11 de junio de 2010
Un amor infausto
UN AMOR INFAUSTO
Aridaman, “cabra salvaje” desciende desde la cima de la montaña.
El joven canario, cuerpo de atleta apenas cubierto de unas pieles, viene satisfecho porque la caza ha sido fructífera.
Mucho madrugó Aridaman. Y el sol está ahora en lo alto, sobre Tamaran, bañando con sus rayos las copas de los pinos, las cresta brillantes de las grandes rocas, la superficie del mar sereno allá abajo.
Aridaman ha cazado en los lindes del pinar y en la cumbre de la frondosa montaña desde donde pudo contemplar gran parte de la isla, de la Tamaran amada. Ha sentido añoranza al divisar valles, lomas, barrancos y montañas que él no puede recorrer en la actualidad sin grandes riesgos.
Ahora es un proscrito. Ahora todo pertenece ya al pasado. A un pasado que no puede, que no debe de añorar.
Está ya cerca de su inmediato destino. Desciende ágil al cauce del corto pero profundo barranco que se abre a sus pies. Ya divisa la cueva, ya pisa la plataforma rocosa, balconada natural al abismo formado en donde el pinar termina. Ya contempla allá abajo el mar inmenso y el dilatado horizonte fundido con el cielo enfrente.
Se detiene intrigado. No hay señales de vida en la cuevas. El fuego está apagado, ninguna cabra merodea por los alrededores, no se oyen los llantos o las risas del niño ni los melancólicos cantos de Guanarima.
Penetra el joven en la vivienda semioculta por espesas masas de matorrales. Nadie a la vista.
Al pie de la fuentecilla de agua clara y fresca que mana constante a través de natural filtro en la rocas, unas pieles y una tabona, la cuchilla de lasca pétrea que suelen usar para curtirlas y adornarlas aparecen abandonadas allí, de cualquier forma.
Ligeramente inquieto, Aridaman llama:
- ¡Guanarima!... ¡Guanarima!...
Tan solo el eco de su propia voz responde.
Pensativo, se deshace de la carga de carnes todavía tibias y sanguinolentas. Deposita sus primitivas y rudimentarias armas en un rincón de la cueva y, atalayando desde la plataforma de la entrada vuelve a llamar a la mujer:
- ¡Guanarima!... ¿En donde estás?...
Y con gran alivio oye la voz de su compañera que desde algún escondrijo lo llama a su vez:
- ¡Aridaman!... ¡Aridaman!... Estoy aquí arriba, en el pinar.
Por encima de la cueva, en donde las raíces de los añosos pinos escarban en vacío divisa al fin el hombre el rostro de la mujer.
- ¿Estás bien?... – y continúa interrogante - ¿Y el niño?... ¿Por qué has subido ahí?...¿No te tengo dicho...?
- No grites tanto, Aridaman,- le interrumpe ella con voz contenida .- Ven. Y procura no hacer ruido ni ser visto.
Aridaman mira receloso en derredor.
Todo el familiar paisaje aparece igual que siempre, solitario, tranquilo, con los habituales rumores del bosque y del mar abajo tan solo.
Tomando firmemente el magado que es bastón y temible arma a la vez asciende el joven la difícil ladera hasta llegar a las musgosas rocas que se confunde ya con la fronda del pinar. Escondida entre ellas, con el niño dormido en brazos está Guanarima. Su hermoso semblante se nubla y silenciosas lágrimas brotan de sus azules ojos.
Sin decir de momento nada se sienta él a su lado y le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola cariñosamente hacia si.
Guanarima apoya la cabeza en el pecho del hombre amado y siempre con el niño apretado contra sí torna a llorar con renovada aflicción.
Aridaman, preocupado la deja desahogarse, interrogándose a su vez en su interior. ¿Qué nuevo peligro les acecha ahora?... Y un sentimiento de amargura y de impotencia a la vez vá adueñándose de su ser.
En tanto ella llora, ahora apacible, flojos los nervios rato antes excitados, él en rápida secuencia de visiones y pensamientos revive una vez más en su mente los hechos, las causas que condujeron a ambos amantes a su actual situación y forma de vida.
Aridaman era de noble estirpe, como nobles habían sido su padre y el padre de su padre. En ritual ceremonia, cuando su tiempo fue llegado y su cabellera orgullosamente larga descansaba en los musculosos hombros del todavía joven adolescente, se la cortaron por debajo de las orejas. Y ante el Guanarteme reinante entonces en Tamaran y con el Sabor de los Guayres reunido, recibió de manos del poderoso Faycan el magado guerrero ye ya anteriormente usaran sus mayores. Y juró que nunca había robado en tiempos de paz, ni maltratado ni mal mirado a mujer ni anciano, ni entrado en corral ajeno, ni descuartizado animal con sus manos, ni confeccionado comida o molido cebada...
Como ya entraba en la edad viril, con la ceremonia descrita pasó a ser noble entre los nobles, guerrero entre los guerreros por derecho y merecimientos pues de todos era ya conocido, querido y admirado. Las mujeres, sobre todo las doncellas lo miraban con singular afecto y él andaba de una en otra, tan inconstante y veleidoso en el amor como esforzado y valiente en la pelea.
Pero, un día... Aridaman se enamoró, amó de verdad, sin reservas ni tibiezas.
Sucedió que,...
Después de las Sementeras, al finalizar el verano, las sequías pertinaces eran las plagas más amenazantes que pendían de siempre sobre la paz y la felicidad de la paradisíaca Tamaran. Y se efectuaban ritualmente fervorosas rogativas pidiendo la lluvia bienhechora.
Reunidos en el Tagoror el Guanarteme, el Gran Faycan y la totalidad del Sabor de los Guayres del reino, con todo el pueblo silencioso y grave en derredor, tras haber derramado en lo alto de la Montaña Sagrada la leche recién ordeñada de las cabras blancas como invocación propiciatoria, las virginales harimaguadas, sacerdotisas dedicadas al Culto en el aislamiento de sus grutas cenobios acudían ante el pueblo canario con cánticos, plegarias y ritos sagrados a demandar la gracia del agua caída del cielo a su dios supremo Alcorac, el Grande, el Dueño y Hacedor de la raza canaria y de la isla.
Y como final del litúrgico acto, entonando más y más cánticos y oraciones descendían todos hasta la cercana playa y adentrándose ellas en el mar golpeaban la superficie líquida con ramas de palmeras.
En el transcurso de una de tales rituales ceremonias fue cuando cambió el destino de Aridaman, el guerrero. Una de las doncellas harimaguadas, la más gentil y joven lanzando un pequeño y como mal contenido grito de susto dio un traspiés y cayó en las aguas; quizás no tanto debido al causal tropezón como por intencionada pero disimulada idea de gozarse con el refrescante baño, a ella como mujer y vestal ante hombres prohibido.
Aridaman, cercano al incidente, presuroso y galante ayudó a la joven a levantarse. Y sintió por unos gozosos instantes palpitar el esbelto cuerpo junto al suyo... Y contempló muy próximo el hermoso y juvenil rostro, con gesto risueño y malicioso...
Y desde aquel mismo instante la amó. Con un amor silencioso, en breve abrasador en su pecho, aunque sabiéndolo insensato por imposible. Las leyes canarias eran bien explicitas en tales casos: Quien amase o intentase enamorar a una harimaguada sería ajusticiado, desriscado desde lo más alto de la Montaña del Sacrificio. Y ella, consentidora o no de tal pasión, aunque la seducción no se hubiese realizado ni la fomentase perecería lapidada por la justicia del pueblo.
Preso en las redes de aquel repentino e impetuoso sentimiento amoroso, Aridaman procuraba asistir a toda concentración o ceremonia religiosa en la que las vírgenes canarias hiciesen acto de presencia y se recreaba en la muda y ferviente contemplación de la amada imposible. Pero, no logró disimular tanto aquella fogosa pasión que lo dominaba que la que la originaba no terminase por advertirla y el amor recíproco prendió también en ella . Y aquella llamarada emocional que los poseyó amenazaba desbordarse impetuosa, incontenible y fatal.
Bien que suponía o suponía muy peligroso el juego de aquel amor, pero se dejaba enredar en el. Era hija del Gran Faycan, con sangre de guanartemes en sus venas, predestinada desde la infancia al sacerdocio. Su anciano padre ponía en ella todas sus complacencias viéndola ya convertida en Sacerdotisa Mayor, el más alto destino reservado a la mujer en el pueblo isleño.
Si; aquel amor mutuo despertado y desarrollado en los corazones de ambos jóvenes era una locura. Sin embargo, ninguno de los dos protagonista cejaban en soñar el uno con el otro y resultaba ya peligroso cuando sus miradas se cruzaban fugaces. Pronto el disimulo resultaría difícil de mantener.
Y algo sucedió incrementando la situación.
Aridaman, en su calidad de noble y guerrero fue con otros más destinado para relevar a quienes hacían perenne guardia alrededor del cenobio en que habitualmente residía su amada. La misión de aquellos centinelas era impedir que el pueblo se aproximase a las allí recluidas; que bajo ningún concepto no se las importunase en su virginal retiro.
Desde las cuevas garita escalonadas estratégicamente alrededor del cavernícola cenobio el joven enamorado pudo así contemplar a placer a la dueña de su corazón cuando ella con sus compañeras o a solas paseaba, deambulaba por los alrededores. Y así se sentía un poco más feliz, dentro de la amarga soledad que lo afligía.
A su vez, pronto descubrió Guanarima al amado imposible entre los renovados guardianes. Y la sutil amenaza de la tragedia que los rondaba se acentuó.
Una noche en la que la luna iluminaba con su lechosa y suave luz todo el paisaje de la adormecida Tamaran, Aridaman en su puesto de guardia, mirando a las estrellas, soñaba como de costumbre con Guanarima, la dueña ya imperecedera de su contristado corazón. Y tan fuertes eran sus sueños que no se sorprendió en demasía cuando una alba y como irreal aparición se le adentró por la reducida cueva.
Guanarima, burlando vigilancias, al amparo de la noche saliera impulsiva de su cubículo habitual para encontrarse con quien su corazón ardoroso ya deseaba.
Los dos amantes se miraron, se sonrieron mutuamente y felices, jadeantes, olvidados de todo lo que no fuesen ellos mismos, con las manos entrelazadas y susurros y caricias pasaron horas inolvidables.
Las nocturnas reuniones se sucedieron. Pero la situación creada que originaban aquellas secretas entrevistas, bien sabían con un atisbo de razón que ya resultaba insostenible y bien que a su pesar lo comprendían asi ambos jóvenes en su ceguera amorosa.
Una noche, en brazos de Aridaman, hablaba entre suspiros Guanarima:
- Este estado de cosas resulta ya imposible. Yo no puedo vivir ocultando más tiempo nuestro amor...
- Bien sabes, hermosa Guanarima, - respondía él compungido – que cada día que pasa se aviva más mi cariño hacia ti, si esto es posible... Pero, ¿Qué podemos hacer como hasta ahora sino ocultarnos de todos?... Las leyes de nuestros mayores son tajantes, no admiten soluciones fáciles. ¡Solo la muerte nos espera al final!...Cruel muerte, pensando en ti.
Ella se estremeció, apretándose más contra su amante.
- La muerte,... Yo no la deseo. Pero, de venir, que sea a tu lado.
Permanecieron silenciosos unos instantes, acariciándose mutuamente, al cabo de los cuales fue la harimaguada quien reanudó el diálogo.
- Vivir... –suspiró- ¡Vivir toda la vida contigo, siempre unidos por nuestro amor...!
- Mientras haya en mi cuerpo vida, -suspiraba a su oído Aridaman – mi cariño te pertenecerá... Parece como si estuviésemos viviendo en un continuo sueño,... Este amor es imposible,... Tu eres una descendiente real, eres sacerdotisa de Alcorac y estás predestinada a los más altos cargos...
- Yo no ansío el cenobio. ¡Odio esta vida de eterna reclusión!...- y cambiando de tono – Tu eres noble, mas si trasquilado y aún impuro fueses yo te amaría igual. ¡Óyeme!... ¿por qué no huimos?. Alejémonos de este pueblo que con sus costumbres y sus leyes no nos permite la felicidad!
