14 de enero de 2009

El baúl del Fayado

Por Carlos Platero Fernández



Muchas personas, yo diría que casi la totalidad de aquellas que han gozado, que disfrutan del gran placer de la lectura desde la infancia, guardan en el recuerdo la evocación amable y nostálgica del cuarto de los cuentos, del acogedor y a veces misterioso desván, de aquel viejo arcón de donde en su infancia y adolescencia extrajeran y leyeran diferentes cuentos o aquellos otros libros, en muchas ocasiones vetados, incluidos en los Índices prohibitivos al uso del entorno familiar o en la Iglesia de entonces, pongo por caso en la España católica de los tiempos inmediatamente posteriores a la guerra civil de 1936.

Entre los diversos comentarios que haya leído yo acerca del recuerdo evocador del arcón familiar, imaginado, simbólico o real de los libros en el desván, degustados en numerosas furtivas ocasiones, en lecturas de los tiempos fantasiosos infantiles o adolescentes, me agradó sobremanera el párrafo que aún no hace mucho tiempo releí, escrito hace ya bastantes años por el premio Nóbel norteamericano, mi admirado John Steinbeck, que decía: "Mi granero... De niño recuerdo haber escalado, atenazado por el sufrimiento, la brillantez de aquellos libros de lujo... Rincón seguro, maravilloso, cuando la lluvia cae a chorros y bate la techumbre. Y los libros, tocados de luz; libros; libros con estampas de criaturas desaparecidas hacía tiempo; serie de novelas de segunda mano; gran número de imágenes que inmortalizaban las manifestaciones del poder divino... El reino de los infiernos visto por Gustavo Doré, con fragmentos intercalados de poemas del Dante; Christian Andersen y sus cuentos conmovedores; los de los hermanos Grim, con sus violencias aterradoras y su crudeza; la muerte magnífica de Arthur ilustrada por Aubrey Beardoley, criatura malsana y perversa, lamentable selección para celebrar al grande, al viril Malory." Y, mucho más recientemente, algo también adecuado al presente comentario, firmado por el escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa en el prólogo de un libro del, asimismo escritor canario, Miguel Ángel de León que, por tan solo cincuenta pesetas y en muy buen estado de conservación adquirí en uno de mis recorridos "ad hoc" por el Rastrillo dominguero de El Puerto de La Luz. Decía el prologuista: "Nadie me habló nunca, sin embargo, del "Cuarto de los Cuentos", una amplia y luminosa estancia repleta de juguetes y cómodos cojines sobre los que tumbarse a contemplar las flores del jardín mientras un hada amable de azules ojos y larga túnica, desgranaba durante infinitas y maravillosas horas, todas aquellas historias que agolpándose desde los más remotos tiempos en escondidos rincones de mi mente, precisaban, no obstante, de una cálida voz ajena que las fuera dando a la luz de una forma ordenada y coherente." Blanca Nieves, Pinocho, Caperucita Roja o Dumbo y más tarde Moby Dick, Robinsón Crusoe, los Tres Mosqueteros o Sandokan, para acabar, por último, con Dickens, Zola, Tagore o Herman Hesse, porque al fin y al cabo todo son cuentos para niños o adultos y todos son historias con que alimentar de fantasía unos espíritus que lo único que anhelan es hacer aflorar de forma ordenada sueños y pesadillas que se ocultan en lo más intrincado de los corazones". Pues bien; el motivo de traer aquí estas citas, viene ahora a cuento porque pretendo evocar mi particular y reiterativo "baúl del fayado o desván". Por lo que, además, considero que sea oportuno el comentar que, debido a una serie de circunstancias de la época en que se desarrolló mi infancia, entre ellas habré de destacar aquella de que, apenas cumplidos los cuatro años de edad, con mi madre y mis cuatro hermanos hube de trasladarme de la ciudad de La Coruña en donde nací y hasta entonces residiera, a la recóndita aldea de Chaín, en el concejo de Santiso, por las cercanías del nacimiento del río Ulla, en pleno interior rural de la región gallega. Y ello por mor de la fraticida guerra civil que estalló en España a mediados del año 1936. Por aquel entonces, en la indicada aldea y su entorno más inmediato, apenas si había algún atisbo de cultura educativa. Lo que motivó que bien pronto, una vez instalados en la pequeña casa ya secular de La Camposa, junto a la Fuente Vieja, sin nosotros hablar el gallego, fuese mamá la que nos iniciase, a sus hijos, en el aprendizaje elemental de las primeras letras, enseñándonos con infinita y cariñosa paciencia, a los gemelos sobre todo, o sea a Fernando y a mí, a leer y aún a esbozar la escritura. Y lo hizo con tal tesón y empeño que, en poco tiempo, los más mayores Elena y Alberto mejoraron sus rudimentarios conocimientos y los gemelos aprendimos " a leer de corrido", lo que por no ocurrió con Toñito, el benjamín, que aún no contaba con los dos años de edad; pero si que causó el hecho gran admiración entre las gentes aldeanas, más bien ancianos, mujeres y niños puesto que los hombres "estaban en el Frente". No recuerdo ahora mismo con precisa exactitud aquel sin duda fastidioso e intenso primer período de "la eme con la a", "la eme con la e", "la pe con la a", etc., que debió de ser, repito, pesado y aburrido por lo reiterativo para nosotros, bajo la sombra de un sauce en la minúscula era en días primaverales, estivales u otoñales y al calor del fuego de la lareira de la cocina en el invierno. Lo que sí sé es que, contando los cinco y pico de años ya podíamos los neo-lectores leer frases completas en periódicos y revistas de adquisición muy ocasional y luego, los textos de los diversos cuentos ilustrados y de algún "tebeo" que mamá nos traía de la ciudad en sus esporádicas pero necesarias visitas para saber de nuestros escasos bienes allí dejados y guardados. Creo no equivocarme al señalar que "Arnaldo y César", "El gato con botas", "El rey Melenas I", "Caperucita Roja", "Pulgarcito", "Hansel y Grethel","Blanca Nieves" y "La Cenicienta" fueron los títulos de algunos de aquellos primeros cuentos. Y los de los tebeos "El Hombre Enmascarado en Londres", "Juan Centella en el fondo del Océano" y algunos de "Tarzán, el hombre mono", como ya he comentado en anteriores ocasiones. Algo más tarde, traídas por papá en alguno de sus esporádicos permisos puesto que sufría las penalidades y rigores de la guerra en Asturias, recuerdo haber leído, sin enterarme en la mayoría de los casos del tema en sí, las novelas "Dorotea Vernón" con fotogramas de la película muda de dicho título y en las que aparecía una deslumbrante y bella Mary Pickfor de la que me enamoré platónica y rendidamente durante algún tiempo. También me parece recordar que algo leí por aquellos años en unos tomos tremebundos y voluminosos tomos de títulos como "El castillo del águila negra", "El hijo de la parroquia", "El cura de aldea" y algunos más que alguien prestó a mamá para leer y leernos a nosotros y aún a los vecinos que acudían a oírla en las largas noches invernales, a la vacilante luz de un candil de gas o al resplandor de las llamas del fuego encendido sobre la lareira de la cocina. También debió de ser por entonces que acaso deletree o leí, pero de los que tan solo recuerdo los títulos, "Miguelón", "Calla, María" y "Allá, junto al mar". Pero, aún hubo otras seudo lecturas por aquel tiempo. En un rincón de la habitación principal de la pequeña casa de la abuela se ubicaba un enorme arcón, baúl o "mundo" de madera color caoba y metálicos cerradura y refuerzos, amé de tachuelas doradas, con las letras J P B destacando en su parte frontal, que fuera propiedad del ya difunto abuelo José Platero Balboa, de cuando sus dos o tres consecutivas emigraciones a Cuba, a finales del siglo pasado y principios del presente. En él se guardaban objetos diversos heterogéneos, fascinantes para nosotros los niños, pero que no se nos dejaba ni tocar. Pues de allí, mi gemelo y yo, de alguna más o menos disimulada manera logramos sustraer unas viejas revistas literario-gráficas, no estoy ahora muy seguro si tituladas "La esfera", "El Mundo" u otra cabecera, con el texto y las numerosas láminas o fotografías de huecograbado en color sepia desvaído por los años; que durante bastante tiempo logramos mantener ocultas en algún escondrijo en donde las repasábamos pero cuyo recuerdo, por no ofrecer mayor interés a nuestras por demás curiosas mentes infantiles su localización se nos fue olvidando. No obstante, pasados algunos años aún pude volver a admirar al menos una de sus láminas que más me maravillara y que representaba a una núbil mulata o negrita desnuda. Quizás fuera aquel episodio, más que los del aprendizaje y primeras lecturas, el primero de los que luego irían jalonando en mi recuerdo de la infancia y la adolescencia la figura simbólica o real del "baúl del fayado".

Una vez finalizada la guerra civil española que fue de inmediato seguida de la cruenta II Mundial cuyos ecos llegaban lejanos a nosotros los niños, ya papá reunido de nuevo con la familia en Galicia, su primer destino, que duró un par de años poco más o menos fue en Oleiros, villa coruñesa muy cercana a la ría de Sada y de Betanzos. Pero Fernando y yo hubimos de quedarnos en la aldea, acompañando a la abuela Concha. Ya estábamos los gemelos escolarizados pues acudíamos mañana y tarde, menos los días festivos, claro está, a la escuela pública de niños y niñas localizada en la adyacente localidad de Quinzán, regida entonces por la ya anciana doña Patrocinio, segunda esposa del secretario del Ayuntamiento y cacique natural del contorno don Luciano. Realmente, como luego vine a saber, ella no era maestra titulada pero, el peso político local de su marido, siendo, además, madre de dos hijos sacerdotes con parroquias a su cargo por la comarca, un hijo secretario de la administración local, dos hijas casadas con sendos médicos, una hija maestra, etc., podía de sobras ejercer y cobrar como tal; y yo no diré que lo hiciese mal del todo, dentro de las limitaciones de su escaso bagaje cultural. Y era, desde luego una muy buena persona, mantenía excelentes relaciones con la abuela y con mamá, por más que, andando el tiempo, yo asocie el recuerdo de su fisonomía con aquella doña Urraca de los "Pulgarcito" infantiles. Pasados los años, nuestra familia y la suya mantuvimos y estrechamos cordial y sincera mutua amistad, hasta su total extinción por mor de consecutivos fallecimientos. Hoy, la gran casona de don Luciano, abandonada y en gran parte decrépita ostenta en la fachada el rótulo de "se vende". Para terminar con esta especie de cariñoso inciso evocador del pasado, añadiré que cuando mis hermanos en edad escolar y yo fuimos por primera vez a aquella escuela rural gallega ya sabíamos leer y, en principio, escribir también. Nosotros pues no pasamos por el período escolar inicial obligatorio de "los palotes". Y si recuerdo, al hilo de lo que estoy rememorando algunos de los libros allí leídos, entre ellos aquel inefable "El Padrenuestro de Fenelón" que luego infructuosamente he, hemos buscado mis hermanos y yo a través de los años y en los más dispares lugares, llegando yo en mis infructuosas indagaciones persistentes tan solo a averiguar que tal obra didáctica de lectura pudo ser escrita a mediados del siglo pasado por el profesor de educación, pedagogo leonés Francisco de Palacio Gómez con el título genérico de " Cuentos de Fenelón para los niños". Pero, esto ya sería otra historia, creo. Años más tarde, residiendo yo ya habitualmente en Canarias, la vieja casa de La Camposa o de La Aldea como también la citábamos fue abandonada y deteriorándose a continuación hasta quedar en ruinas, ruinas que nos gusta a sus anteriores habitantes, ir a visitar en añorante gesto. Porque, al terminar su destino en Ribeira, papá e incorporarse como funcionario al ayuntamiento de Santiso radicando definitivamente en Chaín, se construyó en La Vila la actual vivienda que tiene, como no, el clásico fayado o desván y en él se conservan los consabidos cachivaches inservibles o retirados del uso cotidiano, viejos baúles, arcones y maletas incluidos. Continuando con las remembranzas bibliográficas iniciales, recuerdo que un buen día, debió de ser entre los años de 1942 y 1943, estando jugando Fernando y yo a "Guardias y Ladrones" o a "Piratas" o algo parecido por los alrededores de Chaín, en Penaqueixeira o El Cerradío, vimos por el camino de Quinzán la figura de un caminante que muy pronto reconocimos como la de papá, de uniforme, por lo que descendimos raudos a La Camposa, a la casa de la abuela junto a la Fuente Vieja o del Curro como también se le conocía; recibiendo alborozados y con gran excitación a nuestro progenitor, porque bien presentimos que el rumbo y ritmo de nuestra vidas iba a cambiar. Efectivamente, casi de inmediato, al día siguiente nos encontrábamos viajando en la cabina de un enorme camión Krup, rumbo a la villa de Curtis, nuevo destino paterno, en donde nos reunimos con mamá y el resto de los hermanos.

