos hacer la pareja ideal para portar los faroles o los ciriales a ambos lados del que portaba la cruz, que alguna vez fué nuestro hermano Alberto, en procesiones y otros acontecimientos parroquiales. Aún acuden de cuando en cuando a mí las estrofas de aquella cancioncilla allí aprendida que decía:
Somos de la parroquia,
los monaguillos, los monaguillos;
que sacudimos las perras
de los cepillos, de los cepillos.
.............................
Si hay un bautizo o una boda,
pobre padrino, pobre madrina;
pues se encuentra a un monago,
en cada esquina, en cada esquina.
En alguna ocasión que ahora no recuerdo pero que muy bien es de suponer que hubo, Fernando me habrá sustituido a mí. Y yo le he suplido más de una vez a él, siempre con éxito, tanto en pequeñas aventuras escolares como de juegos o de "chicoleo" con amiguitas de la misma o parecida edad.
Cuando, por ejemplo, en Ribeira él rondaba a una linda mocita y una determinada tarde dominical que había logrado quedar con ella para ir juntos al cine, nuestro padre, como ocurriera y ocurriria en muchas otras ocasiones lo "arrestó" a no salir de casa en aquella jornada y, al contrario, dedicarla a partir leña en el patio de nuestra casa de La Mámoa y que era el imprescindible combustible de la vieja cocina económica o "de Bilbao".
Temía Fernando, incipiente donjuan que si no cumplía con la cita que le había resultado bastante laboriosa de lograr se iria al traste su iniciado romance; que, por cierto, luego resultó como tantas otras veces, completamente pasajero dada la volubilidad de ambos protagonistas.
Bien aleccionado yo, tanto en lo que debía de decir como de hacer, pero rogándoseme con un principio de desconfianza que no tratase de propasarme, supe yo suplantarlo con tanta verosimilitud que creo que nunca llegó a saber de aquel provisional cambio la jovencita.
Pasados los años, separados ambos por las circunstancias de la vida en sí, yo me casé en las islas Canarias con una canaria y cuando ella, Margarita, conoció en Galicia a los míos, se confundió una y varias veces con mi hermano gemelo Fernando, tomándolo por mí.
Y cuando ya nació nuestra primogénita y el matrimonio con ella llegamos a Vigo en barco, Fernando nos esperaba en el muelle y Margot, que ya contaba casi un año de edad, retozaba en blos brazos maternos y al ver a mi gemelo en tierra, frente a ella y acercándose a medida que el navío atracaba y la llamaba por su nombre, lo saludaba a su vez con parloteos y gorgoritos de "¡ Papá!...¡Papá!" y gracioso movimiento de manos, creida, naturalmente, que era yo. En tanto que otros pasajeros se admiraban y, sobre todo un matrimonio italiano que viajaba con nosotros y no se cansaban ambos de exclamar en el colmo de la admiración algo así como "¡Fratelo llemelo!...Maraviloso", yo, pasados unos minutos toqué a la niña en un hombro buscando su atención pra que me mirase, diciéndole
_ ¡Cacó!... Papá soy yo; mírame.
La niña me miró, miró al Fernando sonriente enfrente, arrugó el ceño, hizo unos pucheritos fruniendo cejas y los labios y rompió a llorar con desconsuelo, abrazada al cuello de su madre porque no entendía lo que estaba viendo.
Y, ciertamente, costó bastante trabajo para que dejase entonces de confindirnos a padre y tío.
Y, años más tarde, con nuestro hijo Carlos ocurrió algo parecido porque, niño bastante retraído cuando pequeño, ya en la crianza no consentía de buen grado que se le suministrase la papilla a cucharadas si no éramos su madre o yo; y, sin embargo, por confundirnos, aceptó que Fernando lo hiciese en mi lugar sin ofrecer resistencia alguna.
Fuera del estricto ámbito familiar ocurría en numerosas ocasiones lo mismo. Yo terminé por acostumbrarme a que cuando me desplazaba a Galicia, en el entorno afectivo y familiar muchas veces se me saludase, se me hablase tomándome por Fernando y ya ni trataba de deshacer el error, salvo que fuese precisa la debida identificación, naturalmente.
Cuando a principios de los años sesenta en Canarias solicité el perceptivo permiso de conducir, despues de haber efectuado con éxito las pertinentes pruebas teórico prácticas de aptitud que me capacitaban para ello, en la agencia que me gestionaba el asunto, me llamaron cierto día y se me reprochó el que solicitase el dichoso carnet si, según las oficinas centrales de tráfico yo ya lo poseía. Yo protesté de aquella tonta suposición y me mantuve en que aquello tenía que ser un error burocrático administrativo, por lo que en Tráfico, si bien me atendieron en la reclamación, insitieron en que yo, de tales y tales apellidos, hijo de Cándido y de Mercedes, nacido en La Coruña en tales y tales fechas ya tenia carnet de conducir. Bueno; había en la correcta información un solo pequeño detalle o despiste que no concordaba con el resto. Que en el nombre, en lugar de Carlos decía Fernando.
¡ Acabáramos, hombre !... Mi hermano Fernando era el que ya disponía de el dicho carnet de conducir y no yo.
Pero aún hay más. En La Coruña, gentes de Canarias que me conocen y tratan, han confundido a mi hermano gemelo Fernando con migo sin ninguna dificultad. En cierta ocasión la esposa de un amigo nuestro lo saludó y abrazó en plenos Cantones coruñeses y bromeó con él tomándolo por mí, hasta que se deshizo el entuerto.
Y a mí, en plena calle Mayor de Triana, estando crioseando los escaparates de la librería Rexach cierta vez una joven y desconocida damita medio me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas en tanto que su acompañante, un apuesto oficial del ejército me saludó con un frío y distante "¡ Hola, Platero !"; aunque, después de haberse mantenidio por unos instantes de sabor sainetesco el equícoco, yo, advertido de la confusión, hube de enseñar mi documento de identidad para que la pareja se convenciese de que se había confundido de persona, con claro desencanto de ella que se quedó algo cortada y ruborosa y sin embargoél más distendido y amable medio acabó insinuando que Fernando alguna vez en La Coruña habhía sido causa de algún asomo de celos, aunque a decir verdfad la cosda no había pasado jamás a mayores. Eso creía él al menos, dijo.