- ¿Huir?... – la tomó él de las manos – Bien dices sí, amada mía; pero...
- Si, Aridaman. Refugiémonos en las montañas, en los riscos de las cumbres, en lo más intrincado de los
bosques o en lo más escondido de desconocidas playas, en donde nadie pueda llegar para turbar nuestro amor.
Aridaman acarició a la doncella, enternecido.
Raptar a la amada y escaparse a vivir libres en algún ignorado rincón de la isla...
- ¡Huir! ... ¡Vivir tu y yo solos y felices! , -su rostro se contrajo con un gesto de preocupación – No. Tu padre nos habría de perseguir hasta el último escondrijo.
- Pues, pienso yo que esa es la única solución a nuestro malvivir actual ... El único medio de poder vivir dichosos el resto de nuestros días
Aridaman vacilaba, cavilaba. No temía por la suerte que a él pudiese corresponderle si como fugitivos los apresasen. Dudaba ante el pensamiento de la deshonra pública de su amada, de la muerte fatal a la que la iba a comprometer de acogerse a aquel arriesgado plan. Pero, huir parecía ser la única solución, sí. Y había que decidirse. Su mutuo y fogoso amor así lo exigía.
Y, por fin, una noche de aquellas en que estaban los amantes reunidos,...
- Pues bien; está decidido, - la informó rotundo.- Querida Guanarima, te prometo que escaparemos de esta muerte que sería nuestra vida sin amor entre los de nuestro pueblo. Tu y yo fundaremos en algún lugar de la isla una nueva raza libre, feliz.
El joven guerrero se encargó de prepararlo todo. Habían de elegir el momento mas propicio, siempre durante la noche. Él conocía sendas, escalas y refugios ignorados de la mayoría de sus congéneres.
Y pocas jornadas después la doncella harimaguada y el noble guerrero guardián desaparecieron del cenobio y del poblado.
Grande fue el revuelo que se originó al conocerse la fuga de los dos amantes. El Faycan, enfurecido lanzó partidas de hombres armados en busca de su hija y su presunto raptor. Infructuosas resultaron las batidas desarrolladas. Se recorrieron las costas. Se descendió a los más profundos e intrincados y siniestros barrancos, se escalaron las agrestes montañas y se escudriñaron los extensos bosques, todo sin éxito alguno. Por lo que lo novedoso del episodio y el escándalo originado acabaron por menguar un tanto en su intensidad inicial y al cabo de algún tiempo, paulatinamente, cesó la pertinaz búsqueda, aunque no fuese el suceso olvidado completamente, sobre todo por el considerado ultrajado Faycán.
Tal es el retazo del reciente pasado que por unos instantes rememora el joven Aridaman en este recóndito paraje de Tamaran, enclavado en una de las partes más altas y escabrosas de la isla, teniendo a la harimaguada y al niño, fruto de tan accidentado amor en los brazos.
Ya más sosegada, Guanarima contempla amorosa a la criatura que ha vuelto a dormirse y sonríe maternal. Mas el recuerdo de un peligro actual, latente y amenazador nubla de nuevo su hermoso semblante. Mira asustada a su compañero.
- ¡Aridaman!... Tenemos que huir otra vez... Tenemos que alejarnos de este paraje.
- ¿Qué dices, mi adorada Guanarima?... – inquiere él, preocupado.
- ¡Hemos sido descubiertos!
- ¿Cómo?... ¿Qué es lo que ha pasado durante mi ausencia?.
Guanarima deposita con sumo mimo y cuidado al pequeño durmiente en el hueco cercano de una roca.
- Esta mañana, después de tu partida y de asear yo la cueva y repasar las últimas pieles que trajiste, mientras Tamayedra dormía, estando ordeñando la cabra oí voces que hablaban muy cerca de mí, en la ladera...
- ¿En el risco?,... – interrumpe él frunciendo el ceño en gesto estupefacto.
- Si; por el que da al mar. Dos mozos, creo que uno de ellos Bentagache el hijo de Adamiga de Agayte, con sendos troncos de tea al hombro subían como verdaderas cabras. Supuse que para tratar de cumplir alguna apuesta pretendían clavar los palos en lo más alto de esta parte del risco... Pero, al verme a mí dejaron caer los troncos, acaso sorprendidos por mi inesperada presencia y, contraviniendo las leyes me hablaron: “¿No eres tú Guanarima la harimaguada, la hija del Gran Faycan de Agáldar?”...
- Sigue, sigue... le apremió Aridaman - ¿Qué pasó después?.
- Pues que Bentagache, mas decidido que su compañero siguió acercándose y preguntando: “Y Aridaman, ¿No está aquí, contigo?... Pretendió tomarme de una mano... No sé como tuve fuerzas pero conseguí coger un palo encendido de la hoguera en que se asaba el conejo... Le quemé en la cara. El otro mozo pareció decidirse e intentó tocarme y lo rechacé también con la tea encendida, gritando...Por fin, ante los alaridos que daba Bentagache, retrocedieron por la senda que a través del risco dices tú que lleva a Aregayeda... Aún oí que al alejarse gritaban: “¡Volveremos con los de Agáldar!... ¡Esta vez no lograras escapar a la justicia del pueblo!”...- y finaliza la relación gimiendo - ¡Oh, ha sido horrible!
- Aridaman la acaricia afectuoso.
- Cálmate, cálmate... Ya pasó todo. No tengas temor.
- Y ella prosiguió, algo más serena:
- Solté las cabras, apagué el fuego, cogí el niño y me vine para estas alturas a esperar tu regreso – toma las manos de su compañero - ¡Tenemos que escapar, Aridamán!... Marchémonos de aquí antes de que vengan los guerreros.
Él procura calmarla en su aflicción con tiernas caricias, atrayéndola una y otra vez hacia sí y aunque esta interiormente alarmado, procura disimularlo y hace lo posible para que ella se tranquilice.
- No temas. No nos cogerán. Partiremos ahora mismo hacia un lugar aislado en donde no lograran encontrarnos jamás. Iremos al Faneque, en donde tengo por allí previsor y seguro refugio. Y, más adelante habremos de trasladarnos por lo más escabroso de las montañas hacia los grandes barrancos de la comarca de Atrahanaca...
- Y después de unos momentos de silencio, continuó, animoso
- El escondite de el Faneque que yo suelo visitar de cuando en cuando al ir de caza, está bien provisto de agua, leña para el fuego y otras provisiones en cantidad suficiente para permanecer allí largo tiempo.
- Con aquellas frases de consuelo y aliento la joven madre, atendiendo solicita en todo momento al niño durmiente, se serena un tanto.
- En amplio zurrón carga Aridaman lo indispensable para la precipitada fuga y así la familia inicia el éxodo rumbo al alto y aislado roque Faneque unido a tierra firme por estrecho y peligroso paso, coloso de piedra, árboles y maleza por una parte, la que le une al frondoso pinar y árido, agreste y riscado por la que se abre en impresionante acantilado al mar que baña su base allá abajo.
- La pareja, él con varios útiles sobre las espaldas y una amodaga y el magado enarbolados y ella con un hatillo conteniendo lo imprescindible de rudimentarios útiles domésticos y el niño sujeto con pieles terciado a la cadera.
- Aridaman, al mismo tiempo, avezado a recorrer bosques y montañas va a la zaga procurando borrar o disimular lo mejor posible las huellas de su presuroso paso.
- Un corte impresionante, más allá de un precipitado barranco, singulariza más todavía al paisaje y aísla por completo al imponente risco a donde la pareja en fuga se dirige.
- Aridaman, buscando los pasos más accesibles para Guanarima, la va guiando con seguridad y aplomo hacia la salvación que para ellos va a ser el alto roque. Por estrechas y disimuladas sendas, a veces al borde del impresionante precipicio, otras ascendiendo cual humanos lagartos las laderas agrestes llegan al cabo de cierto tiempo jadeantes los dos jóvenes a un determinado lugar en el que hasta la difícil senda que siguen parece terminarse. A los lados, muy abajo, barrancos insondables de tenebrosas penumbras que mueren en el mar por la costa. Detrás queda la masa verdosa del pinar y su frondosa maleza con el fondo de las siluetas quebradas de montañas de indudable origen volcánico al fondo. Enfrente solo se les ofrece la pared rocosa, desnuda la mayor parte de vegetación y al parecer completamente lisa del Faneque en sí que habrá que intentar escalar.
Guanarima, cansada de la caminata mira desolada a la que aparece como vertical ladera que tiene enfrente y piensa con angustia que es materialmente imposible el continuarla por allí. Aridaman, sonriéndole para darle ánimos hace rodar algunas piedras que dejan al descubierto espacios suficientes para apoyar en ellos manos y pies en escalada. Indica:
- Voy a subir por aquí yo primero. Tu amárrame bien a Tamayedra a la espalda. Una vez arriba, con esta soga te subiré a ti y al bulto de las pieles y las armas. La cueva que te he dicho que ya está preparada y nos espera está ahí arriba, bien disimulada y muy cerca de la cima.
- Ayudado por Guanarima logra colocar al niño bien acomodado y seguro encima del zurrón que porta a la espalda y emprende con movimientos firmes y seguros la laboriosa escalada.
- Tamayedra asustado está despierto y llora ruidoso en tanto que su madre temblorosa y anhelante contempla con intensa mirada la escalada y acaba lanzando un profundo suspiro de alivio cuando advierte al escalador que, sonriente y con el niño ya a salvo en el borde de la cueva le arroja un extremo de la sólida soga de cuero trenzado. Y al fin sube ella lentamente, apoyándose con manos y pies en la desnuda roca, cerrando los ojos para no ver el negro abismo que se abre amenazador bajo sus plantas, sintiendo al mismo tiempo el peso del resto de la soga amarrada a su cintura con las armas y los víveres.
- La cueva, aunque de reducidas dimensiones parece ofrecer seguro y momentáneo refugio a la pareja con el niño.
- Por la tarde, Tamayedra beatíficamente dormido sobre unas pieles, los dos jóvenes amantes se acomodan en la misma cima del roque y contemplan absortos el dilatado paisaje que se ofrece a su vista. Hacia el sur, riscos impresionantes, altas montañas de tintes violáceos y cárdenos y profundos barrancos de los cuales suben espesas brumas. Por el lado de donde surge diariamente el padre sol, después de los grandes cortes casi verticales en que se remata la fronda de Tamadaba asomándose en parte con atrevimiento al mar y en parte sobre las lejanas llanuras y vaguadas de Agayte y Agáldar con la montaña de Arehucas y los altos de Moya y Afurgat al fondo. El infinito norte está limitado por el mar y el cielo que se unen en la lejanía con masas de nubes blancas y algodonosas. Y allá por el oeste, emergiendo de las brumas sobre las aguas la mole imponente del Echeide, el Pico Sagrado que, según las tradiciones, en cíclicos legendarios echaba fuego y humo a lo alto cuando las tibicenas pretendían adueñarse de la tierra. Algunas nubes tornasoladas ya comienzan a situarse en derredor del mágico y gigantesco monte como suele ocurrir cuando se acerca el diario atardecer.
- Guanarima, siempre alerta es la primera en volver a la realidad presente, nuevamente alarmada.
- - ¡Mira, Aridaman!. Un grupo de hombres, cazadores o guerreros sale allí debajo de las lindes del pinar.
- Efectivamente, una docena de guerreros armados de amodagas, dardos y magados puntiagudos avanza por uno de los bordes del espeso pinar de Tamadaba, con inequívoca dirección hacia el Faneque, ante lo cual Aridaman con rápido gesto obliga a agacharse a su compañera, tendiéndose ambos en el borde de la cueva que les sirve de refugio, observando al grupo de guerreros. A una comprenden que se trata de una partida enviada por el Faycan enviada de inmediato en su busca y captura, delatada su presencia en Tamadaba por Bentagache y su compañero. Luego, arrastrándose sigilosos, ambos buscan el escondrijo de la cueva y continúan sin perder de vista a los de la partida que al poco se van alejando, después de reconocer lo mejor que pueden las cercanías.
- Aridaman y Guanarima respiran al fin con desahogo y mas tranquilizados.
