COSAS DE MI GEMELO FERNANDO Y YO
por Carlos Platero Fernández.
Dicen quienes nos conocieron de pequeños, que mi hermano Fernando y yo, gemelos o mellizos, que en este caso tanto dá como dá tanto, éramos tan parecidos que se podía decir de nosotros que nos semejábamos casi como dos gotas de agua, lo que ciertamente se puede apreciar de alguna forma en las fotografías que conservamos de aquellos años infantiles.
A fuer de pretender ser sincero, yo no diría tanto. Pero que siempre hubo entre nosotros dos un grande y excepcional parecido físico si, aunque yo haya sido en realidad y desde niño siempre unos milímetros más bajo y unos gramos, hoy kilos, así como unos muchos centímetros de cintura, más grueso.
Un caso curioso, al que ambos jamás hemos encontrado contestación adecuada al interrogante surgido es el de que los dos tenemos, se supone que de nacimiento, una pequeña cicatriz en forma de media luna en lo más bajo de la barbilla. También, ambos tenemos algunas otras cicatrices, sobre todo en el rostro y por la parte posterior de la cabeza, pero ya son huellas de travesuras, de accidentes varios aunque algunas veces curiosamente muy parecidos pese a la distancia.
De pequeños, no sé yo si por una especie de mimetismo emocional o por costumbre, si a uno le dolía la barriga, pongo por caso, el otro pronto decía sentir las mismas o parecidas dolencias; si a uno le caía uno de los dientes "de leche", lo mismo tenía que sucederle al otro; cuando el uno tuvo la tos ferina, el otro la contrajo de inmediato y lo mismo ocurrió con el sarampión, la escarlatina o rubéola, etc.
De hecho, nunca se podrá saber ai yo soy el bautizado con los nombres de Carlos José o con los de Fernando Cándido, porque, por lo visto, para no confundirnos siendo unos bebés, el uno portaba una medallita de plata con una cinta de color azul amarrada a la muñeca y el otro lo mismo pero con la cinta de color rosado. Al bañarnos, se nos quitaba la cinta identificadora y, ¿quién asegura que al colocarnos de nuevo dicha identificación no hubo más de una vez confusiones al hacerlo?.
Tal como más arriba se indica, según quedó constancia en alguna fotografía de la época en la que ni nosotros mísmos, ni nuestros padres o hermanos jamás hemos podido identificarnos con certeza, además de reflejar el gran parecido, se puede observar que los gemelos a los tres y cuatro años usábamos el cabello como melena de paje, de lo que nuestros padres estaban muy orgullosos, pero no así nuestra abuela paterna que por entonces con nosotros vivía y que siempre nos confundió, porque, además, se nos vestía y calzaba exactamente iguales y ella deseaba que tuviésemos algún signo visible que nos distinguiese sin temor a incurrir en error. Deseo que al fín pudo ver cumplido, al menos en una ocasión.
Sucedió que, contando nosotros de tres a cuatro años nos dejaron por unos días a los gemelos al cargo de la abuela, con la advertencia de que uno de nosotros tenía que tomar por aquellos días cierto jarabe o medicamente a horario fijo.
_ Ya sabe, mamá: El de la medicina es Lucho -o Lalo-. El de la cinta azul -o rosada- en la muñeca.
Pero, como ya dije, las cintas, con las medallitas eran fáciles de trastocarse con el diario servicio del baño. Y nuestra abuela pronto halló la solucuión definitiva para no equivocarse.
Cuando al regreso de aquel desplazamiento o corto viaje mamá nos echó la vista encima, se enfadó mucho. ¡Uno de nosotros tenía un buen y ostensible tijeretazo en la melenita de que tan ufanos se mostraban nuestros progenitores.
_ ¡Mamá, por Dios! -se enfadó nuestra madre - ¿Como pudo dejar que los niños jugasen con las tijeras?... ¡Mire, mire el triscazo que se hizo el uno al otro en la perrera del pelo!
Y la abuela Concepción reoslvió el caso, confesando calmosa y ufana, en su gallego coloquial:
_ Non foron os xemelos. ¡Fún eu, pra distinguir ó que tiña que tomala mediciña!.
¡ POR SI ACASO !
Mi hermano gemelo y yo, llamados Lalo él y Lucho yo en el estricto ámbito familiar, fuimos bastante trastes y revoltosos de pequeños y creíamos nosotros que con razón.
Teníamos una hermana, Elena, unos tres años mayor que suponíamos, y suponíamos bien, fue de siempre "el ojito derecho" de nuestro padre; cosa muy normal por cierto generalmente, no en vano soy yo también padre, en que las niñas suelen ser de inclinación afectiva un tanto "padrera" y los niños, si mimados o mimosos, "madreros", ¿o no?...
Nuestro hermano pequeño, el benjamín de la familia, toda su vida ha sido muy "madrero". Y viceversa, con respecto a nuestra madre hasta su fallecimiento, algunos años ha. Que yo ya ella en su apacible ancianidad, me divertía en hacerle reslatar para verla negar el hecho compungida, asegurando que como madre nos quería a todos sus hijos por igual, lo que evidentemente siempre ha sido así.
Y en cuanto a nuestro hermano, "ligeramente" mayor pues tan solo le separaron siempre catorce meses de más edad que nosotros, también, al juicio descarnado de los gemelos, dado que se crió delicadillo y tal, mucho tiempo bajo el cariñoso amparo de la abuela fue así, no solo su ojito derecho sinó también el izquierdo y todo su maternal y amantísimo corazón.
Por lo que, nosotros dos, los del medio, llegamos a imaginar alguna vez que en realidad éramos los menos queridos en el seno de nuestra familia. Y ya mayores, sabedores de que habían sido celos infantiles nuestros sin fundamento, repito que no obstante, impulsados por nuestro consustancial espíritu burlón nos gustaba picar una y otra vez con el tema a mamá, que se dolía un tanto crédula murmurando que como podíamos decir y ni siquiera pensar tal barbaridad, que se nos había querido por igual a toda la "camada" o "rolada". Naturalmente que siempre nos quiso con gran amor a todos por igual, con la misma intensidad que cualquier otra madre con respecto a sus hijos.
Pero la verdad es que los gemelos fuimos los más traviesos del clan y lo demostramos una y otra vez con las mil y una diabluras que jalonaron nuestra infancia estrechamente compartida; siempre unidos los dos hermaos contra todo y contra todos, en cualquier tipo de dificultad o enfrentamiento, defendiéndonos mutuamente, hubiera o no razón para ello.
Y las reprimendas, los coscorrones, los azotes y los cachetes o sopapos si hubo menester también hubimos de compartirlos, fuésemos o no merecedores de ellos. En más de una ocasión, ante cualquier realizada travesura nuestra, recibíamos a la par o uno u otro la reprimenda y, si fuese necesario, el cachete corrector, a veces inmerecido por uno o por otro.
_ ¡Pero si yo no he sido !... ¡Fue Lalo! - protestaba por ejemplo yo, indignado y lloroso, rascándome el escozor producido.
Y mamá o la abuela contestaban, en castellano o gallego, en tono reposado, despachando el asunto:
_ Pues, por si acaso, ¡ Para cuando seas tú !.
UNION FRATERNAL, SUEÑOS Y FANTASIAS COMPARTIDOS
Creo poder afirmar que mi gemelo y yo, sobre todo en aquellos primeros años de la infancia y la adolescencia, época en que convivimos completamente unidos física y síquicamente, hasta cuando a uno de los dos se le castigaba por alguna travesura, que las nuestras fueron siempre muchas, el otro lloraba con él más o menos ostensible.
Nos levantábamos por las mañanas, y sobre todo en tanto vivimos bajo la custodia compartida de mamá con la abuela, muy de madrugada fuese verano o invierno, rezongando lo mismo, aseándonos al mismo tiempo a ser posible, lo que significaba contínuas peleas por alcanzar primero o el jabón, o la toalla o hasta la misma palangana con el agua fría traida momentos antes del adyacente manantial que era en la aldea "a fonte de abaixo", de "a Camposa" o "a fonte vella", la más caudalosa, que jamás se secaba, ni siquierea en septiembre.
Desayunábamos juntos, reclamábamos repetir las sopas o lo que fuese al unísono y compartíamos el uno con el otro lo que se nos diese. Comíamos juntos, procurábamos merendar juntos y, desde luego, lo mismo que se le diese a uno lo quería el otro y también cenábamos a la par y si antes de acostarse había que bañarse, juntos íbamos a la tina o barreño. Jugábamos juntos, aprendimos con mamá las primeras letras juntos y leímos los primeros tebeos juntos, él uno de "Juan Centella en el Fondo del Océano" y yo el de "El hombre enmascarado en Londres", que mamá nos había traído de La Coruña. Cuando comenzamos a asistir a la escuela pública de Quinzán regida por la bondadosa doña Patrocinio, juntos íbamos allá, juntos habíamos de estar sentados, al principio en los toscos bancos alargados laterales y luego ante los los viejos pupitres recubiertos de manchas de tinta y tiza, restos de pizarrines y de lápices, etc.
Juntos nos peleábamos si a uno cualquiera de los dos se nos incitaba a ello, que eramos bastante bravuconcetes para nuestra edad, ¡Claro!..., ¡ siempre pareja, dos bocas para insultar, cuatro manos o puños para pelear y cuatro ágiles piernas para correr si menester fuese, que lo era muchas veces!...
Juntos siempre, en casa, en los juegos, en la escuela, si de desplazarnos, caminando, naturalmente, a las ferias y mercados en la cercana villa de Mellid, si iba el uno, había de ir el otro también. Y lo mismo cuando íbamos a la iglesia, cuando hicimos la Primera Comunión, cuando ya adolescentes fumamos el primer cigarrillo compartido, que en realidad fue un puro que logramos escamotear a nuestro padre de su mesa escritorio en Curtis, etc., etc.
Hasta los catorce años dormimos siempre en la misma habitación juntos, en la misma cama; si bien, cuando ibamos dejando de ser niños, tomamos la curiosa costumbre de, a veces, para evitar descuidados pero molestos contactos sobre todo si el colchón se humdía algo por el uso, dormir con el cinto en la mano que colgaba por fuera de la cama y, ¡zas! largar un zurriagazo al infractor, si considerábamos que su cuerpo había propasado lo que establecíamos como la mitad del lecho, cada una para cada cual.
Y, sin embargo, era en la cama, generalmente si nos despertábamos temprano y, no estando en la casa de la abuela, ni teniendo que ir al colegio o hacer cualquier otra encomienda o recado, cuando la imaginación de Fernando, superior a la mía en inventiva urdía aventuras extraordinarias que, con el pretesto de que lo acababa de soñar, iba desgranando en mis oídos. Ya fue costumbre, durante algún tiempo, cuando nuestra estancia en Curtis y aún alguna vez en Ribeira que yo, deseoso de escucharle, le preguntaba muy bajito y si como sucedía por lo general estábamos solos en la habitación: "¿Dices?" y el respondía también como en un suspiro "¿Escuchas?". Y en tono de voz apenas audible me contaba cosas maravillosas que "acababa de soñar" en las que no solo le sucedían a él aventuras extraordinarias sinó que yo participaba en ellas como co-protagonista. Casi siempre, él era un militar de alta graduación vestido con brillantes uniformes que describía con todo lujo de detalles y yo era "paisano", médico, maestro, artista de cine,... ¿que sé yo?
Como no en vano ya teníamos doce, y trece, y catorce años y había siempre alguna niña de nuestro entorno y edad que nos gustaba, que era novia nuestra en sueños tan solo, naturalmente, los incipientes romances de lo más cursi, ingenuo y conmovedor figuraban a veces en aquellas sesiones de ensueño en las que el uno relataba y el otro escuchaba, metiendo cuando podía alguna cuña de sugerencia o innovación en los fantásticos relatos.
¡ Que momentos felices aquellos merced a nuestras fantasiosas mentes! Luego, ya hombres, los dos los hemos rememorado con nostalgia más de una vez.
MI GEMELO Y YO
Recordaré toda mi vida, cuando, contando ya los gemelos de siete a ocho años, todavía residiendo en la aldea de Chaín, ya se nos confiaban algunos pequeños recados tales como el de acudir durante cierto tiempo, todas las tardes a buscar la leche de cabra "para el delicado Titiño", naturalmente, que nos suministraba aquella vieja pastora que conocíamos como "Ramona la de las cabras" y que residía en la cercana aldea de Casasnovas.
Los dos gemelos, muy ufanos por la confianza depositada en nosotros, entre juegos continuos y cabriolas, carreras y sofocos llevando unas veces el uno y otras el otro la botella de vidrio de a litro para recoger la leche, hacíamos el recorrido de unos dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en un santiamén recorriendo la "corredoira" de La Camposa, bordeando los prados de el Naval, por la corredoira de Pazos y el Cabo y subíamos la cuesta de La Esparela que luego descendíamos raudos por su otro extremo para, cruzando algún agro y dejando a un lado la pequeña iglesita parroquial de Rairiz llegar a la caseta y cuadra de la dicha Ramona, asistir en alguna ocasión, emocionados y felices al mismo hecho del ordeño, recoger la espumosa y aún cálida leche y regresar por la misma ruta a la casa de la abuela en la Camposa, junto a la "fonte de baixo".
Pues bien, una mañana de principios de verano, y puntualizo ésto porque era la época de las cerezas en sazón, partimos mi gemelo y yo dispuestos a cumplimentar tan importante encargo. Pero, claro, jugando, peleándonos entre nosotros mismos, escondiéndonos el uno del otro de cuando en cuando, tirándonos puñados de tierra, etc.
En aquella ocasión yo me ofreciera a Fernando para enseñarle un nuevo camino para llegar a Casasnovas más pronto; un atajo, vamos, que me había enseñado algún lugareño en fechas inmediatamente anteriores.
Y hubo un momento en que, mi gemelo a mis indicaciones caminando algunos pasos delante en demanda de la nueva ruta a seguir, llegados a lo alto de aquel frondoso bosque que era el de La Esparela, el que, por cierto, muchos años después iba a inspirarme para escribir la novela corta titulada UN EPISODIO DE LOS TIEMPOS CELTAS que tantas satisfacciones me ha proporcionado, yo que portaba la botella vacía para transportar la leche, que era de aquellas de vidrio verdoso y singular forma cuadrada con que se suministraba el jarabe o vino tonificante "Sansón", eché a correr Esparela abajo, por el terreno en pronunciado declibe, gritando alborozado que "¡Te engañé, te engañé!... ¡Que no es por ahí, que es por aquí!".
Pero, ¡ay de mí!, de improviso, o yo no la ví o ella, una retorcida y rugosa raiz de cualquiera de aquellos frondosos árboles, se interpuso en mi carrera, lo cierto es que tropecé, dí con mi cuerpo en el suelo, la botella al caer se rompió en añicos y uno de ellos se me incrustó en plena frente, haciéndome un regular corte del que inmediatamente comenzó a fluir la sangre.
La ira de mi gemelo al saberse allí engañado fue de inmediato suplida por una aterrada y llorosa solicitud y aún intentó contener la hemorragia con algunas hierbas, con hojas caidas de los castaños y con su propio pañuelo.
Y yo barreando como cerdo en día de matanza, asustado además, igual que mi gemelo, de las posibles consecuencias de la rotura en mil pedazos de la útil botella, regresamos a casa sin cumplir el encargo y por ello acaso más llorosos y gritones todavía.
Pero mi gemelo no fue acusica, nada dijo de mi engaño para con él y aún cuando mis otros hermanos, que estaban cogiendo cerezas en un cerezo próximo a nuestra minúscula era y acaso un tanto celosos de que por unos momentos fuse uno de los gemelos el centro de la atención y el afecto de mamá y abuela que después del primer momento de susto se afanaron en restañarme la herida y con mimo y algún pequeño agasajo intentaron callar mis desaforados lloros, pretendieron señalarnos como que eramos unos juguetones irresponsables y que por jugar habíamos roto la valiosa y bien útil botella, Fernando, digo, se defendió y me defendió con denuedo, como siempre, que para eso éramoslo que se dice "uña y carne".
CONFUSIONES DE IDENTIDADES
Confusión de identidad y posible telepatía a larga distancia entre los gemelos nos ha ocurrido en alguna ocasión.
Tal ha sido el parecido físico y anímico entre mi hermano gemelo y yo, casi siempre vestidos idénticos, sobre todo en nuestra época de niños y de adolescentes residiendo sucesivamente en La Coruña, luego en Chaín, Curtis y Ribeira que fácilmente se nos confundía.
De hecho, fue notable nuestra aportación, vestidos de circunstanciales monaguillos en algún acto religioso en Curtis en que pudimos hacer la pareja ideal para portar los faroles o los ciriales a ambos lados del que portaba la cruz, que alguna vez fué nuestro hermano Alberto, en procesiones y otros acontecimientos parroquiales. Aún acuden de cuando en cuando a mí las estrofas de aquella cancioncilla allí aprendida que decía:
Somos de la parroquia,
los monaguillos, los monaguillos;
que sacudimos las perras
de los cepillos, de los cepillos.
.............................
Si hay un bautizo o una boda,
pobre padrino, pobre madrina;
pues se encuentra a un monago,
en cada esquina, en cada esquina.
En alguna ocasión que ahora no recuerdo pero que muy bien es de suponer que hubo, Fernando me habrá sustituido a mí. Y yo le he suplido más de una vez a él, siempre con éxito, tanto en pequeñas aventuras escolares como de juegos o de "chicoleo" con amiguitas de la misma o parecida edad.
Cuando, por ejemplo, en Ribeira él rondaba a una linda mocita y una determinada tarde dominical que había logrado quedar con ella para ir juntos al cine, nuestro padre, como ocurriera y ocurriria en muchas otras ocasiones lo "arrestó" a no salir de casa en aquella jornada y, al contrario, dedicarla a partir leña en el patio de nuestra casa de La Mámoa y que era el imprescindible combustible de la vieja cocina económica o "de Bilbao".
Temía Fernando, incipiente donjuan que si no cumplía con la cita que le había resultado bastante laboriosa de lograr se iria al traste su iniciado romance; que, por cierto, luego resultó como tantas otras veces, completamente pasajero dada la volubilidad de ambos protagonistas.
Bien aleccionado yo, tanto en lo que debía de decir como de hacer, pero rogándoseme con un principio de desconfianza que no tratase de propasarme, supe yo suplantarlo con tanta verosimilitud que creo que nunca llegó a saber de aquel provisional cambio la jovencita.
Pasados los años, separados ambos por las circunstancias de la vida en sí, yo me casé en las islas Canarias con una canaria y cuando ella, Margarita, conoció en Galicia a los míos, se confundió una y varias veces con mi hermano gemelo Fernando, tomándolo por mí.
Y cuando ya nació nuestra primogénita y el matrimonio con ella llegamos a Vigo en barco, Fernando nos esperaba en el muelle y Margot, que ya contaba casi un año de edad, retozaba en blos brazos maternos y al ver a mi gemelo en tierra, frente a ella y acercándose a medida que el navío atracaba y la llamaba por su nombre, lo saludaba a su vez con parloteos y gorgoritos de "¡ Papá!...¡Papá!" y gracioso movimiento de manos, creida, naturalmente, que era yo. En tanto que otros pasajeros se admiraban y, sobre todo un matrimonio italiano que viajaba con nosotros y no se cansaban ambos de exclamar en el colmo de la admiración algo así como "¡Fratelo llemelo!...Maraviloso", yo, pasados unos minutos toqué a la niña en un hombro buscando su atención pra que me mirase, diciéndole
_ ¡Cacó!... Papá soy yo; mírame.
La niña me miró, miró al Fernando sonriente enfrente, arrugó el ceño, hizo unos pucheritos fruniendo cejas y los labios y rompió a llorar con desconsuelo, abrazada al cuello de su madre porque no entendía lo que estaba viendo.
Y, ciertamente, costó bastante trabajo para que dejase entonces de confindirnos a padre y tío.
Y, años más tarde, con nuestro hijo Carlos ocurrió algo parecido porque, niño bastante retraído cuando pequeño, ya en la crianza no consentía de buen grado que se le suministrase la papilla a cucharadas si no éramos su madre o yo; y, sin embargo, por confundirnos, aceptó que Fernando lo hiciese en mi lugar sin ofrecer resistencia alguna.
Fuera del estricto ámbito familiar ocurría en numerosas ocasiones lo mismo. Yo terminé por acostumbrarme a que cuando me desplazaba a Galicia, en el entorno afectivo y familiar muchas veces se me saludase, se me hablase tomándome por Fernando y ya ni trataba de deshacer el error, salvo que fuese precisa la debida identificación, naturalmente.
Cuando a principios de los años sesenta en Canarias solicité el perceptivo permiso de conducir, despues de haber efectuado con éxito las pertinentes pruebas teórico prácticas de aptitud que me capacitaban para ello, en la agencia que me gestionaba el asunto, me llamaron cierto día y se me reprochó el que solicitase el dichoso carnet si, según las oficinas centrales de tráfico yo ya lo poseía. Yo protesté de aquella tonta suposición y me mantuve en que aquello tenía que ser un error burocrático administrativo, por lo que en Tráfico, si bien me atendieron en la reclamación, insitieron en que yo, de tales y tales apellidos, hijo de Cándido y de Mercedes, nacido en La Coruña en tales y tales fechas ya tenia carnet de conducir. Bueno; había en la correcta información un solo pequeño detalle o despiste que no concordaba con el resto. Que en el nombre, en lugar de Carlos decía Fernando.
¡ Acabáramos, hombre !... Mi hermano Fernando era el que ya disponía de el dicho carnet de conducir y no yo.
Pero aún hay más. En La Coruña, gentes de Canarias que me conocen y tratan, han confundido a mi hermano gemelo Fernando con migo sin ninguna dificultad. En cierta ocasión la esposa de un amigo nuestro lo saludó y abrazó en plenos Cantones coruñeses y bromeó con él tomándolo por mí, hasta que se deshizo el entuerto.
Y a mí, en plena calle Mayor de Triana, estando crioseando los escaparates de la librería Rexach cierta vez una joven y desconocida damita medio me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas en tanto que su acompañante, un apuesto oficial del ejército me saludó con un frío y distante "¡ Hola, Platero !"; aunque, después de haberse mantenidio por unos instantes de sabor sainetesco el equícoco, yo, advertido de la confusión, hube de enseñar mi documento de identidad para que la pareja se convenciese de que se había confundido de persona, con claro desencanto de ella que se quedó algo cortada y ruborosa y sin embargoél más distendido y amable medio acabó insinuando que Fernando alguna vez en La Coruña habhía sido causa de algún asomo de celos, aunque a decir verdfad la cosda no había pasado jamás a mayores. Eso creía él al menos, dijo.
En el año de 1979, viajando Fernando con su socorrido Seat 600 y en el desempeño de su profesión de Agente Comercial por Burgos en una jornada de nieve, hielo y frío sufrió un terrible accidente de circulación que le pudo costar la vida y le significó que hubiese de convivir para los restos con una placa de plata colocada en un frontal de su cráneo. Pues, tan solo unos días antes yo, en Canarias, tuve un accidente laboral del que escapé milagrosamente sin secuelas posteriores.
Ciertamente que al igual que nuestros otros hermanos, posiblemente por herencia paterna, nos quedamos calvos y encanecimos siendo relativamente jóvenes ambos gemelos.
En la época de la edad madura, la propia de empezar a perder la dentadura, nos ocurrió a los dos casi al mismo tiempo pero, además, por causa de una especie de piorrea seca, tan solo la dentadura de la mandíbula superior.
De unos años para acá, tanto Fernando como yo venimos padeciendo una cierta insuficiencia cardíaca derecha que hace que se nos hinchen los tobillos con mucha frecuencia y se nos ha extendido en ambas piernas una característica mancha como de color de pulpo, clara muestra de dicha insuficiencia, por lo que yo al menos he de llevar siempre correctoras medias elásticas, que a él se le habían recomendado también.
Aunque Fernando, como más crédulo de la Astrología que yo, siempre dijo que, como "Piscis" que somos, nuestros mayores males nos tendrían que venir por los pies. Ciertamente, siempre los hemos tenido como la parte más delicada de nuestros cuerpos. La suprema gravedad mortal, a él sin embargo le ha venido por desgracia a través del pulmón.
EL CASO DE ARENCIBIA Y LOS GEMELOS
Uno de los muchos equívocos que en nuestra vida hemos ocasionado los gemelos fue el ocurrido con mi amigo Arencibia y Fernando.
Arencibia es un veterano compañero mío de tareas laborales de mantenimiento de Aeronaves en la Base Aérea de Gando. Militar él y civil yo, al que conocí ya al poco tiempo de mi llegada a estas islas Canarias, hace la tira de años, como dice ahora la juventud.
Pues bien, hace ya algún tiempo, siendo el amigo Arencibia teniente del Ejército del Aire y como especialista, mecánico de vuelo, destinado entonces circunstancialmente por las Bases Aéreas de Salamanca o de León o algo así, en un determinado servicio formó parte de la tripulación de un avión, creo recordar que de los conocidos en la jerga aeronáutico como los "apagafuegos" que hubo de sdesplazarse en servicio al aeropuerto coruñés de Alvedro permaneciendo allí varioas jornadas. Por lo que, en una bonacible mañana primaveral él y dos miembros más del equipo se acercaron a la ciudad en la que "nadie es forastero" y al estar paseando por la Calle real, junto a su intercesión con Los Cantones ocurrió que delante de ellos, como casi siempre muy peripuesto y un tanto despistado caminaba mi hermano Fernando, al que Arencibia, como no podía ser menos, confundió conmigo aunque hacía ya algún tiempo que no nos veíamos. Y en tono coñón, sin alzar para ello mucho la voz, llamó:
_ ¡ Pss, pss !... Platero.
Y Platero volvió la cabeza; aunque, extrañado no vió a nadie conocido en las cercanías, por lo que continuó su espaciado paseo.
_ ¡ Pss, pss !... ¡ Plateeero !
Fernando se paró en su caminar. Se volvió de nuevo. Observó a aquel hombretón de mediana edad que le pareció le sonreía y, claro, dijo lo clásico en tales ocasiones
_ ¿Es a mí?...
_ Pues claro, Platerito. Coño, ¿ que pasa ?... ¿Que como estás en tu tierra y en tu ciudad ya no conoces a nadie?
Mi gemelo estrechó la mano que se le tendía y aún las de los otros dos hasta entonces silenciosos acompañantes de aquel hombre que tan campechano lo saludaba porque sin duda se conocían, pero al que no lograba reconocer de entre por otra parte sus muchas amistades.
No obstante Fernando aceptó riendo la sugerencia de tomarse por allí cerca, en la calle de Los Olmos y luego en la de La Galera unos vinitos "de esos tan buenos de tu tierra y en taza".
Y en tanto se encaminaban a uno de los muchos bares de aquellas concurridas calles, Fernando se estrujaba la mente intentando en vano identificar a aquel jovial individuo. Hasta que Arencibia, tomándolo del brazo ante uno de aquellos lustrosos mostradores le dijo algo así como que "¡ Anda que si cogemos esta calle llena de bares en Gando!" y se reía.
Algo como una luz de comprensión se le encendió dentro a mi gemelo.
¡Gando!... Por mí, sabía donde estaba Gando y lo que significaba. Aquel hombre que al hablar seseando con un acento diríase que sudamericano, no pronunciaba las ces ni las cetas, era un canario, y conocido, y a lo que se advertía, también amigo de Carlos que entonces estaba destinado en la Base Aérea de Gando, en la isla de Gran Canaria.
Cuando explicó la confusión habida, ante el jolgorio de sus acompañantes, el amigo Arencibia al principio aún creyó que era una broma de aquel al que juraría que era yo, pero hubo de rendirse a la evidencia cuando mi gemelo, como en anteriores ocasiones parecidas, acabó enseñando su propio DNI.
Como bien es de suponer, una vez deshecho el entuerto o gracioso equívoco, prosiguió más alegre y barullero el tasqueo, que bueno era mi hermano Fernando y posiblemente también Arencibia para renunciar a ello en aquella jornada de asueto.