En Curtis, lugar de alta montaña, entonces importante nudo de comunicaciones por carretera y ferrocarril, con ferias comarcales muy concurridas los días 9 y 23 de cada mes, concretamente en la parte conocida como El Empalme residimos durante unos tres años y allí se debió de suceder mi paso definitivo de la infancia a la adolescencia, con todo lo que ello conllevó de continuos descubrimientos de la vida en la que nos íbamos adentrando y encauzando. También allí hubo el arcón de los libros, además de un desvencijado mueble librería en la habitación-despacho de papá, en el que se custodiaban los libros cuya lectura se supone que nos estaba entonces vedada, pero... Además de iniciarme en el manejo de diccionarios como uno bastante bueno de la Editorial Ramón Sopena y otro, solo el primer tomo, ilustrado, cuyos dibujos, mapas y láminas más de una vez calqué más o menos disimuladamente, etc., leímos los chicos obras tan sesudas para nosotros como "El Hombre y la tierra" con las revolucionarias ideas darwignianas que ni entendimos y novelones como "Los hijos del pueblo" en dos volúmenes de Eugenio Sué, "Los tres Mosqueteros", "Veinte años después", "El vizconde de Bragelowne", "El Conde de Montecristo" y "Las Dos Dianas" de Alejandro Dumas, "El Condestable Don Álvaro de Luna" de Manuel Fernández y González y alguna otra por el estilo. Y, desde luego, almacenados y revueltos en un baúl o viejo arcón de madera chapada reforzada, para nosotros dedicado, tebeos como aquellos "" Chicos",” Flechas y Pelayos" y otras revistas infantiles de la época, cuentos, posiblemente ya alguna de las novelitas de Elena Fortún como "Cuchifritín y Paquito" y "Matonkiqui", novelas del Oeste, de aventuras, etc., etc, que intercambiábamos con nuestros compañeros de escuela y camaradas de pandilla. De Curtis, en el verano de 1995, con un traslado más, nos fuimos a vivir a Ribeira.Y en Ribeira, claro está, también hubo arcón o baúl del fallado, evocado por los hermanos Platero aún hace muy poco tiempo. En esta pasado verano de 1995, en el transcurso de uno de mis periódicos desplazamientos anuales desde Canarias a Galicia para pasar unos escasos pero placenteros días en compañía de mi anciana madre y el resto de mis hermanos, alguno de ellos ya anclado en Chaín como un retorno al principio de la movida experiencia vivencial, en una de las sosegadas y amenas sobremesa de primeras horas de la tarde, Tom, el más joven de los hermanos nos confió que cuando todavía era para nosotros el Toñito de la infancia y benjamín de la familia, durante nuestra circunstancial residencia en Santa Eugenia de Ribeira había leído íntegras las aventuras del héroe inglés Dick Turpín y de sus fieles Batanero, Moscarda, etc., citó fielmente y que se describían "en unos cuadernillos que se guardaban en un baúl que había en el desván" de la casa de La Mámoa. Y el resto de los participantes en la distendida charla evocamos de inmediato aquel lóbrego, oscuro, misterioso y sugeridor fallado y aquel tentador baúl. La vivienda, alquilada por papá cuando su traslado desde Curtis a principios del verano del 45, estaba situada justo en el punto más alto de la carretera local que desde Ribeira conducía por el interior, pues había otra por la costa, a Carreira y Agüiño y también, a partir de un cruce, a Vilar, Casalnovo, las laguna y dunas de Carregal y Corrubedo, a un kilómetro escaso del centro de la riente villa marinera por excelencia siempre, a partir de entonces añorada por todos nosotros. La edificación no era muy grande, tenía un minúsculo jardín al frente, cerrado por verja y cancela de hierro soportadas por postes de cemento que se remataban en unas llamativas bolas o esferas asimismo de cemento y al que se accedía desde la calle-carretera por medio de dos o tres escalones. Uno de sus laterales estaba limitado por extensa finca de viñedos en donde algunos racimos "vendimiamos" alguna vez y en el otro y por la parte de atrás había conformado un reducido patio con una leñera y más allá una huerta que en ligero declive ascendía hasta el rumoroso pinar cercano por donde aislados montículos de tierra y diversos bloques graníticos como naturales monolitos de figuras fantásticas logradas con siglos de erosiones del agua y los vientos, indudables huellas celtas que contribuían a confirmar lo del topónimo del lugar. La vivienda, digo, de cubierta de tejas a dos aguas, puertas pintadas de verde en lo bajo, con ventanas blancas y en el piso alto balcones al frente también blancos y ventanas y puerta acristalada que daban a una galería descubierta por detrás, en realidad resultaba a pesar de sus dimensiones acogedora y suficiente, conformada por el piso bajo, que a la sazón ocupaba intermitentemente la familia de un peón caminero y que, casualmente era oriunda de la misma comarca del interior que papá. Desde la mitad del pasillo central ascendía la escalera de tramos de madera con un rellano que conducía al piso primero o superior, que era el nuestro y luego seguía hasta terminar frente a la puerta que daba acceso al fayado rematado a su vez por el vigamen del andamiaje del techo, al que se sujetaban con alambre retorcido o trenzado las tejas que no eran allí las clásicas, sino planas y acanaladas, características de la zona, rematado todo el conjunto por el sencillo tubo de la chimenea. Allí era donde cantaba, susurraba, gemía o bramaba el viento, casi siempre omnipresente por la especial disposición del edificio, por aquellas épocas aislado, solitario a aquel lado de la carretera, alzándose en lo más alto de la loma que conformaba el terreno circundante. Yo, a veces, me lo imaginaba como un feudal castillo, una medieval torre de defensa de Dios sabe de que peligros.

Puedo ahora mismo evocar con toda nitidez aquella alta casa de La Mámoa porque, precisamente este mismo año, mi hermana Elena y yo efectuamos una rauda pero encantadora excursión a Corrubedo, Casalnovo, Aguiño, Carreira, La Mámoa y Ribeira e hicimos varias fotografías de su exterior que, aparentemente, sigue igual que hace ahora cincuenta años, cuando allí hubimos de residir temporalmente la familia Platero. Pues bien. Yo, al igual que Tom y probablemente el resto de mis hermanos, leí en aquel fallado de Ribeira, no solo las aventuras de Dick Turpin sino las contenidas en otros folletines, fascículos o novelas de diversos autores, de variados géneros y estilos literarios, que en un viejo y crujiente baúl, amén de en una especie de desvencijado chinero o aparador se guardaban en revuelta mezcolanza; supongo que todo ello propiedad del dueño del inmueble, que yo nunca supe quien era, ni me preocupó, esa era la verdad. Allí leí también la emocionante y lacrimógena vida de Genoveva de Brabante, las peripecias de un Nick o Dick Norton, "el héroe de la pradera", las tragedias de "El pastelero del Madrigal" y algún que otro título de trepidantes aventuras. Cuando en aquel verano del 45, el del final de la terrible II Guerra Mundial, llegamos los Platero Fernández a Ribeira, en el reconocimiento primero, alborozado y ansioso que pronto efectuamos del entorno en donde suponíamos íbamos a residir por un período más o menos largo, comprobamos uno a uno que la puerta del dichoso fayado estaba malamente cerrada con una destartalada cerradura cuya función se reforzaba con un rudimentario gancho o clavija de hierro. Una de las muchas de las advertencias paternas fue la de que, tanto el piso de abajo como el fayado eran tabú para nuestros juegos y correteos. Pero, al poco tiempo, como quiera que hubo de usarse parte de aquel desván para almacenar patatas, algunas calabazas y otros productos de los cultivados en la huerta trasera así como algunas castañas, nueces y avellanas y aún las piñas de pino secas y abiertas que se emplearían como un buen combustible inicial en la cocina de hierro, los chicos hubimos de transitar aquel cuarto oscurecido y superior de la casa, con la orden expresa, una vez más de jamás intentar tocar cualquier cosa que allí se guardase almacenada y que no fuese, claro está la leña o los productos hortícolas y alimenticios reseñados. Y, claro, nosotros, más o menos abierta o disimuladamente fuimos desobedeciendo tal conminatoria disposición paterna. A mí, al menos me entusiasmaba el hacer a solas, o en todo caso solo acompañado de mi gemelo, la incursión en el fallado, explorando una y otra vez sus lóbregos rincones en donde a veces, medrosamente creía oír o ver cosas extrañas; abriendo a placer el gran baúl y revolviendo en su contenido o revisando los compartimientos del chinero aparador y de algún otro destartalado mueble por allí arrinconado. Una vieja y crujiente mecedora de rejilla con no menos viejo y deshilachado almohadón que hacía las veces de cojín era el complemento idóneo para pasar allí apacibles prolongados ratos, a veces horas de silencio e íntimo regocijo, leyendo más bien en penumbra puesto que era oscura y a veces sombría la luz diurna que se filtraba a través de algunas de aquellas singulares tejas que, en lugar de ser de barro rojizo eran de grueso vidrio como esmerilado o granulento.

Alguna que otra vez, buscando siempre la tranquila soledad, la quietud del fayado subía hasta allí algún que otro libro, sobre todo de aquellos de papá que generalmente, por no sernos permitida o, según los mayores, recomendable su lectura, se guardaban bajo llave en el mueble que hacía de chinero aparador y armario biblioteca en el comedor, cerradura que al menos los gemelos pronto aprendimos a abrir y volver a cerrar sin dificultad.

Y allí, a veces acodado sobre la tapa del baúl del fallado, soñé y fantaseé una y mil veces, leí mucho y variado, en tranquilas horas de silencio casi absoluto pues apenas llegaban hasta mí los ruidos de la calle próxima o los apagados de los ajetreos de los moradores de la casa, tanto de mi familia como de los del piso inferior. Otras veces, mi tranquilidad se turbaba cuando el tiempo era invernal y ventoso o de constante lluvia que repicaba monótona sobre el tejado, filtrándose de cuando en cuando en forma de gruesos goterones de desagradable sensación si le caían a uno de forma desprevenida, helados, encima.

19 de diciembre de 2008

LA BATALLA DE ACENTEJO

Por Carlos Platero Fernández

Hace ahora veinticinco años, poco más o menos compuse el texto que sigue, que formaba un capítulo de "La Historia de Canarias en Episodios", que por aquel entonces se publicó; libro escrito por mí, impregnado de la visión romántica de la historia de un pueblo que iba conociendo, tanto a través de sus gentes como de la lectura y de caminar por sus tierras tanto cuanto pude. Impresiones que quise contar a los demás con charlas, artículos en la prensa y libros como el que acabo de mencionar.

Porque, concretamente el tema del episodio de la batalla de Acentejo entremezcla­do con los supuestos amoríos de la princesa Dácil y el capitán Castillo, al igual que a muchas otras personas, me atrajeron de siempre, me sedujeron y entusiasmaron.

De hecho, en el libro citado dediqué otro capítulo completo a novelar el romance de la gentil guanche con el bizarro castellano.

Yo entonces, ya conocía las obras del padre Espinosa y de Antonio de Viana que, por orden histórico cronológico fueron los que contaron a su manera el episodio de la Matanza de Acentejo, reflejado luego en las noticias históricas de Leonardo Torriani, Abreu Galindo, Núñez de la Peña, Marín y Cubas, etc. hasta llegar al gran polígrafo de las letras isleñas Viera y Clavijo, que lo adornó y embelleció a placer.

Aunque, ninguno de ellos, a mi parecer, rayó a la altura del poeta tinerfeño Antonio de Viana que, a los 24 años de edad, es decir, alrededor del año de 1602 compuso su celebérrimo poema "Antigüedades de las Islas Afortunadas de la Gran Canaria. Conquis­ta de Tenerife y aparescimiento de la ymagen de Cande­laria". Obra poética de la que, por cierto hizo un concienzudo estudio crítico hace ahora algo más de dos décadas Alejandro Cioranescu.

Y es en el "Canto octavo" de esta "opera prima" en donde se hace el relato, la descripción romántica del episodio de Acentejo y del entorno en que se desa­rrolla; que luego copiaron, de forma más o menos fantasiosa o realista cronis­tas, historiado­res, escritores en general.

Por cierto que el vocablo "acentejo" o "centejo", significaba en la lengua aborigen, según los filólogos, "agua, vertiente", con referencia al barranco allí formado y topónimo que se ha venido escribiendo con las variantes, entre otras, de Acantejo, Asentejo, Centego, Centeio, Centejo, Centexo, Sentejo, Sentexo y Zentejo.

Y es también por lo que yo, recogiendo un poco de todos, escribí lo que al principio enunciaba, que sitúa el episodio en el tiempo y el espacio y decía así:

"La indómita Achinech, la patria de los guanches valientes y nobles, rebeldes a toda idea de sumisión, está en peligro.

Son los años finales del siglo XV, el de las conquistas y descubrimientos que van a cambiar el destino de pueblos ancestrales y da paso a la Edad Moderna de la llamada civilización occidental.

Los navíos portugueses y castellanos son dueños de los mares. Los mercade­res del Mediterráneo comercian en varios continentes y los ingleses y los franceses, además de sostener entre sí luchas agotado­ras, cimientan sus futuros imperios.

A raíz del descubrimiento del Nuevo mundo, naves de todas las naciones importantes tocan en el archipiélago canario, avanzada en el Atlántico de la preponderante Castilla.