- Pero, al poco tiempo, ya atardeciendo hacen de nuevo su aparición los guerreros en el borde del pinar. Y ahora avanzan ya con decisión hacia el estrecho y peligroso paso, el único posible transitable que conduce hacia el Faneque. Al frente de ellos marcha un hombre viejo, casi desnudo que camina encorvado y concentrado y en quien Aridaman, pese a la distancia reconoce a Tiniguada el pastor, el mejor rastreador de la isla. Sigue, siguen los componentes del grupo las huellas dejadas por los fugitivos y Aridaman, dentro de sí maldice en no haberse preocupado tanto allí, en el terreno volcánico de borrar todo rastro de su paso al igual que por el pinar lo ha hecho.
- Gunarima solloza quedamente apretando a su hijo contra sí y Aridaman, con las manos aferradas a la amodaga de tea endurecida al fuego, piensa por un momento en matar al que intente cruzar el dificultoso paso. Pero, de momento se contiene.
- Los guerreros de Agálda, como la noche ya se avecina y es más intenso el fresco del atardecer, encienden varias hogueras y forman campamento al otro lado del desfiladero. La estancia entre ellos del sagaz Tiniguada parece confirmar que ya saben con casi total certeza en donde se refugian las prófugos amantes. Y bien así lo comprende Aridaman ya verdaderamente alarmado, aunque todavía una luz de esperanza brille allá en su interior. Si ellos en la cueva procuran no dar señal alguna de vida quizás desistan sus perseguidores de arriesgarse al cruce del peligroso paso y a la necesaria y difícil escalada...
- Cae la noche. Una noche fresca en estas alturas.
- En el improvisado campamento los hombres de armas, cazadores y guerreros hablan entre sí y sus voces llegan con toda nitidez hasta la pareja fugitiva agazapada en su elevado escondite, manteniéndolos en constante vela y zozobra.
Tamayedra, una vez más alimentado y aseado en lo posible duerme apacible y sus padres comen algunas frutas secas acompañadas de necesarios sorbos de agua del odre.
La noche se desliza plácida, en gran parte bajo la lechosa claridad de la luna, pero Aridaman espía constante el campamento de sus enemigos que ahora duermen envueltos en sus tamarcos de lanudas pieles, cercanos a las mortecinas hogueras, en tanto que uno de ellos hace de centinela y permanece vigilante, en alerta, sin apenas apartar la vista del fragoso roque que se rodea de sombras.
Va palideciendo el firmamento tachonado de estrellas, anuncio precursor de un nuevo día. Ascienden rumores confusos desde el mar, allá abajo. Comienza a soplar ligera y frescas brisa...
Guanarima, con los nervios todavía excitados por lo accidentado de la jornada, permanece acurrucada, como aletargada, lo mismo que por fin a conseguido en agitado sueño dormitar Aridaman.
Tamayedra se rebulle entre las pieles sobre la que lo han acostado y, destapado, desnudo e indefenso despierta al sentir en sus tiernas carnes el zarpazo de la brisa matutina. Y lanza un agudo grito.
Sobresaltados en grado sumo se despiertan del todo sus padres en el acto y ella con presteza maternal pero frenética en el ademán acude a sofocar el llanto del niño, tapándolo con las pieles.
En el campamento a la vera del pinar el repentino grito también despierta a los guerreros y alerta al centinela de turno que, excitado, señala a lo alto en dirección a la cueva.
Ya no hay remedio, piensa con desespero Aridaman. Su hasta entonces oculta presencia es conocida.
El llanto infantil ha sido como toque vibrante de atención que fija de modo exacto, inequívoco el lugar en donde ellos se esconden, la situación exacta de la disimulada cueva. Ahora, él deberá de aprestarse a luchar, a no permitir como sea a sus enemigos que logren cruzar el paso, cueste lo que cueste. Aunque bien sabe en su fuero interno que toda posibilidad de escapar de sus tenaces perseguidores se ha esfumado.
Un agudo y angustioso grito, un alarido brutal lo saca de su momentáneo ensimismamiento y amargas reflexiones.
- ¡Tamayedra!... ¡Mi hijo!... ¡Nuestro hijo,...!
Guanarima, como repentinamente enloquecida, gimiendo le ofrece el cuerpo del niño,... muerto. Al tratar de sofocar el infantil llanto que los delataba, lo tapó con las pieles, lo ha asfixiado.
Amanece ya. En la cercana fronda del pinar rompen a cantar alborotadoras las aves de rama en rama. Suenan en el soto bosque gruñidos, bufidos, llamadas de los salvajes animales que lo habitan... De las hondonadas y barranqueras emerge la niebla matutina, espesa, grisácea y azulada... E firmamento se enciende con nubes de tonos cárdenos, rosados, dorados y blancos....
Los guerreros isleños enviados por el gran Faycan, ahora espabilados y alerta contemplan asombrados y boquiabiertos una escena cuya visión no se borrará de sus mentes por mucho tiempo y que habrá de ser cantada por los bardos de toda Tamarán.
En lo más alto del Faneque, con el fondo lejano y majestuoso del Echeyde que en la isla cercana sube eternamente hacia el cielo desde las brumas que lo rodean, cara al mar que susurra lamiendo blandamente rocas y lavas allá abajo, las siluetas de Guanarima y Aridaman se recortan nítidas, manteniendo entre ambos en brazos el cadáver del niño.
La harimaguada y el noble guerrero se detienen por unos segundos al borde del precipicio que se abre ante ellos.
Un doble grito resuena poderoso, claro y aterrador a la vez:
- ¡¡Atis Tirma!!.
Y los infelices amantes se arrojan al vacío abrazados al niño fruto de tan malogrado e infausto amor.
f i n
4 de junio de 2010
AIRES Y MEMORANZAS GALICIANOS
Mi intención es que este comentario sea a modo de contestación al que "Princesa" insertó tan gentil y amablemente al mío sobre rapsodias y rapsoda. Antes de nada, mi más sentido pésame por el fallecimiento de aquella adorable persona tan querida de su familia y de la mía y de sus amistades de siempre entre los que me encontré yo
Mis dos amores platónicos han sido siempre la Galicia eterna en que nací y Las Canarias tropicales que tan bien me acogieron y a ellas como bien se haya ya podido observar dedico siempre toda mi obra de aficionado a escribir.
Hoy, el prefacio e intención de mi novela inconclusa "La torre del odio" que se desarrolla a orillas del rio Ulla, junto al Puente de Mourazos y la adyacente ermita de Sanxurxo y que voy enviando, capítulo a capítulo a mis hermanos Elena y Alberto. Otro día, irá, si Dios quiere el preámbulo de la novela publicada hace ya muchos años "Un episodio de los tiempos celtas" desarrollado entre Chaín, La Esparela y el castro de A Roda y la Zarra Nova, así como el borrador inicial de "Flavio el romano" novela desarrollada en una sola jornada entre La Vila y Quinzán junto a una villa romana conocida como Vidualde. Todo a su tiempo puesto que tiempo, de momento y gracias a Dios tengo. Gracias por tu comentario, "Princesa".
Los prolegómenos de "La Torre del odio"
Escribía yo lo siguiente, y debió de ser después del verano del año de 1970 y ya en Canarias, de regreso de haber disfrutado nosotros los canarios unas estupendas y aunque cortas, intensas vacaciones, parte de las cuales, como no podía ser menos transcurrieron en Chaín, padres-abuelos y hermanos-tíos en la entonces acogedora casa de La Vila.
(En una serie de reportajes, escritos y publicados allá por los años 70 y 80 del pasado siglo, en el III de la serie, titulado "Ruinas evocadoras y atrayentes monumentos" referente a mi siempre evocadora tierra nativaaires de Galicia)
... Como colofón a esta especie de sencillo glosario de la Galicia histórico - monumental vuelta a encontrar, doy la descripción de un cautivador paraje que tuve la satisfacción de recorrer, localizado en el centro geográfico de la comarca de La Ulloa, por zonas rurales apenas conocidas desde el exterior. Un paisaje de monte, completo verdor variado, prados, río y piedras musgosas que parecen querer hablar de la Galicia milenaria, de la Galicia de muy movida historia, de la Galicia amada que permanece todavía bastante sepultada en el desconocimiento y el olvido.
En tierras confines de la provincia coruñesa, circundadas sus faldas por las aguas del río Ulla, álzase prolongado montículo rematado en dos pequeños oteros singulares, de los cuales el uno y debido a su configuración da idea de pretérito castro y en donde hoy hay una sencilla capilla con rústico crucero como único exterior, estando cercano un penedo, una curiosa roca labrada en dos concavidades simétricas conocidas en el contorno por as pilas donde bebían os cabalos dos mouros y que muy bien pudieran ser receptáculos para prácticas religiosas, para celebraciones rituales de litaciones a las divinidades célticas. Entre yedras y matorrales se adivinan curiosos restos de ciclópeos terraplenes. El otro extremo de tan singular montículo, separado de el que se adorna con la ermita por unos centenares de metros, con laderas que descienden en rápido declive hasta el río y unos fangosos prados regados por aguas ferruginosas provenientes de un pequeño manantial, es un importante yacimiento arqueológico con restos de tosca cerámica, en donde se localizan fácilmente numerosos trozos de teja gruesa, de cantería granítica presumiblemente labrada. Al conjunto del montículo se le conoce con el topónimo sugeridor de La Torre.
¿Vestigios de una fortificación, acaso de la Edad Media?... ¿Huellas casi inapreciables de solariega vivienda demolida, arrasada en las cruentas épocas de continuas luchas entre feudales señores rivales?... ¿Posibles restos, consecuencias de la frustrada revolución de Los Hermandiños del siglo XV...
Difícil, por no decir imposible será el pretender esclarecer el enigma allí planteado; el secreto encerrado o enterrado, porque todo ha quedado sepultado bajo el absoluto silencio de varios siglos oscuros y decadentes en la apasionante historia del país. Queda tan solo abierto el camino para la imaginación.
Tema el de "el prado de la torre" en el que, sin acordarme por el momento del texto anterior que andaría archivado en alguna de las carpetas que ya iba hinchando con notas varias, incidí años después, supongo que ya con más soltura estilística, si vale aquí la expresión; al menos con más práctica en esto de escribir y en lo de describir, que no es lo mismo.
Porque, lo que si es seguro es que ya entonces había surgido en mi mente la idea de escribir algo sobre la posible fortificación que supuse que pudiese haber existido en aquel recóndito paraje cuyo nombre, conocido de generación en generación por los lugareños de la zona, me resultaba en verdad sugeridor. Y del que, por aquellas fechas, puedo asegurarlo, ni Alberto con sus estudios de Geografía e Historia ni Fernando con las notas que solía tomar de todo cuanto llamara su atención, conocían nada, si bien es cierto que Alberto, catedrático de la materia, ya barruntaba algo.
Lo cierto fue que yo en uno de mis muchos escritos años después volví sobre el tema, lo que demuestra que no lo había olvidado, ni mucho menos. Y, la nota, manuscrita, rescatada hace poco de entre multitud de otras decía así:
El prado de la torre.
Así se le llamaba y así supongo que se le seguirá llamando a un determinado lugar campestre localizado a orillas del río Ulla, en los límites sureños territoriales y administrativos del concejo o ayuntamiento de Santiso situado casi en el centro geofísico de mi tierra nativa, Galicia.
Topónimo sugeridor donde los haya, para localizar alguno de los innúmeros episodios que jalonan y conforman la historia de la región, de lo que fue en el pasado el Antiguo Reino de Galicia.
El prado de la torre,... La torre, la atalaya, la fortaleza de vigilancia de la comarca, de recogimiento de la tropa nativa o foránea, más o menos voluntaria o mercenaria, cuando los tiempos románico-góticos...
Hace ya bastantes años, con mi hermano mayor Alberto, profesional él de la Historia y aficionado yo a las historias de la tierra, de nuestros mayores, de nuestro ancestro y, en definitiva de nuestro pueblo, estando por aquellos días disfrutando de unas placenteras vacaciones ambos con nuestras respectivas familias y proles en la casa paterna de Chaín, en una veraniega tarde cálidas temperaturas al sol y algo refrescantes ambientes a la sombra, en tanto que emprendíamos un agradable paseo buscando, eso sí las sombras de la fronda arbórea del entorno, nos propusimos ambos llegarnos hasta las proximidades de la pequeña aldea de Sanxurxo con la intención de reconocer un cierto "prado de la torre" del que se me había hablado, cuya toponimia nos llamaba poderosamente la atención y que, cierto era, Alberto ya localizara y reconociera de forma muy somera tiempo atrás.