Y en cuanto Arencibia retornó a Canarias y tuvo ocasión de verme, me contó la anécdota, que Fernando hubo de refrendar posteriormente.
LO ULTIMO DE EQUIVOCOS DE MI GEMELO Y YO
En anteriores anotaciones de estas mis ocurrencias vivenciales he dejado constancia de alguna de las muchas que con respecto al parecido habido siempre entre mi hermano gemelo y yo nos han sucedido.
Las últimas, y digo bien cuando digo aquí las últimas, es de suponer que sean las referentes a lo sucedido en derredor de su casi repentino fallecimiento.
Confieso que aún sin dentro de mí querer asumir en plenitud la tremenda realidad, en el pasado mes de febrero, justo cinco días antes de ambos cumplir años, llamado con toda urgencia por mis otros hermanos hube de recorrer en raudo vuelo de más de dos mil quinientos kilómetros, con forzosa escala en Madrid la distancia que separa a Canarias de Galicia y me presenté en la vivienda familiar de "As Pedregueiras" en que mi hermano gemelo estaba esperándome de cuerpo presente para ser enterrado al siguiente día. Llegué compungido, embargada mi alma de dolor, de una absoluta y amarga tristeza y dispuesto en mi fuero interno a perocurar no ver con mis hojos aquel cuerpo ya cadáver con la rigidez de la muerte, aquel rostro que se iba tornando marmoleo y que era como un reflejo del mío, como mi sosias, al decir de las gentes que nos conocieron.
Ciertamente, dado como estaba amortajado y cubierto por un transparente cristal, pese a mi propósito no puede evitar unos sollozos salidos del alma al contemplar aquellas facciones que hasta con la barba entrecana se me asemejaban de manera extraordinaria.
Ya más calmado, resignado y embargado por la emoción, después de musitar allí mismo una oración por su alma, comencé a darme cuenta de que, una vez más se nos confundía, en esta ocasión al vivo con el muerto y viceversa.
Todavía yo un tanto aturdido y dominado por la emoción del momento, en el porche de la entrada contemplaba la amplia panorámica del paisaje de verdor, pinos y prados que se extendía a mi vista, tan familiar siempre a pesar de los muchos años de ausencia, cuando un joven, para mí totalmente desconocido despues de abrir la ancha cancela metálica de acceso a la finca, se acercó a grandes zancadas, se detuvo de pronto, me miró sorprendido, me saludó con un murmullo ininteligible y ante mi gesto ausente, carente de reconocimiento pasó raudo a mi lado y, según luego se me contó, se adentró por el pasillo hasta la gran cocina en que mi hermana Elena y Rosa la asistenta procuraban atender lo mejor posible a algunas personas amigas que acudieran ya para acompañarnos en el duelo; y prenguntó, completamente asombrado y un tanto suspenso:
_ Pero, ¿ Y luego, yo no venía para el duelo de Fernando?...
- Pues claro que sí. -se le contestó.
Y el joven aquel con gesto de desconcierto repuso estupefacto.
- ¡ Pero si yo acabo de ver a Fernando ahí de pié, en la entrada!
La misma inicial estupefacción que reflejaron luego los rostros de otros vecinos y aún una de mis sobrinas, a pesar de que sabía bien que yo era yo y el fallecido el tío Lalo, el "chistero".
Y alcancé a verlo en los ojos, en la expresión primera, luego reprimida de algunas de las muy numerosas personas que nos acompañaron a mis hermanos y a mí tanto en el prolongado duelo como luego en el multitudinario acto del traslado del difunto al cementerio, en la misa de "córpore insepulto", en el triste trance final del enterramiento en si de mi gemelo en el panteón familiar de Rairiz, junto a su padre y a su madre, nuestros queridos y siempre recordados progenitores.
Y aún lo mismo o muy parecido sucedió al día siguiente en que una joven vecina amiga de la familia, ausente en las fechas inmediatamente anteriores, en cuanto se enteró del aciago suceso acudió rauda a dar su más sincero y doliente pésame; y que al divisarme cuando a los timbrazos acudía a abrir la puerta de entrada, con la particularidad añadida de que me había quitado en aquellos instantes las gafas que uso siempre, por lo que el parecido de los dos gemelos fue más notable a pesar de ser yo bastante más grueso que Fernando. Aquella joven señora, al verme frenó en seco sus apresurados pasos y por unos segundos su desconcierto y confusión fueron palpables.
Me coloqué de nuevo las gafas sobre la nariz y con cristiana resignación acepté el consabido saludo de condolencia sincera.
Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1999.
COSAS DE MI GEMELO FERNANDO Y YO
por Carlos Platero Fernández.
Dicen quienes nos conocieron de pequeños, que mi hermano Fernando y yo, gemelos o mellizos, que en este caso tanto dá como dá tanto, éramos tan parecidos que se podía decir de nosotros que nos semejábamos casi como dos gotas de agua, lo que ciertamente se puede apreciar de alguna forma en las fotografías que conservamos de aquellos años infantiles.
A fuer de pretender ser sincero, yo no diría tanto. Pero que siempre hubo entre nosotros dos un grande y excepcional parecido físico si, aunque yo haya sido en realidad y desde niño siempre unos milímetros más bajo y unos gramos, hoy kilos, así como unos muchos centímetros de cintura, más grueso.
Un caso curioso, al que ambos jamás hemos encontrado contestación adecuada al interrogante surgido es el de que los dos tenemos, se supone que de nacimiento, una pequeña cicatriz en forma de media luna en lo más bajo de la barbilla. También, ambos tenemos algunas otras cicatrices, sobre todo en el rostro y por la parte posterior de la cabeza, pero ya son huellas de travesuras, de accidentes varios aunque algunas veces curiosamente muy parecidos pese a la distancia.
De pequeños, no sé yo si por una especie de mimetismo emocional o por costumbre, si a uno le dolía la barriga, pongo por caso, el otro pronto decía sentir las mismas o parecidas dolencias; si a uno le caía uno de los dientes "de leche", lo mismo tenía que sucederle al otro; cuando el uno tuvo la tos ferina, el otro la contrajo de inmediato y lo mismo ocurrió con el sarampión, la escarlatina o rubéola, etc.
De hecho, nunca se podrá saber ai yo soy el bautizado con los nombres de Carlos José o con los de Fernando Cándido, porque, por lo visto, para no confundirnos siendo unos bebés, el uno portaba una medallita de plata con una cinta de color azul amarrada a la muñeca y el otro lo mismo pero con la cinta de color rosado. Al bañarnos, se nos quitaba la cinta identificadora y, ¿quién asegura que al colocarnos de nuevo dicha identificación no hubo más de una vez confusiones al hacerlo?.
Tal como más arriba se indica, según quedó constancia en alguna fotografía de la época en la que ni nosotros mísmos, ni nuestros padres o hermanos jamás hemos podido identificarnos con certeza, además de reflejar el gran parecido, se puede observar que los gemelos a los tres y cuatro años usábamos el cabello como melena de paje, de lo que nuestros padres estaban muy orgullosos, pero no así nuestra abuela paterna que por entonces con nosotros vivía y que siempre nos confundió, porque, además, se nos vestía y calzaba exactamente iguales y ella deseaba que tuviésemos algún signo visible que nos distinguiese sin temor a incurrir en error. Deseo que al fín pudo ver cumplido, al menos en una ocasión.
Sucedió que, contando nosotros de tres a cuatro años nos dejaron por unos días a los gemelos al cargo de la abuela, con la advertencia de que uno de nosotros tenía que tomar por aquellos días cierto jarabe o medicamente a horario fijo.
_ Ya sabe, mamá: El de la medicina es Lucho -o Lalo-. El de la cinta azul -o rosada- en la muñeca.
Pero, como ya dije, las cintas, con las medallitas eran fáciles de trastocarse con el diario servicio del baño. Y nuestra abuela pronto halló la solucuión definitiva para no equivocarse.
Cuando al regreso de aquel desplazamiento o corto viaje mamá nos echó la vista encima, se enfadó mucho. ¡Uno de nosotros tenía un buen y ostensible tijeretazo en la melenita de que tan ufanos se mostraban nuestros progenitores.
_ ¡Mamá, por Dios! -se enfadó nuestra madre - ¿Como pudo dejar que los niños jugasen con las tijeras?... ¡Mire, mire el triscazo que se hizo el uno al otro en la perrera del pelo!
Y la abuela Concepción reoslvió el caso, confesando calmosa y ufana, en su gallego coloquial:
_ Non foron os xemelos. ¡Fún eu, pra distinguir ó que tiña que tomala mediciña!.
¡ POR SI ACASO !
Mi hermano gemelo y yo, llamados Lalo él y Lucho yo en el estricto ámbito familiar, fuimos bastante trastes y revoltosos de pequeños y creíamos nosotros que con razón.
Teníamos una hermana, Elena, unos tres años mayor que suponíamos, y suponíamos bien, fue de siempre "el ojito derecho" de nuestro padre; cosa muy normal por cierto generalmente, no en vano soy yo también padre, en que las niñas suelen ser de inclinación afectiva un tanto "padrera" y los niños, si mimados o mimosos, "madreros", ¿o no?...
Nuestro hermano pequeño, el benjamín de la familia, toda su vida ha sido muy "madrero". Y viceversa, con respecto a nuestra madre hasta su fallecimiento, algunos años ha. Que yo ya ella en su apacible ancianidad, me divertía en hacerle reslatar para verla negar el hecho compungida, asegurando que como madre nos quería a todos sus hijos por igual, lo que evidentemente siempre ha sido así.
Y en cuanto a nuestro hermano, "ligeramente" mayor pues tan solo le separaron siempre catorce meses de más edad que nosotros, también, al juicio descarnado de los gemelos, dado que se crió delicadillo y tal, mucho tiempo bajo el cariñoso amparo de la abuela fue así, no solo su ojito derecho sinó también el izquierdo y todo su maternal y amantísimo corazón.
Por lo que, nosotros dos, los del medio, llegamos a imaginar alguna vez que en realidad éramos los menos queridos en el seno de nuestra familia. Y ya mayores, sabedores de que habían sido celos infantiles nuestros sin fundamento, repito que no obstante, impulsados por nuestro consustancial espíritu burlón nos gustaba picar una y otra vez con el tema a mamá, que se dolía un tanto crédula murmurando que como podíamos decir y ni siquiera pensar tal barbaridad, que se nos había querido por igual a toda la "camada" o "rolada". Naturalmente que siempre nos quiso con gran amor a todos por igual, con la misma intensidad que cualquier otra madre con respecto a sus hijos.
Pero la verdad es que los gemelos fuimos los más traviesos del clan y lo demostramos una y otra vez con las mil y una diabluras que jalonaron nuestra infancia estrechamente compartida; siempre unidos los dos hermaos contra todo y contra todos, en cualquier tipo de dificultad o enfrentamiento, defendiéndonos mutuamente, hubiera o no razón para ello.
Y las reprimendas, los coscorrones, los azotes y los cachetes o sopapos si hubo menester también hubimos de compartirlos, fuésemos o no merecedores de ellos. En más de una ocasión, ante cualquier realizada travesura nuestra, recibíamos a la par o uno u otro la reprimenda y, si fuese necesario, el cachete corrector, a veces inmerecido por uno o por otro.
_ ¡Pero si yo no he sido !... ¡Fue Lalo! - protestaba por ejemplo yo, indignado y lloroso, rascándome el escozor producido.
Y mamá o la abuela contestaban, en castellano o gallego, en tono reposado, despachando el asunto:
_ Pues, por si acaso, ¡ Para cuando seas tú !.
UNION FRATERNAL, SUEÑOS Y FANTASIAS COMPARTIDOS
Creo poder afirmar que mi gemelo y yo, sobre todo en aquellos primeros años de la infancia y la adolescencia, época en que convivimos completamente unidos física y síquicamente, hasta cuando a uno de los dos se le castigaba por alguna travesura, que las nuestras fueron siempre muchas, el otro lloraba con él más o menos ostensible.
Nos levantábamos por las mañanas, y sobre todo en tanto vivimos bajo la custodia compartida de mamá con la abuela, muy de madrugada fuese verano o invierno, rezongando lo mismo, aseándonos al mismo tiempo a ser posible, lo que significaba contínuas peleas por alcanzar primero o el jabón, o la toalla o hasta la misma palangana con el agua fría traida momentos antes del adyacente manantial que era en la aldea "a fonte de abaixo", de "a Camposa" o "a fonte vella", la más caudalosa, que jamás se secaba, ni siquierea en septiembre.
Desayunábamos juntos, reclamábamos repetir las sopas o lo que fuese al unísono y compartíamos el uno con el otro lo que se nos diese. Comíamos juntos, procurábamos merendar juntos y, desde luego, lo mismo que se le diese a uno lo quería el otro y también cenábamos a la par y si antes de acostarse había que bañarse, juntos íbamos a la tina o barreño. Jugábamos juntos, aprendimos con mamá las primeras letras juntos y leímos los primeros tebeos juntos, él uno de "Juan Centella en el Fondo del Océano" y yo el de "El hombre enmascarado en Londres", que mamá nos había traído de La Coruña. Cuando comenzamos a asistir a la escuela pública de Quinzán regida por la bondadosa doña Patrocinio, juntos íbamos allá, juntos habíamos de estar sentados, al principio en los toscos bancos alargados laterales y luego ante los los viejos pupitres recubiertos de manchas de tinta y tiza, restos de pizarrines y de lápices, etc.
Juntos nos peleábamos si a uno cualquiera de los dos se nos incitaba a ello, que eramos bastante bravuconcetes para nuestra edad, ¡Claro!..., ¡ siempre pareja, dos bocas para insultar, cuatro manos o puños para pelear y cuatro ágiles piernas para correr si menester fuese, que lo era muchas veces!...
Juntos siempre, en casa, en los juegos, en la escuela, si de desplazarnos, caminando, naturalmente, a las ferias y mercados en la cercana villa de Mellid, si iba el uno, había de ir el otro también. Y lo mismo cuando íbamos a la iglesia, cuando hicimos la Primera Comunión, cuando ya adolescentes fumamos el primer cigarrillo compartido, que en realidad fue un puro que logramos escamotear a nuestro padre de su mesa escritorio en Curtis, etc., etc.
Hasta los catorce años dormimos siempre en la misma habitación juntos, en la misma cama; si bien, cuando ibamos dejando de ser niños, tomamos la curiosa costumbre de, a veces, para evitar descuidados pero molestos contactos sobre todo si el colchón se humdía algo por el uso, dormir con el cinto en la mano que colgaba por fuera de la cama y, ¡zas! largar un zurriagazo al infractor, si considerábamos que su cuerpo había propasado lo que establecíamos como la mitad del lecho, cada una para cada cual.
Y, sin embargo, era en la cama, generalmente si nos despertábamos temprano y, no estando en la casa de la abuela, ni teniendo que ir al colegio o hacer cualquier otra encomienda o recado, cuando la imaginación de Fernando, superior a la mía en inventiva urdía aventuras extraordinarias que, con el pretesto de que lo acababa de soñar, iba desgranando en mis oídos. Ya fue costumbre, durante algún tiempo, cuando nuestra estancia en Curtis y aún alguna vez en Ribeira que yo, deseoso de escucharle, le preguntaba muy bajito y si como sucedía por lo general estábamos solos en la habitación: "¿Dices?" y el respondía también como en un suspiro "¿Escuchas?". Y en tono de voz apenas audible me contaba cosas maravillosas que "acababa de soñar" en las que no solo le sucedían a él aventuras extraordinarias sinó que yo participaba en ellas como co-protagonista. Casi siempre, él era un militar de alta graduación vestido con brillantes uniformes que describía con todo lujo de detalles y yo era "paisano", médico, maestro, artista de cine,... ¿que sé yo?
Como no en vano ya teníamos doce, y trece, y catorce años y había siempre alguna niña de nuestro entorno y edad que nos gustaba, que era novia nuestra en sueños tan solo, naturalmente, los incipientes romances de lo más cursi, ingenuo y conmovedor figuraban a veces en aquellas sesiones de ensueño en las que el uno relataba y el otro escuchaba, metiendo cuando podía alguna cuña de sugerencia o innovación en los fantásticos relatos.
¡ Que momentos felices aquellos merced a nuestras fantasiosas mentes! Luego, ya hombres, los dos los hemos rememorado con nostalgia más de una vez.
MI GEMELO Y YO
Recordaré toda mi vida, cuando, contando ya los gemelos de siete a ocho años, todavía residiendo en la aldea de Chaín, ya se nos confiaban algunos pequeños recados tales como el de acudir durante cierto tiempo, todas las tardes a buscar la leche de cabra "para el delicado Titiño", naturalmente, que nos suministraba aquella vieja pastora que conocíamos como "Ramona la de las cabras" y que residía en la cercana aldea de Casasnovas.
Los dos gemelos, muy ufanos por la confianza depositada en nosotros, entre juegos continuos y cabriolas, carreras y sofocos llevando unas veces el uno y otras el otro la botella de vidrio de a litro para recoger la leche, hacíamos el recorrido de unos dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en un santiamén recorriendo la "corredoira" de La Camposa, bordeando los prados de el Naval, por la corredoira de Pazos y el Cabo y subíamos la cuesta de La Esparela que luego descendíamos raudos por su otro extremo para, cruzando algún agro y dejando a un lado la pequeña iglesita parroquial de Rairiz llegar a la caseta y cuadra de la dicha Ramona, asistir en alguna ocasión, emocionados y felices al mismo hecho del ordeño, recoger la espumosa y aún cálida leche y regresar por la misma ruta a la casa de la abuela en la Camposa, junto a la "fonte de baixo".
Pues bien, una mañana de principios de verano, y puntualizo ésto porque era la época de las cerezas en sazón, partimos mi gemelo y yo dispuestos a cumplimentar tan importante encargo. Pero, claro, jugando, peleándonos entre nosotros mismos, escondiéndonos el uno del otro de cuando en cuando, tirándonos puñados de tierra, etc.
En aquella ocasión yo me ofreciera a Fernando para enseñarle un nuevo camino para llegar a Casasnovas más pronto; un atajo, vamos, que me había enseñado algún lugareño en fechas inmediatamente anteriores.
Y hubo un momento en que, mi gemelo a mis indicaciones caminando algunos pasos delante en demanda de la nueva ruta a seguir, llegados a lo alto de aquel frondoso bosque que era el de La Esparela, el que, por cierto, muchos años después iba a inspirarme para escribir la novela corta titulada UN EPISODIO DE LOS TIEMPOS CELTAS que tantas satisfacciones me ha proporcionado, yo que portaba la botella vacía para transportar la leche, que era de aquellas de vidrio verdoso y singular forma cuadrada con que se suministraba el jarabe o vino tonificante "Sansón", eché a correr Esparela abajo, por el terreno en pronunciado declibe, gritando alborozado que "¡Te engañé, te engañé!... ¡Que no es por ahí, que es por aquí!".
Pero, ¡ay de mí!, de improviso, o yo no la ví o ella, una retorcida y rugosa raiz de cualquiera de aquellos frondosos árboles, se interpuso en mi carrera, lo cierto es que tropecé, dí con mi cuerpo en el suelo, la botella al caer se rompió en añicos y uno de ellos se me incrustó en plena frente, haciéndome un regular corte del que inmediatamente comenzó a fluir la sangre.
La ira de mi gemelo al saberse allí engañado fue de inmediato suplida por una aterrada y llorosa solicitud y aún intentó contener la hemorragia con algunas hierbas, con hojas caidas de los castaños y con su propio pañuelo.
Y yo barreando como cerdo en día de matanza, asustado además, igual que mi gemelo, de las posibles consecuencias de la rotura en mil pedazos de la útil botella, regresamos a casa sin cumplir el encargo y por ello acaso más llorosos y gritones todavía.
Pero mi gemelo no fue acusica, nada dijo de mi engaño para con él y aún cuando mis otros hermanos, que estaban cogiendo cerezas en un cerezo próximo a nuestra minúscula era y acaso un tanto celosos de que por unos momentos fuse uno de los gemelos el centro de la atención y el afecto de mamá y abuela que después del primer momento de susto se afanaron en restañarme la herida y con mimo y algún pequeño agasajo intentaron callar mis desaforados lloros, pretendieron señalarnos como que eramos unos juguetones irresponsables y que por jugar habíamos roto la valiosa y bien útil botella, Fernando, digo, se defendió y me defendió con denuedo, como siempre, que para eso éramoslo que se dice "uña y carne".
CONFUSIONES DE IDENTIDADES
Confusión de identidad y posible telepatía a larga distancia entre los gemelos nos ha ocurrido en alguna ocasión.
Tal ha sido el parecido físico y anímico entre mi hermano gemelo y yo, casi siempre vestidos idénticos, sobre todo en nuestra época de niños y de adolescentes residiendo sucesivamente en La Coruña, luego en Chaín, Curtis y Ribeira que fácilmente se nos confundía.
De hecho, fue notable nuestra aportación, vestidos de circunstanciales monaguillos en algún acto religioso en Curtis en que pudimos hacer la pareja ideal para portar los faroles o los ciriales a ambos lados del que portaba la cruz, que alguna vez fué nuestro hermano Alberto, en procesiones y otros acontecimientos parroquiales. Aún acuden de cuando en cuando a mí las estrofas de aquella cancioncilla allí aprendida que decía:
Somos de la parroquia,
los monaguillos, los monaguillos;
que sacudimos las perras
de los cepillos, de los cepillos.
.............................
Si hay un bautizo o una boda,
pobre padrino, pobre madrina;
pues se encuentra a un monago,
en cada esquina, en cada esquina.
En alguna ocasión que ahora no recuerdo pero que muy bien es de suponer que hubo, Fernando me habrá sustituido a mí. Y yo le he suplido más de una vez a él, siempre con éxito, tanto en pequeñas aventuras escolares como de juegos o de "chicoleo" con amiguitas de la misma o parecida edad.
Cuando, por ejemplo, en Ribeira él rondaba a una linda mocita y una determinada tarde dominical que había logrado quedar con ella para ir juntos al cine, nuestro padre, como ocurriera y ocurriria en muchas otras ocasiones lo "arrestó" a no salir de casa en aquella jornada y, al contrario, dedicarla a partir leña en el patio de nuestra casa de La Mámoa y que era el imprescindible combustible de la vieja cocina económica o "de Bilbao".
Temía Fernando, incipiente donjuan que si no cumplía con la cita que le había resultado bastante laboriosa de lograr se iria al traste su iniciado romance; que, por cierto, luego resultó como tantas otras veces, completamente pasajero dada la volubilidad de ambos protagonistas.
Bien aleccionado yo, tanto en lo que debía de decir como de hacer, pero rogándoseme con un principio de desconfianza que no tratase de propasarme, supe yo suplantarlo con tanta verosimilitud que creo que nunca llegó a saber de aquel provisional cambio la jovencita.
Pasados los años, separados ambos por las circunstancias de la vida en sí, yo me casé en las islas Canarias con una canaria y cuando ella, Margarita, conoció en Galicia a los míos, se confundió una y varias veces con mi hermano gemelo Fernando, tomándolo por mí.
Y cuando ya nació nuestra primogénita y el matrimonio con ella llegamos a Vigo en barco, Fernando nos esperaba en el muelle y Margot, que ya contaba casi un año de edad, retozaba en blos brazos maternos y al ver a mi gemelo en tierra, frente a ella y acercándose a medida que el navío atracaba y la llamaba por su nombre, lo saludaba a su vez con parloteos y gorgoritos de "¡ Papá!...¡Papá!" y gracioso movimiento de manos, creida, naturalmente, que era yo. En tanto que otros pasajeros se admiraban y, sobre todo un matrimonio italiano que viajaba con nosotros y no se cansaban ambos de exclamar en el colmo de la admiración algo así como "¡Fratelo llemelo!...Maraviloso", yo, pasados unos minutos toqué a la niña en un hombro buscando su atención pra que me mirase, diciéndole
_ ¡Cacó!... Papá soy yo; mírame.
La niña me miró, miró al Fernando sonriente enfrente, arrugó el ceño, hizo unos pucheritos fruniendo cejas y los labios y rompió a llorar con desconsuelo, abrazada al cuello de su madre porque no entendía lo que estaba viendo.
Y, ciertamente, costó bastante trabajo para que dejase entonces de confindirnos a padre y tío.
Y, años más tarde, con nuestro hijo Carlos ocurrió algo parecido porque, niño bastante retraído cuando pequeño, ya en la crianza no consentía de buen grado que se le suministrase la papilla a cucharadas si no éramos su madre o yo; y, sin embargo, por confundirnos, aceptó que Fernando lo hiciese en mi lugar sin ofrecer resistencia alguna.
Fuera del estricto ámbito familiar ocurría en numerosas ocasiones lo mismo. Yo terminé por acostumbrarme a que cuando me desplazaba a Galicia, en el entorno afectivo y familiar muchas veces se me saludase, se me hablase tomándome por Fernando y ya ni trataba de deshacer el error, salvo que fuese precisa la debida identificación, naturalmente.
Cuando a principios de los años sesenta en Canarias solicité el perceptivo permiso de conducir, despues de haber efectuado con éxito las pertinentes pruebas teórico prácticas de aptitud que me capacitaban para ello, en la agencia que me gestionaba el asunto, me llamaron cierto día y se me reprochó el que solicitase el dichoso carnet si, según las oficinas centrales de tráfico yo ya lo poseía. Yo protesté de aquella tonta suposición y me mantuve en que aquello tenía que ser un error burocrático administrativo, por lo que en Tráfico, si bien me atendieron en la reclamación, insitieron en que yo, de tales y tales apellidos, hijo de Cándido y de Mercedes, nacido en La Coruña en tales y tales fechas ya tenia carnet de conducir. Bueno; había en la correcta información un solo pequeño detalle o despiste que no concordaba con el resto. Que en el nombre, en lugar de Carlos decía Fernando.
¡ Acabáramos, hombre !... Mi hermano Fernando era el que ya disponía de el dicho carnet de conducir y no yo.
Pero aún hay más. En La Coruña, gentes de Canarias que me conocen y tratan, han confundido a mi hermano gemelo Fernando con migo sin ninguna dificultad. En cierta ocasión la esposa de un amigo nuestro lo saludó y abrazó en plenos Cantones coruñeses y bromeó con él tomándolo por mí, hasta que se deshizo el entuerto.
Y a mí, en plena calle Mayor de Triana, estando crioseando los escaparates de la librería Rexach cierta vez una joven y desconocida damita medio me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas en tanto que su acompañante, un apuesto oficial del ejército me saludó con un frío y distante "¡ Hola, Platero !"; aunque, después de haberse mantenidio por unos instantes de sabor sainetesco el equícoco, yo, advertido de la confusión, hube de enseñar mi documento de identidad para que la pareja se convenciese de que se había confundido de persona, con claro desencanto de ella que se quedó algo cortada y ruborosa y sin embargoél más distendido y amable medio acabó insinuando que Fernando alguna vez en La Coruña habhía sido causa de algún asomo de celos, aunque a decir verdfad la cosda no había pasado jamás a mayores. Eso creía él al menos, dijo.
En el año de 1979, viajando Fernando con su socorrido Seat 600 y en el desempeño de su profesión de Agente Comercial por Burgos en una jornada de nieve, hielo y frío sufrió un terrible accidente de circulación que le pudo costar la vida y le significó que hubiese de convivir para los restos con una placa de plata colocada en un frontal de su cráneo. Pues, tan solo unos días antes yo, en Canarias, tuve un accidente laboral del que escapé milagrosamente sin secuelas posteriores.
Ciertamente que al igual que nuestros otros hermanos, posiblemente por herencia paterna, nos quedamos calvos y encanecimos siendo relativamente jóvenes ambos gemelos.
En la época de la edad madura, la propia de empezar a perder la dentadura, nos ocurrió a los dos casi al mismo tiempo pero, además, por causa de una especie de piorrea seca, tan solo la dentadura de la mandíbula superior.
De unos años para acá, tanto Fernando como yo venimos padeciendo una cierta insuficiencia cardíaca derecha que hace que se nos hinchen los tobillos con mucha frecuencia y se nos ha extendido en ambas piernas una característica mancha como de color de pulpo, clara muestra de dicha insuficiencia, por lo que yo al menos he de llevar siempre correctoras medias elásticas, que a él se le habían recomendado también.