En el año de 1979, viajando Fernando con su socorrido Seat 600 y en el desempeño de su profesión de Agente Comercial por Burgos en una jornada de nieve, hielo y frío sufrió un terrible accidente de circulación que le pudo costar la vida y le significó que hubiese de convivir para los restos con una placa de plata colocada en un frontal de su cráneo. Pues, tan solo unos días antes yo, en Canarias, tuve un accidente laboral del que escapé milagrosamente sin secuelas posteriores.
Ciertamente que al igual que nuestros otros hermanos, posiblemente por herencia paterna, nos quedamos calvos y encanecimos siendo relativamente jóvenes ambos gemelos.
En la época de la edad madura, la propia de empezar a perder la dentadura, nos ocurrió a los dos casi al mismo tiempo pero, además, por causa de una especie de piorrea seca, tan solo la dentadura de la mandíbula superior.
De unos años para acá, tanto Fernando como yo venimos padeciendo una cierta insuficiencia cardíaca derecha que hace que se nos hinchen los tobillos con mucha frecuencia y se nos ha extendido en ambas piernas una característica mancha como de color de pulpo, clara muestra de dicha insuficiencia, por lo que yo al menos he de llevar siempre correctoras medias elásticas, que a él se le habían recomendado también.
Aunque Fernando, como más crédulo de la Astrología que yo, siempre dijo que, como "Piscis" que somos, nuestros mayores males nos tendrían que venir por los pies. Ciertamente, siempre los hemos tenido como la parte más delicada de nuestros cuerpos. La suprema gravedad mortal, a él sin embargo le ha venido por desgracia a través del pulmón.

EL CASO DE ARENCIBIA Y LOS GEMELOS
Uno de los muchos equívocos que en nuestra vida hemos ocasionado los gemelos fue el ocurrido con mi amigo Arencibia y Fernando.
Arencibia es un veterano compañero mío de tareas laborales de mantenimiento de Aeronaves en la Base Aérea de Gando. Militar él y civil yo, al que conocí ya al poco tiempo de mi llegada a estas islas Canarias, hace la tira de años, como dice ahora la juventud.
Pues bien, hace ya algún tiempo, siendo el amigo Arencibia teniente del Ejército del Aire y como especialista, mecánico de vuelo, destinado entonces circunstancialmente por las Bases Aéreas de Salamanca o de León o algo así, en un determinado servicio formó parte de la tripulación de un avión, creo recordar que de los conocidos en la jerga aeronáutico como los "apagafuegos" que hubo de sdesplazarse en servicio al aeropuerto coruñés de Alvedro permaneciendo allí varioas jornadas. Por lo que, en una bonacible mañana primaveral él y dos miembros más del equipo se acercaron a la ciudad en la que "nadie es forastero" y al estar paseando por la Calle real, junto a su intercesión con Los Cantones ocurrió que delante de ellos, como casi siempre muy peripuesto y un tanto despistado caminaba mi hermano Fernando, al que Arencibia, como no podía ser menos, confundió conmigo aunque hacía ya algún tiempo que no nos veíamos. Y en tono coñón, sin alzar para ello mucho la voz, llamó:
_ ¡ Pss, pss !... Platero.
Y Platero volvió la cabeza; aunque, extrañado no vió a nadie conocido en las cercanías, por lo que continuó su espaciado paseo.
_ ¡ Pss, pss !... ¡ Plateeero !
Fernando se paró en su caminar. Se volvió de nuevo. Observó a aquel hombretón de mediana edad que le pareció le sonreía y, claro, dijo lo clásico en tales ocasiones
_ ¿Es a mí?...
_ Pues claro, Platerito. Coño, ¿ que pasa ?... ¿Que como estás en tu tierra y en tu ciudad ya no conoces a nadie?
Mi gemelo estrechó la mano que se le tendía y aún las de los otros dos hasta entonces silenciosos acompañantes de aquel hombre que tan campechano lo saludaba porque sin duda se conocían, pero al que no lograba reconocer de entre por otra parte sus muchas amistades.
No obstante Fernando aceptó riendo la sugerencia de tomarse por allí cerca, en la calle de Los Olmos y luego en la de La Galera unos vinitos "de esos tan buenos de tu tierra y en taza".
Y en tanto se encaminaban a uno de los muchos bares de aquellas concurridas calles, Fernando se estrujaba la mente intentando en vano identificar a aquel jovial individuo. Hasta que Arencibia, tomándolo del brazo ante uno de aquellos lustrosos mostradores le dijo algo así como que "¡ Anda que si cogemos esta calle llena de bares en Gando!" y se reía.
Algo como una luz de comprensión se le encendió dentro a mi gemelo.
¡Gando!... Por mí, sabía donde estaba Gando y lo que significaba. Aquel hombre que al hablar seseando con un acento diríase que sudamericano, no pronunciaba las ces ni las cetas, era un canario, y conocido, y a lo que se advertía, también amigo de Carlos que entonces estaba destinado en la Base Aérea de Gando, en la isla de Gran Canaria.
Cuando explicó la confusión habida, ante el jolgorio de sus acompañantes, el amigo Arencibia al principio aún creyó que era una broma de aquel al que juraría que era yo, pero hubo de rendirse a la evidencia cuando mi gemelo, como en anteriores ocasiones parecidas, acabó enseñando su propio DNI.
Como bien es de suponer, una vez deshecho el entuerto o gracioso equívoco, prosiguió más alegre y barullero el tasqueo, que bueno era mi hermano Fernando y posiblemente también Arencibia para renunciar a ello en aquella jornada de asueto.
Y en cuanto Arencibia retornó a Canarias y tuvo ocasión de verme, me contó la anécdota, que Fernando hubo de refrendar posteriormente.

LO ULTIMO DE EQUIVOCOS DE MI GEMELO Y YO
En anteriores anotaciones de estas mis ocurrencias vivenciales he dejado constancia de alguna de las muchas que con respecto al parecido habido siempre entre mi hermano gemelo y yo nos han sucedido.
Las últimas, y digo bien cuando digo aquí las últimas, es de suponer que sean las referentes a lo sucedido en derredor de su casi repentino fallecimiento.