Y una sola isla de este archipiélago se resiste año tras año, tanto a las incursiones de piratas que en rapaces razzías se llevan ganados y esclavos, como a ejércitos bien equipados que llegan a sus costas con afán de conquista y dominio.

Tenerife, la del mítico, majestuoso Echeyde, es irreductible.

El General Alonso Fernández de Lugo, a las órdenes de los Reyes de Castilla, lo está comprobando desde que un en un día del mes de mayo del año 1494 desembarcó esperanzado, bien pertrechado de víveres y tropas en las playas de Añaza, del término de Anaga. Durante este mes de mayo, los avances castella­nos en la conquista de Tenerife se limitan a la captura de algunas manadas de ganado y a robar abundante forraje. Fernández de Lugo ha conseguido la alianza del mencey de Güimar, bautizado cristiano con el nombre de Juan de Candelaria.

Por fin se decide el general a mover el ejército a sus órdenes, avanzándolo hasta las vegas de Aguere, sin ser inquietada tan numerosa hueste por los guanches. Viera y Clavijo describe así tan encantadores parajes:

"La Laguna, en aquellos tiempos, en que no se le había dado todavía desagüe y en que los aluviones y avenidas de los cerros circunvecinos no habían elevado su lecho, era un hermoso lago, cubierto por muchas partes de un espeso bosque, entre cuya variedad de árboles sobresalían las mocaneras y los madroños y a cuya fres­cura acudían diferentes bandas de aves africanas y del país."

Puesto al frente de las tropas invasoras, Lugo decide ir a atacar al poderoso Bencomo en sus territorios de Taoro. Piensa el castellano que en venciendo al caudillo guanche, las otras tribus serán más fácilmente domina­das.

La columna armada atraviesa las tierras del menceyato de Taco­ron­te. Por Los Rodeos, al divisar a algunos isleños que huyen presurosos, Fernández de Lugo teme momentáneamente algún posible ataque a sus costados pero la marcha no se interrumpe y los guan­ches no aparecen, confiándose así los soldados.

Los guanches están prevenidos. Sus espías han comunicado con tiempo los movimientos del invasor; pero permanecen quietos, camu­fla­dos en el boscoso terreno, esperando las oportunas órdenes de Bencomo.

Bencomo, tan buen estratega como valiente y corajudo adalid, al tener noticias del decidido avance castellano prepara adecuadamente a sus numero­sas huestes.

Los guerreros de Anaga y Tegueste quedan en Los Rodeos, procu­rando no hacer notar su presencia.

El famoso Tinguaro, hermano de Bencomo, héroe entre los héroes guanches, aquél que según el poema hubo amores célebres con la bella Guaxara, marcha raudo por los altos montes, seguido de tres­cientos hombres para apostarse sobre el barranco de Acentejo, paso obligado a quienes deseen llegar al incomparable valle de Arautúpa­la, en el término de Taoro.

El escenario para la gran batalla que se perfila está dispues­to. Los actores colocados. Unos, en el centro de la escena, avan­zando confiados, capturando tranquilamente rebaños de ganado aban­donado precisamente como cebo; otros, encaramados en las rocas, en los árboles frondosos, o agrupados, numerosos, en el valle.

Y la acción, cruda, sangrienta da comienzo.

Alonso Fernández de Lugo para mientes en el profundo silencio que reina, tanto en el barranco como a la entrada del hermoso valle, al fondo del cual, el pico Teide milenario alza su imponente belleza. Y, como buen soldado, teme traiciones. Da pronta orden de tornar al campamento de La Laguna, satisfecho del botín de ganado que sus hombres arrean; y de haber explorado sin tropiezos las zonas del Oeste de la isla.

De repente, cuando los castellanos en descuidado tropel avanzan por el barranco de Acentejo, aparecen el gran Tinguaro y sus gue­rreros emboscados en aquel intrincado terreno rodeado de precipi­cios, cubierto de arboleda y erizado de peñascos fragosos, saltando aullantes, agresivos y feroces cual perros rabiosos.

Los primeros momentos son de una confusión indescriptible para las confia­das tropas invasoras. Nadie parece saber reaccionar contra aquella avalancha humana que cae de las rocas y de los árboles sobre ellos. El ganado se despa­rrama sin que haya quien cuide de encarrilar­lo.

Después del inicial desconcierto en que son heridos o muertos numerosos castellanos, solo se piensa en la huída. Y todos a una luchan, no en defensa de los ideales que en conjunto persiguen sino para salvar individualmente sus vidas, perdido por completo con el terror del repentino ataque el sentimiento de la dignidad.

Alonso Fernández de Lugo, empinándose sobre los estribos de su caballo, la espada alzada, trata de contener la estampida humana:

- ¡Ea, amigos míos! ... ¡Aquí del valor castellano! ... ¡Ninguno desfallezca ni tema hacer cara a este corto número de infieles desarmados que nacieron para servirnos! ... Defendámonos con el favor de Dios y adquiriremos una victoria digna de nuestro nombre.

Hay reacción al fin entre algunos de los invasores de la isla tinerfeña. El capitán Diego Núñez, hombre de gran valor, pero muy presuntuoso y pagado de sí mismo, responde a voces:

- ¡Voto a Dios! ... Que sin necesidad de su auxilio, pienso salir vencedor de tan vil canalla.

Esta blasfemia, se encarga pronto de castigarla el propio Tinguaro quien, después de atravesar el cuerpo del impío capitán con un dardo de tea, lo derriba de su caballo y le hunde la cabeza con una maza, partiéndole la lengua entre los dientes, que dice fray Espinosa al comentarlo.

Sigue contando Viera y Clavijo en ocasión de tan terrible batalla:

Aunque fue más famoso el dicho que se le atribuye al valiente Pedro Manini­dra, canario sumamente estimado de los españoles por sus proezas. Consideran­do este isleño el grave conflicto en que se hallaban nuestras tropas, empezó a estremecerse y a dar diente con diente, como sucede en el rigor de una tercia­na. El general Lugo, que lo observó y conocía su intrepidez, le dijo:

- ¿Que es esto, Maninidra? ... ¿Tiemblas de miedo? ... ¿Es ahora tiempo de acobar­darse? ...

Y el canario le respondió:

- Este, señor, no es miedo, ni jamás he dado entrada en mi pecho a semejante pasión. Tiemblan las carnes atendiendo al peligro en que el corazón las va a poner.

La carnicería que los guanches hacen en las tropas castellanas es espanto­sa. Aún no repuestos de la sorpresa producida por el repentino ataque, no pueden los invasores hacer más que formar círculos aislados de defensa.

Los dardos de tea, los banodes y las piedras se abaten mortífe­ros en el barranco que acaba de servir de trampa y cuyo topónimo aún es hoy en día La Matanza de Acentejo.

La sangre se confunde abundante con las rocas volcánicas y la tierra rojiza pronto se empapa. Aún, ... El general Lugo, viéndose acosado de los isleños, que lo distinguían de los demás por un vestido rojo que llevaba, tuvo la adverten­cia de cambiarle con el de Pedro Mayor, y este buen soldado la gloria de morir en lugar de su jefe, a manos de diez guanches, no sin haber hecho sentir su muerte a cuatro de ellos que dejó malheridos en el campo, escribió Núñez de La Peña.

Ya van transcurridas más de dos horas de batalla cuando acude Bencomo, con tres mil hombres de retén, a concluir la obra de aniquilamiento total del invasor. Y así, continua implacable la mortandad entre los castellanos al ser engrosadas las filas guan­ches.

... El general Lugo corre arrebatado de ira tras Bencomo, que andaba con una espada en la mano; hiérele en el pecho; pero Sigoñe, capitán valiente y denoda­do, viendo maltratado a su príncipe, arroja a nuestro general una piedra con tanta fuerza que, aunque solo le alcanzó al soslayo parte de una mejilla, le hizo saltar algunos dientes. Todavía no había vuelto Alonso de Lugo del desmayo que le ocasionó este dolor, cuando se halló rodeado de cincuenta guanches y vio muerto a su caballo debajo de sí, sin tener a su lado otro defensor que su sobrino Pedro Benítez, llamado "El Tuer­to".

Entonces fue cuando, habiendo invocado al Arcángel San Miguel, según Viana, o a la Virgen de Candelaria, que se le apareció en el aire, según el padre Gándara, se oscureció repentinamente la atmós­fera con un nublado tempestuoso y se empezaron a sobrecoger los isleños de no sé que terror pánico improviso. La verdad es que los pocos cristianos que se salvaron de esta batalla no consiguieron retirarse sino por una especie de prodigio. Treinta güimareses auxiliares socorrieron al general y le sacaron del choque sobre un caballo. Lope Hernández de la Guerra, que estaba maltratado con dos heridas y muchas contusiones, fue llevado por sus tres sobrinos atravesado sobre otro. Final­mente, cuantos fugitivos escaparon de la derrota partieron por los montes de La Esperanza y salieron al campo de La Laguna, de donde bajaron a curarse de sus heridas al cuartel de Santa Cruz. Es constante que, si se hubiesen retirado por el camino de Los Rodeos, hubieran caído sin remedio en manos de los guanches de Tacoronte, que los esperaban el paso.

"Otra partida de treinta españoles que en Acentejo habían tenido modo de retirarse por el barranco abajo, aunque perseguidos de un cuerpo de quinien­tos isleños, se alojaron en cierta cueva que divisaron en lo alto de una colina, donde se atrincheraron y defen­die­ron con vigor. La noche suspendió los ataques en que los guan­ches se empeñaban, bien que continuaron el bloqueo, esperando volver a la carga con el día, lo que hubieran ejecutado sin darles cuartel, a no haberse compadecido Bencomo de su triste suerte. La generosidad alternaba en aquellos bárbaros con la fiereza. El mencey les despachó a Sigoñe con orden de que les prometiese en su nombre la libertad y la vida, si abando­nando el puesto, entregaban inmediatamente las armas. No pudieron oír los españoles sin enter­necerse, tan benigna proposición, y, fiándose de la real palabra se rindieron gustosos. Cuando comparecieron en presencia de Bencomo, fueron recibidos con indecible afabilidad. Este príncipe mandó se les pusiera bien de comer y los restituyó a nuestro general, escol­tados de cien guanches taorinos, al mando del capitán Sigoñe."

Un grupo de castellanos y canarios consigue llegar en su fati­gosa huída a la costa occidental y tras muchas penalidades, ponerse a salvo nadando, en una roca que semeja minúsculo islote en el mar. Los acosadores guanches, por más que lo intentan, después de aho­garse unos cuantos, no logran aprisionar a los náufragos.

Y un navío, advertidos de su crítica situación los acampados en Santa Cruz, puede, costeando en la noche, tras muchas horas de hambre, frío y sed, por fin salvarlos.

Viana asegura que ... “en medio del mayor calor de la anteceden­te refriega se apostaron unos seis ballesteros españoles sobre cierto peñasco, desde donde incomodaban notablemente a los isleños, y que no creyeron éstos poder desalo­jarlos de otro modo que tras­tornando el risco, excavaron tanto sus fundamen­tos, que consiguie­ron derribarle”.

Y aún añadiremos un hecho que descrito también por Viera y Clavijo, nos pinta la bravura indomable de aquellos guanches que sin apenas otras armas que piedras y palos y su valor, vencieron a quienes querían dominar­los. Y también se añade así a las proporciones enormes del desastre de Acentejo:

"Gonzalo Fernández de Saavedra, que por este mismo tiempo andaba con dos carabelas portuguesas asaltando las islas para adquirir honra, era tan fantástico y valeroso que se dice "jamás quitó gorra a castellano". Así, no queriendo pasar a Tenerife bajo las órdenes de Don Alonso de Lugo, entró con su gente por otra parte de la isla, poco después de la batalla de Acentejo y atacó furiosamente a los guanches. Los antiguos aseguraban que tenía rozados con su espada tres almudes de sembradura en el sitio donde le hallaron muerto y a su lado dos isleños, que había ahogado por la garganta, después de estar caído y atravesado con gran número de dardos de tea. En torno a su cadáver se encontraron también otros diecisiete hombres, muertos por su mano y un poco más distante a Baca, su escudero, con algunos portugueses algarabios." El balance de la derrota sufrida por los castellanos en Acente­jo arroja cifras de más de 500 peninsulares y unos 300 nativos de Canarias. Fue tal vez el mayor desastre sufrido por Castilla en la conquista de las islas.

Las tropas de Lugo tardaron bastante en rehacerse y hubieron de recibirse nuevas aportaciones de quienes financiaban la operación, para que ésta pudiese continuar hasta la victoria final.

El mencey Añateve de Güimar, haciendo honor al pacto y alianza establecidos, socorrió con ganado, cebada, gofio y leche a las abatidas huestes refugiadas en Santa Cruz.

El mencey de Anaga, que el año anterior prometiera mantenerse neutral, instigado por Bencomo, atacó a las fortificaciones caste­lla­nas, pero la tropa allí acogida, a pesar de los descalabros sufridos en Acentejo supo rechazar con vigor aquel postrer ataque guanche, lográndose dar muerte al mismo mencey ... Y como los guanches se vieron sin su jefe, trataron de levantar el sitio y de retirarse con gran celeridad.