Aunque Fernando, como más crédulo de la Astrología que yo, siempre dijo que, como "Piscis" que somos, nuestros mayores males nos tendrían que venir por los pies. Ciertamente, siempre los hemos tenido como la parte más delicada de nuestros cuerpos. La suprema gravedad mortal, a él sin embargo le ha venido por desgracia a través del pulmón.
EL CASO DE ARENCIBIA Y LOS GEMELOS
Uno de los muchos equívocos que en nuestra vida hemos ocasionado los gemelos fue el ocurrido con mi amigo Arencibia y Fernando.
Arencibia es un veterano compañero mío de tareas laborales de mantenimiento de Aeronaves en la Base Aérea de Gando. Militar él y civil yo, al que conocí ya al poco tiempo de mi llegada a estas islas Canarias, hace la tira de años, como dice ahora la juventud.
Pues bien, hace ya algún tiempo, siendo el amigo Arencibia teniente del Ejército del Aire y como especialista, mecánico de vuelo, destinado entonces circunstancialmente por las Bases Aéreas de Salamanca o de León o algo así, en un determinado servicio formó parte de la tripulación de un avión, creo recordar que de los conocidos en la jerga aeronáutico como los "apagafuegos" que hubo de sdesplazarse en servicio al aeropuerto coruñés de Alvedro permaneciendo allí varioas jornadas. Por lo que, en una bonacible mañana primaveral él y dos miembros más del equipo se acercaron a la ciudad en la que "nadie es forastero" y al estar paseando por la Calle real, junto a su intercesión con Los Cantones ocurrió que delante de ellos, como casi siempre muy peripuesto y un tanto despistado caminaba mi hermano Fernando, al que Arencibia, como no podía ser menos, confundió conmigo aunque hacía ya algún tiempo que no nos veíamos. Y en tono coñón, sin alzar para ello mucho la voz, llamó:
_ ¡ Pss, pss !... Platero.
Y Platero volvió la cabeza; aunque, extrañado no vió a nadie conocido en las cercanías, por lo que continuó su espaciado paseo.
_ ¡ Pss, pss !... ¡ Plateeero !
Fernando se paró en su caminar. Se volvió de nuevo. Observó a aquel hombretón de mediana edad que le pareció le sonreía y, claro, dijo lo clásico en tales ocasiones
_ ¿Es a mí?...
_ Pues claro, Platerito. Coño, ¿ que pasa ?... ¿Que como estás en tu tierra y en tu ciudad ya no conoces a nadie?
Mi gemelo estrechó la mano que se le tendía y aún las de los otros dos hasta entonces silenciosos acompañantes de aquel hombre que tan campechano lo saludaba porque sin duda se conocían, pero al que no lograba reconocer de entre por otra parte sus muchas amistades.
No obstante Fernando aceptó riendo la sugerencia de tomarse por allí cerca, en la calle de Los Olmos y luego en la de La Galera unos vinitos "de esos tan buenos de tu tierra y en taza".
Y en tanto se encaminaban a uno de los muchos bares de aquellas concurridas calles, Fernando se estrujaba la mente intentando en vano identificar a aquel jovial individuo. Hasta que Arencibia, tomándolo del brazo ante uno de aquellos lustrosos mostradores le dijo algo así como que "¡ Anda que si cogemos esta calle llena de bares en Gando!" y se reía.
Algo como una luz de comprensión se le encendió dentro a mi gemelo.
¡Gando!... Por mí, sabía donde estaba Gando y lo que significaba. Aquel hombre que al hablar seseando con un acento diríase que sudamericano, no pronunciaba las ces ni las cetas, era un canario, y conocido, y a lo que se advertía, también amigo de Carlos que entonces estaba destinado en la Base Aérea de Gando, en la isla de Gran Canaria.
Cuando explicó la confusión habida, ante el jolgorio de sus acompañantes, el amigo Arencibia al principio aún creyó que era una broma de aquel al que juraría que era yo, pero hubo de rendirse a la evidencia cuando mi gemelo, como en anteriores ocasiones parecidas, acabó enseñando su propio DNI.
Como bien es de suponer, una vez deshecho el entuerto o gracioso equívoco, prosiguió más alegre y barullero el tasqueo, que bueno era mi hermano Fernando y posiblemente también Arencibia para renunciar a ello en aquella jornada de asueto.
Y en cuanto Arencibia retornó a Canarias y tuvo ocasión de verme, me contó la anécdota, que Fernando hubo de refrendar posteriormente.
LO ULTIMO DE EQUIVOCOS DE MI GEMELO Y YO
En anteriores anotaciones de estas mis ocurrencias vivenciales he dejado constancia de alguna de las muchas que con respecto al parecido habido siempre entre mi hermano gemelo y yo nos han sucedido.
Las últimas, y digo bien cuando digo aquí las últimas, es de suponer que sean las referentes a lo sucedido en derredor de su casi repentino fallecimiento.
Confieso que aún sin dentro de mí querer asumir en plenitud la tremenda realidad, en el pasado mes de febrero, justo cinco días antes de ambos cumplir años, llamado con toda urgencia por mis otros hermanos hube de recorrer en raudo vuelo de más de dos mil quinientos kilómetros, con forzosa escala en Madrid la distancia que separa a Canarias de Galicia y me presenté en la vivienda familiar de "As Pedregueiras" en que mi hermano gemelo estaba esperándome de cuerpo presente para ser enterrado al siguiente día. Llegué compungido, embargada mi alma de dolor, de una absoluta y amarga tristeza y dispuesto en mi fuero interno a perocurar no ver con mis hojos aquel cuerpo ya cadáver con la rigidez de la muerte, aquel rostro que se iba tornando marmoleo y que era como un reflejo del mío, como mi sosias, al decir de las gentes que nos conocieron.
Ciertamente, dado como estaba amortajado y cubierto por un transparente cristal, pese a mi propósito no puede evitar unos sollozos salidos del alma al contemplar aquellas facciones que hasta con la barba entrecana se me asemejaban de manera extraordinaria.
Ya más calmado, resignado y embargado por la emoción, después de musitar allí mismo una oración por su alma, comencé a darme cuenta de que, una vez más se nos confundía, en esta ocasión al vivo con el muerto y viceversa.
Todavía yo un tanto aturdido y dominado por la emoción del momento, en el porche de la entrada contemplaba la amplia panorámica del paisaje de verdor, pinos y prados que se extendía a mi vista, tan familiar siempre a pesar de los muchos años de ausencia, cuando un joven, para mí totalmente desconocido despues de abrir la ancha cancela metálica de acceso a la finca, se acercó a grandes zancadas, se detuvo de pronto, me miró sorprendido, me saludó con un murmullo ininteligible y ante mi gesto ausente, carente de reconocimiento pasó raudo a mi lado y, según luego se me contó, se adentró por el pasillo hasta la gran cocina en que mi hermana Elena y Rosa la asistenta procuraban atender lo mejor posible a algunas personas amigas que acudieran ya para acompañarnos en el duelo; y prenguntó, completamente asombrado y un tanto suspenso:
_ Pero, ¿ Y luego, yo no venía para el duelo de Fernando?...
- Pues claro que sí. -se le contestó.
Y el joven aquel con gesto de desconcierto repuso estupefacto.
- ¡ Pero si yo acabo de ver a Fernando ahí de pié, en la entrada!
La misma inicial estupefacción que reflejaron luego los rostros de otros vecinos y aún una de mis sobrinas, a pesar de que sabía bien que yo era yo y el fallecido el tío Lalo, el "chistero".
Y alcancé a verlo en los ojos, en la expresión primera, luego reprimida de algunas de las muy numerosas personas que nos acompañaron a mis hermanos y a mí tanto en el prolongado duelo como luego en el multitudinario acto del traslado del difunto al cementerio, en la misa de "córpore insepulto", en el triste trance final del enterramiento en si de mi gemelo en el panteón familiar de Rairiz, junto a su padre y a su madre, nuestros queridos y siempre recordados progenitores.
Y aún lo mismo o muy parecido sucedió al día siguiente en que una joven vecina amiga de la familia, ausente en las fechas inmediatamente anteriores, en cuanto se enteró del aciago suceso acudió rauda a dar su más sincero y doliente pésame; y que al divisarme cuando a los timbrazos acudía a abrir la puerta de entrada, con la particularidad añadida de que me había quitado en aquellos instantes las gafas que uso siempre, por lo que el parecido de los dos gemelos fue más notable a pesar de ser yo bastante más grueso que Fernando. Aquella joven señora, al verme frenó en seco sus apresurados pasos y por unos segundos su desconcierto y confusión fueron palpables.
Me coloqué de nuevo las gafas sobre la nariz y con cristiana resignación acepté el consabido saludo de condolencia sincera.
Las Palmas de Gran Canaria, abril de 1999.
24 de septiembre de 2008
LOS ORIGENES HISTORICOS DE LA CIUDAD ALTA.
Para intentar desvelar algo más acerca de los orígenes de la Ciudad Alta, habrá de partirse de la base de que por ser una barriada urbana o conjunto de urbanizaciones barriales de apenas medio siglo de existencia, carece de tradiciones orales o escritas, de historia en sí. Porque, lo que por aquí se estuvo haciendo, salvo alguna muy ligera excepción, fue sobre una tierra vacía, un extenso erial desierto que formaba parte de un brumoso Cortijo de Las Escaleritas del que casi nada se sabe, que fue en el último cuarto del siglo pasado adquirido al Estado por diversos compradores y fraccionado en varios lotes, pasando en poco tiempo de unas a otras manos hasta acabar una parte en manos de la familia Schamann y la otra en poder del Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria con unos programas sociales oficiales de viviendas protegidas, de las conocidas popularmente como casas baratas. Y el nuevo vecindario que por las incipientes urbanizaciónes se estuvo conformando procedía, como de aluvión, de otros lugares, de otras barriadas como la Isleta y, sobre todo de San Roque, San José, San Nicolás... que tan solo por necesidad accedieron a residir en estos terrenos polvorientos, eriales hasta hacía poco sembrados en parte de tomateros y en las hondonadas o vaguadas de frondosas plataneras, que no atraían precisamente la atención de los posibles curiosos con pretensiones de indagar en un hipotético desinteresado pasado.
No obstante, alguna noticia hubo que aún es posible de rescatar, sobre los tiempos pretéritos de las zonas de estos actuales Distritos VI y VII capitalinos palmenses grancanarios.
Dejaron dicho algunos historiadores, que cuando el último Guanarteme de Gran Canaria fue llevado a la Corte de Castilla y bautizado en Calatayud con el padrinazgo de los Reyes Católicos como Fernando Guanarteme de Guayedra, se le concedieron, a petición propia y como propiedad a perpetuidad los "riscos y dehesas para criar ganados llamados de Guayedra"; y a los otros que le acompañaban, "consedieron el Aumastel, la Ysleta y la costa del mar llamada Guadharteme serca del puerto"; lugares todos ellos en la actualidad con importantes yacimientos arqueológicos, "in situ" o por sus cercanías, lo que demuestra haber sido destacados centros habitables aborígenes. Corroborado todo con el descubrimiento y exploración de dichos yacimientos, sobre todo los de La Isleta, tales los de las Cuevas de los Canarios, la Punta de la Sepultura Antigua, la necrópolis de malpais de Las Coloradas, etc.
El historiador teldense Marín de Cubas alrededor del año de 1687 facilitó en su día una noticia, al parecer desconocida, ignorada por los cronistas e historiadores que le precedieron y que resultó un tanto intrigante y sorprendente pues informó que, cuando lo del desembarco de Juan Rejón en el verano de 1478, con tropas castellanas, para efectuar la conquista definitiva de la Gran Canaria, "la primera iglesia de el Real de Las Palmas fue San Antón; que era el designio que fuese San Juan Bautista; mas los castellanos que iban por espías hallaron en unas casas canarias, cerca de La Isleta, tapiadas, ciertas hechuras de imágenes, dos o tres, dicen, mas la que trajeron al Dean Bermúdez fue San Antonio Abad, dorado y algo apolillado, que hoy está en la parroquia de Teror".
Si ello fue rigurosamente cierto, las "casas canarias" deberían de estar, poco más o menos entre lo que es hoy la Loma del Ingeniero Salinas y el Club Náutico, por donde se erigieron consecutivamente en el tiempo una primera, segunda y tercera ermitas dedicadas a Santa Catalina de Alejandría, muy cercanas a lo que pasando los siglos fue Escaleritas. Pero aún hay más:
También fueron los primeros historiadores canarios quienes informaron reiteradamente de una ermita, la dedicada a Santa Catalina, que sustituyera a otra anterior erigida por misioneros mallorquines en el siglo XIV, levantada próxima al litoral, sobre una punta de tierra y al borde del camino serpenteante que era la única comunicación existente entre Las Isletas y el Real y caserío de Las Palmas y que discurría por terrenos arenosos en unas partes, agrestes en otras y a tramos cubiertos con variada vegetación autóctona muy característica de la zona, sobre todo en las desembocaduras de los barranquillos que por allí desaguaban en el mar. Toda aquella especie de páramo, convertida con el tiempo en eriales, huertas o campos de labranza de las afueras de la muralla del norte de la ciudad.
El polígrafo de las letras isleñas Agustín Millares Torres relató que, cuando se allanó por el año de 1703 el llamado cerro de Santa Catalina frente a Las Isletas para construir allí la batería defensiva de San Felipe, se descubrieran tres sepulturas de aborígenes, a las que por estar muy bien protegidas no había llegado a penetrar tierra ni piedras, porque los canarios, "si no tenían cuevas abrían bóvedas en el suelo o sobre la cima de las montañas y las cubrían cuidadosamente con lajas".
Tal información contribuye a la presunción ya establecida de que por los alrededores de aquella segunda ermita, en el pasado hubo, además del enclave de la primera, un asentamiento de población indígena prehispánica.
En la crónica de la Conquista de Gran Canaria atribuida a un Alonso Escudero, en alguno de sus añadidos o interpolaciones posteriores con noticias que llegaban hasta el siglo XVII, en el capítulo XIX se decía entre otras cosas, que, "... por codicia de palos de buena madera, en las Isletas han descubierto muchas casas y sepulcros llenos de estos mirlados", con lo que se estaba refiriendo a sepulturas conteniendo numerosas momias, recubiertas de maderas, sin duda procedentes de las cercanías.
En el Barranco de Guanarteme, a la altura de Las Torres, en el tramo conocido como Hoya del Paso ocupado actualmente por instalaciones militares de La Marina, existe un complejo arqueológico con cuevas funerarias y cuevas viviendas, túmulos y cistas de distintas dimensiones, en los que tras las perceptivas excavaciones se encontró diverso material lítico como un acha, un mortero y varias muelas de molino, así como material cerámico compuesto de varias asas tropezoidales y perforadas con picos, fragmentos de platos, vasijas, etc., decorados en ocre, sellos pintaderas, una figurilla fálica y también un esqueleto humano, todo ello entremezclado con granos de trigo carbonizados, piezas dentarias de ganado cabrío y numerosas patellas; material aborígen reconocido a mediados del presente siglo por el investigador y periodista Sebastián Jiménez Sánchez.
Y por último, si no en la misma zona si cercano, existe el yacimiento arqueológico localizado en el Lomo de San Gregorio, por el noroeste de Tamaraceite, donde aún no hace muchos años se exploraron una serie de cuevas labradas en la roca, que de siempre se han considerado obra y habitáculo de los aborígenes canarios. Allá por el año de 1958, el investigador y por entonces Comisionario provincial de Excavaciones Arqueológicas Sebastián Jiménez Sanchez, localizó en una de las paredes de aquellas cuevas un hacha de piedra excepcional.
Para intentar desvelar algo más acerca de los orígenes de la Ciudad Alta, habrá de partirse de la base de que por ser una barriada urbana o conjunto de urbanizaciones barriales de apenas medio siglo de existencia, carece de tradiciones orales o escritas, de historia en sí. Porque, lo que por aquí se estuvo haciendo, salvo alguna muy ligera excepción, fue sobre una tierra vacía, un extenso erial desierto que formaba parte de un brumoso Cortijo de Las Escaleritas del que casi nada se sabe, que fue en el último cuarto del siglo pasado adquirido al Estado por diversos compradores y fraccionado en varios lotes, pasando en poco tiempo de unas a otras manos hasta acabar una parte en manos de la familia Schamann y la otra en poder del Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria con unos programas sociales oficiales de viviendas protegidas, de las conocidas popularmente como casas baratas. Y el nuevo vecindario que por las incipientes urbanizaciónes se estuvo conformando procedía, como de aluvión, de otros lugares, de otras barriadas como la Isleta y, sobre todo de San Roque, San José, San Nicolás... que tan solo por necesidad accedieron a residir en estos terrenos polvorientos, eriales hasta hacía poco sembrados en parte de tomateros y en las hondonadas o vaguadas de frondosas plataneras, que no atraían precisamente la atención de los posibles curiosos con pretensiones de indagar en un hipotético desinteresado pasado.
No obstante, alguna noticia hubo que aún es posible de rescatar, sobre los tiempos pretéritos de las zonas de estos actuales Distritos VI y VII capitalinos palmenses grancanarios.
Dejaron dicho algunos historiadores, que cuando el último Guanarteme de Gran Canaria fue llevado a la Corte de Castilla y bautizado en Calatayud con el padrinazgo de los Reyes Católicos como Fernando Guanarteme de Guayedra, se le concedieron, a petición propia y como propiedad a perpetuidad los "riscos y dehesas para criar ganados llamados de Guayedra"; y a los otros que le acompañaban, "consedieron el Aumastel, la Ysleta y la costa del mar llamada Guadharteme serca del puerto"; lugares todos ellos en la actualidad con importantes yacimientos arqueológicos, "in situ" o por sus cercanías, lo que demuestra haber sido destacados centros habitables aborígenes. Corroborado todo con el descubrimiento y exploración de dichos yacimientos, sobre todo los de La Isleta, tales los de las Cuevas de los Canarios, la Punta de la Sepultura Antigua, la necrópolis de malpais de Las Coloradas, etc.
El historiador teldense Marín de Cubas alrededor del año de 1687 facilitó en su día una noticia, al parecer desconocida, ignorada por los cronistas e historiadores que le precedieron y que resultó un tanto intrigante y sorprendente pues informó que, cuando lo del desembarco de Juan Rejón en el verano de 1478, con tropas castellanas, para efectuar la conquista definitiva de la Gran Canaria, "la primera iglesia de el Real de Las Palmas fue San Antón; que era el designio que fuese San Juan Bautista; mas los castellanos que iban por espías hallaron en unas casas canarias, cerca de La Isleta, tapiadas, ciertas hechuras de imágenes, dos o tres, dicen, mas la que trajeron al Dean Bermúdez fue San Antonio Abad, dorado y algo apolillado, que hoy está en la parroquia de Teror".
Si ello fue rigurosamente cierto, las "casas canarias" deberían de estar, poco más o menos entre lo que es hoy la Loma del Ingeniero Salinas y el Club Náutico, por donde se erigieron consecutivamente en el tiempo una primera, segunda y tercera ermitas dedicadas a Santa Catalina de Alejandría, muy cercanas a lo que pasando los siglos fue Escaleritas. Pero aún hay más:
También fueron los primeros historiadores canarios quienes informaron reiteradamente de una ermita, la dedicada a Santa Catalina, que sustituyera a otra anterior erigida por misioneros mallorquines en el siglo XIV, levantada próxima al litoral, sobre una punta de tierra y al borde del camino serpenteante que era la única comunicación existente entre Las Isletas y el Real y caserío de Las Palmas y que discurría por terrenos arenosos en unas partes, agrestes en otras y a tramos cubiertos con variada vegetación autóctona muy característica de la zona, sobre todo en las desembocaduras de los barranquillos que por allí desaguaban en el mar. Toda aquella especie de páramo, convertida con el tiempo en eriales, huertas o campos de labranza de las afueras de la muralla del norte de la ciudad.
El polígrafo de las letras isleñas Agustín Millares Torres relató que, cuando se allanó por el año de 1703 el llamado cerro de Santa Catalina frente a Las Isletas para construir allí la batería defensiva de San Felipe, se descubrieran tres sepulturas de aborígenes, a las que por estar muy bien protegidas no había llegado a penetrar tierra ni piedras, porque los canarios, "si no tenían cuevas abrían bóvedas en el suelo o sobre la cima de las montañas y las cubrían cuidadosamente con lajas".
Tal información contribuye a la presunción ya establecida de que por los alrededores de aquella segunda ermita, en el pasado hubo, además del enclave de la primera, un asentamiento de población indígena prehispánica.
En la crónica de la Conquista de Gran Canaria atribuida a un Alonso Escudero, en alguno de sus añadidos o interpolaciones posteriores con noticias que llegaban hasta el siglo XVII, en el capítulo XIX se decía entre otras cosas, que, "... por codicia de palos de buena madera, en las Isletas han descubierto muchas casas y sepulcros llenos de estos mirlados", con lo que se estaba refiriendo a sepulturas conteniendo numerosas momias, recubiertas de maderas, sin duda procedentes de las cercanías.
En el Barranco de Guanarteme, a la altura de Las Torres, en el tramo conocido como Hoya del Paso ocupado actualmente por instalaciones militares de La Marina, existe un complejo arqueológico con cuevas funerarias y cuevas viviendas, túmulos y cistas de distintas dimensiones, en los que tras las perceptivas excavaciones se encontró diverso material lítico como un acha, un mortero y varias muelas de molino, así como material cerámico compuesto de varias asas tropezoidales y perforadas con picos, fragmentos de platos, vasijas, etc., decorados en ocre, sellos pintaderas, una figurilla fálica y también un esqueleto humano, todo ello entremezclado con granos de trigo carbonizados, piezas dentarias de ganado cabrío y numerosas patellas; material aborígen reconocido a mediados del presente siglo por el investigador y periodista Sebastián Jiménez Sánchez.
Y por último, si no en la misma zona si cercano, existe el yacimiento arqueológico localizado en el Lomo de San Gregorio, por el noroeste de Tamaraceite, donde aún no hace muchos años se exploraron una serie de cuevas labradas en la roca, que de siempre se han considerado obra y habitáculo de los aborígenes canarios. Allá por el año de 1958, el investigador y por entonces Comisionario provincial de Excavaciones Arqueológicas Sebastián Jiménez Sanchez, localizó en una de las paredes de aquellas cuevas un hacha de piedra excepcional.
CUANDO SE DIJO “¡HÁGASE LA LUZ!” EN LAS PALMAS
(algunas notas sobre los principios del alumbrado eléctrico público, primero de petróleo, en Las Palmas, Gran Canaria)
por Carlos Platero Fernández
Yo he leído en alguna parte, u oído a alguien que ahora mismo no recuerdo (¿acaso en unas "Noticias" de Juan Zamora, cronista que fue de la ciudad aruquense, o de viva voz oído a mi buen amigo el cronista actual Pablo Policarpo de Jesús Vélez?) quien fue, que la primera localidad de Gran Canaria que se iluminó con la luz eléctrica de servicio público fue la de Arucas allá por el año de 1894 y concretamente en el conocido ya entonces como Ingenio de San Pedro y que quien dirigió los trabajos de instalación fue el ingeniero Francisco Pons traído exprofeso de la Costa Brava. Aunque supongo que a aquellas instalaciones deberá en realidad de considerárselas como de un servicio estrictamente particular, para las instalaciones del citado ingenio de caña para confeccionar el ron.
Sea como fuere, aquella novedosa instalación eliminó por fin a los tétricos y antañones faroles de "belmontina" o "pretóleo", como se le decía entre el pueblo.
En el mes de junio de 1899, parece ser que exactamente por la tarde del dìa 10, dos años después de la llegada del cinematógrafo a las Palmas de Gran canaria, se inauguró la primera fábrica de Electricidad de la ciudad que entonces estaba regida por el alcalde de la Restauración o, mejor dicho, de la Regencia Fernando Delgado Morales que lo era en segunda ocasión, desde el 27 de julio de 1898 y llegaría en el cargo al menos hasta el año siguiente o, según algunas informaciones hasta el 19 de abril de 1901. De este alcalde se cuenta con respecto a esto de la inauguración de la luz eléctrica o alumbrado público en la ciudad, que estaba tan entusiasmado y emocionado en el momento de conectar la palanca o interruptor que iba a obrar el milagro de iluminar las noches palmenses, que al accionarla y gritar un estentóreo y vibrante "Flash lux", mejor un "¡Hágase la luz!", el artilugio se rompió; aunque, el percance fue subsanado de inmediato y, desde luego, la luz se hizo.
La primitiva y un tanto rudimentaria instalación de aquella inicial fábrica de la luz debió de consistir esencialmente en una dinamo accionada por un motor impulsado por gas pobre; algo parecido a lo que ya estaba en funcionamiento en Santa cruz de La Palma.
Uno de los prohombres que más denodado trabajó en el empeño progresista de instalar la luz eléctrica en Gran Canaria fue el isleño Eusebio Navarro Ruiz, que había estudiado en parís durante varios años y que falleció joven, a los 45 de edad. Era hermano del médico y cronista oficioso más que oficial Carlos Navarro Ruiz, al que como reconocimiento de sus méritos contraídos, la alcaldía recordó y honró a título póstumo dándole su nombre a una calle de Los Arenales, muy próxima a la Plaza de La Feria, en donde se alzó la primera fábrica de electricidad de Las Palmas de Gran Canaria, cuya fachada con su pórtico de frontón neoclásico y su elevada chimenea de ladrillo han sido recogidas en viejas fotografías, localizada justo por detrás de donde ahora se alza el palacio del Gobierno Civil.
(algunas notas sobre los principios del alumbrado eléctrico público, primero de petróleo, en Las Palmas, Gran Canaria)
por Carlos Platero Fernández
Yo he leído en alguna parte, u oído a alguien que ahora mismo no recuerdo (¿acaso en unas "Noticias" de Juan Zamora, cronista que fue de la ciudad aruquense, o de viva voz oído a mi buen amigo el cronista actual Pablo Policarpo de Jesús Vélez?) quien fue, que la primera localidad de Gran Canaria que se iluminó con la luz eléctrica de servicio público fue la de Arucas allá por el año de 1894 y concretamente en el conocido ya entonces como Ingenio de San Pedro y que quien dirigió los trabajos de instalación fue el ingeniero Francisco Pons traído exprofeso de la Costa Brava. Aunque supongo que a aquellas instalaciones deberá en realidad de considerárselas como de un servicio estrictamente particular, para las instalaciones del citado ingenio de caña para confeccionar el ron.
Sea como fuere, aquella novedosa instalación eliminó por fin a los tétricos y antañones faroles de "belmontina" o "pretóleo", como se le decía entre el pueblo.
En el mes de junio de 1899, parece ser que exactamente por la tarde del dìa 10, dos años después de la llegada del cinematógrafo a las Palmas de Gran canaria, se inauguró la primera fábrica de Electricidad de la ciudad que entonces estaba regida por el alcalde de la Restauración o, mejor dicho, de la Regencia Fernando Delgado Morales que lo era en segunda ocasión, desde el 27 de julio de 1898 y llegaría en el cargo al menos hasta el año siguiente o, según algunas informaciones hasta el 19 de abril de 1901. De este alcalde se cuenta con respecto a esto de la inauguración de la luz eléctrica o alumbrado público en la ciudad, que estaba tan entusiasmado y emocionado en el momento de conectar la palanca o interruptor que iba a obrar el milagro de iluminar las noches palmenses, que al accionarla y gritar un estentóreo y vibrante "Flash lux", mejor un "¡Hágase la luz!", el artilugio se rompió; aunque, el percance fue subsanado de inmediato y, desde luego, la luz se hizo.
La primitiva y un tanto rudimentaria instalación de aquella inicial fábrica de la luz debió de consistir esencialmente en una dinamo accionada por un motor impulsado por gas pobre; algo parecido a lo que ya estaba en funcionamiento en Santa cruz de La Palma.