Confieso que aún sin dentro de mí querer asumir en plenitud la tremenda realidad, en el pasado mes de febrero, justo cinco días antes de ambos cumplir años, llamado con toda urgencia por mis otros hermanos hube de recorrer en raudo vuelo de más de dos mil quinientos kilómetros, con forzosa escala en Madrid la distancia que separa a Canarias de Galicia y me presenté en la vivienda familiar de "As Pedregueiras" en que mi hermano gemelo estaba esperándome de cuerpo presente para ser enterrado al siguiente día. Llegué compungido, embargada mi alma de dolor, de una absoluta y amarga tristeza y dispuesto en mi fuero interno a perocurar no ver con mis hojos aquel cuerpo ya cadáver con la rigidez de la muerte, aquel rostro que se iba tornando marmoleo y que era como un reflejo del mío, como mi sosias, al decir de las gentes que nos conocieron.
Ciertamente, dado como estaba amortajado y cubierto por un transparente cristal, pese a mi propósito no puede evitar unos sollozos salidos del alma al contemplar aquellas facciones que hasta con la barba entrecana se me asemejaban de manera extraordinaria.
Ya más calmado, resignado y embargado por la emoción, después de musitar allí mismo una oración por su alma, comencé a darme cuenta de que, una vez más se nos confundía, en esta ocasión al vivo con el muerto y viceversa.
Todavía yo un tanto aturdido y dominado por la emoción del momento, en el porche de la entrada contemplaba la amplia panorámica del paisaje de verdor, pinos y prados que se extendía a mi vista, tan familiar siempre a pesar de los muchos años de ausencia, cuando un joven, para mí totalmente desconocido despues de abrir la ancha cancela metálica de acceso a la finca, se acercó a grandes zancadas, se detuvo de pronto, me miró sorprendido, me saludó con un murmullo ininteligible y ante mi gesto ausente, carente de reconocimiento pasó raudo a mi lado y, según luego se me contó, se adentró por el pasillo hasta la gran cocina en que mi hermana Elena y Rosa la asistenta procuraban atender lo mejor posible a algunas personas amigas que acudieran ya para acompañarnos en el duelo; y prenguntó, completamente asombrado y un tanto suspenso:
_ Pero, ¿ Y luego, yo no venía para el duelo de Fernando?...
- Pues claro que sí. -se le contestó.
Y el joven aquel con gesto de desconcierto repuso estupefacto.
- ¡ Pero si yo acabo de ver a Fernando ahí de pié, en la entrada!
La misma inicial estupefacción que reflejaron luego los rostros de otros vecinos y aún una de mis sobrinas, a pesar de que sabía bien que yo era yo y el fallecido el tío Lalo, el "chistero".
Y alcancé a verlo en los ojos, en la expresión primera, luego reprimida de algunas de las muy numerosas personas que nos acompañaron a mis hermanos y a mí tanto en el prolongado duelo como luego en el multitudinario acto del traslado del difunto al cementerio, en la misa de "córpore insepulto", en el triste trance final del enterramiento en si de mi gemelo en el panteón familiar de Rairiz, junto a su padre y a su madre, nuestros queridos y siempre recordados progenitores.
Y aún lo mismo o muy parecido sucedió al día siguiente en que una joven vecina amiga de la familia, ausente en las fechas inmediatamente anteriores, en cuanto se enteró del aciago suceso acudió rauda a dar su más sincero y doliente pésame; y que al divisarme cuando a los timbrazos acudía a abrir la puerta de entrada, con la particularidad añadida de que me había quitado en aquellos instantes las gafas que uso siempre, por lo que el parecido de los dos gemelos fue más notable a pesar de ser yo bastante más grueso que Fernando. Aquella joven señora, al verme frenó en seco sus apresurados pasos y por unos segundos su desconcierto y confusión fueron palpables.
Me coloqué de nuevo las gafas sobre la nariz y con cristiana resignación acepté el consabido saludo de condolencia sincera.
Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1999.






















COSAS DE MI GEMELO FERNANDO Y YO
por Carlos Platero Fernández.

Dicen quienes nos conocieron de pequeños, que mi hermano Fernando y yo, gemelos o mellizos, que en este caso tanto dá como dá tanto, éramos tan parecidos que se podía decir de nosotros que nos semejábamos casi como dos gotas de agua, lo que ciertamente se puede apreciar de alguna forma en las fotografías que conservamos de aquellos años infantiles.
A fuer de pretender ser sincero, yo no diría tanto. Pero que siempre hubo entre nosotros dos un grande y excepcional parecido físico si, aunque yo haya sido en realidad y desde niño siempre unos milímetros más bajo y unos gramos, hoy kilos, así como unos muchos centímetros de cintura, más grueso.
Un caso curioso, al que ambos jamás hemos encontrado contestación adecuada al interrogante surgido es el de que los dos tenemos, se supone que de nacimiento, una pequeña cicatriz en forma de media luna en lo más bajo de la barbilla. También, ambos tenemos algunas otras cicatrices, sobre todo en el rostro y por la parte posterior de la cabeza, pero ya son huellas de travesuras, de accidentes varios aunque algunas veces curiosamente muy parecidos pese a la distancia.
De pequeños, no sé yo si por una especie de mimetismo emocional o por costumbre, si a uno le dolía la barriga, pongo por caso, el otro pronto decía sentir las mismas o parecidas dolencias; si a uno le caía uno de los dientes "de leche", lo mismo tenía que sucederle al otro; cuando el uno tuvo la tos ferina, el otro la contrajo de inmediato y lo mismo ocurrió con el sarampión, la escarlatina o rubéola, etc.
De hecho, nunca se podrá saber ai yo soy el bautizado con los nombres de Carlos José o con los de Fernando Cándido, porque, por lo visto, para no confundirnos siendo unos bebés, el uno portaba una medallita de plata con una cinta de color azul amarrada a la muñeca y el otro lo mismo pero con la cinta de color rosado. Al bañarnos, se nos quitaba la cinta identificadora y, ¿quién asegura que al colocarnos de nuevo dicha identificación no hubo más de una vez confusiones al hacerlo?.