Después de celebrar un consejo de capitanes en el cual se deliberó sobre la situación tan precaria por que atravesaba la aventura de la conquista, el parecer de Lugo tuvo mayoría.

Abandonar Tenerife, reintegrarse a Gran Canaria y, una vez recabados los auxilios y reposiciones necesarios, insistir con un desembarco en gran escala.

"Y el 8 de junio de 1494 entraban las naves, cargadas de tropas heridas y derrotadas, en el puerto de Las Isletas".

Lo que acabo de transcribir lo compuse, como antes indiqué, al principio de la década de los años setenta. Pero ya previamente había yo leído unos exce­lentes trabajos de la escritora tinerfeña María Rosa Alonso; el uno como prólogo y notas de una muy intere­sante "Comedia de Nuestra Señora de La Candelaria," edición de 1944 y el otro "El Poema de Viana", en los cuales la docta investigadora hacía acabada crítica de ambas obras y citaba reiteradamente a la comedia de Lope de Vega titulada "Los Guanches de Tenerife o La Conquista de Cana­rias".

Me interesó el tema y pronto leí los jui­cios que de tal obrita asimismo había hecho, entre otros, el polí­grafo Marcelino Menéndez Pelayo en su "Antología de poetas líricos castellanos". Y, naturalmen­te, procuré leerla.

Dijo al respecto la citada María Rosa Alonso que la comedia que Lope de Vega imprimió en la parte décima de sus obras es del año 1618 y fue, naturalmente, inspirada en el poema del bachiller Antonio de Viana "Antigüedades de las Islas Afortunadas" que se publicara en el año de 1605 en Sevilla, en donde, posible­men­te ambos vates se conocieron, siendo Lope por entonces unos diez y seis años mayor que el tinerfeño; aunque se supone que aquél no debió de leer en su totalidad, al menos entonces, el largo poema sino algunos de sus cantos, que él utilizó como, por ejemplo, el Canto octavo, que es en donde se menciona a Acentejo, a la Matanza de Acentejo. Dijo María Rosa Alonso que los personajes que inter­vienen en la obra de Lope están, unos, tomados de Viana, con idén­ticos nombres y otros, alterados al gusto de Lope: Alonso de Lugo, Lope Fernández, Trujillo, Castillo, Bencomo, Dacil (su hija), Tinguaro, conservan los nombres; pero Sigoñe, el capitán guanche de Viana, Sileno, etc., son nombres cambiados muy a propósito para su función según la época de Lope.

En el primer acto Lope sigue exactamente a Viana: Don Alonso quiere con­quistar Tenerife. Dacil pinta a su padre Bencomo las bellezas de La Laguna y pide permiso para bañarse en ella. El agorero anuncia la venida de los españo­les en "aquellos negros pájaros de España". Encuentro de Dacil y el capitán Castillo, aunque desprovisto de la emoción poética que le imprime Viana y Castillo parece aquí mas bien un fanfarrón de comedia y Dacil una salvaje que repite las frases como un papagayo. Castillo, añade la escritora, que debía ser el galán, el personaje heroico, serio, enamorado, quiebra la concepción de lo que el mismo Lope entendía por teatro al ser la figura del protagonista una mezcla de figura de donaire, contra lo preceptuado. En definitiva que Lope de Vega hace un contraste muy de la época, entre el salvaje y el civiliza­do. Y que en el segundo acto inventa un artificio que atribuye al complejo salvaje de los indígenas, que toman el alma por un objeto concreto desconocido.

Lope, en estos casos que enfrenta el salvaje con el civilizado, tenía el propósito de ahondar las diferencias, conforme al credo de su época. Tinguaro, hermano del rey isleño, quita la espada al español Trujillo, recurso que toma de Viana, aunque no con exacti­tud. Ganan los indígenas la batalla que corresponde en Viana a la Matanza de Acentejo. Recobra Trujillo la espada y vánse los españo­les a Gran Canaria.

El propósito que sin duda animó a Lope de Vega no fue otro que el de hacer una de las tantas obras de circunstancia y aprovechar un argumento para hacer una obra más, que apenas cuida y que poco debió interesarle, a juzgar por la prisa que tiene en plantear y acabar unos actos tan flojos y precipitados. La conquista de Teneri­fe era un hecho español y el "monstruo" tenía que regis­trarlo en su haber poético, termina su juicio al respecto la escritora.

Pues bien; pasados unos años, supe por la prensa isleña que en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife, el 15 de diciembre de 1962 y por la compañía Lope de Vega, bajo la dirección de José Tamayo se estrenaba "Los Guanches de Tenerife", comedia en tres actos, divididos en doce cuadros, de Lope de Vega, en versión libre del escritor grancanario Claudio de La Torre, a cuya función, por mor de diversas circunstancias y la distancia, no pude asistir. Pero cuyo texto fue publicado por Ediciones Alfil en 1963, en un pequeño librito, que yo adquirí en cuanto tuve oportunidad. Que ha sido él el motivo central de todo este comentario. Y en donde el numen extraordinario del Fénix de las Letras Castellanas, en ver­sión muy ajustada del indicado Claudio de La Torre, en el Cuadro Cuarto del Acto Segundo, relata así el episodio, origen de la actual villa de La Matanza de Acentejo y su término municipal:



CUADRO CUARTO



Don Alonso de Lugo delibera con sus capitanes.



VALCAZAR. El bárbaro señor, amedrentado

estará por sus riscos escondido

pues apenas se ve ningún soldado.

DON LOPE. El no habernos la entrada defendido

muestra que su temor, que desconfía

le hará sin vacilar pedir partido.

C. TRUJILLO Cuando por riscos ásperos venía

con Valcázar ayer, reconociendo

que gente el rey, que ejército tenía,

oímos de armas belicoso estruendo,

como de gente a la defensa puesta

que así el ataque iba previniendo.

Esto pensamos: que a salir se apresta

o, por lo menos, resistir el paso.

C. CASTILLO. Sería ese rumor de baile o fiesta,

o invocar sus ídolos acaso.

DON ALONSO. Estos no tienen ídolos, Castillo,

y son sus fiestas en el campo raso.

C. TRUJILLO. Y de que tal penséis me maravillo

que muy poco sé yo lo que es el miedo.

C. CASTILLO. ¿Quien os lo niega, capitán Trujillo?

C. TRUJILLO. Mayor prudencia aconsejaros puedo.

DON ALONSO. No haya nueva discordia, es lo que quiero.

Cada cual a sus Reyes ha servido

y que los sirva en adelante espero.

Trujillo dice bien, que haber venido

sin resistencia a parte tan estrecha,

no sin sospecha de peligro ha sido;

y Castillo también, pues no sospecha

que hay peligro mayor. No nos cansemos

en lo que al Rey no sirve ni aprovecha.

Para la santa causa que emprendemos

todo recelo llevaré conmigo.

Ya que tan dentro de la tierra vamos

que a combatir no sale el enemigo.

VALCAZAR ¡Un bárbaro del monte al llano baja!

Seguirle en su carrera no consigo.

DON LOPE. ¡Para llegar aquí, la senda ataja!

¡Dios querrá que se rindan a partido!

DON ALONSO. ¡Hola! No suene más trompeta o caja.

C. CASTILLO. El llega valeroso y atrevido.



(Aparece SILEY)



SILEY. Oidme bien, españoles,

vosotros que las Canarias

ganasteis a vuestros Reyes,

trayendo por la mar casas

cargadas de hechicerías,

de rayos, truenos y espadas;

vosotros, que a tenerife

venís con tanta arrogancia,

como si los guanches fueran

hijos de vuestras esclavas;

vosotros, que por dos veces

habéis vuelto las espaldas

y vuestros pájaros negros

tendido en el mar las alas;

Bencomo, Rey de esta isla,

y Rey sin oro y sin plata,

sin aparato y grandeza,

sin palacios y sin guardas;

hombre que, como nosotros

por estas laderas guarda

cabras monteses y ovejas

silvestres, toros y vacas,

dice que, ya que venís

a conquistar desde España

un campo lleno de piedras,

un monte cercado de agua,

luchéis como caballeros

y peleéis con las armas

a lo que nobleza obliga,

ya que blasonáis de tanta.

Porque valerse de enredos,

de invenciones y mañas,

desdice de aquel valor

que os dio tan honrada patria,

pues de algunos nos dijeron

que nuestras montañas andan,

a escondidas de los hombres,

dando a mujeres almas.

¿No os bastan las invenciones

de relámpagos y espadas

para que hechicéis los pechos

metiendo en los pechos almas?

A esto, pues, mi Rey me envía;

a deciros que os aguarda

en la falda de aquel monte

para daros la batalla;

que no ha querido impediros

de Tenerife la entrada

para poder, con holgura

desnudaros en su casa.

C. CASTILLO. ¡Así Dios te dé victoria,

déjame, por Dios, que yo haga

lo que merece, en respuesta,

ese guanche y esa infamia!

DON ALONSO. No, Castillo, no es razón.

Débese a las embajadas

el guardar su privilegio.

C. TRUJILLO. ¿Que embajada o calabaza?

Diérale yo un torniscón,

así, la mano cerrada

con que le hiciera tortilla

las narices en su cara,

y fuera a quejarse luego

de que Trujillo no guarda

al embajador las leyes.

DON ALONSO. ¡Guanche...!

SILEY ¡Español...!

DON ALONSO Oye.

SILEY Habla.

DON ALONSO. Dile a Bencomo, tu Rey,

de quien no son tus palabras,

que yo no vengo a sus islas

ni por oro, ni por plata.

Vengo a obedecer no más

lo que mis reyes me mandan,

que convertiros desean

a la ley de Cristo santa.

A Fernando y a Isabel,

que así mis Reyes se llaman,

no obliga humano interés,

obliga piedad cristiana,

puesto que no han menester

tierra, sobrándoles tanta

en Castilla y Aragón,

y sin contar la de Italia.

A obedecerle venimos,

sin enredos ni marañas.

Estas armas que traemos,

en todo el mundo son armas;

que dar almas a mujeres

son amorosas palabras

que los bárbaros no entienden.

SILEY ¡Basta, español, eso basta!

Eso le diré a mi Rey,

que donde digo os aguarda.



(Vase SILEY)



C. CASTILLO. ¿Que aguardáis?

DON ALONSO. ¡Ea, señores,

ya la ocasión es llegada!

Hoy es día de mostrar

el valor que os acompaña.

C. TRUJILLO. ¡Acomete, que son pocos!

C. CASTILLO. ¡Y son tan pocos, que faltan

para Castillo otros tantos!

DON ALONSO. ¡San Miguel, y cierra España!



(Salen todos. Oscuro.)



CUADRO QUINTO



(Danza guerrera del combate entre guanches y españo­les. Los españo­les acaban retirándose acosados por los isleños. Cesa la música. Quedan como fondo de la escena con intermitencias, algún cañonazo lejano y las descargas de los arcabuces. Entran DON ALONSO DE LUGO Y LOPE FERNÁNDEZ.)



DON LOPE. ¡Retírate, señor!

DON ALONSO ¿Y está bien hecho

que yo no muera aquí, lugar famoso,

viendo todo mi ejército deshecho?

DON LOPE. Sería, señor, un caso lastimoso.

Si de este monte por lo más estrecho

el rey Bencomo puso, belicoso,

más de siete mil hombres en celada,

¿que harían el brío y la española espada?

Mil soldados no más, aunque gallardos,

a esos miles de guanches se opusieron.

Con tantas flechas y tostados dardos,

ni con fuegos ni aceros los vencieron.

DON ALONSO. Lope, en la resistencia fueron tardos

por nuestro mal.

DON LOPE. ¡Y que animosos cortan

con las mismas espadas que trajimos

las vidas que tan caras les vendimos!



(Entra VALCAZAR)



VALCAZAR ¡Oh, valeroso general! ¿Que haremos,

si apenas de mil hombres hay cincuenta?

Mira que al no salvarte nos perdemos,

pues que tu muerte su victoria aumenta.

Permite que en las naves embarquemos.

Vuelva siquiera un hombre que dé cuenta

de esta desdicha a nuestra madre España.

DON ALONSO. ¡Y no sería morir más justa hazaña?

DON LOPE ¿Que ganas en morir, si con la vida

puedes aún recobrar lo que has pedido?



(Entra el CAPITÁN TRUJILLO)



C. TRUJILLO. Cobré mi espada, aunque con tanta herida,

que vengo poco menos que vencido.

DON ALONSO. ¡Trujillo!

C. TRUJILLO. ¡Don Alonso!

DON ALONSO La perdida

batalla, no el honor, que no lo ha sido,

pues que de mil soldados no hay cincuenta,

nos obliga a morir.

C. TRUJILLO. ¡Fuera eso afrenta!

Yo soy de parecer que a la ribera

del mar retires esta poca gente

que se libró de la batalla fiera,

escondida en la cueva de esa roca.

