LA CALLE DE PÉREZ GALDÓS
Por Carlos Platero Fernández
Es curioso lo que ocurre en esta ciudad con respecto a la aplicación de distintos epónimos o aportadores de nombres a algunas de sus calles. Un ejemplo típico es el que concurre con la calle Pérez Galdós, localizada en el Distrito II de Triana, barriada homónima, que se abrió a finales del siglo pasado como prolongación de la historiada de San Francisco, actualmente General Bravo, hasta su confluencia con el Camino Nuevo o Paseo de los Castillos, hoy Bravo Murillo. El pueblo llano y sencillo que apenas lee algo más que periódicos y revistas deportivas y de las llamadas "del corazón", que nada sabe de nomenclátores ni de biografías de la mayoría de personalidades locales y foráneas que hayan tenido que ver con el pasado isleño supone, y si se le pregunta lo suelta sin más, que la rotulación de la calle Pérez Galdós es así por el escritor canario que se afincó en Madrid y allí vivió y murió; y si el interrogado conoce algo más de su biografía, más y mejor divulgada en estos últimos tiempos merced a la labor de personas de la cultura isleña como el profesor Alfonso de Armas, añade lo de que es el que se hizo famoso con unos nombrados Episodios Nacionales y distintas novelas, cuentos y obras de teatro. Pero muchos de quienes son o se tienen por intelectuales, cultos, con estudios, escritores, periodistas o artistas coinciden, y yo no sé por qué, al ser interrogados al respecto en afirmar que, en realidad, los tales conocidos apellidos se le aplicaron a la nueva vía urbana en honor a su hermano Ignacio Pérez Galdós (1835-1905) de profesión militar, que llegó a ser Capitán General de Canarias a partir del año de 1890, con residencia oficial en Santa Cruz de Tenerife.
Aquí es preciso el hacer un inciso aclaratorio pues, por el año de 1893, es decir, 10 años después de haberse rotulado oficialmente la calle dedicada a Benito Pérez Galdós, Ignacio su hermano de entonces 48 años era segundo cabo brigadier, destinado en el castillo santacrucero de San Cristóbal, sede del Gobierno Militar de Tenerife; desde donde, por cierto, ayudó cuanto pudo a los diputados y compromisarios políticos grancanarios el Viernes Santo del citado año, en un sonado episodio político social interinsular.
Y volviendo a que gran parte del ciudadano palmense supone que el nombre de esta historiada calle corresponde a este militar hermano del escritor, diré aquí lo siguiente:
¡Pues no señor!. Este error de interpretación ha sido escrito y publicado por distintos autores que de ello se hayan ocupado, aunque bien es verdad que otros, después de las investigaciones pertinentes, hayan acertado. Y la verdad es que ello ya había quedado nítidamente reflejado en el acta del Ayuntamiento de Las Palmas, de fecha de 5 de octubre de 1883 en la que, en uno de sus apartados se dice textualmente: "Acto seguido y teniendo en consideración la Excma. Municipalidad que carezca de nombre la nueva calle prolongación de la de San Francisco cuyo empalme con la carretera del Norte se ha de verificar en breve se acordó unánimemente denominarla "Pérez Galdós" en honor al eminente novelista hijo de Las Palmas y gloria de la literatura patria". Si después se ha rectificado ésto, yo ya no lo sé. Calles próximas o paseos como el de Tomas Morales se abrieron al público y rotularon más de medio siglo después.
Casi al comienzo de esta calle se alza el palacete decimonónico que uno de los hermanos Rodríguez Quegles, Domingo, mandara construir como promesa hecha a la que luego fue su esposa y que, reformado o convenientemente restaurado, en los últimos tiempos ha acogido de forma provisional al Conservatorio de Música, antes de su instalación definitiva en la cercana calle de General Bravo, esquina a la de Maninidra, edificado en el solar del antiguo convento y luego cuartel de San Francisco.
En la calle Pérez Galdós, hoy convertida en peatonal con su piso adoquinado seudo primitivo, estuvo instalado, entre otros edificios notables, el asilo de ancianos de Las Hermanas de los Desamparados e iglesia adjunta, más conocido como el Asilo de Nuestra Señora del Pino, hasta su traslado a las nuevas y acogedoras dependencias que se alzan cercanas a la entrada de Tafira Baja. Había sido construido el señero edificio según los planos del arquitecto Laureano Arroyo que se presentaron al Ayuntamiento por el año de 1893 pero que se vino a terminar en el de 1923. Hoy en día, muy reformadas o transformadas sus estructuras internas lo ocupan las dependencias del Centro Insular de Cultura dependiente del Cabildo.
Y en su confluencia con la calle de Bravo Murillo, conveniente será el recordar que se alzan sendos edificios característicos del estilo arquitectònico racionalista en las islas introducido, entre otros por los arquitectos el grancanario Miguel Martín Fernández de la Torre y su colaborador y cuñado el alemán Richard von Oppel; el uno el palacio del Cabildo Insular de Gran Canaria entre los años de 1938 y 1940, y el otro, la vivienda unifamiliar particular frontera.
También en esta calle dedicada al insigne escritor grancanario, esquina a la de Buenos Aires estuvieron las instalaciones del "Diario de Las Palmas" desde el año 1902 hasta el de 1939. Haciendo esquina a la calle de Perdomo en esta de Pérez Galdós se construyó la iglesia-convento de San Antonio de Padua o "de los franciscanos de Las Palmas", comenzando las obras en el año de 1947 merced a las limosnas y donativos de los fieles y parroquianos e inaugurándose y bendiciéndose de manera oficial el 13 de junio de 1956
Y, en fin, según en su día informó el investigador José Rivero al comentar sobre los principios del juego del golf en Gran Canaria, la tradición oral recogida por los más viejos o antiguos jugadores isleños se situaban las primeras reuniones de los entusiastas golfistas de Las Palmas en el Club Inglés, una institución ubicada allá por la década de los años ochenta del siglo XIX, en una casa situada precisamente en la incipiente calle Pérez Galdós.
LA CALLE DE PEROJO
Por Carlos Platero Fernández
Calle localizada en el Distrito III de Arenales, por la Barriada de Canalejas.
En el año de 1900 en la ciudad de Las Palmas que urbanísticamente se desbordaba por su parte norte más allá de los restos de la vieja muralla defensiva sobre lo que se trazara la calle de Bravo Murillo, ya se iba conformando el futuro distrito de Arenales que comprendía el barrio de la Plaza de la Feria con la finca de Los Tarahales, las huertas diversas, portón de El Bosque, calles y callejones de Cebrián, Murga, Los Perules, Sagrado Corazón de María y transversal de la misma y Cercados o Vega de Los Arenales casi a la vera de la marea del litoral por el este.
Por fechas de 1905 ya se proyectaba el urbanizar la finca rústica denominada Los Tarahales en los documentos de la época, comprendida en esta concreta zona del extrarradio que se conocía popularmente como Fuera de la Portada y que se componía de tierras de labranza, cuadras para ganado ovino y cabrío y algunas casas-viviendas por allí diseminadas, entre las que se contaba la de María García Valladares con una de sus alas dando a la ya citada calle de Bravo Murillo o paseo de los Castillos.
En dicho proyecto firmado por el arquitecto municipal Fernando Navarro se disponía que el ancho de la calle designada de manera provisional con la letra "e" y era la trazada como continuación de la frontera calle de Viera y Clavijo tuviese el mismo ancho que ésta, al menos hasta..."su salida sobre la prolongación de la de Cebrián" y asimismo interrumpir en la encrucijada subsiguiente los cuadrantes de las calles ascendentes para que todos quedasen al mismo nivel; y también se disponía que las casas-viviendas que en esta calle se alzasen deberían de ser, por lo menos de dos pisos. El inicial proyecto se vió mermado porque el Ayuntamiento no llevó a cabo algunas de las expropiaciones precisas de terrenos y edificaciones rústicas a los vecinos y terratenientes afectados.
En aquellos años de principios del siglo XX la idea expuesta en distintos planos y documentos municipales era la de llegar las dos calles proyectadas, "d" y "e" que muy luego se iban a rotular como de Canalejas y Perojo respectivamente, hasta la misma Plaza de la Feria; lo que si se realizó al fin con la una pero no con la otra, la "e" que quedó truncada en su avance o desarrollo por una especie de callejón o servidumbre más tarde identificada como de Núñez de la Peña y, sobre todo por la oposición de los habitantes de la antigua "ciudadela", "corral" o "portón" conocido como la calle Bosque, que todavía subsiste. En el extremo allí originado se conformó una reducida plazuela de traza triangular, de uno de cuyos vértices arrancó la calle de Pedro de Vera.
Tales han sido los orígenes de esta calle que poco después del año de 1908 fue rotulada con el nombre del político Perojo. Y de la plazuela en que se remató la nueva vía urbana, que al principio se la consideró como prolongación de ésta y veinticinco años después fue dedicada al religioso Padre Hilario.
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PLAZA DE DON BENITO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito VI de Schamann, por la Barriada del mismo nombre, es la plaza por excelencia dedicada al genial escritor grancanario, de renombre universal Benito Pérez Galdós.
Por el año de 1920 gran parte de la zona de la futura ciudad Alta era una simple lometa, erial desértico en declive, de piedras, cantos rodados y tierra rojiza con escasa vegetación compuesta de tabaibas, cardones, aulagas, tuneras, etc., recorrida de lagartos. Y Apenas transitada. Y el resto estaba recubierto de tomateros y algunas plataneras que se llegaban a las fincas de Joaquín Apolinario por Las Rehoyas.
La barriada de Schamann, ya desde las dos primeras décadas del siglo XX, siguiendo para ello un plan o idea modernista, hubo de tener el embrión de su origen al pretenderse urbanizar el sector como un complejo turístico residencial y de ocio inglés según proyecto de Constant Martín de 1910 que se malogró, revertido luego en una "Barriada de Carló" que tampoco prosperó, por lo que su postrero dueño y promotor Juan Bautista Carló Guersi vendió los terrenos al comerciante grancanario descendiente de suizos Alfredo Schamann; el que, en definitiva fue el epónimo del lugar. Los terrenos comprendidos entre los barranquillos de Don Zoilo y de Viera, el paseo de Chil y las Rehoyas Bajas junto a la incipiente barriada de San Antonio se fueron vendiendo en pequeños lotes, muy poco a poco pues por lo general no seducían a nadie aquellas tierras rojizas, pedregosas y polvorientas escasas de agua; aunque, ya a partir de los años treinta fueron surgiendo algunas viviendas modestas y aisladas en su parte más alta, cercanas a “los estanques de barro” de la cabecera del barranco de La Ballena y Cuevas Torres.
El barrio alto de Schamann en sí comenzó a conformarse realmente a partir del año 1943, cuando lo del Mando Económico de Canarias. En poco más de seis meses y sobre la cresta de una ladera que descendía hacia el contiguo barrio de San Antonio, con hermosas vistas a la ciudad y al mar, en un novedoso estilo eclético y racionalista lo que se denominó barriada del Generalísimo Franco o Casas de García Escámez, con colegio y mercados públicos y que entregó a sus usufructarios el propio Capitán General García Escámez el 15 de marzo de 1945. Y, a partir de la década de los años cincuenta fue cuando, comprendida dentro de una novedosa “arquitectura de turismo” se edificó la iglesia de Schamann bajo la advocación de Ntra. Sra. de los Dolores, decorada entre los años de 1958 y 1959 por el gran pintor-muralista de Tamaraceite Jesús Arencibia. Y fue a partir de entonces cuando con la construcción de edificios emblemáticos de su entorno, por los años sesenta se creó y bautizó la Plaza de Don Benito, refiriéndose al eximio escritor grancanario.
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PLAZA DEL PADRE HILARIO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito III de Los Arenales, Barriada de Canalejas.
En cuanto a esta plazoleta que al principio se conoció como de Perojo pero que luego, veinticinco años más tarde, o sea, en el año de 1933 se rebautizó con el nombre de el Padre Hilario (que algunas gentes aún confunden con un anónimo o seudo Padre Hidalgo), con dicha nueva rotulación se quiso indudablemente el honrar al religioso misionero del Inmaculado Corazón de María Hilario Brososa que por el año de 1880 llegó a Las Palmas en compañía del también misionero José María Prim y ambos estuvieron residiendo durante unos seis años en el Seminario Conciliar, dedicando todos sus afanes, unas veces a predicar misionando por toda la isla siguiendo los surcos sembrados por el beato Padre Claret años atrás, y otras a crear en el mismo seminario o en sus aledaños una escuela de enseñanza gratuita para los niños isleños pobres que ellos mismos solían recoger de la calle con mucho cariño y gran habilidad. Sin embargo, parece que aquellas labores socio-religioso-docentes no llegaron a agradar al entonces gobernador eclesiástico de la diócesis José López Martín que, en ausencia del obispo Pozuelo echó a ambos de aquellos locales. Los dos misioneros, pesarosos por el trato recibido decidieron regresar a la Península Ibérica pero, ocurrió que al despedirse de las gentes canarias que los admiraban y aplaudían en su benemérita labor, de entre ellos un comerciante local llamado Juan Ramírez López y apodado "El Manco" no solo les animó a que desistiesen de su partida y se quedasen sinó que aún les facilitó unos solares y una casa que había construido hacía poco en pleno barrio de Los Arenales para que aquí continuasen con su digna obra.
Y teniendo como firmes benefactores a personas canarias pudientes y de gran corazón cuales el citado comerciante José Ramírez y el político José Franchy Roca, fue el propio Padre Hilario el que, sin abandonar su principal labor de enseñanza gratuita acometió la tarea de construir una iglesia y un amplio edificio que iban a regir en adelante los "padritos" misioneros creados por el beato Padre Claret.
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23 de septiembre de 2008
EL PERIMETRO DE LA CIUDAD DE LAS PALMAS A FINALES DEL SIGLO XVI
Por Carlos Platero Fernández
Como ya es bien sabido, alrededor del día 24 de junio del año 1478, el capitán castellano Juan Rejón, después de haber desembarcado con sus tropas, se dice que por la bahía del Confital y concretamente por el Puerto del Arrecife, haber oído mañanera misa en las playas de Las Isletas, rocerrer los arenales bordeando las dunas y, en fin, despues de haber pernoctado en la ladera oriental de la montañeta de San Francisco, atravesó el cauce del riachuelo Guiniguada y, se dice que milagrosa o sabiamente aconsejado, levantó lo que fue campamento militar fijo, cerca de la costa, en un altozano recubierto de profusa vegetación entre la que descollaban tres airosas palmeras, por lo que a aquel blocao hecho de tapiales y maderos, recinto atrincherado, con un torreón de defensa y almacen de ármas y víveres se le denominó El Real de las Tres Palmas. Que desde el final de la conquista de la Gran Canaria, el embrión urbano del caserío formado fue la Villa del Real de Las Palmas y, a partir del año 1515, la Muy Noble y Leal Ciudad de Las Palmas, como rezó en el escudo heráldico oportuno.
Después de aquel comienzo, con el primer reparto de tierras y aguas efectuado por Pedro de Vera al finalizar la conquista, el incipiente casco urbano se fue desarrollando pronto alrededor de una sencilla ermita levantada en honor de Santa Ana y que muy pronto pasó a denominarse de San Antón, bajo la advocación de San Antonio Abad, al iniciarse los cimientos de la futura Catedral de Santa Ana o iglesia del Sagrario a la vera de la plazuela de Los Alamos, que con el tiempo ha desaparecido a causa de diversas reformas y urbanizaciones de la zona. Y la futura ciudad empezó a conformarse a ambos lados del Guiniguada, primero en la loma de las palmeras y luego por la vega adyacente que se extendía hacia la montaña de Santo Domingo y que se conoció como La Vegueta de Hernán de Porras, en donde pasó a residir la nueva nobleza o aristocracia de los conquistadores, los mercaderes y la curia eclesiástica, tales como los Fontana, Vega, Lezcano, Cerpa, Padilla, Mujica, Peñalosa, Pello, Riberol, Sotomayor, Vachicao, Vera, etc. Y, salvando el cauce del anchuroso barranco, ya a principios del siglo XVI, el nuevo barrio de Triana, más modesto, ocupado al principio tan solo por los religiosos y servidores del monasterio de San Francisco y un grupo de labradores y marineros que, parece ser, eran de procedencia andaluza.
Según el primer plano que se conoce de la ciudad de Las Palmas, confeccionado por el ingeniero italiano Leonardo Torriani alrededor del año 1590, el perímetro urbano de entonces era, poco más o menos, delimitado por una línea imaginada que, arrancando en la zona de Triana desde la entonces salida al mar de la calle hoy conocida como de Constantino en la costa Este, siguiera hacia el Sur por lo que actualmente es la calle de Francisco Gourié y, cruzando la desembocadura del barranco girara levemente hacia el SE y llegara a un antiguo reducto de defensa localizado por donde hoy es la zona oriental del Mercado de Vegueta, siguiendo la actual calle del Alcalde Díaz Saavedra y entrando en la Avenida Marítima del Sur hasta llegar al final de la muralla Este del Colegio de los Jesuitas, doblando allí hacia el Oeste, hasta donde está la clínica de San Roque y luego, otra vez hacia el Sur y SO hasta la calle de Diego A Montaude, a seguir en todo su recorrido, doblando al final en dirección Norte hasta la confluencia de las calles de Hernán Pérez con Toledo y desde allí, por la parte trasera de la iglesia de Santo Domingo, hasta la confluencia de la calle actual de Sor Brígida Castelló con la de Sor Jesus, por la Portadilla de San José y, girando una vez más pasando por donde se alza el Hospital de San Martín y lo que es la calle Jordán salir al Guiniguada por el extremo Oeste de El Toril con nuevo giro aquí hacia el Este y, poco antes de llegar a la calle de Doramas, cruzar otra vez el cauce del barranco frente al Terrero, a la altura de la actual calle del Párroco Artiles, llegándose hasta la bajada de San Nicolás y descender hasta más abajo de San Justo para girar una vez más a mitad de la calle aproximadamente en la misma dirección que la calle del Doctor Déniz, bordear el campanario del antiguo convento de la iglesia de San Francisco y por los terrenos del actual Conservatorio llegar a la calle Maninidra, girar hacia la de General Bravo y seguirla hasta pasar San Bernardo y entrando en la de Pérez Galdós descender por lo que es actualmente la calle de Perdomo y con breve giro hacia el Sur acabar enlazando con la calle Constantino en su extremo occidental. Perímetro que ciertamente muy poco se alteró en las centurias siguientes, hasta mediados del siglo pasado.
En principio, tan solo dos murallas defendían a la incipiente ciudad. La de la parte Norte, que, arrancando e un torreón con pequeña plataforma para la posible artillería, que bajaba desde la montaña de San Lázaro al Oeste, hasta el mar, por lo que se conoció como el Charco de los Abades, con un trazado igual a la actual calle de Bravo Murillo, con una gran portada de acceso a la altura del comienzo hoy del Parque de San Telmo, rematada en un torreón que se denominó luego como de Santa Ana. Y la muralla del Sur, levantada por órden del Gobernador Melgarejo alrededor del año 1530 y fue reconstruída en 1565 por el Capitán General Alonso de Ávila y Guzmán, que arrancaba en lo que hoy se conoce como Placetilla de los Reyes, en Vegueta, conocido al principio el paraje como el Campo del Quemadero y también alguna vez como el de La Cruz de la Horca y que acababa en la marina pedregosa, aproximadamente a la altura del terreno en que se enclava el cementerio Municipal de Las Palmas, con las Portadillas de Los Reyes y de San José donde se iniciaban los tortuosos caminos de herradura que conducían al Sur, posteriormente, aquella muralla se llegó hasta la Montaña de Santo Domingo al Oeste. Y aquellas dos toscas murallas de apenas tres metros de altura y no mucho grosor fueron durante varios siglos las que en verdad marcaron a uno y otro lado los límites urbanizados de la ciudad. Además, desde finales del siglo XV, construido entre los años de 1492 y 1494 bajo el mandato del general gobernador Alonso Fajardo, a unos cinco kilómetros al Norte de la ciudad existía un pequeño fuerte de planta cuadrada con plataforma para la artillería y cerca del cual había unas cuantas casas conocidas como las del Corral de Henríquez.
Allá por el año de 1599, la ciudad de Las Palmas estaba conformada por unas 58 calles, callejas, callejones, plazas y plazuelas, de las cuales más de un 10 por ciento, aunque identificadas, han ido desapareciendo por mor de diversas ampliaciones y reformas urbanísticas.
Por Carlos Platero Fernández
Como ya es bien sabido, alrededor del día 24 de junio del año 1478, el capitán castellano Juan Rejón, después de haber desembarcado con sus tropas, se dice que por la bahía del Confital y concretamente por el Puerto del Arrecife, haber oído mañanera misa en las playas de Las Isletas, rocerrer los arenales bordeando las dunas y, en fin, despues de haber pernoctado en la ladera oriental de la montañeta de San Francisco, atravesó el cauce del riachuelo Guiniguada y, se dice que milagrosa o sabiamente aconsejado, levantó lo que fue campamento militar fijo, cerca de la costa, en un altozano recubierto de profusa vegetación entre la que descollaban tres airosas palmeras, por lo que a aquel blocao hecho de tapiales y maderos, recinto atrincherado, con un torreón de defensa y almacen de ármas y víveres se le denominó El Real de las Tres Palmas. Que desde el final de la conquista de la Gran Canaria, el embrión urbano del caserío formado fue la Villa del Real de Las Palmas y, a partir del año 1515, la Muy Noble y Leal Ciudad de Las Palmas, como rezó en el escudo heráldico oportuno.
Después de aquel comienzo, con el primer reparto de tierras y aguas efectuado por Pedro de Vera al finalizar la conquista, el incipiente casco urbano se fue desarrollando pronto alrededor de una sencilla ermita levantada en honor de Santa Ana y que muy pronto pasó a denominarse de San Antón, bajo la advocación de San Antonio Abad, al iniciarse los cimientos de la futura Catedral de Santa Ana o iglesia del Sagrario a la vera de la plazuela de Los Alamos, que con el tiempo ha desaparecido a causa de diversas reformas y urbanizaciones de la zona. Y la futura ciudad empezó a conformarse a ambos lados del Guiniguada, primero en la loma de las palmeras y luego por la vega adyacente que se extendía hacia la montaña de Santo Domingo y que se conoció como La Vegueta de Hernán de Porras, en donde pasó a residir la nueva nobleza o aristocracia de los conquistadores, los mercaderes y la curia eclesiástica, tales como los Fontana, Vega, Lezcano, Cerpa, Padilla, Mujica, Peñalosa, Pello, Riberol, Sotomayor, Vachicao, Vera, etc. Y, salvando el cauce del anchuroso barranco, ya a principios del siglo XVI, el nuevo barrio de Triana, más modesto, ocupado al principio tan solo por los religiosos y servidores del monasterio de San Francisco y un grupo de labradores y marineros que, parece ser, eran de procedencia andaluza.
Según el primer plano que se conoce de la ciudad de Las Palmas, confeccionado por el ingeniero italiano Leonardo Torriani alrededor del año 1590, el perímetro urbano de entonces era, poco más o menos, delimitado por una línea imaginada que, arrancando en la zona de Triana desde la entonces salida al mar de la calle hoy conocida como de Constantino en la costa Este, siguiera hacia el Sur por lo que actualmente es la calle de Francisco Gourié y, cruzando la desembocadura del barranco girara levemente hacia el SE y llegara a un antiguo reducto de defensa localizado por donde hoy es la zona oriental del Mercado de Vegueta, siguiendo la actual calle del Alcalde Díaz Saavedra y entrando en la Avenida Marítima del Sur hasta llegar al final de la muralla Este del Colegio de los Jesuitas, doblando allí hacia el Oeste, hasta donde está la clínica de San Roque y luego, otra vez hacia el Sur y SO hasta la calle de Diego A Montaude, a seguir en todo su recorrido, doblando al final en dirección Norte hasta la confluencia de las calles de Hernán Pérez con Toledo y desde allí, por la parte trasera de la iglesia de Santo Domingo, hasta la confluencia de la calle actual de Sor Brígida Castelló con la de Sor Jesus, por la Portadilla de San José y, girando una vez más pasando por donde se alza el Hospital de San Martín y lo que es la calle Jordán salir al Guiniguada por el extremo Oeste de El Toril con nuevo giro aquí hacia el Este y, poco antes de llegar a la calle de Doramas, cruzar otra vez el cauce del barranco frente al Terrero, a la altura de la actual calle del Párroco Artiles, llegándose hasta la bajada de San Nicolás y descender hasta más abajo de San Justo para girar una vez más a mitad de la calle aproximadamente en la misma dirección que la calle del Doctor Déniz, bordear el campanario del antiguo convento de la iglesia de San Francisco y por los terrenos del actual Conservatorio llegar a la calle Maninidra, girar hacia la de General Bravo y seguirla hasta pasar San Bernardo y entrando en la de Pérez Galdós descender por lo que es actualmente la calle de Perdomo y con breve giro hacia el Sur acabar enlazando con la calle Constantino en su extremo occidental. Perímetro que ciertamente muy poco se alteró en las centurias siguientes, hasta mediados del siglo pasado.