Uno de los prohombres que más denodado trabajó en el empeño progresista de instalar la luz eléctrica en Gran Canaria fue el isleño Eusebio Navarro Ruiz, que había estudiado en parís durante varios años y que falleció joven, a los 45 de edad. Era hermano del médico y cronista oficioso más que oficial Carlos Navarro Ruiz, al que como reconocimiento de sus méritos contraídos, la alcaldía recordó y honró a título póstumo dándole su nombre a una calle de Los Arenales, muy próxima a la Plaza de La Feria, en donde se alzó la primera fábrica de electricidad de Las Palmas de Gran Canaria, cuya fachada con su pórtico de frontón neoclásico y su elevada chimenea de ladrillo han sido recogidas en viejas fotografías, localizada justo por detrás de donde ahora se alza el palacio del Gobierno Civil.
EVITA DUARTE EN CANARIAS
(Anécdotas de su llegada, fugaz estancia y partida)
por Carlos Platero Fernández
Dicen las biografías al uso que de ello se han ocupado, que María Eva Duarte, dama argentina, nació en la localidad de Los Toldos en 1919 y falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1952. Hija de unos emigrantes españoles de condición modesta, se trasladó siendo muy joven a la capital bonaerense donde trabajó durante algún tiempo como cantante de cabaret, actriz de teatro y figuranta de cine. En aquel ambiente conoció al coronel Juan Perón con el que se desposó en el año 1945, siendo él entonces secretario de trabajo y Previsión Social y ella supo defender con ardor y entusiasmo la política obrerista de su marido desde los micrófonos de Radio Belgrano y cuando en junio de 1946 él, elegido por el pueblo inició su mandato presidencial ella colaboró firme con el Gobierno sobre todo por medio de una fundación de ayuda social que llevó su nombre. En 1947 Eva efectuó un triunfal viaje por Europa, pasó por las islas Canarias y en la península Ibérica recibió el homenaje y agradecimiento de las más altas jerarquías del Estado de entonces, con el general Francisco Franco a la cabeza por no haberse sumado la Argentina al bloqueo diplomático decretado por la ONU contra el Gobierno de Madrid. Eva Duarte de Perón, aprovechando su popularismo entre el pueblo argentino, que la adoraba, trató de presentar su candidatura a la vicepresidencia de la nación en las elecciones de 1951, pero no llegó a hacerlo pues atacada por la leucemia, su muerte fue un duro golpe para el régimen peronista. Escribió un libro autobiográfico que tituló "La razón de mi vida", publicado en 1951, que tuvo una gran acogida entre el público de la época. Su cuerpo embalsamado y momificado sufrió posteriormente algunos ingratos avatares, hasta que su recuerdo se ha ido esfumando en el tiempo.
En las generaciones actuales, si se le evoca alguna vez es más bien por la famosa ópera "Evita", con algunos trozos musicales muy pegadizos al oído y que hace unos cuantos años se vertió al cine en una discreta película protagonizada por la cantante norteamericana Madonna y el español Antonio Banderas.
Y todo esto lo he evocado yo en estas pasadas fechas porque, como suele ocurrir con bastante frecuencia, hace unos días me llamaron por teléfono de una emisora de radio, esta vez y ya van varias, era la joven periodista Elena Falcón, de la emisora Onda Cero de la SER en Tenerife. Por cierto que, valga aquí el inciso, en esta faceta de "es usted el que más sabe de Canarias", de que es sabido que poseo una buena cartera como documentalista e investigador de la cosa canaria, se me suele llamar más de la prensa y de la radio y aún de la televisión de la isla hermana que de esta misma localidad grancanaria donde resido desde hace más de medio siglo y necesariamente se me conoce mejor y se sabe de mi existencia. Por algo será; y cierro el inciso.
Se me preguntó si yo podría comentar algo en un programa que estaba a desarrollarse sobre Eva Duarte de Perón y su estancia en Canarias.
Pues sí, hube de contestar. Ciertamente, entre mis muchas fichas conservo una con algunas notas, dedicada a la tal efeméride. Así fue que, además de facilitar a la locutora algunas direcciones de contacto para el tema como por ejemplo la de la Residencia en que se acoge mi veterana compañera de tareas laborales en Gando Dora martín, que por aquel entonces era regidora de Coros y danzas de la Sección Femenina o algo parecido y la de un veterano periodista, escritor e historiador como Miguel Jiménez Marrero que en su tomo II de su interesante obra "Crónica de medio siglo (1931-1961) hace referencia al tema. Dora si atendió el requerimiento de la citada emisora, aunque al periodista parece ser que no lograron localizarlo y fue suplido por el actual Cónsul de la Argentina en Canarias.
La improvisada reducida tertulia radiofónica con el tema de la visita de Eva Duarte de Perón a Canarias se desarrolló con duración de cerca de una hora de amena charla entre los contertulios y la ya citada moderadora Elena Falcón, esta misma mañana de 25 de abril de 2001 y en ella yo aporté los comentarios que tomados mayormente en su día de la prensa local de la época y de algunas informaciones orales recabadas asimismo años ha, fueron los siguientes:
Eva María Duarte de Perón, primera dama argentina llegó al aeropuerto internacional de Gando, en Gran Canaria, el domingo día 8 de junio de 1947, alrededor de las nueve de la mañana y procedente de la localidad, entonces colonia española africana de Villa Cisneros, donde había hecho escala técnica el avión de Iberia, un Douglas DC-4, en vuelo de Argentina a España y al que seguía o acompañaba uno de características similares perteneciente a la Flota Aérea Mercante Argentina, escoltados ambas aeronaves por dos escuadrillas de aviones de caza, los "Fiat 32" reliquias de la pasada contienda nacional y que habían despegado del adjunto aeródromo de gando para tal fin.
En la prensa grancanaria, creo que en el periódico "Falange" de aquel día primaveral apareció publicado un madrigal de bienvenida a la egregia dama argentina que decía : Desde la tierra argentina / en Pegasso volador / con embajada de amor / vuela una flor peregrina. / Al ver su frente inclina / y extiende su capa el sol / nimbando en vivo arrebol / a la flor embajadora... / Así es España, Señora / y el caballero español., que tanto le gustó a la periodista cuando se la leí en la conversación previa a la tertulia, que lo copió literalmente y luego fue muy bien declamado el poema; que me figuro debió de salir de uno de aquellos poetas o escritores y periodistas locales cuales Luis Benítez Inglott, Luis Doreste Silva, Pedro Cullen del Castillo, Ignacio Quintana Marrero, Eduardo Carque Gil, Bernardo Doreste Medina, Antonio de la Nuez Caballero y el sacerdote Juan Alonso Vega que por la fecha publicaban sus comentarios alusivos en "Falange", "Diario de Las Palmas" o "La provincia" entonces me parece que vespertino.
Acompañaban desde las tierras continentales africanas a Evita el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo y el general Franco Salgado, siendo recibida en la isla por el Capitán General de Canarias teniente general García Escamez, los gobernadores civiles de Tenerife y las Palmas y los alcaldes de Las palmas de Gran Canaria y de la ciudad de La Laguna tinerfeña.
A los pocos momentos de su arribada, Eva Duarte saludó a todos a través de los micrófonos y altavoces instalados al efecto con el expresivo mensaje, dada su defensa denodada del feminismo entonces aún poco activo: "Envío un abrazo a todas las mujeres españolas. Yo les traigo un mensaje de amor y de paz.¡Viva España!". Y aún añadiría luego, después de pasar revista a la tropa que le rendía honores y saludar a la bandera española: "¡Que emoción tiene esta bandera para mí!".
Curiosamente, me encontré en las referencias periodísticas, con que la entrada en la ciudad, la primera dama argentina y sus acompañantes efectuaron su entrada en la ciudad palmense por la carretera del Centro o de Tafira pues junto al famoso "árbol bonito" cercano al colegio de religiosas salesianas, Eva Duarte pasó a ocupar un coche descubierto adecuadamente engalanado para la ocasión. Y la comitiva, siempre aplaudida por una ingente multitud efectuó su recorrido pasando por la plaza de Santa Ana ante la catedral y las calles de Obispo Codina, Muro, principio de General Bravo, Malteses, Triana, Parque de San Telmo, Venegas, Plaza de La Feria donde se dió la vuelta retornando por León y Castillo hasta subir Bravo Murillo y hacer un alto en el edificio del Cabildo Insular, en cuyo interior se había habilitado una transmisión telefónica con Buenos Aires, por lo que Evita pudo hablar por unos minutos con su esposo el presidente. Del hecho surgió luego aquel episodio humorístico que se estuvo contando por algún tiempo, que decía que Juan Perón le dijo al final del diálogo mantenido entre ambos aquello de: "Saluda muy efusivamente de mi parte al General Franco, a su digna esposa y al pueblo español", que terminó con un "Y vos Evita besos y abrazos", sin la coma prosódica y ortográfica que debería de llevar.
A la salida del palacio del Cabildo Insular, de entre la multitud que la vitoreaba y aplaudía se destacó una anciana con dos niñas pequeñas que le ofrecieron a Eva Duarte unos ramos de flores que ella agradeció vivamente emocionada.
Luego el cortejo continuó por las calles de Pérez Galdós, plaza de San Bernardo, General Bravo, Muro, Puente de Piedra y Obispo Codina hasta la Catedral a cuyas puertas le aguardaba la curia isleña con el obispo Pildáin al frente, que Saludó muy afectuoso a la gentil dama. Allí sucedió la anécdota de que como quiera que Eva Duarte dejase inadvertidamente su gran sombrero o pamela con que se tocaba en el coche, una joven de las que componían el grupo folclórico que la recibía con sus canciones y bailes, le facilitó gentilmente su velo, velo que ella devolvió con frases de agradecimiento; no una mantilla canaria como se especuló luego, pero que bien se observaba que no fue así viendo unas fotos de la época, en tanto aquel fausto día se oía misa en la susodicha catedral. Al sagrado templo, Eva Duarte de Perón, accedió bajo palio, agasajo destinado por la iglesia entonces tan solo muy de cuando en cuando a algún destacado personaje y que, precisamente dos escasos años más tarde, el mismo obispo Pildain negó al mismísimo Jefe del Estado General Franco cuando a su vez visitó de forma oficial las islas Canarias. Las varas del palio, en aquella ocasión fueron portadas por el Ministro, el Capitán General, los dos gobernadores civiles y los dos alcaldes capitalinos y demás destacadas autoridades asistentes.
Sobre el medio día, la primera dama argentina y todo su séquito regresaron a Gando por donde habían venido siendo saludados todos con cierto júbilo y un mucho de novelería por el público que se aglomeraba en los bordes de la carretera y en las aceras de las calles de los lugares habitables que cruzaban como Tafira, Marzagan, Jinamar y Telde.
Ya de nuevo en el coquetón y recientemente inaugurado aeropuerto de Gando se almorzó en las instalaciones hoteleras de que allí se disponía y en el transcurso del banquete se sucedieron los discursos, los brindis y los obsequios de artículos de artesanía canaria, animado todo el evento por una rondalla de coros y danzas, a la cual dió al final como propina la misma Eva la cantidad de unos mil pesos argentinos que entonces tenían su valor.
A las dos de la tarde, en el mismo avión de las líneas aéreas Iberia y con el mismo protocolo que por la mañana partió la esposa del presidente argentino con destino a Madrid en donde iba a ser recibida a pie de escalerilla por el Jefe del Estado español y esposa.
En Canarias, como huella más inmediata y destacada del paso de Eva Duarte de Perón, el mismo día de su corta pero activa y movida estancia llegó al Puerto de La Luz el vapor argentino "Río de Santa Cruz", de unas tres mil y pico de toneladas, que antes de proseguir ruta hacia Italia con un cargamento de una partida de latas de atún en conserva dejó aquí casi quinientas cajas embaladas con carne de tocino y exactamente 6.414 sacas de carne seca de la Argentina, que habrían de seguirse con otros cargamentos de lo mismo y de harina de maíz, de jabón común y otros artículos de primera necesidad, generosa aportación del pueblo argentino al pueblo canario, al pueblo español hermano.
Por otra parte y haciendo que coincidiese con el mismo motivo, al siguiente día 9 de junio salió del Puerto de La Luz con rumbo a La Gomera "El Gaucho", un yate argentino de 28 toneladas que desde la isla colombina iba a iniciar viaje transoceánico de recorrido de unas 3.000 millas hasta la isla caribeña de San Salvador, siguiendo con ello la Ruta de el Descubrimiento.
abril de 2001
o0o
(Anécdotas de su llegada, fugaz estancia y partida)
por Carlos Platero Fernández
Dicen las biografías al uso que de ello se han ocupado, que María Eva Duarte, dama argentina, nació en la localidad de Los Toldos en 1919 y falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1952. Hija de unos emigrantes españoles de condición modesta, se trasladó siendo muy joven a la capital bonaerense donde trabajó durante algún tiempo como cantante de cabaret, actriz de teatro y figuranta de cine. En aquel ambiente conoció al coronel Juan Perón con el que se desposó en el año 1945, siendo él entonces secretario de trabajo y Previsión Social y ella supo defender con ardor y entusiasmo la política obrerista de su marido desde los micrófonos de Radio Belgrano y cuando en junio de 1946 él, elegido por el pueblo inició su mandato presidencial ella colaboró firme con el Gobierno sobre todo por medio de una fundación de ayuda social que llevó su nombre. En 1947 Eva efectuó un triunfal viaje por Europa, pasó por las islas Canarias y en la península Ibérica recibió el homenaje y agradecimiento de las más altas jerarquías del Estado de entonces, con el general Francisco Franco a la cabeza por no haberse sumado la Argentina al bloqueo diplomático decretado por la ONU contra el Gobierno de Madrid. Eva Duarte de Perón, aprovechando su popularismo entre el pueblo argentino, que la adoraba, trató de presentar su candidatura a la vicepresidencia de la nación en las elecciones de 1951, pero no llegó a hacerlo pues atacada por la leucemia, su muerte fue un duro golpe para el régimen peronista. Escribió un libro autobiográfico que tituló "La razón de mi vida", publicado en 1951, que tuvo una gran acogida entre el público de la época. Su cuerpo embalsamado y momificado sufrió posteriormente algunos ingratos avatares, hasta que su recuerdo se ha ido esfumando en el tiempo.
En las generaciones actuales, si se le evoca alguna vez es más bien por la famosa ópera "Evita", con algunos trozos musicales muy pegadizos al oído y que hace unos cuantos años se vertió al cine en una discreta película protagonizada por la cantante norteamericana Madonna y el español Antonio Banderas.
Y todo esto lo he evocado yo en estas pasadas fechas porque, como suele ocurrir con bastante frecuencia, hace unos días me llamaron por teléfono de una emisora de radio, esta vez y ya van varias, era la joven periodista Elena Falcón, de la emisora Onda Cero de la SER en Tenerife. Por cierto que, valga aquí el inciso, en esta faceta de "es usted el que más sabe de Canarias", de que es sabido que poseo una buena cartera como documentalista e investigador de la cosa canaria, se me suele llamar más de la prensa y de la radio y aún de la televisión de la isla hermana que de esta misma localidad grancanaria donde resido desde hace más de medio siglo y necesariamente se me conoce mejor y se sabe de mi existencia. Por algo será; y cierro el inciso.
Se me preguntó si yo podría comentar algo en un programa que estaba a desarrollarse sobre Eva Duarte de Perón y su estancia en Canarias.
Pues sí, hube de contestar. Ciertamente, entre mis muchas fichas conservo una con algunas notas, dedicada a la tal efeméride. Así fue que, además de facilitar a la locutora algunas direcciones de contacto para el tema como por ejemplo la de la Residencia en que se acoge mi veterana compañera de tareas laborales en Gando Dora martín, que por aquel entonces era regidora de Coros y danzas de la Sección Femenina o algo parecido y la de un veterano periodista, escritor e historiador como Miguel Jiménez Marrero que en su tomo II de su interesante obra "Crónica de medio siglo (1931-1961) hace referencia al tema. Dora si atendió el requerimiento de la citada emisora, aunque al periodista parece ser que no lograron localizarlo y fue suplido por el actual Cónsul de la Argentina en Canarias.
La improvisada reducida tertulia radiofónica con el tema de la visita de Eva Duarte de Perón a Canarias se desarrolló con duración de cerca de una hora de amena charla entre los contertulios y la ya citada moderadora Elena Falcón, esta misma mañana de 25 de abril de 2001 y en ella yo aporté los comentarios que tomados mayormente en su día de la prensa local de la época y de algunas informaciones orales recabadas asimismo años ha, fueron los siguientes:
Eva María Duarte de Perón, primera dama argentina llegó al aeropuerto internacional de Gando, en Gran Canaria, el domingo día 8 de junio de 1947, alrededor de las nueve de la mañana y procedente de la localidad, entonces colonia española africana de Villa Cisneros, donde había hecho escala técnica el avión de Iberia, un Douglas DC-4, en vuelo de Argentina a España y al que seguía o acompañaba uno de características similares perteneciente a la Flota Aérea Mercante Argentina, escoltados ambas aeronaves por dos escuadrillas de aviones de caza, los "Fiat 32" reliquias de la pasada contienda nacional y que habían despegado del adjunto aeródromo de gando para tal fin.
En la prensa grancanaria, creo que en el periódico "Falange" de aquel día primaveral apareció publicado un madrigal de bienvenida a la egregia dama argentina que decía : Desde la tierra argentina / en Pegasso volador / con embajada de amor / vuela una flor peregrina. / Al ver su frente inclina / y extiende su capa el sol / nimbando en vivo arrebol / a la flor embajadora... / Así es España, Señora / y el caballero español., que tanto le gustó a la periodista cuando se la leí en la conversación previa a la tertulia, que lo copió literalmente y luego fue muy bien declamado el poema; que me figuro debió de salir de uno de aquellos poetas o escritores y periodistas locales cuales Luis Benítez Inglott, Luis Doreste Silva, Pedro Cullen del Castillo, Ignacio Quintana Marrero, Eduardo Carque Gil, Bernardo Doreste Medina, Antonio de la Nuez Caballero y el sacerdote Juan Alonso Vega que por la fecha publicaban sus comentarios alusivos en "Falange", "Diario de Las Palmas" o "La provincia" entonces me parece que vespertino.
Acompañaban desde las tierras continentales africanas a Evita el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo y el general Franco Salgado, siendo recibida en la isla por el Capitán General de Canarias teniente general García Escamez, los gobernadores civiles de Tenerife y las Palmas y los alcaldes de Las palmas de Gran Canaria y de la ciudad de La Laguna tinerfeña.
A los pocos momentos de su arribada, Eva Duarte saludó a todos a través de los micrófonos y altavoces instalados al efecto con el expresivo mensaje, dada su defensa denodada del feminismo entonces aún poco activo: "Envío un abrazo a todas las mujeres españolas. Yo les traigo un mensaje de amor y de paz.¡Viva España!". Y aún añadiría luego, después de pasar revista a la tropa que le rendía honores y saludar a la bandera española: "¡Que emoción tiene esta bandera para mí!".
Curiosamente, me encontré en las referencias periodísticas, con que la entrada en la ciudad, la primera dama argentina y sus acompañantes efectuaron su entrada en la ciudad palmense por la carretera del Centro o de Tafira pues junto al famoso "árbol bonito" cercano al colegio de religiosas salesianas, Eva Duarte pasó a ocupar un coche descubierto adecuadamente engalanado para la ocasión. Y la comitiva, siempre aplaudida por una ingente multitud efectuó su recorrido pasando por la plaza de Santa Ana ante la catedral y las calles de Obispo Codina, Muro, principio de General Bravo, Malteses, Triana, Parque de San Telmo, Venegas, Plaza de La Feria donde se dió la vuelta retornando por León y Castillo hasta subir Bravo Murillo y hacer un alto en el edificio del Cabildo Insular, en cuyo interior se había habilitado una transmisión telefónica con Buenos Aires, por lo que Evita pudo hablar por unos minutos con su esposo el presidente. Del hecho surgió luego aquel episodio humorístico que se estuvo contando por algún tiempo, que decía que Juan Perón le dijo al final del diálogo mantenido entre ambos aquello de: "Saluda muy efusivamente de mi parte al General Franco, a su digna esposa y al pueblo español", que terminó con un "Y vos Evita besos y abrazos", sin la coma prosódica y ortográfica que debería de llevar.
A la salida del palacio del Cabildo Insular, de entre la multitud que la vitoreaba y aplaudía se destacó una anciana con dos niñas pequeñas que le ofrecieron a Eva Duarte unos ramos de flores que ella agradeció vivamente emocionada.
Luego el cortejo continuó por las calles de Pérez Galdós, plaza de San Bernardo, General Bravo, Muro, Puente de Piedra y Obispo Codina hasta la Catedral a cuyas puertas le aguardaba la curia isleña con el obispo Pildáin al frente, que Saludó muy afectuoso a la gentil dama. Allí sucedió la anécdota de que como quiera que Eva Duarte dejase inadvertidamente su gran sombrero o pamela con que se tocaba en el coche, una joven de las que componían el grupo folclórico que la recibía con sus canciones y bailes, le facilitó gentilmente su velo, velo que ella devolvió con frases de agradecimiento; no una mantilla canaria como se especuló luego, pero que bien se observaba que no fue así viendo unas fotos de la época, en tanto aquel fausto día se oía misa en la susodicha catedral. Al sagrado templo, Eva Duarte de Perón, accedió bajo palio, agasajo destinado por la iglesia entonces tan solo muy de cuando en cuando a algún destacado personaje y que, precisamente dos escasos años más tarde, el mismo obispo Pildain negó al mismísimo Jefe del Estado General Franco cuando a su vez visitó de forma oficial las islas Canarias. Las varas del palio, en aquella ocasión fueron portadas por el Ministro, el Capitán General, los dos gobernadores civiles y los dos alcaldes capitalinos y demás destacadas autoridades asistentes.
Sobre el medio día, la primera dama argentina y todo su séquito regresaron a Gando por donde habían venido siendo saludados todos con cierto júbilo y un mucho de novelería por el público que se aglomeraba en los bordes de la carretera y en las aceras de las calles de los lugares habitables que cruzaban como Tafira, Marzagan, Jinamar y Telde.
Ya de nuevo en el coquetón y recientemente inaugurado aeropuerto de Gando se almorzó en las instalaciones hoteleras de que allí se disponía y en el transcurso del banquete se sucedieron los discursos, los brindis y los obsequios de artículos de artesanía canaria, animado todo el evento por una rondalla de coros y danzas, a la cual dió al final como propina la misma Eva la cantidad de unos mil pesos argentinos que entonces tenían su valor.
A las dos de la tarde, en el mismo avión de las líneas aéreas Iberia y con el mismo protocolo que por la mañana partió la esposa del presidente argentino con destino a Madrid en donde iba a ser recibida a pie de escalerilla por el Jefe del Estado español y esposa.
En Canarias, como huella más inmediata y destacada del paso de Eva Duarte de Perón, el mismo día de su corta pero activa y movida estancia llegó al Puerto de La Luz el vapor argentino "Río de Santa Cruz", de unas tres mil y pico de toneladas, que antes de proseguir ruta hacia Italia con un cargamento de una partida de latas de atún en conserva dejó aquí casi quinientas cajas embaladas con carne de tocino y exactamente 6.414 sacas de carne seca de la Argentina, que habrían de seguirse con otros cargamentos de lo mismo y de harina de maíz, de jabón común y otros artículos de primera necesidad, generosa aportación del pueblo argentino al pueblo canario, al pueblo español hermano.
Por otra parte y haciendo que coincidiese con el mismo motivo, al siguiente día 9 de junio salió del Puerto de La Luz con rumbo a La Gomera "El Gaucho", un yate argentino de 28 toneladas que desde la isla colombina iba a iniciar viaje transoceánico de recorrido de unas 3.000 millas hasta la isla caribeña de San Salvador, siguiendo con ello la Ruta de el Descubrimiento.
abril de 2001
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23 de septiembre de 2008
LA CALLE DE PÉREZ GALDÓS
Por Carlos Platero Fernández
Es curioso lo que ocurre en esta ciudad con respecto a la aplicación de distintos epónimos o aportadores de nombres a algunas de sus calles. Un ejemplo típico es el que concurre con la calle Pérez Galdós, localizada en el Distrito II de Triana, barriada homónima, que se abrió a finales del siglo pasado como prolongación de la historiada de San Francisco, actualmente General Bravo, hasta su confluencia con el Camino Nuevo o Paseo de los Castillos, hoy Bravo Murillo. El pueblo llano y sencillo que apenas lee algo más que periódicos y revistas deportivas y de las llamadas "del corazón", que nada sabe de nomenclátores ni de biografías de la mayoría de personalidades locales y foráneas que hayan tenido que ver con el pasado isleño supone, y si se le pregunta lo suelta sin más, que la rotulación de la calle Pérez Galdós es así por el escritor canario que se afincó en Madrid y allí vivió y murió; y si el interrogado conoce algo más de su biografía, más y mejor divulgada en estos últimos tiempos merced a la labor de personas de la cultura isleña como el profesor Alfonso de Armas, añade lo de que es el que se hizo famoso con unos nombrados Episodios Nacionales y distintas novelas, cuentos y obras de teatro. Pero muchos de quienes son o se tienen por intelectuales, cultos, con estudios, escritores, periodistas o artistas coinciden, y yo no sé por qué, al ser interrogados al respecto en afirmar que, en realidad, los tales conocidos apellidos se le aplicaron a la nueva vía urbana en honor a su hermano Ignacio Pérez Galdós (1835-1905) de profesión militar, que llegó a ser Capitán General de Canarias a partir del año de 1890, con residencia oficial en Santa Cruz de Tenerife.
Aquí es preciso el hacer un inciso aclaratorio pues, por el año de 1893, es decir, 10 años después de haberse rotulado oficialmente la calle dedicada a Benito Pérez Galdós, Ignacio su hermano de entonces 48 años era segundo cabo brigadier, destinado en el castillo santacrucero de San Cristóbal, sede del Gobierno Militar de Tenerife; desde donde, por cierto, ayudó cuanto pudo a los diputados y compromisarios políticos grancanarios el Viernes Santo del citado año, en un sonado episodio político social interinsular.
Y volviendo a que gran parte del ciudadano palmense supone que el nombre de esta historiada calle corresponde a este militar hermano del escritor, diré aquí lo siguiente:
¡Pues no señor!. Este error de interpretación ha sido escrito y publicado por distintos autores que de ello se hayan ocupado, aunque bien es verdad que otros, después de las investigaciones pertinentes, hayan acertado. Y la verdad es que ello ya había quedado nítidamente reflejado en el acta del Ayuntamiento de Las Palmas, de fecha de 5 de octubre de 1883 en la que, en uno de sus apartados se dice textualmente: "Acto seguido y teniendo en consideración la Excma. Municipalidad que carezca de nombre la nueva calle prolongación de la de San Francisco cuyo empalme con la carretera del Norte se ha de verificar en breve se acordó unánimemente denominarla "Pérez Galdós" en honor al eminente novelista hijo de Las Palmas y gloria de la literatura patria". Si después se ha rectificado ésto, yo ya no lo sé. Calles próximas o paseos como el de Tomas Morales se abrieron al público y rotularon más de medio siglo después.
Casi al comienzo de esta calle se alza el palacete decimonónico que uno de los hermanos Rodríguez Quegles, Domingo, mandara construir como promesa hecha a la que luego fue su esposa y que, reformado o convenientemente restaurado, en los últimos tiempos ha acogido de forma provisional al Conservatorio de Música, antes de su instalación definitiva en la cercana calle de General Bravo, esquina a la de Maninidra, edificado en el solar del antiguo convento y luego cuartel de San Francisco.
En la calle Pérez Galdós, hoy convertida en peatonal con su piso adoquinado seudo primitivo, estuvo instalado, entre otros edificios notables, el asilo de ancianos de Las Hermanas de los Desamparados e iglesia adjunta, más conocido como el Asilo de Nuestra Señora del Pino, hasta su traslado a las nuevas y acogedoras dependencias que se alzan cercanas a la entrada de Tafira Baja. Había sido construido el señero edificio según los planos del arquitecto Laureano Arroyo que se presentaron al Ayuntamiento por el año de 1893 pero que se vino a terminar en el de 1923. Hoy en día, muy reformadas o transformadas sus estructuras internas lo ocupan las dependencias del Centro Insular de Cultura dependiente del Cabildo.