DON LOPE. Y yo, que aunque esta vez fue la tercera,

puesto que nueva sangre nos provoca

vengamos otra vez a Tenerife

DON ALONSO. ¿Con que? ¿Sin un soldado ni un esquife?

DON LOPE. Volved a Gran Canaria, que mi hacienda,

mis ingenios de azúcar y otras cosas,

haré que en plaza pública se venda.

Y armaremos dos naves valerosas,

y valerosa gente que así emprenda

En Tenerife hazañas generosas.

DON ALFONSO. ¿Valdrá la hacienda...?

DON LOPE. Nueve mil ducados,

que bastan para naves y soldados.

DON ALONSO. Solo el volver a Tenerife anhelo.

¡Amigos, reunamos nuestra gente,

que no hay que obrar precipitado y ciego!

C. TRUJILLO. ¡Vamos al mar!

VALCAZAR. ¡Hacia la mar!

DON ALONSO. ¡Detente!

DON LOPE. ¿Que quieres?

DON ALONSO. ¿Y Castillo?

DON LOPE. No hay sosiego

con su temeridad. Indiferente

a los dardos y flechas, muerte halló.

DON ALONSO. ¡Dios recoja la vida que le dio!



(Salen. Se oye la música de "El canario". Entran BENCOMO, MANIL, SILEY, TINGUARO y otros guerreros.)



BENCOMO. ¡Gracias al divino Sol

por la victoria ganada!

SILEY. ¿Y a esto le llaman espada?

BENCOMO. Es su nombre en español;

que de la espada sospecho

nombre el de España tomaron.

SILEY. ¿Luego ellos la inventaron?

TINGUARO. Mas no les fue de provecho.

MANIL. A esto llaman un sombrero,

y a esto ropilla o jubón.

TINGUARO. Y esto aquí, los rayos son

Probar a soltarlos quiero.

MANIL ¡Ten cuidado! ¡Quita allá!

TINGUARO. No salen.

BENCOMO. Pruébalo, a ver.

TINGUARO. No acierto.

MANIL. (Mostrando una bota de vino)

¿Y que puede ser

esto que aquí dentro está?

Un español lo traía,

y huyendo por una roca

se lo ponía en la boca

y no sé que le decía.

Quiero esconderlo y después

veré lo que dentro tiene.

TINGUARO. ¡Que triste la infanta viene!



(Entra Dacil. Cesa la música)



BENCOMO. ¿Día de tristeza es

el de tan alta victoria?

DACIL. No estoy yo triste, señor.

BENCOMO. Merezco yo, gran favor,

que te alegres de mi gloria.

Mira tantos enemigos

por esas laderas muertos,

y de sus galas cubiertos

nuestros guerreros y amigos.

Las almas que os habían dado,

a morir con ellos fueron;

la riqueza que trajeron,

en esta tierra han dejado.

Lo hemos, pues, de celebrar.

¡Ea, mis gentes! ¿Que hacemos?

SILEY ¡Ni una prenda les dejemos!

TINGUARO ¡Desnudos han de quedar!



(Salen todos menos DACIL y MANIL.)



DACIL. ¡Ay, Manil, y cuantas veces

te dije que me buscases

aquel español que adoro!

MANIL Lo busqué, y el Sol lo sabe.

Pero había tantos muertos

que me fue imposible hallarle.

DACIL. ¿Luego es muerto?

MANIL. No lo dudes.

DACIL. Entonces he de matarme.

MANIL. Sería gran necedad.

DACIL. Dicen que las almas parten

al punto, cuando se mueren

los cuerpos, a un reino grande.

Si se ha muerto mi español,

luego, con que yo me mate,

iré al reino donde está.



La comedia de Lope de Vega prosigue, ahora centrada más en el romance entre Dacil y Castillo para terminar con la aparición y milagros de la Virgen de Candelaria; pero todo ello, no por menos interesante ya se aparta del propósito presente.

Aquella batalla de la Matanza de Acentejo hizo famosa a la comarca. Topóni­mos como la Baja y la Punta de Juan Blas, la Baja de los Cristianos, Punta de El Sol, Bubaque, etc. todavía recuerdan el hecho.

Cuando la isla fue conquistada dos años más tarde, el Adelanta­do Fernández de Lugo premió a varios de sus hombres de armas con datas de tierras y aguas en Acentejo, siendo de los primeros con­quistadores y colonos pobladores del término gentes como Diego y Martín de Agreda, Diego de Cieza, Fernando de Talavera, Pedro Baez, Pedro Esteviánez, Alonso y Bartolomé Benítez, Juan el Borgoñés, Pedro Camacho, "natural de la Gran Canaria", etc. etc. Se fueron alzando ermitas como la dedicada a San Antonio, se dice que muy cerca del lugar principal de la famosa batalla entre guanches y castellanos, la de San Diego, la conocida popularmente como de la Cruz del Camino, dedicada a San José y la del Salvador, convertida en parroquia, incendiada y vuelta a reconstruir en la década de los años treinta del presente siglo.... Pero, claro, eso serían otras historias.

Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1996.

28 de noviembre de 2008

De Celtas y comics

por Carlos Platero Fernández.

_Papá, ¿Quiénes fueron los címricos?...
Esta un tanto sorprendente pregunta que por teléfono y desde su domicilio de La Laguna tinerfeña me hizo Margot, motivó el presente comentario al despertar o reavivar en mí esa sempiterna y como en vigilia constante, a veces íntima necesidad de contestar, bien sea oralmente o por escrito al interrogante surgido. Es decir; encender en mí de alguna manera la llama de la curiosidad por algo determinado y ya al instante pretender apagarla buscando los datos precisos, bien sea en la memoria o en mi bien surtida biblioteca y si preciso fuese en las bibliotecas públicas locales para reunir el material preciso, aderezarlo y sentarme a escribir, que ello solo ya representa un gran disfrute.En definitiva es un poco como practicar el juego intelectual de tirar de un hilito que asoma por cualquier sitio y, pretendiendo saber de que es, tirando, halando descubrir el misterio, hacer un ovillo o madeja, componer una historia, escribir un comentario, hacer un reportaje, conseguir así una narración más o menos larga.
Pero, sin divagar más, que bien se observa con lo escrito que me va la marcha de lo del ovillo, de enrollarme, como se suele decir, vayamos al tema, por demás interesante.