En principio, tan solo dos murallas defendían a la incipiente ciudad. La de la parte Norte, que, arrancando e un torreón con pequeña plataforma para la posible artillería, que bajaba desde la montaña de San Lázaro al Oeste, hasta el mar, por lo que se conoció como el Charco de los Abades, con un trazado igual a la actual calle de Bravo Murillo, con una gran portada de acceso a la altura del comienzo hoy del Parque de San Telmo, rematada en un torreón que se denominó luego como de Santa Ana. Y la muralla del Sur, levantada por órden del Gobernador Melgarejo alrededor del año 1530 y fue reconstruída en 1565 por el Capitán General Alonso de Ávila y Guzmán, que arrancaba en lo que hoy se conoce como Placetilla de los Reyes, en Vegueta, conocido al principio el paraje como el Campo del Quemadero y también alguna vez como el de La Cruz de la Horca y que acababa en la marina pedregosa, aproximadamente a la altura del terreno en que se enclava el cementerio Municipal de Las Palmas, con las Portadillas de Los Reyes y de San José donde se iniciaban los tortuosos caminos de herradura que conducían al Sur, posteriormente, aquella muralla se llegó hasta la Montaña de Santo Domingo al Oeste. Y aquellas dos toscas murallas de apenas tres metros de altura y no mucho grosor fueron durante varios siglos las que en verdad marcaron a uno y otro lado los límites urbanizados de la ciudad. Además, desde finales del siglo XV, construido entre los años de 1492 y 1494 bajo el mandato del general gobernador Alonso Fajardo, a unos cinco kilómetros al Norte de la ciudad existía un pequeño fuerte de planta cuadrada con plataforma para la artillería y cerca del cual había unas cuantas casas conocidas como las del Corral de Henríquez.
Allá por el año de 1599, la ciudad de Las Palmas estaba conformada por unas 58 calles, callejas, callejones, plazas y plazuelas, de las cuales más de un 10 por ciento, aunque identificadas, han ido desapareciendo por mor de diversas ampliaciones y reformas urbanísticas.
22 de septiembre de 2008
el fenomeno saramago
EL FENOMENO SARAMAGO
por Carlos Platero Fernández.
El escritor portugués José de Sousa "Saramago" nació en la localidad de Azinhaga, por el Ribatejo, comarca del centro de Portugal, en el año de 1922.
Contó él mismo en alguna ocasión que lo de "Saramago" que usa como seudónimo es en realidad el apodo heredado de su padre y de la familia paterna; muy corriente por otra parte el aplicar sobrenombres a las personas en las zonas rurales del país lusitano.
En Portugal y en Galicia, como "saramagal", "saramagoso" y simplemente "saramago" es un topónimo bastante abundante por las zonas rurales. Y "saramago" tanto en tierras galaicas como lusitanas es el "jaramago" o "labertro" castellano y es vocablo que, dice el filólogo Corominas, proviene muy probablemente del árabe "sarmaq", armuelle, hortaliza suave, por las propiedades medicinales que se le atribuyen; una planta anual de porte herbáceo, que puede alcanzar hasta cerca de dos metros de altura y que en algunos casos contiene en sus hojas unas saponinas que estimulan el apetito, lasantes y diureticas y son muy apreciadas en la medicina popular campesina como espectorantes. De ella, una de sus especies es el jaramago, el saramago galaico-portugués, planta herbácea de flores amarillas, pequeñas, muy común entre las ruinas de edificaciones de piedra y los escombros; es decir, en lugares influidos por la presencia del hombre o los animales domésticos cuales las calles y callejas rurales, viejas plazuelas, tapias musgosas, estercoleros, etc. Al igual que en Potugal y Galicia en las islas Canarias, con los jaramagos se hace caldo o potaje, añadiéndosele aquí papas de la tierra en lugar de coles o rábanos.
Y aquí viene a cuento lo del título del presente escrito. Porque, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la eclosión de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de los lectores españoles hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, uno de los máximos galardones de las Letras a nivel universal.
Pero antes de intentar explayarme con el tema, como quiera que estas cosas que últimamente suelo escribir cual si fuese un divertimiento íntimo mío, no son dedicadas más que a contadas personas de mi entorno afectivo familiar y amical reconozco con cierto acento vanidoso que, a fuer de gallego y aficionado a la lectura de literatura gallega, suelo presumir de que algo sé de aquellas muestras iniciales de las letras gallego-portuguesas que, por ejemplo, aún no hace muchos meses, en Galicia y fuera de ella en ambientes de la cultura gallega se habló de sus comienzos, de la etapa brillante de las Cántigas recordada en el Día das Letras Galegas correspondiente a 1998, evocando a poetas del medievo como un Mendinho de algún renombre, Martín Codax el juglar vigués del siglo XIII y al trovador Xohan de Cangas: Y se habló también por entonces de los Cancioneiros de Ajuda de la Biblioteca Vaticana y de la Biblioteca nacional de Lisboa; de cuando las raíces de las lengua gallega y del idioma portugués procedentes del latín vulgar fueron las mismas, ambas caminaron por mucho tiempo juntas. Y también lo fueron al componerse las Cántigas de Alfonso X y en los principios de la épica lusitana presente en las Crónicas Breves de Santa Cruz de Coimbra y aún el original del Amadis de Gaula, que apareció en castellano por el año de 1508 pero que había sido relatado antes por los trovadores y compuesto primero en gallego.
Luego, ya a partir del siglo XIV comenzaron a observarse notables diferencias entre la decadencia de la lengua propiamente gallega que parecía como si se fuese estancando y la de la pujante nación portuguesa que se iba ya consolidando como idioma con características propias y continuaría en su evolución hasta llegar a ser el actual fluido idioma que por mor del pasado imperio marítimo portugués hablan actualmente doscientos millones de seres humanos. Se dijo en más de una ocasión que una de las causas de que ello sucediese así fue que al morir el rey de Castilla Pedro I, seguidores de su causa perdida se estuvieron exiliando a Portugal, siendo por lo general los componentes de la flor y nata de la nobleza antigua y de los cortesanos pedristas.
Cierto fue que el lenguaje gallego se continuó hablando entre el pueblo; pero no escribiéndose, como no fuesen las excepciones de algunos autores cual Macías O Namorado, poeta medieval que escribió su notable producción en gallego y castellano indistintamente y ya perteneciente a aquella época culturalmente decadente para Galicia, que vivió a mediados del siglo XIV.
Hubo al respecto una larga y secular etapa de ausencia casi total de autores en la lengua vernácula gallega, hasta llegar a los que fueron apareciendo en el transcurso del siglo XIX con O Rexurdimento, pero que creo que de ello nada he leído. Y tampoco lo he hecho de los autores portugueses de las mismas o parecidas épocas, salvo determinadas excepciones como fueron, años ha, cuando buscaba yo mayores referencias en que apoyarme para escribir con gran entusiasmo el libro inédito todavía "Usos y costumbres de los primeros pobladores de las Canarias", por lo que conocí las "Crónicas" de Gómes Eanes de Azurara, los "Viajes" de Diogo Gómes de Cintra, los de Gonzalo Piriz y de Johan Rodrigues y el "Diario" de Hans Mayor comprendidos en "Los Manuscritos de Valentim Fernándes" de a finales del siglo XV y principios del XVI; libro publicado por primera vez en 1847 y reeditado en Lisboa en 1940 del que conservo una fotocopia en algún rincón de mi biblioteca de temas canarios. También hube de leer el "Tratado dos Descubrimentos", de Antonio Galvao o Galván, que pude manejar en una edición de 1944. Y, naturalmente; el bien conocido "Os Lusíadas" de Luis Vaz de Camóes, que canta en sentidas y líricas estrofas la gran epopeya de la expansión ultramarina portuguesa en el indicado siglo XVI y que figura entre mis libros más estimados.
Pues, como antes indiqué, salvo las precedentes excepciones en mis largos años de lector infatigable y entusiasta, creo que apenas he trabado contacto con las letras portuguesas hasta llegar a los novelistas post románticos cuales Castelo Branco y Julio Diniz y el que fue gran escritor en el tránsito del realismo al modernismo Eca de Queirós, leídos en mi mocedad.
De Camilo Castelo o Castello Branco leí la que quizás fuese su obra más celebrada "Amor de perdición" y, me parece que "Novellas do Minho" en las que intentaba, y conseguía creo yo, facilitar una visión lo más objetiva posible del primitivismo rural portugués y "La mayorazga de Romariz" que incidía en el mismo tema y "El Comendador", libros que todavía se conservan en la biblioteca familiar de Chaín, en Galicia. De Julio Diniz o Dinis, que fue el seudónimo de Joaquím Guilherme Gomes Cohelo, de profesión médico, que falleció aun no cumplidos los cuarenta años de edad, leí también por la misma o parecida época y que me produjeron grande impresión por sus acendrado regionalismo y tono romántico las novelas "Las pupilas del señor rector" y "La mayorazga de los cañaverales" editadas en la socorrida colección de Novelas y Cuentos de la década de los años 40, ambas construidas con un vigoroso poder imaginativo y, se dijo, un liberalismo armonioso de estirpe rousseauniana; ejemplares custodiados también en la Casa de La Vila de Chaín. Y de el notable escritor luso de finales del siglo XIX y principios del XX José María Eca de Queirós he leído "El crimen del Padre Amaro", "El mandarín" y su obra quizás más célebre "La reliquia", de todas las cuales hace tanto tiempo que fueron leídas que apenas me acuerdo de sus temas aunque no haya olvidado titulares, más recientemente un volumen de "Cuentos" y, del mismo autor, "La ilustre casa de los Ramírez", que tanto me agrada al releerla de cuando en cuando, pues la poseo entre mis libros. Y de un autor cuyo nombre no recuerdo ahora, un volumen de "Cuentos"; así como gran parte de un "Memorial Lusitano" de Antonio Machado de Feria que se me facilitara cuando anduve recogiendo datos genealógicos y heráldicos para mi libro "Los apellidos en Canarias". Y "Saudades da terra" de Gaspar Fructuoso, interesante para la historia de Canarias y, salvo la fotocopia de algún opúsculo de linajes y árboles genealógicos diversos, creo que nada más tengo en portugués. ¡Ah, si!,... Como curiosidad, conservo un novela de vaqueros que cierta vez me regaló el librero "de lance" mi buen amigo Pedro Castejón, ya fallecido, de aquel Fidel Prado de mi adolescencia, traducida al portugués.
Bastantes años más tarde he leído algo del poeta Fernando Pessoa y,... muy poco más puedo decir de mis lecturas de autores portugueses, en tanto no llegué a conocimiento de quien hasta hace doce o catorce años era por completo desconocido para, incluido yo naturalmente, el común de los lectores españoles, José de Sousa, de segundo apellido o seudónimo Saramago.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril. Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desharrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa. Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con ésto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos.
Ahora, en el transcurso de lo que va de este presente año de 1998 ya me interesé, no tanto por su obra que aún todavía desconozco en su mayoría como por el autor en sí, sus peripecias vivenciales, su trayectoria vital que se nos ha estado contando de alguna manera en periódicos y revistas y en la radio y la televisión. Pues desde el principio de saber algo de su bio-bibliografía, me ha resultado simpático este personaje, este escritor ya mayor pero en la cúspide de su excepcional producción literaria, como en plena sazón. Escritor hecho a si mismo, sin más universidad ni títulos académicos que los que la misma vida va facilitando; que fue por muchos años como un escritor anodino, de los del montón, con tremenda afición a escribir pero sin lograr salir del corsé que los formulismos gramaticales al uso le imponían y le amordazaban en lo mucho que quería decir a los demás. Y que, un buen día, después de publicar una novela que no tuvo éxito al pasar desapercibida para la crítica y el público, como él mismo explicó luego, se zafó de toda atadura de cariz academicista y con un estilo barroco y frondoso y técnica diferente de lo que hasta entonces había hecho, tras dejar pasar más de veinte años en "el dique seco de las ideas" dedicado su intelecto a actividades políticas de su ideología comunista y practicante agosticimo religioso, a finales de la década de los años setenta resurgió cual el ave fénix de sus propias cenizas literarias pero con una interpretación más libre e independiente de la gramática de su idioma materno al uso. Y publicó uno, otro y otros importantes libros hasta llegar a uno, "El Evangelio según Jesucristo" que pareció molestar a la Iglesia y a una fracción pacata de la sociedad portuguesa, posiblemente influida por su siempre confesado ideal comunista de la vida. Y, parece ser, fue vetado oficialmente para no figurar en una propuesta de escritores portugueses optando al Premio Nobel de Literatura. José Saramago, cabreado con el Portugal oficial y demócrata de aquel momento, que por otra parter ya había dado entrada en su vida a la joven periodista española Pilar del Río, casado con ella, se vino a residenciar a la isla de Lanzarote buscando la paz y la tranquilidad de este rincón isleño en el océano Atlántico.
A partir de este episodio, al ser citado de alguna manera en la prensa isleña, comencé yo a tener más conciencia de quien es este estupendo escritor portugués que, sin renunciar ni un ápice de sus orígenes y de su nacionalidad, habla siempre tan bien y tan a gusto de España, de las islas Canarias y de sus habitantes.
Al haberle sido concedido con todo merecimiento el Premio Nobel de Literatura correspondiente al año de 1998, he podido, como un lector y un espectador más, leerlo en la prensa y en las revistas, oírlo hablar por la radio y verlo en diferentes reportajes televisivos a él dedicados.
Y al leerle, al seguirle a través de los medios de comunicación social puedo afirmar que continua siendo para mí lo que ya desde un principio me había parecido: Un hombre sencillo, de nobles pensamientos, sincero en lo que dice y hace y en lo que escribe; un comunista puro, ingenuo y convencido de lo que cree y quizás no tan agnóstico como quiere aparentar; que sostiene un cierto resquemor que ya le viene de lo humilde de su infancia mantenido contra la Iglesia católica, más la preponderante de Roma que la emanada de los Evangelios, del mismo Jesucristo; como así se ha observado a través de los tiempos en muchos otros seres humanos que han declarado que alguna vez en sus vidas, cuando lo necesitaron, no se vieron atendidos como de lo que se predicaba se esperaba.
Para mí es curioso el que, entre su inconmensurable altura y mi insignificante bajura, y no me refiero tan solo a lo físico sinó también o precisamente a lo intelectual, hay ciertas similitudes, por más que en cuanto a idearios y filosofías no sean exactamente los mismos; y a edades, él me lleve exactamente diez años. Tuvo unos abuelos maternos analfabetos, aldeanos; el Melrinho y la Caixinha, en castellano el "mirlo pequeño" y la "cajita de reducido tamaño", de vida miserable por la pobreza de medios materiales en que se movían, amantes de los animales domésticos y de la naturaleza que los rodeaba, porque contribuían a su magro sustento. En una entrevista dejó dicho que aprendió a leer, más bien a practicar y perfeccionar la lectura con los trozos de periódicos que recogía del suelo. Sus padres se trasladaron a la gran ciudad buscando un mejor acomodo y parece ser que su progenitor llegó a ser un mando en la Policía Municipal.
Yo, nacido en la ciudad de La Coruña en 1932, estando circunstancialmente mi padre destinado en Oviedo, cuando estalló la guerra civil del 36 con mi madre y mis cuatro hermanos hube de refugiarme en una aldea perdida por el interior de Galicia, residiendo allí varios años con la abuela paterna, ya viuda a la sazón. Que, como los abuelos, en este caso maternos de Saramago, era practicamente analfabeta pero naturalmente inteligente, poseedora de una sólida sabiduría campesina, con grandes conocimientos de curandera, "madiciñeira" se les decía por allí y de psicología práctica y rural, además de crédula tanto en las cosas de religión cristiana como de superchería ancestral, labradora que trabajaba infatigable de sol a sol en el campo al igual que cualquier hombre, consejera y asesora de muchas materias entre sus paisanos y que nos animaba entusiasta y aún disciplinaria para que estudiásemos, teniendo a nuestra madre como ideal maestra en tan tristes épocas; y con mamá esmeradamente educada en la ciudad aprendimos a leer mi hermano gemelo Fernando y yo y refrendaron conocimientos Elena con sus siete u ocho años y Alberto con cinco o seis, pero no entonces el benjamín Toñito que a la sazón contaba tan solo con un año de edad. En aquella pequeña casa de "La Camposa", la de la abuela, supe lo que era dormir juntamente con mi inseparable gemelo sobre un áspero jergón de secas y chirrriantes hojas de la espiga de maíz, en un cuarto de piso de madera bajo el cual estaba la cuadra que había sido antaño alojamiento de una caballería propiedad del difunto abuelo y en la que por aquellas épocas siempre solía rebullir y gruñir algún cerdo, que se iba criando para la matanza otoñal que incrementaría algo más la entonces bastante exigua despensa doméstica. Por cierto que uno de mis más ingratos recuerdos de tan difíciles tiempos que alguna vez todavía evoco fue que en cierta ocasión en el transcurso de mi estancia en casa de la abuela, yo, de cinco o seis años de edad, quise coger entre mis brazos el marrano lechón juguetón que con sus gritos más que gruñidos pretendía subir los tramos de la escalera que desde la entrada de aquella pequeña y lóbrega estancia que también hacía servicio de leñera, conducía al susodicho cuarto dormitorio; yo lo cogí con tal impericia y mala fortuna que se me resbaló de las manos, se escapó en un salto y cayó de cabeza contra las duras losas del suelo, dio una vertiginosa voltereta, chilló de una forma escandalosa y escalofriante y se quedó inerte en el suelo, muerto. Y la consecuencia fue de inmediato un enérgico castigo, adecuado a mi edad e imprudencia o ignorancia, además del pánico que me invadió y me duró por algún tiempo, aun sin alcanzar a comprender lo agudo de la tragedia que en aquellas fechas para nosotros significaba la muerte del cerdito a cebar... que, eso sí, se aprovechó del todo pese a su poco tamaño. Cuando se acabó la contienda nacional, ya reunida de nuevo la familia, pasamos a vivir a diferentes localidades de la provincia de La Coruña, pudiendo yo leer más y más hasta quedarme ya de por vida "enganchado a este vicio de leer", pretender siempre saber algo más o disfrutar momentos plácidos de apasionante lectura.
El escritor portugués que aquí me ocupa, que dijo alguna vez que en realidad aprendió a leer, al menos a perfeccionar sus conocimientos de las letras con los trozos de papeles impresos, de periódicos encontrados por las calles, llegado el momento en la adolescencia de buscarse un porvenir, ingresó o lo ingresaron en una Escuela de Artes y Oficios en donde aprendió el artesanal de cerrajero, forjador del hierro. Oficio que en alguna etapa de su vida debió de abandonar para iniciarse en la política del entonces ingresando en el partido comunista portugués, desde donde es de suponer que arrancase su formación literaria, pues según su propia confesión estuvo acudiendo siempre que pudo a las bibliotecas públicas y a sus préstamos para leer y leer, en principio muy posible a autores eminentemente teóricos cuales Marx, Lénin, Trosky, Mao, etc., pero conociendo a la vez a los clásicos literatos más destacados portugueses y españoles, a los autores más destacados de la literatura universal, a los escritores renombrados del momento...
Contando quince años de edad, yo ingresé en una Escuela de Formación Profesional, en este caso de Aviación Militar, radicada en León, siendo una de mis etapas de más abundante y desordenada lectura de lo más diverso; y de donde, después de cursar allí los dos años de oficialía perceptivos salí destinado a las islas Canarias, al Aeródromo, luego Base Aérea de Gando en cuyo destino, después de cumplido el servicio militar, quedé hasta acabar mi dilatada vida laboral profesional de más de cuarenta y cinco años en activo siempre en el mismo lugar, habiendo empezado por la categoría laboral más inferior y terminado ostentando la máxima, ambas de nuestro particular escalafón.
Al igual que este buen escritor luso, que actualmente para bien convivir da la impresión de que debe de disimular sus afectos a España y a lo español para no herir la susceptibilidad de sus paisanos, yo a veces me veo en la obligación de mantener un delicado y escrupuloso equilibrio entre mis afectos por Galicia y por Canarias, por todas las islas al igual y por España y lo español en general, huyendo aquí tanto de posibles "godismos" peninsulares como de nefastos "chauvinismos" insulares, de regionalismos trasnochados y nacionalismos utópicos.
Bueno, aun me parece que hay otra faceta que nos iguala. Me da la impresión de que José Saramago, al igual que yo, se incorporó siendo ya muy mayor al mundo del ordenador personal. Y desde luego que ambos no podremos jamás presumir de dominar la mecanografía puesto que, por lo que he visto en algún reportaje, tanto él como yo escribimos, hemos escrito miles y miles de folios mecanografiados o tecleados, primero en las convencionales máquinas de escribir y luego en el PC... ¡con tan solo un dedo de cada mano!
Y aquí se acaban las posibles similitudes que establecieron la providencia, el azar, el destino, la vida misma. Porque en lo de escribir y publicar...
José Saramago, en tanto vivía sobre todo para y por el partido comunista portugués, opción en la que creía y que libremente había elegido en su juventud, en el interín formó pareja, tuvo una hija, luego, por lo que se deduce de los escasos datos que se conocían de su biografía vivió en soledad afectiva por mucho tiempo, dedicado a sus actividades políticas y, como cliente asiduo de las bibliotecas públicas leyendo mucho, escribiendo páginas y páginas que luego rompía, porque se sentía atado, sin lograr expresar a su gusto lo que quería contarse a si mismo y a los demás. En 1977 publicó su "Manual de Pintura y caligrafía" que se tradujo al español ya en 1989, año en que publicó "Historia del cerco de Lisboa", traducida en 1990. Se publicó su novela "Levantado do Chao" en 1980, traducida al español con el título de "Alzado del suelo" en 1988...
Ya mayor, en la edad madura, como solemos decir, dió entrada en su vida a la curiosa periodista española que después de haber leído la primera edición en castellano de "Memorial del convento" de 1982 traducida al español en 1986 quiso conocer a su autor. Le conoció, trabaron estrecha amistad y se casaron. Y fueron apareciendo una tras otra, "El año de la muerte de Ricardo Reis" en 1984, traducida al español en 1985, "La balsa de piedra" en 1986, en español en 1987, "El Evangelio según Jesucristo" en 1891, en español 1992, "Ensayo sobre la ceguera" en 1995, "Viaje a Portugal" también en 1995 y traducción al español en el presente 1998, "Todos los nombres" en 1997, "Cuadernos de Lanzarote" asimismo en 1997, "El libro de las tentaciones" en 1998, etc. Y, cuando estoy escribiendo ésto, parece que ya tiene preparada para próxima publicación "La caverna". Y, además, numerosos artículos periodísticos, aparecidos últimamente también en la prensa española, el cuento "La isla desconocida". Para teatro escribió "Que furci con este livro?" ("¿Que haré con este libro?"), "In nomine Dei" ("En nombre de Dios"), etc. Actulmente es su mejor traductora al español, que él habla fluida y perfectamente, su propia esposa.
Y aquí viene a cuento lo del título con que he encabezado el presente escrito. Porque, además de que, según mi opinión así hay que considerar a quien con una escasa docena de libros publicados en su haber, pero traducidos ya a varios idiomas en el espacio de apenas veinte años, ha merecido el alto galardón del Nobel, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la especie de eclosión si aquí vale tal vocablo, de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de nosotros los lectores españoles.
Particularmente aquí en Canarias el nombre del escritor Saramago ha estado sonando con algo más de insistencia en estos últimos tiempos porque, casado no ha muchos años con la periodista española, creo que andaluza de naturaleza o residente en Andalucía, Pilar del Río a partir del año 1994 y con el asesoramiento de una hermana de ella que ya por aquí reside se vino el matrimonio a vivir de forma estable al entrañable pueblo o villa de Haría, en la isla de Lanzarote.