Tal como más arriba se indica, según quedó constancia en alguna fotografía de la época en la que ni nosotros mísmos, ni nuestros padres o hermanos jamás hemos podido identificarnos con certeza, además de reflejar el gran parecido, se puede observar que los gemelos a los tres y cuatro años usábamos el cabello como melena de paje, de lo que nuestros padres estaban muy orgullosos, pero no así nuestra abuela paterna que por entonces con nosotros vivía y que siempre nos confundió, porque, además, se nos vestía y calzaba exactamente iguales y ella deseaba que tuviésemos algún signo visible que nos distinguiese sin temor a incurrir en error. Deseo que al fín pudo ver cumplido, al menos en una ocasión.
Sucedió que, contando nosotros de tres a cuatro años nos dejaron por unos días a los gemelos al cargo de la abuela, con la advertencia de que uno de nosotros tenía que tomar por aquellos días cierto jarabe o medicamente a horario fijo.
_ Ya sabe, mamá: El de la medicina es Lucho -o Lalo-. El de la cinta azul -o rosada- en la muñeca.
Pero, como ya dije, las cintas, con las medallitas eran fáciles de trastocarse con el diario servicio del baño. Y nuestra abuela pronto halló la solucuión definitiva para no equivocarse.
Cuando al regreso de aquel desplazamiento o corto viaje mamá nos echó la vista encima, se enfadó mucho. ¡Uno de nosotros tenía un buen y ostensible tijeretazo en la melenita de que tan ufanos se mostraban nuestros progenitores.
_ ¡Mamá, por Dios! -se enfadó nuestra madre - ¿Como pudo dejar que los niños jugasen con las tijeras?... ¡Mire, mire el triscazo que se hizo el uno al otro en la perrera del pelo!
Y la abuela Concepción reoslvió el caso, confesando calmosa y ufana, en su gallego coloquial:
_ Non foron os xemelos. ¡Fún eu, pra distinguir ó que tiña que tomala mediciña!.

¡ POR SI ACASO !
Mi hermano gemelo y yo, llamados Lalo él y Lucho yo en el estricto ámbito familiar, fuimos bastante trastes y revoltosos de pequeños y creíamos nosotros que con razón.
Teníamos una hermana, Elena, unos tres años mayor que suponíamos, y suponíamos bien, fue de siempre "el ojito derecho" de nuestro padre; cosa muy normal por cierto generalmente, no en vano soy yo también padre, en que las niñas suelen ser de inclinación afectiva un tanto "padrera" y los niños, si mimados o mimosos, "madreros", ¿o no?...
Nuestro hermano pequeño, el benjamín de la familia, toda su vida ha sido muy "madrero". Y viceversa, con respecto a nuestra madre hasta su fallecimiento, algunos años ha. Que yo ya ella en su apacible ancianidad, me divertía en hacerle reslatar para verla negar el hecho compungida, asegurando que como madre nos quería a todos sus hijos por igual, lo que evidentemente siempre ha sido así.
Y en cuanto a nuestro hermano, "ligeramente" mayor pues tan solo le separaron siempre catorce meses de más edad que nosotros, también, al juicio descarnado de los gemelos, dado que se crió delicadillo y tal, mucho tiempo bajo el cariñoso amparo de la abuela fue así, no solo su ojito derecho sinó también el izquierdo y todo su maternal y amantísimo corazón.
Por lo que, nosotros dos, los del medio, llegamos a imaginar alguna vez que en realidad éramos los menos queridos en el seno de nuestra familia. Y ya mayores, sabedores de que habían sido celos infantiles nuestros sin fundamento, repito que no obstante, impulsados por nuestro consustancial espíritu burlón nos gustaba picar una y otra vez con el tema a mamá, que se dolía un tanto crédula murmurando que como podíamos decir y ni siquiera pensar tal barbaridad, que se nos había querido por igual a toda la "camada" o "rolada". Naturalmente que siempre nos quiso con gran amor a todos por igual, con la misma intensidad que cualquier otra madre con respecto a sus hijos.
Pero la verdad es que los gemelos fuimos los más traviesos del clan y lo demostramos una y otra vez con las mil y una diabluras que jalonaron nuestra infancia estrechamente compartida; siempre unidos los dos hermaos contra todo y contra todos, en cualquier tipo de dificultad o enfrentamiento, defendiéndonos mutuamente, hubiera o no razón para ello.
Y las reprimendas, los coscorrones, los azotes y los cachetes o sopapos si hubo menester también hubimos de compartirlos, fuésemos o no merecedores de ellos. En más de una ocasión, ante cualquier realizada travesura nuestra, recibíamos a la par o uno u otro la reprimenda y, si fuese necesario, el cachete corrector, a veces inmerecido por uno o por otro.
_ ¡Pero si yo no he sido !... ¡Fue Lalo! - protestaba por ejemplo yo, indignado y lloroso, rascándome el escozor producido.
Y mamá o la abuela contestaban, en castellano o gallego, en tono reposado, despachando el asunto:
_ Pues, por si acaso, ¡ Para cuando seas tú !.

UNION FRATERNAL, SUEÑOS Y FANTASIAS COMPARTIDOS
Creo poder afirmar que mi gemelo y yo, sobre todo en aquellos primeros años de la infancia y la adolescencia, época en que convivimos completamente unidos física y síquicamente, hasta cuando a uno de los dos se le castigaba por alguna travesura, que las nuestras fueron siempre muchas, el otro lloraba con él más o menos ostensible.
Nos levantábamos por las mañanas, y sobre todo en tanto vivimos bajo la custodia compartida de mamá con la abuela, muy de madrugada fuese verano o invierno, rezongando lo mismo, aseándonos al mismo tiempo a ser posible, lo que significaba contínuas peleas por alcanzar primero o el jabón, o la toalla o hasta la misma palangana con el agua fría traida momentos antes del adyacente manantial que era en la aldea "a fonte de abaixo", de "a Camposa" o "a fonte vella", la más caudalosa, que jamás se secaba, ni siquierea en septiembre.