LOS CELTAS.
A pesar de ser los celtas muy probablemente mis ancestrales antepasados siendo yo nativo de Galicia, la verdad es que en mis infancia y adolescencia ni supe de ellos ni me preocupó la cosa en demasía cuando alguien o algo me informaron muy por encima al respecto.
Y es que, en los años inmediatamente siguientes a la fratricida y sangrante guerra civil española apenas supe yo algo del celtismo surgido a finales del siglo pasado y principios del presente, leña de combustión muy adecuada para el regionalismo o galleguismo, que no independentismo aflorado con auge en tiempos de la Segunda República pero proscrito en el siguiente régimen franquista.
En mi Coruña natal se me habló algo de la fundación legendaria de la ciudad, de la mítica torre de Hércules aunque se dijera más de los fenicios como sus constructores, del castro de Elviña todavía sin explorar, de los Castros, topónimo precisamente del barrio ciudadano en donde viví mis primeros años...
En Chaín, aldeíta perdida por el interior de la región, cabe el río ulla muchas veces correteé por los castros de la Roda, de Colmedo, de Campos y otros muchos de la toponimia aldeana. Y oí hablar de unos raros monumentos pétreos cuales el dòlmen de lo alto del monte Bocelo que vine a conocer años más tarde. Y escuché caminando entre frondosos pinares o robledales los cuentos de la abuela Concepción acerca de mujeres que transportaban enormes rocas en la cabeza al tiempo que "batían o leite dunha ola", de la aparición de misteriosas gallinas seguidas de "unha rolada de pitos" en el tenebroso pinar de Parafita, sitio de "meigas" y fantasmas por excelencia. Y jugué a escondites y salté sobre ellas con los demás niños cuando en los montes cercanos encontrábamos entre tojos muchas de las mámoas profanadas, sin saber, naturalmente, que eran enterramientos ancestrales celtas. Y mientras estuvimos por aquellas tierras del Ulla que fue tanto, como mínimo, como la duración de la guerra pude contemplar diariamente en el horizonte montañoso del contorno los picos del Bocelo, de Coba da Serpe para Lugo, del pico del Sol o Marcelín que marcaba perfectamente las doce del mediodía, del pico Sacro, de Brántega, etc.
En las altas y frías tierras de Curtis, en donde residimos algún tiempo, no recuerdo yo que hubiese por allí huellas palpables del celtismo pero sí las conocí cuando al compás de los destinos profesionales de "pater familiae" pasamos a vivir durante varios años en la hermosa y riente villa marinera de Santa Eugenia de Riveira y residiendo, precisamente en el lugar de La Mámoa, que, por cierto nadie supo darme razón exacta allí del porqué del topónimo, aunque si me enseñaron alguna vez unos próximos determinados amontonamientos de enormes piedras, monumentos megalíticos sin duda pero que en aquella época de mi adolescencia, por lo demás fantasiosa, no lograron despertar mi interés.
Naturalmente, en los libros escolares, en los textos colegiales ni se mencionaba a los celtas. Y, en todo caso, cuando los estudios eran algo avanzados, solo se indicaba que un grupo denominado celta vivió por la cornisa cantábrico-astúrico-galaica.Yo entonces solo conocía de nombre y eso porque coleccionaba los cromos "Esfera" y similares al Real Club Celta de Vigo, el de las camisetas de sus jugadores de color azul claro con la cruz de Santiago bordada en rojo detrás de un heráldico escudo como insignia. Bueno, cuando me metí en la larga, larguísima aventura del vicio de fumar, fumé muchos cigarrillos de tabaco negro de hebra liados en papel anaranjado, que denominábamos "celtas".
Siendo uno de los muchos miles de gallegos transterrados más que inmigrados o emigrados, salí muy joven de Galicia, sin haber cumplido todavía los dieciséis años, mucho más aficionado a la lectura de novelas, cuentos y tebeos que a los estudios, permanecí internado en una Escuela de Aviación en León por dos largos años, con una constante morriña que se atenuaba en los períodos vacacionales veraniegos y de Navidades.
fue ya fuera de Galicia cuando empecé a interesarme por su historia, que desconocía completamente. Y supe algo más, bastante más de Galicia y su interesante pasado histórico. En un viejo y maltratado tomo con un compendio de Historia de España y que alguien que no recuerdo pero que debió de ser algún condiscípulo me regaló, que aún conservo con abundantes anotaciones de mi puño y letra y algunos dibujos a tinta, muy malos, en los márgenes de muchas de sus páginas. Como le faltan las primeras y las últimas páginas nunca he podido saber quien fue su autor ni donde ni cuando se editó, aunque mi hermano mayor Alberto, que lo anduvo manejando en su época estudiantil supuso su edición de l año 1905 o 1906, lo que se colige por algunas de las muchas notas a pie de página que amplían el texto, pero ni él mismo se aventuró a tratar de identificar al autor, y el libro es muy interesante, la verdad.En él leí bastante más acerca de los celtas en Galicia.
Después, estando ya en Canarias, al principio a través de los historiadores clásicos castellanos que, realmente poco parecían interesarse por Galicia y sus ancestros, su prehistoria y su historia, que, como reino independiente en los albores de la edad Media la tuvo y muy interesante. Más tarde, profundicé en los estudios célticos, con creciente entusiasmo.
Conmigo ha ocurrido lo que con otros muchos gallegos; que comenzamos a querer de verdad a Galicia y deseamos conocerla mucho más y mejor, cuando ya estamos fuera de ella. Y, en mi caso la vine a conocer físicamente también cuando en sucesivos períodos vacacionales, primero aún soltero y luego, ya casado y con hijos, disponiendo de vehículo propio. Y recorrí la región una y otra vez, de norte a sur y de este a oeste y viceversa, buscando unas veces la Galicia marítima, la marinera, la de las costas del amplio litoral que transcurre entre apreciables rías y hermosas, dilatadas o recónditas playas o farallones, altos acantilados y mortales espolones rocosos sobre los que brillan providencialmente los haces luminosos de los faros en noches de galerna o vendaval. En otras ocasiones recorrí, recorrimos en raudos o pausados viajes el interior del país, el de las montañas de cumbres redondeadas o escarpadas, de los hondos y extensos valles verdes y feraces, de los montes y bosques frondosos y de los numerosos ríos y riachuelos serpenteantes... Paisajes muchas veces con huellas perceptibles de un pasado indudablemente celta. También, como no, la Galicia monumental, de los castros convertidos en ocasiones en santuarios o cementerios rurales, de las pequeñas ermitas góticas y románicas, de los castillos y fortalezas medievales, de las catedrales, iglesias y oratorios pétreos, de los cruceros musgosos y de los pazos rurales señoriales...Y, siempre, destacando acá y acullá los restos innegables de la cultura céltica.
Y, como no podía ser menos, comencé a interesarme de verdad en el celtismo. De alguna forma cayó en mis manos una Historia de Galicia de Vicente Risco. Luego, en forma esporádica pero constante fui leyendo lo que mis hermanos iban reuniendo sobre el tema en la biblioteca familiar de Chaín, en donde mis padres ya se habían radicado.Y leí con fruición al sesudo Murguía, marido por cierto de mi siempre admirada Rosalía Castro; al fantasioso pero documentado Vicetto; a los sabios galleguistas que escribieron "Terra de Melide"; a Otero Pedrayo...
También comencé a leer algo sobre los celtas galos, los de la península Armórica bretona, los que se enfrentaron a Julio Cesar, leyendo para ello su "Comentario a la guerra de las Galias" o como se diga, etc., etc. Y un libro muy curioso de la biblioteca paterna, del decimonónico Eugenio Sué sobre una historia de veinte siglos, los hijos del pueblo o algo parecido, en uno de cuyos episodios de los primeros se hablaba en extenso del mundo galo o céltico y de los druidas, del múerdago, de la segur de oro, del roble sagrado, etc.
Todo lo que motivó que en mi mente fuese tomando cuerpo la idea de escribir algo sobre los celtas de Galicia.
En uno de los periódicos período vacacional, estando en Chaín, en una veraniega tarde, yo solo, con la vieja carabina del 22 al hombro y amartillada por si aparecía algo digno de ser cazado me acerqué hasta los pinares de la Zarra Nova, ascendiendo hasta lo alto del castro de A Roda que una vez más recorrí caminando entre tojos, helechos, zarzas y demás hierbajos y pinos nuevos, deseando encontrar algún resto arqueológico como, por ejemplo, trozos de cerámica o coladas de hierro fundido que mis hermanos Alberto y Fernando habían topado allí tiempo atrás. Y que por cierto, en más de una ocasión, en otros recintos castreños del contorno encontramos otras veces, como aquella en que los cuatro hermanos varones exploramos el castro de Serantes y Alberto encontró delante de nuestras narices una perfecta "fusaola" celta, que es como un disco de piedra, pequeñito, agujereado en el centro que se usaba, se supone, para colgar las telas que se estuviesen tejiendo.
Aquella tarde que digo, bajé del castro a La Esparela, un muy ameno y pequeño frondoso bosque en el que se mezclan los ancestrales robles con alcornoques, pinos, castaños y eucaliptos y crecen profusos los helechos y los tojos. En un pequeño y tapizado calvero me senté, más bien me recosté sobre algunas musgosas piedras que por alguna parte rezumaban agua y, fumando espaciado, dejé vagar la imaginación como uso y costumbre. La hora de la tarde era serena y apacible y el paisaje, también lleno de paz, impresionante en su sencillez. Extensas "leiras", agros de siembra delimitados por muros bajos de piedra o estacadas de madera, prados, pequeños bosques, el curso del río serpenteante marcado por los abedules y los sauces, oteros recubiertos de enmarañada fronda, aldeitas diseminadas, perdidas entre la vegetación y montes agrestes y montañas de siluetas redondeadas que se difuminaban en la lejanía con vahos caliginosos...
Yo pensaba que sin duda así había sido, que apenas había variado con los siglos el mundo localizado allí mismo, el de los autóctonos antepasados aborígenes, el de los oestrimnios y el de los celtas de las cien tribus y gentilidades que viniendo del este y del norte en sucesivas oleadas allí se establecieran y allí vivieran en épocas, unas veces tranquilas, en las que aquellos seres prehistóricos se dedicaban esencialmente a las labores agrícolas y pastoriles de subsistencia y otras recorriendo el país en cuadrillas asoladoras, peleando unas veces entre sí y otras contra quienes intentaban sojuzgarlos, cuando no exterminarlos.
Posiblemente llegué a ver allí en mi imaginación a hombres feroces y guerreros o cazadores, a mujeres de albas vestiduras en faenas agrícolas, a niños pastores alborotadores y a ancianos parsimoniosos que acudían a La Esparela a adorar un "nemeton" o monumento a sus dioses alzado en la encrucijada de caminos...Druidas de luengas barbas y sacerdotisas viejas y sabias que recogían el muérdago sagrado en los seculares robles para adornar con ellos las procesiones de los cantos rituales en las claras noches lunares... Y entre todo aquel conglomerado de personajes destacaba uno que era el héroe local al que veneraban, al que adoraban representado en alguna espada, algún hacha u otro cualquier tipo de arma o en un martillo de herrero...
Creo que fue allí donde surgió en mi mente la idea de escribir algo de todo aquello que estaba visionando en la tarde tranquila veraniega, cabe el castro de A Roda.
Estando ya de nuevo en Canarias, sin olvidar del todo aquella íntima decisión o inicial proyecto, pedí a mi hermano Alberto me facilitase más información acerca del mundo celta en Galicia y él me remitió en cuanto pudo la obra de Florentino López Cuevillas "La civilización céltica en Galicia, que leí, recuerdo que estando en cama con una buena gripe, con verdadera fruición una y otra vez, impresionado por lo que iba descubriendo. Y compuse de un tirón el borrador o esqueleto de lo que iba a ser "Un episodio de los tiempos celtas", novela corta que luego de compuesta fue publicada aquí en Canarias aunque mayoritariamente vendida su reducida edición en Galicia y que, al ser conocida allí supuso el que en algún momento se me clasificase como un escritor que pretendía de alguna manera hacer resurgir una literatura gallega celtizante como así se dejó constancia en algún comentario al respecto aparecido tiempo después en la Gran Enciclopedia Gallega al hablar del celtismo en Galicia.
Me parece que, en realidad, al escribir "Un episodio de los tiempos celtas" yo tenía el proyecto de seguir el ciclo iniciado, con otras novelas, novelas cortas o cuentos que se fuesen escalonando en el transcurso de la por demás interesante historia de Galicia. Y, por cierto, ahí están como muestra de mi por aquel entonces enxebre propósito el borrador manuscrito de "La torre del odio" de tema desarrollado en el siglo XIII y el esbozado de "Las Fervenzas" del siglo XV y los amplios reportajes o artículos ya publicados de "Las guerras hirmandiñas" y "La batalla de Porto de Bois". Pero, de momento, parece que me haya estancado en tal aún no bien madurado proyecto, a lo que se ve y que voy arrinconando, como otros de parecida índole, "para cuando me jubile"...
Con posterioridad, hace ya bastantes años, escribí dos amplios reportajes para la revista "Aturuxo" de la Casa de Galicia que por entonces dirigía yo y en los que procuré volcar todos los conocimientos adquiridos por mí acerca de la cultura céltica en Galicia. Y, ya no he vuelto a escribir más sobre el tema, aunque el tema siga interesándome. Igual que me sigue fascinando la idea, cada vez más firme, de que, antes de los celtas, antes de sus antecesores los oestrimnios o ligures, antes aún que los egipcios, los asirios y los babilónicos hubo por el Occidente, acaso en tierras del Atlántico hoy anegadas, una civilización importantísima, cuyos restos ostensibles serían las pirámides egipcias, el círculo pétreo de Carnac, los menhires de Stonehenge. Y es que, entre otros muchos libros de enigmáticas noticias, hay uno galés, muy curioso, el de los "Mabinogioon" en el que se habla de unos ogros y gigantes, en especial de uno conocido por Bendiget Vran.En fin...

Los címricos y el galés.
Para disertas, para informar de lo no mucho que yo he leído acerca de los címricos, conveniente resultará el anotar previamente aquí algunas consideraciones al respecto, tipo enciclopédico, como las siguientes:
Los celtas eran un conjunto de pueblos de igual civilización que ocuparon una buena parte de la antigua Europa y cuyo elemento más conocido estaba constituido por los galos, en territorios de la Galia, la primitiva Francia.
El gentilicio de celtas se dice que proviene de una tribu de sangre real que impuso su predominio en un momento histórico dado. En realidad, los celtas no tenían una verdadera unidad étnica, sino una unidad de civilización como dijeron algunos estudiosos del tema. Entre otros atributos se les reconocía por el aspecto que daban, por ejemplo, a sus cabellos que teñían o descoloraban a voluntad con una especie de jabón, por sus numerosos tatuajes, sus ropajes peculiares y, desde luego por sus lenguas parecidas entre sí y emparentadas en un grupo lingüístico italo-celta. Pero no existía una pertenencia rigurosa a determinado grupo étnico.
Por ejemplo, el grupo de los denominados belgas que es el que aquí y ahora va a interesar conocer, decía ser, pertenecer a un pueblo germánico aunque formaba parte integrante con los galos.
Se supone que allá por los 10.000 años a. de C., en plena Edad del Hielo, las tierras de lo que hoy conocemos como Islas Británicas emergieron de las aguas y se deshelaron, siendo unos 4.000 años después cuando convertidas en islas debido al ascenso progresivo del nivel del mar, se conformaron como tales separándose del continente. Los más primitivos habitantes de Inglaterra, los considerados realmente como autóctonos y que serían los recolectores de lapas y ya conocedores del fuego y que llegaron a la gran isla alrededor de los 3.000 años a. de C., aparte de cualquier otra raza tan solo sospechada actualmente, fueron dominados por el grupo llamado goidelo por los historiadores, lingüísticamente diferenciado, que se supone llegó a las islas Británicas procedente del cercano continente y, más exactamente de cerca de la desembocadura del Rhin, en el II milenio a. de C. y que, según comúnmente se cree, fue el que introdujo la civilización o cultura de los túmulos redondos, los "round borrows" de los eruditos, con tumbas y vasijas de barro muy características, los vasos campaniformes, y que allá por el año de 1.750 anterior a la Era cristiana posiblemente erigieron lo que todavía hoy se conserva como un enigma megalitico de los menhires que conforman Stonehenge. Por cierto que, actualmente se sabe que en aquellos tiempos ya los fenicios que anduvieran por las costas portuguesas y gallegas llegaran a comerciar con las tribus ribereñas del noroeste de Inglaterra, en demanda del estaño de las fabulosas islas Casitérides.
Y, aproximadamente allá por el año 1.000 a. de C. algunas tribus de la gentilidad celta conocida como de los britanos, en su momento principal de expansión invadieron y en el transcurso de unos siete siglos dominaron por completo a Gran Bretaña, pasando luego alrededor del año 300 a. de C. a Irlanda.Es decir, que, desembarcados después de los goidelos, de los pictos y los escotos y finalmente los bretones, los belgas contribuyeron a su vez a la celtización de las Islas Británicas. Y en aquel momento histórico fue cuando hicieron su aparición, entre aquellos belgas, los cimris o kimris, que tal era el gentilicio de unos pueblos que habitaran en principio al norte de lo que luego fueron Francia y Bélgica, lugares que abandonaron para, cruzando el Canal de la Mancha establecerse en el País de Gales. Después de la invasión, Gales, que en inglés es Wales, de walas o wealas, es decir, "extranjeros" y en galés, precisamente "Cymru", quedó para siempre como el centro étnico de aquella raza aunque, valgan verdades, más tarde el tipo se modificó por cruzamientos con ingleses e irlandeses. A mayor abundancia en la información, según informó uno de los primeros historiadores ingleses, que escribía por el siglo XII, cuando la invasión de la tribu belga, "a Cambro (hijo del conquistador troyano Bruto) le tocó el país que se extiende más allá del río Severn llamado ahora Gales y que por mucho tiempo se conoció como Cambria, del nombre de su soberano; todavía hoy se llama Cambroes a los galeses en lengua británica."
Debo de aclarar aquí que tanto por la semejanza de sus caracteres físicos como por lo parecido del gentilicio cimri con el de cimbri o los cimbros ha sido causa de que en numerosas ocasiones se les haya confundido a unos con otros. Y, en realidad, los cimbros, del latín "cimber" o "cimbri" fueron un pueblo, también celta, que habitó en la Jutlandia septentrional y que se hizo famoso al mediar el siglo VII en Roma surgiendo casi de improviso unidos a los teutones en lo que hoy se conoce como Estiria, lugar en el que derrotaron a todo un ejército de legionarios romanos que se les enfrentó, y del que no quisieron coger ningún botín, que arrojaron a un cercano río, por haberse así comprometido con un ritual juramento.
Vale el indicar ahora que, al conjunto de los pueblos que ocuparon la isla Británica los romanos los llamaron precisamente britanniae a causa de que sus individuos tenían la costumbre ancestral o atávica de pintarse el cuerpo y así, los llamaron "britani", del celta "brith", pintado.
En sus costumbres, los britones o galeses conservaban una casta sacerdotal análoga a la de los druidas que dominaba al pueblo junto con reyes y jefes. Conocían la ganadería, la caza, la minería, el cultivo de cereales y el comercio de cambio. El cristianismo se introdujo entre ellos a finales del siglo II, por lo que el druida cedió su sitio al bardo; aunque al principio el cristianismo dificultades, acabó por instalarse definitivamente en aquel mundo céltico, si bien, durante mucho tiempo, por ejemplo el abad, convertido en jefe de un clan monástico, era muchas veces reclutado en el mismo clan o familia que su predecesor y se le otorgaba una autoridad considerable, mayor que la de un obispo. Los monasterios se construían con tablas siguiendo así la técnica céltica; y la tonsura de los monjes era en forma de media luna, igual que la druídica. Eran los monjes eruditos que copiaban admirables manuscritos del címrico al latín y, sobre todo, apóstoles activos y viajeros entre los que destacaron San Brandán, precisamente el San Borondón de las leyendas fabulosas y piadosas canarias, San Columbano y San Avito, aquél que dijo misa en la cueva de Santa Agueda, por Arquineguín, en la Gran Canaria prehispánica. Monjes y abades que hicieron fundaciones monásticas convertidas al poco tiempo en faros del cristianismo más ferviente.
Pero, volviendo al devenir cronológico de la historia, fue entre los años 55 y 54 a. de C. cuando se sucedieron las primera y segunda campañas de Julio César en Britania aunque fue en realidad ya en la era cristiana, por el año 43 cuando se intentó nuevamente la conquista romana de la isla, que se vino a culminar en el 84 con la derrota de los caledonios en el Monte Groupo o algo parecido; aunque, allá por el año 122 se hubo de construir la luego famosa Muralla de Adriano y en el 142 la de Antonino en la parte sur de las tierras escocesas para contener a los indígenas pictos, supuestos descendientes de los celtas que no aceptaron la dominación romana y atacaban una y otra vez desde el norte.
Pero, incidiendo en la información de los cimris o kimbris como también se les llamó, se dice que constituyeron un pueblo relacionado, según algunos historiadores, con los germanos y según otros, la mayoría, con los celtas, llegando a afirmarse que eran de la misma raza de los gaels, que en sus emigraciones más occidentales llegaran hasta la Galia y muchos de ellos pasaran en frágiles barcos el Canal de La mancha, de manera que hubo población cimrica, no solo en las costas occidentales de la antigua Francia por bretaña, sino también en las surorientales de la Gran Bretaña de entonces y a lo que parece la toponimia de una parte de la isla parece indicar un indudable parentesco existente entre las tribus de uno y otro lado del canal. Y, según diversos investigadores, eran también de tal gentilidad los que vivían junto a la desembocadura del ya indicado río Savern, los pictos del nordeste de Escocia y los habitrantes del este de la antigua Hibernia.
Ya dominadas y posteriormente cristianizadas las islas, a principios del siglo V las legiones romanas abandonaron Britania y durante los siguientes cincuenta años reinó la anarquía más absoluta entre sus pobladores, hasta que, al fin, el jefe de una de las tribus britanas llamado Vartigern hubo de pedir ayuda a los jutos, tribu normanda de Jutlandia, cuyos componentes desembarcaron pronto por Kent. Luego, en el año 477 llegaron los sajones que desembarcaron por Sussex y en el 540 los anglos, también normandos, que desembarcaron a su vez por la Anglia Oriental.
Al sucederse las invasiones anglosajonas los cimris se refugiaron en las montañas galesas, donde se mezclaron con sus hermanos de raza y mantuvieron por mucho tiempo su independencia frente a los conquistadores germanos.
Hasta finales del siglo VIII se sucedieron los reinos feudales y la iglesia católica logró consolidarse en la gran isla que, al mismo tiempo y a partir del año 787 sufrió una y otra vez los asoladores ataques de los feroces vikingos.
El país de Gales entonces se encontraba dividido en varios estados, algunos de ellos fronterizos de los anglosajones y en continua guerra con ellos, peleando también muchas veces entre sí lo que los debilitaba ante sus enemigos.
Algunas de las escasas noticias que se tienen de tan calamitosos tiempos están contenidas en los dos únicos libros que hoy se conocen de aquella confusa pero movida etapa de la historia inglesa, escritos primero en lengua británica y luego en latín y fueron los titulados "Excidio Britanoiae" de Gildas, compuesto por el año 550 y la "Historia Eclesiástica de la nación inglesa", de Beda, el Venerable, en el año 731.
A mediados del siglo XI un ejército inglés invadió el hasta entonces indómito país de Gales, tratando de imponer la soberanía de Guillermo el Conquistador, lo que por entonces no se consiguió, hasta llegar al año 1284 en que se completó la conquista del territorio y se logró su incorporación a la corona inglesa; aunque el espíritu nacionalista de la raza de ancestro címrico continuara siendo alimentada por los bardos y las tradiciones, surgiendo de cuando en cuando cruentas insurrecciones castigadas y sofocadas muy duramente, aunque, por fin Gales en 1536 fue incorporado a Inglaterra recibiendo sus habitantes todos los derechos y privilegios de los ingleses.
Debo de añadir a estas notas que en los últimos años del presente siglo ha surgido en Inglaterra un importante movimiento nacionalista galés, en forma de cultivo de las antiguas lengua y literatura címrica, el dialecto adormecido pero no extinguido, lengua autóctona del País de Gales, de claro origen céltico y que, por lo tanto tiene afinidades con el latín que, además ya a su vez le ha prestado muchas palabras de ciencia y religión y que puede clasificarse entre el irlandés y la lengua hablada en Cornualles, aunque se dice que su pronunciación es más dura, pero muy musical pues, por ejemplo, si sus guturales y lls aspiradas
suenan ásperas, es varonil y rica en sus vocales. Eso dicen.