Cierto que en estas últimas décadas y de un año para otro se ha estado citando a este escritor portugués ya más que sesentón en los círculos literarios como a uno de los autores favoritos para optar al prestigioso galardón de la Academia sueca, premio que le fue negado en repetidas convocatorias, porque, además, un gobierno democrático portugués de hace años se opuso a que el comunista José de Sousa fuese oficialmente propuesto para aspirar al máximo galardón literario sueco; lo que motivó su voluntario exilio pasando a residir al archipiélago canario en la isla volcánica de lanzarote. Naturalmente, cuando se supo que, pese a todas las trabas puestas por un sector político determinado de sus paisanos se le concedió el Nobel, el actual gobierno de su patria, tratando de enmendar de alguna manera el incuo fallo del pasado presurosamente le concedió el gran collar de la Orden de la Torre de Santiago de Espada, la máxima distinción de Portugal para que pudiese lucirla en la corte sueca al recibir el Nobel. Y el galardonado escritor, tal como él mismo confesó posteriormente, no guarda rencor a quienes lo trataron de ignorar por su definida ideología de izquierdas aunque, lógicamente, no podrá olvidar el hecho; y en el transcurso de poco tiempo va a ser investido doctor "honoris causa" de la Universidad de Evora, en el Alentejo del sur portugués, como uno más de los innúmeros homenajes que bien merecidamente le están ofreciendo en su país muchos de los que le admiran y los que por no comulgar con sus ideas políticas en el pasado lo ignoraron o detractaron. Y también ha sido Saramago homenajeado en tierras españolas, donde por lo general se le admira y quiere bien. Donde, aunque ya reconciliado con su patria, de la que jamás ha renegado sinó todo lo contrario, este portugués internacional la enaltece cuanto puede en sus escritos, en su estimada Lanzarote, en la bucólica villa de Haría piensa seguir residiendo para siempre, como en más de una ocasión últimamente ha dicho.
Como al principio indiqué, yo he sido uno de los muchos españoles que nada sabía del escritor portugués Saramago. Creo recordar, sí, que en alguna de las tertulias radiofónicas a que se nos tiene acostumbrados a los españoles en estos bonancibles tiempos de democracia, una vez oí por la radio el chiste aquel de que un periodista le preguntaba a la Ministra de Cultura Sra. Aguirre si conocía a Saramago y ella contestaba que sí, que Sara era muy simpática y que había almorzado con ella aún no hacia mucho; pero parece que es apócrifo.
Cuando supe que era un buen escritor portugués, que había elegido la placidez de la isla de Lanzarote como residencia habitual, la verdad es que me resultó altamente simpática la persona que así obrara. Y, recordando los dos libros adquiridos en el mercadillo del Puerto los localicé en los atestados estantes y pronto me vi inmerso en su lectura, primero de "Memorial del convento". ¡Que atrayente hallazgo! ¡Que mundo de fábula entremezclada con un barroquismo realista iba descubriendo!. Su lectura me enganchó de inmediato y en principio ya me hizo recordar entre otros, a varios de mis admirados autores gallegos, a alguna obra de Gonzalo Torrente Ballester cual "El rey pasmado" que con su fina ironía satírica se acabó llevando con notable acierto al cine. Claro que también me suena a veces a mi otro paisano el genial fabulador Alvaro Cunqueiro y, si leído en el gallego original, mejor; quizás, aunque no con tanta intensidad, al Camilo José Cela de los primeros tiempos y, si se me apura, si no tan perceptible en el estilo, si en la elección de temáticas, al sin par, "el de las barbas de chivo", ínclito don Ramón del Valle-Inclán, impresión y regusto que prosiguieron con la lectura, a continución de "El año de la muerte de Ricardo Reis", con variaciones estilísticas notables y luego "El Evangelio según Jesucristo".
Llegado hasta aquí, bien comprendo que acaso no sean de lo más certero estas suposiciones y apreciaciones mías porque, en realidad, a pesar de haber sido yo antaño un empedernido y contumaz lector, por mor de los muchos años no esté ahora ya de lo más actualizado, puesto al día en cuanto a obras literarias y autores de este último cuarto de siglo, tiempo en el que me he estado dedicando más a la investigación y documentación de temas esencialmente canarios para los últimos libros míos publicados "El cine en Canarias", "Los apellidos en Canarias", "Calles de Las Palmas" y el todavía inédito "Nuevo nomenclator callejero de Las Palmas de Gran Canaria", amén de los aún no terminados "Escaleritas" y "Casa de Galicia", sin contar las etapas en que estuve colaborando asiduo en la prensa isleña con temas históricos y de artesanía canarios.
Hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 me entero, nos enteramos todos de que se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a su densa obra narrativa y de fabulación.
Y me puse a leer a este escritor portugués con verdadero interés y curiosidad en los libros que tenía en casa; descubriendo al mismo tiempo que tanto mi hija Margot en Santa Cruz de Tenerife como mi hijo Carlos en Málaga y Melilla ya lo conocían y saborearan habiendo leído casi todas sus obras traducidas al castellano. Ha sido Margot la que al enterarse de este mi repentino interés se ha ofrecido para traerme todo lo que de Saramago tenga entre sus libros, me parece que en principio el titulado "Historia del cerco de Lisboa" y algún otro más.
Compartiendo opiniones al respecto sobre este autor revelación portugués, vale el decir que, según se puede observar en las fotografías que últimamente se le han hecho para prensa y revistas y en los documentales de televisión que de el se han rodado de octubre del presente año para acá, hay en su fisonomía de hombre ya mayor pero bien conservado y con cierto aire de sabio distraído al uso, como un cierto cinismo sugestivo en su mirada que es la de quien observa lo que le rodea con cierto o bastante escepticismo. Otra cosa es sin duda lo que el autor piensa y sabe transmitir de manera tan brillante al papel a través de la escritura, en su peculiar estilo.
Y es que este moderno autor portugués sabe desgranar la intriga con singulares estilo y eficacia, recurriendo a un bien pensado reparto de sucesos diversos, riesgos y temores, en una escritura escrupulosa y mesurada que exprime tanto lo escenarios como lo argumentos, conducido el hilo de la idea por medio de un proceso metódico, racional que trata de descubrir las posibilidades reales o fantásticas más sorprendentes; a la alabanza del arte de razonar y a la concatenación de los sucesos que narra en un campo novelístico y fabuloso solo delimitado por la imaginación portentosa y casi inagotable del autor.
Por lo general, para mí al menos, pienso que es gozosa y atrayente en grado sumo si se hace concienzuda y pausada la lectura de la obra de José Saramago, tanto para la vista como para el oído si alguien de nuestro entorno nos lee algún trozo.
Despues de haber leído pues en estos últimos tiempos bastantes páginas de José Saramago, mi modesta opinión al respecto es que en su obra, cada vez más depurada, más que un realismo crítico o racionalista, que alguien me ha señalado indicándome que es aquel que pone de manifiesto las contradiciones de la vida de los burgueses, terratenientes, empresarios, etc., pero que no es capaz de mostrar la solución positiva de estas contradicciones, es el suyo un estilo de exposición, sumamente realista sí pero que a la vez actua a diferentes niveles, o sea lo que yo entiendo por un realismo mágico.
Con respecto a estilos, vocabulario, ideologías, etc., podrá estar uno de acuerdo o no con las ideas, con la filosofía que sobre la vida y la condición humana expone en su peculiar forma de narrar Saramago, pero lo que no cabe duda es de que lo sabe decir muy bien, de forma clara y contundente. Ejemplos: la contestación que no hace mucho dio al entrevistador de turno con motivo de la publicación en español de su última producción que tituló "Todos los nombres" en la que hay mucho de autobiografía, pero en tal caso discurriendo sobre la burocracia y su moral que hoy nos dominan: "Toda la burocracia, toda la jerarquía es falsa. Se trata de un sistema por el que yo acepto que una persona determinada es un superior mío, y esto lo aceptamos como una condición misma del funcionamiento de la sociedad. Si pensamos en nuestra relación con el poder, ya sea el de Dios o el de la policía, vemos que nos acomodamos a su nivel de autoridad, de forma que se supone que el superior ejerce una autoridad sobre todos los demás, y cada nivel inferior la ejerce sobre otro más inferior. Bueno, si lo vemos con una mirada crítica, todo esto es falso..."
Tan solo, este mi modesto "pero", me atrevo a añadir que yo diría que deberá de tenerse en cuenta que el premio Nobel no se lo concedieron a José Saramago precisamente por su manifiesta ideología que hace apología más de filosofías del comunismo más que del socialismo, causa precisamente de que durante muchos años, la mayor parte de su existencia fuese casi la de un desconocido en la literatura internacional, hasta que desligándose mayormente de la política de su país se puso a escribir y triunfó merced a su arte depurada de fabulación, a su barroquismo innato y a su portentoso poder de evocación de recursos literarios en donde han tenido cabida idearios tanto humanistas y, quierase o nó tradicionalmente cristianos como de una filosofía materialista y ácrata. Dada la fama adquirida con el Nobel, ha empezado nuestro autor a aparecer en determinados actos y escenarios internacionales que no tienen que ver precisamente con la literatura en sí sinó con determinados idearios, o al menos eso creo yo. Y entonces, olvidando estilos y escritos, se manifiestan simpatías o antipatías, inclinaciones y rechazos. Se olvida y deja de admirar al literato y se denosta o se aplaude con el mismo o mayor fervor al político; cuando la fama y el honor en este caso vienen de la inspiración y del poder creativo de la mente y no de la crítica y el rechazo oficial de unos sentimientos racionalistas o mterialistas de la vida por otros más o menos humnista y cristianos.
En resumen, adhiriéndome a lo que ya se ha dicho, pienso que la fortaleza de la palabra de este narrador que es José de Sousa Saramago, su determinación patente y su cualidad de saber juntar lo meticulosamente objetivista con la ofuscación soñadora son todo una impresionante y portentosa construcción verbal y literaria, bien merecedora del laurel del premio al más alto nivel que se le ha otorgado. Y al mismo tiempo, es de desear que no suceda aquí con este admirado autor portugués el vaticinio que con respecto a la mayoría de los laureados artistas y sobre todo grandes escritores un día no ha mucho le leí al excelente periodista o columnista el asturiano Carlos Luis Alvarez, de seudónimo "Cándido": "Creo que a diferencia de los científicos, por ejemplo, cuando los escritores, los poetas, alcanzan el grado de la consagración y quedan fuera de los esquemas polémicos del mérito, suelen detenerse efectivamente en su corriente de creación como si una vez lograda la cúspide empezasen no ya a descender sinó a ir quedándose quietos. Van volviéndose estatuas de sal, como la mujer de Lot, de tanto mirar hacia atrás".
Por último, pienso yo que el jaramago, saramago galaico-portugués, como al principio indicaba, es una hierba, una planta vulgar, sencilla, hasta puede decirse que creciendo en los sitios más recónditos y humildes como queriendo pasar desapercibida, pero que es socorrida y sirve generosa para remediar muchas necesidades de las gentes que la conocen y hacen uso de ella y terminan saboreándola, paladeándola por su exquisitez.
Y dígase aquí como colofón al presente comentario, que tanto de la obra de José Saramago como de los rasgos más destacados que definen la personalidad de este escritor portugués afincado y bien querido en España, en las islas Canarias, lo que más me ha impresionado en definitiva ha sido la escena final del documental de Canal Plus titulado "La vida según Saramago" recientemente rodado y televisado, en la que el laureado escritor, caminando despacio hacia el horizonte, por las tierras volcánicas de Lanzarote, se vuelve un instante a la cámara que le sigue y con un gesto en el que se transciende su forma de entender la vida y, lleno de sinceridad, mira al infinito y se despide con el expresivo ademán de una mano, diciendo: "Y todo ésto, ¿para qué?..." Algo que yo también, ya jubilado, con una familia lograda, liberado de las ataduras de mi prolongada vida laboral, leyendo y escribiendo como tanto había deseado, me he preguntado a mí mismo más de una vez en estos últimos tiempos.
Las Palmas de Gran Canaria, 31 de diciembre de 1998.-
por Carlos Platero Fernández.
El escritor portugués José de Sousa "Saramago" nació en la localidad de Azinhaga, por el Ribatejo, comarca del centro de Portugal, en el año de 1922.
Contó él mismo en alguna ocasión que lo de "Saramago" que usa como seudónimo es en realidad el apodo heredado de su padre y de la familia paterna; muy corriente por otra parte el aplicar sobrenombres a las personas en las zonas rurales del país lusitano.
En Portugal y en Galicia, como "saramagal", "saramagoso" y simplemente "saramago" es un topónimo bastante abundante por las zonas rurales. Y "saramago" tanto en tierras galaicas como lusitanas es el "jaramago" o "labertro" castellano y es vocablo que, dice el filólogo Corominas, proviene muy probablemente del árabe "sarmaq", armuelle, hortaliza suave, por las propiedades medicinales que se le atribuyen; una planta anual de porte herbáceo, que puede alcanzar hasta cerca de dos metros de altura y que en algunos casos contiene en sus hojas unas saponinas que estimulan el apetito, lasantes y diureticas y son muy apreciadas en la medicina popular campesina como espectorantes. De ella, una de sus especies es el jaramago, el saramago galaico-portugués, planta herbácea de flores amarillas, pequeñas, muy común entre las ruinas de edificaciones de piedra y los escombros; es decir, en lugares influidos por la presencia del hombre o los animales domésticos cuales las calles y callejas rurales, viejas plazuelas, tapias musgosas, estercoleros, etc. Al igual que en Potugal y Galicia en las islas Canarias, con los jaramagos se hace caldo o potaje, añadiéndosele aquí papas de la tierra en lugar de coles o rábanos.
Y aquí viene a cuento lo del título del presente escrito. Porque, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la eclosión de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de los lectores españoles hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, uno de los máximos galardones de las Letras a nivel universal.
Pero antes de intentar explayarme con el tema, como quiera que estas cosas que últimamente suelo escribir cual si fuese un divertimiento íntimo mío, no son dedicadas más que a contadas personas de mi entorno afectivo familiar y amical reconozco con cierto acento vanidoso que, a fuer de gallego y aficionado a la lectura de literatura gallega, suelo presumir de que algo sé de aquellas muestras iniciales de las letras gallego-portuguesas que, por ejemplo, aún no hace muchos meses, en Galicia y fuera de ella en ambientes de la cultura gallega se habló de sus comienzos, de la etapa brillante de las Cántigas recordada en el Día das Letras Galegas correspondiente a 1998, evocando a poetas del medievo como un Mendinho de algún renombre, Martín Codax el juglar vigués del siglo XIII y al trovador Xohan de Cangas: Y se habló también por entonces de los Cancioneiros de Ajuda de la Biblioteca Vaticana y de la Biblioteca nacional de Lisboa; de cuando las raíces de las lengua gallega y del idioma portugués procedentes del latín vulgar fueron las mismas, ambas caminaron por mucho tiempo juntas. Y también lo fueron al componerse las Cántigas de Alfonso X y en los principios de la épica lusitana presente en las Crónicas Breves de Santa Cruz de Coimbra y aún el original del Amadis de Gaula, que apareció en castellano por el año de 1508 pero que había sido relatado antes por los trovadores y compuesto primero en gallego.
Luego, ya a partir del siglo XIV comenzaron a observarse notables diferencias entre la decadencia de la lengua propiamente gallega que parecía como si se fuese estancando y la de la pujante nación portuguesa que se iba ya consolidando como idioma con características propias y continuaría en su evolución hasta llegar a ser el actual fluido idioma que por mor del pasado imperio marítimo portugués hablan actualmente doscientos millones de seres humanos. Se dijo en más de una ocasión que una de las causas de que ello sucediese así fue que al morir el rey de Castilla Pedro I, seguidores de su causa perdida se estuvieron exiliando a Portugal, siendo por lo general los componentes de la flor y nata de la nobleza antigua y de los cortesanos pedristas.
Cierto fue que el lenguaje gallego se continuó hablando entre el pueblo; pero no escribiéndose, como no fuesen las excepciones de algunos autores cual Macías O Namorado, poeta medieval que escribió su notable producción en gallego y castellano indistintamente y ya perteneciente a aquella época culturalmente decadente para Galicia, que vivió a mediados del siglo XIV.
Hubo al respecto una larga y secular etapa de ausencia casi total de autores en la lengua vernácula gallega, hasta llegar a los que fueron apareciendo en el transcurso del siglo XIX con O Rexurdimento, pero que creo que de ello nada he leído. Y tampoco lo he hecho de los autores portugueses de las mismas o parecidas épocas, salvo determinadas excepciones como fueron, años ha, cuando buscaba yo mayores referencias en que apoyarme para escribir con gran entusiasmo el libro inédito todavía "Usos y costumbres de los primeros pobladores de las Canarias", por lo que conocí las "Crónicas" de Gómes Eanes de Azurara, los "Viajes" de Diogo Gómes de Cintra, los de Gonzalo Piriz y de Johan Rodrigues y el "Diario" de Hans Mayor comprendidos en "Los Manuscritos de Valentim Fernándes" de a finales del siglo XV y principios del XVI; libro publicado por primera vez en 1847 y reeditado en Lisboa en 1940 del que conservo una fotocopia en algún rincón de mi biblioteca de temas canarios. También hube de leer el "Tratado dos Descubrimentos", de Antonio Galvao o Galván, que pude manejar en una edición de 1944. Y, naturalmente; el bien conocido "Os Lusíadas" de Luis Vaz de Camóes, que canta en sentidas y líricas estrofas la gran epopeya de la expansión ultramarina portuguesa en el indicado siglo XVI y que figura entre mis libros más estimados.
Pues, como antes indiqué, salvo las precedentes excepciones en mis largos años de lector infatigable y entusiasta, creo que apenas he trabado contacto con las letras portuguesas hasta llegar a los novelistas post románticos cuales Castelo Branco y Julio Diniz y el que fue gran escritor en el tránsito del realismo al modernismo Eca de Queirós, leídos en mi mocedad.
De Camilo Castelo o Castello Branco leí la que quizás fuese su obra más celebrada "Amor de perdición" y, me parece que "Novellas do Minho" en las que intentaba, y conseguía creo yo, facilitar una visión lo más objetiva posible del primitivismo rural portugués y "La mayorazga de Romariz" que incidía en el mismo tema y "El Comendador", libros que todavía se conservan en la biblioteca familiar de Chaín, en Galicia. De Julio Diniz o Dinis, que fue el seudónimo de Joaquím Guilherme Gomes Cohelo, de profesión médico, que falleció aun no cumplidos los cuarenta años de edad, leí también por la misma o parecida época y que me produjeron grande impresión por sus acendrado regionalismo y tono romántico las novelas "Las pupilas del señor rector" y "La mayorazga de los cañaverales" editadas en la socorrida colección de Novelas y Cuentos de la década de los años 40, ambas construidas con un vigoroso poder imaginativo y, se dijo, un liberalismo armonioso de estirpe rousseauniana; ejemplares custodiados también en la Casa de La Vila de Chaín. Y de el notable escritor luso de finales del siglo XIX y principios del XX José María Eca de Queirós he leído "El crimen del Padre Amaro", "El mandarín" y su obra quizás más célebre "La reliquia", de todas las cuales hace tanto tiempo que fueron leídas que apenas me acuerdo de sus temas aunque no haya olvidado titulares, más recientemente un volumen de "Cuentos" y, del mismo autor, "La ilustre casa de los Ramírez", que tanto me agrada al releerla de cuando en cuando, pues la poseo entre mis libros. Y de un autor cuyo nombre no recuerdo ahora, un volumen de "Cuentos"; así como gran parte de un "Memorial Lusitano" de Antonio Machado de Feria que se me facilitara cuando anduve recogiendo datos genealógicos y heráldicos para mi libro "Los apellidos en Canarias". Y "Saudades da terra" de Gaspar Fructuoso, interesante para la historia de Canarias y, salvo la fotocopia de algún opúsculo de linajes y árboles genealógicos diversos, creo que nada más tengo en portugués. ¡Ah, si!,... Como curiosidad, conservo un novela de vaqueros que cierta vez me regaló el librero "de lance" mi buen amigo Pedro Castejón, ya fallecido, de aquel Fidel Prado de mi adolescencia, traducida al portugués.
Bastantes años más tarde he leído algo del poeta Fernando Pessoa y,... muy poco más puedo decir de mis lecturas de autores portugueses, en tanto no llegué a conocimiento de quien hasta hace doce o catorce años era por completo desconocido para, incluido yo naturalmente, el común de los lectores españoles, José de Sousa, de segundo apellido o seudónimo Saramago.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril. Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desharrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa. Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con ésto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos.
Ahora, en el transcurso de lo que va de este presente año de 1998 ya me interesé, no tanto por su obra que aún todavía desconozco en su mayoría como por el autor en sí, sus peripecias vivenciales, su trayectoria vital que se nos ha estado contando de alguna manera en periódicos y revistas y en la radio y la televisión. Pues desde el principio de saber algo de su bio-bibliografía, me ha resultado simpático este personaje, este escritor ya mayor pero en la cúspide de su excepcional producción literaria, como en plena sazón. Escritor hecho a si mismo, sin más universidad ni títulos académicos que los que la misma vida va facilitando; que fue por muchos años como un escritor anodino, de los del montón, con tremenda afición a escribir pero sin lograr salir del corsé que los formulismos gramaticales al uso le imponían y le amordazaban en lo mucho que quería decir a los demás. Y que, un buen día, después de publicar una novela que no tuvo éxito al pasar desapercibida para la crítica y el público, como él mismo explicó luego, se zafó de toda atadura de cariz academicista y con un estilo barroco y frondoso y técnica diferente de lo que hasta entonces había hecho, tras dejar pasar más de veinte años en "el dique seco de las ideas" dedicado su intelecto a actividades políticas de su ideología comunista y practicante agosticimo religioso, a finales de la década de los años setenta resurgió cual el ave fénix de sus propias cenizas literarias pero con una interpretación más libre e independiente de la gramática de su idioma materno al uso. Y publicó uno, otro y otros importantes libros hasta llegar a uno, "El Evangelio según Jesucristo" que pareció molestar a la Iglesia y a una fracción pacata de la sociedad portuguesa, posiblemente influida por su siempre confesado ideal comunista de la vida. Y, parece ser, fue vetado oficialmente para no figurar en una propuesta de escritores portugueses optando al Premio Nobel de Literatura. José Saramago, cabreado con el Portugal oficial y demócrata de aquel momento, que por otra parter ya había dado entrada en su vida a la joven periodista española Pilar del Río, casado con ella, se vino a residenciar a la isla de Lanzarote buscando la paz y la tranquilidad de este rincón isleño en el océano Atlántico.
A partir de este episodio, al ser citado de alguna manera en la prensa isleña, comencé yo a tener más conciencia de quien es este estupendo escritor portugués que, sin renunciar ni un ápice de sus orígenes y de su nacionalidad, habla siempre tan bien y tan a gusto de España, de las islas Canarias y de sus habitantes.
Al haberle sido concedido con todo merecimiento el Premio Nobel de Literatura correspondiente al año de 1998, he podido, como un lector y un espectador más, leerlo en la prensa y en las revistas, oírlo hablar por la radio y verlo en diferentes reportajes televisivos a él dedicados.
Y al leerle, al seguirle a través de los medios de comunicación social puedo afirmar que continua siendo para mí lo que ya desde un principio me había parecido: Un hombre sencillo, de nobles pensamientos, sincero en lo que dice y hace y en lo que escribe; un comunista puro, ingenuo y convencido de lo que cree y quizás no tan agnóstico como quiere aparentar; que sostiene un cierto resquemor que ya le viene de lo humilde de su infancia mantenido contra la Iglesia católica, más la preponderante de Roma que la emanada de los Evangelios, del mismo Jesucristo; como así se ha observado a través de los tiempos en muchos otros seres humanos que han declarado que alguna vez en sus vidas, cuando lo necesitaron, no se vieron atendidos como de lo que se predicaba se esperaba.
Para mí es curioso el que, entre su inconmensurable altura y mi insignificante bajura, y no me refiero tan solo a lo físico sinó también o precisamente a lo intelectual, hay ciertas similitudes, por más que en cuanto a idearios y filosofías no sean exactamente los mismos; y a edades, él me lleve exactamente diez años. Tuvo unos abuelos maternos analfabetos, aldeanos; el Melrinho y la Caixinha, en castellano el "mirlo pequeño" y la "cajita de reducido tamaño", de vida miserable por la pobreza de medios materiales en que se movían, amantes de los animales domésticos y de la naturaleza que los rodeaba, porque contribuían a su magro sustento. En una entrevista dejó dicho que aprendió a leer, más bien a practicar y perfeccionar la lectura con los trozos de periódicos que recogía del suelo. Sus padres se trasladaron a la gran ciudad buscando un mejor acomodo y parece ser que su progenitor llegó a ser un mando en la Policía Municipal.