Desayunábamos juntos, reclamábamos repetir las sopas o lo que fuese al unísono y compartíamos el uno con el otro lo que se nos diese. Comíamos juntos, procurábamos merendar juntos y, desde luego, lo mismo que se le diese a uno lo quería el otro y también cenábamos a la par y si antes de acostarse había que bañarse, juntos íbamos a la tina o barreño. Jugábamos juntos, aprendimos con mamá las primeras letras juntos y leímos los primeros tebeos juntos, él uno de "Juan Centella en el Fondo del Océano" y yo el de "El hombre enmascarado en Londres", que mamá nos había traído de La Coruña. Cuando comenzamos a asistir a la escuela pública de Quinzán regida por la bondadosa doña Patrocinio, juntos íbamos allá, juntos habíamos de estar sentados, al principio en los toscos bancos alargados laterales y luego ante los los viejos pupitres recubiertos de manchas de tinta y tiza, restos de pizarrines y de lápices, etc.
Juntos nos peleábamos si a uno cualquiera de los dos se nos incitaba a ello, que eramos bastante bravuconcetes para nuestra edad, ¡Claro!..., ¡ siempre pareja, dos bocas para insultar, cuatro manos o puños para pelear y cuatro ágiles piernas para correr si menester fuese, que lo era muchas veces!...
Juntos siempre, en casa, en los juegos, en la escuela, si de desplazarnos, caminando, naturalmente, a las ferias y mercados en la cercana villa de Mellid, si iba el uno, había de ir el otro también. Y lo mismo cuando íbamos a la iglesia, cuando hicimos la Primera Comunión, cuando ya adolescentes fumamos el primer cigarrillo compartido, que en realidad fue un puro que logramos escamotear a nuestro padre de su mesa escritorio en Curtis, etc., etc.
Hasta los catorce años dormimos siempre en la misma habitación juntos, en la misma cama; si bien, cuando ibamos dejando de ser niños, tomamos la curiosa costumbre de, a veces, para evitar descuidados pero molestos contactos sobre todo si el colchón se humdía algo por el uso, dormir con el cinto en la mano que colgaba por fuera de la cama y, ¡zas! largar un zurriagazo al infractor, si considerábamos que su cuerpo había propasado lo que establecíamos como la mitad del lecho, cada una para cada cual.
Y, sin embargo, era en la cama, generalmente si nos despertábamos temprano y, no estando en la casa de la abuela, ni teniendo que ir al colegio o hacer cualquier otra encomienda o recado, cuando la imaginación de Fernando, superior a la mía en inventiva urdía aventuras extraordinarias que, con el pretesto de que lo acababa de soñar, iba desgranando en mis oídos. Ya fue costumbre, durante algún tiempo, cuando nuestra estancia en Curtis y aún alguna vez en Ribeira que yo, deseoso de escucharle, le preguntaba muy bajito y si como sucedía por lo general estábamos solos en la habitación: "¿Dices?" y el respondía también como en un suspiro "¿Escuchas?". Y en tono de voz apenas audible me contaba cosas maravillosas que "acababa de soñar" en las que no solo le sucedían a él aventuras extraordinarias sinó que yo participaba en ellas como co-protagonista. Casi siempre, él era un militar de alta graduación vestido con brillantes uniformes que describía con todo lujo de detalles y yo era "paisano", médico, maestro, artista de cine,... ¿que sé yo?
Como no en vano ya teníamos doce, y trece, y catorce años y había siempre alguna niña de nuestro entorno y edad que nos gustaba, que era novia nuestra en sueños tan solo, naturalmente, los incipientes romances de lo más cursi, ingenuo y conmovedor figuraban a veces en aquellas sesiones de ensueño en las que el uno relataba y el otro escuchaba, metiendo cuando podía alguna cuña de sugerencia o innovación en los fantásticos relatos.
¡ Que momentos felices aquellos merced a nuestras fantasiosas mentes! Luego, ya hombres, los dos los hemos rememorado con nostalgia más de una vez.

MI GEMELO Y YO
Recordaré toda mi vida, cuando, contando ya los gemelos de siete a ocho años, todavía residiendo en la aldea de Chaín, ya se nos confiaban algunos pequeños recados tales como el de acudir durante cierto tiempo, todas las tardes a buscar la leche de cabra "para el delicado Titiño", naturalmente, que nos suministraba aquella vieja pastora que conocíamos como "Ramona la de las cabras" y que residía en la cercana aldea de Casasnovas.
Los dos gemelos, muy ufanos por la confianza depositada en nosotros, entre juegos continuos y cabriolas, carreras y sofocos llevando unas veces el uno y otras el otro la botella de vidrio de a litro para recoger la leche, hacíamos el recorrido de unos dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en un santiamén recorriendo la "corredoira" de La Camposa, bordeando los prados de el Naval, por la corredoira de Pazos y el Cabo y subíamos la cuesta de La Esparela que luego descendíamos raudos por su otro extremo para, cruzando algún agro y dejando a un lado la pequeña iglesita parroquial de Rairiz llegar a la caseta y cuadra de la dicha Ramona, asistir en alguna ocasión, emocionados y felices al mismo hecho del ordeño, recoger la espumosa y aún cálida leche y regresar por la misma ruta a la casa de la abuela en la Camposa, junto a la "fonte de baixo".
Pues bien, una mañana de principios de verano, y puntualizo ésto porque era la época de las cerezas en sazón, partimos mi gemelo y yo dispuestos a cumplimentar tan importante encargo. Pero, claro, jugando, peleándonos entre nosotros mismos, escondiéndonos el uno del otro de cuando en cuando, tirándonos puñados de tierra, etc.
En aquella ocasión yo me ofreciera a Fernando para enseñarle un nuevo camino para llegar a Casasnovas más pronto; un atajo, vamos, que me había enseñado algún lugareño en fechas inmediatamente anteriores.
Y hubo un momento en que, mi gemelo a mis indicaciones caminando algunos pasos delante en demanda de la nueva ruta a seguir, llegados a lo alto de aquel frondoso bosque que era el de La Esparela, el que, por cierto, muchos años después iba a inspirarme para escribir la novela corta titulada UN EPISODIO DE LOS TIEMPOS CELTAS que tantas satisfacciones me ha proporcionado, yo que portaba la botella vacía para transportar la leche, que era de aquellas de vidrio verdoso y singular forma cuadrada con que se suministraba el jarabe o vino tonificante "Sansón", eché a correr Esparela abajo, por el terreno en pronunciado declibe, gritando alborozado que "¡Te engañé, te engañé!... ¡Que no es por ahí, que es por aquí!".