Yo me colgué del hombro la vieja y traqueteada carabina "remington del 22" como la llamábamos, para tratar de tirarle, no digo ya a un muy hipotético conejo o a una escurridiza perdiz o a un "pombo", iluso de mí, sinó a alguna de aquellas oropéndolas de brillante plumaje que no hacían daño a nadie, que ni siquiera eran aprovechables como vianda, pero que con los mirlos y los estorninos resultaban casi siempre el único blanco fácil para los pésimos seudo cazadores como yo. Pero daba gusto llevar el arma de caza al hombro.
(Al presente comentario manuscrito en folio satinado le falta el resto del texto que sin duda debí de escribir. Tan solo pude localizar cuando indagué entre mis muchos papeles el párrafo que debió de ser el postrero y que agregaré aquí al final para complementar el todo.)
Por lo que se colige de lo escrito hasta aquí, se ahora que aquel evocado paseo de reconocimiento del dichoso prado ocurría en el verano del año 1970, como al principio indiqué. ¡Con lo que ha llovido desde entonces!. Casi cuatro lustros. Y sin embargo, al tratar de concentrarme lo mejor y más posible en la evocación, una vez más me es dado el comprobar que recuerdo el episodio perfectamente. Y al mismo tiempo observar que soy una perfecta nulidad para recordar nombres de personas o números. Soy una verdadera calamidad y confieso que ni me acuerdo de las matrículas de los coches de mis familiares más allegados, ni de los números de los DNI de mis deudos y, desde luego de ningún número de teléfono y aún el de casa, debo de llevarlo anotado en cualquier papel, nota o tarjeta. (¡Véanse sino la cantidad de notas, de "chuletas" que llevo conmigo encima, en la carterita del monedero, en la cartera, entre la documentación del coche y permiso de conducir, etc., etc.!).
Pero, en cambio, en cuanto a recordar y evocar con bastante precisión paisajes, panorámicas, detalles geográficos de cualquier lugar en que haya estado y si es que en su momento llamó mi atención, a pesar de que hayan pasado los años tengo una memoria casi fotográfica,
Y es por ello que, en la evocación de la visión retrospectiva me veo perfectamente a Alberto y a mí salir de la casa de la Vila de Chaín, entonces toda llena de vida, rodeada de flores y verdores diversos. Era al comienzo de una tarde algo bochornosa, de verano y hasta me parece advertir que en algún momento nublada y por lo que, aunque a "priori" me sedujese el que por fin fuésemos los dos hermanos a reconocer determinada zona interesante del contorno aldeano, seductora para nuestras comunes aficiones de los hermanos Platero de intentar conocer cada vez mejor la comarca de nuestros mayores su historia, su geografía y su toponimia, la verdad es que a la hora de partir, solo en pensar en la caminata que me esperaba ya me entró en el espíritu cierta vagancia, por lo demás congénita en mí. Y eso que aún no habías adquirido estos muchos kilos de grasa que me sobran pero que no consigo echar fuera de mi rechoncho cuerpo.
Pero en aquella jornada, Alberto una vez más logró convencerme. Y héteme allí con la vieja y comunal carabina al hombro pasando por Pazos procurando no hacer ruidos que alertasen a los perros ladradores que reposarían jadeantes en algún alpende o debajo del hórreo en la era. Buscamos las sombras de La Esparela, cruzamos en agro de Santalla, pasamos ante las ruinas de una casucha en Mariño, junto a la Fuente Fría, por los alrededores de la aldea de Casasnovas y nos adentramos, primero por un pinar y luego por el fragoso monte de El Serrapio, que recorrimos hasta las cercanías del río Ulla, buscando el sitio exacto en que se localizaba la Fuente Santa tan popular en el contorno, la de las consejas y las leyendas. Fuente que no dimos con ella aquella vez, por lo que fuimos bajando de entre aquellos roquedales y tojos y por alguna amplia "corredoira" descendimos hasta las proximidades del río, por allí remansado, en lo que sería en un futuro próximo, si no lo era ya, la cabecera del gran embalse de Porto de Mouros. Dejamos a nuestra izquierda el reducido caserío de la aldea de Vide y tomamos la dirección de la de Sanxurxo, pero, antes de llegar a ella, nos encontramos en el para nosotros ya famoso "prado de la torre" y los dos montículos que lo separan del río, cuya descripción mal que bien hecha encabeza el presente reportaje.
Ya de regreso de la corta pero gratificante excursión, expedición de reconocimiento al llamativo y recóndito paraje, donde sin duda ya surgió en algún rincón de mi mente, en el campo de mi imaginación el embrión de lo que más adelante iba a intentar convertir en el tema de una posible novela con el título ya concebido casi desde aquellos momentos de "La torre del odio" y que, muy posiblemente, como suelo hacer en casos análogos fuí allí mismo imaginando y comentando con Alberto, pensando ya en desgranar la idea sobre el papel.
Y fue por cierto aquella tarde que a mí me acaeció un pequeño percance que luego sirvió para que tanto mis hijos como mis sobrinos y los mayores que lo escucharon se riesen a mi costa a más y mejor cuando Alberto lo contó a la hora de la merienda en la casa familiar de La Vila.
Al tiempo que yo por fin gasté alguno de los finos cartuchos de caza que llevaba, disparando a mansalva a todo vicho viviente, léase pájaro que se moviese entre las ramas de robles, castaños, pinos o sauces y aún algún imprudente sapo que saltase junto a los setos de prados y brañas que íbamos atravesando, pues ocurrió que al intentar atajar yo por uno de aquellos húmedos prados en declive, resbalé, trastrabillé y dí con mi oronda y rechoncha figura en tierra. Caí en tan ridícula postura que quedé perfectamente sentado, levantando los brazos con la escopeta en alto para que no se mojase y al tiempo procurar mantener el equilibrio lo más dignamente posible; que no fue posible pues me deslicé prado enfangado abajo como si de un divertido tobogán se tratase, recorriendo en vertiginosa carrera más de cincuenta metros sin poder valerme y con el habla cortada por el sobresalto inicial, ante la primero alarmada y asombrada y luego regocijada mirada de mi querido hermano mayor que caminando por terreno más firme y seguro, pegado a uno de aquellos setos vivos se reía a mandíbula batiente, lo que continuó haciendo al tiempo que por fin, ya frenado yo en mi imprudente carrera me ayudaba a incorporarme, con el pantalón empapado pegado al trasero y al dorso de las piernas y los calcetines también mojados y los zapatos que hube de descalzarme un momento para escurrir el agua y el barro que en ellos se introdujeran.
La anotación final del relato y hecha en su día añadía que al pasar de regreso a casa por las aldeas y lugares de Vide, Sarandeses, Casasnovas y Santalla, Alberto iba saludando cordial y alegremente a cuanta persona nos topáramos, demostrando con ello "conocer a aquella gente paisana de toda la vida". Y en cambio, yo que también saludaba, procuraba disimular lo mejor posible lo embarrado que iba, y ponía verdadera cara de bobo por más que lo disimulara y cuando nos alejábamos terminaba preguntando por "lo bajines" con la consabida muletilla de ¿Y quién es?...; porque bien cierto es que, a pesar de haber pasado en mi infancia larga temporada en el curato, desde hacía muchos, muchísimos años residía como trasterrado, fuera de la región.
Luego,... Yo escribí el borrador casi completo de la novela "La torre del odio". Y en cuartillas manuscritas tuve el tema mucho tiempo.
Tanto me entusiasmé con la idea, que llegué a dibujar no solamente las figuras de Donsueiro y de Froila, la doncella sinó también de lo que yo imaginé fue aquella fortaleza, el paisaje en que se enclavaba, etc.
Cada vez que iba a Galicia, mi hermano gemelo se interesaba por la novela, quería saber si la había terminado, si estaba ya dispuesta para su posible publicación... Habló de ello a varios amigos de La Coruña que cuando me veían me preguntaban indefectiblemente por ella, etc., etc.
En el entre tanto, Alberto me facilitó datos documentales de la existencia de una torre, de "nuestra torre" en lo alto del montículo, a la vera del remanso allí formado por el río.
Y Fernando, mi gemelo también comenzó a interesarse de veras en el tema y, muy poco antes de fallecer, me envió un trabajo suyo de pormenorizada investigación que, complementando lo facilitado por nuestro hermano mayor ha sacado a la luz un importante episodio de la historia de la comarca.
Ambos trabajos eruditos van a ser el epílogo de la novela que yo escribí después de imaginarla, desconociendo la verdadera historia. Y que en cierto modo no desmerecen la una de los otros.
1 de mayo de 2010
de trovas y trovadores
En la presente ocasión pretendo acceder a la solicitud de algunos/as anónimos/as lectores/as “virtuales” de estos mis distendidos “Relatos” que de una u otra forma aplauden o critican y aún censuran y que alguno de los cuales me recuerdan que a fuer de considerarme “acanariado” no por ello olvide que, ya que en todo momento presumo de mis raíces gallegas, invoque aunque sea de cuando en cuando el mundo espiritual y material de mis ancestros.
Para ellos y como viejo rapsoda aficionado que de joven he sido, van pues los dos siguientes romances, el uno trovadoresco, en gallego clásico y el otro, jocoso y que espero que así se me entienda, en una especie de “castrapo” de feria, de las de finales del siglo XIX y principios del XX que uno conoció en su niñez.
Va el primero el titulado como “Romance de Don Gaiferos”, propio para el presente Año Jacobeo. Según cuentan las historias, este romance jacobeo es o corresponde al ciclo carolingio o medieval. En ellas se dice que Guillermo X, último duque de Aquitania una basta región histórica de Francia, peregrinó a Compostela en 1137, falleciendo ante el altar del apóstol el día de Viernes Santo de dicho año. En el famoso códice denominado “Calixtino” se cita la peregrinación del duque bajo el nombre caballeresco de Gaiferos de Mormaltán., hecho del que arrancó el trovadoresco romance que, con acompañamiento de música de zanfoña se interpreta por el Camino de Santiago y en Compostela en la actualidad y que, entre otros rapsodas eminentes del pasado supo rescatar del polvo del olvido de los siglos el gran folclorista gallego Faustino Santalices, que, acompañado de música de la zanfoña que él también revitalizó, interpretó muchas veces allá a mediados del siglo XX en el transcurso de ágapes arzobispales en palacios santiagueses y que traigo aquí como sentido homenaje a la efeméride del presente Año Santo Compostelano
I onde vai aquil romeiro, meu romeiro a donde irá,
camiño de Compostela, non sei se alí chegará.
Os pés leva cheos de sangue, xa non pode máis andar,
malpocado, probe vello, non sei se alí chegará.
Ten longas e brancas barbas, ollos de doce mirar,
ollos garzos leonados, verdes como a auga do mar.
- ¿I onde ides meu Romeiro; onde queredes chegar?
- Camiño de Compostela donde teño o meu fogar.
Compostela é miña terra, deixeina sete anos hai,
relucinte en sete soles, brillante como un altar.
Cóllase a min meu velliño, vamos xuntos camiñar,
eu son trobeiro das trobas da Virxe de Bonaval.
I eu chámome don Gaiferos, Gaiferos de Mormaltán,
se agora non teño forzas, meu Santiago mas dará.
Chegaron a Compostela; foron á Catedral,
Ali, desta maneira falou Gaiferos de Mormaltán:
-Gracias meu señor Santiago, aos vosos pés me tes xa;
si queres tirarme a vida, pódesma señor tirar,
porque morrerei contento nesta santa Catedral.
E o vello das brancas barbas caíu tendido no chan,
Pechou os seus ollos verdes, verdes como a auga do mar.
O bispo que esto oíu, alí o mandou enterrar
E así morreu señores, Gaiferos de Mormaltán.
¡Iste é un dos moito miragres que Santiago Apóstol fai ¡
(que, traducido al castellano dice así:)
Adónde va aquel romero, mi romero adónde irá,
camino de Compostela, no sé si allí llegará.
Los pies cubiertos de sangre, ya no puede más andar.