Yo, nacido en la ciudad de La Coruña en 1932, estando circunstancialmente mi padre destinado en Oviedo, cuando estalló la guerra civil del 36 con mi madre y mis cuatro hermanos hube de refugiarme en una aldea perdida por el interior de Galicia, residiendo allí varios años con la abuela paterna, ya viuda a la sazón. Que, como los abuelos, en este caso maternos de Saramago, era practicamente analfabeta pero naturalmente inteligente, poseedora de una sólida sabiduría campesina, con grandes conocimientos de curandera, "madiciñeira" se les decía por allí y de psicología práctica y rural, además de crédula tanto en las cosas de religión cristiana como de superchería ancestral, labradora que trabajaba infatigable de sol a sol en el campo al igual que cualquier hombre, consejera y asesora de muchas materias entre sus paisanos y que nos animaba entusiasta y aún disciplinaria para que estudiásemos, teniendo a nuestra madre como ideal maestra en tan tristes épocas; y con mamá esmeradamente educada en la ciudad aprendimos a leer mi hermano gemelo Fernando y yo y refrendaron conocimientos Elena con sus siete u ocho años y Alberto con cinco o seis, pero no entonces el benjamín Toñito que a la sazón contaba tan solo con un año de edad. En aquella pequeña casa de "La Camposa", la de la abuela, supe lo que era dormir juntamente con mi inseparable gemelo sobre un áspero jergón de secas y chirrriantes hojas de la espiga de maíz, en un cuarto de piso de madera bajo el cual estaba la cuadra que había sido antaño alojamiento de una caballería propiedad del difunto abuelo y en la que por aquellas épocas siempre solía rebullir y gruñir algún cerdo, que se iba criando para la matanza otoñal que incrementaría algo más la entonces bastante exigua despensa doméstica. Por cierto que uno de mis más ingratos recuerdos de tan difíciles tiempos que alguna vez todavía evoco fue que en cierta ocasión en el transcurso de mi estancia en casa de la abuela, yo, de cinco o seis años de edad, quise coger entre mis brazos el marrano lechón juguetón que con sus gritos más que gruñidos pretendía subir los tramos de la escalera que desde la entrada de aquella pequeña y lóbrega estancia que también hacía servicio de leñera, conducía al susodicho cuarto dormitorio; yo lo cogí con tal impericia y mala fortuna que se me resbaló de las manos, se escapó en un salto y cayó de cabeza contra las duras losas del suelo, dio una vertiginosa voltereta, chilló de una forma escandalosa y escalofriante y se quedó inerte en el suelo, muerto. Y la consecuencia fue de inmediato un enérgico castigo, adecuado a mi edad e imprudencia o ignorancia, además del pánico que me invadió y me duró por algún tiempo, aun sin alcanzar a comprender lo agudo de la tragedia que en aquellas fechas para nosotros significaba la muerte del cerdito a cebar... que, eso sí, se aprovechó del todo pese a su poco tamaño. Cuando se acabó la contienda nacional, ya reunida de nuevo la familia, pasamos a vivir a diferentes localidades de la provincia de La Coruña, pudiendo yo leer más y más hasta quedarme ya de por vida "enganchado a este vicio de leer", pretender siempre saber algo más o disfrutar momentos plácidos de apasionante lectura.
El escritor portugués que aquí me ocupa, que dijo alguna vez que en realidad aprendió a leer, al menos a perfeccionar sus conocimientos de las letras con los trozos de papeles impresos, de periódicos encontrados por las calles, llegado el momento en la adolescencia de buscarse un porvenir, ingresó o lo ingresaron en una Escuela de Artes y Oficios en donde aprendió el artesanal de cerrajero, forjador del hierro. Oficio que en alguna etapa de su vida debió de abandonar para iniciarse en la política del entonces ingresando en el partido comunista portugués, desde donde es de suponer que arrancase su formación literaria, pues según su propia confesión estuvo acudiendo siempre que pudo a las bibliotecas públicas y a sus préstamos para leer y leer, en principio muy posible a autores eminentemente teóricos cuales Marx, Lénin, Trosky, Mao, etc., pero conociendo a la vez a los clásicos literatos más destacados portugueses y españoles, a los autores más destacados de la literatura universal, a los escritores renombrados del momento...
Contando quince años de edad, yo ingresé en una Escuela de Formación Profesional, en este caso de Aviación Militar, radicada en León, siendo una de mis etapas de más abundante y desordenada lectura de lo más diverso; y de donde, después de cursar allí los dos años de oficialía perceptivos salí destinado a las islas Canarias, al Aeródromo, luego Base Aérea de Gando en cuyo destino, después de cumplido el servicio militar, quedé hasta acabar mi dilatada vida laboral profesional de más de cuarenta y cinco años en activo siempre en el mismo lugar, habiendo empezado por la categoría laboral más inferior y terminado ostentando la máxima, ambas de nuestro particular escalafón.
Al igual que este buen escritor luso, que actualmente para bien convivir da la impresión de que debe de disimular sus afectos a España y a lo español para no herir la susceptibilidad de sus paisanos, yo a veces me veo en la obligación de mantener un delicado y escrupuloso equilibrio entre mis afectos por Galicia y por Canarias, por todas las islas al igual y por España y lo español en general, huyendo aquí tanto de posibles "godismos" peninsulares como de nefastos "chauvinismos" insulares, de regionalismos trasnochados y nacionalismos utópicos.
Bueno, aun me parece que hay otra faceta que nos iguala. Me da la impresión de que José Saramago, al igual que yo, se incorporó siendo ya muy mayor al mundo del ordenador personal. Y desde luego que ambos no podremos jamás presumir de dominar la mecanografía puesto que, por lo que he visto en algún reportaje, tanto él como yo escribimos, hemos escrito miles y miles de folios mecanografiados o tecleados, primero en las convencionales máquinas de escribir y luego en el PC... ¡con tan solo un dedo de cada mano!
Y aquí se acaban las posibles similitudes que establecieron la providencia, el azar, el destino, la vida misma. Porque en lo de escribir y publicar...
José Saramago, en tanto vivía sobre todo para y por el partido comunista portugués, opción en la que creía y que libremente había elegido en su juventud, en el interín formó pareja, tuvo una hija, luego, por lo que se deduce de los escasos datos que se conocían de su biografía vivió en soledad afectiva por mucho tiempo, dedicado a sus actividades políticas y, como cliente asiduo de las bibliotecas públicas leyendo mucho, escribiendo páginas y páginas que luego rompía, porque se sentía atado, sin lograr expresar a su gusto lo que quería contarse a si mismo y a los demás. En 1977 publicó su "Manual de Pintura y caligrafía" que se tradujo al español ya en 1989, año en que publicó "Historia del cerco de Lisboa", traducida en 1990. Se publicó su novela "Levantado do Chao" en 1980, traducida al español con el título de "Alzado del suelo" en 1988...
Ya mayor, en la edad madura, como solemos decir, dió entrada en su vida a la curiosa periodista española que después de haber leído la primera edición en castellano de "Memorial del convento" de 1982 traducida al español en 1986 quiso conocer a su autor. Le conoció, trabaron estrecha amistad y se casaron. Y fueron apareciendo una tras otra, "El año de la muerte de Ricardo Reis" en 1984, traducida al español en 1985, "La balsa de piedra" en 1986, en español en 1987, "El Evangelio según Jesucristo" en 1891, en español 1992, "Ensayo sobre la ceguera" en 1995, "Viaje a Portugal" también en 1995 y traducción al español en el presente 1998, "Todos los nombres" en 1997, "Cuadernos de Lanzarote" asimismo en 1997, "El libro de las tentaciones" en 1998, etc. Y, cuando estoy escribiendo ésto, parece que ya tiene preparada para próxima publicación "La caverna". Y, además, numerosos artículos periodísticos, aparecidos últimamente también en la prensa española, el cuento "La isla desconocida". Para teatro escribió "Que furci con este livro?" ("¿Que haré con este libro?"), "In nomine Dei" ("En nombre de Dios"), etc. Actulmente es su mejor traductora al español, que él habla fluida y perfectamente, su propia esposa.
Y aquí viene a cuento lo del título con que he encabezado el presente escrito. Porque, además de que, según mi opinión así hay que considerar a quien con una escasa docena de libros publicados en su haber, pero traducidos ya a varios idiomas en el espacio de apenas veinte años, ha merecido el alto galardón del Nobel, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la especie de eclosión si aquí vale tal vocablo, de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de nosotros los lectores españoles.
Particularmente aquí en Canarias el nombre del escritor Saramago ha estado sonando con algo más de insistencia en estos últimos tiempos porque, casado no ha muchos años con la periodista española, creo que andaluza de naturaleza o residente en Andalucía, Pilar del Río a partir del año 1994 y con el asesoramiento de una hermana de ella que ya por aquí reside se vino el matrimonio a vivir de forma estable al entrañable pueblo o villa de Haría, en la isla de Lanzarote.
Cierto que en estas últimas décadas y de un año para otro se ha estado citando a este escritor portugués ya más que sesentón en los círculos literarios como a uno de los autores favoritos para optar al prestigioso galardón de la Academia sueca, premio que le fue negado en repetidas convocatorias, porque, además, un gobierno democrático portugués de hace años se opuso a que el comunista José de Sousa fuese oficialmente propuesto para aspirar al máximo galardón literario sueco; lo que motivó su voluntario exilio pasando a residir al archipiélago canario en la isla volcánica de lanzarote. Naturalmente, cuando se supo que, pese a todas las trabas puestas por un sector político determinado de sus paisanos se le concedió el Nobel, el actual gobierno de su patria, tratando de enmendar de alguna manera el incuo fallo del pasado presurosamente le concedió el gran collar de la Orden de la Torre de Santiago de Espada, la máxima distinción de Portugal para que pudiese lucirla en la corte sueca al recibir el Nobel. Y el galardonado escritor, tal como él mismo confesó posteriormente, no guarda rencor a quienes lo trataron de ignorar por su definida ideología de izquierdas aunque, lógicamente, no podrá olvidar el hecho; y en el transcurso de poco tiempo va a ser investido doctor "honoris causa" de la Universidad de Evora, en el Alentejo del sur portugués, como uno más de los innúmeros homenajes que bien merecidamente le están ofreciendo en su país muchos de los que le admiran y los que por no comulgar con sus ideas políticas en el pasado lo ignoraron o detractaron. Y también ha sido Saramago homenajeado en tierras españolas, donde por lo general se le admira y quiere bien. Donde, aunque ya reconciliado con su patria, de la que jamás ha renegado sinó todo lo contrario, este portugués internacional la enaltece cuanto puede en sus escritos, en su estimada Lanzarote, en la bucólica villa de Haría piensa seguir residiendo para siempre, como en más de una ocasión últimamente ha dicho.
Como al principio indiqué, yo he sido uno de los muchos españoles que nada sabía del escritor portugués Saramago. Creo recordar, sí, que en alguna de las tertulias radiofónicas a que se nos tiene acostumbrados a los españoles en estos bonancibles tiempos de democracia, una vez oí por la radio el chiste aquel de que un periodista le preguntaba a la Ministra de Cultura Sra. Aguirre si conocía a Saramago y ella contestaba que sí, que Sara era muy simpática y que había almorzado con ella aún no hacia mucho; pero parece que es apócrifo.
Cuando supe que era un buen escritor portugués, que había elegido la placidez de la isla de Lanzarote como residencia habitual, la verdad es que me resultó altamente simpática la persona que así obrara. Y, recordando los dos libros adquiridos en el mercadillo del Puerto los localicé en los atestados estantes y pronto me vi inmerso en su lectura, primero de "Memorial del convento". ¡Que atrayente hallazgo! ¡Que mundo de fábula entremezclada con un barroquismo realista iba descubriendo!. Su lectura me enganchó de inmediato y en principio ya me hizo recordar entre otros, a varios de mis admirados autores gallegos, a alguna obra de Gonzalo Torrente Ballester cual "El rey pasmado" que con su fina ironía satírica se acabó llevando con notable acierto al cine. Claro que también me suena a veces a mi otro paisano el genial fabulador Alvaro Cunqueiro y, si leído en el gallego original, mejor; quizás, aunque no con tanta intensidad, al Camilo José Cela de los primeros tiempos y, si se me apura, si no tan perceptible en el estilo, si en la elección de temáticas, al sin par, "el de las barbas de chivo", ínclito don Ramón del Valle-Inclán, impresión y regusto que prosiguieron con la lectura, a continución de "El año de la muerte de Ricardo Reis", con variaciones estilísticas notables y luego "El Evangelio según Jesucristo".
Llegado hasta aquí, bien comprendo que acaso no sean de lo más certero estas suposiciones y apreciaciones mías porque, en realidad, a pesar de haber sido yo antaño un empedernido y contumaz lector, por mor de los muchos años no esté ahora ya de lo más actualizado, puesto al día en cuanto a obras literarias y autores de este último cuarto de siglo, tiempo en el que me he estado dedicando más a la investigación y documentación de temas esencialmente canarios para los últimos libros míos publicados "El cine en Canarias", "Los apellidos en Canarias", "Calles de Las Palmas" y el todavía inédito "Nuevo nomenclator callejero de Las Palmas de Gran Canaria", amén de los aún no terminados "Escaleritas" y "Casa de Galicia", sin contar las etapas en que estuve colaborando asiduo en la prensa isleña con temas históricos y de artesanía canarios.
Hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 me entero, nos enteramos todos de que se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a su densa obra narrativa y de fabulación.
Y me puse a leer a este escritor portugués con verdadero interés y curiosidad en los libros que tenía en casa; descubriendo al mismo tiempo que tanto mi hija Margot en Santa Cruz de Tenerife como mi hijo Carlos en Málaga y Melilla ya lo conocían y saborearan habiendo leído casi todas sus obras traducidas al castellano. Ha sido Margot la que al enterarse de este mi repentino interés se ha ofrecido para traerme todo lo que de Saramago tenga entre sus libros, me parece que en principio el titulado "Historia del cerco de Lisboa" y algún otro más.
Compartiendo opiniones al respecto sobre este autor revelación portugués, vale el decir que, según se puede observar en las fotografías que últimamente se le han hecho para prensa y revistas y en los documentales de televisión que de el se han rodado de octubre del presente año para acá, hay en su fisonomía de hombre ya mayor pero bien conservado y con cierto aire de sabio distraído al uso, como un cierto cinismo sugestivo en su mirada que es la de quien observa lo que le rodea con cierto o bastante escepticismo. Otra cosa es sin duda lo que el autor piensa y sabe transmitir de manera tan brillante al papel a través de la escritura, en su peculiar estilo.
Y es que este moderno autor portugués sabe desgranar la intriga con singulares estilo y eficacia, recurriendo a un bien pensado reparto de sucesos diversos, riesgos y temores, en una escritura escrupulosa y mesurada que exprime tanto lo escenarios como lo argumentos, conducido el hilo de la idea por medio de un proceso metódico, racional que trata de descubrir las posibilidades reales o fantásticas más sorprendentes; a la alabanza del arte de razonar y a la concatenación de los sucesos que narra en un campo novelístico y fabuloso solo delimitado por la imaginación portentosa y casi inagotable del autor.
Por lo general, para mí al menos, pienso que es gozosa y atrayente en grado sumo si se hace concienzuda y pausada la lectura de la obra de José Saramago, tanto para la vista como para el oído si alguien de nuestro entorno nos lee algún trozo.
Despues de haber leído pues en estos últimos tiempos bastantes páginas de José Saramago, mi modesta opinión al respecto es que en su obra, cada vez más depurada, más que un realismo crítico o racionalista, que alguien me ha señalado indicándome que es aquel que pone de manifiesto las contradiciones de la vida de los burgueses, terratenientes, empresarios, etc., pero que no es capaz de mostrar la solución positiva de estas contradicciones, es el suyo un estilo de exposición, sumamente realista sí pero que a la vez actua a diferentes niveles, o sea lo que yo entiendo por un realismo mágico.
Con respecto a estilos, vocabulario, ideologías, etc., podrá estar uno de acuerdo o no con las ideas, con la filosofía que sobre la vida y la condición humana expone en su peculiar forma de narrar Saramago, pero lo que no cabe duda es de que lo sabe decir muy bien, de forma clara y contundente. Ejemplos: la contestación que no hace mucho dio al entrevistador de turno con motivo de la publicación en español de su última producción que tituló "Todos los nombres" en la que hay mucho de autobiografía, pero en tal caso discurriendo sobre la burocracia y su moral que hoy nos dominan: "Toda la burocracia, toda la jerarquía es falsa. Se trata de un sistema por el que yo acepto que una persona determinada es un superior mío, y esto lo aceptamos como una condición misma del funcionamiento de la sociedad. Si pensamos en nuestra relación con el poder, ya sea el de Dios o el de la policía, vemos que nos acomodamos a su nivel de autoridad, de forma que se supone que el superior ejerce una autoridad sobre todos los demás, y cada nivel inferior la ejerce sobre otro más inferior. Bueno, si lo vemos con una mirada crítica, todo esto es falso..."
Tan solo, este mi modesto "pero", me atrevo a añadir que yo diría que deberá de tenerse en cuenta que el premio Nobel no se lo concedieron a José Saramago precisamente por su manifiesta ideología que hace apología más de filosofías del comunismo más que del socialismo, causa precisamente de que durante muchos años, la mayor parte de su existencia fuese casi la de un desconocido en la literatura internacional, hasta que desligándose mayormente de la política de su país se puso a escribir y triunfó merced a su arte depurada de fabulación, a su barroquismo innato y a su portentoso poder de evocación de recursos literarios en donde han tenido cabida idearios tanto humanistas y, quierase o nó tradicionalmente cristianos como de una filosofía materialista y ácrata. Dada la fama adquirida con el Nobel, ha empezado nuestro autor a aparecer en determinados actos y escenarios internacionales que no tienen que ver precisamente con la literatura en sí sinó con determinados idearios, o al menos eso creo yo. Y entonces, olvidando estilos y escritos, se manifiestan simpatías o antipatías, inclinaciones y rechazos. Se olvida y deja de admirar al literato y se denosta o se aplaude con el mismo o mayor fervor al político; cuando la fama y el honor en este caso vienen de la inspiración y del poder creativo de la mente y no de la crítica y el rechazo oficial de unos sentimientos racionalistas o mterialistas de la vida por otros más o menos humnista y cristianos.
En resumen, adhiriéndome a lo que ya se ha dicho, pienso que la fortaleza de la palabra de este narrador que es José de Sousa Saramago, su determinación patente y su cualidad de saber juntar lo meticulosamente objetivista con la ofuscación soñadora son todo una impresionante y portentosa construcción verbal y literaria, bien merecedora del laurel del premio al más alto nivel que se le ha otorgado. Y al mismo tiempo, es de desear que no suceda aquí con este admirado autor portugués el vaticinio que con respecto a la mayoría de los laureados artistas y sobre todo grandes escritores un día no ha mucho le leí al excelente periodista o columnista el asturiano Carlos Luis Alvarez, de seudónimo "Cándido": "Creo que a diferencia de los científicos, por ejemplo, cuando los escritores, los poetas, alcanzan el grado de la consagración y quedan fuera de los esquemas polémicos del mérito, suelen detenerse efectivamente en su corriente de creación como si una vez lograda la cúspide empezasen no ya a descender sinó a ir quedándose quietos. Van volviéndose estatuas de sal, como la mujer de Lot, de tanto mirar hacia atrás".
Por último, pienso yo que el jaramago, saramago galaico-portugués, como al principio indicaba, es una hierba, una planta vulgar, sencilla, hasta puede decirse que creciendo en los sitios más recónditos y humildes como queriendo pasar desapercibida, pero que es socorrida y sirve generosa para remediar muchas necesidades de las gentes que la conocen y hacen uso de ella y terminan saboreándola, paladeándola por su exquisitez.
Y dígase aquí como colofón al presente comentario, que tanto de la obra de José Saramago como de los rasgos más destacados que definen la personalidad de este escritor portugués afincado y bien querido en España, en las islas Canarias, lo que más me ha impresionado en definitiva ha sido la escena final del documental de Canal Plus titulado "La vida según Saramago" recientemente rodado y televisado, en la que el laureado escritor, caminando despacio hacia el horizonte, por las tierras volcánicas de Lanzarote, se vuelve un instante a la cámara que le sigue y con un gesto en el que se transciende su forma de entender la vida y, lleno de sinceridad, mira al infinito y se despide con el expresivo ademán de una mano, diciendo: "Y todo ésto, ¿para qué?..." Algo que yo también, ya jubilado, con una familia lograda, liberado de las ataduras de mi prolongada vida laboral, leyendo y escribiendo como tanto había deseado, me he preguntado a mí mismo más de una vez en estos últimos tiempos.
Las Palmas de Gran Canaria, 31 de diciembre de 1998.-
19 de septiembre de 2008
Vaya aprendiza
La familia gallego-canaria acabábamos de iniciar unas anuales vacaciones con el proyecto de desplazarnos desde Canarias, yo, con el coche Fiat 1500 que entonces poseíamos, en barco hasta Barcelona y Margarita con Margot y Carlos en avión, para desde allí recorrer Cataluña y todo el Norte peninsular hasta llegarnos a Galicia, a la casa paterna de Chaín.
Pues bien, a los dos y pico días de navegación la motonave de la Transmediterránea hizo escala por unas horas en el puerto de Algeciras con el problemático Peñón de Gibraltar al fondo. Yo descendí a tierra y recorrí parte de la pequeña población, tomé algún vinillo de la tierra y tapeé a gusto en algún figón del recorrido. Y al pasar por una de sus muchas tranquilas callejas, delante de una a lo que se veía sencilla barbería típica de pueblo, de aspecto humilde pero aseado y hasta con unas macetas con geranios decorando la única ventana, decidí entrar para que se me cortase el pelo, que indudablemente era más frondoso que el que actualmente ostento y ya necesitaba el consabido recorte.
Había en el reducido local tan solo dos sillones giratorios apropiados para lo que de ellos se precisaba y afrontados por dos estanterías conteniendo los atributos de la profesión y dos espejos de regular tamaño adornado en sus esquinas con alguna estampa religiosa, alguna postal y algún billete de lotería, posiblemente vencido ya. También un banco corrido sin respaldo y dos sillas, vacíos a la sazón. Y un solo barbero atendiendo a un cliente envuelto en el clásico mantel blanco sobre el que caían las guedejas, el cabello que iba segando la maquinilla manejada con destreza.
Al exponer mi deseo, aquel fígaro lugareño, con un marcado acento andaluz me indicó que me acomodase en el sillón giratorio vacante, que en unos momentos me atendería la niña que como aprendiz le echaba una mano en la profesión. Y pasaron unos minutos en silencio, solo roto por el zumbido de la maquinilla eléctrica desbrozadora o el tris-tris de las tijeras cortando los picos de cabello que seleccionaba previamente y con rapidez el peine.
Medio embelesado o adormecido, no sé si por el monótono tris-tris de las herramientas barberiles o por la ingesta que de vino y tapas había hecho anteriormente, medio me embelesé o adormecí hasta que, al cabo de unos minutos, con los ojos cerrados, oí al barbero aquel que decía:
_¡Niña!... ¡Corte de pelo atusado al caballero!
Y yo, sin abrir todavía los pesados párpados, sentí que, después de lo que supuse fue un ligero gruñido de asentimiento se me colocaba el consabido paño alrededor del cuello y que se me pasaba el peine por el cabello, al tiempo que una voz femenina susurraba interrogante: ¿A lo amadeo, maestro?,- contestado con un suave:- ¡Si, niña!...¡Ar amadeo!
¡Vaya, hombre! pensé para mí. Y en cierto modo me resultó reconfortante el saber que era una mujer la aprendiza barbera, aunque temí casi de inmediato que si niña o jovencita, no sería acaso de fiar del todo su labor. Sentí su ligera presión, su roce leve sobre mi cuerpo y sus manos frías y al tiempo acariciantes en mi rostro, en las orejas, en el cuello...
Las manos femeninas, acaso aún un tanto inhábiles, pensé, parecían temblar, revolotear alrededor de mi cabeza humillada, como alas de vistosa mariposa...
Abrí al fin los ojos y clavé la mirada en el espejo que tenía delante y que me reflejaba perfectamente la escena como a través de una ventana.
¡Vaya con los andaluces, con su gracejo al hablar y con sus exageraciones!
La "niña" aprendiz o aprendiza de barbero era una anciana bastante fea y desgreñada, de cogote arrugado como el cuello de un viejo pavo, como surcado por innumeras arrugas estaba el rostro marchito de ojos pitañosos, boca desdentada y, lo que era peor, manos de epidermis pecosa y asimismo arrugada que temblaban de pura senectud.
Naturalmente que di allí por rematado el corte de pelo en cuanto pude. Y alegando profunda alergia al acero, no permití que aquella pobre fígaro apergaminada, que me pareció casi centenaria, me rematase la faena con los consabidos retoques finales de la navaja de afeitar en patillas y cogote, que un instante después de asentarla el filo en una abrillantada baqueta aproximó a mis narices con un continuo y perceptible temblequeo.
¡Vaya con la niña algecireña, aprendiz de barbero!
Carlos Platero Fernández
Pues bien, a los dos y pico días de navegación la motonave de la Transmediterránea hizo escala por unas horas en el puerto de Algeciras con el problemático Peñón de Gibraltar al fondo. Yo descendí a tierra y recorrí parte de la pequeña población, tomé algún vinillo de la tierra y tapeé a gusto en algún figón del recorrido. Y al pasar por una de sus muchas tranquilas callejas, delante de una a lo que se veía sencilla barbería típica de pueblo, de aspecto humilde pero aseado y hasta con unas macetas con geranios decorando la única ventana, decidí entrar para que se me cortase el pelo, que indudablemente era más frondoso que el que actualmente ostento y ya necesitaba el consabido recorte.