Y en su confluencia con la calle de Bravo Murillo, conveniente será el recordar que se alzan sendos edificios característicos del estilo arquitectònico racionalista en las islas introducido, entre otros por los arquitectos el grancanario Miguel Martín Fernández de la Torre y su colaborador y cuñado el alemán Richard von Oppel; el uno el palacio del Cabildo Insular de Gran Canaria entre los años de 1938 y 1940, y el otro, la vivienda unifamiliar particular frontera.
También en esta calle dedicada al insigne escritor grancanario, esquina a la de Buenos Aires estuvieron las instalaciones del "Diario de Las Palmas" desde el año 1902 hasta el de 1939. Haciendo esquina a la calle de Perdomo en esta de Pérez Galdós se construyó la iglesia-convento de San Antonio de Padua o "de los franciscanos de Las Palmas", comenzando las obras en el año de 1947 merced a las limosnas y donativos de los fieles y parroquianos e inaugurándose y bendiciéndose de manera oficial el 13 de junio de 1956
Y, en fin, según en su día informó el investigador José Rivero al comentar sobre los principios del juego del golf en Gran Canaria, la tradición oral recogida por los más viejos o antiguos jugadores isleños se situaban las primeras reuniones de los entusiastas golfistas de Las Palmas en el Club Inglés, una institución ubicada allá por la década de los años ochenta del siglo XIX, en una casa situada precisamente en la incipiente calle Pérez Galdós.
LA CALLE DE PEROJO
Por Carlos Platero Fernández
Calle localizada en el Distrito III de Arenales, por la Barriada de Canalejas.
En el año de 1900 en la ciudad de Las Palmas que urbanísticamente se desbordaba por su parte norte más allá de los restos de la vieja muralla defensiva sobre lo que se trazara la calle de Bravo Murillo, ya se iba conformando el futuro distrito de Arenales que comprendía el barrio de la Plaza de la Feria con la finca de Los Tarahales, las huertas diversas, portón de El Bosque, calles y callejones de Cebrián, Murga, Los Perules, Sagrado Corazón de María y transversal de la misma y Cercados o Vega de Los Arenales casi a la vera de la marea del litoral por el este.
Por fechas de 1905 ya se proyectaba el urbanizar la finca rústica denominada Los Tarahales en los documentos de la época, comprendida en esta concreta zona del extrarradio que se conocía popularmente como Fuera de la Portada y que se componía de tierras de labranza, cuadras para ganado ovino y cabrío y algunas casas-viviendas por allí diseminadas, entre las que se contaba la de María García Valladares con una de sus alas dando a la ya citada calle de Bravo Murillo o paseo de los Castillos.
En dicho proyecto firmado por el arquitecto municipal Fernando Navarro se disponía que el ancho de la calle designada de manera provisional con la letra "e" y era la trazada como continuación de la frontera calle de Viera y Clavijo tuviese el mismo ancho que ésta, al menos hasta..."su salida sobre la prolongación de la de Cebrián" y asimismo interrumpir en la encrucijada subsiguiente los cuadrantes de las calles ascendentes para que todos quedasen al mismo nivel; y también se disponía que las casas-viviendas que en esta calle se alzasen deberían de ser, por lo menos de dos pisos. El inicial proyecto se vió mermado porque el Ayuntamiento no llevó a cabo algunas de las expropiaciones precisas de terrenos y edificaciones rústicas a los vecinos y terratenientes afectados.
En aquellos años de principios del siglo XX la idea expuesta en distintos planos y documentos municipales era la de llegar las dos calles proyectadas, "d" y "e" que muy luego se iban a rotular como de Canalejas y Perojo respectivamente, hasta la misma Plaza de la Feria; lo que si se realizó al fin con la una pero no con la otra, la "e" que quedó truncada en su avance o desarrollo por una especie de callejón o servidumbre más tarde identificada como de Núñez de la Peña y, sobre todo por la oposición de los habitantes de la antigua "ciudadela", "corral" o "portón" conocido como la calle Bosque, que todavía subsiste. En el extremo allí originado se conformó una reducida plazuela de traza triangular, de uno de cuyos vértices arrancó la calle de Pedro de Vera.
Tales han sido los orígenes de esta calle que poco después del año de 1908 fue rotulada con el nombre del político Perojo. Y de la plazuela en que se remató la nueva vía urbana, que al principio se la consideró como prolongación de ésta y veinticinco años después fue dedicada al religioso Padre Hilario.
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PLAZA DE DON BENITO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito VI de Schamann, por la Barriada del mismo nombre, es la plaza por excelencia dedicada al genial escritor grancanario, de renombre universal Benito Pérez Galdós.
Por el año de 1920 gran parte de la zona de la futura ciudad Alta era una simple lometa, erial desértico en declive, de piedras, cantos rodados y tierra rojiza con escasa vegetación compuesta de tabaibas, cardones, aulagas, tuneras, etc., recorrida de lagartos. Y Apenas transitada. Y el resto estaba recubierto de tomateros y algunas plataneras que se llegaban a las fincas de Joaquín Apolinario por Las Rehoyas.
La barriada de Schamann, ya desde las dos primeras décadas del siglo XX, siguiendo para ello un plan o idea modernista, hubo de tener el embrión de su origen al pretenderse urbanizar el sector como un complejo turístico residencial y de ocio inglés según proyecto de Constant Martín de 1910 que se malogró, revertido luego en una "Barriada de Carló" que tampoco prosperó, por lo que su postrero dueño y promotor Juan Bautista Carló Guersi vendió los terrenos al comerciante grancanario descendiente de suizos Alfredo Schamann; el que, en definitiva fue el epónimo del lugar. Los terrenos comprendidos entre los barranquillos de Don Zoilo y de Viera, el paseo de Chil y las Rehoyas Bajas junto a la incipiente barriada de San Antonio se fueron vendiendo en pequeños lotes, muy poco a poco pues por lo general no seducían a nadie aquellas tierras rojizas, pedregosas y polvorientas escasas de agua; aunque, ya a partir de los años treinta fueron surgiendo algunas viviendas modestas y aisladas en su parte más alta, cercanas a “los estanques de barro” de la cabecera del barranco de La Ballena y Cuevas Torres.
El barrio alto de Schamann en sí comenzó a conformarse realmente a partir del año 1943, cuando lo del Mando Económico de Canarias. En poco más de seis meses y sobre la cresta de una ladera que descendía hacia el contiguo barrio de San Antonio, con hermosas vistas a la ciudad y al mar, en un novedoso estilo eclético y racionalista lo que se denominó barriada del Generalísimo Franco o Casas de García Escámez, con colegio y mercados públicos y que entregó a sus usufructarios el propio Capitán General García Escámez el 15 de marzo de 1945. Y, a partir de la década de los años cincuenta fue cuando, comprendida dentro de una novedosa “arquitectura de turismo” se edificó la iglesia de Schamann bajo la advocación de Ntra. Sra. de los Dolores, decorada entre los años de 1958 y 1959 por el gran pintor-muralista de Tamaraceite Jesús Arencibia. Y fue a partir de entonces cuando con la construcción de edificios emblemáticos de su entorno, por los años sesenta se creó y bautizó la Plaza de Don Benito, refiriéndose al eximio escritor grancanario.
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PLAZA DEL PADRE HILARIO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito III de Los Arenales, Barriada de Canalejas.
En cuanto a esta plazoleta que al principio se conoció como de Perojo pero que luego, veinticinco años más tarde, o sea, en el año de 1933 se rebautizó con el nombre de el Padre Hilario (que algunas gentes aún confunden con un anónimo o seudo Padre Hidalgo), con dicha nueva rotulación se quiso indudablemente el honrar al religioso misionero del Inmaculado Corazón de María Hilario Brososa que por el año de 1880 llegó a Las Palmas en compañía del también misionero José María Prim y ambos estuvieron residiendo durante unos seis años en el Seminario Conciliar, dedicando todos sus afanes, unas veces a predicar misionando por toda la isla siguiendo los surcos sembrados por el beato Padre Claret años atrás, y otras a crear en el mismo seminario o en sus aledaños una escuela de enseñanza gratuita para los niños isleños pobres que ellos mismos solían recoger de la calle con mucho cariño y gran habilidad. Sin embargo, parece que aquellas labores socio-religioso-docentes no llegaron a agradar al entonces gobernador eclesiástico de la diócesis José López Martín que, en ausencia del obispo Pozuelo echó a ambos de aquellos locales. Los dos misioneros, pesarosos por el trato recibido decidieron regresar a la Península Ibérica pero, ocurrió que al despedirse de las gentes canarias que los admiraban y aplaudían en su benemérita labor, de entre ellos un comerciante local llamado Juan Ramírez López y apodado "El Manco" no solo les animó a que desistiesen de su partida y se quedasen sinó que aún les facilitó unos solares y una casa que había construido hacía poco en pleno barrio de Los Arenales para que aquí continuasen con su digna obra.
Y teniendo como firmes benefactores a personas canarias pudientes y de gran corazón cuales el citado comerciante José Ramírez y el político José Franchy Roca, fue el propio Padre Hilario el que, sin abandonar su principal labor de enseñanza gratuita acometió la tarea de construir una iglesia y un amplio edificio que iban a regir en adelante los "padritos" misioneros creados por el beato Padre Claret.
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Por Carlos Platero Fernández
Es curioso lo que ocurre en esta ciudad con respecto a la aplicación de distintos epónimos o aportadores de nombres a algunas de sus calles. Un ejemplo típico es el que concurre con la calle Pérez Galdós, localizada en el Distrito II de Triana, barriada homónima, que se abrió a finales del siglo pasado como prolongación de la historiada de San Francisco, actualmente General Bravo, hasta su confluencia con el Camino Nuevo o Paseo de los Castillos, hoy Bravo Murillo. El pueblo llano y sencillo que apenas lee algo más que periódicos y revistas deportivas y de las llamadas "del corazón", que nada sabe de nomenclátores ni de biografías de la mayoría de personalidades locales y foráneas que hayan tenido que ver con el pasado isleño supone, y si se le pregunta lo suelta sin más, que la rotulación de la calle Pérez Galdós es así por el escritor canario que se afincó en Madrid y allí vivió y murió; y si el interrogado conoce algo más de su biografía, más y mejor divulgada en estos últimos tiempos merced a la labor de personas de la cultura isleña como el profesor Alfonso de Armas, añade lo de que es el que se hizo famoso con unos nombrados Episodios Nacionales y distintas novelas, cuentos y obras de teatro. Pero muchos de quienes son o se tienen por intelectuales, cultos, con estudios, escritores, periodistas o artistas coinciden, y yo no sé por qué, al ser interrogados al respecto en afirmar que, en realidad, los tales conocidos apellidos se le aplicaron a la nueva vía urbana en honor a su hermano Ignacio Pérez Galdós (1835-1905) de profesión militar, que llegó a ser Capitán General de Canarias a partir del año de 1890, con residencia oficial en Santa Cruz de Tenerife.
Aquí es preciso el hacer un inciso aclaratorio pues, por el año de 1893, es decir, 10 años después de haberse rotulado oficialmente la calle dedicada a Benito Pérez Galdós, Ignacio su hermano de entonces 48 años era segundo cabo brigadier, destinado en el castillo santacrucero de San Cristóbal, sede del Gobierno Militar de Tenerife; desde donde, por cierto, ayudó cuanto pudo a los diputados y compromisarios políticos grancanarios el Viernes Santo del citado año, en un sonado episodio político social interinsular.
Y volviendo a que gran parte del ciudadano palmense supone que el nombre de esta historiada calle corresponde a este militar hermano del escritor, diré aquí lo siguiente:
¡Pues no señor!. Este error de interpretación ha sido escrito y publicado por distintos autores que de ello se hayan ocupado, aunque bien es verdad que otros, después de las investigaciones pertinentes, hayan acertado. Y la verdad es que ello ya había quedado nítidamente reflejado en el acta del Ayuntamiento de Las Palmas, de fecha de 5 de octubre de 1883 en la que, en uno de sus apartados se dice textualmente: "Acto seguido y teniendo en consideración la Excma. Municipalidad que carezca de nombre la nueva calle prolongación de la de San Francisco cuyo empalme con la carretera del Norte se ha de verificar en breve se acordó unánimemente denominarla "Pérez Galdós" en honor al eminente novelista hijo de Las Palmas y gloria de la literatura patria". Si después se ha rectificado ésto, yo ya no lo sé. Calles próximas o paseos como el de Tomas Morales se abrieron al público y rotularon más de medio siglo después.
Casi al comienzo de esta calle se alza el palacete decimonónico que uno de los hermanos Rodríguez Quegles, Domingo, mandara construir como promesa hecha a la que luego fue su esposa y que, reformado o convenientemente restaurado, en los últimos tiempos ha acogido de forma provisional al Conservatorio de Música, antes de su instalación definitiva en la cercana calle de General Bravo, esquina a la de Maninidra, edificado en el solar del antiguo convento y luego cuartel de San Francisco.
En la calle Pérez Galdós, hoy convertida en peatonal con su piso adoquinado seudo primitivo, estuvo instalado, entre otros edificios notables, el asilo de ancianos de Las Hermanas de los Desamparados e iglesia adjunta, más conocido como el Asilo de Nuestra Señora del Pino, hasta su traslado a las nuevas y acogedoras dependencias que se alzan cercanas a la entrada de Tafira Baja. Había sido construido el señero edificio según los planos del arquitecto Laureano Arroyo que se presentaron al Ayuntamiento por el año de 1893 pero que se vino a terminar en el de 1923. Hoy en día, muy reformadas o transformadas sus estructuras internas lo ocupan las dependencias del Centro Insular de Cultura dependiente del Cabildo.
Y en su confluencia con la calle de Bravo Murillo, conveniente será el recordar que se alzan sendos edificios característicos del estilo arquitectònico racionalista en las islas introducido, entre otros por los arquitectos el grancanario Miguel Martín Fernández de la Torre y su colaborador y cuñado el alemán Richard von Oppel; el uno el palacio del Cabildo Insular de Gran Canaria entre los años de 1938 y 1940, y el otro, la vivienda unifamiliar particular frontera.
También en esta calle dedicada al insigne escritor grancanario, esquina a la de Buenos Aires estuvieron las instalaciones del "Diario de Las Palmas" desde el año 1902 hasta el de 1939. Haciendo esquina a la calle de Perdomo en esta de Pérez Galdós se construyó la iglesia-convento de San Antonio de Padua o "de los franciscanos de Las Palmas", comenzando las obras en el año de 1947 merced a las limosnas y donativos de los fieles y parroquianos e inaugurándose y bendiciéndose de manera oficial el 13 de junio de 1956
Y, en fin, según en su día informó el investigador José Rivero al comentar sobre los principios del juego del golf en Gran Canaria, la tradición oral recogida por los más viejos o antiguos jugadores isleños se situaban las primeras reuniones de los entusiastas golfistas de Las Palmas en el Club Inglés, una institución ubicada allá por la década de los años ochenta del siglo XIX, en una casa situada precisamente en la incipiente calle Pérez Galdós.
LA CALLE DE PEROJO
Por Carlos Platero Fernández
Calle localizada en el Distrito III de Arenales, por la Barriada de Canalejas.
En el año de 1900 en la ciudad de Las Palmas que urbanísticamente se desbordaba por su parte norte más allá de los restos de la vieja muralla defensiva sobre lo que se trazara la calle de Bravo Murillo, ya se iba conformando el futuro distrito de Arenales que comprendía el barrio de la Plaza de la Feria con la finca de Los Tarahales, las huertas diversas, portón de El Bosque, calles y callejones de Cebrián, Murga, Los Perules, Sagrado Corazón de María y transversal de la misma y Cercados o Vega de Los Arenales casi a la vera de la marea del litoral por el este.
Por fechas de 1905 ya se proyectaba el urbanizar la finca rústica denominada Los Tarahales en los documentos de la época, comprendida en esta concreta zona del extrarradio que se conocía popularmente como Fuera de la Portada y que se componía de tierras de labranza, cuadras para ganado ovino y cabrío y algunas casas-viviendas por allí diseminadas, entre las que se contaba la de María García Valladares con una de sus alas dando a la ya citada calle de Bravo Murillo o paseo de los Castillos.
En dicho proyecto firmado por el arquitecto municipal Fernando Navarro se disponía que el ancho de la calle designada de manera provisional con la letra "e" y era la trazada como continuación de la frontera calle de Viera y Clavijo tuviese el mismo ancho que ésta, al menos hasta..."su salida sobre la prolongación de la de Cebrián" y asimismo interrumpir en la encrucijada subsiguiente los cuadrantes de las calles ascendentes para que todos quedasen al mismo nivel; y también se disponía que las casas-viviendas que en esta calle se alzasen deberían de ser, por lo menos de dos pisos. El inicial proyecto se vió mermado porque el Ayuntamiento no llevó a cabo algunas de las expropiaciones precisas de terrenos y edificaciones rústicas a los vecinos y terratenientes afectados.
En aquellos años de principios del siglo XX la idea expuesta en distintos planos y documentos municipales era la de llegar las dos calles proyectadas, "d" y "e" que muy luego se iban a rotular como de Canalejas y Perojo respectivamente, hasta la misma Plaza de la Feria; lo que si se realizó al fin con la una pero no con la otra, la "e" que quedó truncada en su avance o desarrollo por una especie de callejón o servidumbre más tarde identificada como de Núñez de la Peña y, sobre todo por la oposición de los habitantes de la antigua "ciudadela", "corral" o "portón" conocido como la calle Bosque, que todavía subsiste. En el extremo allí originado se conformó una reducida plazuela de traza triangular, de uno de cuyos vértices arrancó la calle de Pedro de Vera.
Tales han sido los orígenes de esta calle que poco después del año de 1908 fue rotulada con el nombre del político Perojo. Y de la plazuela en que se remató la nueva vía urbana, que al principio se la consideró como prolongación de ésta y veinticinco años después fue dedicada al religioso Padre Hilario.
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PLAZA DE DON BENITO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito VI de Schamann, por la Barriada del mismo nombre, es la plaza por excelencia dedicada al genial escritor grancanario, de renombre universal Benito Pérez Galdós.
Por el año de 1920 gran parte de la zona de la futura ciudad Alta era una simple lometa, erial desértico en declive, de piedras, cantos rodados y tierra rojiza con escasa vegetación compuesta de tabaibas, cardones, aulagas, tuneras, etc., recorrida de lagartos. Y Apenas transitada. Y el resto estaba recubierto de tomateros y algunas plataneras que se llegaban a las fincas de Joaquín Apolinario por Las Rehoyas.
La barriada de Schamann, ya desde las dos primeras décadas del siglo XX, siguiendo para ello un plan o idea modernista, hubo de tener el embrión de su origen al pretenderse urbanizar el sector como un complejo turístico residencial y de ocio inglés según proyecto de Constant Martín de 1910 que se malogró, revertido luego en una "Barriada de Carló" que tampoco prosperó, por lo que su postrero dueño y promotor Juan Bautista Carló Guersi vendió los terrenos al comerciante grancanario descendiente de suizos Alfredo Schamann; el que, en definitiva fue el epónimo del lugar. Los terrenos comprendidos entre los barranquillos de Don Zoilo y de Viera, el paseo de Chil y las Rehoyas Bajas junto a la incipiente barriada de San Antonio se fueron vendiendo en pequeños lotes, muy poco a poco pues por lo general no seducían a nadie aquellas tierras rojizas, pedregosas y polvorientas escasas de agua; aunque, ya a partir de los años treinta fueron surgiendo algunas viviendas modestas y aisladas en su parte más alta, cercanas a “los estanques de barro” de la cabecera del barranco de La Ballena y Cuevas Torres.
El barrio alto de Schamann en sí comenzó a conformarse realmente a partir del año 1943, cuando lo del Mando Económico de Canarias. En poco más de seis meses y sobre la cresta de una ladera que descendía hacia el contiguo barrio de San Antonio, con hermosas vistas a la ciudad y al mar, en un novedoso estilo eclético y racionalista lo que se denominó barriada del Generalísimo Franco o Casas de García Escámez, con colegio y mercados públicos y que entregó a sus usufructarios el propio Capitán General García Escámez el 15 de marzo de 1945. Y, a partir de la década de los años cincuenta fue cuando, comprendida dentro de una novedosa “arquitectura de turismo” se edificó la iglesia de Schamann bajo la advocación de Ntra. Sra. de los Dolores, decorada entre los años de 1958 y 1959 por el gran pintor-muralista de Tamaraceite Jesús Arencibia. Y fue a partir de entonces cuando con la construcción de edificios emblemáticos de su entorno, por los años sesenta se creó y bautizó la Plaza de Don Benito, refiriéndose al eximio escritor grancanario.
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PLAZA DEL PADRE HILARIO
Por Carlos Platero Fernández
En el Distrito III de Los Arenales, Barriada de Canalejas.
En cuanto a esta plazoleta que al principio se conoció como de Perojo pero que luego, veinticinco años más tarde, o sea, en el año de 1933 se rebautizó con el nombre de el Padre Hilario (que algunas gentes aún confunden con un anónimo o seudo Padre Hidalgo), con dicha nueva rotulación se quiso indudablemente el honrar al religioso misionero del Inmaculado Corazón de María Hilario Brososa que por el año de 1880 llegó a Las Palmas en compañía del también misionero José María Prim y ambos estuvieron residiendo durante unos seis años en el Seminario Conciliar, dedicando todos sus afanes, unas veces a predicar misionando por toda la isla siguiendo los surcos sembrados por el beato Padre Claret años atrás, y otras a crear en el mismo seminario o en sus aledaños una escuela de enseñanza gratuita para los niños isleños pobres que ellos mismos solían recoger de la calle con mucho cariño y gran habilidad. Sin embargo, parece que aquellas labores socio-religioso-docentes no llegaron a agradar al entonces gobernador eclesiástico de la diócesis José López Martín que, en ausencia del obispo Pozuelo echó a ambos de aquellos locales. Los dos misioneros, pesarosos por el trato recibido decidieron regresar a la Península Ibérica pero, ocurrió que al despedirse de las gentes canarias que los admiraban y aplaudían en su benemérita labor, de entre ellos un comerciante local llamado Juan Ramírez López y apodado "El Manco" no solo les animó a que desistiesen de su partida y se quedasen sinó que aún les facilitó unos solares y una casa que había construido hacía poco en pleno barrio de Los Arenales para que aquí continuasen con su digna obra.
Y teniendo como firmes benefactores a personas canarias pudientes y de gran corazón cuales el citado comerciante José Ramírez y el político José Franchy Roca, fue el propio Padre Hilario el que, sin abandonar su principal labor de enseñanza gratuita acometió la tarea de construir una iglesia y un amplio edificio que iban a regir en adelante los "padritos" misioneros creados por el beato Padre Claret.
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EL PERIMETRO DE LA CIUDAD DE LAS PALMAS A FINALES DEL SIGLO XVI
Por Carlos Platero Fernández
Como ya es bien sabido, alrededor del día 24 de junio del año 1478, el capitán castellano Juan Rejón, después de haber desembarcado con sus tropas, se dice que por la bahía del Confital y concretamente por el Puerto del Arrecife, haber oído mañanera misa en las playas de Las Isletas, rocerrer los arenales bordeando las dunas y, en fin, despues de haber pernoctado en la ladera oriental de la montañeta de San Francisco, atravesó el cauce del riachuelo Guiniguada y, se dice que milagrosa o sabiamente aconsejado, levantó lo que fue campamento militar fijo, cerca de la costa, en un altozano recubierto de profusa vegetación entre la que descollaban tres airosas palmeras, por lo que a aquel blocao hecho de tapiales y maderos, recinto atrincherado, con un torreón de defensa y almacen de ármas y víveres se le denominó El Real de las Tres Palmas. Que desde el final de la conquista de la Gran Canaria, el embrión urbano del caserío formado fue la Villa del Real de Las Palmas y, a partir del año 1515, la Muy Noble y Leal Ciudad de Las Palmas, como rezó en el escudo heráldico oportuno.
Después de aquel comienzo, con el primer reparto de tierras y aguas efectuado por Pedro de Vera al finalizar la conquista, el incipiente casco urbano se fue desarrollando pronto alrededor de una sencilla ermita levantada en honor de Santa Ana y que muy pronto pasó a denominarse de San Antón, bajo la advocación de San Antonio Abad, al iniciarse los cimientos de la futura Catedral de Santa Ana o iglesia del Sagrario a la vera de la plazuela de Los Alamos, que con el tiempo ha desaparecido a causa de diversas reformas y urbanizaciones de la zona. Y la futura ciudad empezó a conformarse a ambos lados del Guiniguada, primero en la loma de las palmeras y luego por la vega adyacente que se extendía hacia la montaña de Santo Domingo y que se conoció como La Vegueta de Hernán de Porras, en donde pasó a residir la nueva nobleza o aristocracia de los conquistadores, los mercaderes y la curia eclesiástica, tales como los Fontana, Vega, Lezcano, Cerpa, Padilla, Mujica, Peñalosa, Pello, Riberol, Sotomayor, Vachicao, Vera, etc. Y, salvando el cauce del anchuroso barranco, ya a principios del siglo XVI, el nuevo barrio de Triana, más modesto, ocupado al principio tan solo por los religiosos y servidores del monasterio de San Francisco y un grupo de labradores y marineros que, parece ser, eran de procedencia andaluza.
Según el primer plano que se conoce de la ciudad de Las Palmas, confeccionado por el ingeniero italiano Leonardo Torriani alrededor del año 1590, el perímetro urbano de entonces era, poco más o menos, delimitado por una línea imaginada que, arrancando en la zona de Triana desde la entonces salida al mar de la calle hoy conocida como de Constantino en la costa Este, siguiera hacia el Sur por lo que actualmente es la calle de Francisco Gourié y, cruzando la desembocadura del barranco girara levemente hacia el SE y llegara a un antiguo reducto de defensa localizado por donde hoy es la zona oriental del Mercado de Vegueta, siguiendo la actual calle del Alcalde Díaz Saavedra y entrando en la Avenida Marítima del Sur hasta llegar al final de la muralla Este del Colegio de los Jesuitas, doblando allí hacia el Oeste, hasta donde está la clínica de San Roque y luego, otra vez hacia el Sur y SO hasta la calle de Diego A Montaude, a seguir en todo su recorrido, doblando al final en dirección Norte hasta la confluencia de las calles de Hernán Pérez con Toledo y desde allí, por la parte trasera de la iglesia de Santo Domingo, hasta la confluencia de la calle actual de Sor Brígida Castelló con la de Sor Jesus, por la Portadilla de San José y, girando una vez más pasando por donde se alza el Hospital de San Martín y lo que es la calle Jordán salir al Guiniguada por el extremo Oeste de El Toril con nuevo giro aquí hacia el Este y, poco antes de llegar a la calle de Doramas, cruzar otra vez el cauce del barranco frente al Terrero, a la altura de la actual calle del Párroco Artiles, llegándose hasta la bajada de San Nicolás y descender hasta más abajo de San Justo para girar una vez más a mitad de la calle aproximadamente en la misma dirección que la calle del Doctor Déniz, bordear el campanario del antiguo convento de la iglesia de San Francisco y por los terrenos del actual Conservatorio llegar a la calle Maninidra, girar hacia la de General Bravo y seguirla hasta pasar San Bernardo y entrando en la de Pérez Galdós descender por lo que es actualmente la calle de Perdomo y con breve giro hacia el Sur acabar enlazando con la calle Constantino en su extremo occidental. Perímetro que ciertamente muy poco se alteró en las centurias siguientes, hasta mediados del siglo pasado.