Pobrecito, pobre viejo, no sé si allí llegará.
De largas y blancas barbas, ojos de dulce mirar,
ojos tristes, leonados, verdes como agua de mar.
“¿Adónde vas, peregrino, adónde quieres llegar?”
“Camino de Compostela, donde yo tengo mi hogar.”
“Compostela, esa es mi tierra, la dejé siete años ha,
reluciente en siete soles, brillante como un altar.
Ven mi romero conmigo, juntos hemos de marchar,
yo a la Virgen canto trovas, la Virgen de Bonaval.”
“Yo me llamo don Gaiferos, Gaiferos de Mormaltán,
si ahora no tengo fuerzas, mi Santiago me las dará.”
Llegaron a Compostela, fueron a la Catedral,
y de esta manera habló Gaiferos de Mormaltán:
“Gracias mi señor Santiago, a tus pies me tienes ya,
si quieres tomar mi vida, ya me la puedes quitar,
que yo moriré contento en tu santa Catedral.”
El viejo de barbas blancas cayó mirando al altar,
y cerró los sus ojos verdes, verdes como agua de mar.
El obispo que esto oyó, allí lo mandó enterrar
Y así murió, mis señores, Gaiferos de Mormaltán.
Este es uno de los milagros que Santiago sabe obrar.
El otro, romance popular es el evocador de alguna enxebre estampa rural de la Galicia profunda del más reciente pasado, de texto para mí al menos anónimo como del pueblo que es, que fue interpretado repetidamente con singular gracejo, bis cómica y sentimiento a la vez en reuniones familiares y amicales por quien me lo facilitó, mi ya difunto hermano gemelo Fernando.
O CANTAR D E CEGO
(BERRANDO) ¡Fajan corro señores e non arrempujen, que fai un calor que abafa!... ¡Ti, rapariga, está cerca de min, que hay moito sinvergüenza do arredor!...
¡A perra jorda la hestoria completa!... (CANTANDO)
Y en la vila del Rabiño,
partido de Cortejada, habetaba un matrimonio
modelo de fé cristiana.
Y él se llamaba don Goaquine
Y su esposa doña Iana.
E estiveran nel Brasile y janaran mucha plata
Y tenían los aforos guardados en una iarca.
Vivían en una finca
de la ciudad alegada, que tenia una cancilla
de moitas afejoranzas...
(BERRANDO)
¡Oi, ti, sinvergüenza,
deixa en paz á rapariga,
que non se mete contijo!
......................................
Que barbaridade;
Que pouca aducación, hombre...
¡Ponte a outra banda de aquí!
(COMO RECITANDO)
A eso de la media noche,
cuando el jallo no cantaba,
por la puerta del gardine
los criminales entraban
y al can que estaba en la porta
y que la finca juardaba
le deron tal pontapé
que le abriron las entrañas...
Xa en el piso prencepal, la criada daba jritos,
sin que nadie le acodiera...
¡Ni los mismos angelitos!...
Aquellos hombres malvados,
cojieron a la criada,
la tiraron de los pelos,
la arrastraron por los suelos,
le quitaron las amancas,
le roubaron unas pesetas
que ella tenía guardadas...
Y no contentos con eso,
Aquellas malas calañas
la llevaron al balcón...
Y la chimpan por la ventana
indo a caer su cuerpo de fociños
donde estaba la estercada
y allí entre malos olorres
la probe entrejó su ialma...
Y van y cogen a don Guaquine
y a su esposa doña Iana,
les metieron a uno y otra en la boca
un colchón y una almohada,
un mantón de ocho puntas,
un cobertor y dos mantas...
Con una cuerda de mirtos,
les apretaron las espaldas
y allí mallaron en eles
y les escopieron en las caras
...........................................
(DECLAMANDO)
¡ Madres que tenendes hijos,!...
¡ Hijos que vais a la escuela,...!
no olvideis que es necesario,
tener siempre en casa a la suejra,
que si a las veces nos riñe,
nos araña y nos peja,
¡tambien nos juarda la casa
como un buen perro de presa!
Algo de RAPSODIAS y rapsodas (por ejemplo: yo en mis tiempos mozos)
Ser o no ser.-
"Existir o no existir, esta es la cuestión", decía Hamlet, creyéndose solo en una de las salas del castillo medieval de sus padres, en tanto que la bella y muy luego desdichada Ofelia, su jovencita amada, leía algún apergaminado libro en el otro extremo de la estancia y escenario. Y proseguía el atormentado joven:
"¿Cual es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza...? Este es un término que debían de solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Si, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quien, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud solo con un puñal. ¿Quien podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento?. Esta previsión nos hace a todos cobardes; así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esa sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. (ADVIRITIENDO LAPRESENCIA DE SU AMADA) Pero... ¡La hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones." Y así remató su soliloquio el príncipe que se hacía pasar por loco.
Aquel "Tubi o no tubi", muy macarrónicamente pronunciado, del desgraciado personaje shakesperiano, desde los tiempos de la adolescencia estudiantil, siempre me ha hecho pensar, cavilar sobre su significado, logrando que por lo menos haya yo llegado a conocer bastante bien, al menos, la trama de la obra y aún me arriesgue alguna vez a filosofar un tanto sobre lo que el autor inglés quiso decir con ello.
Resumiendo lo más posible lo que yo conozca sobre la vida y la obra de William Shakespeare por demás interesantes ambas, a pesar de persistir una especie de bruma en torno a su existencia, hoy en día ya se sabe que nació en la localidad del interior de Inglaterra conocida como de Strat-ford-on-Avón, "la tierra de Shakespeare" como actualmente asimismo se conoce a la comarca. Y fue un día 26 de abril: y que muy joven, a los diecinueve años hubo de casarse apresuradamente con su vecina la joven Anne Hathaway ya embarazada pues a los seis meses escasos tuvo, en 1583 a su hija Susana y en 1585 a los gemelos Judith y Hamlet; familia a la que muy pronto dejó el inquieto joven, trasladándose él a Londres que fue allí donde dio comienzo trabajando como una especie de factotum de una compañía de cómicos de la legua, haciendo de actor y autor dramático y contando tan solo 28 años de edad ya estuvo viajando muy pronto por todo el país y aún saliendo a fuera de Inglaterra cuando tuvo oportunidad, en animada "troupe", trabajando con su propia compañía teatral y casi siempre de forma regular en los teatros londinenses, el "Blackfriars" y "The Globe" que era de la compañía de los servidores del Lord Chambelán.
En los últimos años, no obstante se dedicó con mayor intensidad a su faceta de autor y fue cuando salieron las más destacadas obras de su fecunda y privilegiada pluma. Está documentado que en plena fiebre o inspiración, en la primera década del siglo XVII se retiró, rico y famoso a su pueblo de origen donde convivió con sus hijas ya casadas Susana y Judith hasta que falleció, en la cúspide de su gloria, a los 52 años de edad, el día 23 de abril de 1616. Curiosamente, según se dice, los mismos día, mes y año que en la Castilla imperial fenecía nuestro Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra.
Como actor, se sabe que estuvo interpretando a casi todos los personajes de su propio repertorio; por ejemplo, en "Hamlet" le encantaba el hacer el papel de la sombra del rey asesinado que se aparece a los soldados y a su propio hijo.
En cuanto a su extensa y variada obra escrita como poeta, como tragicómico o como dramaturgo, la primera que apareció en Londres firmada con su nombre fue la que comprendía el largo poema titulado "Venus y Adonis" en el año de 1593, seguida de "La violación (o el rapto) de Lucrecia" en 1594, dedicadas ambas a su mecenas y amigo Henry Wrioothesley, conde de Southampton; tiempo por el que compuso asimismo una serie de sonetos que, no obstante, no se publicarían al menos hasta unos cinco años más tarde.
Entre los años de 1589 y 1600, W. Shakespeare, en plena y fecunda fiebre creativa, escribió un promedio de dos obras dramáticas por año, aunque, a partir de la última indicada fecha fue reduciendo paulatinamente aquella especie de frenética actividad literaria, considerándose al efecto que debió de ser el drama "Enrique VIII", compuesto entre 1612 y 1613 y al parecer escrito en colaboración, por primera y última vez, la postrera de sus obras.
La tragedia de "Hamlet" fue compuesta seguramente entre los años de 1600 a 1601, como refundición de una antigua pieza escénica.
Pero, antes de proseguir, necesario es el indicar que, según opinión de algunos concienzudos críticos e investigadores de la obra shakesperiana antes de finales de aquel siglo ya se citó a un Hamlet trágico varias veces, encontrándose con un Hamlet que fue representado en 1594; y en 1596 en cierta obra se describía al demonio vagando con negras vestiduras, grave "y tan pálido como la sombra de Hamlet que tan lastimosamente gritaba en el teatro" pidiendo venganza. Según el traductor Astrana Martín, por el año de 1603 se representaba en los teatros de Alemania un drama traducido del inglés con el título de Hamlet precisamente, sugiriendo ello que algún otro autor dramático escribió el libreto antes que nuestro autor, del que éste quizás se inspirase, plagiándolo. Otros autores suponen, no obstante, que aquel Hamlet fue obra del mismo Shakespeare que lo escribió en 1598 y luego refundió en nueva versión definitiva del drama del príncipe danés.
Hamlet fue indudablemente una de las principales tragedias del extraordinario poeta y dramaturgo inglés, pasando a formar parte de sus seis más importantes que le hicieron alcanzar renombre, celebridad e inmortalidad. Aquel personaje mítico y fabuloso o real aunque arcaico o antiguo, de estirpe principesca cuya existencia se ha hecho remontar unas veces hasta mediados del siglo I de nuestra era y otras al siglo V de los remotos tiempos cuando no al X, en plena Edad Media o feudal europea, ha hecho derramar mucha tinta y sobre él se han escrito leyendas, poemas, tragedias y una ópera, además del inmortal drama shakesperiano.
Con el título original completo de "Hamlet, príncipe de Dinamarca", es clásica pieza teatral de la Edad Moderna en la que acontece en tiempos remotos feudales, en una indeterminada localidad danesa, el fantasma del difunto rey de Dinamarca se le aparece como una sombra a su hijo Hamlet y le invoca a que vengue su muerte, ocasionada alevosamente por su propio hermano Claudio que se ha casado con la reina Gertrudis, usurpando el trono. Hamlet, espantado, promete y proyecta justiciera venganza, lo que comunica a sus dos amigos de la infancia Horacio y Marcelo y simula haberse vuelto loco.
Ciertamente, según la crítica lo ha juzgado, el personaje del príncipe danés es como un espíritu metafísico en busca de una realidad segura y su mente conoce ya todos los recursos de una dialéctica propia de la época de quien escribe el libreto. Hamlet puede parecer un loco y él mismo tiene buena conciencia de ello y, por tanto, de ahí había de provenir la habitual actitud melancólica del personaje. Y, sin embargo, él no es un filósofo ni un mero contemplador de la vida que en su derredor discurre, por cuanto los problemas le son presentados con una necesidad práctica de acción puesto que debe de vengar como sea a su padre, al hermano del fratricida. Y, de tal suerte el "Ser o no ser" del razonamiento filosófico transciende a un plano moral político. El va a ser el vengador de su padre, de la honra familiar mancillada y obrará con grande y maquiavélica astucia. Sobre todo cuando consigue hablar a solas con su madre, a la que, arrepentida ella del daño que haya podido causar con su negligencia, el príncipe, con un sentimiento a la vez de piedad comprensiva, confiesa su estrategia y parte de sus proyectos justicieros más inmediatos. Ante su madre mata al servidor Polonio, que espiaba la escena y que es el padre de la hermosa Ofelia, virgen adolescente de la que el príncipe está enamorado. Ofelia es el personaje central femenino, ama a su vez a Hamlet y resulta ser el personaje shakesperiano en el que parecen estar encerrados todos los frutos de la inocencia, la gracia y la belleza núbil; criatura etérea y realista al mismo tiempo que constituye una clara representación del amor en sus varios aspectos, desde la devoción hasta la locura y que acaba resultando la víctima inocente de aquel sentimiento.