Había en el reducido local tan solo dos sillones giratorios apropiados para lo que de ellos se precisaba y afrontados por dos estanterías conteniendo los atributos de la profesión y dos espejos de regular tamaño adornado en sus esquinas con alguna estampa religiosa, alguna postal y algún billete de lotería, posiblemente vencido ya. También un banco corrido sin respaldo y dos sillas, vacíos a la sazón. Y un solo barbero atendiendo a un cliente envuelto en el clásico mantel blanco sobre el que caían las guedejas, el cabello que iba segando la maquinilla manejada con destreza.
Al exponer mi deseo, aquel fígaro lugareño, con un marcado acento andaluz me indicó que me acomodase en el sillón giratorio vacante, que en unos momentos me atendería la niña que como aprendiz le echaba una mano en la profesión. Y pasaron unos minutos en silencio, solo roto por el zumbido de la maquinilla eléctrica desbrozadora o el tris-tris de las tijeras cortando los picos de cabello que seleccionaba previamente y con rapidez el peine.
Medio embelesado o adormecido, no sé si por el monótono tris-tris de las herramientas barberiles o por la ingesta que de vino y tapas había hecho anteriormente, medio me embelesé o adormecí hasta que, al cabo de unos minutos, con los ojos cerrados, oí al barbero aquel que decía:
_¡Niña!... ¡Corte de pelo atusado al caballero!
Y yo, sin abrir todavía los pesados párpados, sentí que, después de lo que supuse fue un ligero gruñido de asentimiento se me colocaba el consabido paño alrededor del cuello y que se me pasaba el peine por el cabello, al tiempo que una voz femenina susurraba interrogante: ¿A lo amadeo, maestro?,- contestado con un suave:- ¡Si, niña!...¡Ar amadeo!
¡Vaya, hombre! pensé para mí. Y en cierto modo me resultó reconfortante el saber que era una mujer la aprendiza barbera, aunque temí casi de inmediato que si niña o jovencita, no sería acaso de fiar del todo su labor. Sentí su ligera presión, su roce leve sobre mi cuerpo y sus manos frías y al tiempo acariciantes en mi rostro, en las orejas, en el cuello...
Las manos femeninas, acaso aún un tanto inhábiles, pensé, parecían temblar, revolotear alrededor de mi cabeza humillada, como alas de vistosa mariposa...
Abrí al fin los ojos y clavé la mirada en el espejo que tenía delante y que me reflejaba perfectamente la escena como a través de una ventana.
¡Vaya con los andaluces, con su gracejo al hablar y con sus exageraciones!
La "niña" aprendiz o aprendiza de barbero era una anciana bastante fea y desgreñada, de cogote arrugado como el cuello de un viejo pavo, como surcado por innumeras arrugas estaba el rostro marchito de ojos pitañosos, boca desdentada y, lo que era peor, manos de epidermis pecosa y asimismo arrugada que temblaban de pura senectud.
Naturalmente que di allí por rematado el corte de pelo en cuanto pude. Y alegando profunda alergia al acero, no permití que aquella pobre fígaro apergaminada, que me pareció casi centenaria, me rematase la faena con los consabidos retoques finales de la navaja de afeitar en patillas y cogote, que un instante después de asentarla el filo en una abrillantada baqueta aproximó a mis narices con un continuo y perceptible temblequeo.
¡Vaya con la niña algecireña, aprendiz de barbero!
Carlos Platero Fernández
17 de septiembre de 2008
¡YO SI LO SÉ, PARA QUE "USTÉ" VEA!
por Carlos Platero Fernández
A mí, como aficionado de siempre a la lectura, amante fervoroso y sentimental de los libros, entre los muchos que lograron aplacar mis constantes ansias de leer, uno de los escritores, en este caso escritora, que más me haya impactado en la adolescencia ha sido Elena Fortún.
¿Elena Fortún?,... se interrogará a sí misma más de una persona de las que estas líneas lean. Sí, Elena Fortún, la feliz creadora de todo un mundo selecto infantil que gira alrededor de una niña llamada Celia. Aquella Celia marisabidilla, salada, buena y traviesa al mismo tiempo, que aún no ha muchos años fue rescatada del olvido al protagonizar una serie de televisión española que tuvo en su día gran audiencia tanto en pequeños de las generaciones actuales como en muchos mayores televidentes y lectores de antiguo y cuyos guiones, ceñidos en verdad lo más y mejor posible al original literario salieron de la pluma de la laureada escritora Carmen Martín Gaite, fallecida en el pasado año de 2000.
La autora, la creadora del simpático personaje que apareció en la prensa madrileña en el transcurso del primer tercio del sigo XX en las páginas del rotativo "ABC", fue Encarnación Aragonés Urquijo conocida en el mundo de las letras por el seudónimo de "Elena Fortún" tomado del título y personaje protagonista de una novelita de su marido el escritor y militar Eusebio de Gorbea.
Todavía recuerdo con agrado la repetida lectura de aquellos libros juveniles con títulos como "Celia en el colegio", "Cuchifritín y sus primos", "Cuchifritín y Paquito", "Travesuras de Matonkiki", "Celia madrecita", etc.; y confieso aquí en mi biblioteca casera figuran más de la mitad de los veinte volúmenes diferentes de ese mundo de Celia que se llegaron a publicar. Personajes entrañables todos que a muchos de generaciones como la mía nos acompañaron en gran parte de nuestras infancia y adolescencia y a los que muchos de sus ávidos lectores no hemos olvidado jamás.
Tanto me ha seducido el tema que ya desde hace cierto tiempo vengo reuniendo material preciso y que, lamentablemente no abunda como yo quisiera y es bastante escaso para poder componer un amplio tratado, una verdadera monografía sobre Elena Fortún y su obra, repito que tan injustamente silenciada en la actualidad, salvo, acaso por Carmen Bravo-Villasante en una especie de diccionario de autores de literatura infantil mundial y por la ya citada Carmen Martín Gaite, que por mor de la asimismo indicada serie televisiva glosó con gran galanura la figura y la obra de esta autora.
Pues bien; aprovechando una breve estancia en Madrid después de habernos desplazado desde las islas parte de mi gente canaria y yo para asistir a la boda de un familiar en la imperial Toledo a comienzos de este pasado verano, acudí en cuanto pude a la Biblioteca Nacional de La Castellana logrando allí como era mi deseo consultar y aún fotocopiar o imprimir a través de un propicio y dispuesto PC un trabajo literario sobre Elena Fortún que allí se conserva microfilmado, aparecido en varias páginas de un número extraordinario del "ABC" de hace unos años. Y mediante su lectura detenida tuve noticia de que en algún lugar de los jardines o Parque del Oeste madrileño se alza un sencillo monumento recordando a esta escritora; lo que, como es de suponer me alegró, decidiendo de inmediato el acudir allí para reconocerlo y fotografiarlo con vistas a mi proyectada monografía.
Y así sucedió el mismo día siguiente, en horas tempranas de una deliciosa mañana en que desde la Gran Vía en uno de cuyos hoteles nos alojábamos mi mujer y yo, tomando el metro en dirección Argüelles y la Ciudad Universitaria, al ajardinado bosque me dirigí, no sin tener que sortear el fluido, intenso y muy denso tráfico rodado que por la zona ya se estaba desarrollando.
Innecesario me parece el hacer aquí incapié el que una vez en el frondoso paraje bien pronto comprendí que me era preciso ayuda para tratar de localizar por mi mismo el dichoso monumento pues "el bosquecito" de hayas, encinas, plátanos de indias o lo que fuese era impresionante, para mí al menos y, además, bien pude advertir pronto que había distintas estatuas de cariz broncíneo, de hierro fundido, monumentos varios de mármol, piedra o cemento, etc.
Había allí, frente a la Puerta de Carlos III y la estación del metro de Argüelles una especie de kiosco o café-bar o merendero junto a uno de sus accesos, paseo o avenida asfaltada a cuyos bordes o aceras había aparcados gran cantidad de automóviles en tanto que otros se deslizaban por ella cuesta abajo hasta una rotonda que regulaba fluida circulación que supuse en dirección y procedente de Aravaca, inicio de la carretera de La Coruña, al Escorial o algo así. Y a aquel característico establecimiento, como observase que lo estaban abriendo me dirigí con la intención de tomarme un café, cosa que no pudo ser porque no estaba todavía de servicio, abierto al público, según me explicó quien allí estaba poniendo en orden el mostrador y que por su característico acento me pareció sudamericano, lo que él mismo confirmó al solicitarle yo entonces información de lo que andaba a buscar en aquellos andurriales y contestarme que era extranjero y no conocía el Parque lo suficiente para lo que le requería.
En aquellos momentos se aproximaban al sitio una pareja de policías municipales, mujer y hombre que con fría cortesía me escucharon en mi cuita para luego, con el consabido y simultáneo encogimiento de hombros alegar desconocer la ubicación y ni tan siquiera la existencia del tal monumento.
Ya un tanto descorazonado, aun me atreví a incidir en el tema, primero con un señor que, negra cartera o maletín de trabajo en mano, acababa de aparcar su coche un poco más abajo y con un expresivo gesto interrogante de manos no supo responderme. Y lo mismo me sucedió con una joven que, vestida con vistoso chandal de colores surgió de entre la frondosa y cuidada arboleda sujetando por larga correa a un pequeño perro que, al parecer, no hacía más que oliscar todo a su alrededor y de cuando en cuando levantaba una pata trasera con la intención clara y manifiesta de echar por doquier una pequeña meada en lo que acaso consideraba su perruno dominio y que su dueña le estorbaba con enérgicos tirones de la dicha correa. Mostrando extrañeza y frunciendo los labios en un mohín, no supo contestarme.
¡Maldita sea!, pensé por un momento encorajinado, ¿sería posible que no lograse yo dar con el monumentito aquel de marras y poder hacer le algunas fotografías con la máquina que, enfundada llevaba al efecto colgada de mi muñeca?... Por otra parte, me pareció absurdo el que yo intentase a ciegas la búsqueda en aquella amplia área boscosa que tenía a la vista y en perceptible cuesta abajo, cuesta que luego necesariamente debería de subir dado que desconocía otras posibles salidas, asunto nada grato dada mi habitual holgazanería para aquellos trotes "deportivos". Además, llegué a pensar, decepcionado y desilusionado a la vez que si ni aquellas gentes que por el Parque solían transitar a lo que parecía, raro tenía que ser que algún otro transeúnte me contestase favorablemente si lo abordaba. Pensé pues en regresar al centro, a la Gran Vía y al hotel ya que ni un café podía tomar allí de momento.
Y fue entonces cuando me apercibí de que cerca de donde yo me encontraba de pie, indeciso y frustrado, estaba un mozalbete, a lo que pude apreciar medio uniformado con unos ropajes parecidos a los de los bomberos, personal de limpieza o jardineros municipales, que supongo que era lo que debería de ser y que había estado manejando una especie lanza rematada en un tridente o, mejor, como una estilizada horquilla, un rastrillo de largo mango o algo así que le servía para recoger trozos de plásticos, papeles, cartones, botellines vacíos, etc. que los seres humanos inciviles al uso habían dejado esparcidos en la zona en sus correrías nocturnas y a la mayoría de los cuales la suave brisa mañanera hacían revolotear de cuando en cuando hasta que reunidos en pequeños montoncitos él los había ido depositando en una grande papelera instalada para ser transportada en una carretilla de mano.
Era un joven no muy alto y más bien delgado de figura, de apenas insinuado bozo, rala pelusilla más que barba en el rostro, de aspecto un tanto estrafalario y mirar parpadeante y algo huidizo o timorato y que en aquel momento permanecía con ambas manos apoyadas en el mando del apero, habiendo abandonando momentáneamente su tarea, pareciendo que estaba interesado, atento al resultado de mis indagaciones, pero permaneciendo silencioso, con la boca entreabierta un tanto babeante en sonrisa que me pareció más bien bobalicona.
Aunque en buena ley supuse que no tenía el mozo aquel pinta de saber de lo que yo andaba buscando, no obstante, al observar su atención prendida en mi persona, antes de rendirme a la ya previsible evidencia de fallar en el propósito que allí me llevara, decidí preguntarle a él también.
Y el que debía de ser un peón de la limpieza municipal no me dió ni tiempo de detallar un tanto la pregunta pues, demostrando que sí había estado atento a mis infructuosas indagaciones al kiosquero, a los guardias municipales, al hombre del maletín y a la mujer con el perro, con una sonrisa que infantilizó todavía más sus rasgos y meneando la cabeza de arriba a abajo en reiterado cabeceo se soltó a decir:
_ ¡Yo si lo sé, para que "usté" vea! .- arrastrando los vocablos con el característico y simpático acento chulesco o antaño barriobajero madrileño, que le decían nuestros mayores.
Por un instante renacida mi esperanza, insistí en indicar que lo que yo trataba de localizar era una estatua o algo parecido dedicado a una señora llamada Elena Fortún. Y mi interlocutor acabó maravillándome al añadir que, no solo sabía donde estaba sinó que tenía una dedicatoria de los niños españoles y que se encontraba allá abajo, en el interior del parque por donde se iba camino de lo que la gente llamaba "la Fuente de la Salud". ¡Vaya con aquel simpático peón jardinero, mozo de limpieza o lo que fuese que me había parecido un tanto abobado o infelizote él!. Medio me explicó a su manera que le gustaba de siempre recorrer todo el extenso Parque del Oeste que más allá del encauzado río Manzanares se llegaba hasta las proximidades de la misma Casa de Campo, por lo que lo conocía bien y que muchas veces se había parado ante el monumento que hacía años el ayuntamiento dedicara a aquella señora a la que los niños españoles debían haber querido.
Con todo detalle me indicó como debería de bajar por la acera de enfrente hasta la amplia rotonda reguladora del tráfico en la zona, pero que, inmediatamente antes de llegar a ella, donde estaban un paso de peatones y varios semáforos, habría de girar a la derecha, tomar un sinuoso sendero asfaltado que descendía en declive y que era el camino que conducía al paraje conocido de los madrileños como el de La Fuente de la Salud, pero antes, no a mucha distancia de la avenida estaba lo que yo buscaba.
Y, efectivamente, siguiendo sus instrucciones encontré el tal monumento que, debo de confesar aquí, me defraudó mucho y aún me indignó pues es modestísimo, además de estar enclavado en un pésimo sitio, medio escondido entre unos arbustos, desconocido para casi todo el que pueda pasar por allí. Se compone de un conjunto de tres bloques en posición vertical y unidos entre sí, de piedra caliza o arenisca o acaso de cemento armado, de unos dos metros de alto por otros tantos o poco más de largo y varios decímetros de grosor, que simboliza como un tríptico o quizás las páginas de un libro abierto ostentando en la parte alta central un bajo relieve como un camafeo con el busto de la escritora y debajo la leyenda "Los niños españoles a Elena Fortún. 1886 - 1952" y a ambos lados también en bajo relieve las siluetas de una niña ofreciendo una flor y afrontado, un niño con un libro entreabierto así mismo en posición de oferente. Todo ello sobre una base cuadrangular del mismo material. Un pequeño macizo de flores al frente y todo ello rodeado de cesped y de la fronda allí bastante espesa del bosque.
Menguado recuerdo y evocación de quien tan bien supo mantener encendida la imaginación de los niños de su época, que, de todas formas, en la mayoría de los casos parecen actualmente haberla olvidado por completo.
Las Palmas de Gran Canaria, octubre 2001
Guagua , tempestad y niño
De LOS RELATOS DE PLATERO
GUAGUA, TEMPESTAD, NIÑO Y SUSTO
Por Carlos Platero Fernández
Gracias a Dios, en esta para mí bendita tierra canaria, al menos en el ámbito geofísico de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria no suelen ser frecuentes las tormentas atmosféricas con aparatosidad de electricidad estática en el ambiente, relampagueos y tronadas.
Por eso fue que me llamó la atención la que parecía estar fraguándose, organizándose sobre nosotros hacia el nordeste, más allá de La Isleta donde por el horizonte se iba corriendo poco a poco, de forma aparente hacia islas cuales la de Lanzarote y la mas cercana de Fuerteventura, cuya silueta nítida de uno de sus extremos otras veces en situaciones parecidas suele recortarse entre mar y cielo como augurio de que pronto va a llover, según el dicho campesino y marinero grancanario de que, "Ver Fuerteventura, es agua segura", o algo parecido.
Como en tantas otras ocasiones viajaba yo en una moderna y amarilla guagua de las del transporte municipal, sentado al lado derecho junto a la ventana-cristalera que me permitía contemplar la amplia panorámica ciudadana como con objetivo fotográfico de gran angular puesto que, como el vehículo de servicio público correspondía a la línea 3, íbamos subiendo la prolongada cuesta de San Antonio, sobre el Paseo de Chil en dirección a la Ciudad Alta, las grandes barriadas de Schamann y Escaleritas, que era ésta la de mi residencia domiciliaria e inmediato destino.
Iba yo entretenido y en cierto modo absorto pues si bien quedaba atrás el bloque compacto de los barrios de la historiada Vegueta y la comercial Triana, tenía allí ante mí gran parte del perímetro de la ciudad, la Ciudad Jardín, Alcaravaneras, Santa Catalina, la Isleta y toda la urdidumbre del Puerto, sus dársenas, muelles, diques de abrigo y espigones de atraque que a mí me parece que van aumentando, agrandándose más y más al paso de los días; y de fondo las características masas volcánicas de Las Isletas. Sobre todo el conjunto un firmamento encapotado de compactas masas de nubes de tonalidades grisáceas, plomizas.
En principio me había llamado más la atención el mar en su inmensidad cuyas aguas agitadas, a impulsos de un viento que se adivinaba como reinante en la zona se iban tornando de una coloración azul-verdosa, grisácea y turbia en movido oleaje que se denunciaba con innúmeros trazos menudos de blancas espumas bailoteantes a la distancia. Luego presté atención más acentuada al conglomerado de nubes que iba entenebreciendo el ambiente al encapotarse más y más y de entre las cuales, entre tonalidades cárdenas pronto comenzaron a surgir algunos relámpagos de lívidos fulgores que al venir perceptible la tormenta hacia nosotros dejaban oír luego el retumbar de varios truenos.
Ya la guagua en la cima de la empinada subida, dispuesta a girar a la izquierda para bordear en parte el remozado parque de Don Benito, unos potentes relámpagos producidos por alguna chispa allá en lo alto fueron seguidos casi al instante por atronador y restallante trueno, lo que nos indicó a los pasajeros bien a las claras que la repentina tormenta o aparato eléctrico de las nubes estaba ya encima de la ciudad e hizo que más de uno de nosotros se sobresaltase y aún, en determinados casos dos o tres niños de los más pequeños, cogiéndose convulsos a quienes llevasen más próximo y gimoteasen verdaderamente asustados.
Y el hecho, entonces me hizo evocar en fugaz rememoración el suceso alusivo a un momento parecido que aún no hace muchos días se me contó, que me hizo gracia y que fue el siguiente:
El niño, que todavía no contaba con los dos años de edad, según los que bien le querían, era lo más parecido a un querubín, a uno de esos angelotes de las estampas piadosas y de las pinturas clásicas de temas religiosos que siempre aparecen rubicundos, un tanto gordezuelos de formas, de piel aterciopelada y sonrosada, ojos azul celeste y cejas y cabello rubio dorado, en cuyo rostro de mofletes colorados destacaba la boquita de pepón de juguete, de labios humedecidos y tono de brillante rojo carmín, o mejor, de color de guinda o cereza madura.
Semi vestido con tan solo un albo pero algo manchado roponcillo y descalzo, un tanto sudoroso y diciéndose de cuando en cuando y como a sí mismo alguna frase o palabras ininteligibles que a veces le hacían sonreír y gorjear con regocijo, jugaba sobre el edredón o cobertor de la amplia cama materna, entretenido con la variedad de juguetes de plástico, cartón piedra o goma de distintos colores chillones y llamativos que le rodeaban.
Por las entreabiertas puertas acristaladas o ventanales que daban acceso al balcón penetraba la luminosidad un tanto mortecina del exterior que en la tarde otoñal parecía atenuada merced a la compacta masa de nubes de tonos grises y plomizos que presagiaban inminente tormenta. Lo que se confirmó cuando, efectivamente, empezaron a oírse todavía lejanos pero ya retumbantes los primeros truenos.
El niño, al oír la tronada suspendió por unos momentos sus juegos manuales y sus grititos y alzando el rostro y la mirada exclamó con voz clara: "¡Vión!". Porque recordó que al sonar más de una vez el ronroneo de aviones y helicópteros comerciales y militares que por alguna razón y contraviniendo normativas aeronáuticas sobrevolaban la ciudad, su mamá le había explicado que al tal ruido sobre sus cabezas que parecía a él inquietarle o intrigarle no había que temerle y provenía de ellos, "del avión".
Volvió sin más el niño a sus entretenidos juegos y si de nuevo resonó el trueno, repitió sin alterarse lo de "¡Vión!"
Pero la tormenta se estaba aproximando, surgió algún fugaz y lívido resplandor que producía la chispa, el relámpago o el rayo al zigzaguear entre las nubes y el sonido del trueno subsiguiente era más y más prolongado, estruendoso y potente.
El niño, ya preocupado y suspicaz, descendió como pudo del cálido espacio de la cama. Descalzo como estaba corrió a asomarse al balcón, permaneciendo por unos instantes allí alertado, como a la expectativa.
Y una vez más, en la ocasión precedido de instantáneo y fulgurante resplandor del restallante rayo que debió de haber descargado cercano, sonó el pavoroso trueno que se prolongó y que él reconoció que se asemejaba al prolongado crujir de una traca verbenera, como la que aún no hacía mucho oyó en la avenida por causa de una popular fiesta de barrio y que motivó que, terriblemente asustado, se refugiase de inmediato entre los brazos de mamá.
El pequeño y atento espectador, que percibió los primeros gruesos goterones precursores de la lluvia, se quedó por un instante sorprendido y paralizado más que asustado, pero luego, como se dio perfecta cuenta de que aquello no lo producía un "vión", gritó "¡Suto!" y corrió raudo a esconderse debajo de la cama, llorando con desconsuelo y gritando frases confusas e inconexas hasta que mamá acudió presurosa a consolarlo, besándolo y acariciándolo.
Cuando me di cuenta, saliendo del ensimismamiento que la evocación me produjera, sonriendo para mí mismo, observé que ya estaba en Escaleritas y, por lo tanto, después de pulsar el correspondiente timbre de solicitud de parada y detenerse el vehículo en la perceptiva, al igual que otros pasajeros, yo me apeé allí también.
GUAGUA, TEMPESTAD, NIÑO Y SUSTO
Por Carlos Platero Fernández
Gracias a Dios, en esta para mí bendita tierra canaria, al menos en el ámbito geofísico de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria no suelen ser frecuentes las tormentas atmosféricas con aparatosidad de electricidad estática en el ambiente, relampagueos y tronadas.
Por eso fue que me llamó la atención la que parecía estar fraguándose, organizándose sobre nosotros hacia el nordeste, más allá de La Isleta donde por el horizonte se iba corriendo poco a poco, de forma aparente hacia islas cuales la de Lanzarote y la mas cercana de Fuerteventura, cuya silueta nítida de uno de sus extremos otras veces en situaciones parecidas suele recortarse entre mar y cielo como augurio de que pronto va a llover, según el dicho campesino y marinero grancanario de que, "Ver Fuerteventura, es agua segura", o algo parecido.
Como en tantas otras ocasiones viajaba yo en una moderna y amarilla guagua de las del transporte municipal, sentado al lado derecho junto a la ventana-cristalera que me permitía contemplar la amplia panorámica ciudadana como con objetivo fotográfico de gran angular puesto que, como el vehículo de servicio público correspondía a la línea 3, íbamos subiendo la prolongada cuesta de San Antonio, sobre el Paseo de Chil en dirección a la Ciudad Alta, las grandes barriadas de Schamann y Escaleritas, que era ésta la de mi residencia domiciliaria e inmediato destino.
Iba yo entretenido y en cierto modo absorto pues si bien quedaba atrás el bloque compacto de los barrios de la historiada Vegueta y la comercial Triana, tenía allí ante mí gran parte del perímetro de la ciudad, la Ciudad Jardín, Alcaravaneras, Santa Catalina, la Isleta y toda la urdidumbre del Puerto, sus dársenas, muelles, diques de abrigo y espigones de atraque que a mí me parece que van aumentando, agrandándose más y más al paso de los días; y de fondo las características masas volcánicas de Las Isletas. Sobre todo el conjunto un firmamento encapotado de compactas masas de nubes de tonalidades grisáceas, plomizas.