En principio, tan solo dos murallas defendían a la incipiente ciudad. La de la parte Norte, que, arrancando e un torreón con pequeña plataforma para la posible artillería, que bajaba desde la montaña de San Lázaro al Oeste, hasta el mar, por lo que se conoció como el Charco de los Abades, con un trazado igual a la actual calle de Bravo Murillo, con una gran portada de acceso a la altura del comienzo hoy del Parque de San Telmo, rematada en un torreón que se denominó luego como de Santa Ana. Y la muralla del Sur, levantada por órden del Gobernador Melgarejo alrededor del año 1530 y fue reconstruída en 1565 por el Capitán General Alonso de Ávila y Guzmán, que arrancaba en lo que hoy se conoce como Placetilla de los Reyes, en Vegueta, conocido al principio el paraje como el Campo del Quemadero y también alguna vez como el de La Cruz de la Horca y que acababa en la marina pedregosa, aproximadamente a la altura del terreno en que se enclava el cementerio Municipal de Las Palmas, con las Portadillas de Los Reyes y de San José donde se iniciaban los tortuosos caminos de herradura que conducían al Sur, posteriormente, aquella muralla se llegó hasta la Montaña de Santo Domingo al Oeste. Y aquellas dos toscas murallas de apenas tres metros de altura y no mucho grosor fueron durante varios siglos las que en verdad marcaron a uno y otro lado los límites urbanizados de la ciudad. Además, desde finales del siglo XV, construido entre los años de 1492 y 1494 bajo el mandato del general gobernador Alonso Fajardo, a unos cinco kilómetros al Norte de la ciudad existía un pequeño fuerte de planta cuadrada con plataforma para la artillería y cerca del cual había unas cuantas casas conocidas como las del Corral de Henríquez.
Allá por el año de 1599, la ciudad de Las Palmas estaba conformada por unas 58 calles, callejas, callejones, plazas y plazuelas, de las cuales más de un 10 por ciento, aunque identificadas, han ido desapareciendo por mor de diversas ampliaciones y reformas urbanísticas.
Por Carlos Platero Fernández
Como ya es bien sabido, alrededor del día 24 de junio del año 1478, el capitán castellano Juan Rejón, después de haber desembarcado con sus tropas, se dice que por la bahía del Confital y concretamente por el Puerto del Arrecife, haber oído mañanera misa en las playas de Las Isletas, rocerrer los arenales bordeando las dunas y, en fin, despues de haber pernoctado en la ladera oriental de la montañeta de San Francisco, atravesó el cauce del riachuelo Guiniguada y, se dice que milagrosa o sabiamente aconsejado, levantó lo que fue campamento militar fijo, cerca de la costa, en un altozano recubierto de profusa vegetación entre la que descollaban tres airosas palmeras, por lo que a aquel blocao hecho de tapiales y maderos, recinto atrincherado, con un torreón de defensa y almacen de ármas y víveres se le denominó El Real de las Tres Palmas. Que desde el final de la conquista de la Gran Canaria, el embrión urbano del caserío formado fue la Villa del Real de Las Palmas y, a partir del año 1515, la Muy Noble y Leal Ciudad de Las Palmas, como rezó en el escudo heráldico oportuno.
Después de aquel comienzo, con el primer reparto de tierras y aguas efectuado por Pedro de Vera al finalizar la conquista, el incipiente casco urbano se fue desarrollando pronto alrededor de una sencilla ermita levantada en honor de Santa Ana y que muy pronto pasó a denominarse de San Antón, bajo la advocación de San Antonio Abad, al iniciarse los cimientos de la futura Catedral de Santa Ana o iglesia del Sagrario a la vera de la plazuela de Los Alamos, que con el tiempo ha desaparecido a causa de diversas reformas y urbanizaciones de la zona. Y la futura ciudad empezó a conformarse a ambos lados del Guiniguada, primero en la loma de las palmeras y luego por la vega adyacente que se extendía hacia la montaña de Santo Domingo y que se conoció como La Vegueta de Hernán de Porras, en donde pasó a residir la nueva nobleza o aristocracia de los conquistadores, los mercaderes y la curia eclesiástica, tales como los Fontana, Vega, Lezcano, Cerpa, Padilla, Mujica, Peñalosa, Pello, Riberol, Sotomayor, Vachicao, Vera, etc. Y, salvando el cauce del anchuroso barranco, ya a principios del siglo XVI, el nuevo barrio de Triana, más modesto, ocupado al principio tan solo por los religiosos y servidores del monasterio de San Francisco y un grupo de labradores y marineros que, parece ser, eran de procedencia andaluza.
Según el primer plano que se conoce de la ciudad de Las Palmas, confeccionado por el ingeniero italiano Leonardo Torriani alrededor del año 1590, el perímetro urbano de entonces era, poco más o menos, delimitado por una línea imaginada que, arrancando en la zona de Triana desde la entonces salida al mar de la calle hoy conocida como de Constantino en la costa Este, siguiera hacia el Sur por lo que actualmente es la calle de Francisco Gourié y, cruzando la desembocadura del barranco girara levemente hacia el SE y llegara a un antiguo reducto de defensa localizado por donde hoy es la zona oriental del Mercado de Vegueta, siguiendo la actual calle del Alcalde Díaz Saavedra y entrando en la Avenida Marítima del Sur hasta llegar al final de la muralla Este del Colegio de los Jesuitas, doblando allí hacia el Oeste, hasta donde está la clínica de San Roque y luego, otra vez hacia el Sur y SO hasta la calle de Diego A Montaude, a seguir en todo su recorrido, doblando al final en dirección Norte hasta la confluencia de las calles de Hernán Pérez con Toledo y desde allí, por la parte trasera de la iglesia de Santo Domingo, hasta la confluencia de la calle actual de Sor Brígida Castelló con la de Sor Jesus, por la Portadilla de San José y, girando una vez más pasando por donde se alza el Hospital de San Martín y lo que es la calle Jordán salir al Guiniguada por el extremo Oeste de El Toril con nuevo giro aquí hacia el Este y, poco antes de llegar a la calle de Doramas, cruzar otra vez el cauce del barranco frente al Terrero, a la altura de la actual calle del Párroco Artiles, llegándose hasta la bajada de San Nicolás y descender hasta más abajo de San Justo para girar una vez más a mitad de la calle aproximadamente en la misma dirección que la calle del Doctor Déniz, bordear el campanario del antiguo convento de la iglesia de San Francisco y por los terrenos del actual Conservatorio llegar a la calle Maninidra, girar hacia la de General Bravo y seguirla hasta pasar San Bernardo y entrando en la de Pérez Galdós descender por lo que es actualmente la calle de Perdomo y con breve giro hacia el Sur acabar enlazando con la calle Constantino en su extremo occidental. Perímetro que ciertamente muy poco se alteró en las centurias siguientes, hasta mediados del siglo pasado.
En principio, tan solo dos murallas defendían a la incipiente ciudad. La de la parte Norte, que, arrancando e un torreón con pequeña plataforma para la posible artillería, que bajaba desde la montaña de San Lázaro al Oeste, hasta el mar, por lo que se conoció como el Charco de los Abades, con un trazado igual a la actual calle de Bravo Murillo, con una gran portada de acceso a la altura del comienzo hoy del Parque de San Telmo, rematada en un torreón que se denominó luego como de Santa Ana. Y la muralla del Sur, levantada por órden del Gobernador Melgarejo alrededor del año 1530 y fue reconstruída en 1565 por el Capitán General Alonso de Ávila y Guzmán, que arrancaba en lo que hoy se conoce como Placetilla de los Reyes, en Vegueta, conocido al principio el paraje como el Campo del Quemadero y también alguna vez como el de La Cruz de la Horca y que acababa en la marina pedregosa, aproximadamente a la altura del terreno en que se enclava el cementerio Municipal de Las Palmas, con las Portadillas de Los Reyes y de San José donde se iniciaban los tortuosos caminos de herradura que conducían al Sur, posteriormente, aquella muralla se llegó hasta la Montaña de Santo Domingo al Oeste. Y aquellas dos toscas murallas de apenas tres metros de altura y no mucho grosor fueron durante varios siglos las que en verdad marcaron a uno y otro lado los límites urbanizados de la ciudad. Además, desde finales del siglo XV, construido entre los años de 1492 y 1494 bajo el mandato del general gobernador Alonso Fajardo, a unos cinco kilómetros al Norte de la ciudad existía un pequeño fuerte de planta cuadrada con plataforma para la artillería y cerca del cual había unas cuantas casas conocidas como las del Corral de Henríquez.
Allá por el año de 1599, la ciudad de Las Palmas estaba conformada por unas 58 calles, callejas, callejones, plazas y plazuelas, de las cuales más de un 10 por ciento, aunque identificadas, han ido desapareciendo por mor de diversas ampliaciones y reformas urbanísticas.
22 de septiembre de 2008
el fenomeno saramago
EL FENOMENO SARAMAGO
por Carlos Platero Fernández.
El escritor portugués José de Sousa "Saramago" nació en la localidad de Azinhaga, por el Ribatejo, comarca del centro de Portugal, en el año de 1922.
Contó él mismo en alguna ocasión que lo de "Saramago" que usa como seudónimo es en realidad el apodo heredado de su padre y de la familia paterna; muy corriente por otra parte el aplicar sobrenombres a las personas en las zonas rurales del país lusitano.
En Portugal y en Galicia, como "saramagal", "saramagoso" y simplemente "saramago" es un topónimo bastante abundante por las zonas rurales. Y "saramago" tanto en tierras galaicas como lusitanas es el "jaramago" o "labertro" castellano y es vocablo que, dice el filólogo Corominas, proviene muy probablemente del árabe "sarmaq", armuelle, hortaliza suave, por las propiedades medicinales que se le atribuyen; una planta anual de porte herbáceo, que puede alcanzar hasta cerca de dos metros de altura y que en algunos casos contiene en sus hojas unas saponinas que estimulan el apetito, lasantes y diureticas y son muy apreciadas en la medicina popular campesina como espectorantes. De ella, una de sus especies es el jaramago, el saramago galaico-portugués, planta herbácea de flores amarillas, pequeñas, muy común entre las ruinas de edificaciones de piedra y los escombros; es decir, en lugares influidos por la presencia del hombre o los animales domésticos cuales las calles y callejas rurales, viejas plazuelas, tapias musgosas, estercoleros, etc. Al igual que en Potugal y Galicia en las islas Canarias, con los jaramagos se hace caldo o potaje, añadiéndosele aquí papas de la tierra en lugar de coles o rábanos.
Y aquí viene a cuento lo del título del presente escrito. Porque, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la eclosión de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de los lectores españoles hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, uno de los máximos galardones de las Letras a nivel universal.
Pero antes de intentar explayarme con el tema, como quiera que estas cosas que últimamente suelo escribir cual si fuese un divertimiento íntimo mío, no son dedicadas más que a contadas personas de mi entorno afectivo familiar y amical reconozco con cierto acento vanidoso que, a fuer de gallego y aficionado a la lectura de literatura gallega, suelo presumir de que algo sé de aquellas muestras iniciales de las letras gallego-portuguesas que, por ejemplo, aún no hace muchos meses, en Galicia y fuera de ella en ambientes de la cultura gallega se habló de sus comienzos, de la etapa brillante de las Cántigas recordada en el Día das Letras Galegas correspondiente a 1998, evocando a poetas del medievo como un Mendinho de algún renombre, Martín Codax el juglar vigués del siglo XIII y al trovador Xohan de Cangas: Y se habló también por entonces de los Cancioneiros de Ajuda de la Biblioteca Vaticana y de la Biblioteca nacional de Lisboa; de cuando las raíces de las lengua gallega y del idioma portugués procedentes del latín vulgar fueron las mismas, ambas caminaron por mucho tiempo juntas. Y también lo fueron al componerse las Cántigas de Alfonso X y en los principios de la épica lusitana presente en las Crónicas Breves de Santa Cruz de Coimbra y aún el original del Amadis de Gaula, que apareció en castellano por el año de 1508 pero que había sido relatado antes por los trovadores y compuesto primero en gallego.
Luego, ya a partir del siglo XIV comenzaron a observarse notables diferencias entre la decadencia de la lengua propiamente gallega que parecía como si se fuese estancando y la de la pujante nación portuguesa que se iba ya consolidando como idioma con características propias y continuaría en su evolución hasta llegar a ser el actual fluido idioma que por mor del pasado imperio marítimo portugués hablan actualmente doscientos millones de seres humanos. Se dijo en más de una ocasión que una de las causas de que ello sucediese así fue que al morir el rey de Castilla Pedro I, seguidores de su causa perdida se estuvieron exiliando a Portugal, siendo por lo general los componentes de la flor y nata de la nobleza antigua y de los cortesanos pedristas.
Cierto fue que el lenguaje gallego se continuó hablando entre el pueblo; pero no escribiéndose, como no fuesen las excepciones de algunos autores cual Macías O Namorado, poeta medieval que escribió su notable producción en gallego y castellano indistintamente y ya perteneciente a aquella época culturalmente decadente para Galicia, que vivió a mediados del siglo XIV.
Hubo al respecto una larga y secular etapa de ausencia casi total de autores en la lengua vernácula gallega, hasta llegar a los que fueron apareciendo en el transcurso del siglo XIX con O Rexurdimento, pero que creo que de ello nada he leído. Y tampoco lo he hecho de los autores portugueses de las mismas o parecidas épocas, salvo determinadas excepciones como fueron, años ha, cuando buscaba yo mayores referencias en que apoyarme para escribir con gran entusiasmo el libro inédito todavía "Usos y costumbres de los primeros pobladores de las Canarias", por lo que conocí las "Crónicas" de Gómes Eanes de Azurara, los "Viajes" de Diogo Gómes de Cintra, los de Gonzalo Piriz y de Johan Rodrigues y el "Diario" de Hans Mayor comprendidos en "Los Manuscritos de Valentim Fernándes" de a finales del siglo XV y principios del XVI; libro publicado por primera vez en 1847 y reeditado en Lisboa en 1940 del que conservo una fotocopia en algún rincón de mi biblioteca de temas canarios. También hube de leer el "Tratado dos Descubrimentos", de Antonio Galvao o Galván, que pude manejar en una edición de 1944. Y, naturalmente; el bien conocido "Os Lusíadas" de Luis Vaz de Camóes, que canta en sentidas y líricas estrofas la gran epopeya de la expansión ultramarina portuguesa en el indicado siglo XVI y que figura entre mis libros más estimados.
Pues, como antes indiqué, salvo las precedentes excepciones en mis largos años de lector infatigable y entusiasta, creo que apenas he trabado contacto con las letras portuguesas hasta llegar a los novelistas post románticos cuales Castelo Branco y Julio Diniz y el que fue gran escritor en el tránsito del realismo al modernismo Eca de Queirós, leídos en mi mocedad.
De Camilo Castelo o Castello Branco leí la que quizás fuese su obra más celebrada "Amor de perdición" y, me parece que "Novellas do Minho" en las que intentaba, y conseguía creo yo, facilitar una visión lo más objetiva posible del primitivismo rural portugués y "La mayorazga de Romariz" que incidía en el mismo tema y "El Comendador", libros que todavía se conservan en la biblioteca familiar de Chaín, en Galicia. De Julio Diniz o Dinis, que fue el seudónimo de Joaquím Guilherme Gomes Cohelo, de profesión médico, que falleció aun no cumplidos los cuarenta años de edad, leí también por la misma o parecida época y que me produjeron grande impresión por sus acendrado regionalismo y tono romántico las novelas "Las pupilas del señor rector" y "La mayorazga de los cañaverales" editadas en la socorrida colección de Novelas y Cuentos de la década de los años 40, ambas construidas con un vigoroso poder imaginativo y, se dijo, un liberalismo armonioso de estirpe rousseauniana; ejemplares custodiados también en la Casa de La Vila de Chaín. Y de el notable escritor luso de finales del siglo XIX y principios del XX José María Eca de Queirós he leído "El crimen del Padre Amaro", "El mandarín" y su obra quizás más célebre "La reliquia", de todas las cuales hace tanto tiempo que fueron leídas que apenas me acuerdo de sus temas aunque no haya olvidado titulares, más recientemente un volumen de "Cuentos" y, del mismo autor, "La ilustre casa de los Ramírez", que tanto me agrada al releerla de cuando en cuando, pues la poseo entre mis libros. Y de un autor cuyo nombre no recuerdo ahora, un volumen de "Cuentos"; así como gran parte de un "Memorial Lusitano" de Antonio Machado de Feria que se me facilitara cuando anduve recogiendo datos genealógicos y heráldicos para mi libro "Los apellidos en Canarias". Y "Saudades da terra" de Gaspar Fructuoso, interesante para la historia de Canarias y, salvo la fotocopia de algún opúsculo de linajes y árboles genealógicos diversos, creo que nada más tengo en portugués. ¡Ah, si!,... Como curiosidad, conservo un novela de vaqueros que cierta vez me regaló el librero "de lance" mi buen amigo Pedro Castejón, ya fallecido, de aquel Fidel Prado de mi adolescencia, traducida al portugués.
Bastantes años más tarde he leído algo del poeta Fernando Pessoa y,... muy poco más puedo decir de mis lecturas de autores portugueses, en tanto no llegué a conocimiento de quien hasta hace doce o catorce años era por completo desconocido para, incluido yo naturalmente, el común de los lectores españoles, José de Sousa, de segundo apellido o seudónimo Saramago.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril. Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desharrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa. Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con ésto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos.
Ahora, en el transcurso de lo que va de este presente año de 1998 ya me interesé, no tanto por su obra que aún todavía desconozco en su mayoría como por el autor en sí, sus peripecias vivenciales, su trayectoria vital que se nos ha estado contando de alguna manera en periódicos y revistas y en la radio y la televisión. Pues desde el principio de saber algo de su bio-bibliografía, me ha resultado simpático este personaje, este escritor ya mayor pero en la cúspide de su excepcional producción literaria, como en plena sazón. Escritor hecho a si mismo, sin más universidad ni títulos académicos que los que la misma vida va facilitando; que fue por muchos años como un escritor anodino, de los del montón, con tremenda afición a escribir pero sin lograr salir del corsé que los formulismos gramaticales al uso le imponían y le amordazaban en lo mucho que quería decir a los demás. Y que, un buen día, después de publicar una novela que no tuvo éxito al pasar desapercibida para la crítica y el público, como él mismo explicó luego, se zafó de toda atadura de cariz academicista y con un estilo barroco y frondoso y técnica diferente de lo que hasta entonces había hecho, tras dejar pasar más de veinte años en "el dique seco de las ideas" dedicado su intelecto a actividades políticas de su ideología comunista y practicante agosticimo religioso, a finales de la década de los años setenta resurgió cual el ave fénix de sus propias cenizas literarias pero con una interpretación más libre e independiente de la gramática de su idioma materno al uso. Y publicó uno, otro y otros importantes libros hasta llegar a uno, "El Evangelio según Jesucristo" que pareció molestar a la Iglesia y a una fracción pacata de la sociedad portuguesa, posiblemente influida por su siempre confesado ideal comunista de la vida. Y, parece ser, fue vetado oficialmente para no figurar en una propuesta de escritores portugueses optando al Premio Nobel de Literatura. José Saramago, cabreado con el Portugal oficial y demócrata de aquel momento, que por otra parter ya había dado entrada en su vida a la joven periodista española Pilar del Río, casado con ella, se vino a residenciar a la isla de Lanzarote buscando la paz y la tranquilidad de este rincón isleño en el océano Atlántico.
A partir de este episodio, al ser citado de alguna manera en la prensa isleña, comencé yo a tener más conciencia de quien es este estupendo escritor portugués que, sin renunciar ni un ápice de sus orígenes y de su nacionalidad, habla siempre tan bien y tan a gusto de España, de las islas Canarias y de sus habitantes.
Al haberle sido concedido con todo merecimiento el Premio Nobel de Literatura correspondiente al año de 1998, he podido, como un lector y un espectador más, leerlo en la prensa y en las revistas, oírlo hablar por la radio y verlo en diferentes reportajes televisivos a él dedicados.
Y al leerle, al seguirle a través de los medios de comunicación social puedo afirmar que continua siendo para mí lo que ya desde un principio me había parecido: Un hombre sencillo, de nobles pensamientos, sincero en lo que dice y hace y en lo que escribe; un comunista puro, ingenuo y convencido de lo que cree y quizás no tan agnóstico como quiere aparentar; que sostiene un cierto resquemor que ya le viene de lo humilde de su infancia mantenido contra la Iglesia católica, más la preponderante de Roma que la emanada de los Evangelios, del mismo Jesucristo; como así se ha observado a través de los tiempos en muchos otros seres humanos que han declarado que alguna vez en sus vidas, cuando lo necesitaron, no se vieron atendidos como de lo que se predicaba se esperaba.
Para mí es curioso el que, entre su inconmensurable altura y mi insignificante bajura, y no me refiero tan solo a lo físico sinó también o precisamente a lo intelectual, hay ciertas similitudes, por más que en cuanto a idearios y filosofías no sean exactamente los mismos; y a edades, él me lleve exactamente diez años. Tuvo unos abuelos maternos analfabetos, aldeanos; el Melrinho y la Caixinha, en castellano el "mirlo pequeño" y la "cajita de reducido tamaño", de vida miserable por la pobreza de medios materiales en que se movían, amantes de los animales domésticos y de la naturaleza que los rodeaba, porque contribuían a su magro sustento. En una entrevista dejó dicho que aprendió a leer, más bien a practicar y perfeccionar la lectura con los trozos de periódicos que recogía del suelo. Sus padres se trasladaron a la gran ciudad buscando un mejor acomodo y parece ser que su progenitor llegó a ser un mando en la Policía Municipal.
Yo, nacido en la ciudad de La Coruña en 1932, estando circunstancialmente mi padre destinado en Oviedo, cuando estalló la guerra civil del 36 con mi madre y mis cuatro hermanos hube de refugiarme en una aldea perdida por el interior de Galicia, residiendo allí varios años con la abuela paterna, ya viuda a la sazón. Que, como los abuelos, en este caso maternos de Saramago, era practicamente analfabeta pero naturalmente inteligente, poseedora de una sólida sabiduría campesina, con grandes conocimientos de curandera, "madiciñeira" se les decía por allí y de psicología práctica y rural, además de crédula tanto en las cosas de religión cristiana como de superchería ancestral, labradora que trabajaba infatigable de sol a sol en el campo al igual que cualquier hombre, consejera y asesora de muchas materias entre sus paisanos y que nos animaba entusiasta y aún disciplinaria para que estudiásemos, teniendo a nuestra madre como ideal maestra en tan tristes épocas; y con mamá esmeradamente educada en la ciudad aprendimos a leer mi hermano gemelo Fernando y yo y refrendaron conocimientos Elena con sus siete u ocho años y Alberto con cinco o seis, pero no entonces el benjamín Toñito que a la sazón contaba tan solo con un año de edad. En aquella pequeña casa de "La Camposa", la de la abuela, supe lo que era dormir juntamente con mi inseparable gemelo sobre un áspero jergón de secas y chirrriantes hojas de la espiga de maíz, en un cuarto de piso de madera bajo el cual estaba la cuadra que había sido antaño alojamiento de una caballería propiedad del difunto abuelo y en la que por aquellas épocas siempre solía rebullir y gruñir algún cerdo, que se iba criando para la matanza otoñal que incrementaría algo más la entonces bastante exigua despensa doméstica. Por cierto que uno de mis más ingratos recuerdos de tan difíciles tiempos que alguna vez todavía evoco fue que en cierta ocasión en el transcurso de mi estancia en casa de la abuela, yo, de cinco o seis años de edad, quise coger entre mis brazos el marrano lechón juguetón que con sus gritos más que gruñidos pretendía subir los tramos de la escalera que desde la entrada de aquella pequeña y lóbrega estancia que también hacía servicio de leñera, conducía al susodicho cuarto dormitorio; yo lo cogí con tal impericia y mala fortuna que se me resbaló de las manos, se escapó en un salto y cayó de cabeza contra las duras losas del suelo, dio una vertiginosa voltereta, chilló de una forma escandalosa y escalofriante y se quedó inerte en el suelo, muerto. Y la consecuencia fue de inmediato un enérgico castigo, adecuado a mi edad e imprudencia o ignorancia, además del pánico que me invadió y me duró por algún tiempo, aun sin alcanzar a comprender lo agudo de la tragedia que en aquellas fechas para nosotros significaba la muerte del cerdito a cebar... que, eso sí, se aprovechó del todo pese a su poco tamaño. Cuando se acabó la contienda nacional, ya reunida de nuevo la familia, pasamos a vivir a diferentes localidades de la provincia de La Coruña, pudiendo yo leer más y más hasta quedarme ya de por vida "enganchado a este vicio de leer", pretender siempre saber algo más o disfrutar momentos plácidos de apasionante lectura.
El escritor portugués que aquí me ocupa, que dijo alguna vez que en realidad aprendió a leer, al menos a perfeccionar sus conocimientos de las letras con los trozos de papeles impresos, de periódicos encontrados por las calles, llegado el momento en la adolescencia de buscarse un porvenir, ingresó o lo ingresaron en una Escuela de Artes y Oficios en donde aprendió el artesanal de cerrajero, forjador del hierro. Oficio que en alguna etapa de su vida debió de abandonar para iniciarse en la política del entonces ingresando en el partido comunista portugués, desde donde es de suponer que arrancase su formación literaria, pues según su propia confesión estuvo acudiendo siempre que pudo a las bibliotecas públicas y a sus préstamos para leer y leer, en principio muy posible a autores eminentemente teóricos cuales Marx, Lénin, Trosky, Mao, etc., pero conociendo a la vez a los clásicos literatos más destacados portugueses y españoles, a los autores más destacados de la literatura universal, a los escritores renombrados del momento...
Contando quince años de edad, yo ingresé en una Escuela de Formación Profesional, en este caso de Aviación Militar, radicada en León, siendo una de mis etapas de más abundante y desordenada lectura de lo más diverso; y de donde, después de cursar allí los dos años de oficialía perceptivos salí destinado a las islas Canarias, al Aeródromo, luego Base Aérea de Gando en cuyo destino, después de cumplido el servicio militar, quedé hasta acabar mi dilatada vida laboral profesional de más de cuarenta y cinco años en activo siempre en el mismo lugar, habiendo empezado por la categoría laboral más inferior y terminado ostentando la máxima, ambas de nuestro particular escalafón.
Al igual que este buen escritor luso, que actualmente para bien convivir da la impresión de que debe de disimular sus afectos a España y a lo español para no herir la susceptibilidad de sus paisanos, yo a veces me veo en la obligación de mantener un delicado y escrupuloso equilibrio entre mis afectos por Galicia y por Canarias, por todas las islas al igual y por España y lo español en general, huyendo aquí tanto de posibles "godismos" peninsulares como de nefastos "chauvinismos" insulares, de regionalismos trasnochados y nacionalismos utópicos.
Bueno, aun me parece que hay otra faceta que nos iguala. Me da la impresión de que José Saramago, al igual que yo, se incorporó siendo ya muy mayor al mundo del ordenador personal. Y desde luego que ambos no podremos jamás presumir de dominar la mecanografía puesto que, por lo que he visto en algún reportaje, tanto él como yo escribimos, hemos escrito miles y miles de folios mecanografiados o tecleados, primero en las convencionales máquinas de escribir y luego en el PC... ¡con tan solo un dedo de cada mano!
Y aquí se acaban las posibles similitudes que establecieron la providencia, el azar, el destino, la vida misma. Porque en lo de escribir y publicar...
José Saramago, en tanto vivía sobre todo para y por el partido comunista portugués, opción en la que creía y que libremente había elegido en su juventud, en el interín formó pareja, tuvo una hija, luego, por lo que se deduce de los escasos datos que se conocían de su biografía vivió en soledad afectiva por mucho tiempo, dedicado a sus actividades políticas y, como cliente asiduo de las bibliotecas públicas leyendo mucho, escribiendo páginas y páginas que luego rompía, porque se sentía atado, sin lograr expresar a su gusto lo que quería contarse a si mismo y a los demás. En 1977 publicó su "Manual de Pintura y caligrafía" que se tradujo al español ya en 1989, año en que publicó "Historia del cerco de Lisboa", traducida en 1990. Se publicó su novela "Levantado do Chao" en 1980, traducida al español con el título de "Alzado del suelo" en 1988...