Intrigas, enredos, conjuras, perfidias, la locura repentina y el fallecimiento de Ofelia que enardece más la situación creada en el castillo, sepulcros con huesos y calaveras al descubierto, traiciones y duelos y, planeando siempre, la locura fingida, la locura real y la sed de venganza.
El final es de lo más tradicional y propio de este teatro clásico; el que tan bien supo en su día retratar en su parodia romántica "La venganza de Don Mendo" el comediógrafo Pedro Muñoz Seca a principios del siglo XX, en la que las traiciones, los enredos, las intrigas, los duelos y las muertes se suceden, con el consabido final en que, según expresión muy popular, muere hasta el apuntador.
Personalmente, yo he pasado en mi juventud muy agradables y plácidas horas leyendo gran parte de la bibliografía shakesperiana, en castellano naturalmente, sobre todo en aquellas versiones que procedían del buen quehacer del traductor Luis Astrana Marín, alguna de las que conservo entre mis libros. Y, claro está, recitando su monólogo del “Ser o no ser” con más entusiasmo que aciertos, esta es la verdad.
Todavía recuerdo lo que un buen amigo, profesor de literatura o filología inglesa me dijo en cierta ocasión al respecto y que, poco más o menos venía a decir que en la obra de William Shakespeare el verso endecasílabo destacó por su fuerza, su densidad, su registro melódico; la riqueza de las imágenes y del vocabulario que fueron inagotables y el estilo tan flexible se plegaba a la pluralidad de los temas y que en las buenas traducciones al español al convertirse en prosa poética no desmerecieron en nada.
Rapsoda, juvenil recitador de poemas.
Además de "Hamlet", en aquellos mis ya lejanos tiempos de lecturas a mansalva, apasionantes y a veces voraces y revestidas de cierto frenesí e impaciencia por conocer los finales de los temas, disfruté asimismo de la lectura de obras shakesperianas cuales "Romeo y Julieta", "Julio César", "Antonio y Cleopatra", "Macbeth", "Otelo", "El Rey Lear", Ricardo III", "Enrique VI" y "Los dos caballeros de Verona", "El sueño de una noche de verano", "La fierecilla domada" y algunos otros cuyos títulos ahora se me escapan. Pero, confieso que no todas me han gustado por igual y, realmente, a las que yo he prestado más entusiasmo y atención han sido a las de su ciclo del género de drama histórico dadas mis aficiones de siempre al tema y que, como ya dijo en su día un crítico, “a W. Shakespeare le permitieron recuperar el pasado nacional, exaltar la grandeza del presente de su época y aún meditar y hacer meditar sobre un futuro incierto pero que ya se anunciaba prometedor”. A algunas de estas obras citadas, además de leerlas, he tenido la satisfacción de poder verlas, más que en teatro, en algún teatrillo de provincias en todo caso, llevadas al cine y en televisión, en la pantalla grande y en la pantalla chica como vulgarmente se dice; claro está que con lo que ello supone y conlleva de alteraciones, omisiones, añadidos o cambios, a gusto de quienes las dirigen y también de quienes las interpreten.
Pero siempre, indiscutiblemente, de la producción literaria shakesperiana la que más me ha impresionado e interesado ha sido la de Hamlet, príncipe de Dinamarca.
Hubo un tiempo, en mi adolescencia y años mozos que, al igual que al indicado “Ser o no ser” memoricé otros trozos literarios en verso o en prosa cuales "Unha noite na eira do trigo" de Curros, "Adiós ríos, adiós fontes" de la divina Rosalía, "La canción del pirata" de Espronceda, "El Dos de Mayo" de Bernardo López, "El Piyayo" de Carlos de Luna, "La casada infiel" de Lorca, "La Nacencia" de Gabriel y Galán, "La desesperación" que se atribuye a Espronceda, "Antón y el eco" y "El conde Sisebuto" anónimos, los monólogos de Segismundo en "La vida es sueño" de Calderón de la Barca, "Noche de Reyes" de Carlos Arniches, el comienzo, solo el comienzo aquel de "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho, etc."; “El regalo de los Reyes Magos”, “El navegante solitario”, “El último canto de la cigarra”, “Los zapatos” de mi cosecha y algún que otro trozo clásico o popular más para presumir de rapsoda en las reuniones de amigos y familiares.
Y, naturalmente, al hilo de lo que estoy diciendo, aquella primera página tan bella que empieza con: "Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro", de Juan Ramón Jiménez y que memoricé siendo joven para poder recitarlo de corrido cuando, al preguntárseme mi apellido y yo darlo, se me solía mirar sonriendo, con el título de "Platero y yo" bailoteando en los labios; y que yo acababa por remachar afirmando:"¡Sí, pero yo, soy yo!"
He aquí el monólogo de Carlos Arniches:
N O C H E D E R E Y E S
(m o n ó l o g o)
(CON VOZ CONTENIDA QUE SE VA EXALTANDO)
¡Esta es la casa!.... ¡Aquí vivía él!... ¡Aquí viven los dos!
A ojos ciegos hubiera llegao... ¡Es que muchas noches en la oscuridad de mi calabozo, he visto este camino alumbrao por llamarás de calentura! Pá eso solo, pá llegas hasta aquí, quería yo la libertá...¿Pá que sino?...
¡Ye estoy libre!...¡Ya estamos cerca, Lucía!... Si; al remate llegó la hora, La hora que aguardé contando minuto a minuto los días que no acababan nunca.
Saldré, decía yo; y en cuanto salga, allí, sin torcerme ni desviarme, ¡allí!... ¡A matarla!... ¡Aunque sea en sus brazos.
En sus brazos... ¡Ojalá!. (PAUSA)
La rabia y el dolor me ahogan... Destrozaríame a mí mismo en estas ansias de muerte que me conmueven.
¡No, no es la venganza, no! ... ¡Es el querer!; Ese querer maldito que aún vive en mí y quiere tu vida; no porque no seas mía, sino por que no seas de otro, de ese otro que se atravesó en mi vida pá ser mi perdición.
¡Ella de otro!... Ella; mi afán, mi alegría, mi vida toda,... de otro.... ¡No! De otro, mientras estuve yo entre rejas, en presidio. ¡Ahora estoy libre!... ¡Libre!
Lo juré y voy a cumplirlo
(PAUSA)
Aquí está la navaja, compañera fiel que noche tras noche a compartido conmigo el ansia anhelada de este momento.
(PAUSA)
¡Pronto!...Esta es la ventana; entraré por ella pues de un golpe romperé los cristales,...¡Como un ladrón, como entró ella en mi alma pá robarme la paz de mi corazón,... pá quitarme la vía!...¡Pronto!
(PAUSA)
¡Eh!... ¿Qué es esto?... Los zapatitos de un niño...
¡Si,... esta noche es Noche de Reyes!... Los zapatitos de un niño... ¿De su hijo tal vez?...¡Su hijo!...
Pero,...¿Qué escucho ahora?... Su voz. La voz adorada que me hacía temblar de encanto...
Duerme a su hijo,... Un niño que tal vez sueña que por esta ventana van a venir y a entrar los Reyes a dejar colmada su alegría,... Como yo soñé en noches lejanas, al calor de otros brazos perdidos para siempre,... para siempre.
(SOLLOZANDO)
¡Si, madre mía, si!... ¡Tú hiciste esto!...¡Tu hiciste esto porque también velas por mí en esta Noche de Reyes,... llena de negrura y desamparo para mí!
(LLORANDO)
¡No, no puedo matarla!... ¡No puedo!
Por donde un niño espera la entrada de los Reyes para ver colmada su alegría, no puede entrar la muerte...
¡Ea!...¡Lejos de mí, arma infame ¡
Adiós, Lucía. Adiós para siempre...
Y tú, pobre criatura inocente, duerme ranquilo. Y mañana, cuando despiertes, ríe, ríe de gozo. Que los Reyes te dejan en tus zapatitos,...lo que vale más que nada en el mundo... Te dejan, la vida de tu madre. ¡La vida de tu madre!
F i n
EL PIYAYO
de José Carlos de Luna, inspirado poeta español (1890-1965)
¿Tú conoces al Piyayo,
un viejecillo renegro, reseco y chicuelo,
la mirada de gallo,
pendenciero
y hocico de raposo
tiñoso. . . ,
que pide limosna por " tangos "
y maldice cantando " fandangos "
gangosos. . . . .?
. . . . . . . .
¡ A chufla lo toma la gente
y a mi me da pena
y me causa un respeto imponente !
Ata a su cuerpo una guitarra,
que chilla como una corneja,
y zumba como una chicharra
y tiene arrumacos de vieja
pelleja.
Yo le he visto cantando,
babeando
de rabia y de vino,
bailando
con saltos felinos,
tocando, a zarpazos,
los acordes de un viejo " tangazo ".
Y el endeble Piyayo jadea,
y suda. . . .y renquea.
. . . . . . . .
Y a sus contorsiones de ardilla
hace son la sucia calderilla.
¡ A chufla lo toma la gente !
A mi me da pena
y me causa un respeto imponente.
Es su extraño arte
su cepo y su cruz,
su vida y su luz,
su tabaco y su aguardientillo. . . .,
y su pan y el de sus nietecillos:
" churumbeles " con greñas de alambre
y panzas de sapo,
que aúllan de hambre,
tiritando bajo los harapos;
sin madre que lave su roña,
sin padre que " afane ",
porque pena una muerte en Santoña;
sin mas sombra que la de su abuelo. . . .
. . . . . . .
¡ Poca sombra porque es tan chicuelo !
En El Altozano
tiene un cuchitril
- ¡ y a las vigas alcanza la mano ! -
y por lumbre y por luz un candil.
Vacía las alforjas
- que son sus bolsillos - .
Bostezando, los siete chiquillos
se agrupan riendo.
Y entre carantoñas les va repartiendo
pan y pescao frito,
con la parsimonia de un antiguo rito:
. . . . . . . .
- ¡ Chavales !
¡ Pan de flor de harina !. . . .
Mascarlo despasio.
Mejó no se come en palasio.
Y este pescaito ¿ no es na ?
¡ Sacao uno a uno del fondo der ma !
¡ Gloria pura e !
. . . . . . .
Así. . . .despasito.
muy remascaito.
¡ No llores, Manuela !
Tú no pués, porque no tienes muelas.
¡ Es tan chiquitita
mi niña bonita !. . . .
Así despasito,
Muy remascaíto,
migaja a migaja - que dure -,
le van dando fin
a los cinco reales que costó el festín.
Luego, entre guiñapos, durmiendo,
por matar el frío, muy apiñaditos,
la Virgen María contempla al Piyayo
riendo.
Y hay un ángel rubio que besa la frente
de cada gitano chiquito.
¡ A chufla lo toma la gente !. . . .
¡ A mi me da pena
y me causa un respeto imponente !
Y, en fin, este jocoso soneto del comediógrafo y poeta riojano Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) , titulado
A LA PEREZA
¡Que dulce es una cama regalada ¡
¡Que necio el que madruga con la aurora,
aunque las musas digan que enamora
oír cantar a un ave la alborada!
¡Oh, que lindo, en poltrona dilatada
reposar una hora y otra hora!
Comer,...holgar....¡Que vida encantadora
Sin ser nadie y sin pensar en nada!
¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
ya, tendido a la larga me acomodo!
De tus graves alumnos, el ejemplo
Arrastro bostezando; y, de tal modo
Tu estúpida modorra a entrar me empieza,
Que no acabo el soneto,.. de per...
Carlos Platero Fernández, en Las Palmas de Gran Canaria,
a 15 de abril de 2010
20 de marzo de 2010
Un viaje a La Palma
La isla canaria de San Miguel de La Palma, la Benahoare prehispánicas, La Palma isla bonita, isla verde por excelencia del archipiélago canario anclada ya para siempre en medio del sonoro Atlántico, desde que la conocí ha ejercido sobre mí una especial atracción.