En principio me había llamado más la atención el mar en su inmensidad cuyas aguas agitadas, a impulsos de un viento que se adivinaba como reinante en la zona se iban tornando de una coloración azul-verdosa, grisácea y turbia en movido oleaje que se denunciaba con innúmeros trazos menudos de blancas espumas bailoteantes a la distancia. Luego presté atención más acentuada al conglomerado de nubes que iba entenebreciendo el ambiente al encapotarse más y más y de entre las cuales, entre tonalidades cárdenas pronto comenzaron a surgir algunos relámpagos de lívidos fulgores que al venir perceptible la tormenta hacia nosotros dejaban oír luego el retumbar de varios truenos.
Ya la guagua en la cima de la empinada subida, dispuesta a girar a la izquierda para bordear en parte el remozado parque de Don Benito, unos potentes relámpagos producidos por alguna chispa allá en lo alto fueron seguidos casi al instante por atronador y restallante trueno, lo que nos indicó a los pasajeros bien a las claras que la repentina tormenta o aparato eléctrico de las nubes estaba ya encima de la ciudad e hizo que más de uno de nosotros se sobresaltase y aún, en determinados casos dos o tres niños de los más pequeños, cogiéndose convulsos a quienes llevasen más próximo y gimoteasen verdaderamente asustados.
Y el hecho, entonces me hizo evocar en fugaz rememoración el suceso alusivo a un momento parecido que aún no hace muchos días se me contó, que me hizo gracia y que fue el siguiente:
El niño, que todavía no contaba con los dos años de edad, según los que bien le querían, era lo más parecido a un querubín, a uno de esos angelotes de las estampas piadosas y de las pinturas clásicas de temas religiosos que siempre aparecen rubicundos, un tanto gordezuelos de formas, de piel aterciopelada y sonrosada, ojos azul celeste y cejas y cabello rubio dorado, en cuyo rostro de mofletes colorados destacaba la boquita de pepón de juguete, de labios humedecidos y tono de brillante rojo carmín, o mejor, de color de guinda o cereza madura.
Semi vestido con tan solo un albo pero algo manchado roponcillo y descalzo, un tanto sudoroso y diciéndose de cuando en cuando y como a sí mismo alguna frase o palabras ininteligibles que a veces le hacían sonreír y gorjear con regocijo, jugaba sobre el edredón o cobertor de la amplia cama materna, entretenido con la variedad de juguetes de plástico, cartón piedra o goma de distintos colores chillones y llamativos que le rodeaban.
Por las entreabiertas puertas acristaladas o ventanales que daban acceso al balcón penetraba la luminosidad un tanto mortecina del exterior que en la tarde otoñal parecía atenuada merced a la compacta masa de nubes de tonos grises y plomizos que presagiaban inminente tormenta. Lo que se confirmó cuando, efectivamente, empezaron a oírse todavía lejanos pero ya retumbantes los primeros truenos.
El niño, al oír la tronada suspendió por unos momentos sus juegos manuales y sus grititos y alzando el rostro y la mirada exclamó con voz clara: "¡Vión!". Porque recordó que al sonar más de una vez el ronroneo de aviones y helicópteros comerciales y militares que por alguna razón y contraviniendo normativas aeronáuticas sobrevolaban la ciudad, su mamá le había explicado que al tal ruido sobre sus cabezas que parecía a él inquietarle o intrigarle no había que temerle y provenía de ellos, "del avión".
Volvió sin más el niño a sus entretenidos juegos y si de nuevo resonó el trueno, repitió sin alterarse lo de "¡Vión!"
Pero la tormenta se estaba aproximando, surgió algún fugaz y lívido resplandor que producía la chispa, el relámpago o el rayo al zigzaguear entre las nubes y el sonido del trueno subsiguiente era más y más prolongado, estruendoso y potente.
El niño, ya preocupado y suspicaz, descendió como pudo del cálido espacio de la cama. Descalzo como estaba corrió a asomarse al balcón, permaneciendo por unos instantes allí alertado, como a la expectativa.
Y una vez más, en la ocasión precedido de instantáneo y fulgurante resplandor del restallante rayo que debió de haber descargado cercano, sonó el pavoroso trueno que se prolongó y que él reconoció que se asemejaba al prolongado crujir de una traca verbenera, como la que aún no hacía mucho oyó en la avenida por causa de una popular fiesta de barrio y que motivó que, terriblemente asustado, se refugiase de inmediato entre los brazos de mamá.
El pequeño y atento espectador, que percibió los primeros gruesos goterones precursores de la lluvia, se quedó por un instante sorprendido y paralizado más que asustado, pero luego, como se dio perfecta cuenta de que aquello no lo producía un "vión", gritó "¡Suto!" y corrió raudo a esconderse debajo de la cama, llorando con desconsuelo y gritando frases confusas e inconexas hasta que mamá acudió presurosa a consolarlo, besándolo y acariciándolo.
Cuando me di cuenta, saliendo del ensimismamiento que la evocación me produjera, sonriendo para mí mismo, observé que ya estaba en Escaleritas y, por lo tanto, después de pulsar el correspondiente timbre de solicitud de parada y detenerse el vehículo en la perceptiva, al igual que otros pasajeros, yo me apeé allí también.
Viva la madre que te parió
(Estampa ciudadana)
por Carlos Platero Fernández
Fui yo testigo de este suceso aún hace escasos días.
Viajaba por la ciudad, de pasajero en una de las guaguas, creo que de las líneas 11 o 12, que, en un largo trayecto recorre buena parte de la zona más baja de la moderna y cosmopolita urbe en que resido.
En la apacible mañana casi veraniega íbamos rodando por una larga calle secundaria, de fluido pero a aquellas horas no muy intenso tráfico rodado y humano; paralela, eso sí, a otra de las más principales y representativas vías urbanas.
Después de haber accedido al vehículo saludando con un perceptible ¡Buenos días! al uniformado conductor que era un hombre de mediana edad, de frondosa caballera entrecana y espeso bigote negro que contestó cortés y educado, luego que introduje la cartulina-tarjeta de abono de usuario en la máquina de tiques correspondiente me acomodé en el asiento delantero de la parte derecha en el que ya sabia iba a disponer de más amplia visual panorámica durante el trayecto; y extrayendo de la bolsa de plástico que portaba uno de los periódicos locales del día me dispuse a hojearlo como en tantas otras ocasiones. Aunque también cierto fue que, como casi siempre me suele suceder, me dediqué en los minutos siguientes más que a la posible lectura a curiosear, a “novelear” la vida que se desarrollaba ante mi y a mi alrededor, a prestar alguna atención a las conversaciones, las exclamaciones, los murmullos de los demás pasajeros y, desde luego, a contemplar distraído la amplia panorámica del paisaje urbano que cruzábamos, los edificios, las calles transversales, alguna que otra pequeña plazuela o un reducido y arbolado parque, las gentes que caminaban por las aceras, reposaban en algún banco de madera, cemento o hierro, entraban y salían de portales de viviendas, en locales comerciales, paseaban algún mimado perro, perrito o perrazo, etc. etc.
Pues bien; transcurrido un rato de apacible trayecto me fue dado el ser testigo del inaudito y simpático episodio que motivó el haberme yo sentado ahora a componer el presente relato.
En una de las señaladas paradas de la guagua, me parece que la del parque, adivinando, sin volverme, que fueron varios los pasajeros que a mis espaldas descendieron a tierra por las abiertas puertas automáticas del costado derecho del vehículo de transporte público, viendo como por las delanteras accedían a su vez al interior otros, hombres y mujeres que en ordenada fila fueron, unos pasando justo a mi lado tras introducir con el mismo ceremonial las tarjetas de abono que eran tragadas por la maquinita dichosa y devueltas de inmediato con sus característicos y rítmicos timbrazos; y otros abonando en efectivo el billete que el mismo conductor expendía facilitando la vuelta de la moneda o del billete correspondiente a quién lo precisase.
Y fue ahí cuando mi atención de impenitente curioso se despertó, si es que estaba un tanto aletargada en la ocasión.
El último pasajero en subir en aquella parada fue una señora, bien trajeada, de figura menuda, ademanes algo temblorosos e inseguros posiblemente propios de la edad, un beatífico rostro todavía atractivo surcado por innúmeras pequeñas arrugas y luminosos y chispeantes ojos azules.
La anciana se quedó un tanto encogida pero sonriente, casi pegada al amplio cristal parabrisas delantero de la guagua, de pie, apoyada con una mano sarmentosa de piel pecosa y morena al soporte metálico forrado de plástico oscuro de la máquina automática expendedora de billetes y bandeja para el cambio monetario adyacente, en tanto que con la otra sujetaba el como charolado bolso que portaba en banderola.
Pero lo que en realidad en principio atrajo mi atención fue que el bigotudo conductor Uniformado, en rápido ademán hurgó en uno de los bolsillos de sus pantalones, extrajo una de esas corrientes carteras de mano con cremallera lateral en que se suelen guardar calderilla, billetes, tarjetas, carnets y otros papeles y cogiendo de su interior unas monedas las depositó en la bandeja receptora del dinero, pulsó una tecla del artilugio expendedor y recogió el billete que surgió de inmediato de su interior cono una lengua burlona ... y se lo alargó a la anciana pasajera que, sin moverse de donde estaba lo aceptó con toda naturalidad.
El singular hecho me sorprendió algo, pero luego, ya de nuevo en movimiento la guagua, observé yo que el mozalbete zanquilargo que más bien se derrumbaba que se sentaba en el asiento delantero paralelo al mío pero situado justo detrás de la mampara de vidrio o plástico transparente que lo separaba del respaldar del asiento del conductor, ataviado con las holgadas y como deformes ropas de marca y hoy en día de moda juvenil, con el áspero cabello cortado al rape menos un pequeño y alargado moño o casquete de esos que te recuerdan a los indios mohicanos de aquellas películas de aventuras de mi infancia y juventud, que con sendos auriculares de un pequeño y plateado reproductor de CD_ROM enchufados en los oídos, a pesar de estar viendo perfectamente a la anciana señora de pie no hizo movimiento alguno para cederla el asiento.
Yo que, como suelo decir en casos semejantes que a mis setenta y pico de años me considero, soy de los antiguos, me incorporé y toqué en un brazo a la señora, rogándole que aceptase el sentarse en mi lugar. Ella, sonriente me agradeció el gesto pero rechazó la oferta, indicándome a continuación que ya iba a bajarse un poco más adelante; advertido todo ello por el conductor que sin dejar de prestar atención a la conducción del vehículo nos miró por un instante a ambos como a hurtadillas y luego aún me pareció que se cruzaban algunas palabras entre ellos a media voz. Sin duda eran conocidos el uno de la otra, pensé.
Insisto que me extrañé algo de todo aquello por un momento, pero muy pronto mi interés se desvió una vez más hacia las páginas del periódico que continuaba sosteniendo abierto y desplegado en mis manos. Y, desde luego contemplando el exterior unas veces con ligeros atisbos de momentáneo interés y otros en distraída mirada mientras que, como casi siempre, en mi mente surgían y se entremezclaban las más diversas ideas y volanderos pensamientos de apacible y sereno discurrir vivencial.
Y fue entonces cuando de forma inopinada, sin aún haber llegado a la más próxima parada señalada al efecto en la ruta, el conductor de la guagua activó los indicadores de giro a la derecha y a continuación los parpadeantes de estacionamiento. Y detuvo el vehículo al mismo borde de la acera peatonal, puso con rapidez el freno de mano, accionó el interruptor que abría las puertas delanteras, se levantó ágil de su asiento descendiendo raudo a la dicha acera y, muy sonriente, ofreció el brazo a la anciana aquella que, también sonriendo bajó de la guagua y con unos muy expresivos golpecitos de su mano palmoteó en el brazo del hombre en indudable ademán cariñoso en señal de despedida y con lento pero que en cierto modo parecía majestuoso porte caminó unos pasos hasta la puerta abierta de un portal, bajo cuyo dintel se volvió para despedir una vez más con sugestiva sonrisa acaso tanto a su improvisado paladín como a nosotros, los pasajeros que contemplábamos con manifiesta sorpresa la que nos parecía inaudita escena.El conductor retornó raudo a su asiento ante el volante, volvió a accionar el botón del interruptor que ahora cerraba las puertas automáticas delanteras y, antes de reanudar la interrumpida marcha incorporándose nuevamente al tráfico rodado, se volvió a nosotros con una amplia sonrisa en el semblante, dispuesto a pedir disculpas y explicar la anécdota.
Señores pasajeros; ruego me disculpen esta imprevista detención que, bien sé, se sale de las normas establecidas. Pero sucede que, esa señora a la que ayudé a bajar porque se mueve con bastante dificultad, vive justamente ahí, en uno de los pisos de ese zaquán,... Y es mi madre!
En el ínterin, después de los primeros instantes de sorpresa y estupor generales, comenzó a surgir algún que otro murmullo de indignada reprobación que, al escuchar las explicaciones del buen hombre, nosotros convertimos al unísono en espontáneo y cálido aplauso, en medio del cual se pudo oír con claridad la exclamación castiza de:
¡Viva la madre que te parió!
Las Palmas de Gran Canaria,
6 de junio de 2002 "
por Carlos Platero Fernández
Fui yo testigo de este suceso aún hace escasos días.
Viajaba por la ciudad, de pasajero en una de las guaguas, creo que de las líneas 11 o 12, que, en un largo trayecto recorre buena parte de la zona más baja de la moderna y cosmopolita urbe en que resido.
En la apacible mañana casi veraniega íbamos rodando por una larga calle secundaria, de fluido pero a aquellas horas no muy intenso tráfico rodado y humano; paralela, eso sí, a otra de las más principales y representativas vías urbanas.
Después de haber accedido al vehículo saludando con un perceptible ¡Buenos días! al uniformado conductor que era un hombre de mediana edad, de frondosa caballera entrecana y espeso bigote negro que contestó cortés y educado, luego que introduje la cartulina-tarjeta de abono de usuario en la máquina de tiques correspondiente me acomodé en el asiento delantero de la parte derecha en el que ya sabia iba a disponer de más amplia visual panorámica durante el trayecto; y extrayendo de la bolsa de plástico que portaba uno de los periódicos locales del día me dispuse a hojearlo como en tantas otras ocasiones. Aunque también cierto fue que, como casi siempre me suele suceder, me dediqué en los minutos siguientes más que a la posible lectura a curiosear, a “novelear” la vida que se desarrollaba ante mi y a mi alrededor, a prestar alguna atención a las conversaciones, las exclamaciones, los murmullos de los demás pasajeros y, desde luego, a contemplar distraído la amplia panorámica del paisaje urbano que cruzábamos, los edificios, las calles transversales, alguna que otra pequeña plazuela o un reducido y arbolado parque, las gentes que caminaban por las aceras, reposaban en algún banco de madera, cemento o hierro, entraban y salían de portales de viviendas, en locales comerciales, paseaban algún mimado perro, perrito o perrazo, etc. etc.
Pues bien; transcurrido un rato de apacible trayecto me fue dado el ser testigo del inaudito y simpático episodio que motivó el haberme yo sentado ahora a componer el presente relato.
En una de las señaladas paradas de la guagua, me parece que la del parque, adivinando, sin volverme, que fueron varios los pasajeros que a mis espaldas descendieron a tierra por las abiertas puertas automáticas del costado derecho del vehículo de transporte público, viendo como por las delanteras accedían a su vez al interior otros, hombres y mujeres que en ordenada fila fueron, unos pasando justo a mi lado tras introducir con el mismo ceremonial las tarjetas de abono que eran tragadas por la maquinita dichosa y devueltas de inmediato con sus característicos y rítmicos timbrazos; y otros abonando en efectivo el billete que el mismo conductor expendía facilitando la vuelta de la moneda o del billete correspondiente a quién lo precisase.
Y fue ahí cuando mi atención de impenitente curioso se despertó, si es que estaba un tanto aletargada en la ocasión.
El último pasajero en subir en aquella parada fue una señora, bien trajeada, de figura menuda, ademanes algo temblorosos e inseguros posiblemente propios de la edad, un beatífico rostro todavía atractivo surcado por innúmeras pequeñas arrugas y luminosos y chispeantes ojos azules.
La anciana se quedó un tanto encogida pero sonriente, casi pegada al amplio cristal parabrisas delantero de la guagua, de pie, apoyada con una mano sarmentosa de piel pecosa y morena al soporte metálico forrado de plástico oscuro de la máquina automática expendedora de billetes y bandeja para el cambio monetario adyacente, en tanto que con la otra sujetaba el como charolado bolso que portaba en banderola.
Pero lo que en realidad en principio atrajo mi atención fue que el bigotudo conductor Uniformado, en rápido ademán hurgó en uno de los bolsillos de sus pantalones, extrajo una de esas corrientes carteras de mano con cremallera lateral en que se suelen guardar calderilla, billetes, tarjetas, carnets y otros papeles y cogiendo de su interior unas monedas las depositó en la bandeja receptora del dinero, pulsó una tecla del artilugio expendedor y recogió el billete que surgió de inmediato de su interior cono una lengua burlona ... y se lo alargó a la anciana pasajera que, sin moverse de donde estaba lo aceptó con toda naturalidad.
El singular hecho me sorprendió algo, pero luego, ya de nuevo en movimiento la guagua, observé yo que el mozalbete zanquilargo que más bien se derrumbaba que se sentaba en el asiento delantero paralelo al mío pero situado justo detrás de la mampara de vidrio o plástico transparente que lo separaba del respaldar del asiento del conductor, ataviado con las holgadas y como deformes ropas de marca y hoy en día de moda juvenil, con el áspero cabello cortado al rape menos un pequeño y alargado moño o casquete de esos que te recuerdan a los indios mohicanos de aquellas películas de aventuras de mi infancia y juventud, que con sendos auriculares de un pequeño y plateado reproductor de CD_ROM enchufados en los oídos, a pesar de estar viendo perfectamente a la anciana señora de pie no hizo movimiento alguno para cederla el asiento.
Yo que, como suelo decir en casos semejantes que a mis setenta y pico de años me considero, soy de los antiguos, me incorporé y toqué en un brazo a la señora, rogándole que aceptase el sentarse en mi lugar. Ella, sonriente me agradeció el gesto pero rechazó la oferta, indicándome a continuación que ya iba a bajarse un poco más adelante; advertido todo ello por el conductor que sin dejar de prestar atención a la conducción del vehículo nos miró por un instante a ambos como a hurtadillas y luego aún me pareció que se cruzaban algunas palabras entre ellos a media voz. Sin duda eran conocidos el uno de la otra, pensé.
Insisto que me extrañé algo de todo aquello por un momento, pero muy pronto mi interés se desvió una vez más hacia las páginas del periódico que continuaba sosteniendo abierto y desplegado en mis manos. Y, desde luego contemplando el exterior unas veces con ligeros atisbos de momentáneo interés y otros en distraída mirada mientras que, como casi siempre, en mi mente surgían y se entremezclaban las más diversas ideas y volanderos pensamientos de apacible y sereno discurrir vivencial.
Y fue entonces cuando de forma inopinada, sin aún haber llegado a la más próxima parada señalada al efecto en la ruta, el conductor de la guagua activó los indicadores de giro a la derecha y a continuación los parpadeantes de estacionamiento. Y detuvo el vehículo al mismo borde de la acera peatonal, puso con rapidez el freno de mano, accionó el interruptor que abría las puertas delanteras, se levantó ágil de su asiento descendiendo raudo a la dicha acera y, muy sonriente, ofreció el brazo a la anciana aquella que, también sonriendo bajó de la guagua y con unos muy expresivos golpecitos de su mano palmoteó en el brazo del hombre en indudable ademán cariñoso en señal de despedida y con lento pero que en cierto modo parecía majestuoso porte caminó unos pasos hasta la puerta abierta de un portal, bajo cuyo dintel se volvió para despedir una vez más con sugestiva sonrisa acaso tanto a su improvisado paladín como a nosotros, los pasajeros que contemplábamos con manifiesta sorpresa la que nos parecía inaudita escena.El conductor retornó raudo a su asiento ante el volante, volvió a accionar el botón del interruptor que ahora cerraba las puertas automáticas delanteras y, antes de reanudar la interrumpida marcha incorporándose nuevamente al tráfico rodado, se volvió a nosotros con una amplia sonrisa en el semblante, dispuesto a pedir disculpas y explicar la anécdota.
Señores pasajeros; ruego me disculpen esta imprevista detención que, bien sé, se sale de las normas establecidas. Pero sucede que, esa señora a la que ayudé a bajar porque se mueve con bastante dificultad, vive justamente ahí, en uno de los pisos de ese zaquán,... Y es mi madre!
En el ínterin, después de los primeros instantes de sorpresa y estupor generales, comenzó a surgir algún que otro murmullo de indignada reprobación que, al escuchar las explicaciones del buen hombre, nosotros convertimos al unísono en espontáneo y cálido aplauso, en medio del cual se pudo oír con claridad la exclamación castiza de:
¡Viva la madre que te parió!
Las Palmas de Gran Canaria,
6 de junio de 2002 "
Por el cloquío y algo de la radio en Canarias
Viajaba yo hace unos días como pasajero que acababa de subirme a una de las guaguas que desde la barriada de Escaleritas me iba a transportar hasta la Avenida 1º de Mayo para dejarme casi enfrente de la Plaza de San Bernardo mi más inmediato destino en el transcurso de la mañana, que ya a las diez horas se anunciaba calurosa, propia ciertamente de las calendas de primeros del mes de junio.