Ya mayor, en la edad madura, como solemos decir, dió entrada en su vida a la curiosa periodista española que después de haber leído la primera edición en castellano de "Memorial del convento" de 1982 traducida al español en 1986 quiso conocer a su autor. Le conoció, trabaron estrecha amistad y se casaron. Y fueron apareciendo una tras otra, "El año de la muerte de Ricardo Reis" en 1984, traducida al español en 1985, "La balsa de piedra" en 1986, en español en 1987, "El Evangelio según Jesucristo" en 1891, en español 1992, "Ensayo sobre la ceguera" en 1995, "Viaje a Portugal" también en 1995 y traducción al español en el presente 1998, "Todos los nombres" en 1997, "Cuadernos de Lanzarote" asimismo en 1997, "El libro de las tentaciones" en 1998, etc. Y, cuando estoy escribiendo ésto, parece que ya tiene preparada para próxima publicación "La caverna". Y, además, numerosos artículos periodísticos, aparecidos últimamente también en la prensa española, el cuento "La isla desconocida". Para teatro escribió "Que furci con este livro?" ("¿Que haré con este libro?"), "In nomine Dei" ("En nombre de Dios"), etc. Actulmente es su mejor traductora al español, que él habla fluida y perfectamente, su propia esposa.
Y aquí viene a cuento lo del título con que he encabezado el presente escrito. Porque, además de que, según mi opinión así hay que considerar a quien con una escasa docena de libros publicados en su haber, pero traducidos ya a varios idiomas en el espacio de apenas veinte años, ha merecido el alto galardón del Nobel, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la especie de eclosión si aquí vale tal vocablo, de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de nosotros los lectores españoles.
Particularmente aquí en Canarias el nombre del escritor Saramago ha estado sonando con algo más de insistencia en estos últimos tiempos porque, casado no ha muchos años con la periodista española, creo que andaluza de naturaleza o residente en Andalucía, Pilar del Río a partir del año 1994 y con el asesoramiento de una hermana de ella que ya por aquí reside se vino el matrimonio a vivir de forma estable al entrañable pueblo o villa de Haría, en la isla de Lanzarote.
Cierto que en estas últimas décadas y de un año para otro se ha estado citando a este escritor portugués ya más que sesentón en los círculos literarios como a uno de los autores favoritos para optar al prestigioso galardón de la Academia sueca, premio que le fue negado en repetidas convocatorias, porque, además, un gobierno democrático portugués de hace años se opuso a que el comunista José de Sousa fuese oficialmente propuesto para aspirar al máximo galardón literario sueco; lo que motivó su voluntario exilio pasando a residir al archipiélago canario en la isla volcánica de lanzarote. Naturalmente, cuando se supo que, pese a todas las trabas puestas por un sector político determinado de sus paisanos se le concedió el Nobel, el actual gobierno de su patria, tratando de enmendar de alguna manera el incuo fallo del pasado presurosamente le concedió el gran collar de la Orden de la Torre de Santiago de Espada, la máxima distinción de Portugal para que pudiese lucirla en la corte sueca al recibir el Nobel. Y el galardonado escritor, tal como él mismo confesó posteriormente, no guarda rencor a quienes lo trataron de ignorar por su definida ideología de izquierdas aunque, lógicamente, no podrá olvidar el hecho; y en el transcurso de poco tiempo va a ser investido doctor "honoris causa" de la Universidad de Evora, en el Alentejo del sur portugués, como uno más de los innúmeros homenajes que bien merecidamente le están ofreciendo en su país muchos de los que le admiran y los que por no comulgar con sus ideas políticas en el pasado lo ignoraron o detractaron. Y también ha sido Saramago homenajeado en tierras españolas, donde por lo general se le admira y quiere bien. Donde, aunque ya reconciliado con su patria, de la que jamás ha renegado sinó todo lo contrario, este portugués internacional la enaltece cuanto puede en sus escritos, en su estimada Lanzarote, en la bucólica villa de Haría piensa seguir residiendo para siempre, como en más de una ocasión últimamente ha dicho.
Como al principio indiqué, yo he sido uno de los muchos españoles que nada sabía del escritor portugués Saramago. Creo recordar, sí, que en alguna de las tertulias radiofónicas a que se nos tiene acostumbrados a los españoles en estos bonancibles tiempos de democracia, una vez oí por la radio el chiste aquel de que un periodista le preguntaba a la Ministra de Cultura Sra. Aguirre si conocía a Saramago y ella contestaba que sí, que Sara era muy simpática y que había almorzado con ella aún no hacia mucho; pero parece que es apócrifo.
Cuando supe que era un buen escritor portugués, que había elegido la placidez de la isla de Lanzarote como residencia habitual, la verdad es que me resultó altamente simpática la persona que así obrara. Y, recordando los dos libros adquiridos en el mercadillo del Puerto los localicé en los atestados estantes y pronto me vi inmerso en su lectura, primero de "Memorial del convento". ¡Que atrayente hallazgo! ¡Que mundo de fábula entremezclada con un barroquismo realista iba descubriendo!. Su lectura me enganchó de inmediato y en principio ya me hizo recordar entre otros, a varios de mis admirados autores gallegos, a alguna obra de Gonzalo Torrente Ballester cual "El rey pasmado" que con su fina ironía satírica se acabó llevando con notable acierto al cine. Claro que también me suena a veces a mi otro paisano el genial fabulador Alvaro Cunqueiro y, si leído en el gallego original, mejor; quizás, aunque no con tanta intensidad, al Camilo José Cela de los primeros tiempos y, si se me apura, si no tan perceptible en el estilo, si en la elección de temáticas, al sin par, "el de las barbas de chivo", ínclito don Ramón del Valle-Inclán, impresión y regusto que prosiguieron con la lectura, a continución de "El año de la muerte de Ricardo Reis", con variaciones estilísticas notables y luego "El Evangelio según Jesucristo".
Llegado hasta aquí, bien comprendo que acaso no sean de lo más certero estas suposiciones y apreciaciones mías porque, en realidad, a pesar de haber sido yo antaño un empedernido y contumaz lector, por mor de los muchos años no esté ahora ya de lo más actualizado, puesto al día en cuanto a obras literarias y autores de este último cuarto de siglo, tiempo en el que me he estado dedicando más a la investigación y documentación de temas esencialmente canarios para los últimos libros míos publicados "El cine en Canarias", "Los apellidos en Canarias", "Calles de Las Palmas" y el todavía inédito "Nuevo nomenclator callejero de Las Palmas de Gran Canaria", amén de los aún no terminados "Escaleritas" y "Casa de Galicia", sin contar las etapas en que estuve colaborando asiduo en la prensa isleña con temas históricos y de artesanía canarios.
Hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 me entero, nos enteramos todos de que se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a su densa obra narrativa y de fabulación.
Y me puse a leer a este escritor portugués con verdadero interés y curiosidad en los libros que tenía en casa; descubriendo al mismo tiempo que tanto mi hija Margot en Santa Cruz de Tenerife como mi hijo Carlos en Málaga y Melilla ya lo conocían y saborearan habiendo leído casi todas sus obras traducidas al castellano. Ha sido Margot la que al enterarse de este mi repentino interés se ha ofrecido para traerme todo lo que de Saramago tenga entre sus libros, me parece que en principio el titulado "Historia del cerco de Lisboa" y algún otro más.
Compartiendo opiniones al respecto sobre este autor revelación portugués, vale el decir que, según se puede observar en las fotografías que últimamente se le han hecho para prensa y revistas y en los documentales de televisión que de el se han rodado de octubre del presente año para acá, hay en su fisonomía de hombre ya mayor pero bien conservado y con cierto aire de sabio distraído al uso, como un cierto cinismo sugestivo en su mirada que es la de quien observa lo que le rodea con cierto o bastante escepticismo. Otra cosa es sin duda lo que el autor piensa y sabe transmitir de manera tan brillante al papel a través de la escritura, en su peculiar estilo.
Y es que este moderno autor portugués sabe desgranar la intriga con singulares estilo y eficacia, recurriendo a un bien pensado reparto de sucesos diversos, riesgos y temores, en una escritura escrupulosa y mesurada que exprime tanto lo escenarios como lo argumentos, conducido el hilo de la idea por medio de un proceso metódico, racional que trata de descubrir las posibilidades reales o fantásticas más sorprendentes; a la alabanza del arte de razonar y a la concatenación de los sucesos que narra en un campo novelístico y fabuloso solo delimitado por la imaginación portentosa y casi inagotable del autor.
Por lo general, para mí al menos, pienso que es gozosa y atrayente en grado sumo si se hace concienzuda y pausada la lectura de la obra de José Saramago, tanto para la vista como para el oído si alguien de nuestro entorno nos lee algún trozo.
Despues de haber leído pues en estos últimos tiempos bastantes páginas de José Saramago, mi modesta opinión al respecto es que en su obra, cada vez más depurada, más que un realismo crítico o racionalista, que alguien me ha señalado indicándome que es aquel que pone de manifiesto las contradiciones de la vida de los burgueses, terratenientes, empresarios, etc., pero que no es capaz de mostrar la solución positiva de estas contradicciones, es el suyo un estilo de exposición, sumamente realista sí pero que a la vez actua a diferentes niveles, o sea lo que yo entiendo por un realismo mágico.
Con respecto a estilos, vocabulario, ideologías, etc., podrá estar uno de acuerdo o no con las ideas, con la filosofía que sobre la vida y la condición humana expone en su peculiar forma de narrar Saramago, pero lo que no cabe duda es de que lo sabe decir muy bien, de forma clara y contundente. Ejemplos: la contestación que no hace mucho dio al entrevistador de turno con motivo de la publicación en español de su última producción que tituló "Todos los nombres" en la que hay mucho de autobiografía, pero en tal caso discurriendo sobre la burocracia y su moral que hoy nos dominan: "Toda la burocracia, toda la jerarquía es falsa. Se trata de un sistema por el que yo acepto que una persona determinada es un superior mío, y esto lo aceptamos como una condición misma del funcionamiento de la sociedad. Si pensamos en nuestra relación con el poder, ya sea el de Dios o el de la policía, vemos que nos acomodamos a su nivel de autoridad, de forma que se supone que el superior ejerce una autoridad sobre todos los demás, y cada nivel inferior la ejerce sobre otro más inferior. Bueno, si lo vemos con una mirada crítica, todo esto es falso..."
Tan solo, este mi modesto "pero", me atrevo a añadir que yo diría que deberá de tenerse en cuenta que el premio Nobel no se lo concedieron a José Saramago precisamente por su manifiesta ideología que hace apología más de filosofías del comunismo más que del socialismo, causa precisamente de que durante muchos años, la mayor parte de su existencia fuese casi la de un desconocido en la literatura internacional, hasta que desligándose mayormente de la política de su país se puso a escribir y triunfó merced a su arte depurada de fabulación, a su barroquismo innato y a su portentoso poder de evocación de recursos literarios en donde han tenido cabida idearios tanto humanistas y, quierase o nó tradicionalmente cristianos como de una filosofía materialista y ácrata. Dada la fama adquirida con el Nobel, ha empezado nuestro autor a aparecer en determinados actos y escenarios internacionales que no tienen que ver precisamente con la literatura en sí sinó con determinados idearios, o al menos eso creo yo. Y entonces, olvidando estilos y escritos, se manifiestan simpatías o antipatías, inclinaciones y rechazos. Se olvida y deja de admirar al literato y se denosta o se aplaude con el mismo o mayor fervor al político; cuando la fama y el honor en este caso vienen de la inspiración y del poder creativo de la mente y no de la crítica y el rechazo oficial de unos sentimientos racionalistas o mterialistas de la vida por otros más o menos humnista y cristianos.
En resumen, adhiriéndome a lo que ya se ha dicho, pienso que la fortaleza de la palabra de este narrador que es José de Sousa Saramago, su determinación patente y su cualidad de saber juntar lo meticulosamente objetivista con la ofuscación soñadora son todo una impresionante y portentosa construcción verbal y literaria, bien merecedora del laurel del premio al más alto nivel que se le ha otorgado. Y al mismo tiempo, es de desear que no suceda aquí con este admirado autor portugués el vaticinio que con respecto a la mayoría de los laureados artistas y sobre todo grandes escritores un día no ha mucho le leí al excelente periodista o columnista el asturiano Carlos Luis Alvarez, de seudónimo "Cándido": "Creo que a diferencia de los científicos, por ejemplo, cuando los escritores, los poetas, alcanzan el grado de la consagración y quedan fuera de los esquemas polémicos del mérito, suelen detenerse efectivamente en su corriente de creación como si una vez lograda la cúspide empezasen no ya a descender sinó a ir quedándose quietos. Van volviéndose estatuas de sal, como la mujer de Lot, de tanto mirar hacia atrás".
Por último, pienso yo que el jaramago, saramago galaico-portugués, como al principio indicaba, es una hierba, una planta vulgar, sencilla, hasta puede decirse que creciendo en los sitios más recónditos y humildes como queriendo pasar desapercibida, pero que es socorrida y sirve generosa para remediar muchas necesidades de las gentes que la conocen y hacen uso de ella y terminan saboreándola, paladeándola por su exquisitez.
Y dígase aquí como colofón al presente comentario, que tanto de la obra de José Saramago como de los rasgos más destacados que definen la personalidad de este escritor portugués afincado y bien querido en España, en las islas Canarias, lo que más me ha impresionado en definitiva ha sido la escena final del documental de Canal Plus titulado "La vida según Saramago" recientemente rodado y televisado, en la que el laureado escritor, caminando despacio hacia el horizonte, por las tierras volcánicas de Lanzarote, se vuelve un instante a la cámara que le sigue y con un gesto en el que se transciende su forma de entender la vida y, lleno de sinceridad, mira al infinito y se despide con el expresivo ademán de una mano, diciendo: "Y todo ésto, ¿para qué?..." Algo que yo también, ya jubilado, con una familia lograda, liberado de las ataduras de mi prolongada vida laboral, leyendo y escribiendo como tanto había deseado, me he preguntado a mí mismo más de una vez en estos últimos tiempos.
Las Palmas de Gran Canaria, 31 de diciembre de 1998.-
por Carlos Platero Fernández.
El escritor portugués José de Sousa "Saramago" nació en la localidad de Azinhaga, por el Ribatejo, comarca del centro de Portugal, en el año de 1922.
Contó él mismo en alguna ocasión que lo de "Saramago" que usa como seudónimo es en realidad el apodo heredado de su padre y de la familia paterna; muy corriente por otra parte el aplicar sobrenombres a las personas en las zonas rurales del país lusitano.
En Portugal y en Galicia, como "saramagal", "saramagoso" y simplemente "saramago" es un topónimo bastante abundante por las zonas rurales. Y "saramago" tanto en tierras galaicas como lusitanas es el "jaramago" o "labertro" castellano y es vocablo que, dice el filólogo Corominas, proviene muy probablemente del árabe "sarmaq", armuelle, hortaliza suave, por las propiedades medicinales que se le atribuyen; una planta anual de porte herbáceo, que puede alcanzar hasta cerca de dos metros de altura y que en algunos casos contiene en sus hojas unas saponinas que estimulan el apetito, lasantes y diureticas y son muy apreciadas en la medicina popular campesina como espectorantes. De ella, una de sus especies es el jaramago, el saramago galaico-portugués, planta herbácea de flores amarillas, pequeñas, muy común entre las ruinas de edificaciones de piedra y los escombros; es decir, en lugares influidos por la presencia del hombre o los animales domésticos cuales las calles y callejas rurales, viejas plazuelas, tapias musgosas, estercoleros, etc. Al igual que en Potugal y Galicia en las islas Canarias, con los jaramagos se hace caldo o potaje, añadiéndosele aquí papas de la tierra en lugar de coles o rábanos.
Y aquí viene a cuento lo del título del presente escrito. Porque, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la eclosión de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de los lectores españoles hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, uno de los máximos galardones de las Letras a nivel universal.
Pero antes de intentar explayarme con el tema, como quiera que estas cosas que últimamente suelo escribir cual si fuese un divertimiento íntimo mío, no son dedicadas más que a contadas personas de mi entorno afectivo familiar y amical reconozco con cierto acento vanidoso que, a fuer de gallego y aficionado a la lectura de literatura gallega, suelo presumir de que algo sé de aquellas muestras iniciales de las letras gallego-portuguesas que, por ejemplo, aún no hace muchos meses, en Galicia y fuera de ella en ambientes de la cultura gallega se habló de sus comienzos, de la etapa brillante de las Cántigas recordada en el Día das Letras Galegas correspondiente a 1998, evocando a poetas del medievo como un Mendinho de algún renombre, Martín Codax el juglar vigués del siglo XIII y al trovador Xohan de Cangas: Y se habló también por entonces de los Cancioneiros de Ajuda de la Biblioteca Vaticana y de la Biblioteca nacional de Lisboa; de cuando las raíces de las lengua gallega y del idioma portugués procedentes del latín vulgar fueron las mismas, ambas caminaron por mucho tiempo juntas. Y también lo fueron al componerse las Cántigas de Alfonso X y en los principios de la épica lusitana presente en las Crónicas Breves de Santa Cruz de Coimbra y aún el original del Amadis de Gaula, que apareció en castellano por el año de 1508 pero que había sido relatado antes por los trovadores y compuesto primero en gallego.
Luego, ya a partir del siglo XIV comenzaron a observarse notables diferencias entre la decadencia de la lengua propiamente gallega que parecía como si se fuese estancando y la de la pujante nación portuguesa que se iba ya consolidando como idioma con características propias y continuaría en su evolución hasta llegar a ser el actual fluido idioma que por mor del pasado imperio marítimo portugués hablan actualmente doscientos millones de seres humanos. Se dijo en más de una ocasión que una de las causas de que ello sucediese así fue que al morir el rey de Castilla Pedro I, seguidores de su causa perdida se estuvieron exiliando a Portugal, siendo por lo general los componentes de la flor y nata de la nobleza antigua y de los cortesanos pedristas.
Cierto fue que el lenguaje gallego se continuó hablando entre el pueblo; pero no escribiéndose, como no fuesen las excepciones de algunos autores cual Macías O Namorado, poeta medieval que escribió su notable producción en gallego y castellano indistintamente y ya perteneciente a aquella época culturalmente decadente para Galicia, que vivió a mediados del siglo XIV.
Hubo al respecto una larga y secular etapa de ausencia casi total de autores en la lengua vernácula gallega, hasta llegar a los que fueron apareciendo en el transcurso del siglo XIX con O Rexurdimento, pero que creo que de ello nada he leído. Y tampoco lo he hecho de los autores portugueses de las mismas o parecidas épocas, salvo determinadas excepciones como fueron, años ha, cuando buscaba yo mayores referencias en que apoyarme para escribir con gran entusiasmo el libro inédito todavía "Usos y costumbres de los primeros pobladores de las Canarias", por lo que conocí las "Crónicas" de Gómes Eanes de Azurara, los "Viajes" de Diogo Gómes de Cintra, los de Gonzalo Piriz y de Johan Rodrigues y el "Diario" de Hans Mayor comprendidos en "Los Manuscritos de Valentim Fernándes" de a finales del siglo XV y principios del XVI; libro publicado por primera vez en 1847 y reeditado en Lisboa en 1940 del que conservo una fotocopia en algún rincón de mi biblioteca de temas canarios. También hube de leer el "Tratado dos Descubrimentos", de Antonio Galvao o Galván, que pude manejar en una edición de 1944. Y, naturalmente; el bien conocido "Os Lusíadas" de Luis Vaz de Camóes, que canta en sentidas y líricas estrofas la gran epopeya de la expansión ultramarina portuguesa en el indicado siglo XVI y que figura entre mis libros más estimados.
Pues, como antes indiqué, salvo las precedentes excepciones en mis largos años de lector infatigable y entusiasta, creo que apenas he trabado contacto con las letras portuguesas hasta llegar a los novelistas post románticos cuales Castelo Branco y Julio Diniz y el que fue gran escritor en el tránsito del realismo al modernismo Eca de Queirós, leídos en mi mocedad.
De Camilo Castelo o Castello Branco leí la que quizás fuese su obra más celebrada "Amor de perdición" y, me parece que "Novellas do Minho" en las que intentaba, y conseguía creo yo, facilitar una visión lo más objetiva posible del primitivismo rural portugués y "La mayorazga de Romariz" que incidía en el mismo tema y "El Comendador", libros que todavía se conservan en la biblioteca familiar de Chaín, en Galicia. De Julio Diniz o Dinis, que fue el seudónimo de Joaquím Guilherme Gomes Cohelo, de profesión médico, que falleció aun no cumplidos los cuarenta años de edad, leí también por la misma o parecida época y que me produjeron grande impresión por sus acendrado regionalismo y tono romántico las novelas "Las pupilas del señor rector" y "La mayorazga de los cañaverales" editadas en la socorrida colección de Novelas y Cuentos de la década de los años 40, ambas construidas con un vigoroso poder imaginativo y, se dijo, un liberalismo armonioso de estirpe rousseauniana; ejemplares custodiados también en la Casa de La Vila de Chaín. Y de el notable escritor luso de finales del siglo XIX y principios del XX José María Eca de Queirós he leído "El crimen del Padre Amaro", "El mandarín" y su obra quizás más célebre "La reliquia", de todas las cuales hace tanto tiempo que fueron leídas que apenas me acuerdo de sus temas aunque no haya olvidado titulares, más recientemente un volumen de "Cuentos" y, del mismo autor, "La ilustre casa de los Ramírez", que tanto me agrada al releerla de cuando en cuando, pues la poseo entre mis libros. Y de un autor cuyo nombre no recuerdo ahora, un volumen de "Cuentos"; así como gran parte de un "Memorial Lusitano" de Antonio Machado de Feria que se me facilitara cuando anduve recogiendo datos genealógicos y heráldicos para mi libro "Los apellidos en Canarias". Y "Saudades da terra" de Gaspar Fructuoso, interesante para la historia de Canarias y, salvo la fotocopia de algún opúsculo de linajes y árboles genealógicos diversos, creo que nada más tengo en portugués. ¡Ah, si!,... Como curiosidad, conservo un novela de vaqueros que cierta vez me regaló el librero "de lance" mi buen amigo Pedro Castejón, ya fallecido, de aquel Fidel Prado de mi adolescencia, traducida al portugués.
Bastantes años más tarde he leído algo del poeta Fernando Pessoa y,... muy poco más puedo decir de mis lecturas de autores portugueses, en tanto no llegué a conocimiento de quien hasta hace doce o catorce años era por completo desconocido para, incluido yo naturalmente, el común de los lectores españoles, José de Sousa, de segundo apellido o seudónimo Saramago.
Veamos como llegué a tal conocimiento. Supongo que algún día, aún no sé cuando, terminaré sentándome ante mi escritorio y el ordenador para escribir "largo y tendido" acerca de mi afición a los libros; en los últimos tiempos, reconozco que más hacia los títulos y autores, que a su lectura más o menos pausada o rápida, esa es la verdad.
Cuando en alguno de mis paseos, de mi deambular callejero, tanto en esta mi ciudad habitual como en localidades distintas en que pueda encontrarme circunstancialmente paso ante el escaparate de una librería, inevitablemente he de detenerme aunque sea tan solo unos instantes para echar una ojeada a los títulos y autores de los libros que se muestran en los escaparates; y, a veces, si se me ofrecen sugestivos aún suelo imaginarme algo sobre su contenido. Y si se tercia, penetro en el local, miro y remiro y si me es monetariamente factible el momento adquiero éste o aquél ejemplar, cuyo precio no me resulte oneroso para el modesto contenido de mi monedero. Si me tropiezo al azar, o quizás buscándola a propósito, con alguna "librería de viejo", "de lance" o "de ocasión", entonces sí que, tenga o no prisa, hago un hueco en las posibles hipotéticas urgencias y no prosigo mi caminar hasta tanto no haya echado al menos un vistazo a algo de lo que se exponga o se venda como almoneda.
Evoco aquí de manera fugaz los más recientes recorridos por los puestos, generalmente domingueros, además de los más habituales, de el Mercadillo del Puerto de La Luz y los de los alrededores del mercado Municipal de Vegueta, en muchos casos ilegales y perseguidos por la policía local con más o menos insistencia, aquí en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; por los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de Africa y la vieja Recova en Santa Cruz de Tenerife y en la calle de Herradores en La Laguna; en el Rastro, en la plaza de Tirso de Molina y por las calles de San Bernardo, travesía del Arenal y la Cuesta de Moyano madrileños; en el Mercado de San Antonio en Barcelona; por Riego de Agua, la calle del Olmo y alrededores de María Pita en La Coruña; la Plaza de La Leña en Pontevedra; las Ruas de San Pedro y del Vilar en Santiago; junto a la antañona iglesia de Santa Catalina en Valencia; cerca de los Juzgados o callejeando por el viejo San Sebastián; en las numerosas librerías de lance en las calles de Ollerías y Carretería, parte antigua en Málaga, etc., etc... Y también, si se saben buscar, se pueden encontrar libros interesantes (hace pocos días tuve en mis manos una Enciclopedia UTEHA editada en México por los años 60 del presente siglo, ¡dirigida, corregida y al cuidado de Agustín Millares Carló!, en muy buen estado de conservación y que se vendía por muy pocas pesetas) entre lo mucho populachero o ramplón y más o menos deteriorado que, al menos en esta ciudad en que resido, en algunos de esos locales que hacen de almacenes y de compra-venta de muebles y objetos usados o de segunda mano instalados a beneficio de esta o aquella asociación benemérita o de "oeneges" como ahora se las dice. Y, en fin, en ocasionales rastrillos que con fines asimismo de ayuda al más necesitado se abren al público en fechas navideñas... Bueno, bueno, bueno.
Pues bien; a veces, tanto aquí en Las Palmas de Gran Canaria como en las distintas ciudades, villas y pueblos de España, si se buscan, en estos lugares se encuentran verdaderas gangas, que yo procuro adquirir, siempre que los ejemplares de los libros que interesan estén en buen estado de conservación... ¡Y no tengan marcas, señales, huellas de sellos de tampón ostensibles e indicadoras de pertenecer el volumen a esta o aquella biblioteca pública, oficial, de determinado organismo!... Que sí que se encuentran libros usados con tales características identificadoras en muchas ocasiones.
Y no digamos ya cuando estos libros de segunda o tercera mano se venden en improvisados puestos de venta, al aire libre, colocados acaso sobre una raída manta en el suelo, en las aceras de variadas callejas y en los alrededores de iglesias, de plazas de mercado. En estos puestos callejeros "y movibles" y ocasionales en que se suelen apostar tanto los simples ropavejeros como el avispado "perista" cuya mercancía siempre es de dudosa procedencia, el vendedor ambulante que se cree que tiene verdaderas bicocas entre este especial producto que ni conoce y el clásico "chorizo" de aspecto desastrado que tal vez adquirió la mercancía que expone con malas artes, procedimientos ilegales. Y, entonces, a la mayoría de estos tipos de vendedores ambulantes, cierta íntima ética y escrúpulos aconsejan que no se les compre... ¡Salvo cuando se te ofrece a los ojos algo que consideras en verdad excepcional, algo que acaso has estado buscando inútilmente hasta entonces, que hace que disimules al máximo tus escrúpulos puritanos y acabes adquiriendo el libro ansiado que sigues suponiendo pueda haber sido adquirido de forma ilícita y cierras los ojos y te largas apretando contra tu pecho el objeto de tu deseo, sin querer pensar que con ello estas tú mismo cometiendo un posible delito como receptor!.
Confieso aquí como ejemplo que en mi caso particular fue hace no mucho tiempo, cuando por ver si encontraba algo interesante en una pausada mañana sabatina acudí al Mercado Municipal de Vegueta, en cuyos alrededores se suele organizar a veces un buen tinglado de chamarileo de artículos usados de lo más variado. Al lado de la puerta de uno de los sencillos bares que abundan por la zona, advertí a un joven sujeto de esos que tú, al observar sus ademanes huidizos y sus miradas furtivas, de reojo y, por lo común el desaseo, la mugre de rostro y manos y en la misma ropa que viste, catalogas como perteneciente a la "fauna" humana rateril. Tenía un saco abierto a sus pies y por la boca del cual asomaban algunos libros, entre los que se destacaba de inmediato por lo voluminoso y nuevo un hermoso tomo de un cierto diccionario de tema canario, que yo con fingida indiferencia recogí y examiné en rápida ojeada. ¡Estaba nuevo por completo!... y era de edición reciente; al que le faltaba, eso sí, una de las primeras páginas, precisamente la correspondiente al título y características de edición, que le había sido arrancada sin mucha delicadeza, por lo que pude apreciar.