Yo estuve por primera vez en La Palma por el año de 1958, a finales del verano cuando, en cumplimiento de tareas laborales profesionales hube de residir cerca de dos meses en ella, desguazando y recuperando con un equipo especializado un avión militar modelo Junker y de procedencia alemana aunque al servicio del Ejército español, que se había salido de la reducida pista terrera de aterrizaje en el pequeño Aeródromo de Buenavista, por la comarca y ayuntamiento de Mazo. Por alguna falsa maniobra del piloto se había desviado bruscamente hacia su derecha y acabó su recorrido cayendo a un terreno de labranza adyacente, empotrándose entre las ramas de un copudo castaño cargado de fruto ya maduro a la sazón. ¡Aquella corta pista sin asfaltar que, recortada por su parte norte con el tajo impresionante y profundo de Juan Mayor y por el sur con el menos agreste y de menor recorrido, aunque mucho más interesante e historiado de La Zarcita, el de los numerosos petroglifos aborígenes, que, asimismo bordeaba al pequeño cementerio correspondiente a la parroquia de San Pedro por la Breña Alta!
Debo de indicar aquí que las tareas de desmontar en el veterano avión trimotor y separar las alas del fuselaje, los timones de dirección y altura del empenaje de la cola, el maltrecho tren delantero de aterrizaje, las hélices y los motores así como los instrumentos de vuelo de la cabina de pilotaje fueron realizadas con presteza y a conciencia aunque hubo que cavar sendos túneles para poder usar los pesados gatos mecánicos e hidráulicos necesarios para parte de la operación de rescate. Luego, pasaron algunos días de holganza total esperando las órdenes pertinentes para preparar para su transporte todo aquel material.
Hubo dos hechos, a cada cual mejor para mí, al menos en el transcurso de aquellos días.
Días que nosotros, los dos o tres civiles de mi equipo y yo por un lado y por otro los soldados obreros, revoltosos y naturalmente fogosos e inquietos por otro, nos dedicamos a leer, a conocer y reconocer la recolecta villa más que ciudad del entonces, a recorrer gran parte de la isla, a saludar a algunos conocidos que teníamos en localidades como Tazacorte en donde aún se acuartelaba un batallón de Soldados de Infantería en el que había servido hacía ya años aquel Pepe Varela el de Inocencia, como me recordaba nostálgico cuando me topaba con él en la aldea de Chaín, El Paso del Sagrado Corazón de Jesús en donde todavía se podía admirar una estatua del mismo en lo alto de la iglesia parroquial o Los Llanos de Aridane, etc.
Por una parte, el Cabildo de La Palma puso a nuestra disposición y durante las veinticuatro horas del día, como mínimo dos vehículos, con los que nos desplazábamos de uno a otros lados, lo que aprovechamos para los mencionados recorridos isleños.
Visitamos el celebrado santuario de Nuestra Señora de Las Nieves, yo las cuevas con los interesantes y enigmáticos petroglifos prehispánicos de La Zarcita, unos en los perdidos barrancos de Garafía y del Francés, recorriendo la zona de Las Manchas en donde todavía eran bien visibles las huellas de la última erupción volcánica de la isla en el año de 1949, visitando las localidades de San Andrés y Sauces y en el otro extremo de la isla subiendo al roquedo de El Time, acercándonos al recóndito lugar de Tijarafe, donde esperaba encontrarme con unos viejos amigos de Gando, pero lo que no logré, aunque sí algunos de los expedicionarios nos encontramos con otros asimismo camaradas de tiempos del cuartel, en Tazacorte con los que tuvimos que formar parte de alguna pequeña juerga dominguera, etc., etc.
Y por la otra, el oficial de Aviación que entonces estaba al frente del reducido destacamento de dicha arma en La Palma, el teniente Enrique Cuyás, amigo por cierto del alférez ingeniero aeronáutico José Bringas que comandara la expedición en el ámbito militar, que por hallarse alojado
temporalmente en el Hospital General de la ciudad nos cedió gentilmente a los civiles especialistas
su propia vivienda en el mismo aeródromo para que guardásemos nuestras ropas de calle, nos ducháramos y aseáramos y aún reposásemos en sus dependencias lo que quisiéramos pues la casa, un moderno chalecito, salvo las habitaciones o dormitorios cuyas puertas estaban cerradas estaba a nuestra entera disposición.
En una de aquellas dependencias había una dedicada como a escritorio y sala de lectura y en ella una reducida biblioteca, repleta de obras de tema canario pues no en vano el suegro del oficial militar era un destacado intelectual canario. Allí leí o tomé prestadas en aquellas libres jornadas para leerlas en nuestro alojamiento que era en el acuartelamiento instalado en la costa, por las afueras de Santa Cruz de La Palma, creo que por donde le decían El Refugio de más allá del Túnel, en donde poco después se alzaría el actual y coquetón Aeropuerto de Mazo.
Recuerdo que por aquellas fechas nos llegó la noticia del fallecimiento del Papa Eugenio Pacelli Pío XII.
Y una anécdota que ahora me viene a la mente fue que, estando yo en mis labores profesionales en Gando cuando lo del accidente del aterrizaje forzoso en La Palma del avión Ju-52, de fabricación alemana y al que conocíamos familiarmente como “La palomita” pues en lugar del color gris estandarizado de la Fuerza Aérea española estaba pintado totalmente de blanco inmaculado, adecuado para transportar pasaje y hacía el servicio de avión estafeta en lo que por entonces se conocía como la Escuadrilla del Cuartel General del Aire, siendo el empleado en los desplazamientos aéreos de la Jefatura. En aquella ocasión, el avión llegara a Gando procedente de Madrid y sin apenas repostar hubo de emprender vuelo a Tenerife y a La Palma, en donde sufrió el percance del accidente reseñado. Pues bien, en la misma mañana en que se me comunicó que dada mi profesión de entonces de montador de aviones con categoría de jefe de equipo debería de trasladarme con el urgentemente conformado, sin más demora allá a la para mí más remota isla occidental del archipiélago.
Pues ocurrió que en un momento dado se me acercó con el mayor sigilo un cabo de primera especialista que me confesó que en viaje de la Península a Canarias de “La Palomita”, venía una buena partida de excelentes chorizos de Mérida curados y convenientemente envasados en unas latas adecuadas, como regalo de alguien para el entonces jefe de la Zona Aérea de Canarias y Africa Occidental Española, de la que al desembarcarlas en el aeródromo de Gando los pillastres de los mecánicos habían logrado distraer dos que ocultaron por algún recoveco de la parte trasera del fuselaje del avión. Que, si por favor las localizábamos y se las trajésemos, mucho nos lo agradecerían. Cosa que al comunicarla al equipo de la expedición, mucho regocijó a todos, puesto que, ya desde el principio nos confabulamos para que tan apetitoso producto pasase a nosotros siguiendo el axioma o refrán popular de que “Quien roba a un ladrón, tiene cien días (o años) de perdón”. Pero la inicial búsqueda no dio el resultado apetecido por más que alguno de los más ligeros y ágiles de nosotros se metió por el estrecho fuselaje hacia atrás rebuscando afanoso entre cables, muelles y poleas grasientos de mandos, gruesas barras de duraluminio con las que se accionaba todo el empenaje de la cola, cables eléctricos para las luces de situación, etc., etc.
Sin embargo yo seguía creyendo en la ingenua confesión del delito cometido y persuadí a otros que se sumaran a la búsqueda. Y en tal ocasión, uno de los compañeros, conquense él, que parecía tener singular olfato cual si de un perro de presa se tratara, se adentró entre el amasijo de mandos, llegando a un especial recoveco que se conocía en el argot mecánico como “el del paquete de muelles” y allí estaban las dos codiciadas latas con los chorizos.
Me parece recordar que fue la madre de uno de los dos empleados civiles con que entonces contaba el aeródromo militar, que nos preparó con aquel producto porcino y algún potaje canario acompañado de queso curado y alguna pella de gofio una pantagruélica comida seguida de cafés, ron o coñac y sabrosos puros palmeros que remataron con una alborotada y tumultuaria visita al singular galeón de piedra de un apacible placita y a lasa altas murallas defensivas allí cercanas.
Claro que yo me dediqué también a visitar la historiada iglesia de El Salvador, al museo etnográfico y a la biblioteca con algo de hemeroteca locales, fruto de todo fue al final el escrito que me parece que algún tiempo más tarde se publicó en la prensa grancanaria y que, por conservar el texto ahora transcribo aquí:
“De mi estancia en La Palma, puedo decir que bien pronto hice amistad con amables gentes palmeras y, merced a ello tuve la oportunidad de recorrer la isla en gran parte, siempre admirado de lo que contemplaba y aún, a veces, añorante puesto que en muchos aspectos me recordaba a mi Galicia nativa, tanto en su clima y en sus frondas como en su ciudad de la capital, en sus villas, pueblos y caseríos tanto de costas como del interior y de la montaña.
Santa Cruz de La Palma, el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves, los saltos de agua y los grandes depósitos de Los Silos o de los Tilos, San Andrés y Sauces, El Paso del Sagrado Corazón, Los Llanos de Aridane, Tazacorte, Puerto Naos, Las Manchas del volcán de San Juan, Fuencaliente, Las Breñas, San Pedro, Mazo y el mirador de La Concepción... Evocaciones que quedaron reflejadas mal que bien en algún tosco artículo mío de la época y en las páginas de un novelón de juventud titulado “La Sima” y que yace inédito por alguna parte entre mis muchos papeles escritos.
Años más tarde, esta vez en período vacacional y con mi familia al completo retorné a la isla de La Palma, en avión que aterrizó en el recién inaugurado Aeropuerto de Mazo y, con alojamiento en el céntrico Hotel Mayantigo capitalino efectuamos diversas excursiones, algunas a lugares que ya conocía. En un taxi conducido por un atento señor Concepción, al norte, pasando desde Barlovento hasta Garafía por pistas de tierra apenas trazadas que discurrían entre frondosos pinares, luego a Puntagorda, a Tijarafe, al Time para descender atravesando el cauce del barranco de Las Angustias a Los Llanos de Aridane y en ineludible fin de la excursión a gran parte de la impresionante Caldera de Taburiente y retornar a la capital de la isla por la amena ruta que atravesaba el prolongado túnel que yo en anterior ocasión recorriera con un compañero en medroso trotecillo engañados ambos por los resonantes sonidos de nuestras cada vez más aceleradas pisadas. En otra jornada, igual de interesante y con los mismos taxi y taxista, a recorrer la parte sureña de la isla, con la finalidad principal de poder contemplar con la curiosidad y asombro consiguientes los restos todavía humeantes de la entonces reciente erupción de los volcanes Teneguía y de San Antonio...
Pero también gozamos lo nuestro callejeando por la acogedora y recolecta, historiada ciudad en sí, visitando una vez más yo el interesantísimo museo de La Cosmológica”, los templos religiosos cuales el santuario de La Virgen de Las Nieves allá en la orilla del barranco y los de El Salvador, de Santo Domingo y su convento, de San José e iglesia del Hospital y las ermitas de San Sebastián y de La Luz. El palacio de Salazar y la solariega Casa de Cabrera. Los Teatro Chico y Teatro Circo de Marte, el Ayuntamiento, el castillo de Santa Catalina y acogedoras plazas cuales la del Mercado y la Alameda con su barco pétreo dedicado a la Virgen.. Y los populosos y típicos barrios cuales el singular de La Caldereta y sus aledaños y el amplio muelle del Puerto con su prolongado malecón de viviendas de fachadas acristaladas...
Parafraseando a algún para mí anónimo autor, vaya aquí como colofón al presente comentario el siguiente texto que describe muy bien a la Santa Cruz de La Palma que llevo en el recuerdo y el corazón:
“Por sus piedras pasaron lances de capa y espada; luchas de privilegios medievales contra los tiempos modernos; incruentas luchas entre frailes, entre cofrades; historias escabrosas; caballeros que se acogen en sagrado; atentado de valientes contra guapo y presuntuoso armador enriquecido en Indias; vida de guarnición, minués y rigodones; los productos de un campo sin plátanos; pacotilla y contrabando.”
Igual o muy parecido a cualquiera de las muchas ciudades de España en tiempos del Antiguo Régimen.
Cuando la conocí, la recoleta ciudad de Santa Cruz de La Palma me sedujo, me tentó más de una vez a indagar en la historia de su creación, de su movido pasado para escribir algo sobre ello.
Además, y ello ocurrió también hace ya unos cuantos años, por parte de la dirección de la revista mensual “Aguayro” de la cual era yo colaborador más o menos habitual, se me solicitó un artículo o reportaje que incidiese en los primeros tiempos históricos de la histórica ciudad palmera.