EL CICLO ARTÚRICO
El tema del Ciclo Bretón en la literatura europea, en el que es figura central el mítico rey Arturo, su corte de Camelot, su Mesa de la Tabla Redonda y el Santo Grial, además de la legendaria figura del mago Merlín, nunca ha sido uno de los preferidos míos, a pesar de hallarse incluido de lleno en el de las novelas de caballería medievales. Pero lo cierto es que a mí en particular nunca me han llamado demasiado la atención esas dichosas novelas de la Caballería Andante, tan en boga en el pasado y a pesar de, para mi galleguismo, saber que uno de los más famosos caballeros que en la tierra han sido y en este caso del ciclo español fue Amadis de Gaula, se supone que gallego y por gallego se tuvo a su, quiérase o no, anónimo autor. Pues ni con esas me han gustado a mí las novelas de caballería por parecerme muy complicados y fantásticos y aún descabellados muchos de los episodios narrados. Es más; yo soy uno de esos muchos españoles que no una sino varias veces he tenido en mis manos el voluminoso Quijote y nunca lo he leído completo, no he sido capaz de terminarlo aunque, eso sí, en alguna ocasión espigase de acá y acullá para tener una idea de conjunto de su contenido. Naturalmente que tengo entre mis libros esta obra de Miguel de Cervantes, y en diferentes ediciones, que una cosa no quita la otra, como se suele decir.
Pero, retornando a lo del ciclo de Arturo, añadiré que de su muy dudosa, por no decir clara irreal existencia, fue el clérigo Goeffrey de Monmourth, que según parece era galés o bretón y escribió su obra allá por el siglo XII, el que inventando o reforzando el mito dio noticia de él así como de su coetáneo el mago Merlin en una "Historia de los Reyes de Britania", obra en la que se propuso trazar el devenir histórico de los britanos a lo largo de un período de mil novecientos años, desde el asimismo mítico Bruto, bisnieto del troyano Eneas allá por el siglo XII a. de C. hasta su último rey histórico Cadvaladro que reinó por el siglo VII de nuestra Era y, cuyos datos, según informó el autor en una especie de prefacio a él le habían ofrecido contenidos en "cierto libro antiquísimo escrito en lengua británica" y en prosa muy cuidada.
El autor de la crónica de los Reyes de Britania escrita en latín pero de la que pronto hubo versiones galesas, logró convertir a un personaje borroso del folclore británico como el mítico Arturo en un deslumbrante monarca en una no menos deslumbrante corte feudal.
Los siluros, en latín "silures" fueron los componentes de un antiguo pueblo de Gran Bretaña afines a los cimrios y que ocupó el sureste de gales, sometidos por el romano Frontino en los años 74 y 78 de la Era Cristiana lo que originó un campamento de legionarios que se estableció en la localidad de Isca, cerca de donde otra población romana importante fue Venta Silurim, la actual Caerwent. Y a su vez, Arturo, Arthur o Artus fue un héroe, rey, jefe o "penteyin" de los siluros de Caerleon o Caertón. Personaje célebre, principalmente en las novelas de la Edad Media, que luchó enérgicamente contra los sajones a los que venció en numerosos combates, especialmente en Radon Hill, hacia el año 520. Se le supuso hijo de Igerne, esposa de Gorloes, duque de Cornuailles; pero su verdadero padre, según otras tradiciones fue el caudillo bretón Uther Pendragón, "Cabeza de Dragón", al que sucedió en el año 516, entablando enseguida la lucha contra los sajones que habían invadido el país. Vencidos los invasores se dirigió Arturo hacia el norte para liberar a su sobrino Hoel sitiado en Dumbriton por los pictos y los escotos aliados de los sajones.
Arturo restituyó el culto cristiano que los idólatras del norte habían destruido y casó con Genoveva, Guanhumara o Ginebra, hija del duque de Cornuailles. Se dice que después conquistó Escocia, Irlanda, Noruega, Dinamarca, Islandia, Goetlandia, etc., gobernando por algún tiempo en paz sus estados hasta que las rebeliones de las tribus bretonas por una parte y su esposa que huyó con su sobrino Medraldo por otra, turbaron la tranquilidad de los últimos años de su vida. Para vengar su honra corrió tras los fugitivos que se refugiaron en el país de los sajones, cayendo el héroe mortalmente herido en un combate. Trasladado a la isla de Avalón, murió poco después, por el año de 542.
Su pueblo no creyó nunca en su muerte afirmando que solo estaba dormido en la isla guardado por nueve hadas y que de allí habría de volver algún día para vengar a los britones. El fuera, además el fundador de la orden de los caballeros de la tabla redonda.
En cuanto a Merlin, según la tradición fue un mago legendario que vivió en Inglaterra a principios del siglo VI. Personaje galeico, poeta, encantador y profetas al mismo tiempo y que en las leyendas aparece como el auxiliar más importante del rey Arturo. En algunos poemas galeses de los más populares Merlín era una especie de Anticristo, creado por el infierno y que terminó por servir a la religión que debería de derrocar. Había sido engendrado por un incubo en el seno de una virgen siendo bautizado y consagrado a Dios por su madre a la que aún niño de pecho salvó del suplicio de una calumnia confundiendo a sus acusadores y, de adolescente realizó diversos prodigios, asombrando a todos con el relato de sus profecías, llegando con el tiempo a ser famoso mago favorito de reyes como Pendragón y Uter-Pendragón padre de Arturo, al que consiguió que fuese reconocido como rey de los siluros o bretones y después de la muerte de aquel se retiró a lo más intrincado de un bosque, seducido por la hermosa Viviana a la que instruyó en la magia al enamorarse de ella, que terminó por encerrarlo para siempre en un círculo mágico que el mismo mago céltico le había enseñado a trazar.
La leyenda del rey Arturo tuvo por base las baladas de los trovadores irlandeses y los bardos del país de Gales en Inglaterra, así como los trovadores y juglares de Bretaña en Francia. El "Ciclo de Arturo", sustituyó al de Carlomagno, cuya popularidad había decaído, porque el sentimiento de fidelidad del vasallo al señor, que lo inspiraba, no respondía por completo al espíritu de la época. Por eso, los primeros poemas del ciclo se inspiraron en el heroísmo guerrero y en los amores caballerescos y en ellos aparece la mujer como figura en primer término; de aquí las creaciones de la hermosa y altiva Genoveva, o Ginebra, de Grisélida, de Isolda la encantadora rubia apasionada de Tristan, de las hadas Viviana y Morgana y de otras muchas figuras femeninas que surgieron de la poesía juglaresca de la edad media. Aquel ciclo arturiano siguió incrementándose lo menos hasta mediados del siglo XIII, comprendiendo gran número de poemas y entre los que figuraron, en primer término, además de la vida y profecías de Merlin, la leyenda del Santo Grial, especie de proemio teológico a los poemas de la tabla redonda; así como las novelas de caballerías de Perceval, Lanzarote,, El Caballero del León, Ivan y Tristán de Leonnis, que luego prosiguieron algunos autores alemanes y casi todos ellos compilados en el siglo XV por el escritor inglés Thomas Malory.
Diré como compendio que, en realidad, en el rey Arturo se simbolizaron las esperanzas de la raza britana, como glorioso representante de la resistencia céltica contra los sajones. Algunos cronistas de la Edad Media dicen que en el año 1189 se encontró el sepulcro del rey Arturo en la isla Avalón y que por sus dimensiones el héroe bretón debió de ser de gigantesca estatura. También ha sido afamada la tradición inglesa que menciona que este héroe guerrero fue convertido en cuervo, por lo cual durante muchos años se prohibió en la Gran Bretaña matar a dichos animales, fundándose en una de las oscuras profecías del mago Merlin que decía que un día el rey Arturo dejaría su envoltura de cuervo para volver a tomar la figura de hombre con lo cual daría el triunfo de los ingleses sobre todos sus enemigos.
Como más arriba indiqué, los alemanes incorporaron parte del ciclo de Arturo a sus mitos germanos, cuales el de Parsifal. Y, tomándolo por asunto, en España el maestro Amadeo Vives escribió una ópera en tres actos titulada "El rey Artus", que fue estrenada en Barcelona. En Francia se hizo lo mismo con "Le roi Arthur" del maestro Chausson. Y, en fin, en la biblioteca familiar de los Platero en Chaín está "Camelot", de T. H. White, en versión española de F. Corripio y edición de 1968 en Barcelona y en donde se hacen brillantes descripciones de la fantástica ciudad fortaleza y del mundo medieval arturiano y caballeresco.