Una vez introducida y a continuación retirada la consabida tarjeta de transporte municipal tras el previo doble zumbido de aceptación de la misma, con el paso un tanto indeciso o tambaleante el cuerpo motivado por los “refrechones” que al arrancar de nuevo imprimió al dichoso vehículo su conductor, me dirigí a la parte central-trasera buscando con la mirada algún asiento que estuviese desocupado... Que en tal ocasión no había, por lo que de inmediato me cedió el suyo un señor de talle rubicundo, medio calvo y envigotado y que a lo que presumí, además, se iba a apear del transporte en la próxima parada ya en la adyacente barriada de Schamann, una vez pasado el puente de la calle de Zaragoza por frente al recientemente creado parque público en los polémicos terrenos del extinto canódromo o Nuevo Campo España.Naturalmente, sin titubeos o falsos melindres acepté de primeras el asiento y aún hice, como entre dientes pero para que se me oyera un ligero comentario al agradecer el atento gesto diciendo algo sobre que a aquello venía bien para evitar lo ya inseguro de mis “remos”.Y, al acomodarme lo mejor posible en el asiento en tanden, la señora que allí iba en el lado de la ventanilla se volvió para mirarme y con un perceptible gesto como de sorpresa en su rostro, dirigiéndose en pleno a mí, dijo, más bien preguntó, un tanto si es-no es titubeante:_ Perdone, pero,...¿Usted es el señor Platero?... ¿Carlos Platero?Yo creo que a todos los humanos, en principio al menos nos es grato el ser reconocido por nuestros congéneres en encuentros fortuitos como este que ahora me ocupa.Examiné con atención el rostro, las facciones de quien así se me dirigía y observé a una mujer supuse que más que cincuentona aunque bien conservada, de estatura regular y figura un tanto regordeta como presumí. La verdad es que no la reconocí como alguien a quien yo debiera de recordar o conocer. Por lo que tan solo asentí a la pregunta, aunque procurando sonreír un tanto. Y ella continuó:_ ¡Joroba!... Lo reconocí tan solo por la voz, ¡Por el “cloquío”, como decimos nosotros los canarios!“¡Arrea!”, hube de exclamar yo para mis adentros. Y, si, me sentí en verdad halagado... ¡Mira que reconocerme por mi voz!... Aunque, por otro lado pensé por un instante que, como no fuese de ella haber asistido en alguna ocasión y desde luego tenía que haber sido hace ya bastante tiempo a alguna de aquellas mis conferencias y charlas-coloquio impartidas sobre el cine en Canarias, historia de las islas, cosas de mi Galicia nativa, etc...O, en todo caso, aún llegué a pensar por brevísimo instante, me escuchó alguna vez por la radio o en alguna entrevista televisiva... ¡O que sé yo!Cierto que, aparte del diapasón más que regulable de mi tono de voz, mi acento fonético sigue siendo más que identificable de mi procedencia peninsular, si no tanto de mi origen gallego si tanto inconsciente como consciente agrando o abro algo más y de forma peculiar las vocales fuertes y prolongo las débiles; es decir, hago uso deliberado de un inconfundible y atávico acento gallego de mi tierra nativa, que, como caso acaso excepcional en mí, ni se me ha borrado del todo u olvidado si yo lo desease, que no es este el caso, en los cincuenta y pico de años que llevo fuera de Galicia, por más que a ella retorne en agradables pero cortas ocasiones y por lo que además, presumo de no haber olvidado al menos el 90 % de su “feiticeira” lengua, que hablo cada vez que me es dado.En el trance cuya estampa estoy exponiendo, me atreví pues a preguntar a aquella sonriente señora de cabellos grisáceos._ Y, ¿de que nos conocemos?...Porque, si le digo la verdad, en estos casos, mi memoria suele ser tan flaca, que...La contestación, que me sorprendió gratamente, fue concisa y rotunda:_ Pues de cuando usted estuvo como director del Grupo Escuela de Arte Radiofónico de Las Palmas y era, me parece, administrador del Hogar Juvenil de Schamann cuando se estrenó._ ¡Anda!, - hube de asombrarme yo - ¡Pues no ha llovido desde entonces...!Y continuó entre sonrisas de ambos la evocación surgida al conjuro de la charla. Decía ella:_ Yo fui una de aquellas alumnas del curso, de las más jóvenes, entre las que se contaba a MarisaNaranjo, Loly Rosales,..._..., que luego, casada con el también alumno Juan Ambrosio Díaz fue la directora de Onda Real de Las Palmas... Y antes lo habían sido Dolores Lirio, Conchita Tauroni, Alicia Baez...Y la interrogué a mi vez.._¿Cómo se llama usted?..._ Sagrario García. Y, repito, fue de los últimos cursos en que usted, señor Platero nos dio clases. Después lo hicieron José Francisco Fontes y Lopez Urquía y al final del todo ya fue director Segundo Almeida, ¿recuerda?....¡Claro que recordé, que evoqué uno de los más gratos episodios de mi existencia, de mi vivir en esta tierra insular!Pero, antes de rematar esto que pretendo se amplio comentario vivencial ocasionado por mi “circunstancial”“cloquío” vayan aquí en rápida rememoración otros momentos de inicio parecido.Hallándonos mi esposa y yo en uno de estos pasados veranos más recientes disfrutando de unos días alojados en alguno de los cómodos establecimientos hoteleros de los ardedores del Faro de Maspalomas al sur de la isla, el Gran Hotel Costa Meloneras en tal ocasión, tal como solíamos hacer, al atardecer nos dedicamos a pasear algo por la calzada que conducía al Charco en sí, platicando de no sé que, cuando oímos una voz que, detrás de nosotros, preguntaba, casi afirmaba:_ Carlos Platero Fernández, presumo..Al volvernos, sorprendidos, vimos a un hombre, ya de edad madura a lo que se observaba, pero cuyos rasgos faciales se me hicieron un si es no es conocidos, como emergiendo de la bruma de la memoria, que montado en una bicicleta deportiva que frenó apoyando un pié en el embaldosado piso, me miraba entre turbado y sonriente._ Pues, si. – hube de decir a mi vez., medio señalándolo con un dedo índice -y usted,...Y tú eres..._ Galayo, Andrés Galayo, que fui vecino vuestro y alumno tuyo. – y se apeó del todo de la vici.Nos estrechamos la mano pues no en vano fuimos desde mucho tiempo, no tan solo compañeros en aquello de la Radio y yo sino amigos de siempre, aunque no nos viésemos más que de muy tarde en tarde comoen tales momentos presentes.Y hablamos, dialogamos en el transcurso de varios minutos, recordando, ¿Cómo no? a comunes amigos y compañeros del Grupo en el que yo fui secretario, en alguna que otra ocasión director en funciones y Andrés Galayo un aventajado alumno que luego pasó a ser uno de los mejores actores de un nuestro grupo teatral y muy buen locutor en el ramo publicitario, cuya armoniosa voz aún oigo de cuando en cuando en alguna de las actuales emisoras de radio locales.Otra vez, esta aún no hace mucho tiempo, por relatar alguna ocasión similar más, estando en el aeropuerto, en las llegadas locales o de las islas, esperando a mi hija Margot que venía de Tenerife, sin volverme, dije a Margarita que descansaba un poco atrás de mí, sentada en una de las butacas alli expresamente situadas:_ El avión ya llegó, pero todavía no he visto a Margot entre los pasajeros que están llegando.Y como contestación, una voz que sonó a mi lado._ Carlos Platero, si no me equivoco.Quien así me decía era un hombre corpulento, calvo como yo, que me alargaba la mano y al que en este caso si reconocí de inmediato como a Octavio Pulio, al que conocí hace la tira de años administrando con un hermano suyo la entonces existente Tabaquería Pulido del Parque de Santa Catalina y luego alto funcionario de la Caja Insular de Ahorros, con el que de siempre me ha unido cordial amistad.Y que me dijo, después del afectuoso mutuo saludo:_ Te reconocí de inmediato, tan solo de oírte, pues tienes una voz y un acento muy peculiares, amigo Platero. Te conocí por el “cloquido”De todas formas, allí poco pudimos dialogar puesto que ya estaba llegando a nosotros mi hija Margot y es de suponer que también la persona que mi interlocutor parecía esperar.Añadir, para terminar esta especie de inciso, que, según el Diccionario Diferencial del Español de Canarias de Cristóbal Corrales Zumbado, Dolores Corbella Díaz y Mª Angeles Alvarez Martínez , “cloquido” (o “cloquío” más en popular) “es cloqueo, cacareo sordo de la gallina clueca. T en GC y Tf., acento, particular inflexión en el modo de hablar que distingue a una persona. Supe que estabas en casa porque te oí el cloquido.Pero, volviendo al tema del enunciado del presente comentario, ...¡Vaya si evoqué, en milésimas de segundo, en un solo instante, aquellos mis felices tiempos de recuerdos radiofónicos, de mis primeros y quizas accidentales contactos con un incipiente radiofonismo en Canarias, que condenso ahora en lo que mentalmente he denominado, el G.E.A.R. y yo.Pues ocurrió una vez que, allá por el principio de los años ochenta del pasado siglo XX, en cierta ocasión hablaba yo con un joven paisano mío que se encontraba ocasionalmente en Las Palmas de Gran Canaria por mor del entonces todavía obligatorio servicio militar, que hubo de cumplir después de haber agotado todos los plazos legales de reiteradas prórrogas por estudios.Al ya talludo mozo licenciado en Ciencias de la Información en el ramo de Radio se le notaba deseoso de iniciarse en lo que era su vocación y, si no iba a haber cambios sustanciales en sus ilusiones y proyectos, sería su profesión en el futuro.En conociéndome y mediando el encargo de uno de mis hermanos de que lo atendiese lo mejor posible, me solicitó ayuda para intentar en el forzoso "interregno" el iniciarse como colaborador en alguno medio de comunicación social canario, preferentemente radiofónico puesto que era hacia tal faceta informativa hacia donde se inclinaba más su afición.Yo, como no podía ser menos, tanto por así encarecérmelo un familiar, como porque sabía que en mi mano estaba, recurrí a alguno de mis buenos amigos y lo pude poner de inmediato en contacto con gentes profesionales de la radio en Las Palmas de Gran Canaria; porque, entre mis muchos conocidos y amigos he contado desde años atrás con bastantes aquí, tanto de la Radio como de la Prensa o de la Televisión, lo que sigue siendo para mí siempre motivo de orgullo y satisfacción.Y en una amena conversación con mi joven paisano, hablando y hablando, le dije que, a pesar de que por mi profesión habitual, del ambiente laboral en que me desenvolvía nada tenía que ver con los medios de comunicación social canarios, en realidad yo había sido, hacía ya bastantes años, un poco "hombre de la radio" en Canarias.Rememoré para mi melancólico gozo y para él parte de una etapa de mi vida en Canarias, muy querida y añorada de cuando en cuando, sumamente interesante. Pero, cuando ya entusiasmado en el nostálgico recuerdo quise incrustar hechos, personas y lugares, anécdotas de aquel retazo de mi existir, no pude hacerlo con precisión allí; a pesar de que, al igual que las rojas cerezas del cesto, que al tirar de una, vienen otras entrelazadas por sus rabos, unos recuerdos fueron acudiendo a mi mente engarzados con otros.Ciertamente, en lo más íntimo de mi ser quedé allí bastante afectado a pesar de que sé que mi memoria es asaz flaca en ocasiones. Defraudado por haberme olvidado casi por completo aquella interesante etapa de mi vida en que hice mis escarceos en un medio de comunicación de masas tan interesante como fue y es la radio desde su implantación entre nosotros.Y luego hubo de sucederme al respecto algo para mí sorprendente. En mi domicilio, aquella misma noche, al acostarme sin duda iba en mi subconsciente, como idea fija y acaso obsesiva con los ecos de la conversación habida con mi joven paisano. Porque en el silencio nocturno, cuando más plácidos debieran de ser mi reposo y mi sueño, en un determinado momento me desperté de pronto, encontrándome, por otra parte, completamente despejado, descansado en lo físico, a pesar de haber transcurrido acaso tan solo tres o cuatro horas desde que me acostara. Aún no era de madrugada, por lo que el hecho de momento me fastidió un tanto pues en realidad no me apetecía levantarme, calentar y tomar un café bien cargado, sin azúcar, encender un cigarrillo y en la misma cocina ponerme a leer o escribir algo, o pensar en mil y un disparates como hacía otras veces en casos similares hasta que amaneciese, cuanto menos.Cerrando los ojos traté de concentrarme aprovechando el silencio reinante, de evocar con mayor precisión mi recuerdo de horas antes acerca de considerarme haber sido en el pasado yo vinculado a la Radio en Canarias. En principio, por más que lo intenté, apenas lograrme acordarme de fragmentos dispersos. Vinieron a la llamada de la evocación a la mente alguna difusa escena, algunos rostros, algunos hechos confusos,... y nada más. Todo lo referente a la pretendida evocación parecía haberse borrado de mi memoria, como los blancos trazos de la tiza sobre el negro de la pizarra al impulso del trapo que limpia y elimina.Pero, insistente, en la quietud, en el silencio, en la serenidad de la tranquila noche, aún hice un nuevo experimento de fuerza mental. Así con denuedo uno de aquellos momentos fugaces que acudían como perezosos o indecisos a la llamada de la evocación y procuré centrarme en él, sin permitirle que se me esfumase, que se perdiese en el revoltijo continuo de mezcladas ideas, de visiones y de reflejos de recuerdos que continuaban como navegando o flotando en la mente.Sorprendentemente para mí, el experimento pareció resultar y luego, en cierta manera hube de maravillarme y sorprenderme al comprobar que esos recuerdos de episodios del pasado existencial de uno, almacenados en la memoria no se pierden ni se borran ni desaparecen en determinado momento para siempre sino que, adormilados o aletargados, olvidados de algún modo en los recoveco nervioso o celular pueden surgir de nuevo y de hecho lo hacen con la invocación pudiéndose así gozar de momentos inefables volviendo a revivir aunque solo sea por espacio de unos segundos o minutos, o lo que sea porque el espacio tiempo puede no figurar entonces, hechos, escenas, episodios, personales, sentimientos de un ayer infantil, adolescente, juvenil, vivencial en suma.Y entonces evoqué,... e indagué,... y escribí. Lo que ahora puedo ya evocar con bastante nitidez.Creo que todo comenzó para mí por el año de 1952, o, a lo más, a principios del de 1954, aquí, en Canarias.Yo, que había llegado a las islas Canarias a finales del año 1949 y residía temporalmente en la sureña ciudad de Telde, por el año de 1953, en alguno de los periódicos locales debí de leer la convocatoria que me tentó, en la que se invitaba a quien lo desease para inscribirse en los exámenes de acceso a cursos de locutores, sincronizadores, montadores musicales, guionistas, etc.Con una gran ilusión cursé la preceptiva instancia en la que recuerdo que decía que optaba a ser alumno en las modalidades de ¡locutor-escritor!Tenía veinte y tantos años, hacía algún tiempo que escribía cuartillas y cuartillas, casi siempre sin finalidad determinada ni práctica alguna pero volcando en ellas, de forma tosca y sin estilo aunque si con gran sinceridad y fogoso entusiasmo mis vivencias, realidades y sentimientos, ilusiones y sueños... Todo ello con un barniz romántico y algo barroquista. Tenía grandes ilusiones como todo joven que ya andaba solo e independiente por la vida y me hacía múltiples proyectos para un futuro que, la verdad, no alcanzaba a ver claro y nítido y estimaba confuso pero anhelaba venturoso. Lo que yo soñaba no dejaba de ser más que un puñado de fantasías propias para vivirlas en el fresco y extenso campo de la imaginación; con pocas posibilidades de acrecentamiento cultural e intelectual al estar ya incrustado en el mundo laboral pero si sintiendo una tremenda afición a la lectura en general y congénita curiosidad por cuanto me rodeaba. Y deseos constantes de escribir, repito.Fue aceptada mi instancia, aboné algunas pesetas y con otros aspirantes sufrí examen oral y escrito, que aún no sé bien como logré aprobar, por lo nervioso que estaba. Fue en una destartalada aula, no recuerdo ahora bien si en el número 3 de la calle Doctor Déniz o en el caserón de la calle de La Palma, esquina a Albareda, donde, por cierto se radicó luego y por algún tiempo el recién creado Grupo Escuela de Arte Radiofónico de Las Palmas y que hoy en día ya no existe, convertido el contorno en el tan traído y llevado entre políticos municipales solar ya construido del Woerman porteño.Tengo muy vaga constancia de aquel día o aquellos días de exámenes, aunque creo que debió de ser por tales fechas cuando conocí a José Artiles Peón, entonces juvenil y flamante secretario del Grupo y posteriormente, en prolongado y fecundo período, director activo del mismo, al fallecimiento de "Maso" Rodríguez. También, indudablemente a quienes luego fueron y siguen siéndolo admirables compañeros y entrañables amigos cuales Rafael Carrasco, José Cazorla, Juan Quintana, Pablo Ojeda, Antonio Reyes Rodríguez el que por cierto, cuando me vé, me abraza efusivo reconociéndome como ¡Ricardo Villares, el veterano y activo presidente de la Casa de Galicia local!... Y, no sé yo bien ahora al paso de los años si desde aquellas iniciales fechas o a partir de los cursos siguientes, mujeres y hombres a quienes quizás desde hace años no vea o en todo caso salude muy de tarde en tarde y sea incapaz de reconocer sus fisonomías actuales pero que han quedado al menos sus nombres indelebles en mi recuerdo.Vaya aquí como una anécdota más acerca de la camaradería y con el paso del tiempo entrañables amistades surgidas entre los componentes del Grupo el indicar que, por ejemplo, en el verano del año 1956, nos casamos en el mismo día los alumnos Antonio Reyes Rodríguez y yo; el uno, natural de Arucas, en Teror y yo en la iglesia de San Francisco, de Las Palmas de Gran Canaria. Y la totalidad de los componentes del Grupo hubo de dividirse;y una parte acudió a la boda del uno y la otra a la del otro y en ambos casos fueron los que con mayor alegría y algazara arrojaron sobre los contrayentes el simbólico arroz de la felicidad y quienes, en colectivo efectuaron los clásicos regalos de boda más cariñosos y emotivos.También por aquellas fechas se formalizaron las uniones matrimoniales de los alumnas Dolores Lirio con Rafael Carrasco y Conchita Tauroni con José Artiles y, años más tarde, Laly Sánchez con Juan A. Díaz-Casanova.Aficionado de siempre a confeccionar y guardar fichas, bibliografía, recortes de prensa de los temas canarios más insospechados que hayan suscitado mi impenitente curiosidad intelectual, también conservo con especial delectación algunas cintas magnetofónicas con muestras de lo que fueron las grabaciones radiofónicas del GEAR de Las Palmas: Una audición especial de Semana Santa con la voz de Segundo Almeida, un cuadro histórico radiado en abril de 1959 con las voces de José Ramírez, Jesús Padilla, Enrique Matas y José Henríquez y montaje musical de Juan Díaz Casanova, así como otra pieza histórica con la voz de Matías Aragunde y que de cuando en cuando me gusta escuchar, en aras de la nostalgia.Como consecuencia directa de aquellos años en que sí fui, aunque casi como de rebote, "hombre de la Radio en Canarias" formando parte activa del GEAR, hace ya bastantes años, durante semanas y semanas se estuvo retransmitiendo por Radio Las Palmas un programa escrito por mí sobre textos de episodios históricos y legendarios, titulado "Perfiles isleños", con montaje musical de Juan Díaz Casanova e interpretación de Andrés Galayo, condiscípulos radiofonistas ambos que pasaron por las mismas aulas que yo. Lo mismo puede decirse del espacio "Personas y personajes prehispánicos canarios" retransmitido por Radio Nacional de España en Canarias bajo la dirección del ya fallecido Juan Perdomo Morales. Y, aún, bastantes años después, colaboré con guiones míos que yo leía a través del teléfono desde mi domicilio y durante varios meses en una emisora local, con temas específicos de mi Galicia nativa.También escribí los guiones de algunas audiciones especiales que, interpretadas en algún caso por profesionales gentes de la radio en Canarias que habían sido condiscípulos o alumnos míos, se emitieron en Radio Las Palmas, Radio Atlántico y, en su día, algunas más, ya en Radio Popular de Las Palmas.Con posterioridad, ya con el hormiguillo de mis evocaciones del tema radiofónico metido dentro, cuando me propuse escribir algunos reportajes para ser publicados en la prensa local en la que estaba colaborando asidua y regularmente, quise indagar algo más, saber de cuando se implantó en las islas la radiodifusión que yo vine a conocer a mediados del siglo XX. Amigos míos como Federico Campos, Juan Acosta y Luis Falcón, entre otras personas conocedoras del medio me facilitaron relaciones completas de Gentes de la Radio canaria y fichas y tecnicismos de las estaciones emisoras en Canarias.Y, por otra parte, estando disfrutando vacaciones veraniegas con la familia en el sur grancanario tuve la oportunidad de encontrarme con un compañero de tareas laborales que, además, resultó ser un entusiasta radioaficionado, el EA8 AVY. En el transcurso de alguna apacible charla fui informado por él y unos colegas suyos acerca del mundo de los radioaficionados, en especial de los canarios, mundo para mí completamente desconocido hasta entonces.Una vez introducido así como de "raspafilón" en el conocimiento, en el mundo de los radioaficionados, pensando en escribir algo sobre la Radiodifusión canaria, pronto proyecté en mi interior el ampliar la información al escribir sobre el tema, considerando que el Radioamateurismo, galicismo con que se le estuvo designando al principio, hubo de ser el verdadero comienzo de la Radiodifusión.Ya interesado en el tema indagué cuanto pude acerca de los orígenes del radiofonismo, de los radioaficinonados en Canarias. Se me citaron nombres a los que procuré visitar y que, por lo general, me contaron vivencias tanto individuales como colectivas ocurridas por y a través de las ondas hertzianas que sin duda enriquecen el anecdotario de la aún en cierto modo reciente historia de la Radioafición, con algún indicio del comienzo de esta apasionante actividad que se refiere a las comunicaciones en el archipiélago canario. Arturo Martín Dueñas, José Julio Quevedo Bautista, Eugenio Bautista Sánchez-Moncayo, Manuel Cabrera Rivero y Antonio Cervera Pérez fueron algunos de mis amables informantes a viva voz acerca de los radioaficionados canarios del ayer.Cierto es que también recurrí a la posible bibliografía, de tipo enciclopédico y genérico de la Radiodifusión. En la hemeroteca del Museo Canario y en la provincial de Santa Cruz de Tenerife cuando tuve ocasión de allí desplazarme expurgué un tanto a ojeo, ¿acaso "hojeo", más bien? , en las prensas locales respectivas de entre los años 20 a los 40 del siglo XX, aunque bien poco encontré al respecto, sí algo más en las de los años 60 y 70 en adelante; busqué en algunas bibliotecas de las más surtidas, aunque he de reconocer que, al menos por aquellas fechas mis esfuerzos indagatorios resultaron por tales vías bastante infructuosos pues era casi inexistente, por no decir nula, la bibliografía referente al tema en las islas; salvo algunas que otras notas sueltas en periódicos y revistas, algunas entrevistas que se estuvieron publicando, ya sepultadas en la maraña de las cosas olvidadas. A partir de entonces tomé la costumbre de copiar, anotar o fotocopiar todo cuanto sobre la Radio se ha estado publicando; material que, insisto, es realmente escaso.Frutos de tanta curiosa indagación fueron el motivo de que escribiera yo y se me publicaran por septiembre y octubre del año 1982 en el periódico La Provincia los reportajes titulados “Treinta años del Grupo Escuela de Arte Radiofónico” y “El Grupo Escuela de Arte Radiofónico, cantera de excelentes profesionales”; en julio del año 1984, en la revista Aguayro en su primera época, “Orígenes de La Radio en Canarias” y por el mes de junio del mismo año en el periódico Canarias7 “El G.E.A.R., cantera de excelentes profesionales”; en los meses de octubre y noviembre de 1990, en elmismo periódico, “Así comenzó en Canarias,... La Radio” y, en fin, por octubre de 1994, nuevamente en la revista Aguayro de la Caja Insular de Canarias, “El Radiofonismo en Canarias”.Pues bien; la mayoría de los componentes de aquellos evocados cursos radiofónicos del ya desaparecido G.E.A.R., unidos por perennes lazos amistosos, pasados los años, dos décadas más tarde, en 1984 nos reunimos en una festiva cena, en un restaurante situado en las afueras de la ciudad, por la carretera del Centro y cuya sobremesa se hubo de prolongar hasta altas horas de la noche; reunión de camaradería que volvimos a celebrar diez años más tarde con asimismo concurrida comida, en los salones del Club Natación Metropole con prolongada sobremesa y masiva y sorpresiva visita posterior a una emisora local de FM que, por la zona de La Isleta celebraba determinado maratón radiofónico. Los participantes de aquella comida insistimos en volver a reunirnos en el futuro.Y, de hecho, lo ha vuelto a hacer la veterana gente de la radio en Gran Canaria en los albores del año 2003, asimismo en los salones del Club Natación Metropole. En la sobremesa en tan agradable velada muy concurrida, se habló una vez más de historiar de alguna forma estos amenos eventos. Como consecuencia inmediata, surgió el compromiso por mi parte de entregar a Radio ECCA, para inclusión en su "Biblioteca ECCA de Verano", el texto de unas memorias mías de LA RADIO EN CANARIAS.Y, en fin; vaya aquí como nota final que, haciendo uso de las muchas fichas de que sobre el tema dispongo, de la muy escasa bibliografía existente, de las fotocopias y notas dispersas tomadas de la prensa isleña y pacientemente reunidas, así como de las inestimables informaciones orales que distintas personas amigas buenamente me han estado facilitando, con la excepción de algunas otras que hayan podido ignorar mis solicitudes al respecto, he acometido esta para mí grata labor de historiar en gran medida a lo que considero que ha sido y es LA RADIO EN CANARIAS, sin pretender que este trabajo sea o se parezca a una concienzuda tesis o tesina, que, por otra parte algo ya se ha hecho y se está haciendo por entusiastas universitarios, a alguno de los que yo he facilitado los datos y material adecuado que se me ha solicitado.Proyecto que, pese a yo escribir de inmediato el preciso texto que al poco tiempo presenté a la dirección de la citada Emisora con la idea de que se editase en la propia imprenta del centro y a la muy buena disposición primera, acabó malográndose, por lo que texto y proyecto, siguen en “stambay” o como se diga en inglésY así remato este mi amplio comentario escrito de “cloquidos” y de Radio en Canarias.