Pero, ¡ay de mí!, de improviso, o yo no la ví o ella, una retorcida y rugosa raiz de cualquiera de aquellos frondosos árboles, se interpuso en mi carrera, lo cierto es que tropecé, dí con mi cuerpo en el suelo, la botella al caer se rompió en añicos y uno de ellos se me incrustó en plena frente, haciéndome un regular corte del que inmediatamente comenzó a fluir la sangre.
La ira de mi gemelo al saberse allí engañado fue de inmediato suplida por una aterrada y llorosa solicitud y aún intentó contener la hemorragia con algunas hierbas, con hojas caidas de los castaños y con su propio pañuelo.
Y yo barreando como cerdo en día de matanza, asustado además, igual que mi gemelo, de las posibles consecuencias de la rotura en mil pedazos de la útil botella, regresamos a casa sin cumplir el encargo y por ello acaso más llorosos y gritones todavía.
Pero mi gemelo no fue acusica, nada dijo de mi engaño para con él y aún cuando mis otros hermanos, que estaban cogiendo cerezas en un cerezo próximo a nuestra minúscula era y acaso un tanto celosos de que por unos momentos fuse uno de los gemelos el centro de la atención y el afecto de mamá y abuela que después del primer momento de susto se afanaron en restañarme la herida y con mimo y algún pequeño agasajo intentaron callar mis desaforados lloros, pretendieron señalarnos como que eramos unos juguetones irresponsables y que por jugar habíamos roto la valiosa y bien útil botella, Fernando, digo, se defendió y me defendió con denuedo, como siempre, que para eso éramoslo que se dice "uña y carne".


CONFUSIONES DE IDENTIDADES
Confusión de identidad y posible telepatía a larga distancia entre los gemelos nos ha ocurrido en alguna ocasión.
Tal ha sido el parecido físico y anímico entre mi hermano gemelo y yo, casi siempre vestidos idénticos, sobre todo en nuestra época de niños y de adolescentes residiendo sucesivamente en La Coruña, luego en Chaín, Curtis y Ribeira que fácilmente se nos confundía.
De hecho, fue notable nuestra aportación, vestidos de circunstanciales monaguillos en algún acto religioso en Curtis en que pudimos hacer la pareja ideal para portar los faroles o los ciriales a ambos lados del que portaba la cruz, que alguna vez fué nuestro hermano Alberto, en procesiones y otros acontecimientos parroquiales. Aún acuden de cuando en cuando a mí las estrofas de aquella cancioncilla allí aprendida que decía:
Somos de la parroquia,
los monaguillos, los monaguillos;
que sacudimos las perras
de los cepillos, de los cepillos.
.............................
Si hay un bautizo o una boda,
pobre padrino, pobre madrina;
pues se encuentra a un monago,
en cada esquina, en cada esquina.
En alguna ocasión que ahora no recuerdo pero que muy bien es de suponer que hubo, Fernando me habrá sustituido a mí. Y yo le he suplido más de una vez a él, siempre con éxito, tanto en pequeñas aventuras escolares como de juegos o de "chicoleo" con amiguitas de la misma o parecida edad.
Cuando, por ejemplo, en Ribeira él rondaba a una linda mocita y una determinada tarde dominical que había logrado quedar con ella para ir juntos al cine, nuestro padre, como ocurriera y ocurriria en muchas otras ocasiones lo "arrestó" a no salir de casa en aquella jornada y, al contrario, dedicarla a partir leña en el patio de nuestra casa de La Mámoa y que era el imprescindible combustible de la vieja cocina económica o "de Bilbao".
Temía Fernando, incipiente donjuan que si no cumplía con la cita que le había resultado bastante laboriosa de lograr se iria al traste su iniciado romance; que, por cierto, luego resultó como tantas otras veces, completamente pasajero dada la volubilidad de ambos protagonistas.
Bien aleccionado yo, tanto en lo que debía de decir como de hacer, pero rogándoseme con un principio de desconfianza que no tratase de propasarme, supe yo suplantarlo con tanta verosimilitud que creo que nunca llegó a saber de aquel provisional cambio la jovencita.
Pasados los años, separados ambos por las circunstancias de la vida en sí, yo me casé en las islas Canarias con una canaria y cuando ella, Margarita, conoció en Galicia a los míos, se confundió una y varias veces con mi hermano gemelo Fernando, tomándolo por mí.
Y cuando ya nació nuestra primogénita y el matrimonio con ella llegamos a Vigo en barco, Fernando nos esperaba en el muelle y Margot, que ya contaba casi un año de edad, retozaba en blos brazos maternos y al ver a mi gemelo en tierra, frente a ella y acercándose a medida que el navío atracaba y la llamaba por su nombre, lo saludaba a su vez con parloteos y gorgoritos de "¡ Papá!...¡Papá!" y gracioso movimiento de manos, creida, naturalmente, que era yo. En tanto que otros pasajeros se admiraban y, sobre todo un matrimonio italiano que viajaba con nosotros y no se cansaban ambos de exclamar en el colmo de la admiración algo así como "¡Fratelo llemelo!...Maraviloso", yo, pasados unos minutos toqué a la niña en un hombro buscando su atención pra que me mirase, diciéndole
_ ¡Cacó!... Papá soy yo; mírame.
La niña me miró, miró al Fernando sonriente enfrente, arrugó el ceño, hizo unos pucheritos fruniendo cejas y los labios y rompió a llorar con desconsuelo, abrazada al cuello de su madre porque no entendía lo que estaba viendo.
Y, ciertamente, costó bastante trabajo para que dejase entonces de confindirnos a padre y tío.
Y, años más tarde, con nuestro hijo Carlos ocurrió algo parecido porque, niño bastante retraído cuando pequeño, ya en la crianza no consentía de buen grado que se le suministrase la papilla a cucharadas si no éramos su madre o yo; y, sin embargo, por confundirnos, aceptó que Fernando lo hiciese en mi lugar sin ofrecer resistencia alguna.