Al percibir el nerviosismo, los tic como de ansiedad del ocasional vendedor no revolví más en el contenido del saco y le pregunté que era lo que pedía por el libro que conservaba en mis manos. Y el buen mozo, sin dejar de mirar en derredor y a uno y otro lado de la acera me dijo que dos mil pesetas; pero al apreciar doblando la cercana esquina a uno de los guardias municipales que de cuando en cuando aparecían por allí haciendo barrida de majo y limpio entre los chamarileros, añadió rápido y haciendo ademán de cerrar y recoger el saco, "Déme lo que usted quiera". Lo que motivó que yo pensase que ¡Vaya por Dios!, allí estaba un individuo que no tenía la conciencia muy tranquila, pues era de suponer que la mercancía que ofertaba había sido adquirida de mala manera.
Y sucumbí a la fuerte tentación. ¡Diablo de estupendo diccionario!... Con rapidez volví a cerciorarme de que, a la vista al menos no tenía el dichoso libro señal alguna de identificación de propiedad determinada, metí luego la mano en el bolsillo, saqué el monedero y le enseñé las tres monedas que contenía, una de quinientas y dos de cien pesetas. "¡Esto es lo que tengo y esto es lo que te doy!". Aquel desharrapado individuo me arrebató las monedas de la mano, empujó el tomo hacia mí y cargando al hombro el saco salió de estampida aunque procurando disimular sus prisas ante el guardia municipal que, bloc y bolígrafo en una mano ya andaba cerca de nosotros, imponiendo alguna multa. Y como este caso tan minuciosamente detallado, muchos más.
Pero, bueno. Me acabo de enrollar bien con ésto de los libros de ocasión, que es uno de mis vicios, cuando en realidad lo que pretendo decir aquí es que, en una de mis incursiones por el Mercadillo del Puerto, hace aún escasos años que adquirí a cien pesetas cada uno y en muy buen estado los libros del autor portugués José Saramago titulados "Memorial del convento" y "El año de la muerte de Ricardo Reis", ambos, naturalmente, traducidos al español y editados por Seix Barral, el uno en 1982 y el otro en 1984, y los adquirí realmente, porque el autor me sonaba de algo, lo que ya fue suficiente en la ocasión para desear poseer aquellos dos libros. Aunque luego, como me sucede con la mayoría de los que en análoga situación o parecida manera voy adquiriendo y que también me ocurre con los que amigos o familiares me regalan envían de cuando en cuando, no los leí aunque si los inscribí en el registro imprescindible y correspondiente. Y me olvidé un tanto de ellos.
Ahora, en el transcurso de lo que va de este presente año de 1998 ya me interesé, no tanto por su obra que aún todavía desconozco en su mayoría como por el autor en sí, sus peripecias vivenciales, su trayectoria vital que se nos ha estado contando de alguna manera en periódicos y revistas y en la radio y la televisión. Pues desde el principio de saber algo de su bio-bibliografía, me ha resultado simpático este personaje, este escritor ya mayor pero en la cúspide de su excepcional producción literaria, como en plena sazón. Escritor hecho a si mismo, sin más universidad ni títulos académicos que los que la misma vida va facilitando; que fue por muchos años como un escritor anodino, de los del montón, con tremenda afición a escribir pero sin lograr salir del corsé que los formulismos gramaticales al uso le imponían y le amordazaban en lo mucho que quería decir a los demás. Y que, un buen día, después de publicar una novela que no tuvo éxito al pasar desapercibida para la crítica y el público, como él mismo explicó luego, se zafó de toda atadura de cariz academicista y con un estilo barroco y frondoso y técnica diferente de lo que hasta entonces había hecho, tras dejar pasar más de veinte años en "el dique seco de las ideas" dedicado su intelecto a actividades políticas de su ideología comunista y practicante agosticimo religioso, a finales de la década de los años setenta resurgió cual el ave fénix de sus propias cenizas literarias pero con una interpretación más libre e independiente de la gramática de su idioma materno al uso. Y publicó uno, otro y otros importantes libros hasta llegar a uno, "El Evangelio según Jesucristo" que pareció molestar a la Iglesia y a una fracción pacata de la sociedad portuguesa, posiblemente influida por su siempre confesado ideal comunista de la vida. Y, parece ser, fue vetado oficialmente para no figurar en una propuesta de escritores portugueses optando al Premio Nobel de Literatura. José Saramago, cabreado con el Portugal oficial y demócrata de aquel momento, que por otra parter ya había dado entrada en su vida a la joven periodista española Pilar del Río, casado con ella, se vino a residenciar a la isla de Lanzarote buscando la paz y la tranquilidad de este rincón isleño en el océano Atlántico.
A partir de este episodio, al ser citado de alguna manera en la prensa isleña, comencé yo a tener más conciencia de quien es este estupendo escritor portugués que, sin renunciar ni un ápice de sus orígenes y de su nacionalidad, habla siempre tan bien y tan a gusto de España, de las islas Canarias y de sus habitantes.
Al haberle sido concedido con todo merecimiento el Premio Nobel de Literatura correspondiente al año de 1998, he podido, como un lector y un espectador más, leerlo en la prensa y en las revistas, oírlo hablar por la radio y verlo en diferentes reportajes televisivos a él dedicados.
Y al leerle, al seguirle a través de los medios de comunicación social puedo afirmar que continua siendo para mí lo que ya desde un principio me había parecido: Un hombre sencillo, de nobles pensamientos, sincero en lo que dice y hace y en lo que escribe; un comunista puro, ingenuo y convencido de lo que cree y quizás no tan agnóstico como quiere aparentar; que sostiene un cierto resquemor que ya le viene de lo humilde de su infancia mantenido contra la Iglesia católica, más la preponderante de Roma que la emanada de los Evangelios, del mismo Jesucristo; como así se ha observado a través de los tiempos en muchos otros seres humanos que han declarado que alguna vez en sus vidas, cuando lo necesitaron, no se vieron atendidos como de lo que se predicaba se esperaba.
Para mí es curioso el que, entre su inconmensurable altura y mi insignificante bajura, y no me refiero tan solo a lo físico sinó también o precisamente a lo intelectual, hay ciertas similitudes, por más que en cuanto a idearios y filosofías no sean exactamente los mismos; y a edades, él me lleve exactamente diez años. Tuvo unos abuelos maternos analfabetos, aldeanos; el Melrinho y la Caixinha, en castellano el "mirlo pequeño" y la "cajita de reducido tamaño", de vida miserable por la pobreza de medios materiales en que se movían, amantes de los animales domésticos y de la naturaleza que los rodeaba, porque contribuían a su magro sustento. En una entrevista dejó dicho que aprendió a leer, más bien a practicar y perfeccionar la lectura con los trozos de periódicos que recogía del suelo. Sus padres se trasladaron a la gran ciudad buscando un mejor acomodo y parece ser que su progenitor llegó a ser un mando en la Policía Municipal.
Yo, nacido en la ciudad de La Coruña en 1932, estando circunstancialmente mi padre destinado en Oviedo, cuando estalló la guerra civil del 36 con mi madre y mis cuatro hermanos hube de refugiarme en una aldea perdida por el interior de Galicia, residiendo allí varios años con la abuela paterna, ya viuda a la sazón. Que, como los abuelos, en este caso maternos de Saramago, era practicamente analfabeta pero naturalmente inteligente, poseedora de una sólida sabiduría campesina, con grandes conocimientos de curandera, "madiciñeira" se les decía por allí y de psicología práctica y rural, además de crédula tanto en las cosas de religión cristiana como de superchería ancestral, labradora que trabajaba infatigable de sol a sol en el campo al igual que cualquier hombre, consejera y asesora de muchas materias entre sus paisanos y que nos animaba entusiasta y aún disciplinaria para que estudiásemos, teniendo a nuestra madre como ideal maestra en tan tristes épocas; y con mamá esmeradamente educada en la ciudad aprendimos a leer mi hermano gemelo Fernando y yo y refrendaron conocimientos Elena con sus siete u ocho años y Alberto con cinco o seis, pero no entonces el benjamín Toñito que a la sazón contaba tan solo con un año de edad. En aquella pequeña casa de "La Camposa", la de la abuela, supe lo que era dormir juntamente con mi inseparable gemelo sobre un áspero jergón de secas y chirrriantes hojas de la espiga de maíz, en un cuarto de piso de madera bajo el cual estaba la cuadra que había sido antaño alojamiento de una caballería propiedad del difunto abuelo y en la que por aquellas épocas siempre solía rebullir y gruñir algún cerdo, que se iba criando para la matanza otoñal que incrementaría algo más la entonces bastante exigua despensa doméstica. Por cierto que uno de mis más ingratos recuerdos de tan difíciles tiempos que alguna vez todavía evoco fue que en cierta ocasión en el transcurso de mi estancia en casa de la abuela, yo, de cinco o seis años de edad, quise coger entre mis brazos el marrano lechón juguetón que con sus gritos más que gruñidos pretendía subir los tramos de la escalera que desde la entrada de aquella pequeña y lóbrega estancia que también hacía servicio de leñera, conducía al susodicho cuarto dormitorio; yo lo cogí con tal impericia y mala fortuna que se me resbaló de las manos, se escapó en un salto y cayó de cabeza contra las duras losas del suelo, dio una vertiginosa voltereta, chilló de una forma escandalosa y escalofriante y se quedó inerte en el suelo, muerto. Y la consecuencia fue de inmediato un enérgico castigo, adecuado a mi edad e imprudencia o ignorancia, además del pánico que me invadió y me duró por algún tiempo, aun sin alcanzar a comprender lo agudo de la tragedia que en aquellas fechas para nosotros significaba la muerte del cerdito a cebar... que, eso sí, se aprovechó del todo pese a su poco tamaño. Cuando se acabó la contienda nacional, ya reunida de nuevo la familia, pasamos a vivir a diferentes localidades de la provincia de La Coruña, pudiendo yo leer más y más hasta quedarme ya de por vida "enganchado a este vicio de leer", pretender siempre saber algo más o disfrutar momentos plácidos de apasionante lectura.
El escritor portugués que aquí me ocupa, que dijo alguna vez que en realidad aprendió a leer, al menos a perfeccionar sus conocimientos de las letras con los trozos de papeles impresos, de periódicos encontrados por las calles, llegado el momento en la adolescencia de buscarse un porvenir, ingresó o lo ingresaron en una Escuela de Artes y Oficios en donde aprendió el artesanal de cerrajero, forjador del hierro. Oficio que en alguna etapa de su vida debió de abandonar para iniciarse en la política del entonces ingresando en el partido comunista portugués, desde donde es de suponer que arrancase su formación literaria, pues según su propia confesión estuvo acudiendo siempre que pudo a las bibliotecas públicas y a sus préstamos para leer y leer, en principio muy posible a autores eminentemente teóricos cuales Marx, Lénin, Trosky, Mao, etc., pero conociendo a la vez a los clásicos literatos más destacados portugueses y españoles, a los autores más destacados de la literatura universal, a los escritores renombrados del momento...
Contando quince años de edad, yo ingresé en una Escuela de Formación Profesional, en este caso de Aviación Militar, radicada en León, siendo una de mis etapas de más abundante y desordenada lectura de lo más diverso; y de donde, después de cursar allí los dos años de oficialía perceptivos salí destinado a las islas Canarias, al Aeródromo, luego Base Aérea de Gando en cuyo destino, después de cumplido el servicio militar, quedé hasta acabar mi dilatada vida laboral profesional de más de cuarenta y cinco años en activo siempre en el mismo lugar, habiendo empezado por la categoría laboral más inferior y terminado ostentando la máxima, ambas de nuestro particular escalafón.
Al igual que este buen escritor luso, que actualmente para bien convivir da la impresión de que debe de disimular sus afectos a España y a lo español para no herir la susceptibilidad de sus paisanos, yo a veces me veo en la obligación de mantener un delicado y escrupuloso equilibrio entre mis afectos por Galicia y por Canarias, por todas las islas al igual y por España y lo español en general, huyendo aquí tanto de posibles "godismos" peninsulares como de nefastos "chauvinismos" insulares, de regionalismos trasnochados y nacionalismos utópicos.
Bueno, aun me parece que hay otra faceta que nos iguala. Me da la impresión de que José Saramago, al igual que yo, se incorporó siendo ya muy mayor al mundo del ordenador personal. Y desde luego que ambos no podremos jamás presumir de dominar la mecanografía puesto que, por lo que he visto en algún reportaje, tanto él como yo escribimos, hemos escrito miles y miles de folios mecanografiados o tecleados, primero en las convencionales máquinas de escribir y luego en el PC... ¡con tan solo un dedo de cada mano!
Y aquí se acaban las posibles similitudes que establecieron la providencia, el azar, el destino, la vida misma. Porque en lo de escribir y publicar...
José Saramago, en tanto vivía sobre todo para y por el partido comunista portugués, opción en la que creía y que libremente había elegido en su juventud, en el interín formó pareja, tuvo una hija, luego, por lo que se deduce de los escasos datos que se conocían de su biografía vivió en soledad afectiva por mucho tiempo, dedicado a sus actividades políticas y, como cliente asiduo de las bibliotecas públicas leyendo mucho, escribiendo páginas y páginas que luego rompía, porque se sentía atado, sin lograr expresar a su gusto lo que quería contarse a si mismo y a los demás. En 1977 publicó su "Manual de Pintura y caligrafía" que se tradujo al español ya en 1989, año en que publicó "Historia del cerco de Lisboa", traducida en 1990. Se publicó su novela "Levantado do Chao" en 1980, traducida al español con el título de "Alzado del suelo" en 1988...
Ya mayor, en la edad madura, como solemos decir, dió entrada en su vida a la curiosa periodista española que después de haber leído la primera edición en castellano de "Memorial del convento" de 1982 traducida al español en 1986 quiso conocer a su autor. Le conoció, trabaron estrecha amistad y se casaron. Y fueron apareciendo una tras otra, "El año de la muerte de Ricardo Reis" en 1984, traducida al español en 1985, "La balsa de piedra" en 1986, en español en 1987, "El Evangelio según Jesucristo" en 1891, en español 1992, "Ensayo sobre la ceguera" en 1995, "Viaje a Portugal" también en 1995 y traducción al español en el presente 1998, "Todos los nombres" en 1997, "Cuadernos de Lanzarote" asimismo en 1997, "El libro de las tentaciones" en 1998, etc. Y, cuando estoy escribiendo ésto, parece que ya tiene preparada para próxima publicación "La caverna". Y, además, numerosos artículos periodísticos, aparecidos últimamente también en la prensa española, el cuento "La isla desconocida". Para teatro escribió "Que furci con este livro?" ("¿Que haré con este libro?"), "In nomine Dei" ("En nombre de Dios"), etc. Actulmente es su mejor traductora al español, que él habla fluida y perfectamente, su propia esposa.
Y aquí viene a cuento lo del título con que he encabezado el presente escrito. Porque, además de que, según mi opinión así hay que considerar a quien con una escasa docena de libros publicados en su haber, pero traducidos ya a varios idiomas en el espacio de apenas veinte años, ha merecido el alto galardón del Nobel, para mí al menos ha sido como un fenómeno el casi repentino descubrimiento a nivel popular, la especie de eclosión si aquí vale tal vocablo, de este autor portugués, prácticamente desconocido para la mayoría de nosotros los lectores españoles.
Particularmente aquí en Canarias el nombre del escritor Saramago ha estado sonando con algo más de insistencia en estos últimos tiempos porque, casado no ha muchos años con la periodista española, creo que andaluza de naturaleza o residente en Andalucía, Pilar del Río a partir del año 1994 y con el asesoramiento de una hermana de ella que ya por aquí reside se vino el matrimonio a vivir de forma estable al entrañable pueblo o villa de Haría, en la isla de Lanzarote.
Cierto que en estas últimas décadas y de un año para otro se ha estado citando a este escritor portugués ya más que sesentón en los círculos literarios como a uno de los autores favoritos para optar al prestigioso galardón de la Academia sueca, premio que le fue negado en repetidas convocatorias, porque, además, un gobierno democrático portugués de hace años se opuso a que el comunista José de Sousa fuese oficialmente propuesto para aspirar al máximo galardón literario sueco; lo que motivó su voluntario exilio pasando a residir al archipiélago canario en la isla volcánica de lanzarote. Naturalmente, cuando se supo que, pese a todas las trabas puestas por un sector político determinado de sus paisanos se le concedió el Nobel, el actual gobierno de su patria, tratando de enmendar de alguna manera el incuo fallo del pasado presurosamente le concedió el gran collar de la Orden de la Torre de Santiago de Espada, la máxima distinción de Portugal para que pudiese lucirla en la corte sueca al recibir el Nobel. Y el galardonado escritor, tal como él mismo confesó posteriormente, no guarda rencor a quienes lo trataron de ignorar por su definida ideología de izquierdas aunque, lógicamente, no podrá olvidar el hecho; y en el transcurso de poco tiempo va a ser investido doctor "honoris causa" de la Universidad de Evora, en el Alentejo del sur portugués, como uno más de los innúmeros homenajes que bien merecidamente le están ofreciendo en su país muchos de los que le admiran y los que por no comulgar con sus ideas políticas en el pasado lo ignoraron o detractaron. Y también ha sido Saramago homenajeado en tierras españolas, donde por lo general se le admira y quiere bien. Donde, aunque ya reconciliado con su patria, de la que jamás ha renegado sinó todo lo contrario, este portugués internacional la enaltece cuanto puede en sus escritos, en su estimada Lanzarote, en la bucólica villa de Haría piensa seguir residiendo para siempre, como en más de una ocasión últimamente ha dicho.
Como al principio indiqué, yo he sido uno de los muchos españoles que nada sabía del escritor portugués Saramago. Creo recordar, sí, que en alguna de las tertulias radiofónicas a que se nos tiene acostumbrados a los españoles en estos bonancibles tiempos de democracia, una vez oí por la radio el chiste aquel de que un periodista le preguntaba a la Ministra de Cultura Sra. Aguirre si conocía a Saramago y ella contestaba que sí, que Sara era muy simpática y que había almorzado con ella aún no hacia mucho; pero parece que es apócrifo.
Cuando supe que era un buen escritor portugués, que había elegido la placidez de la isla de Lanzarote como residencia habitual, la verdad es que me resultó altamente simpática la persona que así obrara. Y, recordando los dos libros adquiridos en el mercadillo del Puerto los localicé en los atestados estantes y pronto me vi inmerso en su lectura, primero de "Memorial del convento". ¡Que atrayente hallazgo! ¡Que mundo de fábula entremezclada con un barroquismo realista iba descubriendo!. Su lectura me enganchó de inmediato y en principio ya me hizo recordar entre otros, a varios de mis admirados autores gallegos, a alguna obra de Gonzalo Torrente Ballester cual "El rey pasmado" que con su fina ironía satírica se acabó llevando con notable acierto al cine. Claro que también me suena a veces a mi otro paisano el genial fabulador Alvaro Cunqueiro y, si leído en el gallego original, mejor; quizás, aunque no con tanta intensidad, al Camilo José Cela de los primeros tiempos y, si se me apura, si no tan perceptible en el estilo, si en la elección de temáticas, al sin par, "el de las barbas de chivo", ínclito don Ramón del Valle-Inclán, impresión y regusto que prosiguieron con la lectura, a continución de "El año de la muerte de Ricardo Reis", con variaciones estilísticas notables y luego "El Evangelio según Jesucristo".
Llegado hasta aquí, bien comprendo que acaso no sean de lo más certero estas suposiciones y apreciaciones mías porque, en realidad, a pesar de haber sido yo antaño un empedernido y contumaz lector, por mor de los muchos años no esté ahora ya de lo más actualizado, puesto al día en cuanto a obras literarias y autores de este último cuarto de siglo, tiempo en el que me he estado dedicando más a la investigación y documentación de temas esencialmente canarios para los últimos libros míos publicados "El cine en Canarias", "Los apellidos en Canarias", "Calles de Las Palmas" y el todavía inédito "Nuevo nomenclator callejero de Las Palmas de Gran Canaria", amén de los aún no terminados "Escaleritas" y "Casa de Galicia", sin contar las etapas en que estuve colaborando asiduo en la prensa isleña con temas históricos y de artesanía canarios.
Hasta que, de pronto, en el mes de octubre del presente año de 1998 me entero, nos enteramos todos de que se le ha concedido a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a su densa obra narrativa y de fabulación.
Y me puse a leer a este escritor portugués con verdadero interés y curiosidad en los libros que tenía en casa; descubriendo al mismo tiempo que tanto mi hija Margot en Santa Cruz de Tenerife como mi hijo Carlos en Málaga y Melilla ya lo conocían y saborearan habiendo leído casi todas sus obras traducidas al castellano. Ha sido Margot la que al enterarse de este mi repentino interés se ha ofrecido para traerme todo lo que de Saramago tenga entre sus libros, me parece que en principio el titulado "Historia del cerco de Lisboa" y algún otro más.
Compartiendo opiniones al respecto sobre este autor revelación portugués, vale el decir que, según se puede observar en las fotografías que últimamente se le han hecho para prensa y revistas y en los documentales de televisión que de el se han rodado de octubre del presente año para acá, hay en su fisonomía de hombre ya mayor pero bien conservado y con cierto aire de sabio distraído al uso, como un cierto cinismo sugestivo en su mirada que es la de quien observa lo que le rodea con cierto o bastante escepticismo. Otra cosa es sin duda lo que el autor piensa y sabe transmitir de manera tan brillante al papel a través de la escritura, en su peculiar estilo.
Y es que este moderno autor portugués sabe desgranar la intriga con singulares estilo y eficacia, recurriendo a un bien pensado reparto de sucesos diversos, riesgos y temores, en una escritura escrupulosa y mesurada que exprime tanto lo escenarios como lo argumentos, conducido el hilo de la idea por medio de un proceso metódico, racional que trata de descubrir las posibilidades reales o fantásticas más sorprendentes; a la alabanza del arte de razonar y a la concatenación de los sucesos que narra en un campo novelístico y fabuloso solo delimitado por la imaginación portentosa y casi inagotable del autor.
Por lo general, para mí al menos, pienso que es gozosa y atrayente en grado sumo si se hace concienzuda y pausada la lectura de la obra de José Saramago, tanto para la vista como para el oído si alguien de nuestro entorno nos lee algún trozo.
Despues de haber leído pues en estos últimos tiempos bastantes páginas de José Saramago, mi modesta opinión al respecto es que en su obra, cada vez más depurada, más que un realismo crítico o racionalista, que alguien me ha señalado indicándome que es aquel que pone de manifiesto las contradiciones de la vida de los burgueses, terratenientes, empresarios, etc., pero que no es capaz de mostrar la solución positiva de estas contradicciones, es el suyo un estilo de exposición, sumamente realista sí pero que a la vez actua a diferentes niveles, o sea lo que yo entiendo por un realismo mágico.
Con respecto a estilos, vocabulario, ideologías, etc., podrá estar uno de acuerdo o no con las ideas, con la filosofía que sobre la vida y la condición humana expone en su peculiar forma de narrar Saramago, pero lo que no cabe duda es de que lo sabe decir muy bien, de forma clara y contundente. Ejemplos: la contestación que no hace mucho dio al entrevistador de turno con motivo de la publicación en español de su última producción que tituló "Todos los nombres" en la que hay mucho de autobiografía, pero en tal caso discurriendo sobre la burocracia y su moral que hoy nos dominan: "Toda la burocracia, toda la jerarquía es falsa. Se trata de un sistema por el que yo acepto que una persona determinada es un superior mío, y esto lo aceptamos como una condición misma del funcionamiento de la sociedad. Si pensamos en nuestra relación con el poder, ya sea el de Dios o el de la policía, vemos que nos acomodamos a su nivel de autoridad, de forma que se supone que el superior ejerce una autoridad sobre todos los demás, y cada nivel inferior la ejerce sobre otro más inferior. Bueno, si lo vemos con una mirada crítica, todo esto es falso..."
Tan solo, este mi modesto "pero", me atrevo a añadir que yo diría que deberá de tenerse en cuenta que el premio Nobel no se lo concedieron a José Saramago precisamente por su manifiesta ideología que hace apología más de filosofías del comunismo más que del socialismo, causa precisamente de que durante muchos años, la mayor parte de su existencia fuese casi la de un desconocido en la literatura internacional, hasta que desligándose mayormente de la política de su país se puso a escribir y triunfó merced a su arte depurada de fabulación, a su barroquismo innato y a su portentoso poder de evocación de recursos literarios en donde han tenido cabida idearios tanto humanistas y, quierase o nó tradicionalmente cristianos como de una filosofía materialista y ácrata. Dada la fama adquirida con el Nobel, ha empezado nuestro autor a aparecer en determinados actos y escenarios internacionales que no tienen que ver precisamente con la literatura en sí sinó con determinados idearios, o al menos eso creo yo. Y entonces, olvidando estilos y escritos, se manifiestan simpatías o antipatías, inclinaciones y rechazos. Se olvida y deja de admirar al literato y se denosta o se aplaude con el mismo o mayor fervor al político; cuando la fama y el honor en este caso vienen de la inspiración y del poder creativo de la mente y no de la crítica y el rechazo oficial de unos sentimientos racionalistas o mterialistas de la vida por otros más o menos humnista y cristianos.
En resumen, adhiriéndome a lo que ya se ha dicho, pienso que la fortaleza de la palabra de este narrador que es José de Sousa Saramago, su determinación patente y su cualidad de saber juntar lo meticulosamente objetivista con la ofuscación soñadora son todo una impresionante y portentosa construcción verbal y literaria, bien merecedora del laurel del premio al más alto nivel que se le ha otorgado. Y al mismo tiempo, es de desear que no suceda aquí con este admirado autor portugués el vaticinio que con respecto a la mayoría de los laureados artistas y sobre todo grandes escritores un día no ha mucho le leí al excelente periodista o columnista el asturiano Carlos Luis Alvarez, de seudónimo "Cándido": "Creo que a diferencia de los científicos, por ejemplo, cuando los escritores, los poetas, alcanzan el grado de la consagración y quedan fuera de los esquemas polémicos del mérito, suelen detenerse efectivamente en su corriente de creación como si una vez lograda la cúspide empezasen no ya a descender sinó a ir quedándose quietos. Van volviéndose estatuas de sal, como la mujer de Lot, de tanto mirar hacia atrás".
Por último, pienso yo que el jaramago, saramago galaico-portugués, como al principio indicaba, es una hierba, una planta vulgar, sencilla, hasta puede decirse que creciendo en los sitios más recónditos y humildes como queriendo pasar desapercibida, pero que es socorrida y sirve generosa para remediar muchas necesidades de las gentes que la conocen y hacen uso de ella y terminan saboreándola, paladeándola por su exquisitez.
Y dígase aquí como colofón al presente comentario, que tanto de la obra de José Saramago como de los rasgos más destacados que definen la personalidad de este escritor portugués afincado y bien querido en España, en las islas Canarias, lo que más me ha impresionado en definitiva ha sido la escena final del documental de Canal Plus titulado "La vida según Saramago" recientemente rodado y televisado, en la que el laureado escritor, caminando despacio hacia el horizonte, por las tierras volcánicas de Lanzarote, se vuelve un instante a la cámara que le sigue y con un gesto en el que se transciende su forma de entender la vida y, lleno de sinceridad, mira al infinito y se despide con el expresivo ademán de una mano, diciendo: "Y todo ésto, ¿para qué?..." Algo que yo también, ya jubilado, con una familia lograda, liberado de las ataduras de mi prolongada vida laboral, leyendo y escribiendo como tanto había deseado, me he preguntado a mí mismo más de una vez en estos últimos tiempos.
Las Palmas de Gran Canaria, 31 de diciembre de 1998.-
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