Carlos Platero Fernández
Una vez introducida y a continuación retirada la consabida tarjeta de transporte municipal tras el previo doble zumbido de aceptación de la misma, con el paso un tanto indeciso o tambaleante el cuerpo motivado por los “refrechones” que al arrancar de nuevo imprimió al dichoso vehículo su conductor, me dirigí a la parte central-trasera buscando con la mirada algún asiento que estuviese desocupado... Que en tal ocasión no había, por lo que de inmediato me cedió el suyo un señor de talle rubicundo, medio calvo y envigotado y que a lo que presumí, además, se iba a apear del transporte en la próxima parada ya en la adyacente barriada de Schamann, una vez pasado el puente de la calle de Zaragoza por frente al recientemente creado parque público en los polémicos terrenos del extinto canódromo o Nuevo Campo España.Naturalmente, sin titubeos o falsos melindres acepté de primeras el asiento y aún hice, como entre dientes pero para que se me oyera un ligero comentario al agradecer el atento gesto diciendo algo sobre que a aquello venía bien para evitar lo ya inseguro de mis “remos”.Y, al acomodarme lo mejor posible en el asiento en tanden, la señora que allí iba en el lado de la ventanilla se volvió para mirarme y con un perceptible gesto como de sorpresa en su rostro, dirigiéndose en pleno a mí, dijo, más bien preguntó, un tanto si es-no es titubeante:_ Perdone, pero,...¿Usted es el señor Platero?... ¿Carlos Platero?Yo creo que a todos los humanos, en principio al menos nos es grato el ser reconocido por nuestros congéneres en encuentros fortuitos como este que ahora me ocupa.Examiné con atención el rostro, las facciones de quien así se me dirigía y observé a una mujer supuse que más que cincuentona aunque bien conservada, de estatura regular y figura un tanto regordeta como presumí. La verdad es que no la reconocí como alguien a quien yo debiera de recordar o conocer. Por lo que tan solo asentí a la pregunta, aunque procurando sonreír un tanto. Y ella continuó:_ ¡Joroba!... Lo reconocí tan solo por la voz, ¡Por el “cloquío”, como decimos nosotros los canarios!“¡Arrea!”, hube de exclamar yo para mis adentros. Y, si, me sentí en verdad halagado... ¡Mira que reconocerme por mi voz!... Aunque, por otro lado pensé por un instante que, como no fuese de ella haber asistido en alguna ocasión y desde luego tenía que haber sido hace ya bastante tiempo a alguna de aquellas mis conferencias y charlas-coloquio impartidas sobre el cine en Canarias, historia de las islas, cosas de mi Galicia nativa, etc...O, en todo caso, aún llegué a pensar por brevísimo instante, me escuchó alguna vez por la radio o en alguna entrevista televisiva... ¡O que sé yo!Cierto que, aparte del diapasón más que regulable de mi tono de voz, mi acento fonético sigue siendo más que identificable de mi procedencia peninsular, si no tanto de mi origen gallego si tanto inconsciente como consciente agrando o abro algo más y de forma peculiar las vocales fuertes y prolongo las débiles; es decir, hago uso deliberado de un inconfundible y atávico acento gallego de mi tierra nativa, que, como caso acaso excepcional en mí, ni se me ha borrado del todo u olvidado si yo lo desease, que no es este el caso, en los cincuenta y pico de años que llevo fuera de Galicia, por más que a ella retorne en agradables pero cortas ocasiones y por lo que además, presumo de no haber olvidado al menos el 90 % de su “feiticeira” lengua, que hablo cada vez que me es dado.En el trance cuya estampa estoy exponiendo, me atreví pues a preguntar a aquella sonriente señora de cabellos grisáceos._ Y, ¿de que nos conocemos?...Porque, si le digo la verdad, en estos casos, mi memoria suele ser tan flaca, que...La contestación, que me sorprendió gratamente, fue concisa y rotunda:_ Pues de cuando usted estuvo como director del Grupo Escuela de Arte Radiofónico de Las Palmas y era, me parece, administrador del Hogar Juvenil de Schamann cuando se estrenó._ ¡Anda!, - hube de asombrarme yo - ¡Pues no ha llovido desde entonces...!Y continuó entre sonrisas de ambos la evocación surgida al conjuro de la charla. Decía ella:_ Yo fui una de aquellas alumnas del curso, de las más jóvenes, entre las que se contaba a MarisaNaranjo, Loly Rosales,..._..., que luego, casada con el también alumno Juan Ambrosio Díaz fue la directora de Onda Real de Las Palmas... Y antes lo habían sido Dolores Lirio, Conchita Tauroni, Alicia Baez...Y la interrogué a mi vez.._¿Cómo se llama usted?..._ Sagrario García. Y, repito, fue de los últimos cursos en que usted, señor Platero nos dio clases. Después lo hicieron José Francisco Fontes y Lopez Urquía y al final del todo ya fue director Segundo Almeida, ¿recuerda?....¡Claro que recordé, que evoqué uno de los más gratos episodios de mi existencia, de mi vivir en esta tierra insular!Pero, antes de rematar esto que pretendo se amplio comentario vivencial ocasionado por mi “circunstancial”“cloquío” vayan aquí en rápida rememoración otros momentos de inicio parecido.Hallándonos mi esposa y yo en uno de estos pasados veranos más recientes disfrutando de unos días alojados en alguno de los cómodos establecimientos hoteleros de los ardedores del Faro de Maspalomas al sur de la isla, el Gran Hotel Costa Meloneras en tal ocasión, tal como solíamos hacer, al atardecer nos dedicamos a pasear algo por la calzada que conducía al Charco en sí, platicando de no sé que, cuando oímos una voz que, detrás de nosotros, preguntaba, casi afirmaba:_ Carlos Platero Fernández, presumo..Al volvernos, sorprendidos, vimos a un hombre, ya de edad madura a lo que se observaba, pero cuyos rasgos faciales se me hicieron un si es no es conocidos, como emergiendo de la bruma de la memoria, que montado en una bicicleta deportiva que frenó apoyando un pié en el embaldosado piso, me miraba entre turbado y sonriente._ Pues, si. – hube de decir a mi vez., medio señalándolo con un dedo índice -y usted,...Y tú eres..._ Galayo, Andrés Galayo, que fui vecino vuestro y alumno tuyo. – y se apeó del todo de la vici.Nos estrechamos la mano pues no en vano fuimos desde mucho tiempo, no tan solo compañeros en aquello de la Radio y yo sino amigos de siempre, aunque no nos viésemos más que de muy tarde en tarde comoen tales momentos presentes.Y hablamos, dialogamos en el transcurso de varios minutos, recordando, ¿Cómo no? a comunes amigos y compañeros del Grupo en el que yo fui secretario, en alguna que otra ocasión director en funciones y Andrés Galayo un aventajado alumno que luego pasó a ser uno de los mejores actores de un nuestro grupo teatral y muy buen locutor en el ramo publicitario, cuya armoniosa voz aún oigo de cuando en cuando en alguna de las actuales emisoras de radio locales.Otra vez, esta aún no hace mucho tiempo, por relatar alguna ocasión similar más, estando en el aeropuerto, en las llegadas locales o de las islas, esperando a mi hija Margot que venía de Tenerife, sin volverme, dije a Margarita que descansaba un poco atrás de mí, sentada en una de las butacas alli expresamente situadas:_ El avión ya llegó, pero todavía no he visto a Margot entre los pasajeros que están llegando.Y como contestación, una voz que sonó a mi lado._ Carlos Platero, si no me equivoco.Quien así me decía era un hombre corpulento, calvo como yo, que me alargaba la mano y al que en este caso si reconocí de inmediato como a Octavio Pulio, al que conocí hace la tira de años administrando con un hermano suyo la entonces existente Tabaquería Pulido del Parque de Santa Catalina y luego alto funcionario de la Caja Insular de Ahorros, con el que de siempre me ha unido cordial amistad.Y que me dijo, después del afectuoso mutuo saludo:_ Te reconocí de inmediato, tan solo de oírte, pues tienes una voz y un acento muy peculiares, amigo Platero. Te conocí por el “cloquido”De todas formas, allí poco pudimos dialogar puesto que ya estaba llegando a nosotros mi hija Margot y es de suponer que también la persona que mi interlocutor parecía esperar.Añadir, para terminar esta especie de inciso, que, según el Diccionario Diferencial del Español de Canarias de Cristóbal Corrales Zumbado, Dolores Corbella Díaz y Mª Angeles Alvarez Martínez , “cloquido” (o “cloquío” más en popular) “es cloqueo, cacareo sordo de la gallina clueca. T en GC y Tf., acento, particular inflexión en el modo de hablar que distingue a una persona. Supe que estabas en casa porque te oí el cloquido.Pero, volviendo al tema del enunciado del presente comentario, ...¡Vaya si evoqué, en milésimas de segundo, en un solo instante, aquellos mis felices tiempos de recuerdos radiofónicos, de mis primeros y quizas accidentales contactos con un incipiente radiofonismo en Canarias, que condenso ahora en lo que mentalmente he denominado, el G.E.A.R. y yo.Pues ocurrió una vez que, allá por el principio de los años ochenta del pasado siglo XX, en cierta ocasión hablaba yo con un joven paisano mío que se encontraba ocasionalmente en Las Palmas de Gran Canaria por mor del entonces todavía obligatorio servicio militar, que hubo de cumplir después de haber agotado todos los plazos legales de reiteradas prórrogas por estudios.Al ya talludo mozo licenciado en Ciencias de la Información en el ramo de Radio se le notaba deseoso de iniciarse en lo que era su vocación y, si no iba a haber cambios sustanciales en sus ilusiones y proyectos, sería su profesión en el futuro.En conociéndome y mediando el encargo de uno de mis hermanos de que lo atendiese lo mejor posible, me solicitó ayuda para intentar en el forzoso "interregno" el iniciarse como colaborador en alguno medio de comunicación social canario, preferentemente radiofónico puesto que era hacia tal faceta informativa hacia donde se inclinaba más su afición.Yo, como no podía ser menos, tanto por así encarecérmelo un familiar, como porque sabía que en mi mano estaba, recurrí a alguno de mis buenos amigos y lo pude poner de inmediato en contacto con gentes profesionales de la radio en Las Palmas de Gran Canaria; porque, entre mis muchos conocidos y amigos he contado desde años atrás con bastantes aquí, tanto de la Radio como de la Prensa o de la Televisión, lo que sigue siendo para mí siempre motivo de orgullo y satisfacción.Y en una amena conversación con mi joven paisano, hablando y hablando, le dije que, a pesar de que por mi profesión habitual, del ambiente laboral en que me desenvolvía nada tenía que ver con los medios de comunicación social canarios, en realidad yo había sido, hacía ya bastantes años, un poco "hombre de la radio" en Canarias.Rememoré para mi melancólico gozo y para él parte de una etapa de mi vida en Canarias, muy querida y añorada de cuando en cuando, sumamente interesante. Pero, cuando ya entusiasmado en el nostálgico recuerdo quise incrustar hechos, personas y lugares, anécdotas de aquel retazo de mi existir, no pude hacerlo con precisión allí; a pesar de que, al igual que las rojas cerezas del cesto, que al tirar de una, vienen otras entrelazadas por sus rabos, unos recuerdos fueron acudiendo a mi mente engarzados con otros.Ciertamente, en lo más íntimo de mi ser quedé allí bastante afectado a pesar de que sé que mi memoria es asaz flaca en ocasiones. Defraudado por haberme olvidado casi por completo aquella interesante etapa de mi vida en que hice mis escarceos en un medio de comunicación de masas tan interesante como fue y es la radio desde su implantación entre nosotros.Y luego hubo de sucederme al respecto algo para mí sorprendente. En mi domicilio, aquella misma noche, al acostarme sin duda iba en mi subconsciente, como idea fija y acaso obsesiva con los ecos de la conversación habida con mi joven paisano. Porque en el silencio nocturno, cuando más plácidos debieran de ser mi reposo y mi sueño, en un determinado momento me desperté de pronto, encontrándome, por otra parte, completamente despejado, descansado en lo físico, a pesar de haber transcurrido acaso tan solo tres o cuatro horas desde que me acostara. Aún no era de madrugada, por lo que el hecho de momento me fastidió un tanto pues en realidad no me apetecía levantarme, calentar y tomar un café bien cargado, sin azúcar, encender un cigarrillo y en la misma cocina ponerme a leer o escribir algo, o pensar en mil y un disparates como hacía otras veces en casos similares hasta que amaneciese, cuanto menos.Cerrando los ojos traté de concentrarme aprovechando el silencio reinante, de evocar con mayor precisión mi recuerdo de horas antes acerca de considerarme haber sido en el pasado yo vinculado a la Radio en Canarias. En principio, por más que lo intenté, apenas lograrme acordarme de fragmentos dispersos. Vinieron a la llamada de la evocación a la mente alguna difusa escena, algunos rostros, algunos hechos confusos,... y nada más. Todo lo referente a la pretendida evocación parecía haberse borrado de mi memoria, como los blancos trazos de la tiza sobre el negro de la pizarra al impulso del trapo que limpia y elimina.Pero, insistente, en la quietud, en el silencio, en la serenidad de la tranquila noche, aún hice un nuevo experimento de fuerza mental. Así con denuedo uno de aquellos momentos fugaces que acudían como perezosos o indecisos a la llamada de la evocación y procuré centrarme en él, sin permitirle que se me esfumase, que se perdiese en el revoltijo continuo de mezcladas ideas, de visiones y de reflejos de recuerdos que continuaban como navegando o flotando en la mente.Sorprendentemente para mí, el experimento pareció resultar y luego, en cierta manera hube de maravillarme y sorprenderme al comprobar que esos recuerdos de episodios del pasado existencial de uno, almacenados en la memoria no se pierden ni se borran ni desaparecen en determinado momento para siempre sino que, adormilados o aletargados, olvidados de algún modo en los recoveco nervioso o celular pueden surgir de nuevo y de hecho lo hacen con la invocación pudiéndose así gozar de momentos inefables volviendo a revivir aunque solo sea por espacio de unos segundos o minutos, o lo que sea porque el espacio tiempo puede no figurar entonces, hechos, escenas, episodios, personales, sentimientos de un ayer infantil, adolescente, juvenil, vivencial en suma.Y entonces evoqué,... e indagué,... y escribí. Lo que ahora puedo ya evocar con bastante nitidez.Creo que todo comenzó para mí por el año de 1952, o, a lo más, a principios del de 1954, aquí, en Canarias.Yo, que había llegado a las islas Canarias a finales del año 1949 y residía temporalmente en la sureña ciudad de Telde, por el año de 1953, en alguno de los periódicos locales debí de leer la convocatoria que me tentó, en la que se invitaba a quien lo desease para inscribirse en los exámenes de acceso a cursos de locutores, sincronizadores, montadores musicales, guionistas, etc.Con una gran ilusión cursé la preceptiva instancia en la que recuerdo que decía que optaba a ser alumno en las modalidades de ¡locutor-escritor!Tenía veinte y tantos años, hacía algún tiempo que escribía cuartillas y cuartillas, casi siempre sin finalidad determinada ni práctica alguna pero volcando en ellas, de forma tosca y sin estilo aunque si con gran sinceridad y fogoso entusiasmo mis vivencias, realidades y sentimientos, ilusiones y sueños... Todo ello con un barniz romántico y algo barroquista. Tenía grandes ilusiones como todo joven que ya andaba solo e independiente por la vida y me hacía múltiples proyectos para un futuro que, la verdad, no alcanzaba a ver claro y nítido y estimaba confuso pero anhelaba venturoso. Lo que yo soñaba no dejaba de ser más que un puñado de fantasías propias para vivirlas en el fresco y extenso campo de la imaginación; con pocas posibilidades de acrecentamiento cultural e intelectual al estar ya incrustado en el mundo laboral pero si sintiendo una tremenda afición a la lectura en general y congénita curiosidad por cuanto me rodeaba. Y deseos constantes de escribir, repito.Fue aceptada mi instancia, aboné algunas pesetas y con otros aspirantes sufrí examen oral y escrito, que aún no sé bien como logré aprobar, por lo nervioso que estaba. Fue en una destartalada aula, no recuerdo ahora bien si en el número 3 de la calle Doctor Déniz o en el caserón de la calle de La Palma, esquina a Albareda, donde, por cierto se radicó luego y por algún tiempo el recién creado Grupo Escuela de Arte Radiofónico de Las Palmas y que hoy en día ya no existe, convertido el contorno en el tan traído y llevado entre políticos municipales solar ya construido del Woerman porteño.Tengo muy vaga constancia de aquel día o aquellos días de exámenes, aunque creo que debió de ser por tales fechas cuando conocí a José Artiles Peón, entonces juvenil y flamante secretario del Grupo y posteriormente, en prolongado y fecundo período, director activo del mismo, al fallecimiento de "Maso" Rodríguez. También, indudablemente a quienes luego fueron y siguen siéndolo admirables compañeros y entrañables amigos cuales Rafael Carrasco, José Cazorla, Juan Quintana, Pablo Ojeda, Antonio Reyes Rodríguez el que por cierto, cuando me vé, me abraza efusivo reconociéndome como ¡Ricardo Villares, el veterano y activo presidente de la Casa de Galicia local!... Y, no sé yo bien ahora al paso de los años si desde aquellas iniciales fechas o a partir de los cursos siguientes, mujeres y hombres a quienes quizás desde hace años no vea o en todo caso salude muy de tarde en tarde y sea incapaz de reconocer sus fisonomías actuales pero que han quedado al menos sus nombres indelebles en mi recuerdo.Vaya aquí como una anécdota más acerca de la camaradería y con el paso del tiempo entrañables amistades surgidas entre los componentes del Grupo el indicar que, por ejemplo, en el verano del año 1956, nos casamos en el mismo día los alumnos Antonio Reyes Rodríguez y yo; el uno, natural de Arucas, en Teror y yo en la iglesia de San Francisco, de Las Palmas de Gran Canaria. Y la totalidad de los componentes del Grupo hubo de dividirse;y una parte acudió a la boda del uno y la otra a la del otro y en ambos casos fueron los que con mayor alegría y algazara arrojaron sobre los contrayentes el simbólico arroz de la felicidad y quienes, en colectivo efectuaron los clásicos regalos de boda más cariñosos y emotivos.También por aquellas fechas se formalizaron las uniones matrimoniales de los alumnas Dolores Lirio con Rafael Carrasco y Conchita Tauroni con José Artiles y, años más tarde, Laly Sánchez con Juan A. Díaz-Casanova.Aficionado de siempre a confeccionar y guardar fichas, bibliografía, recortes de prensa de los temas canarios más insospechados que hayan suscitado mi impenitente curiosidad intelectual, también conservo con especial delectación algunas cintas magnetofónicas con muestras de lo que fueron las grabaciones radiofónicas del GEAR de Las Palmas: Una audición especial de Semana Santa con la voz de Segundo Almeida, un cuadro histórico radiado en abril de 1959 con las voces de José Ramírez, Jesús Padilla, Enrique Matas y José Henríquez y montaje musical de Juan Díaz Casanova, así como otra pieza histórica con la voz de Matías Aragunde y que de cuando en cuando me gusta escuchar, en aras de la nostalgia.Como consecuencia directa de aquellos años en que sí fui, aunque casi como de rebote, "hombre de la Radio en Canarias" formando parte activa del GEAR, hace ya bastantes años, durante semanas y semanas se estuvo retransmitiendo por Radio Las Palmas un programa escrito por mí sobre textos de episodios históricos y legendarios, titulado "Perfiles isleños", con montaje musical de Juan Díaz Casanova e interpretación de Andrés Galayo, condiscípulos radiofonistas ambos que pasaron por las mismas aulas que yo. Lo mismo puede decirse del espacio "Personas y personajes prehispánicos canarios" retransmitido por Radio Nacional de España en Canarias bajo la dirección del ya fallecido Juan Perdomo Morales. Y, aún, bastantes años después, colaboré con guiones míos que yo leía a través del teléfono desde mi domicilio y durante varios meses en una emisora local, con temas específicos de mi Galicia nativa.También escribí los guiones de algunas audiciones especiales que, interpretadas en algún caso por profesionales gentes de la radio en Canarias que habían sido condiscípulos o alumnos míos, se emitieron en Radio Las Palmas, Radio Atlántico y, en su día, algunas más, ya en Radio Popular de Las Palmas.Con posterioridad, ya con el hormiguillo de mis evocaciones del tema radiofónico metido dentro, cuando me propuse escribir algunos reportajes para ser publicados en la prensa local en la que estaba colaborando asidua y regularmente, quise indagar algo más, saber de cuando se implantó en las islas la radiodifusión que yo vine a conocer a mediados del siglo XX. Amigos míos como Federico Campos, Juan Acosta y Luis Falcón, entre otras personas conocedoras del medio me facilitaron relaciones completas de Gentes de la Radio canaria y fichas y tecnicismos de las estaciones emisoras en Canarias.Y, por otra parte, estando disfrutando vacaciones veraniegas con la familia en el sur grancanario tuve la oportunidad de encontrarme con un compañero de tareas laborales que, además, resultó ser un entusiasta radioaficionado, el EA8 AVY. En el transcurso de alguna apacible charla fui informado por él y unos colegas suyos acerca del mundo de los radioaficionados, en especial de los canarios, mundo para mí completamente desconocido hasta entonces.Una vez introducido así como de "raspafilón" en el conocimiento, en el mundo de los radioaficionados, pensando en escribir algo sobre la Radiodifusión canaria, pronto proyecté en mi interior el ampliar la información al escribir sobre el tema, considerando que el Radioamateurismo, galicismo con que se le estuvo designando al principio, hubo de ser el verdadero comienzo de la Radiodifusión.Ya interesado en el tema indagué cuanto pude acerca de los orígenes del radiofonismo, de los radioaficinonados en Canarias. Se me citaron nombres a los que procuré visitar y que, por lo general, me contaron vivencias tanto individuales como colectivas ocurridas por y a través de las ondas hertzianas que sin duda enriquecen el anecdotario de la aún en cierto modo reciente historia de la Radioafición, con algún indicio del comienzo de esta apasionante actividad que se refiere a las comunicaciones en el archipiélago canario. Arturo Martín Dueñas, José Julio Quevedo Bautista, Eugenio Bautista Sánchez-Moncayo, Manuel Cabrera Rivero y Antonio Cervera Pérez fueron algunos de mis amables informantes a viva voz acerca de los radioaficionados canarios del ayer.Cierto es que también recurrí a la posible bibliografía, de tipo enciclopédico y genérico de la Radiodifusión. En la hemeroteca del Museo Canario y en la provincial de Santa Cruz de Tenerife cuando tuve ocasión de allí desplazarme expurgué un tanto a ojeo, ¿acaso "hojeo", más bien? , en las prensas locales respectivas de entre los años 20 a los 40 del siglo XX, aunque bien poco encontré al respecto, sí algo más en las de los años 60 y 70 en adelante; busqué en algunas bibliotecas de las más surtidas, aunque he de reconocer que, al menos por aquellas fechas mis esfuerzos indagatorios resultaron por tales vías bastante infructuosos pues era casi inexistente, por no decir nula, la bibliografía referente al tema en las islas; salvo algunas que otras notas sueltas en periódicos y revistas, algunas entrevistas que se estuvieron publicando, ya sepultadas en la maraña de las cosas olvidadas. A partir de entonces tomé la costumbre de copiar, anotar o fotocopiar todo cuanto sobre la Radio se ha estado publicando; material que, insisto, es realmente escaso.Frutos de tanta curiosa indagación fueron el motivo de que escribiera yo y se me publicaran por septiembre y octubre del año 1982 en el periódico La Provincia los reportajes titulados “Treinta años del Grupo Escuela de Arte Radiofónico” y “El Grupo Escuela de Arte Radiofónico, cantera de excelentes profesionales”; en julio del año 1984, en la revista Aguayro en su primera época, “Orígenes de La Radio en Canarias” y por el mes de junio del mismo año en el periódico Canarias7 “El G.E.A.R., cantera de excelentes profesionales”; en los meses de octubre y noviembre de 1990, en elmismo periódico, “Así comenzó en Canarias,... La Radio” y, en fin, por octubre de 1994, nuevamente en la revista Aguayro de la Caja Insular de Canarias, “El Radiofonismo en Canarias”.Pues bien; la mayoría de los componentes de aquellos evocados cursos radiofónicos del ya desaparecido G.E.A.R., unidos por perennes lazos amistosos, pasados los años, dos décadas más tarde, en 1984 nos reunimos en una festiva cena, en un restaurante situado en las afueras de la ciudad, por la carretera del Centro y cuya sobremesa se hubo de prolongar hasta altas horas de la noche; reunión de camaradería que volvimos a celebrar diez años más tarde con asimismo concurrida comida, en los salones del Club Natación Metropole con prolongada sobremesa y masiva y sorpresiva visita posterior a una emisora local de FM que, por la zona de La Isleta celebraba determinado maratón radiofónico. Los participantes de aquella comida insistimos en volver a reunirnos en el futuro.Y, de hecho, lo ha vuelto a hacer la veterana gente de la radio en Gran Canaria en los albores del año 2003, asimismo en los salones del Club Natación Metropole. En la sobremesa en tan agradable velada muy concurrida, se habló una vez más de historiar de alguna forma estos amenos eventos. Como consecuencia inmediata, surgió el compromiso por mi parte de entregar a Radio ECCA, para inclusión en su "Biblioteca ECCA de Verano", el texto de unas memorias mías de LA RADIO EN CANARIAS.Y, en fin; vaya aquí como nota final que, haciendo uso de las muchas fichas de que sobre el tema dispongo, de la muy escasa bibliografía existente, de las fotocopias y notas dispersas tomadas de la prensa isleña y pacientemente reunidas, así como de las inestimables informaciones orales que distintas personas amigas buenamente me han estado facilitando, con la excepción de algunas otras que hayan podido ignorar mis solicitudes al respecto, he acometido esta para mí grata labor de historiar en gran medida a lo que considero que ha sido y es LA RADIO EN CANARIAS, sin pretender que este trabajo sea o se parezca a una concienzuda tesis o tesina, que, por otra parte algo ya se ha hecho y se está haciendo por entusiastas universitarios, a alguno de los que yo he facilitado los datos y material adecuado que se me ha solicitado.Proyecto que, pese a yo escribir de inmediato el preciso texto que al poco tiempo presenté a la dirección de la citada Emisora con la idea de que se editase en la propia imprenta del centro y a la muy buena disposición primera, acabó malográndose, por lo que texto y proyecto, siguen en “stambay” o como se diga en inglésY así remato este mi amplio comentario escrito de “cloquidos” y de Radio en Canarias.
Carlos Platero Fernández
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