Y frutos, tanto de los recuerdos de mis contactos vivenciales con la isla como de diversas lecturas e indagaciones bibliográficas, que haberlas “haylas” que dicen en mi tierra nativa, fue lo que se me publicó por el mes de abril de 1993.
Y es que, además, para gozo de cualquier investigador o documentalista, esta ciudad isleña al igual que otras principales en el archipiélago, tiene el privilegio de poder sabérsele con plena certidumbre la época, la fecha de su fundación como villorrio, de su origen más o menos remoto como núcleo poblacional.
Añadiré aquí como colofón que no hay actualmente, o quizás yo no la localicé en su totalidad, mucha bibliografía sobre los principios históricos de Santa Cruz de La Palma. Acaso porque los más antiguos documentos escritos en los que se pudiese indagar, salvo algún caso excepcional, desaparecieron, fueron incinerados por piratas y corsarios franceses ya mediados del siglo XVI y otros se esfumaron, se inutilizaron con el paso del tiempo y la incuria de quienes debieron de haberlos protegido y salvaguardado. No obstante y de forma excepcional, algunos lograron salvarse como por ejemplo ha sucedido con diversos escritos posteriores sobre todo al año de 1534 el del pirateo y la mayoría fechados a partir de 1553, fecha nefasta pues fue cuando el día 21 de julio de dicho año la ciudad fue tomada por sorpresa por gentes piratas francesas al frente de las que figuraban el temible Francois Leclerc, “Pie de Palo” y su lugarteniente Jacques de Sore que ocuparon el lugar de la población hasta el siguiente 1 de agosto en que se retiraron con cuantioso botín y dejando tras de sí muertes, incendios, feroces saqueos y ruina total.
6 de febrero de 2010
algo sobre artesania canaria
Primeros conocimientos de...
L A A R T E S A N I A P O P U L A R C A N A R I A que no deben de olvidarse jamás
Al paso de los siglos la artesanía recogió fielmente el carácter de los pueblos que la practicaron, puesto que en ellos nacía y en y para ellos se desarrollaba. Comprendiéndose que cada pueblo tuvo siempre que adaptarse a los medios y a los materiales de que disponía en su propio entorno, imponiéndole a las manufacturas su impronta, su sello característico y aún el reflejo de su peculiar idiosincrasia.
Las modalidades más destacadas de la artesanía popular canaria son, como sabemos, la cerámica, los calados y bordados, la cestería, la madera y el metal en sus variantes de forja, latonería y cuchillería y los instrumentos musicales de cuerda o de percusión. De ellas a destacar en primer término la de la cerámica por lo bello de su impronta aunque simple de sus formas, por lo que tiene de entronque directo con la manufacturada ya por los aborígenes isleños y la actual, que aún sigue, en muchos casos, confeccionándose con iguales o muy parecidas técnicas.
Según se desprende de las informaciones llegadas a nosotros, los instrumentos de los aborígenes canarios, así como todo tipo de utensilios para su uso doméstico eran por lo común muy toscos y rudimentarios, de hueso, madera, piedra tallada, fonolitas de los barrancos y de barro cocido. Todos formando parte de los ajuares en una tipología que ofrecía escasas variaciones.
De la artesanía popular y tradicional canaria es de las más destacadas hoy en día la de los calados, siguiéndole luego la de los bordados, la de las tejedoras de traperas y la de la seda. Los telares manejados por las tejedoras son en la actualidad muy escasos, aunque su labor todavía se puede observar en capas y mantas o mantos pastoriles, en las mantas traperas, alfombras, alforjas y zurrones o bolsas. Parece que se pretende actualmente resurgir esta labor tan interesante en los pasados tiempos y ya se están confeccionando de nuevo prendas con el basto tejido de lana de oveja cuales chaquetas, pantalones, bufandas, etc.
Otro capítulo importante de la artesanía popular canaria es la cestería que muy bien puede arrastrar reminiscencias de los antepasados canarios en las primorosas labores de juncos, aunque la tipología actual es ciertamente más parecida a la de los distintos pueblos peninsulares y se suele confeccionar con materiales variados tales como finas ramas o varas, tiras de caña, hojas de palmera, juncos, paja y mimbre en objetos tan prácticos y necesarios como cestas del pan, de la ropa, para recoger frutos y para el pescado; cestos de mano con o sin tapa, canastas, serones y raposas, balayos, abanadores, costureros, fundas para los sahumerios, esterillas, etc., etc. Y jaulas para pájaros y nasas y tambores de juncos para la pesca. Hay talleres familiares de cestería en casi todas las islas del archipiélago.
La confección de muebles, útiles domésticos y aperos de labranza que por su condición funcional ha sido afín en todas las islas practicada por los llamados "carpinteros de lo blanco" y no confundirlos con los "carpinteros de ribera", es sumamente destacada; así como también la de la talla de la madera y la de la construcción de instrumentos musicales, de larga tradición ambas que, si bien, se temió en algun momento que se hubiesen extinguido, últimamente aparecen en un paulatino resurgimiento.
Muebles de artesanía en Telde y Teror y guitarras, laudes y timples por el sur de Gran Canaria y especialmente en Lanzarote. Y útiles asimismo de madera como platos, cucharas, queseras y aún miniaturados balcones canarios o arcones-joyeros se hacen con profusión no solo en Gran Canaria sino también en alguna de las demás islas.
El trabajo artesanal del metal en sus variantes de la hojalatería o "latonería" en objetos como las lecheras, los foniles, los faroles y las medidas para granos ha sido común en todas las islas, pero casi ha desaparecido por completo al advenimiento de los múltiples usos de los útiles de plástico.
En cuanto a la forja y especialmente a la cuchillería que tiene su foco de manufactura en Teror y Telde, aunque también se están haciendo cuchillos canarios en alguna de las otras islas, es una obra preciosista genuina canaria con modelos muy vistosos y de gran afiligranado, no solo indispensables para el campesino o el roncote de las islas sino muy solicitados como recuerdo típico por el turismo. Carlos Platero Fernández.
30 de enero de 2010
Carnavales de antaño
De cuando las anuales fiestas de carnestolendas tuvieron su introducción en Canarias no se han encontrado datos fehacientes, por lo que existe cierta disparidad de criterios en cuanto a este tema. Una de las suposiciones más arraigadas es de que tal costumbre o reminiscencias pudieran venir de tierras italianas, cuyas gentes, ya desde los tiempos de la conquista y colonización de las islas, al llegarse acá, han influido en más de un motivo y ocasión en los usos y costumbres isleñas.
Por otra parte, no cabe duda de que la idea del carnaval moderno, el carnaval-espectáculo de las comparsas sobre todo, al igual que otras varias influencias nos han venido de América, del Caribe y del Brasil, con evocaciones vívidas del ancestro y la espiritualidad del Africa Negra hasta allí trasladados a la fuerza con los navíos negreros de pasados siglos.
Lo que si es cierto es que el carnaval canario de antaño era muy diferente del actual y se caracterizaba por la intimidad casi familiar en que se desarrollaba, con el mutuo visiteo entre vecinos, la demanda del huevo duro, el obligado brindis con cazalla, anís o ron y el acompañamiento de la tradicional "tortita del carnaval" con miel.
En las primeras décadas del siglo XX, continuando con el ritual tradicional por los pueblos y pagos isleños, aquellas fiestas de carnestolendas que precedían a la cuaresma religiosa salieron a las calles, en los núcleos de población urbana, con participación más amplia por parte del pueblo que, abandonando la sencillez de la sábana encubridora comenzó a hacer uso del disfraz, en principio casero y a cada cual más ingenioso y de la careta, convirtiéndose así el individuo en "mascarita" que se tomaba ciertas licencias con los demás, tentando a unos y a otros a que se le reconociese. También, por entonces en las dos capitales canarias empezaron a salir a la calle algunas modestas carrozas, más o menos engalanadas que participaban en divertidas "batallas de flores", que ciertamente, fueron el germen de las actuales fastuosas cabalgatas.
Como consecuencia de la última guerra civil española, ya en 1937, una orden-circular de 3 de febrero emitió en la zona denominada nacional el escueto "Este Gobierno general ha resuelto suspender en absoluto las fiestas del Carnaval".
Lo que motivó que hubiese en España un prolongado "interregno" en el que las tradicionales fiestas, sin suspenderse totalmente, sobre todo en pueblos, ciudades y comarcas alejados del poder central, con cierta tolerancia, se estuvieron festejando los carnavales, sin que la palabra anatemizada se citase jamás, disfrazados también ellos. Por ejemplo, en Santa Cruz de Tenerife se las conoció por muchos años como Fiestas de Invierno y de manera parecida en otros lugares, porque, sobre todo en el ámbito rural isleño se siguieron celebrando como fiestas populares tradicionales propias, tales como la Representación de Los Carneros en el Hierro; la pantomima de La llegada de los Indianos, todos de blanco, en La Palma, el Baile de los Diabletes y la Parranda marinera de Los Buches en Lanzarote, el rito de matar la culebra en La Laguna; el entierro de La Sardina en Agaete, etc. Y se estuvieron celebrando bailes de disfraces, al principio con cara descubierta, en las distintas sociedades de recreo, casinos, casas particulares, etc. sin permiso para salir a la calle, en ciudades, villas y caseríos del archipiélago.
En Santa Cruz de Tenerife, ya desde 1961 y hasta 1976, se "corrieron" los carnavales con cierta tolerancia y permisibilidad o consentimiento tácito de autoridades e iglesia, siempre que "no se desmadrasen". En Las Palmas de Gran Canaria, el verdadero carnaval popular, reactivado que no renacido, saltó con gran ebullición a la calle en 1979 con una modesta cabalgata que recorrió una parte de la barriada de la Isleta con la fama ya de antiguo de ser barrio carnavalero por excelencia e impulsado el espectáculo por el entusiasmo popular bajo la dirección del carnavalero por antonomasia Manolo García y los auspicios de una asociación de vecinos que luego fue relevada a mayor nivel participativo por una Comisión de Festejos del Ayuntamiento capitalino y actualmente funciona bajo las directrices de la expresamente creada para ello Fundación del Carnaval. En Santa Cruz de Tenerife, a partir de 1992 ha sido el Organismo Autónomo de Canarias el que organiza este importante evento de la capital santacrucera. Y en las capitales de cada una de las otras islas, en las restantes ciudades, villas y pueblos o pagos se celebran animadamente estas fiestas tan arraigadas en el pueblo.
La participación de las gentes isleñas en los carnavales es muy elevada pues los ciudadanos se echan alborozados a la calle, muchos de ellos compitiendo en las murgas, parrandas, afilarmónicas, masas corales, comparsas, etc y también en grupos, en parejas y solos, en los concursos establecidos y en las Galas de la elección de la Reina del Carnaval, de la de la Tercera Edad, de los populares Drag, de las Infantiles que se suelen desarrollar en fastuosos y exóticos escenarios arropados de multitudes en parte disfrazadas y que también participan en los "mogollones" callejeros y tumultuosos en El Coso y las Ramblas, en el Parque de Santa Catalina y calle de León y Castillo, en Puerto del Rosario y Arrecife, en Santa Cruz de La Palma, en Valverde y en San Sebastián de la Gomera, con la apoteosis de las Cabalgatas a ritmo de conga y de samba y los actos postreros lúdicos de los Entierro de la Sardina o del Chicharro.
Todo ello hace que estas fiestas del pueblo para el pueblo hayan adquirido entre nosotros gran auge en los últimos tiempos y es que, en ellas subyace sobre todo la intención consciente o subconsciente de que lo que se pretende con el carnaval es ridiculizar todo cuanto se pueda, tanto al hombre en sí y destacar sus defectos y miserias así como el meterse de alguna forma con las más respetables instituciones.
Los carnavales en Canarias, teóricamente terminan con el domingo de piñata que es el siguiente al martes de carnaval. Pero ocurre que el pueblo participante, no saciado, sigue con más fiestas carnavaleras que se suelen celebrar a continuación de las otras, sobre todo en las zonas más dedicadas al turismo en las islas, con verbenas, elecciones de reinas y reyes y cabalgatas, como si el tiovivo variopinto del carnaval que es la vida, no tuviese fin.-