JOHN STEINBECK
Unos renglones más arriba he mencionado al escritor inglés del siglo XV Thomas Malory, compilador afortunado de las obras que giran alrededor del ciclo de Arturo. Pues con él, aparece en escena de este amplio y desahogado comentario su congénere profesional, en este caso norteamericano y del presente siglo, el Premio Nobel de Literatura del año 1962, John Steinbeck.
Como lector, conocí a este gran escritor nacido en Salinas- California el 27 de febrero de 1902 ("Piscis" como yo, que diría el cursi) a través de una de sus obras más representativas, "Al Este del Eden" que luego vi llevada al cine en una muy buena película y aún en una mini-serie de televisión, creo. Después leí "Las praderas del cielo", "Las uvas de la ira", "El ómnibus perdido" y "La Perla", relato que tanto me impresionó que habría de servirme de inspiración para mi leyenda canaria "Aridaman y Guanarima", incluida en el libro de relatos " ...De la isla redonda", publicado hace años.
He paladeado con verdadera fruición todo lo que con el tiempo he conseguido ir leyendo y algunas veces releyendo de este autor, maestro indiscutible en el arte de novelar y, desde luego uno de mis favoritos, yo que por lo general y aunque le pese a muchos de los que me conocen soy admirador incondicional de la literatura norteamericana.
Posteriormente leí sus amenos reportajes "Un americano en Nueva York y Paris", "Por los mares de Cortés", "Hubo una vez una guerra" y el delicioso cuento "El poney rojo" que luego he visto también en película de televisión.
Pero no conocía, por ejemplo "La Copa de Oro" que fue su primera novela; y ello me extraña a mí mismo un poco puesto que siempre ha sido para mí muy sugestivo el leer la obra primigenia de los grandes autores, además de, a ser posible seguirlos en su proceso evolutivo de creatividad novelística, pero la verdad es que yo desconocía esta novelita suya.
Tampoco había leído "Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros", uno de sus últimos trabajos literarios puesto que falleció el 20 de noviembre de 1968. En 1962, después de varios fallidos intentos, recibió con todo merecimiento el Premio Nóbel de Literatura de aquel año.
Pues bien; con su llamada telefónica Margot, al indicarme que le interesaba saber algo sobre unos címricos que se citaban en una novela de Steinbeck sobre la vida del corsario inglés Henry Morgan, despertó mi amor propio de celtófilo, por lo que indagé algo en mis libros y luego, al siguiente día y merced a mi tarjeta de lector e investigador de la Biblioteca Insular tuve en mis manos, no solo la novela "La Copa de Oro" sino también el libro "Los hechos del rey Arturo, etc..."
La novela primeriza y muy laborada del galardonado autor norteamericano me gustó mucho y la leí casi de un tirón, pese a hallarme en período de convalecencia y recuperación de visión del ojo derecho tras haber sufrido una necesaria operación de catarata que me ha dejado "afásico" diestro.
Realmente, contando Steinbeck tan solo 27 años de edad cuando escribió "La Copa de Oro" en paisaje helado de Sierra nevada a orillas del lago Tahoe en tanto que ejercía como empleado de administrador, en ella ya deja despuntar sus dotes, su tremenda facilidad para la narrativa, consiguiendo con el bien trabajado texto u a mezcla de obra biográfica, de novela de aventuras, de novela picaresca y de novela poética al narrar la vida del famoso Henry Mórgan; su niñez en las montañas de Gales, su aprendizaje en el mar, su cautiverio, sus hazañas de bucanero y principalmente la fantástica toma de Panamá, su amistad con Corazón gris, su venerable ancianidad y su muerte solitaria. En el transcurso de una vida turbulenta, trató en vano el personaje cual un Parsifal sin grandeza el lograr el Santo Grial de sus sueños, la mujer ideal, primero su novia adolescente Elisabeth, luego la legendaria Santa Roja, descubriendo al fin que no era más que una sombra, un espejismo o, al menos un ideal tan inaccesible como la copa de oro de la luna. Bonita biografía novelada, si señor.
En cuanto a la versión actualizada y novelada que John Steinbeck hizo muy poco antes de fallecer, de la compilación que en el siglo XV realizara de todas las leyendas hasta entonces conocidas del rey Arturo y sus caballeros y del mago Merlin el escritor Thomas Malory, teniendo como sin duda tiene un gran valor literario, yo leí el libro más por encima una vez comprobado como se había desarrollado el trabajo. Trabajo que, por cierto, mi admirado autor hizo con sumo agrado puesto que no en vano tenía conocimiento del tema desde su más tierna infancia. Y es que, John Steinbeck, hijo de una institutriz, de soltera Olive Hamilton cuyos padres, irlandeses, emigraran del Ulster y de un americano de vieja cepa y lejano origen germánico, no en vano escribió en cierta ocasión: "Mi granero...De niño recuerdo haber escalado, atenazado por el sufrimiento, la brillantez de aquellos libros de lujo... Rincón seguro, maravilloso, cuando la lluvia cae a chorros y bate la techumbre. Y los libros, tocados de luz; libros; libros con estampas de criaturas desaparecidas hacía tiempo; serie de novelas de segunda mano; gran número de imágenes que inmortalizaban las manifestaciones del poder divino...El reino de los infiernos visto por Gustave Doré, con fragmentos intercalados de poemas del Dante; Christian Andersen y sus cuentos conmovedores; los de los hermanos Grimm, con sus violencias aterradoras y su crudeza; la muerte magnífica de Arthur ilustrada por Aubrey Beardoley, criatura malsana y perversa, lamentable selección para celebrar al grande, al viril Malory."

EL PRÍNCIPE VALIENTE
¿Cuando leí yo por primera vez algo del " Príncipe Valiente"?
Pienso ahora que debió de ser allá cuando yo contaba doce o trece años de edad, residente con mis padres y hermanos en Curtis, pueblecito montañoso en el interior agreste de Galicia. Acaso en unas tiras dominicales de viñetas, primero monocromas y luego a color o en cuentos, tebeos, historietas o comics de no consigo recordar con exactitud ahora que tipo de publicación infantil o juvenil similar a Flechas y Pelayos, Chicos, el TBO, etc. Luego ya lo leí en verdaderas historietas como las de Tarzán, El Hombre Enmascarado, Juan Centella, Jorge y Fernando, Roberto Alcázar y Pedrín, Cuto, Flahs Gordon, El Agente X, Carlos el Intrépido y luego El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, etc. que nosotros leíamos con entusiasmo creciente e intercambiábamos con nuestros amigos y camaradas.
Aquellas primeras noticias de la preciosista obra del norteamericano Harold Foster no creo que me impresionaran al principio sobremanera porque fueron escasas, sin una ilación secuencial atractiva.
Y, sin embargo, de atrás venía ya mi afición a los tebeos, que a veces llegó a ser desmesurada y aún hubo que ser contenida y refrenada por la severidad paterna puesto que se sobreponía a los necesarios y obligatorios estudios escolares.
Vaya aquí como inciso que allá por los años cuarenta en Galicia al menos, a las series o secuencias de viñetas o representaciones gráficas de dibujos con textos y bocadillos de finalidad narrativa que desarrollaban una acción, generalmente humorística o de aventuras se les llamaba simplemente historietas o tebeos. Y la aceptación del término inglés "comic strip" o tira cómica, data del año 1960 en que comenzaron a celebrarse los primeros congresos y a despertarse el interés de algunos intelectuales y de los medios de comunicación por encontrar el procedimiento idóneo para una forma más de expresión gráfica y que, además su nebuloso nacimiento se ha venido a situar en la fecha del advenimiento del arte cinematográfico a finales del pasado siglo. Y se empezó a tomar en serio el fenómeno del comic y a popularizarse el vocablo. Algunos estudiosos del tema han llegado a denominar este medio de expresión gráfico-literario como el Noveno Arte.
Retomando el tema en donde lo dejé, diré que contábamos mi gemelo y yo no más de cinco años, alejados de los escenarios de la fraticida contienda que a Chaín nos llevara cuando, en uno de sus necesarios viajes a La Coruña, mamá nos trajo algunos cuentos, entre los que se encontraban el primero que yo leí en mi vida que era el tebeo titulado "El Hombre Enmascarado en Londres" y que según supe mucho después había sido creado por el escritor Lee Falk y dibujado por Ray Moore, el primer ilustrador de la serie que luego continuarían, en 1958 Wilson McCoy y a partir de 1964 Sy Barry y cuya lectura siempre me agradó sobremanera.
Tanto me sedujo siempre este tipo de lectura que, hallándome en la Escuela de Aviación de La Virgen del Camino en León, con mi paisano de Santa Eugenia de Riveira Antonio Martínez Roibal llegamos a hacer dos o tres números completos de tebeos "de vaqueros", de los que yo escribí el guión y tracé el maquetado y Tucho, que era un estupendo dibujante hizo las viñetas a tinta china que eran una preciosidad y la admiración de todos los que pudieron verlos. Hace años, en el desván de la casa de La Vila en Chaín aún llegué a ver alguno de los pliegos, mezclado con malos dibujos míos, poesías juveniles y algunos manuscritos de cuentos escritos con letra color violeta. Y, además, ya aquí en Canarias, cuando escribí y luego publiqué "La Historia de Canarias en Episodios" ya dije que en realidad dicha obra la concebí como un detallado bosquejo para luego sobre él hacer los guiones pertinentes y convertirlos en comics, lo más parecido posible a los de El Príncipe Valiente, cosa que es obvio no se logró llevar a cabo como yo proyectara y deseaba. En mis viejas carpetas conservo alguno de los guiones que preparé. De hecho, una afición mía al dibujo, que de cuando en cuando despierta en mí y que hace que trace retratos de todo el que se me ponga por delante, se inició cuando pretendí ser yo el dibujante, ya que no encontraba al idóneo para mi proyecto.
Y, en definitiva, todo ello fue porque había trabado contacto afectivo con el Príncipe Valiente."Prince Valiant" en inglés, es una creación del artista norteamericano Harold Foster (1892 - 1982), dibujante publicista de profesión que, allá por el año 1937 y ya desde 1931 estaba dibujando las viñetas o tiras dominicales del "Tarzán" de Egdar Rice Burrougs y que dejó al aceptar la oferta de unos editores neoyorquinos para crear las aventuras del Príncipe Val, cosa que se tomó muy en serio, para lo cual no solamente se leyó todo lo que pudo del ciclo arturiano y bretón sino que viajó extresamente a Inglaterra para tomar apuntes del natural de los lugares en donde se iban a desarrollar las aventuras del legendario hijo de un rey nórdico de Thule que, de adolescente emprende el camino hacia la fabulosa Camelot para ponerse a las órdenes del rey Arturo. Las estupendas y variadas aventuras que jalonan la vida del joven príncipe serán publicadas en tiras de viñetas semanales con creciente éxito, no solo en Norteamérica sino también en otros paises, traducidas, entre otros idiomas, al español. Cada viñeta de los dibujos de Harold Foster es en realidad como un cuadro en miniatura, muy realista, en donde todos los detalles están minuciosamente tratados. Los textos, a pie de viñeta y sin usar jamas el socorrido recurso de los "bocadillos" fueron también de Foster y se ciñen siempre en mucho a las novelas de caballerías que los inspiraron.
Harold Foster dejó de dibujar a Valiente en el año 1971 pero continuó escribiendo los guiones y realizando los esbozos de cada página al menos hasta 1973. Con los dibujos, que realmente no desmerecen de los primeros, continuó Jhon Cullen Murphy, el creador gráfico, preciosista en el detalle y de la escuela del maestro Alex Raymond, del popular personaje del comic el boxeador Big Ben Bolt.
Por los años de 1970 y siguientes yo coleccioné toda la historia del Príncipe Valiente hasta entonces publicada en español, cosa que estuvo haciendo en fascículos encuadernables semanales y hasta lograr unos doce tomos, la editorial Burulan. Y que, tal como venía prometiendo desde hacía tiempo, un buen día hube de transferir a mi primogénita Margot, a la que por lo mismo posiblemente en su niñez y adolescencia inicié en la amena lectura de las aventuras de tan interesante héroe del comic como es este Príncipe Valiente.
Por mor de la pregunta que se me hizo y con la que comencé el presente, amplio y detallado reportaje, efectué alguna discreta averiguación en varias librerías y pude comprobar que se han estado editando más tomos con la continuación de la vida de Valiente y su familia directa. Creo que el último volumen publicado es el numerado como tomo XV y que corresponde a 1982. Pero yo ya no lo conozco.
Y aquí se remata el tema que incide en algo de celtas, címricos, ciclo arturiano, John Steinbeck y el Príncipe Valiente.
Las Palmas de Gran Canaria, julio de 1995.