Fuera del estricto ámbito familiar ocurría en numerosas ocasiones lo mismo. Yo terminé por acostumbrarme a que cuando me desplazaba a Galicia, en el entorno afectivo y familiar muchas veces se me saludase, se me hablase tomándome por Fernando y ya ni trataba de deshacer el error, salvo que fuese precisa la debida identificación, naturalmente.
Cuando a principios de los años sesenta en Canarias solicité el perceptivo permiso de conducir, despues de haber efectuado con éxito las pertinentes pruebas teórico prácticas de aptitud que me capacitaban para ello, en la agencia que me gestionaba el asunto, me llamaron cierto día y se me reprochó el que solicitase el dichoso carnet si, según las oficinas centrales de tráfico yo ya lo poseía. Yo protesté de aquella tonta suposición y me mantuve en que aquello tenía que ser un error burocrático administrativo, por lo que en Tráfico, si bien me atendieron en la reclamación, insitieron en que yo, de tales y tales apellidos, hijo de Cándido y de Mercedes, nacido en La Coruña en tales y tales fechas ya tenia carnet de conducir. Bueno; había en la correcta información un solo pequeño detalle o despiste que no concordaba con el resto. Que en el nombre, en lugar de Carlos decía Fernando.
¡ Acabáramos, hombre !... Mi hermano Fernando era el que ya disponía de el dicho carnet de conducir y no yo.
Pero aún hay más. En La Coruña, gentes de Canarias que me conocen y tratan, han confundido a mi hermano gemelo Fernando con migo sin ninguna dificultad. En cierta ocasión la esposa de un amigo nuestro lo saludó y abrazó en plenos Cantones coruñeses y bromeó con él tomándolo por mí, hasta que se deshizo el entuerto.
Y a mí, en plena calle Mayor de Triana, estando crioseando los escaparates de la librería Rexach cierta vez una joven y desconocida damita medio me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas en tanto que su acompañante, un apuesto oficial del ejército me saludó con un frío y distante "¡ Hola, Platero !"; aunque, después de haberse mantenidio por unos instantes de sabor sainetesco el equícoco, yo, advertido de la confusión, hube de enseñar mi documento de identidad para que la pareja se convenciese de que se había confundido de persona, con claro desencanto de ella que se quedó algo cortada y ruborosa y sin embargoél más distendido y amable medio acabó insinuando que Fernando alguna vez en La Coruña habhía sido causa de algún asomo de celos, aunque a decir verdfad la cosda no había pasado jamás a mayores. Eso creía él al menos, dijo.
En el año de 1979, viajando Fernando con su socorrido Seat 600 y en el desempeño de su profesión de Agente Comercial por Burgos en una jornada de nieve, hielo y frío sufrió un terrible accidente de circulación que le pudo costar la vida y le significó que hubiese de convivir para los restos con una placa de plata colocada en un frontal de su cráneo. Pues, tan solo unos días antes yo, en Canarias, tuve un accidente laboral del que escapé milagrosamente sin secuelas posteriores.
Ciertamente que al igual que nuestros otros hermanos, posiblemente por herencia paterna, nos quedamos calvos y encanecimos siendo relativamente jóvenes ambos gemelos.
En la época de la edad madura, la propia de empezar a perder la dentadura, nos ocurrió a los dos casi al mismo tiempo pero, además, por causa de una especie de piorrea seca, tan solo la dentadura de la mandíbula superior.
De unos años para acá, tanto Fernando como yo venimos padeciendo una cierta insuficiencia cardíaca derecha que hace que se nos hinchen los tobillos con mucha frecuencia y se nos ha extendido en ambas piernas una característica mancha como de color de pulpo, clara muestra de dicha insuficiencia, por lo que yo al menos he de llevar siempre correctoras medias elásticas, que a él se le habían recomendado también.
Aunque Fernando, como más crédulo de la Astrología que yo, siempre dijo que, como "Piscis" que somos, nuestros mayores males nos tendrían que venir por los pies. Ciertamente, siempre los hemos tenido como la parte más delicada de nuestros cuerpos. La suprema gravedad mortal, a él sin embargo le ha venido por desgracia a través del pulmón.

EL CASO DE ARENCIBIA Y LOS GEMELOS
Uno de los muchos equívocos que en nuestra vida hemos ocasionado los gemelos fue el ocurrido con mi amigo Arencibia y Fernando.
Arencibia es un veterano compañero mío de tareas laborales de mantenimiento de Aeronaves en la Base Aérea de Gando. Militar él y civil yo, al que conocí ya al poco tiempo de mi llegada a estas islas Canarias, hace la tira de años, como dice ahora la juventud.
Pues bien, hace ya algún tiempo, siendo el amigo Arencibia teniente del Ejército del Aire y como especialista, mecánico de vuelo, destinado entonces circunstancialmente por las Bases Aéreas de Salamanca o de León o algo así, en un determinado servicio formó parte de la tripulación de un avión, creo recordar que de los conocidos en la jerga aeronáutico como los "apagafuegos" que hubo de sdesplazarse en servicio al aeropuerto coruñés de Alvedro permaneciendo allí varioas jornadas. Por lo que, en una bonacible mañana primaveral él y dos miembros más del equipo se acercaron a la ciudad en la que "nadie es forastero" y al estar paseando por la Calle real, junto a su intercesión con Los Cantones ocurrió que delante de ellos, como casi siempre muy peripuesto y un tanto despistado caminaba mi hermano Fernando, al que Arencibia, como no podía ser menos, confundió conmigo aunque hacía ya algún tiempo que no nos veíamos. Y en tono coñón, sin alzar para ello mucho la voz, llamó:
_ ¡ Pss, pss !... Platero.
Y Platero volvió la cabeza; aunque, extrañado no vió a nadie conocido en las cercanías, por lo que continuó su espaciado paseo.
_ ¡ Pss, pss !... ¡ Plateeero !
Fernando se paró en su caminar. Se volvió de nuevo. Observó a aquel hombretón de mediana edad que le pareció le sonreía y, claro, dijo lo clásico en tales ocasiones
_ ¿Es a mí?...
_ Pues claro, Platerito. Coño, ¿ que pasa ?... ¿Que como estás en tu tierra y en tu ciudad ya no conoces a nadie?
Mi gemelo estrechó la mano que se le tendía y aún las de los otros dos hasta entonces silenciosos acompañantes de aquel hombre que tan campechano lo saludaba porque sin duda se conocían, pero al que no lograba reconocer de entre por otra parte sus muchas amistades.
No obstante Fernando aceptó riendo la sugerencia de tomarse por allí cerca, en la calle de Los Olmos y luego en la de La Galera unos vinitos "de esos tan buenos de tu tierra y en taza".
Y en tanto se encaminaban a uno de los muchos bares de aquellas concurridas calles, Fernando se estrujaba la mente intentando en vano identificar a aquel jovial individuo. Hasta que Arencibia, tomándolo del brazo ante uno de aquellos lustrosos mostradores le dijo algo así como que "¡ Anda que si cogemos esta calle llena de bares en Gando!" y se reía.
Algo como una luz de comprensión se le encendió dentro a mi gemelo.
¡Gando!... Por mí, sabía donde estaba Gando y lo que significaba. Aquel hombre que al hablar seseando con un acento diríase que sudamericano, no pronunciaba las ces ni las cetas, era un canario, y conocido, y a lo que se advertía, también amigo de Carlos que entonces estaba destinado en la Base Aérea de Gando, en la isla de Gran Canaria.
Cuando explicó la confusión habida, ante el jolgorio de sus acompañantes, el amigo Arencibia al principio aún creyó que era una broma de aquel al que juraría que era yo, pero hubo de rendirse a la evidencia cuando mi gemelo, como en anteriores ocasiones parecidas, acabó enseñando su propio DNI.
Como bien es de suponer, una vez deshecho el entuerto o gracioso equívoco, prosiguió más alegre y barullero el tasqueo, que bueno era mi hermano Fernando y posiblemente también Arencibia para renunciar a ello en aquella jornada de asueto.
Y en cuanto Arencibia retornó a Canarias y tuvo ocasión de verme, me contó la anécdota, que Fernando hubo de refrendar posteriormente.

LO ULTIMO DE EQUIVOCOS DE MI GEMELO Y YO
En anteriores anotaciones de estas mis ocurrencias vivenciales he dejado constancia de alguna de las muchas que con respecto al parecido habido siempre entre mi hermano gemelo y yo nos han sucedido.
Las últimas, y digo bien cuando digo aquí las últimas, es de suponer que sean las referentes a lo sucedido en derredor de su casi repentino fallecimiento.
Confieso que aún sin dentro de mí querer asumir en plenitud la tremenda realidad, en el pasado mes de febrero, justo cinco días antes de ambos cumplir años, llamado con toda urgencia por mis otros hermanos hube de recorrer en raudo vuelo de más de dos mil quinientos kilómetros, con forzosa escala en Madrid la distancia que separa a Canarias de Galicia y me presenté en la vivienda familiar de "As Pedregueiras" en que mi hermano gemelo estaba esperándome de cuerpo presente para ser enterrado al siguiente día. Llegué compungido, embargada mi alma de dolor, de una absoluta y amarga tristeza y dispuesto en mi fuero interno a perocurar no ver con mis hojos aquel cuerpo ya cadáver con la rigidez de la muerte, aquel rostro que se iba tornando marmoleo y que era como un reflejo del mío, como mi sosias, al decir de las gentes que nos conocieron.
Ciertamente, dado como estaba amortajado y cubierto por un transparente cristal, pese a mi propósito no puede evitar unos sollozos salidos del alma al contemplar aquellas facciones que hasta con la barba entrecana se me asemejaban de manera extraordinaria.
Ya más calmado, resignado y embargado por la emoción, después de musitar allí mismo una oración por su alma, comencé a darme cuenta de que, una vez más se nos confundía, en esta ocasión al vivo con el muerto y viceversa.
Todavía yo un tanto aturdido y dominado por la emoción del momento, en el porche de la entrada contemplaba la amplia panorámica del paisaje de verdor, pinos y prados que se extendía a mi vista, tan familiar siempre a pesar de los muchos años de ausencia, cuando un joven, para mí totalmente desconocido despues de abrir la ancha cancela metálica de acceso a la finca, se acercó a grandes zancadas, se detuvo de pronto, me miró sorprendido, me saludó con un murmullo ininteligible y ante mi gesto ausente, carente de reconocimiento pasó raudo a mi lado y, según luego se me contó, se adentró por el pasillo hasta la gran cocina en que mi hermana Elena y Rosa la asistenta procuraban atender lo mejor posible a algunas personas amigas que acudieran ya para acompañarnos en el duelo; y prenguntó, completamente asombrado y un tanto suspenso:
_ Pero, ¿ Y luego, yo no venía para el duelo de Fernando?...
- Pues claro que sí. -se le contestó.
Y el joven aquel con gesto de desconcierto repuso estupefacto.
- ¡ Pero si yo acabo de ver a Fernando ahí de pié, en la entrada!
La misma inicial estupefacción que reflejaron luego los rostros de otros vecinos y aún una de mis sobrinas, a pesar de que sabía bien que yo era yo y el fallecido el tío Lalo, el "chistero".
Y alcancé a verlo en los ojos, en la expresión primera, luego reprimida de algunas de las muy numerosas personas que nos acompañaron a mis hermanos y a mí tanto en el prolongado duelo como luego en el multitudinario acto del traslado del difunto al cementerio, en la misa de "córpore insepulto", en el triste trance final del enterramiento en si de mi gemelo en el panteón familiar de Rairiz, junto a su padre y a su madre, nuestros queridos y siempre recordados progenitores.
Y aún lo mismo o muy parecido sucedió al día siguiente en que una joven vecina amiga de la familia, ausente en las fechas inmediatamente anteriores, en cuanto se enteró del aciago suceso acudió rauda a dar su más sincero y doliente pésame; y que al divisarme cuando a los timbrazos acudía a abrir la puerta de entrada, con la particularidad añadida de que me había quitado en aquellos instantes las gafas que uso siempre, por lo que el parecido de los dos gemelos fue más notable a pesar de ser yo bastante más grueso que Fernando. Aquella joven señora, al verme frenó en seco sus apresurados pasos y por unos segundos su desconcierto y confusión fueron palpables.
Me coloqué de nuevo las gafas sobre la nariz y con cristiana resignación acepté el consabido saludo de condolencia sincera.
Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1999.